La izquierda y sus contradicciones

  • 10/05/2018
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Al menos desde los tiempos de Parménides de Elea se viene considerando que decir una cosa y la contraria es un absurdo lógico............al menos hasta que llegó el posmodernismo izquierdista

La izquierda siempre ha considerado el principio de contradicción como insuficiente para explicar el desenvolvimiento de lo real. Ha preferido ver, en la línea hegeliana, la contradicción como una etapa necesaria en el despligue del “espíritu absoluto”, concepto pomposo con el que describir el triunfo de la cosmovisión propia en la historia.

 

Por lo tanto es habitual que la izquierda “cabalgue contradicciones” (Pablo Iglesias) que no parecen suponer un menoscabo en la credibilidad de su relato La misma idea arrogante de poder realizar totalmente esa triología revolucionaria es ya una contradicción en si misma. La libertad y la igualdad no se llevan demasiado bien entre ellas, salvo que se entienda la libertad en sentido formal y puramente institucional, de ser igual ante la ley. No hay nada más contrario a la libertad que la discriminación positiva, la educación comprensiva o el monopolio centralizado de la redistribución de la riqueza. Tampoco la propia idea de la igualdad casa demasiado bien con la sacrosanta obsesión de la izquierda del siglo XXI por lo que Sheyla Benhabid llama “ justicia de reconocimiento”.

 

Una moda que consiste en llevar la exaltación de la diferencia hasta extremos delirantes que desafían la propia realidad. Como la universidad no fue un invento de minorías, proscribamos a los inventores de la cátedra universitaria por blancos y europeos, condenémoslos a la damnatio memoria de no ver reconocido su mérito en forma de efigies o reconocimientos públicos. La izquierda proclama una igualdad que es más retórica que real. El multiculturalismo le delata. No todas las culturas son iguales, la europea es la peor por judeo-cristiana y colonialista, dicen. No interpeles la racionalidad de otros fenómenos culturales, como el de la ablación del clítoris africana o el velo islámico so pena de ser calíficado de “eurocéntrico”, que para la izquierda “realmente existente” equivale a ser miembro de una cultura decadente y descreída, frente a un islam idealizado, que jamás existió salvo en la mente de Karen Armstrong, Hans Küng o Edward Saïd. Tampoco discutas que el pensamiento racional nació en el África negra (Eugenio Nkogo) , pese al relato tradicional de que el amor al saber (etimología de la palabra filosofía) fue cosa de eso que los historiadores de la filosofía llaman “presocráticos”. Curiosa contradicción entonces la de seguir llamando con nombre griego algo que supuestamente no fue inventado por ellos.

 

Pero si hay una corriente dentro del pensamiento actual de izquierdas que ha convertido el ideal de igualdad en un lastre del pasado esa es el feminismo radical. El feminismo curiosamente nació para reivindicar derechos de igualdad de hombres y mujeres frente al poder y dentro del propio género humano y ,sin embargo, ha acabado consangrando la mayor flagrante desigualdad entre géneros, cuya propia mención resulta ya intolerable para las feministas radicales. La idea de género incurre en una flagrante circularidad. Dentro de la tradición nietzscheana de la que bebe, parte de una continua sospecha acerca de cualquier manifestación cultural que haga referencia a una diferenciación de género. Hay que partir de una “mirada de género” desde la que analizar cualquier fenónomeno que supuestamente se dé en la sociedad. Que la violencia doméstica y de pareja es violencia contra la mujer qua mujer , que existe una brecha salarial entre hombres y mujeres, que el lenguaje es per se sexista ( no los hablantes) son puntos de partida que no se discuten. Precisamente en eso reside su contradicción performativa, parten de aquello que supuestamente se quiere probar en innumerables investigaciones y documentos académicos, que por supuesto pagamos todos y cuya cientificidad deja bastante que desear. Así nos podemos encontrar perfectamente tesis doctorales dedicadas a demostrar que la promiscuidad sexual de occidente equivale a un “ harem occidental” o que no hay diferencia alguna entre el burka o el zapato de tacón. Se trata de “marcas de género” por igual, dicen las feministas radicales.

 

La democracia es otro de esos ejemplos de contradicción insalvable en el credo izquierdista. La izquierda está, dicen los Chomsky o los Rancière de turno, para otorgar al demos un poder absoluto, frente al secuestro del ideal democrático por parte de las oligarquías políticas y económicas. Las democracias occidentales tienen que ser adjetivadas convenientemente como “burguesas,imperialistas, oligárquicas...”, frente a las verdaderas democracias radicales y populares, como la cubana o la venezolana donde el demos lo puede todo, menos arrepentirse de haber abrazado el socialismo del siglo XXI, que parece que funciona como una especie de clásula de intangilidad del constitucionalismo neocomunista. El demos lo puede todo, menos dejar de ser “socialista”. No menos curiosa resulta la paradoja de quienes denuncian la “expansión de la democracia por medio de “misiles inteligentes y bombas de racimo” (Chomsky), pasando por alto que ellos se consideran herederos de quienes lo hicieron por medio de la guillotina (jacobinos) o el gulag (comunistas).

 

 

 

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