Historia de la caracterización jurídica del trabajo

VARIABLES EN LA HISTORIA DE LA CARACTERIZACIÓN JURÍDICA DEL TRABAJO. [1]

Por Raúl Alberto Ceruti [2]

El trabajo como esclavitud era inescindible del trabajo como propiedad de otro. La propiedad del feudo era transmitida junto a los siervos que la trabajaban. Los medios de producción de la artesanía renacentista eran administrados por los gremios. Los bienes producidos por la empresa capitalista, abstrae en valor expropiable la denominada “fuerza de trabajo”. Actualmente, el empleo es sinónimo de “ocupación”. Encarar el análisis histórico de la relación de las estructuras jurídicas de “propiedad” y “trabajo”, supone la preocupación por la consideración del hombre como medio, en todas sus formas.

 

Intenciones

Se da cuenta en esta monografía de algunas variables que entendemos tan significativas respecto de las modificaciones o evoluciones en la caracterización del trabajo regulado normativamente, que permiten efectuar un relato de su desarrollo. No se pretende inferir de este relato en parches, la necesidad lógica de su decurso, pero sí presentarse como un punto de vista que permita vislumbrar, detectar y diagnosticar distintos fenómenos sociales, de implicancias fértiles en el horizonte de las políticas laborales, esencialmente respecto de los elaboradores de normas en dicho ámbito.

Lenguaje operativo y Derecho

Hay palabras que no pueden ocultar su significado. Determinaciones que no pueden disfrazarse detrás de la retórica o del argumento. Palabras que ya no son objeto de decurso ni análisis, porque ocupan el lugar del resultado en la estructura narrativa. Son palabras-acción, palabras-funciones, palabras-efecto.

Los términos de la necesidad o del poder inmediato son brutales. No admiten mediación, procedimiento ni amortiguaciones, ya que se dirigen a sí mismas, concluyen en sí mismas y cosifican lo cercano.

El hambre y el dolor (desde la necesidad), el uso y la destrucción (desde el poder) son voces totales, en el sentido de indicar por un lado una pulsión y por el otro una descarga, desde el cuerpo, y hacia el cuerpo. De allí su brutalidad, en orden a tratar al cuerpo como objeto. Por un lado, todo causa, y por otro, todo efecto. Ninguna creación o finalidad.

La necesidad impone el tono imperativo. El poder busca establecer esas fórmulas como consecuencia de un sistema de reglas precisas y acabadas. Cualquier orden busca imponerse como el decurso natural de los acontecimientos.

El poder se promulgó necesario, y se estableció como sujeto del orden, contra el caos universal, percibido como objeto al que excedía, superaba e intentaba dominar. El mundo, y el hombre en él, eran herramientas para el logro de cometidos trascendentes.

La ley, en tanto lenguaje que hace operativo al lenguaje, se proclamó como el principio sustanciador de la naturaleza social o cultural[3] del ser humano. Hacía falta un metalenguaje para establecer el orden de las cosas[4], un lenguaje exterior a las cosas que nombraba.

El Derecho, finalmente, se instituyó como un lenguaje útil, que intentaba establecer de una vez y para siempre, todo el universo de conductas previsibles dentro de un sistema de poder inapelable. Tenía, o pretendía tener, el rol o la función de indicar con leyes sociales el mismo “ser de las cosas” que se atribuye para las leyes físicas[5].

Las palabras tenían consciencia de las cosas, y por ende, las sobrepasaban en el sentido de indicarlas y poseerlas. Los dueños de las palabras eran los formuladores de la ley, de forma tal que las cosas debían adecuarse a sus significados.

El lenguaje operativo del Derecho, que supone el señorío sobre los destinatarios de sus mandatos, debe llevar a cabo la objetivación de las acciones y de los cuerpos, objetivación que cumple por otra parte los fines de la abstracción, necesarios sobre todo en los regímenes imperiales donde el Derecho es también punta de lanza, tropa de ocupación, signo de conquista[6]. Surge así el pronombre impersonal, el “lo”, representado o caracterizado jurídicamente por las expresiones “el que…” “todo aquel que…” “aquellos que”…, que hace las veces del “se” propio de los acontecimientos puramente físicos o involuntarios. Y en virtud de que se trata de una profecía en acto, ese nuevo sujeto debe ritualizarse[7]. De allí el rigor de las fórmulas en todos los procedimientos del Derecho Romano. El signo que abroga el significado, la letra que anula la voz, la institución que vuelve contingentes a las convenciones.

Esclavos en Roma. Liturgia

La operatividad de las normas imperiales, colocadas sobre las costumbres locales, suponía un orden conquistador del orden, físicamente representado por las águilas, pretores y cónsules, y asegurada a través de un lenguaje impositivo. De allí también la victoria del latín sobre las lenguas vernáculas, en tanto idioma de las formas jurídicas.

La idea de “trabajo” como algo separado o separable del “trabajador” esclavo, surgió allí donde era necesario llevar a cabo la distinción en tanto un “esclavo” rindiera servicios para otro que no fuera su “amo”[8]. Este ha sido el primer desprendimiento propiamente dicho de los componentes dominiales. Aquí el dueño de la “cosa” continuaba poseyendo su “nuda propiedad” (dominio), mientras que un tercero hacía uso de sus propiedades (usufructo)[9].

En el Derecho Romano, la autoridad pública era reconocida como una metáfora o derivación de la potestad del “pater familiae”, en cuyo hogar se encontraban en situación de sometimiento no sólo su mujer y sus hijos, hasta que alcanzaran la ciudadanía plena, sino incluso sus esclavos. De allí que el derecho romano no dudó en tratar al trabajo como parte de los derechos reales[10]. Aquí el ser humano “esclavo” integraba el dominio pleno de un otro al que se denominaba su “amo”. Este dominio incluía el “ius utendi”, el “ius fruendi” y el “ius abutendi”, respectivamente, los derechos de uso, fruto, y abuso de la cosa sobre la que tenía lugar. De este modo, el lenguaje útil se volvía lenguaje prospectivo, y anunciaba hacia el futuro el mantenimiento de las condiciones sociales como necesidades naturales.

Aquí trabajador es quien carece de autonomía, y desocupado, quien carece de norma. El Estado sólo se ocupa de los propietarios y de las propiedades.

A lo largo de su ejercicio, las normas romanas mitigaron el “ius abutendi”, del mismo modo en que se prohibía el dispendio o la destrucción injustificada de bienes, en cuanto integraba un capital social, que excedía a la persona de su dueño para constituirse en un bien de familia, en tanto heredable[11]. Este tipo de previsiones cumplía la función de límite o restricción al dominio, sin objetar la plenitud de este derecho.

Siervos en la Edad Media

Así como en el Imperio Romano la nota esencial del abordaje jurídico estaba dada por la inserción / adecuación del Derecho dominante, luego de la crisis provocada por su desmembramiento, cada uno de los reinos que se conformó desde cada uno de los pueblos que debió reencontrarse con sus costumbres, hubo de poner el acento en la integración / conformación de su institucionalidad política.

Esta integración se llevó a cabo no sólo por medio de la síntesis entre la tradición que cada uno de los pueblos traía consigo, y la recepción del antiguo derecho del Imperio, sino sobre todo por la fuerza abrumadora del cristianismo.

La propiedad tenía por objeto la tierra, y el trabajo era el uso de la fuerza para el provecho del dueño de la tierra. El señor feudal era al mismo tiempo el dador de trabajo y quien recibía sus frutos. El Estado, a través de la protección y de la pertenencia al feudo, garantizaba al trabajador la protección de su cuerpo (objeto del trabajo en el esclavismo).

El siervo era accesorio a la propiedad. Ha dejado de ser en tanto cuerpo o personalidad una pertenencia, y por lo tanto, un objeto con valor o mensura económica propia[12].

