Quien no entiende una mirada, tampoco una larga explicación

El cowfunding de la Merela. Reserva anticipada de ejemplares en ritmosensor@hotmail.com PVP 15€

Cuando llevaba unos pocos minutos de rodaje, la cruda realidad me hizo cortar la grabación. Como era secreta y con cámara oculta, me limité a pulsar off y Santas Pascuas.

Tomé semejante decisión cuando vi el flujo y reflujo que había en nuestras fronteras, por las que entraban cientos de camiones con leche foránea. Al mismo tiempo, una columna de humo procedente de Castilla y León, anunciaba otro incendio. Como había tanto que mirar, apenas me dio tiempo a ver unas pocas imágenes en la tele, muy similares a las de la planta de envasado de pescado, esta vez en una fábrica de embutidos, creo recordar. Las caras de los trabajadores mostraban los mismos gestos de amargura y desolación que Luis y los que lo han perdido todo. Se hizo bueno el dicho popular de: que Dios no nos mande todo lo que podemos aguantar, cuando leí que en un hospital veterinario de la provincia, no había medicamentos para un perro que los necesitaba, porque  el pobrecito, tenía un tumor. Casi  de inmediato, me acordé de la Morena, una vaquita de mi quinta y también frisona, pero holandesa de pura cepa, que estaba en la granja por un intercambio y a la que no cité, porque estaba enferma desde hacía bastante tiempo. Entendí entonces por qué no llegaban sus medicinas.

―No llegaron porque nadie las encargó, ¡Total, una vaca más, una vaca menos, que importa! Las vacas no somos mascotas, nos limitamos a dar leche y nada más. Además no es rentable curarnos, porque cuesta más el remedio que la enfermedad y los medicamentos, que lo que producimos. ¡Maldita producción!―Pensé para mis adentros.―Tengo que decírselo al niño, o reviento.

Informé al niño de lo que había pasado, y le expliqué con detalle lo de  La Morena, la fábrica y lo demás.

― ¿Qué tiene?―Me preguntó.

―Un tumor en…bueno… en las ubres. Cáncer de mama.―Respondí.

― ¿Y cómo está?

―No lo sé, está en otro establo al que no tenemos  acceso; pero supongo que no muy bien.―Sentí una rabia infinita contra mí misma, cuando me di cuenta que de no haber sido por la noticia del perro, no me habría acordado de La Morena.

―Vamos a verla―Dijo el niño.

―Vamos―Respondí y me sentí mal, por no habérseme ocurrido a mí la idea y bien porque me encantó. Me puse roja de vergüenza y verde de envidia. El resultado fue un marrón caca, que no me gustó nada en absoluto.

―No te preocupes Merela, sé lo que sientes―Dijo el niño.―Esas cosas pasan en la mejores familias. Vamos a conseguir esas medicinas. ¿Qué sabes del perro?

Le conté que al parecer el dueño era farmacéutico y ni aun así conseguía las medicinas, porque escaseaban, eran de importación y en la Agencia del medicamento, le informaron que para las pocas unidades en stock, tenían preferencia los humanos. En resumen, que había unidades disponibles en los laboratorios, pero se supone que por problemas económicos, la Agencia no las podía adquirir.

―O sea, que no tienen dinero para pagarlas ¿no?―Dijo el niño.

―Supongo; pero por lo que sé, el dueño está dispuesto a correr con todos los gastos.

―No sé si lo sabes, pero mi abuelita murió de cáncer de mama.―Dijo el niño.―Y es en su memoria que vamos a conseguir esos medicamentos y muchas cosas más.

Yo que soy tan propensa a cambiar de color, me quedé blanca y muda. No dije nada, pero al niño le brillaban los ojos, quizá demasiado. Él, que de esas y otras cosas, sabía un rato y me leía el pensamiento, exclamó:

―No estoy llorando, ¡Es que me sudan los ojos! ¡Y nada de minutos de silencio, que llevas años callada!

Cuando volvimos de ver a La Morena, teníamos las pilas cargadas. Me sentí orgulloso de mi colega. ¡Cualquiera diría que estaba enferma!. El niño me contó que su abuelita también estuvo muy animada durante toda la enfermedad y con una gran presencia de ánimo.

―A mucha de la gente que la conocía, le parecía imposible que estuviera enferma.―Suspiró el niño―¡Cuánto siento no haberla conocido y que en aquellos tiempos, no hubiera estos adelantos! No podemos perder ni un minuto Merela, tenemos que hacer esa demostración cuanto antes. ¿Te das cuenta? Cada vez nos salen más beneficiarios.

―Ya… pero no contestan―Dije yo.

―Da igual. Lo importante es ponerles una solución encima de la mesa en forma de billetes contantes y sonantes, beneficiando a todos y sin perjudicar a ninguno.  No creo que se molesten; más bien al contrario. En esencia se trata del mismo proceso… igual, igual, para las granjas, los enfermos, el periódico, los incendios, Ecuador, Venezuela; la Volkswagen o la empresa a punto de quebrar. Si después de esto, hay alguien que todavía duda, o archiva los euros como el ayuntamiento… será cosa de decirle que se lo haga ver. Busca el correo de la Profile School, el rancho donde iban a ir y la agencia de viajes, con la que habían contratado la excursión.

―Ya tengo esos datos y muchos más. Cuando me regalaste el móvil, lo de Courtney Vashaw, fue lo primero que busqué en internet.

―Oye, Convenio. Perdona la pregunta: ¿Cómo es que sabes todas esas cosas de tu abuelita, si no la conociste?

―Bueno―Dijo el niño bajando la vista―No te rías, pero casi todos los días hablo con ella y ¿sabes? Creo que mis abuelitos me han ido llevando, llevando y yo me he dejado llevar. Todo esto del Convenio R.A. se lo debo a ellos. Tal vez suene raro o difícil de entender, pero yo lo siento así.

El niño pudo ver en mis ojos de vaca, que estaba creyendo a pies juntillas todo lo que me decía y más que me dijera.

―A ver―Puntualizó―Ellos no me mandan mensajes concretos ni instrucciones de haz esto o lo otro. Más bien me ponen delante del toro…

Me acordé de Marcelino por un instante. Después estuvimos un buen rato riéndonos juntos. El niño que tiene salidas para todo, me dijo:

―Oye Merela, ¿No serás la vaca de los quesitos ¿No?

―Hablando de quesos ¿Por qué no localizamos a Hamed el sirio? Seguro que te compra los diez mil litros.

―Merela, Merela, desde el primer día supe, que no eras una vaca cualquiera.

― ¡Mira quién fue a hablar. Tú tampoco eres un niño común y corriente!

Fuimos a la ciudad en busca de benefactores y de paso entramos en Raza, una tienda que me había recomendado Emily, y compramos dos sujetadores.

El propietario, amigo del niño, que se ve que estaba al corriente; nos atendió muy amablemente y nos ofreció unos de lunares a juego con las pintas. Como la Morena y yo somos frisonas y gastamos la misma talla, no hubo problema. Me quedaba divino de la muerte.Diapositiva1

 

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teorcra

 

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