Españoles en combate

  • 06/05/2015
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ESPAÑOLES EN COMBATE

 

Era el quinto  día  de la penosa marcha,   y  los  rastros  y  señales  revelaban que  el  enemigo  estaba  cerca  y que  pron­to  se iba  a pelear duramente.

La columna avanzaba lentamente  por el  estrecho  camino que  rodea el monte espeso.

Los soldados viejos animaban con sus guasas y  dicharachos a los noveles, disi­mulando  con sus charlas y  risotadas el atroz cansancio de la marcha.

En el cielo azul brillaba aquel sol irresistible  del  trópico;  sol que parecía penetrar en el cráneo, pretendiendo li­quidarnos  los  sesos, cuando oyóse claro el toque brillante del cornetín; que orde­naba alto.

Casi al mismo tiempo  y al galope avanzó  un grupo  de jinetes,  al que  los soldados dejaron pasar apartándose a los lados del camino.

Rompiendo la marcha, jinete en caba­llo negro venía  un hombre  ya maduro, de figura esbelta y arrogante, que cubría su  cabeza un ancho jipijapa.  Detuvo al caballo en  el  extremo  del  camino,  allí donde  empezaba  a  extenderse  el  llano del potrero,

Quitóse  el  sombrero  para enjugar el sudor,  y el  sol hirió  de  lleno  aquella cabeza de severas líneas, ancha y atrevi­da  la  frente;  vivo, acerado  y  firme  el mirar de los ojos grises.

Viósele  inquirir detenidamente con el anteojo  el anchuroso llano que formaba el  potrero  cerrado  en  el  límite  por  la línea verdinegra del bosque espeso.

Como  a  mil  metros  de distancia, el sol reverberaba en las aguas de un arro­yo que  corría  por  entre  la  alta hierba.  Hablaba el jefe  con los oficiales que le rodeaban, y a poco empezó a dictar órdenes, que corrían los ayudantes a comunicar.

Empezaron   a moverse los dos escua­drones  de caballería, encargados  de avan­zar reconociendo   el terreno.

Llevaban  la  orden   de atacar  al enemi­go  si  este  se  presentaba,    pero  detenién­dose  al llegar  a la aguada.

La   brida   corta   y  animoso   el  pecho, penetraron    los jinetes   en  el  llano,   mien­tras  los  batallones   se  reunían   a  lo  largo del camino.  Habrían  penetrado  cuatro­cientos   metros   en  el  potrero,   cuando  de un   cejo   de  monte,    destacáronse    como unos  ciento  cincuenta   caballos  enemigos, que avanzaron  caracoleando,  como dis­puestos  a cortar  el paso.

Comenzaba   la acción. Nuestros    escuadrones    estaban    deseo­sos de pelear.

Por    aquellos    días   vanagloriábase    la prensa   mambisa   de  que   sus  macheteros no  tenían   rival,  habiendo   despertado    en nuestros    caballeros    el  deseo   de  demos­trarles   lo  infundado   de  semejantes   apre­ciaciones. Iniciaron    los   caballos   insurrectos    un

movimiento    de  retroceso,   y  los  nuestros poseídos   de  ferviente  entusiasmo,   partie­ron  al galope  en su busca,  persiguiendo   a la  caballería   enemiga,   y  casi a su  alcan­ce,  llegaron  los  escuadrones   al  arroyo;  y poseídos   de noble  emulación   traspasaron éste siguiendo   adelante ..

Apenas    traspasada     la   aguada,    del  abanico  formado   por  el monte  rompió  la infantería     enemiga    allí   emboscada    un fuego   nutrido,    sobre   los  dos  escuadro­nes,  que   vieron  sus  filas  segadas  por  la lluvia   de  plomo   que  vomitaban    más  de tres  mil fusiles.

Los    escuadrones     quedaron     casi   en cuadro,    y,   sin   embargo,    sin   perder   un sólo momento   su moral,  sostuvieron  el trallazo   con  indomable   valor.

Descubierto   ya el enemigo,  lanzáronse los  batallones   españoles   a  ocupar   el  po­ trero.  De   todos    los   lados   del   bosque    se hacía    un   fuego   incesante;    mas   paso   a paso,   desplegados  en  extensas   guerrillas,  avanzaron  los soldados  arrollando   cuanto a su paso  se opuso.  El  fuego  insurrecto   había   llegado  a su límite  máximo ...

Inicióse  entonces   el nuestro,   al princi­pio  débil,   más  fuerte   a  cada  momento, hasta  llegar  a  un  crescendo   en  el que  se confundieron     los   dos;   lucharon    ambos durante   media  hora,  sin que  ninguno   do­minara   a su contrario;   mas  pronto   apare­ció  alguna  diferencia.   Diríase  que,  como dos    pulsadores,    habíase    llegado    a   ese  supremo   momento   en  que  nace  la victo­ria ... Vióse  que  ellos  cedían   ante  la disci­plina nuestra.  Lucharon  los unos,  desde entonces,     perdiendo    terreno    y   con   la vista   puesta    en   la   retirada.    Los   otros seguros  de la victoria.

Nuestra    gente   acabó   de   dominar    el campo,   y  el enemigo   se  retiró   al  espeso bosque.     La  lucha  había   durado  siete horas.  Iba  a ponerse el sol, y el campo se  encontraba  sembrado  de  muertos  y heridos del uno y del otro bando.

En  el  cielo  empezaban  a brillar  los luceros de la noche, y del monte surgían los roncos sones de los  fututos (caracola o cuerno, que usaban los insurrectos cubanos a modo de corneta) , llaman­do a los dispersos mambises.

Poco después, la serenidad y la calma de la  noche invadieron la selva,  sin que interrumpiese   el  silencio  augusto,   más ruido  que  el de los ayes angustiosos de los pobres   heridos  y  los  prolongados alertas de los centinelas.

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