Tres historias de entre muchas

  • 26/10/2014
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Historias reales de mis últimos años

10 de Agosto de 2014, 10h59’ de una mañana soleada y algo ventosa. No sé muy bien que hago aquí, escribiendo, ni si llevare a término lo que ha pasado por mi cabeza mientras me arreglaba en el baño.

Mi nombre es…., bueno actualmente poco importa mi nombre, poco importo yo. Mi circulo se ha reducido a mi entorno familiar, mis hijos (estoy divorciado), cinco amigas, un amigo y un club de baloncesto; en él juega mi hijo y acapara muchas horas de mi tiempo, por suerte.

Estoy en paro. Ahora desde Junio, pero anteriormente ya lo estuve, solo he trabajado seis meses en estos casi dos últimos años, el 28 de septiembre hará los dos años. Por eso decía que poco importo ya. Voy a cumplir 51 y parece que ya no interesamos a nadie con esa edad.

Si acaso a las jovencitas. Esa es la otra parte de esta historia.

No sé muy bien por dónde empezar. Mi vida transcurre (salvo los seis meses trabajados) entre la rutina de ver ofertas de trabajo, enviar CV, atender a mis hijos cuando están conmigo y el club de baloncesto. Hasta Junio todo eso lo hacía de forma independiente, en mi loft, un lugar que me encantaba. Recogido, reino de silencio, vistas maravillosas. Pero sin trabajo, ni perspectivas, no podía seguir aumentando mis deudas y de la noche a la mañana decidí venirme a casa de mi hermana, donde también viven mis padres.

Y aquí, hoy y sin saber porque, ha surgido la idea de escribir esta historia. Bueno, ayer una de mis amigas me dijo, por otros motivos, “…escribe lo que sientas, da igual si está bien o no, pero escribe. Las musas hay que trabajarlas.”; tal vez, sin querer, ha influido en todo esto.

Mis amigas, de momento, ocultare sus nombres, tal vez luego alguno aparezca y tal vez otros no, no sean los reales, sé a quién puede gustar y a quien no; significan mucho en estos casi dos últimos años, se han preocupado de mí y han estado conmigo, cerca o en la distancia, pero están.

Y el Club de Baloncesto, ya veremos si aparece el nombre o no, también es parte de mi vida. Me permite ver más a mis hijos e involucrarme en algo que me mantenga ocupado algunas horas. Bien que me gustaría poder ayudarles, su situación económica tampoco es boyante.

Hasta aquí un poco de estos dos últimos años, tal vez muy resumido, pero es todo lo que me sale hasta ahora.

Me guste o no tengo que ponerme con la rutina diaria de las ofertas de trabajo, es tedioso y aburrido, pero es la única forma de conseguir algo. Hoy hay invitados a comer, viene mi hermano pequeño, así que además, gran parte del día no podría dedicarlo a eso.

Creo que seguiré contando otras cosas, algo más interesante que esto, empezare por el principio, bueno, casi el principio.

LA NIÑA

 

Seis y media de la mañana de un día cualquiera de hace ya... tres años más o menos.

Suena el despertador y me levanto, voy al baño. Ella ni se ha movido, envuelta en el edredón que me roba por las noches, sigue frita. Preparo la cafetera. Me introduzco bajo el edredón y con cuidado abro sus piernas y corro la fina tirita del tanga dejando al aire su precioso tesoro, mi lengua lo recorre rápidamente y ella, aun medio dormida, se coloca para dejarme hacer. Gime, y como casi todas las mañanas, la penetro. Es nuestro “express”, el rapidito que dice ella. Nos hace empezar el día de otra forma. Mientras me aseo, ella desayuna. Salgo un momento a meterle prisa, es muy tranquila. Toco sus pezones bajo el raso de su salto de cama, se ponen duros como piedras, y no puedo dejar de meter mi mano en su sexo, siempre húmedo y caliente, es la bomba. Vuelve a gemir y me echa.

A las ocho menos cuarto en carretera, como siempre muy justos, esperemos que no esté atascada, será imposible. Ella debe llegar antes de la media y en su afán por ocultar nuestra relación al resto de la oficina me hace dejarla en la trasera del edificio y tener que dar más vuelta. Que más dará, si además la pueden ver igual. ¿No sería más fácil contarlo todo?, digo yo.

