CERVANTES. ANIVERSARIO PARA OLVIDAR

  • 29/04/2016
  • 0

imagen-sin-titulo.jpg

Aquí un artículo sobre ambos escritores.

 

 

 

Don Miguel murió en el año 1616, hace ya cuatrocientos años y este debería ser el aniversario de don Miguel, sin embargo los responsables de la cosa cultural española están recordando a nuestro pobre (no hace muchos años, insigne) escritor con vergüenza, cargo de conciencia, escrúpulo y sobre todo con sumisión. Sumisión al imperio inglés, al idioma inglés y reconocimiento del señor William Shakespeare muy por encima del debido a y merecido homenaje a nuestro antiguo paisano.

 

Y es que el español, lo español, lo hispano, está más bien mal, es decir, muy mal. Todo el mundo huye despavorido del idioma castellano, comenzando por los habitantes de esta extraña comunidad que habita lo que todavía es España que está, como cualquier marca comercial en estos tiempos funestos, en proceso de disolución.

 

Nadie quiere hablar castellano que carga con inmerecido sanbenito  el mismísimo premio Cervantes de este año  grita aquí a los cuatro vientos que el español se impuso en México a sangre y fuego. Tampoco Maduro, ni Evo Morales, ni probablemente Fidel Castro, ni los Kichner, ni Macri, ni Peña Nieto, Bergoglio, todos lamentan tener que hablar este idioma tan despreciable. También se rinden nuestros más destacados políticos, a saber, Esperanza Aguirre, Ana Botella, Rajoy, Aznar por la derecha y el resto en tromba incontenible por la izquierda. Todos acomplejados, todos abrumados por el inglés. Ya se sabe, lo dicen, lo proclaman, lo recomiendan, políticos, periodistas, profesores, psicólogos, pedagogos, informáticos, economistas...: el inglés es lo importante, hay que aprender, estudiar, ver la televisión, el cine, escuchar la radio, pensar...en inglés.

 

Y en esta situación, al pobre don Miguel le han cargado con una mochila indeseable, casi una joroba, un tumor inoperable, lo que hace que en esta piel de toro se celebre, con enorme bochorno por el qué dirán, el aniversario de don Miguel. Si se fijan no hay en periódico de papel o digital y seguramente también en TV o radio una sola referencia a Cervantes en que no aparezca acompañado del peñazo inglés. Y parece que al otro lado del canal no hay una sola referencia a don William en la que aparezca acompañado por alguien, mucho menos por don Miguel.

 

Se confiesa pues, por parte de la intelectualidad literaria española que don William era mucho mejor escritor que Cervantes. Ni punto de comparación.

 

Dice la enciclopedia británica que en general se le reconoce, a Guillermo, como el mejor escritor de la historia y aquí en la patria de don Miguel, por supuesto ante tal aseveración, se asiente y confiesa con respeto, con veneración y sin necesidad de introducir la desagradable salvedad «en general».

 

Entonces reconocemos y afirmamos: «don Guillermo el inglés es el mejor escritor de todos los tiempos». Amén.

 

Y no es que uno lo ponga en duda, yo no lo hago, lo que ocurre es que cada vez que aparecen esos tremendos dramones en TV, el príncipe de la duda con calavera en mano que se debate entre el ( soy, no soy, mato a mi tío que se acuesta con mi madre, no me atrevo, el fantasma de mi padre... o sea el Rey león y demás), o la enésima versión de Romeo y Julieta, o Plácido Domingo de negro Otelo y sus catastróficos celos, yo al menos, tengo la mala costumbre de cambiar de canal y no solo es que no veo esas películas o esas obras de teatro, es que además, lo reconozco compungido, no he leído nada de don William y bien que lo siento, pero es que para apreciar determinadas obras en su justo valor creo que hay que dominar el idioma en que fueron escritas, así, el Ulises de Joyce, su traducción al menos, me resulta soporífera, Moby Dick demasiado larga..., otra cosa sería si fuera inglés como James Bond, entonces entre un trago de vodka con hielo y lo que sea que le echa, mezclado no agitado, en un distinguido club británico o entre un educado y disimulado bostezo y el siguiente en un teatro londinense, es posible que pudiera apreciar en su justa medida el valor de estos dramas que se atribuyen al mejor escritor de todos los tiempos, cosa que insisto, reconozco, reconocemos sin discusión... si bien, bueno, algunos especialistas ingleses ponen en duda que un cómico de baja extracción social pudiera escribir tantas y tan elevadas y trascendentes historias... pero nosotros no. Nosotros acatamos humildemente los mandamientos de su Majestad Isabel II de Inglaterra y singularmente el referido a don William y su preeminencia sobre todos los escritores habidos desde los clásicos griegos hasta el presente y los que hayan de venir.

