La hoguera de las vanidades

  • 23/11/2016
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En la particular teocracia florentina que dirigía el virtuoso Savonarolla se instauró la constumbre de quemar en público, durante el martes de carnaval, vestidos, maquillajes o espejos. En definitiva todo aquello que manifestara la vanidad o la ostentación. En la España del virtuoso podemismo se ha instaurado otra particular forma de hoguera de las vanidades. La versión podemita consiste en incendiar, metafóricamente hablando, los platós de televisión con acusaciones, juicios sumarios y escarnios diversos a todas aquellas personalidades del mundo político o empresarial que se consideran portadoras de los vicios del capitalismo nacional. Uno de los vicios favoritos de los Savonarollas de nuestro tiempo es la corrupción.

 Hace tiempo ya que España dejó de ser un país donde rigiera el estado de derecho. El tribunal ha cedido su espacio al plató de televisión, como lugar solemne donde se realiza el derecho. La célebre definición de Celso del derecho como el ars boni et aequi no tiene cabida, pues el derecho que postula la nueva izquierda española, representada por Podemos, se ha convertido en un ejercicio de damnatio memoria, de difamación permanente del “enemigo” (así en términos schmittianos entiende la política Podemos), respecto del que sólo cabe predicar el odio y el deseo de aniquilación.

 La última víctima de la particular caza de brujas de la nueva izquierda española ha sido Rita Barberá, cuya culpabilidad ya había sido establecida de antemano en los platós de televisión afines a podemos, ante el vergonzante silencio de su propio partido, incapaz ni de defenderla, ni de defenestrarla. Ya se sabe que los juicios de “Mariano,” en relación a todo lo que concierne a la corrupción, son insondables.

 Las redes sociales, cloacas de la modernidad líquida en la que vivimos instalados, ya han dictado su particular juicio sumarísimo sobre la difunta: Rita era el epítome de la corrupción rampante pepera. Una corrupción, la del PP, respecto de la que no caben disquisiciones juŕidicas de leguleyos ajenos al sentir popular y que se debe sustanciar de acuerdo al aforismo propio del chascarrillo de barra de bar.

 En estos tiempos de “progreso” se prefiere el exabrupto (choriza, mangante, ladrona...) al ponderado y desprejuiciado razonamiento jurídico. El axioma liberal de la presunción de inocencia debe ceder su lugar a la presunción generalizada de culpabilidad del político, siempre que no sea de los “ de abajo”. En la muerte fulminante de la “otrora indigna senadora”, la nueva izquierda podemita ha querido ver una manifestación palmaria de la justicia poética, una especie de visión secularizada de la ordalía o juicio de Dios. Como ha muerto antes de que los corruptos tribunales pudieran desviarse de su revolucionario cometido de hacer efectiva la justicia popular, el destino ha querido “castigar” preventivamente a la ignominosa alcaldesa.

Cierto podemismo recalcitrante va incluso más lejos en su particulares pesquisas acerca de tan inoportuno óbito (se acabó el muñeco de pim pam pum con el que amenizar el escarnio televisivo). Se trataría de una conspiración del PP para quitarse de encima, una “patata caliente”. Al fin y al cabo es una verdad revolucionariamente establecida, que los recortes del PP, biopolítica neoliberal, matan “cada vez más”. Una muerte más, tan conveniente y oportuna, no se iba a notar y siempre podría servir a los propósitos estigmatizadores de podemos ante la burguesa opinión pública española.

 El grado de abyección moral en el seno de la nueva izquierda española es tal, que ya uno no se sorprende de leer según que digresiones. La paranoia es un estadio más en la patología social que es el comunismo. Cualquier interpretación, por bizarra que sea, sirve a su propósitos estigmatizadores del contrincante político y, al mismo tiempo, alivia las conciencias de los más comedidos en estas cuestiones de puritanismo político burgués.

 Lo más triste del caso es que ya no conoceremos la culpabilidad o no de Rita. Ya no habrá más aperturas de telediarios con sus entradas y salidas del Tribunal Supremo. Su responsabilidad jurídica era puramente secundaria. Aquí de lo que se trataba era de alimentar la particular hoguera de las vanidades de la pujante y mediática nueva izquierda española. Si no hay rédito político, no hay prime time. La justicia y la verdad son algo secundario para los herederos del mayor propagador de la mentira revolucionaria: Lenin. Ya decía Esquilo que la mayoría de los hombres prefieren parecer a ser. En la España de la descomposición moral, política y económica es mucho más capital parecer corrupto que tal vez serlo.

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1 comentario

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Félix rodinofelix@yahoo.es1 d diciembre d 2016 a las 11:04 (UTC)
Admirado Don Carlos: Expresarle, de nuevo, mi más profunda admiración por su nueva publicación. Es un deleite leer sus reflexiones y la solidez de sus argumentos. Muchas gracias.

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