El relato y su contexto

  • 08/06/2015
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“Vivimos una época en que todo cambia, de modificaciones profundas, de un cierto caos que está reordenando la sociedad de una manera muy diferente a lo que conocimos hasta la semana pasada. Tiempo de paradojas. Por ejemplo: los medios para comunicarnos se multiplican, se hacen más y más sofisticados, nos maravillan con sus posibilidades, avanzan tan rápido que pareciera que pronto se comunicarán prescindiendo de  nosotros, los humanos. ¿Lo paradójico? no estamos seguros de que nos comuniquemos más y mejor.” (Asinsten, Espiro y Asinsten, 2012).

Cada vez que nos comunicamos, estamos pensando en un tercero al cual dirigimos un mensaje. Ese mensaje puede estar codificado o no, y en caso de estarlo puede centrarse en lo alfabético (texto escrito u oral), estar compuesta por imágenes (pensemos en una fotografía por ejemplo), utilizar otros soportes o estar compuesto por diferentes combinaciones de lo anterior.

Además de esto, somos conscientes que no nos expresamos de la misma manera con amigos (por ejemplo en una reunión mientras compartimos unos mates) que cuando damos una conferencia.

Modificamos la construcción de nuestro discurso cuando nos encontramos en una entrevista laboral, cuando compartimos una clase, al explicar algo a nuestros hijos… en fin: cada situación modifica la manera en la que organizamos esa comunicación para que sea más eficiente en el contexto en el que nos encontramos inmersos.

Podemos decir entonces que cada una de estas formas de comunicarnos es reconocible, discriminable por nosotros y seguramente podríamos tipificarlas de manera general.

“Estas características específicas, que nos permiten reconocer a cada uno de estos tipos, son tema de estudio de la lingüística. Presentan interés en tanto construcciones socioculturales: es la sociedad con su uso la que estableció cómo es (como debe ser) cada uno de estos tipos textuales.” (Asinsten, 2014:4).

Las diferentes clasificaciones nos permiten distinguir textos según su contenido, forma (estilo) y función. Si bien las herramientas que utilicemos para producir algún texto no limita el tipo o género, tenemos que tener en cuenta que ciertas herramientas soportan de mejor manera o esperan algunas formas en particular. Es decir, si bien podemos (en términos generales) producir los diferentes tipos/géneros discursivos en las diferentes herramientas o soportes, estos se ven modificados por el soporte: un texto académico no mantiene exactamente la misma estructura en un documento escrito (codificado alfabéticamente) que en un Prezi, como tampoco lo haría si lo trasladáramos a un formato audiovisual.

“...Insistimos:el hecho educativo es profunda, esencialmente comunicacional. La relación pedagógica es en su fundamento una relación entre seres que se comunican, que interactuan, que se construyen en la interlocución. Quienes hemos elegido la educación, hemos elegido como base de nuestra actividad una comunicación  humana, una relación con el otro. Nuestra profesión está entramada hasta las entrañas en lo comunicacional.” (Prieto Castillo, 2005).

Todo acto educativo es una acto comunicativo y en cierta manera, para bien o para mal, lo que acostumbramos a  manejar dentro de los espacios relacionados con lo educativo son los textos codificados alfabéticamente. No suena extraño entonces que les proponga que los tomemos como punto de partida.

Si hablamos de una producción artística, el término “eficiencia” puede ser discutido, aunque el artista también selecciona   el mejor elemento para construir su obra en función   de sus necesidades.

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