EL ANTOJO DE LA MERELA (Tienes que leerlo, ¡es la leche!)

Merela, es una vaca antojadiza, que nos relata un pequeño fragmento de sus peripecias, para conseguir que le paguen la leche a 0.34cts. y más cosas.

Introducción

Tengo que reconocer que esto de ser vaca en tiempos de crisis y con precios tan bajos en origen, produce bastante mala leche.

Por otra parte, lo mío me ha costado, que al no disponer de  academia de idiomas para vacas en los alrededores de la granja, tuviera que hacerme traductora simultánea  de mí misma. Claro que enseguida me di cuenta, que si bien no tenía problemas con las traducciones de vacunomerelo a vacunomerelo, cuando se trataba de pasar mis reflexiones a humano, el cuento cambiaba y de qué manera.

Una tarde, mientras pastaba plácidamente debajo de un árbol, una ráfaga de viento, trajo hasta cerca de mi hocico, una hoja suelta, con un poema que decía más o menos así:

Admiróse un portugués,

al ver que en su tierna infancia,

todos los niños de Francia

sabían hablar francés.

Arte diabólico es,

dijo torciendo el mostacho,

que para hablar el gabacho

un fidalgo en Portugal,

llega a viejo y lo habla mal,

y aquí lo parla un muchacho.

 

                                     Moratín

 

 

 

Lo mismo que me pasaba a mí con el humano. No era capaz de ligar dos frases seguidas, mientras que los niños de la aldea, desde pequeñitos lo hablaban como cotorras. 

A pesar de que se dice que las vacas somos inexpresivas, en realidad lo que nos pasa es que, por lo general, primero tragamos con lo que nos dan, y una vez dentro, le damos vueltas y más vueltas incapaces de echarlo fuera, más que por detrás. En fin, ¡Cosas de vacas!

Empecé a escribir este libro, un día que cansada de rumiar y rumiar, me propuse dar a conocer  todo lo que tenía dentro, que era mucho más que ¡Muuu!. Cuando apenas llevaba un par de líneas en vacunomerelo, comprendí que todo aquello no era más que un esfuerzo inútil, ya que si no conseguía ponerlo  en humano, para que lo pudieran  entender más personas, y animales, habría trabajado en balde.

Quiero agradecer desde aquí la estrecha colaboración de  Arturo el oso polar de Mendoza, quien a través de un curso acelerado y a distancia, de osunoarpolar, me permitió llegar a aprender y dominar el lenguaje de los humanos, llevarlos a mi terreno y abrir mi propia academia de vacunomerelo con profesoras nativas..

Mis amigas me dicen que me quedó un poco de acento argentino.

Menos mal que cuando escribo no se nota y nadie ve el mate, la bombilla y el termo, que me acompañan mientras escribo. Para conseguir lo que pretendía, necesitaba entre otras cosas, y como mínimo: un ordenador; conexión a internet; una impresora y un paquete de folios, además de cartuchos de tinta o tóner ¡Qué menos! No tardé mucho en darme cuenta que a pesar de mis antojos y berrinches, me faltaba lo más importante: dinero. Elemento indispensable para poder comprar y sobre todo pagar, lo que necesitaba. A veinte céntimos el litro se me antojaba tarea poco menos que imposible de conseguir.

 

....../.....

Un poco después de colgar, una columna de humo, rodeada de enormes llamas, apareció como de la nada en un extremo de la aldea..

―¡Fuego, fuego! por favor venid a ayudarme, se quema la granja!―Gritó Luis un anciano vestido con una bata de trabajo azul.

―¡Tienes las manos quemadas! ¿qué pasó?―Preguntó Manolo.

―Dejad ahora las consultas y vamos a apagar el fuego, llamad a una ambulancia ¡Rápido! ¿Estás bien Luis?―Dijo María sobre el ulular de las sirenas.

―Sí; pero las quemaduras que tengo por dentro son difíciles de curar, toda una vida trabajando para esto, y encima sin seguro. ¡Qué desgracia!

granja

               Imágenes el progreso de Lugo

Después de sofocar el incendio y vendarle las manos a Luis, la ambulancia se fue y un retén de los bomberos se quedó apagando los últimos rescoldos. Luis, con la mirada vacía, recorrió las ruinas de lo que hasta unas horas antes era su granja de pollos. El fuego había afectado además, buena parte de la casa contigua, donde vivía con su familia. La parte trasera de un  Peugeot 305, aparcado en el bajo de la vivienda había ardido casi completamente, las paredes estaban negras y llenas de hollín.

―Tenía razón Luis cuando dijo estar más quemado por dentro que por fuera.―Me dije para mí.

