Un día de caza

  • 15/04/2017
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Antes de comenzar y pensando en quienes suelen leer los pobres artículos que escribo, advierto de que voy a apartarme un poco de mi línea editorial que -como bien saben los que me leen- es crítica socio-económica

    Voy a hacer una pequeña incursión a otro tema. Se trata una actividad en la que he estado inmerso toda mi vida y quizá porque ha estado presente y a mi alrededor desde mi niñez no le he dado mayor importancia.

  Se trata de la caza

  De familia manchega y castellana, y con la gran suerte de “tener pueblo”, -cosa que para alguien como yo, nacido en una zona céntrica de Madrid, ha sido un privilegio-, he salido al monte a cazar desde que un monte bajo era para mí una selva infranqueable llena de peligros y aventuras.

   Posiblemente la caza en mi familia sea algo que venga de antiguo, pero hasta donde yo se, mi abuelo y después mi padre fueron grandes aficionados a la caza.

   Eran cazadores, es decir, amaban en toda su extensión la actividad de la caza.

   No voy a relacionar la caza con el deporte, no considero la caza como un deporte y mucho menos como un juego -como he oido a muchos decir-.

   Creo, y solo es mi pobre opinión, que el cazador auténtico solamente compite contra si mismo y contra la implacable naturaleza. Si consigue su presa, bien. Si la abate, bien. Si la cobra, bien. Y si no lo consigue, también bien. Si eso no es suficiente, no es cazador.

   Desde que empecé a salir de caza con mi padre han pasado muchos años y con ellos muchas etapas, muchos tipos de caza, anécdotas, experiencias buenas y malas. He conocido a casi todos los tipos de cazadores.

   He conocido a aquellos para los que la caza fue un complemento importante para sacar a la familia adelante hasta aquellos que se colocan a sí mismos la etiqueta de cazador de la misma forma que no le quitan la etiqueta a la ropa que se acaban de comprar para que todo el mundo vea lo mucho se se han gastado en ella.

   También he conocido a algunos “terminator” que escopeta en mano arrasaban sistemáticamente los cotos acabando con todas las formas de vida y también a muchos que lo han dejado porque no cobraban el número o categoría de piezas “que se merecían”.

   No es lo mismo ir de caza que ir a abatir piezas.Ir a una cacería para abatir piezas y mejor si son buenas piezas, nunca lo criticaré, lo conozco, lo respeto, me gusta, me parece estupendo y no tengo ningún problema en ir y disfrutarlo, también me gustan las tiradas de faisanes y los ojeos de perdices, pero eso es más ser tirador que cazador, lo uno no excluye a lo otro y repito, es mi opinión y puedo estar equivocado.

   ....Las armas son malas

   Hace mucho tiempo que todos los que tenemos algo que ver con la caza y con las armas, estamos medio perseguidos. Aunque con casi toda seguridad seamos uno de los colectivos más controlados por la Ley y las Autoridades, parece ser que la posesión y uso de armas es únicamente patrimonio de los delincuentes y otras especies de las que no voy a hablar en este artículo, me alargaría demasiado, además, así tengo un tema para escribir otro artículo. Ya tengo el título: “Las armas son malas”

   Tras unos años de crisis (¿recuerdan mis artículos de la serie “Crisis, ¿Qué crisis?) y tener que reducir drásticamente los gastos para poder atender malamente a los gastos familiares esenciales, y gracias a mi familia incluyendo a mi hermano, que me han ayudado enormemente a salir del pozo, he vuelto a la carga, pero en una nueva modalidad.

   Resulta que mi hermano Juan Pablo, tras un montón de años en esta actividad de la caza, consiguió hace ya unos años un coto para cazar. Pero para cazar con flecha, no con arma de fuego. Así que se puso a entrenar con un arco recurvo (es decir los arcos de una sola pieza de madera recurvada) y sin sistema de puntería.

   Yo alucinaba porque yo soy de tiro de rifle y he sido tirador olímpico, por lo que disparar con precisión con un arma de este tipo y sin elementos de puntería me parecía increíble, casi imposible.

  Bien, pues me contaba que estaban cuidando la caza que les permitía el plan cinegético del coto, principalmente jabalí, estudiando su comportamiento, sus movimientos, el desarrollo de las crías y muchas otras cosas.

   Yo alucinaba, mi hermano y yo trabajamos en entornos de alta tecnología y me costaba imaginar el contraste entre la alta tecnología y lo que estaba haciendo: Cazar con flecha y en una zona de sierra.