Por el camino ella aprovecha para maquillarse, ya me he acostumbrado a ese ceremonial, nunca sale arreglada de casa, le falta tiempo. Llena el coche de tubitos y cajitas y se pasa todo el recorrido pintándose, cuando no maldiciendo por haberse manchado la ropa. Me gusta mirarla de reojo y ver los morritos que pone.

Llegamos. Se baja. Se niega a besarme, como siempre. Otro absurdo, luego en diez minutos, cuando estemos en la oficina y en la media hora larga que transcurre hasta que llega alguien más, nos besamos y nos tocamos, a veces tiene que irse al servicio de lo húmeda que se pone.

Pocas veces comemos juntos, por el que dirán. Si supiera que ya nos han visto y que corre el rumor. Yo no voy a ocultar nada si me preguntan, me parece absurdo.

A buscar aparcamiento y luego subiré. Espero que me deje disfrutar de ese cuerpecito un rato. Me hace sentir más vital todo el día. Y hay que dejarla calentita, no sea que luego no quiera venirse a casa.

Si. No viene todos los días. Muchos sí, pero no todos. Y algún fin de semana lo pasa entero conmigo, pero no es norma. Y aún no he podido convencerla de entrar en su casa. Ahora ya puedo llegar hasta su portal, bueno, al de la urbanización. Es tan especial. Hasta la primera vez que vino a la mía fue de forma extraña.

Empezamos a vernos a raíz de mi divorcio. Fue ella la que se interesó por mi estado de ánimo. Y eso nos llevó a vernos algunas tardes después del trabajo. Tomar una copa y charlar. Desayunar algunos días juntos en la oficina. Nos conocíamos hace años pero no habíamos intimado tanto.

En un desayuno me sentí impulsado a besarla. Y lo hice. Se enfadó mucho. Salió del local y me costó retenerla. Pero se le paso. Seguimos viéndonos alguna tarde que otra y empezamos a quedar algún fin de semana.

Y así fue. Llego Abril, fin de semana, se jugaba la final de la Copa del Rey. No quería que fuéramos a verla juntos. Ella del Madrid, yo del Barcelona. Adoraba a Cristiano, como si se tratara de una quinceañera, pero no quería verlo junto a mí. Estuvimos por ahí, no recuerdo exactamente dónde. Acabamos en el coche, para despedirnos, aun no me dejaba llevarla a casa, la dejaba en el metro y se iba sola. Eso era lo previsto. De repente alguien grito gol. Y ella se empeñó en bajar e ir a ver el resto del partido donde fuera. Tuvimos suerte, había un pub al otro lado de la calle. Al final vimos acabar el partido uno junto al otro, lo que no quería.

Salimos y volvimos al coche. Como encendida por el ardor del partido recién finalizado, empezamos a besarnos. Caí en la cuenta de que era tarde y ya no funcionaba el metro. Se lo hice ver y por acercarla a su casa. Dudo un momento, me miro y dijo no. Vamos a la tuya. No sabía que decir, la verdad. Eso rompía todo el patrón de comportamiento que había mantenido hasta entonces. Arranque y nos fuimos. No recuerdo si cruzamos palabra.

Hasta ese momento todo el sexo que habíamos tenido había sido telefónico. Nos llamábamos muchas noches, yo no podía dormir por mi reciente divorcio y acabe teniendo que tomar pastillas. Ella se consumía en un mar de problemas internos. Y me llamaba a horas intempestivas, o yo a ella. En una de esas ocasiones, no sé cómo, me lance le dije que estaba excitado que quería tocarme y ella me siguió el juego, acabamos corriéndonos los dos. Luego me dijo que la había sorprendido. No fue la única vez, ella llamaba y yo oía como se movía el colchón de su cama, me provocaba de aquella manera. Nunca la oí gritar, solo gemir, bajito.

Subimos en el ascensor. Salimos, y se quedó prudencialmente detrás de mí. Era siempre tan suya. Justo al doblar el pasillo para acceder a mi puerta oí a mis espaldas como me decía, “esto no significa nada, si aparece Iván yo me voy con él. Tenlo claro”. Abrí la puerta y creo que no dije nada.