Nos explicó que iban a recibir nueve mil pollos y estaban preparando y limpiando la granja, cuando al parecer el fuego se inició en una estufa.

―Cuando intenté apagar el soplete, fue cuando me quemé las manos. Fue impresionante, parecía un tobogán de fuego y humo. Todavía no sé cómo conseguí cerrar el depósito del propano. Menos mal que el fuego no llegó hasta allí, porque acababan de llenarlo y podría haber sido mucho peor.

―¡Uf! No habría quedado piedra sobre piedra.―Dijo Manolo.

―La estructura aguantó y los daños, aunque cuantiosos, no han sido excesivos, pero el techo ardió casi todo. No creo que la broma baje de cien mil euros.―Dijo Luis con pesar.

granjaprogreso

                                    Imágenes, El Progreso de Lugo.

―¿Qué vas a hacer?―Preguntó María.

―Todavía no lo sé. Me dijo el alcalde pedáneo que esta tarde se reunirán los vecinos y posiblemente organicen una colecta y abran una cuenta.

―¿A qué hora es?―Preguntó el niño

―A las ocho; pero no voy a ir. Todavía no sé qué voy a hacer, si arreglarla, cerrar o qué demonios. Ha sido un palo muy gordo y ya soy mayor.

Como la vida es cruel pero seguía, mi ama me llevó al establo y me puso la ordeñadora, pero yo no le quitaba ojo al niño que estuvo recorriendo con Luis el exterior de la granja de pollos. Puse la orejas en vertical y agucé el oído intentando escuchar lo que decían:

―Tengo setenta y tres años, niño. Se-ten-ta-y-tres. Muchos años, demasiados.

―No diga eso, Luis, ya verá como todo sale bien.

―Tenga―Dijo el niño extendiendo la mano.

A tanta distancia no pude ver lo que le daba, aunque sabía por el gesto que era dinero y se lo metió en el bolsillo superior de la bata, porque las manos vendadas de Luis, no estaban como para recibir. Cuando el niño siguió hablando, pude entender cuánto.

―Ya sé que tres euros no es mucho, pero son los primeros, le prometo que vamos a conseguir los cien mil y muchos más.

―Gracias niño, Dios te oiga ¿cómo te llamas?

―Convenio.

―Muchas gracias Convenio.―Dijo Luis.

―Muchas gracias Convenio―Dije yo y acto seguido solté un:

―¡Muuu, Muuu! (No te vayas sin que hablemos)

Debió entenderme, porque al rato, el niño entró en el establo y dijo:

―Muu, Muu ¿Mú mú?, (aquí estoy ¿Qué querías? )

 Le hablé entonces de mi proyecto del vacunomerelo y le pedí toda la información disponible sobre aquel oso y su idioma de nombre tan extraño: osunoarpolar

―Es osuno porque lo habla un oso polar argentino ¿entiendes?

―¡Ah, claro, qué ingenioso! Osuno de oso, ar de argentino y polar de polar!

―Tú no te quedas atrás con el vacunomerelo, aunque se entiende mejor. Vacuno de vaca y merelo de Merela.

Como otros muchos antes, me preguntó si no sería más correcto Marela y yo le expliqué que no.

―¿Acaso me ves el amarillo por alguna parte? Soy frisona y me llamo Merela.

―¿Y además de eso qué querías?―Preguntó el niño.

―Bueno, verás―Dije yo―Mi existencia es muy limitada, del establo al prado, del prado al establo y poco más.. Quiero saber lo que pasa en el mundo.

―¿Sabes leer humano?―Preguntó el niño.

―Por supuesto, castellano, inglés, y un poco de chino.

Entonces el niño hizo algo, que una pobre vaca como yo no esperaba:

¡Me regaló un móvil 4G con wi-fi, cargador, antena y un boli con goma porque tengo las pezuñas muy gordas !¡Y se fue!

Claro que cuando entré en internet y me enteré de lo de los refugiados, la deuda griega y las otras deudas, el paro, el precio del petróleo, las bolsas chinas; los déficits y las guerras, sentí de pronto unas tremendas ganas de no saber leer, seguir meneando el rabo y haciendo sonar el cencerro.

Pero enseguida me dije:

―De eso nada, Merela: ¡A por ellos que son pocos y cobardes!

Después cuando vi lo del incendio de la granja de Luis, y una foto de la nave chamuscada, el Peugeot, y yo pastando en el prado, me dije:!

 ―¡De esta pasas a la posteridad, Merela!

Sabía que no sería por la foto, sino por lo que pensaba hacer después. Al fin y al cabo una vaca pastando con una nave quemada detrás, es algo que a pesar de lo bucólico-pastoril que pueda parecer, llama mucho menos la atención, que una vaca que habla, resuelve problemas y se conecta a internet.

