Otra del oeste

  • 08/06/2018
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Un líder es siempre un explorador y un fugitivo. Abre camino y, a la vez, huye. Es decir, lo estimulan la ilusión y el miedo. Delante de él hay un terreno virgen, y detrás un rastro indeleble. No puede escapar ni a su destino ni a sus perseguidores, aunque de éstos sólo sintiera las voces y no el aliento. Y corre para ganar y para salvarse. El Madrid se ha visto siempre perseguido por el Atleti, cuyos sentimientos hacia él son una aleación de desprecio por el soberbio, envidia al triunfador, rencor contra el tirano, admiración para el guapo, indignación ante el mimado y hostilidad hacia el rico.

Sin el Madrid, el Atleti habría ganado más títulos. Pero sería un ente despersonalizado, por cuanto su naturaleza -la que en él se reconoce y se ama, se sufre y se disfruta- es en gran parte una reacción sentimental y alérgica contra «el poderoso vecino del Norte». Esta temporada es como el argumento de un «western»: el ranchero, antiguo cuatrero, llegado a la región pretende hacerse con las mejores tierras, en poder de un ex tahur canoso y cosmopolita. Para ello, tras dos fracasos anteriores, contrata a un joven pistolero, veloz con el colt y con la lengua, para dirigir a sus muchachos. La persecución se entabla a balazos y a palabras, ante la pasividad del «sheriff» del condado, amedrentado o impotente. Existe una persecución física y otra metafísica.

La primera se refiere a los puntos, a los puestos, y no admite elucubraciones; la segunda tiene que ver con los méritos, las virtudes no reconocidas y las obras no premiadas. En ese sentido, en muchos de los últimos duelos -al sol y a la luna- el Atleti ha ido acopiando agravios que han hecho del enfrentamiento siguiente un deseo y una necesidad de revancha. El partido de ayer supone una armonización de los merecimientos con los resultados. Es decir, la exaltación de la justicia y el regreso al orden y la legalidad. Cuadran los balances y casan las piezas.

Los rojiblancos, transformados de vaqueros en cazadores de recompensas (un millón por la piel del encuentro), perdieron por una forma de negación de la esencia colectiva del juego. Cayeron ante la calidad individual de los «gun men» enemigos, más rápidos y certeros. Unos y otros mostraron una cierta fragilidad de carácter. Cuando los madridistas jugaron a favor de su doble ventaja, exhibieron su clase con esa forma de crueldad que es el ejercicio encadenado de la suficiencia. Cuando. marcó el Atléticó, disminuyeron de tamaño, y su minimización fue consecuencia simultánea del dolor -y la sorpresa- de la herida y del natural crecimiento de los rojiblancos.

Pero éstos enseñaron entonces, a la cruda luz de la iniciativa, sus limitaciones. Y cuando el Madrid volvió a marcar, se invirtieron de nuevo los papeles. Los blancos retomaron las riendas, y los rayados retornaron a la obediencia. Ninguno, pues, supo jugar cuando los naipes les eran adversos. Uno, por falta de costumbre; el otro, por falta de recursos. Las verdes tierras siguen en poder del Madrid. Y el Atleti ya no persigue a un rival, sino a su sombra.

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