Iván. Había sido su pareja, no sé muy bien en qué condiciones. Me había hablado de él. Extranjero. Se había marchado se suponía que por motivos de trabajo y familiares. Y al parecer ella ya lo daba por perdido. Nunca sabré si realmente le amaba o solo recordaba de forma lujuriosa el miembro desproporcionado que parece ser poseía.

La verdad es que no recuerdo el transcurrir de los siguientes minutos. No soy pudoroso así que me desnude, lo hice sin preguntar y ella se quedó mirándome sorprendida. Fue al baño con lo que la pude dejar y nos acostamos. Yo desnudo y ella con sus braguitas y una camiseta mía.

Y ocurrió. La suave piel de sus piernas rozando las mías. El calor de su culito contra mí. Sus pequeños senos, y aquellos magníficos pezones, en mis manos. Hicimos el amor. Y descubrí cuanto puede llegar a chillar una mujer.

Luego estaba avergonzada. No paraba de decir “tengo que reprimirme, me abran oído, que vergüenza…”. Con el tiempo descubrí que podía llegar a mucho más, que aquello solo era la punta del iceberg. Yo también suelo gritar. Y algún vecino más.

Desde entonces siempre bajaba en el ascensor como encogida y temerosa de que alguien pudiera decirle, “hola, eres tú la que gritas como una loca”. A mí me hacía gracia. Le comente lo del vecino, como se oían sus orgasmos en mitad de la noche y que no le conocía pareja alguna, así que suponía que se desahogaba a solas. Tardamos tiempo en poder comprobarlo, él viajaba mucho, pero llego el día y ella se divirtió de lo lindo, provocándole. El día y la noche, siempre las dos caras en ella.

Bueno todo con ella era así. Una de cal y otra de arena, insaciable en el sexo, incomprensible en sus comportamientos. Duro meses, con muchas cosas por medio, incluida la colombiana. Otra locura de mujer. Pero sigamos donde estábamos.

Con ella todo era “una sorpresa”. Podía subir contigo en el ascensor de la oficina hasta el noveno magreandose (no fue la única que lo hizo) y luego salir cortada como una quinceañera y pasarse el día diciendo, que dirán. Pedirte a gritos, “quítate el preservativo” e irse a la mañana siguiente a comprar la pastilla del día después sin decirte nada. Era imprevisible. Pero una diosa en la cama. Multiorgasmica, inagotable, provocativa, con unos pezones tan sensibles que era capaz de correrse solo con mordérselos y un clítoris que te sacaba de este mundo, a ti y a ella, claro. Siempre húmeda, siempre caliente, meter los dedos en su sexo ya producía chispas, moverlos gemidos, penetrarla gritos, intentaba escaparse de la cama, del sofá, escurrirse entre mis manos para evitar el clímax, no quería dejarse ir, se temía a sí misma, temía perder la cabeza cada vez que se corría.

He pasado noches sin casi dormir, fines de semana sin salir, solo sexo, sin comer, salvo su sexo caliente.

He tenido mis dedos en su sexo mientras estaba sentada en la silla de su despacho, he sacado los senos de su blusa y me he comido los pezones hasta hacerla correrse en las bragas, ha venido a mi despacho a ofrecerse, caliente como un bollo recién sacado del horno. Aun hoy sigo pensando en ella. No me importaría nada darme otro revolcón.

Pasamos meses así, disfrutando del sexo y sufriendo nuestras contradicciones. Salimos, no todo lo que hubiera querido, a exposiciones, teatros, en eso coincidíamos, nos interesaban cosas similares. Bueno, salvo la exposición de la madre Sor Teresa de Calcuta, la exposición en si me pareció interesante, pero nunca he llegado a comprender que pintaba ella allí.

Estuve en casa de su hermana antes que en la suya, aunque nunca la conocí. Me llevaba para cuidar la gata, la hermana estaba de viaje, y ella temía que se muriese. La verdad es que estaba mal, al final hubo que operarla. La gata y su periquito, eran parte de su familia, pero no los tenía en su casa. Curioso.

Y siempre de fondo la relación con su madre, pasión/odio. No podía estar sin ella ni con ella. Si no iba a verla sufría y si iba te llamaba suplicando la sacaras de allí, era incapaz por si misma de huir. Creo que su hermana en eso la sacaba ventaja y era más independiente.