Habíamos notado en el Derecho Romano el primer desprendimiento del “dominio” primero con relación a sus límites (restricciones al “ius abutendi”) y luego con la distinción entre la nuda propiedad y el usufructo. En las instituciones jurídicas medievales, en tanto el hombre no podía ser objeto de dominio, el desprendimiento se llevaba a cabo en el orden del “usus” y del “fructus”; quedando el primero a disposición de sí mismo, y el segundo a disposición de su “señor”. Por su parte, el límite al goce de los frutos aportados por el trabajo, era el tiempo determinado de las cosechas o campañas, durante los cuales, recayendo bajo su protección y “dominios”, la fuerza de trabajo se ejercía sobre fundo ajeno[13].

En tanto el cuerpo no era una pertenencia, esta relación debía sustentarse en una voluntad unívoca. Y esta voluntad podía ser edificada a través de la noción de fe y de fidelidad[14].

No se trataba ya de las normas emanadas de un poder central, en analogía con las leyes de la Naturaleza, con perspectiva de utilidad, sino de normas emanadas de un poder unificador, en analogía con las leyes de la Creación, y con perspectivas de trascendencia. Aquí puede evidenciarse uno de los efectos de la incorporación en la cultura del metalenguaje jurídico, que crea su propia abstracción y se vuelve objeto de una perspectiva totalizadora y abarcativa, la que necesita ser formulada como religión.

La inserción de un metalenguaje dentro de otro daba idea al mismo tiempo de la estructura estamental de la sociedad, en tanto el campesino vivía bajo la ley de su señor, éste bajo el vasallaje del reino y éste de acuerdo a las enseñanzas de la iglesia correspondiente. En tanto a través de ellos se daba cuenta de un orden integrador, tributario de una ley eterna, su operatividad era lograda a través de un lenguaje estipulativo.

Es así como el antiguo concepto de “dominio”, con su doble sentido de poder sobre las cosas y las personas, se veía mejor expresado en el concepto de “propiedad”, en tanto situación descripta, no proveniente del derecho de conquista ni de usurpación, sino pretendidamente “limpio” de toda causa, y por ende también, libre de todo efecto[15].

Era trabajador aquí quien carecía de feudo, y desocupado, quien ni siquiera estaba adscripto a alguno.

Esta asociación del cuerpo a un espacio determinado, va a ser posteriormente aplicable a la ocupación de ese mismo cuerpo durante un tiempo determinado.

Artesanos en el Renacimiento

Las ciudades del Renacimiento vieron el despertar de la burguesía y del artesanado. Las riquezas comenzaron a poder ser acumuladas y transportadas. El intercambio no sólo ocurría en determinado lugar o determinado momento, ni resultaba una gracia del soberano o consecuencia de una pesada carga de tributo o vasallaje. Se vivía en el intercambio. Las ciudades resultaron en tal sentido, un mercado permanente, ubicuo y prometedor.

Si los bienes podían transportarse, lo mejor era que ese transporte se llevara a cabo sin el menor riesgo para ellos, vehiculizados a través de la abstracción dineraria[16].

Los grandes viajes aseguraban la llegada de los bienes exóticos, ocultos o lejanos. Para las familias ricas y poderosas de las ciudades, no había riqueza a la que no pudieran acceder sin necesidad de moverse de sus palacios. Se trataba de hacer llegar, no de ir a buscar.

La mano de obra urbana, recortada de entre los marginados[17], se organizó verticalmente en función de la confección de los mismos bienes muebles, generando toda una serie de controles y jerarquías en su desarrollo, confección y comercialización, impeditivo de cualquier disminución de calidad, pérdida de mercados, innovaciones o modificaciones sustanciales.

Las obras de arte, o los artistas subvencionados por los sucesivos mecenas elegantes y ostentosos de las cortes, sobre todo de las cortes italianas, eran apreciadas por su confección, concepción y “mano maestra”.

Todas estas percepciones de valor en las cosas, se alejaba de la concepción antigua del valor de las cosas.

La percepción de la dignidad de las formas griegas y romanas, así como la exaltación de los valores de la lejanía, de los costos, de los riesgos, de las dificultades de obtención o confección, supusieron al mismo tiempo el redescubrimiento de la “perspectiva”. Se medían los objetos del mismo modo en que se ejercía la agrimensura de un terreno.

El dinero, las vías de centralización de las mercaderías y el otorgamiento de un valor a las cosas, configuraban una dominación actuada a través de operaciones comerciales. Lo que se protegía jurídicamente era el “valor” de la cosa, no el trabajo sobre la cosa. El mercado no sólo otorgaba el precio de las cosas sino que además las ponderaba.

A partir del objeto producido, se destacaba el valor de su proceso de producción. Y este proceso era administrado como un derecho real por los gremios correspondientes; derecho real que participa de las instituciones de la propiedad intelectual[18] que hoy denominamos “patentes”, “diseños”, “marcas” y “secretos comerciales”, a los que se accedía en virtud de su accesión a dichas agrupaciones, accesión que se llevaba a cabo de por vida, del mismo modo en que se pertenecía a la tierra de un señor feudal, por el hecho de permanecer y trabajar en ella. Se trataba, en efecto de una habilitación, una concesión de uso de las instalaciones, conocimientos y herramientas del taller.

Si la propiedad común adyacente a la de los señores de la tierra, era libre de ser cultivada por los siervos, en la ciudad no había ya propiedad común. Una propiedad se distinguía de la otra y entre las otras. Y el aprendiz no contaba con un lugar común para la elaboración de los mismos productos que efectuara en el taller de la jerarquía de artesanos, quienes por otra parte manejaban el mercado de sus destinatarios.

En tanto no se trataba de “frutos” de la tierra sino de “productos” urbanos, la parte correspondiente al derecho real de “uso” que podía ser aprovechada positivamente por el siervo, aquí devenía en el condominio de “uso” de los medios y procedimientos de “producción”, en el colectivo del gremio.

En tanto sistema de dominación de ciudades – estado mercantiles, que disponía de los medios de valoración, y necesitaba del viaje de las cosas desde sus orígenes lejanos, o de la transformación de las materias desde su sustancia prima en productos de valor reconocidos y valorizables, el Derecho del Renacimiento, como instrumento operativo de recepción y acumulación, se formuló en base a preceptos de metalenguaje estratégico[19]. Maquiavelo es en este sentido, el que más lúcidamente lo representa.

Aquí se consideraba trabajador a aquel cuya fuerza vital estaba adscripta al uso de un procedimiento de valoración de los bienes, garantizado y constituido de manera institucional. Y desocupado era aquel que poseía sus propios métodos sin ser artista subsidiado, o no participaba de manera alguna en el uso de dichos procedimientos.

El Derecho renacentista protegió las concesiones y privilegios, del mismo modo que el Derecho medieval había protegido las distribuciones del poder.

Finalmente, forzoso es decirlo, toda esa acumulación no pudo llevarse a cabo sin los recursos novedosos y extraordinarios que provinieron de nuestras Américas en el período en estudio.

El trabajador en el Estado Nación

La disponibilidad, la índole del objeto concerniente a la relación de trabajo, supone una unidad de medida, un recorte del espacio o del tiempo, que en sus casos extremos supone su indivisibilidad, o inseparabilidad de la persona humana, tratada como simple utilidad o agotada en su servicio.

La unidad de medida en la esclavitud, recortada en el espacio, era el cuerpo indivisible, considerado en sí mismo como un objeto entre los objetos.

En la servidumbre, la unidad de medida debe recortarse espacial y temporalmente,  en tanto se reconoce en su régimen un espacio ajeno y otro común (ya que no propio), y un tiempo ajeno (que ocupa periodos integrales de tiempo humano) y otro propio (en tanto que no es usurpado en beneficio de otro).

La unidad de medida en el artesanado renacentista, recortada en el tiempo, es el término de vida activa, nuevamente indivisible, considerada en sí misma como una mecánica entre las mecánicas.

La modernidad, en cuanto requisitoria de mensuras para la determinación del mundo, buscará recortes que le permitan calcular las diferentes tasas de ganancia.

