El rebate “una costumbre”

  • 06/12/2014
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El rebate

Casi todos los días salíamos al rebate, era costumbre reunirse un rato al mediodía y al atardecer para charlar de los acontecimientos del día. Se hablaba de los convecinos, de salud;- recetas de cocina, el cuidado especial de alguna planta en fin, la vida misma. Los niños silenciosos escuchando sin perder detalle todo lo que los mayores decían, y dando su sincera opinión cuando tocaba, -que sí se tenía en cuenta,-Estaba de vez en cuando la Conchita la Moraga, amiga de mi padre y sus dos niños la Conchi y el Juan que vivían al principio de la calle y en la puerta solía tener dos carromatos , sin yuntas con unas lonas de hilo blanquísimas, en los bajos de la casa había habilitado un espacio que utilizaba como pequeña tienda de ultramarinos donde vendía casi de todo, lo que más me gustaba era el olor al entrar, se mezclaban las fragancias del pan recién sacado del horno , el olor fresco de los verdes pedazos de jabón, casi traslucido y un no sé que a jazmín y rosas. Tenía una de esas maquinas cortadoras de embutidos manual recién comprada , que no sabía muy bien cómo usar, y lo mismo hacia una loncha de kilo , que de miligramo , soltando las carcajadas de todos los que allí estábamos, incluidos los que se tomaban un vinillo a media mañana con una tapa, porque también utilizaba el espacio como bar. Fue la primera que instalo en el pueblo una antena de televisor, y estaba orgullosa, no en vano era una mujer de negocios muy trabajadora y de mente abierta. La tele la puso en el patio, y unas cuantas sillas de aneja, y a las noches nos íbamos ilusionados a contemplar esa maravilla, al raso: por cierto yo debía ser alérgica a las chinches de la aneja, porque cada noche sacaba mis nalgas y mi gordito culo, con unos ronchones de mil demonios. Hasta que alguien me compro una pequeña silla nueva que yo colgaba de mi hombro cada noche, para ir a ver la tele donde la Conchita < con el alivio de no ser comida por las chinches >.Solía aparecer al rebate, La Teresa la Espíritu, que era una mujer chiquitilla y muy negrilla, con una pequeña barriguilla abultada generalmente. Otra amiga de la infancia de mi padre se amaban intensamente y se notaba; se reían juntos lloraban juntos y se comprendían con la mirada casi sin mediar palabra. La Teresa la espíritu, tenía un puñao de niños que jugueteaban salía Estepa palante , su marido que era alto serio y muy cortes ….. y sus padres todos enjutos por la edad impolutamente limpios y repeinados _ vestiditos de negro; que los tenia sentaditos en dos mecedoras en la puerta de su casa; , justo enfrente de la de mi tita, empedrada entera - en un gran recibidor ancho y ventilado igual que el corazón de la Teresa, porque cuando te acercabas a ella podías percibir su calor, que se colaba en el tuyo, y de alguna manera también su cristalina transparencia. Al rebate se unía el Antonio y su mujer vecinos de la casa de al lado, un matrimonio joven de unos treinta y tantos, rubios altos guapos y graciosos que tenían cuatro niños rubios también, enganchados a los brazos de sus padres-La niña Lisa vecina de la casa del otro lado. Otro matrimonio que por avatares del destino, para salir del paso a una situación económica comprometida, se había hecho cargo de la churrería del pueblo; un puestecillo, de madera de haya, encalado , con una tejabana verde, al lado de un pilón seco, lleno de hojarasca, de donde no podían coger agua, en lo alto la calle los Álamos creo recordar. Donde cada mañana nos traíamos los churos engarzados en una verde y jugosa hebra de junco, ellos comentaban que los churros , buñuelos, las rueas y los teheringos no acababan de quedar ……. Bien hechos < se referían > o por exceso de agua, falta de sal, o sobra de bicarbonato. Con lo cual las risas eran hilirantes, al pensar que más de uno o más de dos acabaríamos en Carlos Haya – El hospital más cercano, con una buena gastroenteritis.

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1 comentario

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Félix Rodiño Vallugera6 d diciembre d 2014 a las 20:42 (UTC)
Querida Esperanza: Magnífico relato de lo cotidiano, eres una maestra. Aprovecho para preguntarte: ¿Te has ofendido por lo que he escrito en mi felicitación navideña?. Te aseguro que la escribí con la mayor admiración y respeto. Un abrazo.

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