Regalos de Navidad

  • 23/11/2014
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Salió sin pensarlo, tenía prisa. El intensísimo fulgor verdoso de un relámpago iluminó la avenida. Los coches circulaban cansinos, la fila interminable serpenteaba con desesperante lentitud, unos minutos entre el color verde y el rojo, unos metros de un cruce al siguiente, escaso tiempo, mínimo espacio que al volante se convertía en tiempo infinito, en espacio insalvable. La luz fosforescente iluminaba los rostros asombrados de transeúntes y conductores, el rayo por su misma condición de fenómeno de exigua duración, debería haberse diluido ya en las sombras de la noche. Pero ahí estaba, a la altura indefinida de lo que se intuía desde abajo como un techo sólido de nubes espesas y amenazantes. Resplandecía en forma de gigantesco y sarmentoso esqueleto de luminosidad temblorosa. Se resistía a desaparecer. Él, justo al lado de la puerta de los grandes almacenes, paralizado por la luz, permanecía absorto, atrapado, como les ocurría a otros viandantes también inmóviles, por el extraño fenómeno.

Por fin el fantasma fue apagándose. La oscuridad se hizo de nuevo densa, sólida, apenas iluminada por farolas anémicas, por los faros de los vehículos que sólo acertaban a enseñar la matrícula del coche que les precedía, por escaparates que retenían para sí mismos la irradiación amarillenta, gastada, casi exánime, de su interior. La caravana interminable de coches reanudó su penoso avance, y él consiguió dominar su parálisis. Comenzó a caminar en dirección a…… de pronto fue consciente. Al relámpago gigantesco, fantasma silencioso de unos momentos antes debía de seguir…….. Al principio fue un sonido lejano, casi inaudible, luego pareció acercarse empujado por el viento que comenzó a agitarse, a vibrar acoplándose en singular resonancia con el cavernoso rugido que escalaba en progresión geométrica las octavas de una sinfonía salvaje que parecía escrita por el propio dios del trueno. Aquello, fuera lo que fuera, le produjo un terrible dolor de cabeza. Se llevó las manos a los oídos doloridos. Sintió la pegajosa humedad de la sangre que brotaba del interior de su propio cráneo. El rugido tenebroso traspasaba su  cuerpo y parecía dispuesto a reventar el mundo. Si antes le había paralizado la curiosa luz del rayo interminable, ahora las vibraciones del trueno, reverberaban en sus pulmones, en su vientre, en su cerebro, le aprisionaban desde dentro. Aulló desesperado por el dolor y el miedo.

Su grito ahuyentó el escándalo de la tormenta. Ahora, sorprendentemente, a su alrededor sólo se escuchaba el silencio. Los oídos dejaron de dolerle. Enfrentó las temblorosas palmas de sus manos a sus ojos llorosos, asustados, desorbitados por el pánico. Sólo vio sombras oscuras. Siluetas que delineaban la propia forma de las manos. Elevó la mirada. Las vio caer, casi sonrientes, juguetonas, ambarinas gotas de lluvia que rebotaban sobre su rostro, acariciándolo, limpiándolo. Lluvia cálida y agradable, sintió el silencio y la soledad acogedores de aquel lugar donde unos momentos antes el mundo era caótico, rugía la tormenta, reventaba su cerebro.

Entonces la vio, justo a su lado. Se agachó junto al cuerpo derrumbado, respiraba como si estuviera dormida. Retiró los cabellos enmarañados. Extrajo un pañuelo limpio de su bolsillo y dejó que se mojara con la lluvia. Luego limpió la sangre que brotaba de una profunda brecha en la frente. La mujer abrió los ojos y él hizo que apretara el pañuelo sobre la herida. La ayudó a levantarse y caminaron unos metros hasta la ribera del río. Se sentaron en uno de los asientos compuestos de tablones sujetos a estructuras de hormigón. Miró al cielo, seguía lloviendo con fuerza. Los goterones rebotaban sobre su cuerpo y el de la mujer sentada a su lado. Volvía a dolerle la cabeza. Se preguntó como era posible que viera con tanta claridad si la oscuridad lo envolvía todo. La calle de la ciudad, los grandes almacenes, el tráfico, los viandantes, todo había desaparecido.

Sólo el río tumultuoso unos metros más abajo, la lluvia persistente, la mujer a su lado. – No deben cruzar el río- dijo con la mirada prendida en las aguas oscuras. Él siguió la dirección en que ella se perdía en una ansiedad creciente. Entonces les vió, a duras penas se sostenían agarrados a los matorrales de la orilla. Se acercó con cuidado. Sus cuerpecillos parecían atrapados de cintura para abajo en un extraño amasijo de hierros. No supo cómo, pero consiguió liberar al primero y luego se agarró con fuerza instintiva a un asidero metálico. Oyó un ruido chirriante y del interior surgió la manecilla trémula que le buscaba. Él dejó que el monstruo metálico se deslizase al tiempo que sujetaba con fuerza el cuerpo asombrosamente ligero que se abrazó con desesperación a sus hombros. Retrocedió sobre sus pasos. De pronto las fuerzas parecieron abandonarle, se sentó sobre la tierra embarrada porque ya no podía sostenerse. El cuerpecillo se negaba a soltarse y ambos se dejaron caer sobre el suelo húmedo y brillante de la ribera. La lluvia seguía golpeando su rostro. El otro cuerpecillo, palpitante de miedo y ansiedad asió la mano que le quedaba libre, luego dejó de luchar. Se sumió en la absoluta oscuridad.

La sargento Amelia Maldonado se dirigió al cabo conductor Roberto Aldán. Ha habido un desprendimiento junto a la carretera de circunvalación. El corrimiento ha desplazado dos coches hacia el río. Se acercaron con las luces destellantes y la sirena de alarma a la velocidad que permitían la noche, la tormenta y los cortinones de agua. Había ya otras unidades de tráfico en el lugar del accidente. La ambulancia recogía a los heridos. El agente Eladio Guzmán informó a su superior.- Ha sido un milagro. Por lo visto el derrumbe ha arrastrado a dos coches casi hasta el río. La mujer ha quedado tendida en el asfalto y los dos niños en el interior del coche que se ha deslizado hasta la corriente. Parece que el conductor del segundo vehículo ha conseguido trasladar a la mujer fuera de la carretera y luego ha sacado a los niños del coche que unos momentos después se ha hundido en el río. El hombre tiene una fuerte contusión en la cabeza, estaba sin conocimiento abrazado a los dos chavales cuando los sanitarios les han recogido. Parece que se salvará. La mujer y los niños no corren peligro, sólo un susto de muerte. Ahora estamos despejando la carretera de paquetes que parecen haberse adquirido hoy mismo en los grandes almacenes.

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3 comentarios

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_beevo
Esperanza Mancheño12 d marzo d 2015 a las 17:54 (UTC)
Gracias JóseRamón.
papá - Joven
Juan Ramón Cabrera Amat29 d diciembre d 2014 a las 15:31 (UTC)
Te deseo un muy feliz 2015.
papá - Joven
Juan Ramón Cabrera Amat29 d diciembre d 2014 a las 15:30 (UTC)
Magnifico relato.

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