De esta forma, el cuerpo se vuelve "fuerza de trabajo", en tanto que la vida humana se traduce en su sustentabilidad y reproducción, celebrando su síntesis en el concepto de "tiempo de trabajo", esto es, el tiempo durante el cual el cuerpo es "secuestrado" en el ejercicio de una dependencia[20].

La conformación de los Estados Nación modernos, supone el triunfo de la burguesía, de la modernidad, a través de cuya acumulación de poder y de utilidades, puede permitirse regir y controlar las relaciones de jerarquía y de valores. En este triunfo, del que se quiere hacer partícipes a todos los ciudadanos, hace falta un sistema de dominación de consolidación del poder, casi un método de reconocimiento. De esta forma, se hará operativo a través de un metalenguaje promisorio, característico del denominado “Estado de Bienestar”.

La “producción”, en tanto mercancía, cada vez es más entendida como “objeto de consumo”, dentro de cuyos destinatarios están los propios trabajadores[21].

En la economía capitalista, en orden a esa búsqueda del carácter participativo y concensuado de los mecanismos de gobierno, resultan necesarias las distinciones entre la mercancía y el trabajo, el cuerpo y la fuerza de trabajo, la propiedad del ser y la propiedad del hacer. Si el trabajador es dueño de su cuerpo y de su fuerza laboral, y si esta fuerza laboral es alquilada, prestada para su participación en un circuito de creación de valor ajeno, dependiente, entonces no sólo el cuerpo debe reintegrarse a su titular en las mismas condiciones en las que comenzó la relación contractual, sino incluso su fuerza de trabajo. Sin embargo, esta fuerza de trabajo ya no puede reintegrarse en las mismas condiciones que el cuerpo, debido a que ella se desgasta y transcurre en el tiempo[22].

El tiempo antiguamente regulado a lo largo del año o de las campañas militares, ahora se regula con relación al tránsito de los días. Aparece así la jornada laboral[23], y el tránsito del trabajador del lugar o puesto de trabajo hasta su casa.

Es con el producto y a través del producto que se efectúa el reconocimiento y la distinción de las distintas funciones sociales.

La escisión entre la clase trabajadora y los dueños de los medios de producción, provocó al aislamiento de los trabajadores individuales, y su separación de la “empresa”, concebida como la nueva unidad de materia, herramienta y proceso de producción, que no ya no sirve a aristocráticos demandantes sino que se sirve a sí misma.

Del condominio de uso de los medios y procedimientos de trabajo, propio de las agremiaciones del Renacimiento, el trabajador individual sólo quedará dueño de su propia “fuerza de trabajo”, para cuya aplicación debe acceder al denominado “puesto de trabajo” correspondiente.

¿Y qué ocurre con los desocupados? ¿Son aquellos sólo dueños de su cuerpo? ¿Qué sucede con la fuerza de trabajo, si no se la considera como una potencia, sino sólo como un acto?

Aquí el trabajador es quien carece de los medios de producción, dueño exclusivamente de su fuerza de trabajo; y desocupado, quien no puede hacer uso de ella.

Nuevamente hay razones de pudor que obligan a ocultar tras la institución jurídica del “trabajo” su consideración como “mercancía”, a fin de tomar distancia respecto de su cosificación. Y a esta institución se agrega, en este sistema, la del “puesto de trabajo”, para diferenciarlo de la propiedad de los medios de producción, a fin de tomar distancia respecto de la accesoriedad del trabajo, su adscripción a una empresa o fundo, propia del derecho medieval

La propiedad se retrae ahora del espacio y pasa a establecerse sólo sobre el tiempo útil. El trabajador, dueño de un pequeño espacio en las ciudades, se ve enfrentado a una serie de carencias multiplicadas.

Desde el punto de vista del Derecho del Trabajo, en tanto corresponde la indemnización por despido, parecería indicarse que la propiedad del puesto de trabajo es de aquel que debe ser reparado por su pérdida. Sin embargo, en el contrato de trabajo en sí, se pone de manifiesto que el trabajador únicamente tiene derecho a su salario y a la continuidad, y en razón del incumplimiento de ambos institutos procede el pago de un canon preestablecido en los supuestos de denuncia de la relación.

Lo dicho se aclara por cuanto el puesto de trabajo le resulta al trabajador indisponible. Esto es, no puede trasladarlo por un precio determinado, ni en su posesión ni en su tenencia. Ello así, ni aún como cesión de derechos, contando con la aceptación del empleador.

La procedencia de las labores feudales legaron un carácter de cosa inmueble a la categoría “puesto de trabajo”, sobre la que el trabajador tiene un “derecho real de habitación”.

En efecto, el empleador posee un puesto de trabajo, el cual alquila por un tiempo determinado o indeterminado, a un empleado, que sólo posee una relación de tenencia a su respecto.

Desde este punto de vista, el puesto de trabajo se rige por las características de un derecho real, más que personal. Es la relación con una cosa más que con otra persona. Y su trascendencia no responde a un sinalagma con una contraparte, sino que se manifiesta en forma “erga omnes”.

En efecto, las obligaciones de carácter personal que ligan al empleador con su empleado en la relación laboral, surgen como consecuencia de ese derecho real al que hemos aludido, pero no se identifican con él.

Deben estudiarse separadamente, en función de lo dicho, los caracteres jurídicos del puesto de trabajo como tal y los de los derechos y obligaciones que regulan el desarrollo de su utilización por ambas partes. Esto es, el estudio separado de la relación de dominio, posesión o tenencia que un sujeto posea sobre una propiedad, respecto del análisis de la relación obligacional que liga a las partes y por el cual una recibe una prestación a cambio del derecho de uso y goce establecido a favor de la otra.

El empleo en la actualidad

El objeto de la propiedad son los modos de producción, y el trabajo es la elaboración y el uso de los productos para otro (consumidor). El Estado prevé normas sobre el abuso en la apropiación de los frutos de trabajo (objeto del trabajo en el feudo). Obtener trabajo es ingresar a un lugar, un “locus” determinado, una ubicación en la cadena productiva, sobre la que tiene lugar el mencionado derecho de “habitación”. Desocupados, finalmente, son quienes no poseen tiempo útil, ajenos a las cadenas y circuitos de generación de la riqueza material.

Ante la sucesiva abstracción de las propiedades y de las relaciones jurídicas, experimentada a lo largo de toda esta evolución, ya no se habla de propietarios de un feudo ni propietarios de medios de producción. Los capitales se vuelven independientes de la materia sobre la que recaen. La mercancía es ahora un medio para la reproducción del capital y no a la inversa. Las normas del comercio internacional se dirigen a la protección de las inversiones[24], más allá que a la de la producción.

Las políticas de promoción del empleo se confundieron y hasta asimilaron con las políticas de incentivo a las inversiones, tendiendo precisamente a la flexibilización de las normas laborales, en tanto no toman en cuenta la transformación de la propiedad en capital, y se mantiene separado el circuito de producción y las normas relativas a ella, respecto de las correspondientes a las inversiones.

El sucesivo alejamiento del cuerpo del trabajador de su consideración como objeto se percibe como una progresiva liberación y reconocimiento de su condición humana. Al mismo tiempo, sin embargo, ese proceso lo aleja de los ámbitos de protección de lo jurídico, al exigirle la “empleabilidad” como un primer paso a obtener antes de su incorporación al mercado de trabajo. En este sentido, la obtención de un trabajo se encuentra mediada y alejada a través de la configuración de un lugar, de una oferta determinada, que ahora debe asumir el trabajador (léase capacitación, perfeccionamiento, formación profesional).

Hay un pudor en la normativa internacional que denomina “inversores” a quienes se instituyen en empleadores de mano de obra precarizada, y en la normativa nacional que denominó en los noventa, “promoción del empleo” a la precarización.

En los tratados de libre comercio celebrado entre los Estados Naciones, y aún más claramente en los tratados sobre protección a las “inversiones”, se coloca dentro de esta voz a todos los activos que integrarían el derecho de propiedad de una persona o empresa de las partes. De esta forma se está sustituye “propiedad” por “inversión”[25].

