La mirilla

  • 11/04/2016
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 Como cada noche, llegando las diez, escuchaba el crujir de las escaleras de madera, cada uno de sus pasos intensificaba el sonido, me asome por la gran mirilla de la puerta para verlo traspasar el umbral de su puerta, justo enfrente de mi piso, nunca había conseguido ver su cara, su abrigo con el cuello subido y su ancha gorra no dejaba ver su rostro, nunca sabia cuando salía, pero regresaba a las 10, llego una nueva noche limpie la mirilla por fuera, porque mi respiración agitada la empañaba por dentro, cerré mi puerta, 9.55 empecé a escuchar los pasos, se paró delante de su puerta con la llave en la mano, pero esta vez tardo más en entrar, empezó a girarse del todo y quedo fijo observando como si supiera que estaba allí, su cara dibujaba una extraña mueca que no distinguía bien entre las sombras, me fui a la cama, volvió la noche, limpie de nuevo la mirilla, eche el cerrojo, las 10 y todavía no escuchaba sus pasos las 10.10, algo ocurría, me volví para cenar, allí estaba sus manos envueltas en unos guantes negros apretaban mi cuello, mi último aliento empaño por última vez la mirilla.

MANUEL SOLA ROLDAN

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