La Noche del Gallo Loco

  • 30/11/2014
  • 3

Las desventuras de una familia de campistas a orillas del mediterráneo. Cualquier coincidencia con la realidad es mera casualidad. ¿o no?

Cuando, como es ley natural, uno va adquiriendo más y más obligaciones laborales y de todo tipo, hay recuerdos que permancen en la memoria como algo suficientemente agradable, relajante y deseable como para que una pareja de cuarentones con niño y perro, se decida a introducir en su vehículo prácticamente toda su casa, recorra bajo el sol de justicia de los Monegros varios centenares de kilómetros a 40 grados sudando la gota gorda por culpa de un aire acondicionado que no ha querido arrancar, y siga, aún así, creyendo que el sacrificio merece la pena. ¡Hay que repetir una noche en un camping junto a nuestro querido mar Mediterráneo!. Nos decidimos por un establecimiento en la Costa Blanca.

Por piedad, omitiré el nombre del establecimiento en cuestión en el que gozamos del relax propio de un campo de concentración.Tras destruir, una tras otra, las varillas con las que se supone que debería quedar anclada la tienda de campaña al suelo (Sin duda el perverso dueño ha dispuesto bajo la grava una capa de hormigón armado), la nochecita comenzó de la peor manera posible. La colchoneta hinchable de tamaño doble que tan cómodamente nos permitía dormir, presentaba evidentes señales de perdida de aire. Tras el cansancio propio de un día entero de conducción y varias horas de playa, nos negábamos a aceptar la realidad. Estaba pinchada y en pocos minutos estaríamos "durmiendo" en el suelo. Agotados, decidimos apostarlo todo a unos improvisados parches hechos con cinta americana.

Eran las doce de la noche. La colchoneta tardó en hundirse más o menos el mismo tiempo que el Titanic. Cuando llegó la segunda hora, y levantándose de uno de sus lados del mismo modo que aquel fabuloso coloso de los mares, la colchoneta se levantó violéntamente de un extremo, perdiendo el resto del aire de modo definitivo pocos segundos más tarde, al mismo tiempo que mi frente y mi pecho entrabanen contacto con el gélido y duro suelo compuesto por unas piedras que se clavaban como alfileres. Con el saco de reserva y las alfombrillas del coche, improvisamos una esterilla en la que trataríamos de descansar lo mejor posible.Tras apenas media hora de disfrutar de un leve sueño, comenzó a sonar el estruendo de una lejana discoteca. Este sonido ya no nos abandonaría hasta las 6 de la mañana

.Hacia las dos y media de la madrugada, comenzamos a percibir lo que en principio creíamos que era el resplandor de un dulce amanecer. Nos equivocamos. La luz de un foco situado sobre la tienda, nos hacía sentir como pollos en una granja avícola. La noche...iba a ser muy, muy larga...

2.50: Un gallo de una cercana torre comienza a cantar, a lo que responden, a coro, varios gallos más. Un perro, alarmado, comienza a ladrar, a lo que responde nuestro querido "Ron", seguido del perro del vecino, "Killer", un gigantesco Rottweiler, convirtiendo el camping en una especie de frenopático donde no existe control ninguno.

3.10: Comenzamos a pelear por el trocito de terreno que ocupan las alfombrillas del coche. Resolvemos la situación como los soldados en campaña: dormiríamos por turnos de una hora. Comienzo mi turno en vela practicando algo de yoga, con el objeto de no perder los nervios.

3.20: Tengo que acompañar a mi pequeña y a mi mujer al servicio. Los "walking dead" presentan mejor aspecto que nosotros mientras caminamos por las callejuelas del camping. Llegando a nuestra tienda, "Killer" nos ruge amenazadoramente, exhibiendo unos enormes colmillos que brillan en la noche como el acero. ¿No nos aseguramos siempre antes de acampar de que nuestro "ronito" no tiene cerca compañía canina?.

3.35: El hijo de puta del gallo, vuelve a cantar. Le deseamos los tres una rápida aunque dolorosa muerte al animalito. Nuevos ladridos. Continúa el caos en el manicomio.

3.50: Unos asilvestrados aborígenes de nuestra nunca suficientemente amada tierra valenciana, nos obsequian con una generosa ración de petardos. Ya casi habíamos olvidado las salvajes costumbres de los nativos del país. Enésimo concierto canino. La obra musical finaliza con otro canto del gallo, al que ya hemos bautizado como "joputa". Convenimos que un caldo es el destino más deseable para ese criminal. Nuestro perro, con enérgicos zarpazos en la cara, nos exige un corto paseo nocturno.

4.15: Nuevo relevo. Por fin, me toca dormir en la única y deseada colchoneta, claro que, por alguna ignorada razón, o porque los muy desgraciados saben que es mi turno, se escucha con más fuerza la discoteca, y brilla si cabe con aún más fuerza el foco. Nos miramos todos, con desesperanza, ya conscientes de que era imposible alcanzar el descanso. Un imbécil, con su motocicleta sin escape, logra arrancar de mi propia garganta juramentos cuya existencia desconocía. El camping, a éstas alturas de la noche, se asemeja a esas reuniones de vecinos discutiendo sobre la caldera del gas, u otro tema parecido, en las que aparecen flotando en el ambiente los odios y rencores almacenados durante lustros. Canta "joputa". Vuelven a ladrar los perros.

4.35: Un vecino emite un horrible sonido ininteligible, a lo que sigue lo que parece el lamento de un animal. Confiamos en que, ésta vez sí, "joputa" haya caído víctima de la justa venganza de otro campista. Pocos instantes más tarde tenemos la confirmación sonora de que ese condenado gallo continúa vivo y en libertad. Ron, harto del frío suelo, sin ningún respeto por mi enésimo intento de conciliar el sueño, se echa entero encima del saco de dormir, a lo que sigue una sucesión de empujones y palabrotas.

4.50: Por fin amanece. Al frío, hemos de añadir la sensación de intranquilidad y nerviosiso equivalente a la del insensato que ha consumido media docena de "red bull". Los ojos se salen de las órbitas, y, desesperados, comenzamos a deambular por el camping, armados con piedras y palos, con la esperanza de localizar el zulo del terrorista con cresta. Descargamos una violenta lluvia de piedras sobre la posición enemiga, y volvemos a la tienda.

13.15: Tras baño en la piscina y ducha...logramos a duras penas arrastrarnos hasta el restaurante del camping. Comemos, y, tras una breve, ésta vez sí, tranquila siesta...comenzamos a levantar nuestra tienda de campaña. Mañana...hay que trabajar.

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3 comentarios

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papá - Joven
Juan Ramón Cabrera Amat28 d diciembre d 2014 a las 13:06 (UTC)
Te deseo toda la felicidad para el 2015.
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Santi Hernández De Andrés30 d noviembre d 2014 a las 12:20 (UTC)
jajaja. Muchas gracias, Paloma. A pesar de todo, dormir en la tienda nos sigue gustando.
Un beso.
palomagonzalezloche palomagonzalezloche@gmail.com30 d noviembre d 2014 a las 12:11 (UTC)
En un mundo, en España, cada vez más loco, es reconfortarte leer algo que te haga esbozar media sonrisa. La próxima vez que vayáis de camping os recomiendo "El Globo Rojo" (cercano a Arenys de Mar) en Barcelona si es que todavía existe. Es Camphotel y dormiríais en lujosas tiendas con cama incluida. Gracias. Me ha encantado.

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