La movilidad, fluidez, y desestructuración de las inversiones desdibujan el concepto de “puesto de trabajo” volviéndolo más sinuoso y escurridizo, haciendo necesario considerar como empleadores a empresas no directamente contratantes, y como trabajadores a personas vinculadas bajo otras formas de aprovechamiento de su fuerza laboral[26].

Dicho “puesto de trabajo” se transforma en “empleabilidad”, colocando en cabeza de los trabajadores la carga de su satisfacción.

El trabajador es poseedor de su fuerza de trabajo, pero sólo tenedor del puesto de trabajo; del mismo modo en que el empleador es poseedor del puesto de trabajo pero sólo tenedor de la fuerza de trabajo.

El trabajador es quien no cuenta con la capacidad de invertir en una industria o emprendimiento determinado con capacidad de autorreproducción, y el desocupado, quien no resulta sujeto digno de crédito. Por otra parte, debido al endurecimiento de las políticas migratorias, el trabajador, a diferencia del inversor, cuyo capital es móvil y fluido, es quien no puede decidir la norma o las condiciones aplicables a su fuerza de trabajo, y el desocupado, quien directamente se halla encadenado a una situación de marginalidad respecto de las propias normas laborales de su Estado Nación[27].

El objeto de propiedad es el capital en sí mismo, abstracto e indeterminado. El trabajo es el uso del crédito para otro. El trabajador es dueño de su cuerpo y de su espacio, pero su tiempo le es escamoteado en pos de una perpetua insatisfacción. El Estado procura la satisfacción de los trabajadores, a través de los intentos de garantizar su acceso al consumo.

Finalmente el trabajo es abstraído, vuelto sobre sí y confundido aquí con el propio “puesto de trabajo”, de forma tal que aquí el desocupado es quien llanamente carece de tiempo, ni siquiera útil, sino mero tiempo, consideración, lugar en el mundo conectado, globalizado, distante y ajeno. De allí que el consumo[28] también sea considerado una forma de trabajo, de usurpación del tiempo vital, antes ligado a las actividades personales, familiares y socializadoras.

La propiedad se retrae del “tiempo útil” y saca réditos del simple y mero “tiempo en sí”, abstracto y permanente, lineal e inevitable.

Ante la precariedad de las relaciones, los valores se relativizan, y el Derecho se integra como un sistema operativo al mismo tiempo que otros sistemas, con el riesgo de no poder asirse sino de sus propias autorreferencias[29]. Esta situación no puede sostenerse sino mediante un metalenguaje publicitario, en el que los deseos son sustituidos a medida que pueden ser alcanzados, y siempre, están al alcance de cualquier tarjeta de crédito. Así, el deseo es la satisfacción del deseo en sí misma.

En el Derecho Internacional, la estructura globalizada de las relaciones comerciales, los Estados Nación se ven beneficiados por el ingreso de bienes y haberes provenientes del trabajo en otros Estados Nación. De esta forma, la división del trabajo internacional busca la mano de obra en países cuya regulación laboral sea de inferior jerarquía, a fin de hacer llegar sus productos a mercados de superior nivel adquisitivo, comprando lo más barato para vender lo más caro.

Este entrecruzamiento de normas y nacionalidades, hace que sean operativas respecto de la protección del trabajo, reglas concernientes a otros institutos del derecho comercial internacional[30].

Desde la perspectiva de los poseedores de los puestos de trabajo, un Estado Nacional que no recaude los fondos de su seguridad social o los concernientes a su sistema de promoción del empleo, a través de facilidades a las empresas o a los capitales de estas empresas para invertir en aquellas jurisdicciones cuya mano de obra está precarizada, estaría incurso en la definición de “subsidio” del “Acuerdo sobre Subvenciones y Medidas Compensatorias”, que en su Artículo 1.1. a) ii se ejemplifica “cuando se condonen o no se recauden ingresos públicos que en otro caso se percibirían”. La dificultad para la aplicación de medidas compensatorias en este aspecto viene dada por la exigencia de “especificidad” para una rama de producción, empresa, un grupo de empresas o de ramas de producción (Artículo 2). Esto es, la permisión indicada, si es genérica, para todos los actores económicos de un Estado, no pueden aplicarse las medidas autorizadas por dicho Acuerdo.

Las empresas multinacionales inversoras en jurisdicciones cuya legislación laboral es precaria, tributan y poseen su domicilio central (o al menos el domicilio central de la controlante) en Estados cuya legislación es superior y que se encuentran comprometidos al cumplimiento de las normas mínimas de protección al trabajador, dispuestas en el foro de la Organización Internacional del Trabajo. En este sentido, dichos Estados, al percibir tributos por las ganancias obtenidas de las citadas empresas, se encuentran faltando a sus obligaciones internacionales en éste último ámbito, y por esta vía, libera de obligaciones específicas a la empresa correspondiente, exigidas por su legislación nacional, y se libera a sí mismo de los compromisos asumidos en materia laboral[31].

 

Conclusiones

La competencia es, respecto del ejercicio del poder en lo público, lo que la propiedad (dominio) es respecto del ejercicio del derecho en lo privado.

El ser humano se enfrentaba a la naturaleza con sus herramientas, con el pretexto de cultivarla y con el fin de dominarla. Así, el Derecho correspondiente a esta cosmovisión se entiende a sí mismo como un instrumento de dominación y de perfeccionamiento del dominio. Se opera sobre las cosas. Las órdenes que se imparten son para su cumplimiento. De allí que toda recopilación de derecho arcaico se limite casi totalmente a una serie de sanciones, las que se creía, funcionaban por sí solas como límites a la acción[32]. En efecto, resulta paradójico pensar en que sus destinatarios las conocieran, o siquiera tuvieran oportunidad de comprender los signos en los que se hallaban escritas, de modo que sus amenazas eran autorrealizadas.

Esta noción jurídica del “trabajo” como objeto de un derecho real (relación entre una persona y una cosa) ha permanecido y permanece[33] hasta nuestros días[34], atravesando una serie de transformaciones que pueden analizarse desde el punto de vista del desmembramiento del dominio en otros tantos derechos reales “inferiores”, como el “usufructo”, el “uso”, la “servidumbre” y la “habitación”, a medida que el concepto de propiedad va haciéndose cada vez más abstracto y efímero.

 

Recapitulando la evolución descripta en los párrafos precedentes:

 

Durante la Esclavitud:

Metalenguaje: Impositivo.

Función del Derecho: Conquistadora.

Propiedad: Cuerpo.

Trabajo: Uso del Cuerpo por otro.

Límites desde el Estado: Previene el abuso del derecho de propiedad.

 

Durante el Feudo:

Metalenguaje: Estipulativo.

Función del Derecho: Integradora.

Propiedad: Tierra.

Trabajo: Uso de la Fuerza de Trabajo para otro.

Límites desde el Estado: Protección del Cuerpo.

 

Durante el Renacimiento:

Metalenguaje: Estratégico.

Función del Derecho: Incentivadora.

Propiedad: Medios de producción y comercialización.

Trabajo: Uso del tiempo de trabajo para la elaboración de Productos.

Límites desde el Estado: Protección de la Fuerza de Trabajo organizada en los gremios.

 

Durante el Capitalismo:

Metalenguaje: Promisorio.

Función del Derecho: Consolidadora.

Propiedad: Capital - Empresa.

Trabajo: Uso de la jornada de trabajo para el Consumo.

Límites desde el Estado: Protección en las garantías de acceso a los Productos.

 

En la Actualidad:

Metalenguaje: Autorreferente.

Función del Derecho: Publicitaria

Propiedad: Inversiones.

Trabajo: Uso del Tiempo Vital para otros.

Límites desde el Estado: Protección del Consumo.