Estuve casi toda la noche conectada, leyendo noticias y más noticias. Me enteré de que decenas de compañeras habían muerto de hambre en varias granjas y otras dado el estado en que se encontraban tuvieron que ser sacrificadas. Después que un terremoto había asolado la costa de Ecuador, con centenares de muertos y miles de damnificados. Los refugiados sin refugio, la guerra de Siria, la escasez de Venezuela, la pesca; lo de Volkswagen y muchas cosas más. Lo de la leche a 20cts ya lo sabía y de buena tinta.

Antes de que me diera otra vez el bajón, asomé la cabeza por la ventana y le dije a la Luna:

―¡Muu, múuu, remuuuuu! (¡Cagon la lecheeeeeeeeeeee!)

Para mi sorpresa, el cuarteto de la Pinta, La Marela, la Rubia y Blanquita, respondió al unísono y a capela, desde el establo de enfrente:

―Múuuu, Muuuuu, remuu, mu, mumumu! (¡Tranqui Merela, que todo saldrá bien, lo malo es el mientras!)

 

Las manos de Luis y las ondiñas que veñen e van.

 

Una vaca como yo, con  tan poca experiencia en incendios, no tardó en darse cuenta que el post-suceso,  resultaría mucho peor de lo que se pudiera imaginar, debido sin duda a que estaba metiéndome de lleno en el ramo de la avicultura; otro pequeño mundo lleno de problemas y de gastos, ajeno a los establos,  los prados, los tanques de frío y los camiones cisterna.

Afortunadamente la granja estaba vacía y   la chamusquina que  flotaba en el ambiente, se iba disipando a marchas forzadas gracias a las lluvias de aquellos días, sin el desagradable  olor a plumas quemadas ni pollo asado.

Luis no se subió a ningún tractor, no se concentró, ni tuvo que informar a nadie. Se limitó a apechugar con sus problemas, un verbo perfecto para un criador de pollos que hacía tiempo que había superado la edad de jubilación y llevaba más de cincuenta años en el oficio.

Me acordé del estribillo de una canción atribuida a Víctor Jara, que interpretaba una chica cuyo nombre desconocía y que decía algo así:

Y mis manos son lo único que tengo

Y mis manos son lo único que tengo,

Y mis manos son lo único que tengo,

Son mi amor y mi sustento

 

Ahora las manos de Luis estaban vendadas. No podía estrechar, ni firmar, ni recoger, sólo levantar una para saludar o despedirse.

La tranquilidad de la granja, pero sobre todo el silencio, eran engañosos. Si no fuera por los muros quemados, cualquiera diría que allí no había pasado nada.  Navegando por internet, supe que mientras pastaba en el prado, y desde mucho antes, aquella comarca había padecido y estaba padeciendo,  numerosos y graves problemas: desde una fábrica de cemento en mínimos de producción a causa de la crisis del ladrillo; centenares de viviendas vacías; una residencia de ancianos en permanentes números rojos, empresas cerradas y en ERE, paro y  economías deprimidas.

La pequeña granja de pollos, estaba rodeada de otras de vacas y cerdos, unas con la leche a veinte céntimos y las otras con el kilo de carne a noventa y seis. Por si fuera poco, ahora había una vacía y quemada, además de una fábrica de quesos, que anunciaba a bombo y platillo:

Desde el próximo día uno, dejaremos de recoger leche y la que compremos será a dieciocho céntimos.

Sólo les faltó decir,  Ahí queda eso; si quieres lo tomas y si no lo dejas.

Para mí, que tenía las patas en el establo y las manos en la granja de Luis, quiero decir que estaba dividida;  la noticia me afectó y mucho. Tanto que dediqué casi tres días a pensar y pensar. No podía quitármelo de la cabeza. Para tratar de dormir, contaba pollos y botellas de leche, pero ni así.

La granja que distaba mucho de ser moderna; era una empresa familiar sin empleados y con instalaciones normalitas. De todos modos, traté de relacionar a los posibles perjudicados por el incendio:

El proveedor de los nueve mil pollos, que nunca entregó. La fábrica de piensos, jaulas e instalaciones. El banco y otros acreedores. Los trabajadores; ingenieros agrícolas, vendedores de plotters, cartuchos de tinta y carpetas de proyectos.

Y muchos más que irían surgiendo sobre la marcha, a medida que la onda expansiva del incendio los golpeara, produciendo otra pequeña explosión y otras ondas y así sucesivamente

―¡Vaya, ondas para estar peor y que transmiten gastos y más gastos!

Busqué aquella preciosa canción en internet y me fui a ver a Luis. Enseguida lo pensé mejor y llamé al niño.

 

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