 

Y dicho esto, algo habrá que decir, también es su aniversario, más humilde, pero no menos merecido, algo habrá que decir del bueno de don Miguel, cuya obra más conocida y reconocida es el Quijote.

 

Obra menor, insisto, novelita escrita hace más de cuatrocientos años que todavía puede leerse y entenderse en este español que aún hablamos, (hasta que podamos abandonarlo definitivamente y sustituirlo por el inglés), digo que esta singular y conmovedora historia admite todas las interpretaciones del mundo y sigue teniendo esa magia que la hace tan sugerente como si ocultara en su interior algún oscuro mensaje que por mucho que hagamos nunca podemos llegar a entender del todo.

 

Y es que el Quijote es pura realidad. Una no muy agradable realidad, tal como ocurre en esa escena de la muy conocida película «Mejor imposible», en la que la camarera de vida desgraciada con madre e hijo enfermo a cuestas, escaso salario y casa en alquiler oneroso, es en el fondo persona alegre, vivaracha, de espíritu positivo PNL «si creo que todo me va bien, todo me irá bien», por lo que animada por su madre sale una noche de juerga y vuelve al domicilio con un maromo de buen aspecto y la intención de dar una alegría al cuerpo mediante acoplamiento sexual en cálida noche de verano, pero en medio de la función el niño llama, ¡mamá, ven!, y ella va — espera que ahora vuelvo —dice y vuelve y otra vez interrumpe el niño, y ella vuelve a ir y vuelve a volver y entonces el tipo pone mala cara y ella dice — es que me ha vomitado en el camisón, pero ahora me limpio —y él se levanta y se va decidido—, lo siento, pero es demasiada realidad para esta noche.

 

Y es que don Miguel cuando habla de Alonso Quijano y Sancho, es probable que en realidad nos esté contando la historia de una sola persona, la de cualquiera de nosotros que en el fondo somos tan locos como el Quijote construyendo historias fantásticas y mundos virtuales, hazañas portentosas que en realidad solo son imaginaciones, y Sancho es nuestro más profundo yo, el que está apegado a la tierra, al barro, al sustrato más oculto de nuestra miserable condición humana que a pesar de todo acaba siguiendo al loco que cree poder enfrentarse al mundo, amar a la mujer inexistente construida de sueños y aire, ser reconocido y admirado por los poderosos que gobiernan, cuando en realidad solo se burlan de tan graciosas pretensiones.

 

Don Quijote es un fracasado, un perdedor lamentable, un soñador inasequible a la triste realidad de la que una y otra vez advierte su rendido yo interior, su necesario anclaje con el mundo en el que vive para evitar que acabe sucumbiendo a sus propios delirios. Y viene esto a cuento porque hay un curioso pasaje en la historia de nuestro caballero, cuando Sancho intenta convencer a su señor de que entre unas aldeanas que se acercan se encuentra la singular Dulcinea a la que don Quijote ama en amores de libro y no de otra cosa y el caballero no deja, no quiere, no se deja convencer de lo  que aparentemente no necesita mayor convencimiento, como si dijera a su escudero, «mi buen Sancho, en esta locura tú no puedes acompañarme más allá de lo que te corresponde, limítate a cumplir tu cometido que es evitar mi total y absoluta huida de la realidad que me abruma, que nos abruma a los dos». Y sigue el caballero con sus aventuras como seguimos nosotros con nuestras vidas, pensando y creyendo en nuestra propia importancia, en nuestros merecimientos nunca totalmente compensados y en nuestra torcida interpretación de este loco mundo en que vivimos, acerca de cuya exacta naturaleza el buen Sancho, nuestro más profundo yo interior, nos advierte una y otra vez.

 

Y hoy, tantos años después, viendo este convulso mundo hispano, arruinado en los dos hemisferios, aquí otra vez, en proceso terrible de autodestrucción y sometimiento al imperio que ahora manda y decide, resuenan de nuevo  las advertencias del buen Sancho, de que las guerras que peleamos están perdidas, las hazañas que creemos pasmo del todo el mundo, solo causan jolgorio internacional y de que las pretensiones de potencia desarrollada y octava economía mundial son en realidad delirios debajo de los cuales solo existen establos para ganadería de subsistencia construidos sobre barro, estiércol y arena. Y es que no hay nada nuevo bajo el sol.

 

 

 

Denunciar contenido

¿Tienes algo que decir? Este es tu momento.

Si quieres recibir notificaciones de todos los nuevos comentarios, debes acceder a Beevoz con tu usuario. Para ello debes estar registrado.
He leído y acepto el Aviso Legal, la Política de Confidencialidad, y la Política de Cookies de Universia