 

 

Sugerencias

El trabajo puede ser visto como realización del ser humano, inmanente a su libertad[35], curiosidad, incompletitud, lanzado a la conquista de sí mismo, compelido a sostener una personalidad y a compartir una cultura, expuesto a la intemperie para darse abrigo[36], o como despliegue de condiciones, asunción de indicaciones, acatamiento de lo dado o impartido, reducido a la labor encomendada para la continuidad de sus acciones (sobrevida personal y sostenimiento social).

En medio de la necesidad y del poder, coloca nuestra lengua, en el sentido de “habla”, el universo del trabajo[37]. Pero, en el extremo de la necesidad no sólo está el dolor: Puede detectarse en ella el eje sacrificio / placer; en tanto que en el extremo del poder, no sólo está el sometimiento, sino que puede detectarse en él el eje dependencia / independencia.

En el lenguaje operativo, los medios deben dirigirse a la satisfacción de los fines, por lo que el trabajo, en tanto labor física o incluso intelectual (aunque este aspecto probablemente sólo sea concomitante a lo físico, e incluso en alguna consideración, accesorio) es indicado como “meramente” útil, “simplemente” inevitable, o “solamente” asegurador de las condiciones de vida aceptables. El discurso normativo, y hasta buena parte del socio-político, sólo en raras ocasiones, y nunca desde el orden oficial, reconoció o identificó en el trabajo elemento alguno de creación ni prospectiva. Los motivos y los fines se encontraban antes o después de su desenvolvimiento.

Su caracterización jurídica, en cuanto inserta en un sistema de mera utilidad, sólo percibió como materia de análisis el par sacrificio / dependencia y lo recortó como constitutivo de su “naturaleza”. En ambos casos, se trata de un extrañamiento, una objetivación, una pérdida. En ambos casos, supone una acción que se ejerce sobre un objeto. Manipulación. El ámbito semántico de las utilidades. El trabajo como sacrificio y sustento, en orden a la reproducción de su causa fuente; y el trabajo como obra o realización, en orden a la producción de su causa fin[38].

Una noción más amplia de trabajo, debe asumir su carácter emancipador, en el sentido en que el mismo Marx[39] entendía (con su fe en la evolución histórica) su potencia liberadora de los límites del poder[40].

La visión del trabajo desde el punto de vista de su “producto” inevitablemente la cosifica, dado que cualquier acción desde su resultado, aparece acabada, yerta e impotente.

Si la propiedad se ha vuelto tan fluida como lo demuestran los mercados de inversiones, no puede pretenderse continuar con una concepción inmobilista del trabajo, o una pretensión biologicista de la remuneración al trabajador.

La reproducción del “trabajo” no es la reproducción de la "fuerza de trabajo". Ésta es apenas una condición para su realización. La reproducción del trabajo tiene que ver con brindar los medios necesarios para que el trabajador pueda llevar a cabo, por ejemplo, otra obra de las mismas o mejores características que aquella por la cual se le ha pagado.

No se trata del valor de lo que se ha hecho ni para sí mismo ni para otro, sino del valor necesario para su reproducción al menos similar. Su pago no debe ser simplemente un derecho fijado canónicamente, ni la participación en las ganancias de su empleador, sino la cantidad de dinero necesaria para la producción de una obra de igual calidad al menos que la anterior. De esta forma se introduce la dinámica y la transformación en el trabajo, y la posibilidad de hacer salir al trabajador del "puesto de trabajo" otorgado, habilitado o establecido por el empleador, para pasar a hacer uso finalmente de su propio "tiempo de trabajo"[41].

Desarmar la estructura objetivista de la concepción del trabajo, supone una tarea múltiple, ardua y constante, a fin de sopesar al “hacer” sobre el “tener”. Entendemos que el primer paso es tomar conciencia de las características objetivistas de su consideración social y jurídica, tal como se ha querido alertar en este trabajo.

 

 

 

[1] Monografía elaborada para la materia “Sociología para la Elaboración de Normas” (dictado por el Dr. Héctor Rubén Donzis, de la cátedra del Dr. Enrique Zuleta Puceiro), de la Carrera de Especialización para la Elaboración de Normas, de la Facultad de Derecho, UBA. Publicada en Revista del Derecho del Trabajo –Actualidad, Rubinzal Culzoni, Buenos Aires, enero de 2009)

[2] Abogado (UBA), coordinador en el Departamento Legal de la DIRECCIÓN NACIONAL DE PROMOCIÓN DEL EMPLEO, MINISTERIO DE TRABAJO, EMPLEO Y SEGURIDAD SOCIAL DE LA NACIÓN, profesor titular de la materia Régimen Legal Aduanero en la UCES, coautor de “Nueva Ley de Ejecución Penal Comentada”, Ed. La Rocca, Bs. As., 1998, autor de “Criminología de la Inocencia”, Ed. La Rocca, Bs. As., 2005.

[3] Fue Claude Levi – Strauss quien creyó hallar en la prohibición del incesto la síntesis entre naturaleza y cultura, en virtud de su doble fuente y significación: “He aquí pues, un fenómeno que presenta al mismo tiempo el carácter distintivo de los hechos de la naturaleza y el carácter distintivo –teóricamente contradictorio con el precedente- de los hechos de cultura. La prohibición del incesto posee, a la vez, la universalidad de las tendencias y de los instintos y el carácter coercitivo de las leyes y de las instituciones” (Levi Strauss, Claude: “Las estructuras elementales de parentesco”, Planeta – Agostini, Buenos Aires, 1993, pag. 43). Sin embargo, en forma previa y concomitante a la prohibición, debe reconocerse una autoridad que la sancione, sostenga y la haga observable. En este sentido, recuerdo a Malinowski, quien refiriéndose a los habitantes de las islas Trobriand, indicaba en que: “Si se interrogase a los nativos de las Trobriand sobre este asunto, se vería que todos confirmarían este axioma, es decir, que los nativos muestran horror a la sola idea de violar las reglas de la exogamia y que creen firmemente que el incesto de clan puede ir seguido de llagas, enfermedades e incluso la muerte. Éste es el ideal de la ley nativa y en cuestiones morales es fácil y hasta agradable adherirse estrictamente al ideal cuando se juzga la conducta de los otros o se expresa una opinión sobre la conducta en general. No obstante, cuando se trata de aplicar la moralidad y los ideales a la vida real, las cosas toman un aspecto diferente. En el caso descrito era obvio que los hechos no concordaban con el ideal de conducta. La opinión pública no se mostraba ultrajada en absoluto por el conocimiento del delito y por los insultos que la parte interesada lanzó públicamente contra el culpable. Incluso entonces, el muchacho tuvo que castigarse a sí mismo; por lo tanto, la "reacción del grupo" y la "sanción sobrenatural" no fueron los principios activos en el caso; adentrándome más en la materia y recogiendo información concreta, descubrí que la violación de la exogamia —por lo que respecta al comercio sexual, no al matrimonio — no es un caso raro ni mucho menos, y que la opinión pública se muestra indulgente aunque decididamente hipócrita. Si el asunto se lleva a cabo ocultamente, con cierto decoro, y si nadie en particular suscita dificultades, la ‘opinión pública’ murmurará, pero no pedirá un castigo severo. Si, por el contrario, se produce escándalo, todo el mundo se volverá contra la pareja culpable y, por el ostracismo y los insultos, uno de ellos o los dos podrán ser inducidos al suicidio. En cuanto a la sanción sobrenatural, este caso me condujo a un descubrimiento interesante e importante. Me enteré de que hay un remedio perfectamente bien establecido contra cualesquiera consecuencias patológicas de esta transgresión, un remedio que si se aplica correctamente está considerado como prácticamente infalible. Es decir, que el nativo posee un sistema de magia que consiste en hechizos, encantamientos y ritos ejecutados sobre el agua, las hierbas y las piedras, que cuando se lleva a cabo correctamente resulta completamente eficaz para deshacer los malos resultados del incesto de clan.” (Malinowski, Bronislaw: “Crimen y costumbre en la sociedad salvaje”, Ed. Planeta Agostini, Barcelona, 1985, pag. 52). De modo que el establecimiento de un metalenguaje, ocuparía esa frontera entre naturaleza y cultura. A medida que ese metalenguaje se desaloja de los sujetos que ejercen su autoridad para volverse cada vez más racional, objetiva e impersonal, la organización del Estado va tomando forma. Asimismo, en dicha evolución, cuanto se comienzan a diluir los polos de sujeto y objeto, cada quien se encuentra capaz de formular su propia norma en tanto sistema abierto que permita, conviva, ingrese y egrese de las normas de sus semejantes.

