Bañarse en agua helada, lo mejor para la belleza

  • 08/01/2018
  • 0

Insoportable. Descubrir, decidir, concluir que Katharine Hepburn es una mujer insoportable es un mal trago. Ella, la pelirroja vitalista y adorable de La fiera de mi niña e Historias de Filadelfia, sólo podía ser, en ese imaginario, en esa ensoñación que el cine cultiva, crea y recrea, una mujer extraordinaria, divertida, atractiva, envidiable, deseable.

El ideal frente a la prosa femenina de cada día. Distinta, estimulante, excitante, en comparación con todas las otras, extraordinarias u ordinarias, que nos rodean. Pero no. No es así. Comencé a sospecharlo, con dolor incontenible, al leer su libro sobre La Reina de Africa.

Título original: The Making of the African Queen. Título y subtítulo en castellano: El rodaje de «La Reina de Africa» o cómo fui a Africa con Bogart, Bacall y Huston y casi pierdo la razón (Ultramar, 1990). Un libro de recuerdos del rodaje de La Reina de Africa, y más escrito por Katharine Hepburn, sólo podía presentarse para un cinéfilo como un festín, como un banquete de anécdotas sabrosas y reveladoras sobre gentes tan queridas como John Huston, Humphrey Bogart y la propia miss Hepburn.

Sin embargo, al contrario, el librito era el testimonio ñoño de una señoritinga que, jugando a mujer valerosa y audaz, no hacía sino el balance de sus contrariedades domésticas: vestuario, comida, alojamiento, servicios...

El inventario banal de una arriesgada excursión campestre en compañía de unos tarambanas, como Huston y Bogart, cuyo escaso rigor -aparente- a la hora del trabajo contrastaba con el carácter germánico de una maestrilla aplicada que, en todo momento, exigía garantías, certezas, comodidades y seguridad. Bien es verdad que, en definitiva, ella estaba allí, o sea, que ella había asumido la aventura, llevada por una personalidad que acepta los desafíos y las dificultades, pero que, aun aceptándolos, inmediatamente reclama el cumplimiento de sus propias reglas y trata de sojuzgar y militarizar a cuantos le rodean.

El libro era muy decepcionante, porque la señorita Hepburn se aplicaba con mayor interés a describir las características del rancho cotidiano, de su vestuario para dentro y fuera del plató o del habitáculo donde pernoctaba que los modos y maneras con que Huston dirigía y su partner Bogart interpretaba.

Su muy apreciado porche o la fidelidad bovina con que su criado Tahili Bokumba le llevaba, cada noche, una perola de agua caliente para que se lavara la cabeza eran, para la señorita Hepburn, más dignos de una explicación detallada que los intríngulis de la filmación.

Tiempo después, ya con la mosca detrás de la oreja, cayó en mis manos otro libro, Tracy y Hepburn. Una biografía íntima (Ultramar, 1990), escrito por Garson Kanin. Kanin ha sido una de las más brillantes personalidades del entertainment norteamericano, escritor, guionista, autor y director teatral y cinematográfico, amigo del alma de esa peculiar pareja que formaron K.H. y S.T. y responsable literario de algunos de sus más resonantes éxitos en común como La mujer del año y La costilla de Adán.

Kanin, que se revela en su libro, escrito con enorme modestia, como un hombre de crujiente sensibilidad y, desde luego, como una buena y leal persona, describe a K.H. con entusiasmo, pero de sus más encendidos elogios sobre la actriz se desprenden sutilmente, y sin querer, una serie de indicios sobre su carácter fácilmente reversibles, a la luz de otras luces, de virtudes a defectos inaguantables. Bien, entremos abruptamente en materia, que ya va siendo hora.

Cito textualmente de la página 58 del magnífico libro de Kanin. La cita es larga, advierto, pero vale la pena: «Sabe mucho (K.H.) sobre muchas cosas y está deseosa de transmitirlas, en cualquier momento. Dónde vivir y cómo. Qué lado de la calle es magnífico, qué lado es imposible. Dónde debería colocarse exactamente la cama en el dormitorio. Cómo refrigerar los alimentos.