  Pues, como no podía ser de otra manera, ¡esto había que probarlo!, así que me zambullí de cabeza en el asunto y ¡hala!, a cazar con flecha, ¿porqué no?, al fin y al cabo la flecha también cumple las leyes de la balística, y el nivel tecnológico de este tipo de armas es impresionante. También podría aportar algo de mi experiencia como “enreda tecnológico” (ahora nos llaman frikis).

   Un día de caza.

   Este es el título del artículo y todavía no he contado nada. Ahí voy.

   Para mi, el día de caza empieza al menos una semana antes, preparo el material, lo miro y lo remiro, lo coloco y lo vuelvo a colocar. Saco el arma y la reviso, si puedo, la reajusto, cosas como un pequeño ajuste en un broche de la mochila pueden causar problemas que no deben aparecer en el momento de usarla, el material debe de estar perfectamente listo para su uso.

  Busco la ropa, la ventilo, no es bueno que huela a detergente, suavizante o cosas por el estilo.

   Vamos a intentar vernos las caras con unos animales cuya sensibilidad olfativa es su principal herramienta de supervivencia.

   Nervios contenidos, parecemos nuevos en esto, es inevitable. Llegó el día, voy a casa de mi hermano (200Km) y revisamos las armas, la munición (las flechas) y el material.

   Tenemos que portar lo imprescindible para reducir el peso al mínimo sin dejar de llevar aquellas pequeñas cosas de supervivencia que hay que llevar cuando se va a una zona de sierra “sin urbanizar” de difícil acceso, y que te pueden salvar la vida a ti y a los demás.

   También hay que portar las prendas de abrigo suficiente y todo esto debe formar un paquete que se ajuste perfectamente al cuerpo para que no haya bamboleos ni enganchones y las manos estén libres, se trata de montaña, no de un paseo por un parque y estamos solos.

   El coto está situado en una cadena montañosa en una zona entre dos grandes embalses.

   Salimos desde el domicilio de mi hermano con su todoterreno. Unos cuantos kilómetros de carretera para recoger a nuestro buen amigo Adolfo y unos pocos kilómetros más para encontramos con la valla que impide el paso a personas no autorizadas. Abrimos la valla. Siempre me ha gustado eso de ser “personal autorizado”.

   Un poco de pista normal y después la barrera de entrada al coto.Poco después de la verdadera entrada al coto, llegamos al inicio de la pista.

   Engranamos reductora, bloqueo de diferenciales y ... Maniobra de examen: Subir 25m por una pista con una ligera curva, menos de 3m de ancho, pendiente de un 60% (una carretera de un 12% ya es algo que asusta), suelo suelto de piedras gruesas, y grietas de torrentera, MARCHA ATRÁS.

   Yo soy muy aficionado al todoterreno, he sido de los que me perdía por ahí con equipo y herramientas, me he quedado atascado en agua, nieve y barro, he subido por sitios que no se si repetiría y hasta escribí un libro de técnicas de conducción. Por supuesto confío plenamente en mi hermano y en su todoterreno, conozco esta situación, pero eso no impide que la adrenalina que te pone a 100 ya esté corriendo por el cuerpo.

   Esta arriesgada maniobra es solo para poder enfilar de frente y con seguridad la auténtica subida, unos 5 km de pista con una media del 70% de inclinación y tapizada de piedras del tamaño de un balón de fútbol.

   La adrenalina sigue haciendo su trabajo. No olvidemos que estamos en una sierra muy escarpada y difícil. Llegamos a donde ya no se puede seguir con el coche, hemos llegado arriba del todo, bueno, como pasa siempre en la montaña, hay otro más arriba del todo que es donde hay que llegar andando.

   Almorzamos, son las 19h. Hay que comer algo para mantener las fuerzas durante las próximas siete horas que al menos tardaremos en regresar al coche. Sacamos el material, lo volvemos a revisar, nos colocamos la mochila, cogemos las armas y a andar por la montaña.

   El recorrido no es largo, apenas un par de kilómetros, pero estamos andando por uno de los bordes de la cuerda montañosa con todos los peligros que conlleva, eso quiere decir que requiere mucha concentración y calma.

   El paisaje, impresionante, las vistas preciosas, naturaleza en estado puro, silencio, solo tenemos la opción de integrarnos en el entorno para no perturbarlo.

   Aunque estamos muy curtidos de campo y montaña, no vamos a batir récords de nada, no tenemos que demostrarle nada a nadie, no somos superhéroes del atletismo y no tenemos 20 años, además hay que moverse con calma para evitar sudar demasiado o nos olerán. Nos estamos introduciendo en su territorio.

   En poco tiempo estamos en los puestos de caza. Están situados en una cornisa a la que hemos accedido bajando unos metros por una grieta en las rocas. Por encima, es decir unos metros por encima en sentido vertical, arriba del todo, hay un nido de águilas, por debajo un barranco cuya caída queda suavizada por un par de terrazas.