[4] Resulta interesante a este respecto la afirmación wittgensteiniana de que “Mi único propósito -y creo que el de todos aquellos que han tratado alguna vez de escribir o hablar de ética o religión-  es arremeter contra los límites del lenguaje” (Wittgenstein, Ludwig: “Conferencia sobre la ética”, Ed. Paidós, Barcelona, 1989, pag. 43).

 

[5] Algunas de las cuestiones relaciones entre “leyes naturales” y “leyes sociales”, especialmente orientado a las normas penales, he tenido ocasión de revisar en mi “Criminología de la Inocencia”, Ed. La Rocca,  Buenos Aires, 2005.

[6] De esta forma, cuando ya no existe comunicación entre las personas, aún cuando habitan el mismo hogar, las palabras sólo ocupan el lugar de las actividades útiles indicativas del hacer diario.

 

[7] Los mitos pueden ser entendidos como aquellos relatos que suceden eternamente, aunque ocurrieran una sola vez; en tanto que los ritos pueden ser entendidos como aquellos sucesos que realizados eternamente, estatuyen aquello que sólo puede ocurrir por una sola vez.

 

[8]  “Las categorías que toman el trabajo como objeto de intercambio, aparecen sobre todo, cuando el contrato reúne a un amo de esclavos que obtiene una renta de su salario (‘merces’) y a un tomador por contrato de trabajos serviles. Si la propiedad esclavista fue un contexto paradojalmente fructífero para una elaboración del trabajo abstracto, es porque ella obligó a distinguir entre el trabajador mismo, que permanece en la nuda propiedad del amo y lo que puede ser alienado de allí, sin atentar a esta reserva. Tanto como no fue definida la labor del esclavo del cual el amo conserva el uso, porque pertenece a su área de dominación absoluta, debe ser exactamente circunscripta la actividad del que alquila los trabajos, porque ella es entonces sustraída a su ‘dominium’ sin entrar en el de su co-contratante. Alienable a título de ‘fructus’, esta actividad existe separadamente como objeto contractual. Se vuelve entonces necesario trazar de ella exactamente sus contornos.

“Aislado como tal, el trabajo es separado de un cuerpo protegido como tal. Los límites del esfuerzo exigido, las condiciones horarias -un trabajo de día, que se detiene al ponerse el sol-, la pausa para la comida de mediodía, el tiempo dejado para la alimentación y para los cuidados del cuerpo, la suspensión del trabajo durante la enfermedad, estas protecciones no responden a una preocupación humanista y no están reservadas para los trabajadores libres. Responden simplemente a la necesidad de asegurar la propiedad del cuerpo. La idea misma de trabajo -una idea que no aparece distintivamente sino en el interior de la ‘locatio operarum’- implica separación del trabajo y del cuerpo. Esta separación es jurídica: supone una disyunción de la nuda propiedad y de los frutos. Independientemente de toda idea de un derecho social, la categoría de trabajo, desde que se vuelve jurídica, es decir cuando escapa a la esfera de la subordinación doméstica para autonomizarse en el contrato, implica un límite y por consiguiente una protección.” (Yan Thomas, “Los artificios de las instituciones – Estudios de Derecho Romano” 1ra. edición, septiembre de 1999, Eudeba, Buenos Aires).

 

[9] “Me propongo describir las operaciones a través de las cuales la objetivación del trabajo, es decir su transformación en mercancía, se realiza progresivamente en un orden lógico. Si se parte de la ‘locatio operarum’, las cosas son relativamente simples. El amo al alquilar el trabajo de su esclavo contra un precio, es a la vez propietario de un hombre, deudor de un trabajo y acreedor de un salario: todos los derechos entre los cuales se divide la relación de trabajo – propiedad, deuda, crédito- están concentrados en una sola persona. Es por eso que la ‘locatio operarum’ no libra ella sola, todas las claves que permiten comprender la naturaleza jurídica del trabajo como contrato, como obligación, como valor. Para definir un objeto tal, la jurisprudencia evita ubicarse en el caso en que el amo mismo goza de las ‘operae’ de su esclavo bajo la forma de una renta asalariada y acumula de este modo las tres posiciones de propiedad, de deudor y de acreedor. Sin duda, es el caso más simple y el más frecuente. Pero a causa de su simplicidad misma, se presta mal para un análisis distinto de los diferentes derechos en cuestión. Y en particular de los derechos real y personal. Para conducir un análisis tal, la casuística prefiere considerar una propiedad desmembrada entre un nudo propietario y un usufructuario al cual vuelve el trabajo del esclavo, es decir el derecho de disponer de él libremente, alquilándolo a terceros. Esta elección corresponde ciertamente a prácticas: bien atestiguadas son las constituciones de usufructo de esclavos, especialmente por legados. Pero esta repartición de los derechos sobre dos cabezas permite también pensar y constituir separadamente la nuda propiedad y el fruto, la propiedad y la obligación, el cuerpo y la renta que el produce: uno es el titular de la propiedad sobre el hombre, otro el titular de su trabajo. Este desmembramiento hace aparecer el trabajo bajo la categoría jurídica del fruto.” (Yan Thomas, op. cit, pags. 63/4).

 

[10] “Los esclavos están sometidos a la ‘potestas’ de sus ‘domini’. Esta potestad es del ‘ius gentium’, ya que podemos observar de una manera general en todas las naciones que los señores tienen derecho de vida y muerte sobre sus esclavos, y que cuanto éstos adquieren, es adquirido para el ‘dominus’.” (Gaius: “Institutas”, trad. de Alfredo Di Pietro, Ed. Librería Jurídica, La Plata, 1967. Pag. 26).

 

[11] “Pero en estos tiempos no les es lícito a los ciudadanos romanos ni tampoco a ninguno de quienes se encuentran bajo el imperio del pueblo romano, ensañarse con exceso y sin causa en sus esclavos, puesto que en virtud de una constitución del Emperador Antoninus, quien matare a su esclavo sin motivo, está considerado en la misma situación de quien matare a un esclavo ajeno. La misma constitución imperial reprime también la dureza en el trato de los ‘domini’ a los esclavos, pues consultado por ciertos gobernadores acerca de la conducta a seguir respecto de los esclavos que se refugian en los templos de los dioses o en las estatuas de los príncipes, ordenó que si el rigor de los ‘domini’ se consideraba intolerable, se los constriñera a vender a sus esclavos. Y en ambos casos tuvo razón, ya que no debemos abusar de nuestros derechos, es por esta causa que se prohíbe a los pródigos la administración de sus bienes.” (Gaius: “Institutas”, trad. de Alfredo Di Pietro, Ed. Librería Jurídica, La Plata, 1967. Pag. 26).

[12] “Distintas glosas Acursianas tratan sobre la posición de los siervos de la gleba o ‘adscripticii’. La glosa ‘aut servi’ a Instituciones 1.3pr. muestra que poner a los siervos de la gleba en el rígido esquema del ‘Corpus iuris’ – libre o esclavo- resultaba una tarea difícil. Hay textos que indican que los siervos son esclavos, pero según el glosador Juan Bassiano († 1197) esta calificación es falsa, porque los siervos de la gleba pueden hacerse clérigos contra la voluntad de sus dueños, lo cual resultaba inaceptable en caso de verdadera esclavitud. Además, ante la duda debía considerarse al siervo de la gleba preferentemente como libre. Según ‘De regulis iuris’ (D. 50.17.122), es la libertad lo que ante todo debía fomentarse. Los textos contrarios se basan en los servicios que los siervos de la gleba debían llevar a cabo según el Derecho feudal. De ahí que los siervos de la gleba fueran capaces de otorgar testamento, actuar como testigo y realizar actos jurídicos. Y tan sólo podían ser vendidos junto con la tierra que labraban” (Hellebeek, Jan: “Obseraciones sobre el sentido de los conceptos romanos ‘servus’ y ‘servitus’ en el mundo medieval, edición on line en la página web http://dare.ubvu.vu.nl/bitstream/1871/8889/3/Feestbundel%20Hallebeek%20J.pdf, de la Universidad Libre de Amsterdam).