Qué poner para aliviar la picadura de una nigua. Cómo alimentar a un perro. Odontología. Resfriado común. Viajes aéreos. Cuidados de la piel. Costumbres marítimas. Cómo sacarse la carbonilla de un ojo y qué hacer si no se consigue. Flores y arreglos florales. Maquillaje, cabello. Alimentación. Matrimonio, comportamiento sexual, separación y divorcio. El ejercicio justo y el erróneo. Antigüedades, verdaderas y falsas. Golf, tenis. Cómo evitar que entre agua en los oídos cuando se nada. Literatura. Metereología.

Las mareas. Cómo conducir un coche en la ciudad, el campo o la carretera. Nacimiento. Muerte. Moral. Estos son unos cuantos de los temas en los que se considera experta. Su deseo de esparcir información no tiene nada que ver con presumir ni dominar. Representa simplemente una forma de hacer algo para ayudar a sus prójimos, miembros de la raza humana, la mayoría de los cuales, en su opinión, tiene una gran necesidad de ayuda».

Los subrayados son míos. Y añado: ¡horror! Kanin, insisto, buen amigo de K.H., nos pinta sin pretenderlo a un monstruo sabelotodo, que tiene una teoría para cada cosa, y que no dudará en imponerla a los demás, no para dominar, claro, sino para ayudar.

Bonito eufemismo. Agotadora dama. Otra cita de Garson Kanin. Corresponde a la página 22 de su libro. También es larga y también vale la pena. Dice: «Cuando se entra en su mundo, se espera de uno que observe estas normas.

Y se hace sin preguntas. Se come fruta cocida con todos los platos de carne; se llega a la hora y se marcha uno tan pronto como sea posible (digamos a su tercer bostezo); no se chismorrea; se está de acuerdo con cada una de sus numerosas opiniones y se aprueba cada uno de sus numerosos planes; no hay que emborracharse por mucho que se haya bebido; se ha de querer a su perro, Lobo; se aplaudirán los esfuerzos, producciones o creaciones de todos sus amigos (tanto si uno conoce como si no conoce sus obras o a ellos); no se queja uno (no obstante, se puede rerzongar); no se dice nada que no pueda repetirse; hay que abstenerse de mentiras, simulaciones y exageraciones; se omitirán también discusiones sobre el propio estado físico, síntomas o indisposiciones (a menos que sean preliminares para pedir su consejo); se siguen sus consejos; no se utilizan expresiones obscenas, lascivas, groseras».

Ni en un cuartel se vive tan en vilo como junto a esta mujer educada en la dureza y en la fría determinación, egoísta, decidida, impaciente, snob, agresiva, exhibicionista, tajante, preparada para obtener cuanto se proponga, para no tener miedo a nada y no llorar.

Niña bien que juega a maleducada, flor de buena familia, pero, encima, progre y feminista. Una mujer que hace el pino a los ochenta y tantos años y que toda su vida (de espartana deportista) se ha bañado diariamente en agua fría.

Así es, a la luz de sus memorias, de su egotista libro, de título redundante en una autobiografía, (Yo misma. Historias de mi vida), esa Katharine Hepburn mixtificada y ensoñada de muy otra manera en los plateados contornos de su imagen en la pantalla. Del memorialista se espera no sólo el microscópico detalle de su propia personalidad, el autorretrato minucioso, sino el testimonio sobre una época y sus contemporáneos.

En este aspecto el libro es desilusionante, y K.H. confirma tener una mayor predisposición para hablar de sus casas, sus jardines, sus ropas, sus hábitos culinarios y cosméticos que de la gente, muy ilustre, que trató en el curso de su nada desdeñable carrera cinematográfica. Sobre Spencer Tracy, su gran amor durante varias décadas, su compañero en nueve películas, feo, católico -de misa diaria, según Kanin- y alcohólico, dice cuatro vaguedades sin interés en veinte páginas escasas. Y, ante la permanente angustia que acompañó al actor durante su vida en común, se pregunta: «¿Qué pasaba? ¿Qué sería? ¿Qué, qué? Nunca en paz (...) ¿Era que no podías soportarte?». Más vale que Spencer Tracy, el pobre, no puede ya contestar.

Denunciar contenido

¿Tienes algo que decir? Este es tu momento.

Si quieres recibir notificaciones de todos los nuevos comentarios, debes acceder a Beevoz con tu usuario. Para ello debes estar registrado.
He leído y acepto el Aviso Legal, la Política de Confidencialidad, y la Política de Cookies de Universia