Nunca subí a casa de su madre, aunque la conocía de antes, por el trabajo, también trabajo allí. Al padre ni en foto, nunca parecía estar, hacia su vida. Yo creo que eso marcaba su existencia. Creo que algo malo flotaba en el ambiente. Pero solo son ideas mías.

Realmente no hablaba, no se abría. Al menos no lo suficiente para una relación que casi duro un año; le guste o no a ella, siempre lo ponía en duda. Siempre se quedaron en el tintero preguntas, sobre su padre, sobre sus relaciones anteriores, sobre su extraño accidente…

Llego un momento en que deje el tema por imposible, sabía que lo único que conseguiría era cabrearla y que hiciera concha. Pero no puedes montar una relación entorno a algo de lo que no se puede hablar.

Vacaciones. Extraño periodo. Ella se marchaba con su madre, yo preveía tempestades. Y efectivamente, de no me llames, no me escribas, no quiero saber nada, ten en cuenta que estoy con ella, no quiero que se entere,… a la semana me estaba llamando desesperada, angustiada, necesitaba escapar de las garras de su madre.

Obviando mis circunstancias me fui a verla, viaje de ida y vuelta. Salí de madrugada para llegar allí a las diez de la mañana y me volví a las diez de la noche, más o menos. Un día casi perfecto. Yo solo iba para verla, para calmar su ansiedad. Estuvimos en la playa, jugamos, nos besamos. Fuimos a comer, paseamos. Y fue ella quien enredo y me llevo a un motel, tuvimos sexo. Pero yo tenía que irme, se lo había advertido antes de ir.

A poco de salir, me llamo, una furia al teléfono, sin saber muy bien el motivo. Que teniendo habitación no me había quedado. Que no quería saber más de mí. No hubo manera de calmarla. Llegue a mi destino y la llame, de madrugada, no contesto. No sé cuántos días tardo en hacerlo.

Seguimos viéndonos, aunque de otro modo. Ya era todo más sexo que otra cosa. Pero ella era así, era incapaz de negarse. Si yo la llevaba a casa (eso no ocurrió hasta enero siguiente) y le subía la compra parecía que iba implícito que me comiera su sexo en la cocina y me la llevara al sofá del salón hasta caer agotados. Si venía a mi casa, sexo, cena, sexo, dormir. Como una máquina. Se abría de piernas, se corría y no decía nada.

Así las cosas, no podía durar mucho el tema. Y para complicarlo todo, tuvo que operarse de una rodilla. Eso fue el final. Aunque después seguimos viéndonos, muy espaciadamente eso sí. Y el siguiente Abril apareció la colombiana, que vino a tapar las vías que dejaba ella. Pero en Agosto, con la colombiana ausente, quede con ella y hasta mi despido en Septiembre (y algo mas) volvimos a tener relaciones, esporádicas, una vez a la semana, tal vez.

Y el 29 de Diciembre desapareció. No he vuelto a saber de ella, cambio el número de móvil, no contesta mis correos, no he querido ir a verla, odia los escándalos. Pero nunca dejara de preocuparme. Esa relación de sexo adictivo estaba impregnada de cariño, al menos al principio, y eso siempre deja huella.

Como he dicho se operó la rodilla. Yo sabía que iba a estar meses sin verla, se iba a casa de su madre a recuperarse. Imposible pensar en ir, ni como compañero de trabajo, menuda era ella para esas cosas. Por aquel entonces yo llevaba unos quince días en su casa, tenía ropa allí. El día antes de la operación me hizo llevármela. Y se molestó por dejar una muda.

Los dos primeros días me llamo ella, contenta, alegre, todo había salido bien. De repente desapareció. Era como si su madre la hubiera abducido. Y lo pase mal. Me dio por beber. Y alguien de la oficina, alguien cercana a ella, vino a preguntar. No calle.

Por fin volvió. Solo un día, para echar una mano. Yo sabía que venía, me habían advertido. Vino a verme al despacho. Quedamos para comer. Fuimos a mi casa. Yo quería intimidad después de tanto tiempo. Después de comer y a pesar de su rodilla tuvimos sexo. La lleve a casa de su madre, y prácticamente fue cuando desapareció de mi vida hasta ese imprevisto 18 de Agosto.

