De la manada a la jauría

  • 29/04/2018
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“La democracia natural en la España profunda consiste en linchar a la autoridad” Francisco Umbral

En 1936 el director alemán Fritz Lang rodaba una de los mejores dramas judiciales de la historia: Furia. Antes de instalarse en Hollywood, Lang había conocido de primera mano en la Alemania nazi el fin de la presuncion de inocencia y del derecho al debido proceso con todas las garantias. Sin esos dos pilares fundamentales del estado de derecho, la democracia se degrada y se convierte en una pura tiranía done lo que impera es el ansia de venganza de la masa. La escena del linchamiento de Joe Wilson (Spencer Tracy) en Furia, propiciado por la proliferacion de bulos y chismes varios, es muy representativa de lo que suele ocurrir cuando la justicia no se imparte con objetividad, imparcialidad e independencia. Cuando el “veredicto social” sustituye a la sentencia razonada y fundada en derecho, pasamos de vivir en un estado garantista a vivir a expensas de la furia de la jauría. Cuando la pena se sustituye por el linchamiento nadie está seguro, ni tan siquiera los más fervorosos partidarios de la justicia popular.

 

A raíz de que la Audiencia de Navarra hiciera público su fallo condenatorio por el delito de abuso sexual a los autodenominados miembros de la manada, se ha desatado un cúmulo de protestas y descalificaciones varias por parte de colectivos feministas, partidos políticos, síndicatos , como no se habia presenciado hasta la fecha. El hecho de que la sentencia ahonda en un tema especialmente sensible para la ideología de género, como es la violación, ha convertido un fallo judicial en una verdadera causa general contra el supuesto heteropatriarcado que, según el feminismo radical, dominaría las más altas instancias judiciales del país. Según estas feministas nuestros jueces y juezas son machistas, adolecen de una perspectiva de género y todavía no comprenden que vivimos instalados en un sistema donde la mujer es objeto de múltiples violencias, físicas, morales, políticas e institucionales. De ahí que la supuesta benignidad del fallo, y sobre todo el hecho de que la definición típica del delito de violación no contemple la más “avanzada hermenéutica” del feminismo más radical, haya originado esta polvareda mediática que incita a la jauría a ejercer algún tipo de violencia e intimidación, la que supuestamente no habrían apreciado sus señorías en el caso, contra el aparato judicial del estado.

 

En la particular teocracia florentina que dirigía el virtuoso Savonarola se instauró la constumbre de quemar en público, durante el martes de carnaval, vestidos, maquillajes o espejos. En definitiva todo aquello que manifestara la vanidad o la ostentación. En la España del virtuoso feminismo se ha instaurado otra particular forma de hoguera de las vanidades. La versión feminista consiste en incendiar, metafóricamente hablando, los platós de televisión con acusaciones, juicios sumarios y escarnios diversos a todas aquellas personalidades del mundo político, judicial o cultural que osen mantener un independencia de criterio frente a los excesos de dicha forma de irracionalismo cognitivo.

 

Hace tiempo ya que en la España televisiva dejó de regir el estado de derecho. El tribunal ha cedido su espacio al plató de televisión, como lugar solemne donde se realiza el derecho. La célebre definición de Celso del derecho como el ars boni et aequi no tiene cabida para el pensamiento único feminista. Este pretende subvertir logros civilizatorios esenciales de la política criminal liberal, hija de la ilustración, como son los de la reponsabilidad individual por el hecho, la presunción de inocencia o el derecho al debido proceso con todas las garantías para atribuir una responsabilidad generalizada y difusa del varón, y así revertir unas violencias que ni son tan prevalentes (ahí están las estadísticas comparadas con otras formas de criminalidad) ni se explican por factores ideológicos y monocausales como las feministas nos quieren hacer creer. Basan sus afirmaciones, no en el rigor científico, sino en el amedrantamiento de aquellos que se atreven a discutir algunas de sus disparatadas tesis.

 

Uno de los grandes avances civilizatorios ha sido la instauración de la igualdad ante ley, frente a la justicia penal del antiguo régimen basada en la diferenciación estamental en materia penal. Había una justicia para nobles y otra para plebeyos. El feminismo radical busca reinstaurar una nueva asimetría penal, donde se consagre una diferencia en el trato jurídico penal entre hombres y mujeres. Algo que ya se empezó a consagrar con la ley La Ley Orgánica 1/2004 de Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género, que consagra la desigualdad entre hombres y mujeres en sus derechos más basicos como el derecho a un juicio justo y a la presunción de incocencia. Al albur de la supuesta indignación popular por la benignidad de nuestros jueces, partidos y sindicatos, espoleados por las feministas radicales, pretenden profundizar en dichas asimetrías.

 

Sería verdaderamente dramático que a la violencia de la manada le siguiera la consagración legal de la jauría como forma normal de expresión del ius puniendi del estado en todos aquellos delitos que el establishment feminista considerase que tienen “impacto de género”.

 

Ya decía Marco Aurelio que la mejor forma de vengarse es la de no parecerse a quien te ha hecho daño. Lamentablemente las feministas han decidido que en pleno siglo XXI hay que dejar de ser manada para convertirse en jauría.

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