Mi madre

  • 03/04/2018
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El invierno se asomaba por las calles del pueblo y las carreteras estaban vacías. Tan solo las mesas y sillas de los bares, en el interior, por supuesto, estaban llenas. La gente no se quitaba sus abrigos, ni bufandas, a pesar del calor que hacía dentro. Los guantes si, sino, era imposible beber un trago sin caer la copa.

En una de las mesas de un pequeño bar, situado en la esquina de aquel pequeño pueblo, se encontraba una mujer. Una mujer a la que le brillaban los ojos. No podía parar de fijarme en ella. En sus vaqueros, su camiseta blanca de color amarillento, que podía ser por el reflejo de la luz, eso ya no lo sé. Sus zapatillas converse, y su abrigo de color verde, que ocupaba más que ella. Pero, sobre todo me fijé en sus ojos. Parecía que estaban húmedos. Pero no húmedos de tristeza, ni del llanto. Bueno, del llanto sí, pero provenía de las continuas carcajadas de felicidad tras una conversación de lo que parecían ser sus amigos.

Todo el mundo al pasar se fijaba en ella. Pero claro, era lo normal, con su sonrisa deslumbraba al pasar. Y ya ni hablar de sus ojos. Sus manos, aunque un poco arrugadas, que seguro que era por su constancia en el trabajo, sostenían una caña – en la derecha-, y una especialidad de la casa: una croqueta de jamón serrano, en la mano izquierda. Mientras la miraba como comía el primer bocado de su manjar, pensé que de mayor quería ser como ella. El porqué, no lo sé. Tan sólo lo sabía y punto. Esa mujer me inspiraba confianza, alegría, me sentía apoyada sólo viéndola en la mesa de al lado.

Debido al frio que hacía, hasta dentro del bar, (o por lo menos yo lo tenía), me entraron ganas de orinar. Para ir hacia el baño, o escusado, como se prefiera, tenía que pasar por la mesa de aquella mujer. Al pasar por su lado, ella me miró y en su cara se impuso una sonrisa de oreja a oreja. ¡Qué feliz me hizo! Cuando salí del baño, y llegue de nuevo a mi mesa, empecé a tener calor. Seguro que este cambio tan drástico de temperatura venía a que me sentía arropada. Arropada por esa mujer de ojos llorosos y manos arrugadas de la que no podía apartar la mirada. Arropada por mi madre.

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