Si. Desapareció. Yo seguía persiguiéndola, pero ella se empeñó en escapar. Cada vez me veía menos, quedaba menos. Con la excusa de la rehabilitación (iba por las mañanas, durante el trabajo) decía que estaba cansada y que se iba a casa. Como mucho me dejaba llevarla y alguna vez quedarme a cenar. Discutimos varias veces y eso me llevo a plantearme cosas.

 

COLOMBIA

Una tarde, creo que de domingo, tire de móvil y puse un whatsapp. A la colombiana. Era amiga de mi cuñada, portorriqueña ella. Siempre me decía que estaba interesada en mí. Solo me conocía de un par de veces, de la boda de mi hermano y otra vez en su casa. Que la llamara. Que su pareja hacía años que no la tocaba y ella necesitaba un hombre.

No la llame, pero contesto el whatsapp y los siguientes durante la tarde. Quedamos para el jueves siguiente, a comer. Comer, ella no comía nada, salvo… .  Al despedirnos en su coche nos besamos, y quedamos para el sábado.

Quedamos tarde. Para ir al cine. No recuerdo la película. Richard Gere era el protagonista. Salimos y fuimos a mi casa. Se quedó a dormir. Bueno, dormir dormimos poco. Luego siempre me decía que no tenía intención de quedarse en nuestra primera cita, pero…

También tuvo su frase de entrada, “no te encapriches, esto solo es sexo”. Pero a los pocos días fui yo quien le hizo ver que estaba más quedada que yo. No sé si realmente era falta de sexo en su relación o que se yo. El caso es que empezamos a vernos casi a diario. Ella se organizaba bien, estudiaba, controlaba los horarios de trabajo de su pareja, de estudios de su hijo (de su marido, la de ahora solo era pareja) y pasaba muchas horas en casa. Le di llaves y mando para el garaje. Su cuñado pasaba a menudo por mi calle, no era cuestión de que viera su coche aparcado a diario.

Se presentaba casi todos los días a las 07h30’ para desayunar, una menta poleo, y “yo”. Ella iba a estudiar después y yo debía trabajar. Se suponía que teníamos media hora disponible, pero había días que nos enredábamos.

Le encantaba provocar. Ya lo habíamos hecho, nos estábamos vistiendo, acabando la menta poleo ella y yo mi zumo, en la cocina, para irnos. Se enredaba en mi cuello para besarme, me rodeaba con sus maravillosas piernas y acabábamos haciéndolo en la silla casi sin desvestirnos. Siempre íbamos corriendo.

Salía a las tres, más o menos, muchos días a las cuatro estaba en casa. Yo trabajaba, no podía estar toda la tarde con ella, así que eran visitas solo para sexo. Mucho sexo.

Lo mejor era cuando tenía posibilidad de quedarse a dormir, eso era magnifico. Sin prisas. Con todas las horas del mundo para recorrer nuestros cuerpos de mil maneras. Le gustaba experimentar, inventar y proponer cosas. Era algo loca, pero te atrapaba con su mirada profunda y su boca de caramelo. Tenía algo especial en la mirada, podía transmitir con solo mirarte si te deseaba o te odiaba en ese momento.

Loca y atrevida con el sexo. Pero…

Esa primera vez, después del cine. Hubo un momento en que realmente la vi cortada, yo creo que ha sido la única vez. De repente sentí que todo estaba empapado, ella, yo, el sofá cama. Ella se dio cuenta y avergonzada, me pidió perdón por no haberme dicho nada. Eyaculaba y de qué manera. No era ruidosa, apenas gemía. Pero cuando se iba era un espectáculo.

Luego solo pensaba en el sofá.

Hubo que tomar medidas y protegerlo, claro. Aun hoy se pueden ver las marcas de aquel día de amor y lluvia de su sexo.

A mí todo aquello no me daba miedo, pero a veces me superaba. Saber que tenía pareja, un hijo, y que se atreviera a ir conmigo a cualquier sitio sin reparos, era un poco fuerte. Además era difícil no verla, siempre llamativa, tacones, ceñida, una gran melena de leona rubia, esos ojos y esa boca que pedía a gritos ser mordida.

