La historia del Titanic

El 14 de abril de 1912, poco antes de la medianoche, un iceberg impactó brutalmente por el lado de estribor en el barco más ambicioso, grande y lujoso de principios del siglo XX. En pocas horas, entre gritos de terror y desesperadas ansias por vivir, murieron más de 1.500 de los 2.227 pasajeros que iban a bordo. Entre sus víctimas se encontraban los músicos de la banda Wallace Hartley Band: Wallace H. Hartley (violinista y director de la banda, fundador de la misma). Roger Bricoux (chelista), Fred Clarke (contrabajo). P.C. Taylor (pianista), G. Krins (violín), Theodore Brailey (pianista). Jock Hume (violín) y J.W. Woodward (chelista). Varios testimonios corroboran que su música no cesó de sonar hasta el hundimiento total del Titanic, coincidiendo varios supervivientes en que lo último que sonó fue la coral versionada para cuerda y piano Nearer my God to Thee.

Al parecer, los músicos tan solo tocaron juntos a la hora del hundimiento. Durante la travesía habían estado divididos en un quinteto y un terceto que amenizaban por separado en distintas zonas de primera clase. En el momento crítico, se reunieron junto a una de las cubiertas desde donde bajaban lo botes salvavidas. Al parecer, el director de la banda, el joven violinista inglés Wallace Hartley. animó a los demás a tocar sin parar para llenar con música el espacio que su espíritu tenía reservado al miedo. Dos horas estuvieron tocando hasta morir ahogados. Sonaron ragtimes, piezas de Strauss. música de Elgar, Brahms, waltzes, y la plegaria Nearer my God to Thee. Las puertas del cielo se abrieron para todos aquella noche y la música los acompañó hasta el final como habrían hecho los ángeles con sus liras.

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El primer testimonio acerca de la valentía que mostraron aquellos músicos fue el que la superviviente Mary Hilda Slater hizo al Worcester Evening Gazette de Massachusetts (EE UU) el viernes 19 de abril. La dama de 30 años de edad había estudiado música, y por ello su corazón supo apreciar la generosidad de los músicos aquella triste velada. Slater contó que las notas de los instrumentos se mezclaron con las desgarradoras voces de pánico y muerte hasta que el barco desapareció bajo el mar. La música fue esperanza para unos y el último consuelo para los más desafortunados. Mientras unos rezaban, otros encontraban la salvación en el viaje sensorial de la música.

Cuando se produjo la colisión contra el iceberg eran las 23:40 horas. Muchos pasajeros no se percataron pues ya descansaban en sus camarotes. Casualmente aquella noche no había baile, por lo que los músicos también se habían retirado. Pero al percatarse de la situación y de la inquietud de los pasajeros. Wallace reunió a los músicos para tranquilizar el ambiente. En el libro de Geoff Tibballs, El Titanic la extraordinaria historia del barco a prueba de naufragios se cuenta que muchos quedaron embelesados con la bella música, algunos, incluso, hasta el punto de perder la oportunidad de coger un bote.

A las 2.10 horas los músicos fueron alentados por Wallace para que salvaran sus vidas. Pero ninguno se movió de donde estaba. Se miraron y continuaron tocando hasta desaparecer. El cadáver de Hartley fue recuperado junto a un neceser de cuero que conservaba sus partituras. Su cortejo fúnebre en su Lancashire natal fue seguido por más de cuarenta mil personas en el trasatlántico; apenas vivieron para contarlo 700 afortunados y más de 1.500 perecieron. Otro dato llamativo es que sobrevivieron todos los españoles que viajaban en segunda clase, una rara singularidad teniendo en cuenta que el resultado global del accidente fue groseramente clasista: las posibilidades de sobrevivir se disparaban si el pasajero — sobre todo la pasajera— viajaba en primera. Para todos ellos la experiencia fue terriblemente traumática y muchos de los supervivientes nunca lograron superarlo.

¿Quiénes eran los españoles embarcados en aquel viaje soñado, convertido por azar en la peor de las travesías? Comenzamos por el joven matrimonio Peñasco: Víctor y Josefa llevaban nada menos que quince meses de luna de miel. El viaje del Titanic ponía el broche de oro a la celebración. Víctor y Josefa Peñasco —Pepita, la llamaba él cariñosamente— embarcaron en el puerto de la ciudad francesa de Cherburgo. El RMS Titanic llegaba al norte de la península de Cotentin, en Normandía, tras cuatro horas de travesía desde que zarpara en Southampton. Cherburgo no era un puerto idóneo para un barco de aquellas características.

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