 

[13] Es interesante en este sentido resaltar que el comienzo de las cercas en las propiedades rurales no sirvió para delimitar el dominio de un señor respecto del de otro contiguo, sino para separar la propiedad privada de la propiedad común: “…el cercado permanente era un símbolo de apropiación individual en medio de tierras que, como el bosque o los baldíos, eran de aprovechamiento colectivo. El cerco ponía el conjunto de los campos bajo el régimen de protección que antiguamente se reservaba a los huertos.” (Duby, Georges: “Economía rural y vida campesina en el occidente medieval”, Ed. Altaya, Barcelona, 1999, pag. 117).

 

[14] “Pero se ve claramente lo que hay de decisivo en la época carolingia para el mundo medieval- En adelante cada hombre o mujer va a depender cada vez más de su señor, y en ese horizonte cercano, este yugo tanto más pesado cuanto que se tiene que soportar en un círculo más reducido, va a quedar anclado en el derecho, la base del poder será cada vez más la posesión de la tierra y el fundamento de la moralidad será la fidelidad, a fe que reemplazará durante mucho tiempo a las virtudes cívicas grecorromanas. El hombre antiguo tenía que ser justo o recto; el hombre medieval tendrá que ser fiel”. (Le Goff, Jacques: “La Civilización del Occidente Medieval”. Paidós, Buenos Aires, 1999, pag. 48).

 

[15] “Falta en esa sociedad cualquier incentivo para volver eficaz la fuerza del trabajo. Las clases agrícolas poseen un destino propio irrevocable, que en modo alguno pueden mejorar; la misma aristocracia terrateniente carece de interés en mejorar las condiciones de sus propios fundos. ¿Mejorarlos en beneficio de quién si los productos bastan a las limitadas exigencias del consumo local y el estancamiento de la circulación de la vida impide todo intercambio superfluo¿ ¿En provecho de quién, si el propietario no es más que un depositario que deberá transmitir intacto el patrimonio a las próximas generaciones. En el mismo privilegio existe un límite insuperable: todos los bienes están congelados, sustraídos a la libre disponibilidad de los individuos, que es la única que podría extraerles nuevos valores. La consecuencia de este estado de cosas es una inevitable rutina; la vida se repite indefinidamente, y por eso la civilización marca el paso.” (De Ruggiero, Guido: “El concepto del trabajo en su génesis histórica”, Ed. La Pléyade, Buenos Aires, 1973, pags. 34/5).

 

[16] “Si el dinero no es fecundo ‘per se’, puede serlo ‘per accidens’. Surge de aquí la concepción de la posibilidad de capital productivo siendo lícita, por tanto, la ganancia para quien arriesga o presta el capital. También se revisa el concepto tan firmemente establecido por la patrística y la escolástica de la negación de vender el tiempo.

“Esta tesis correspondía a una economía inmobiliaria, pero el ambiente en que ha de surgir la justificación es la economía urbana, economía esencialmente dineraria. La justificación del interés del préstamo ‘ratione temporis’ que aparece por primera vez en los legistas de Bolonia es acogida por teólogos y canonistas. Es aceptada también por Inocencio IV.” (…)

“Vemos pues que hay un elemento importante para determinar la condición, pecaminosa o no, de la ganancia. Ese elemento es el tiempo. La no restitución dentro del plazo estipulado hace que recaigan penas sobre el prestatario. El tiempo ha adquirido otra dimensión y tiene una enorme vigencia e importancia. Los daños se pagan a título compensatorio por la tardanza, ‘titulus morae’.” (Guglielmi, Nilda: “Marginalidad en la Edad Media”, Ed. Biblos, Buenos Aires, 1998, pag. 78 y pag. 79.)

 

[17] “La actitud frente al pobre – aunque en apariencia siempre se basara en los preceptos evangélicos – fue haciéndose cada vez más rigurosa. Los pobres, o mejor, los miserables, circunstanciales o no, fueron tratados duramente por las autoridades en tiempos difíciles, sobre todo de escasez de alimento. Sobre ellos recayó orden de expulsión no bien la falta de grano o de aprovisionamiento de cualquier especie se hacía sentir. Se los expulsaba como “bocas inútiles”, haciendo pesar respecto de ellos un criterio cada vez más utilitario.” (Guglielmi, Nilda, op. cit., pag. 91).

[18] “El reconocimiento del valor moral e intelectual del trabajo manual permite y estimula una valorización nueva de la técnica, en esa «unión del trabajo con el espíritu de investigación» que Dilthey reconoce en la mecánica, convertida ya con Leonardo, Benedetti, Ubaldi, etc., en ciencia preferida de la época. No solamente ahora ya no se puede mantener contra la técnica el ostracismo del campo de la ciencia, donde se la debe en cambio admitir, como válida cooperadora y estimuladora de conquistas intelectuales, sino que en la propia situación de ella debe reconocerse el papel del razonamiento, cuyos procesos deductivos otorgan un carácter de necesidad teórica a los resultados que aquélla logra.” (Mondolfo, Rodolfo: “Figuras e Ideas de la Filosofía del Renacimiento”, Icaria Editorial, Barcelona, 1980, pag. 99).

 

[19] “La victoria era el resultado ya no del valor y esfuerzo, sino, como hoy en día, del avance técnico y del presupuesto de armamento” (…)

“En siglos anteriores, con el sistema de la hueste noble, el rey hacía llamamiento a los nobles en caso de guerra; los caballeros acudían con sus propios caballos, sus armas blancas y terminado el conflicto regresaban a sus respectivos solares, y no cobraban sueldo, pues debían asistencia a su señor como buenos vasallos. El ejército medieval, la ‘hueste’, era una formación ocasional, no profesional ni lucrativa, era una cuestión de honor y se pagaba con honores; sólo reunía unos cuantos miles de hombres, nobles con sus palafrenes. En cambio, a partir del siglo XVI, se enfrentaron ejércitos de 30.000 soldados y aún más, arcabuceros y artilleros profesionales y permanentes.” (Lafaye, Jacques, “Sangrientas fiestas del Renacimiento”, Fondo de Cultura Económica, México, 1999, pags. 35 y 37/8.)

[20] “El capitalista ha comprado la fuerza de trabajo por su valor diario. Le pertenece el valor de uso de la misma durante una jornada laboral. Ha obtenido el derecho, pues, de hacer que el obrero trabaje para él durante un día. ¿Pero qué es una jornada laboral?. En todo caso, menos de un día natural de vida. ¿Y cuánto menos?. El capitalista tiene su opinión sobre esa última Thule, el límite necesario de la jornada laboral. Como capitalista, no es más que capital personificado. Su alma es el alma del capital. Pero el capital tiene un solo impulso vital, el impulso de valorizarse, de crear plusvalor, de absorber, con su parte constante, los medios de producción, la mayor masa posible de plustrabajo.” (Marx, Karl, “El Capital”, Tomo I, Volumen I, Ediciones Siglo XXI, México, 1999, pag. 279).

