El Príncipe que no llora

  • 07/08/2014
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El príncipe William de Wales llegó al mundo el 21 de junio de 1982, sin saber que su vida no sería como la de cualquier mortal que llega a la tierra. Creció rodeado de castillos y nobleza y ya de niño se lo miraba como el futuro rey de la corona británica. Hijo del heredo al trono, el príncipe Carlos y de Diana de Gales, y segundo en la línea de sucesión, desde temprana edad su vida estuvo rodeada de infortunios y mentiras. Sus progenitores, casados por conveniencia  más bien que por amor, fueron parte de esa historia irreal en la creció. Su padre engañó constantemente a Diana con la joven de sus sueños, Camila Parker, a quien su madre, la reina Isabel II jamás aceptó. La princesa, consciente de las pasiones de su marido, sin quererse mucho a sí misma se refugiaba en causas benéficas, mientras luchaba contra la bulimia y la anorexia. Los rumores de la crisis matrimonial entre ambos se filtraron en los medios y la Casa Real tuvo que admitir el fracaso. Tiempo después, la pareja terminó en divorcio.

Guillermo, en tanto, estudiaba en un colegio digno de su legado, escondiéndose de los paparazzis, y manteniéndolo lejos de las escandalosas noticias sobre su madre y su padre. Algunas de ellas se confirmaron y otras quedaron como meras hipótesis.

La vida le dio la espalda aquel 31 de agosto de 1997. Contaba con 15 años cuando supo que su madre había muerto en un accidente de tránsito en un túnel de París. Si fue un golpe duro para la sociedad inglesa que veía en ella el lado más humano de la  monarquía, cuanto más habrá sido para Guillermo y su hermano, dos años menor. Al dolor se le sumó el funeral, ese último adiós que fue seguido por miles y miles de personas alrededor del mundo. Y él, como hijo, como futuro rey, caminando detrás del féretro, despidiendo los restos de aquel ser que había sido todo su sostén, aquella mujer que le enseñó que el mundo no era tan estricto como a él le habían enseñado. Rodeado de personas, seguramente ese momento habrá sido en el que más solo se sintió. El cuerpo de su madre fue velado en la Abadía de Westminster pero ninguna lágrima brotó de sus ojos azules durante la ceremonia, lo que le valió el título de “el príncipe que no llora”. Se dice que parte del protocolo real es no llorar en público.

Los desaciertos de la vida lo llevaron a madurar y a entender que tenía que valerse por sí mismo y tratar de llevar una vida lo más normal posible, aunque en el fondo sabía que jamás lograría eso.

Llegò a la edad adulta, estudió y se recibió de piloto de rescate de la fuerza aérea británica. Conoció a quien ahora es su actual esposa y desarrolló un carácter y una valentía digna de un rey. La responsabilidad que carga en sus hombros es grande. Se mide cada uno de sus pasos, se lo distingue por hacer lo políticamente correcto. Se ve en él y en su matrimonio el futuro de una monarquía que por momentos tambaleó ante los desaciertos de algunos de sus integrantes. Para muchos, la nobleza es algo que ya no debe existir, que es algo que tuvo que haber quedado en el pasado, que solamente están para gastar el dinero del pueblo. Pero para muchos, principalmente sus conciudadanos, ven en él el ejemplo a seguir, la representación de un legado de siglos atrás, la marca distintiva de su nación. No importa que sea rey, príncipe, duque. Más allá de todos esos títulos y condecoraciones está la esencia de un ser humano del que mucho se especula pero poco se sabe. No han salido a la luz grandes rasgos de su carácter, de forma de pensar, de ver el mundo. Todo está solapado por el protocolo y la privacidad. Semejante situación no es para nada digna. Y uno se pregunta si entre tanto lujo, tanto protocolo, esa persona es realmente felíz, viviendo una vida bajo el deber ser y no el querer ser.

 

Escrito para el taller de prensa que cursé en el 2012.

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