   Son las 20h. Y sí, vamos a hacer una espera nocturna.

   Nos colocamos con la mayor comodidad posible, estamos en una estrecha cornisa y nos vamos a fundir con la naturaleza, hasta aquí todo ha sido una pequeña aventura, pero queda más.

   Vamos a cazar con flechas, esto no es una película ni una competición de tiro, nuestro objetivo es pasar totalmente desapercibidos para nuestras presas cuyo olfato, oído e instinto son excepcionalmente sensibles y superiores a los nuestros.

   Estamos mirando al oeste, vemos como el sol se pone rápidamente tras la cuerda montañosa que tenemos enfrente, cada vez hay menos luz, es una noche oscura, habrá luna, pero para cuando ilumine nuestra posición, ya estaremos de vuelta.

  El sol desaparece sustituido por la oscuridad total, cuando nuestros ojos se acomodan a la casi ausencia total de luz, sólo distinguimos sombras y penumbras.

   Es el momento de la fusión con la naturaleza, el ser humano sin luz no es nada, en este momento nuestros pobres sentidos restantes no son capaces de suplir el que falta.

   Máxima concentración, un arma en las manos, su proyectil una flecha mortal. Nuestro pulso se acelera, controlamos nuestra respiración para que su cadencia se diluya con el ruido del aire, control de nuestros movimientos, es necesario no hacer ningún ruido que delate nuestra posición, nuestros movimientos han de ser pocos y lentos para no alertar. El equipo que llevamos ha de ser accesible y manipulable en la total oscuridad, no podemos encender ninguna luz.

   Hay un momento en el que creemos que escuchamos la naturaleza, no se si será algo parecido a lo que llaman un estado alterado de conciencia debido a la concentración, el silencio y las circunstancias, pero podría ser.

   Percibimos que el silencio total que antes escuchábamos no es tal silencio, pequeños animalillos corretean bajo los arbustos, otros no tan pequeños se adivinan entre las matas, algún gran insecto nocturno nos sobrevuela como un avión carguero en miniatura, los árboles emiten crujidos curiosos, movimientos nocturnos de aves en el follaje de los árboles nos despistan.

   En un momento determinado, cuando estamos inmersos en el sonido del silencio, escuchamos unos ruidos distintos. Ruidos del caminar de animales más grandes, son varios, no los vemos pero se acercan.

   Un arma en las manos, en ella descansa una flecha mortal, la distancia de tiro, muy corta, no hay luz.

   Han de acercarse más, han de salir a una zona más despejada que tenemos delante y que será la única oportunidad de disparar, nuestra posición elevada compensa en parte nuestra torpeza de ser humano.

   Nuestra fusión con la naturaleza funciona, no nos han oído, no nos han olido, no nos han visto y es posible que no nos hayan sentido o que no les hayamos parecido peligrosos.

   El pulso se acelera, hemos de estar listos.

   El ruido aumenta, los tenemos al lado, escuchamos el ruido de masticar lo que van encontrando en su caminar, escuchamos los gruñidos, el restregar de su dura piel contra los arbustos. El pulso se acelera más, hay que prepararse, colocamos el arma en posición. Ahora comprendo porqué este tipo de armas tienen que estar pintadas de colores ocres y negros, un mínimo brillo delataría nuestra posición.

   Cuidado con la respiración, disparamos flechas, no una bala y la lanza una cuerda, no un cartucho de pólvora. Y con casi toda seguridad no tendremos oportunidad de un segundo disparo.

   No vemos nada pero sabemos que están ahí, a distancia de tiro, al descubierto. Es el momento.

  Con máximo sigilo pero con decisión, nos incorporamos, encendemos una pequeña linterna con un filtro rojo que llevamos fijada en el arma, sin esa pequeña luz no sería posible hacer un disparo sabiendo a lo que disparamos.

   Nuestros ojos acostumbrados a la oscuridad observan que nuestra pequeña luz ilumina una piara de jabalíes compuesta por una hembra de buen tamaño seguida por media docena de crías que han dejado de ser rayones no hace mucho.

   En ese momento hemos delatado nuestra posición, apuntamos a las presas, están a tiro, hemos entrenado para no fallar a esa distancia, son unos pocos segundos que en ese momento son increíblemente largos, aprecias las presas, decides no disparar.

   No disparas.

   Apagas La Luz, bajas el arma, las presas desaparecen.

   Todo vuelve a estar en silencio.

   Poco a poco volvemos a escuchar el sonido del silencio que ha sido momentáneamente tapado por el rápido latir de nuestro corazón.

   Quien comprenda estas torpes líneas, es cazador.

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