En la intimidad era más discreta, por decirlo de alguna manera, no usaba ropa interior excesivamente llamativa. Pero totalmente desnuda era un espectáculo. Sus piernas eran preciosas y suaves, su culo perfecto (aun guardo una foto) te incitaba a hacer diabluras, su sexo totalmente depilado, su pecho grande pero turgente. Todo invitaba a perderse en ella.

Una tarde, habíamos quedado, se presentó en casa cargada de paquetes. Toallas de rizo y velas. Me dijo que era un regalo. Yo no lo esperaba. Le dije, ¿tanta vela para qué?. Ya lo veras, contesto. No recuerdo si salimos y volvimos a casa o si pasamos toda la tarde allí, pero si recuerdo aquella noche.

Me pidió unas mantas y las extendió en la terraza. Rodeo todo con las velas. Ya habíamos bebido y seguimos haciéndolo. Un buen blanco. Desnudos ambos a la luz de la luna y las estrellas. Nos perdimos el uno en el otro. Estaba muy excitada y bebida, me pidió  hacer anal. Y fue una pasada. Recuerdo su frase “maldito cabron, hará que me vuelva a correr y solo con el culo”. Aquel trasero era realmente lindo.

A ella si le gustaba jugar con mi culo y sabía que me excitaba, pero nunca me había pedido nada para ella. Tal vez por eso lo disfrutamos más, no sé.

Había muchas cosas de su vida que no me gustaban, me las contaba cómo sin darle importancia, como si yo tuviera que entenderlo. La verdad es que ni me lo planteaba, solo pensaba en tenerla y disfrutar con ella.

Incluso llegue a ir a su casa, varias veces. De por sí ya es una locura, pero es que además una vecina suya trabajo para mi durante años, evidentemente si me veía iba a sospechar, ella sabía que yo no trabajaba en esa zona ya.

Ella lo hacía sin miedo alguno, como si no pasara nada. La primera vez me enseño toda la casa. Segura de que no había nadie, ni iba a aparecer nadie. Hicimos el amor en su cama. Su cama. No dormía en el dormitorio de matrimonio. Pero si nos duchamos en el aseo de su pareja, y justo en ese momento llamo al teléfono. Creí morirme. Solo fue un susto.

Si mal no recuerdo fuimos otras dos, tal vez tres, veces. Casi siempre por ropa, necesitaba ropa constantemente. En mi casa tenía algo, pero poco.

En una de las visitas me ataco justo en la escalera de acceso a la segunda planta, si alguien abría la puerta de la calle estábamos vendidos. No sé si fue en la primera después del susto telefónico o en la siguiente, no recuerdo. Pero todas las demás repetí. Me encantaba ponerla de rodillas, desnuda, agarrándose a la barandilla y penetrarla desde atrás con fuerza.

Por suerte tenía un aseo al lado.

De repente empezó a hacer planes, venirse a mi casa o echar a su pareja y que yo me fuera con ella, allí había más hueco para todos los niños. Todo era pensando en el próximo septiembre, buscar un trabajo y ver la forma de amoldar nuestras vidas. A mí no me importaba, no lo veía fácil, pero tampoco imposible.

Pero llego Agosto, ella tenía que marcharse y yo tenía mis obligaciones paternas. Nos vimos una noche antes de irse y luego hablamos un par de veces, de repente fue como si desapareciera y tal vez yo estropee todo con mi insistencia.

En Septiembre, todo fueron excusas. Al final vino a verme cuando la llame para decirle que me habían despedido, y se acabó. Discutimos varias veces por teléfono y una tarde quedamos en la puerta de mi casa, para devolverle la ropa que tenía allí y que ella me diera las llaves y el mando.

No sé muy bien que paso. La verdad.

Y mientras aunque poco yo seguí viéndome con mi ex compañera de trabajo, como dije antes.

No hace mucho me llamo la colombiana. Una perdida. En principio no hice caso, además estaba con otra mujer en ese momento, no era cuestión.

La llame. Que la perdonara, que había sido un error. Hablamos poco. Los siguientes días cruzamos algunos whatsapp. Y al final quedamos en vernos.

Me pareció más pequeña, más menuda que antes. También más distante, aunque agradable como siempre. Hablo mucho de su trabajo, de que no tenía tiempo para nada ni para nadie. Todos los días trabajaba y turnos de 12h.

De repente me sorprendió, había echado a su pareja y vivía sola con su hijo, en la casa que yo conocía. La acompañe al coche. Segunda sorpresa. Ella hasta que le perdí la pista, manejaba un Mercedes antiguo que en cualquier momento amenazaba con dejarla tirada. Me encontré con un Toyota 4x4 nuevo. Se subió. Nos besamos y se fue. No quedamos en nada.

De nuevo cruzamos whatsapp. A veces los contestaba pasadas horas, me decía que estaba trabajando y no podía llevarlo encima. De repente empecé a ver que los whatsapp no se abrían en su móvil. Recordé que tenía otro teléfono de ella, al igual que ella de mí, por los nuevos trabajos de ambos, en algún momento lo habíamos usado. Así que tenía que tenerlo registrado, lo busque. La llame.

Recuerdo que hacía un calor insoportable y eran como las cuatro y media de la tarde. Me dijo que tenía averiado el móvil, aunque sospecho que era un problema económico. La llame, creo, en otra ocasión y cruzamos algún sms, pero en mal tono y al final no he vuelto a saber de ella. Recuerdo el ultimo mío, “si soy estúpido para que me escribes”.

 

SEVILLA

A raíz de mi despido yo empecé a frecuentar la biblioteca, en mi casa no tenía ADSL y necesitaba ver las ofertas de trabajo con rapidez. Y estando allí empecé a hacer algo que ya había hecho años atrás con ahínco y que nunca deje de intentar, hasta entonces sin fruto. Buscar a alguien que perdí hace años, cuando éramos unos críos. Alguien con quien deje de hablar por imperativo de la que hoy es mi ex mujer.

Y………. apareció. En Sevilla, eso sí.

Nunca deje de pensar en ella, nunca. Tal vez fue la primera equivocación de todas. Dejar de hablar con ella. Independientemente de si hubiéramos llegado a ser algo o no. Pero renuncie a ella por alguien que luego solo ha sido capaz de demostrar lo mismo, celos constantemente. Tenía celos entonces y sigue teniendo celos, incluso ya divorciados. De cualquiera.

Treinta años sin saber el uno del otro. Un mundo. Empezamos a escribirnos, por e-mail. Poco a poco. Volviendo a conocernos.

No puedo, no quiero, hablar demasiado de ella en lo personal, es a quien más daño podría hacer. Hoy por hoy. Está casada, de momento, y tiene hijos.

Durante estos dos últimos años he ido viendo como su relación declina y ella se niega a aceptarlo. Hoy mismo hemos estado hora y media por el whatsapp y sigue pensando que no va a hacerlo.

Desde que apareció fui descubriendo cosas, de su vida, de su relación, de su sexualidad, hablamos de todo. Se fue abriendo poco a poco para mí y yo pase a formar parte de su día a día. Por eso sé que las cosas no van a mejor, todo lo contrario, lo quiera ver o no.

Nos hemos visto dos veces, en Madrid. Una tercera fue fallida, me quede encerrado en un atasco y me fue imposible llegar. Y la cuarta, creo que la asuste con mis propuestas de hotel. Acababa de dejar mi casa, tal vez ahí si hubiera ido. La conoce por fotos y le gustaba el maravilloso paisaje que se veía desde ella, quería conocerla.

La primera fuimos manos, solo manos. Hablamos y nuestras manos se rozaban buscando sensaciones. La lleve a su casa materna. Me beso, caliente y sensual. Luego me dijo que fui yo quien la beso. No sé. No estaba en mí.

La segunda hablamos mucho. Estuvimos tal vez más distantes. Yo reprimiendo deslizar mis manos bajo su corta falda y explorar aquellos muslos tersos y que prometían tesoros ardientes y húmedos. Y ella tal vez, esperando que no me reprimiese, no sé. No quiso que la llevara, nos despedimos en la calle. Me abrazo, nos abrazamos, como si fuéramos a rompernos. Sentí su cuerpo contra el mío, como si estuviéramos desnudos. Giro su cabeza y me beso. Nos quedamos mirándonos y con las puntas de los dedos no queriendo soltarse.

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1 comentario

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papá - Joven
Juan Ramón Cabrera Amat29 d diciembre d 2014 a las 13:56 (UTC)
Te deseo un muy feliz 2015.

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