 

[21] “Lo que puso al capital y al trabajo frente a frente y los unió fue la relación de comprar y vender; entonces, para seguir con vida, cada una de las partes debió mantenerse en forma para esa transacción: los dueños del capital debían ser capaces de seguir comprando mano de obra, y los dueños de la mano de obra debían mantenerse alertas, saludables, fueres o con el suficiente atractivo para no alejar a los potenciales compradores ni resultarles una carga.” (Bauman, Zygmunt: “Modernidad Líquida”, Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires, 2002, pag. 155)

 

[22] “Las mercancías no se vuelven conmensurables por obra del dinero. A la inversa. Por ser todas las mercancías, en cuanto valores, trabajo human objetivado, y por tanto conmensurables en sí y para sí, pueden medir colectivamente sus valores en la misma mercancía específica y ésta convertirse en su medida colectiva de valor, esto es, e n dinero. En cuanto medida de valor, el dinero es la forma de manifestación necesaria de la medida del valor inmanente a las mercancías: e tiempo de trabajo”. (Marx, Karl, “El Capital”, Tomo I, Volumen I, Siglo XXI Editores, 1999, México, pag. 115).

 

[23] “El mundo en el que vivió Smith estaba, por supuesto, familiarizado con la rutina y la programación del tiempo. A partir del siglo VI, las campanas de las iglesias habían dividido el día en sus unidades religiosas; a comienzos de la Edad Media los benedictinos dieron un paso importante al instituir el repique de campanas para distinguir las horas de trabajo de las horas de comida, así como las horas para la oración. Más próximos a los días de Smith, los relojes mecánicos reemplazaron las campanas, y, a mediados del siglo XVIII, los relojes de bolsillo estaban ya muy difundidos. La hora matemáticamente exacta podía saberse al margen del lugar en que se encontrara una persona. Ya no importaba que estuviera cerca de una iglesia o en un lugar desde el que pudiera oír las campanadas; así, el tiempo dejó de depender del espacio.” (Sennet, Richard: “La corrosión del carácter, las consecuencias personales del trabajo en el nuevo capitalismo”, Ed. Anagrama, Barcelona, 2000, pag. 36/7).

 

[24] "Esta nueva configuración de la economía mundial está en el origen de fuertes desequilibrios en los intercambios de bienes y servicios y sobre todo en los mercados financieros, que se despliegan rápidamente en la escala mundial. La diferencia con las grandes crisis precedentes consiste en la fuerte contradicción entre el régimen de acumulación mundializado que tiene a todo el planeta como campo de acción y el modo de regulación que sigue vigente pero funciona solo en la escala nacional." (Neffa, Julio César: "El trabajo humano. Contribuciones al estudio de un valor que permanece", Grupo Editorial Numen. Hvmanitas, Buenos Aires, 2003 pag. 171).

 

[25] "Si empezamos preguntándonos por la función de la propiedad, veremos que las respuestas usuales -sirve para la libertad y para la auto-realización del individuo- se pueden conducir rápidamente ‘ad absurdum’. En todo caso este argumento, si lo tomásemos en serio, tendría que ser el punto de partida para una reestructuración radical de la distribución de la propiedad en el sentido del comunismo. Ya Hegel había reconocido este problema y se había  puesto a salvo de él. La dialéctica de la ideología de la sociedad civil tiene de hecho la consecuencia de proponer en la figura de la propiedad la alternativa entre casualidad y comunismo. La causa de esto hay que buscarla en la  insuficiente auto-tematización del sistema social. Haya o no servido aquel viejo argumento de la libertad en órdenes sociales más antiguos o en el paso a la sociedad civil, lo cierto es que la sociedad civil ha revolucionado radicalmente la función de la propiedad al autonomizar socialmente a la economía de modo hasta ahora desconocido, convirtiendo al dinero en el símbolo universal de comunicación de la economía, Desde entonces, ya no se puede interpretar el dinero junto a los demás bienes económicos partiendo de la propiedad, sino que sólo se puede interpretar la propiedad (como por lo demás el trabajo) partiendo del dinero" (Niklas Luhman, "Sistema jurídico y dogmática jurídica", Centro de Estudios Constitucionales, Madrid, 1983, pag. 118).

 

[26] Así, se ha acuñado desde la propia Organización el término “Trabajo Decente”, porque ya el “trabajo” por sí no supondría una afirmación categórica de dignidad y respetabilidad, debiendo adjetivarse o acompañarse con la muleta de la decencia para encaramarse como principio, ya que no como interés de los Estados Parte.

 

[27] “1. El mayor índice de crecimiento de todo el mundo lo registra el trabajo ‘precario’. En los bastiones occidentales de la sociedad del pleno empleo ha irrumpido con fuerza lo discontinuo, lo impreciso, lo informal…

“2. Se ha venido abajo la idea maestra del pleno empleo; a saber, 2 % de parados, trabajo normal por regla general, identidad social y seguridad por cada trabajo…”

“3. Las relaciones de poder se desplazan. El trabajo se torna local y el capital, global.

“4. El régimen de riesgo laboral resultante está repleto de ambivalencias, Nunca fue la creatividad de la gente tan importante como hoy, pero tampoco nunca fueron los trabajadores tan vulnerables como en esta época, en la que trabajan de manera individualizada y más dependiente que nunca en redes flexibles cuyas reglas se han vuelto indescifrables para muchos”. (Beck, Ulrich: “Un nuevo mundo feliz – La precariedad del trabajo en la era de la globalización”,  Paidós, Barcelona, 2000, pag. 201).

 

[28] Desde John Maynard Keynes, la economía política ha incluido el consumo dentro de los rubros que deben estimularse, y por lo tanto, hasta pueden llegar a ser objeto de un pago explícito.

[29] El auge de un neopositivismo, más despreocupado por las consecuencias jurídicas que preocupado por el cumplimiento de las normas, y la irrupción del denominado “derecho penal del enemigo” son señales de este cierre de lo jurídico sobre sí mismo.

[30] La protección del trabajador en el derecho comercial internacional, está indicada como límites a la discrecionalidad de los Estados Nacionales en su intervención económica. Así, en toda la normativa de la Organización Mundial del Comercio, la única mención a los aspectos de la regulación del trabajo se encuentran apenas asomados en el Artículo XX del Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio 1947, que indica como excepciones a los principios de Nación Más Favorecida y al Trato Nacional, pilares de la liberalización internacional de los mercados, y que se refieren sólo y exclusivamente al trato de las mercancías, aquellas medidas que sean “necesarias para lograr la observancia de las leyes y de los reglamentos que no sean incompatibles con las disposiciones del presente Acuerdo” (inciso d) y aquellas “necesarias para proteger la salud y la vida de las personas y de los animales o para preservar los vegetales”; y ello siempre que dichas medidas no se apliquen de forma tal que constituyan “un medio de discriminación arbitrario e injustificable entre los países en que prevalezcan las mismas condiciones, o una restricción encubierta al comercio internacional.”  Aquí los Estados Nación han sustituido al propietario como el soberano que tiene a su disposición indicar el régimen de trabajo a llevar a cabo, y ése es el límite que debe ser respetado por el resto de sus pares.

 

[31] Las normas de la Organización Internacional del Trabajo pueden incorporarse como contenido mínimo de protección al trabajador, en los términos del Artículo 2.4. del Acuerdo sobre Obstáculos Técnicos al Comercio, el cual indica que “Cuando sean necesarios reglamentos técnicos y existan normas internacionales pertinentes o sea inminente su formulación definitiva, los Miembros utilizarán esas normas internacionales, o sus elementos pertinentes, como base de sus reglamentos técnicos”. Esta norma obliga a los Estados, incluso aquellos que no sean parte de la referida Organización Internacional del Trabajo, pero que sean parte de la Organización Mundial del Comercio, a aplicar las normas dictadas por aquella; de forma tal que su inobservancia puede constituir una renuncia o incumplimiento atribuible a dichos Estados, que supone un beneficio a las empresas nacionales incompatible con el Acuerdo sobre Subvenciones y Medidas Compensatorias.

Un producto es objeto de ‘dumping’ cuando se introduce en el mercado de otro país a un precio inferior a su valor normal, “cuando su precio de exportación al exportarse de un país a otro sea menor que el precio comparable, en el curso de operaciones comerciales normales, de un producto similar destinado al consumo en el país exportador” (Acuerdo Relativo a la Aplicación del Artículo VI del Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio). Esta norma compara los precios de los productos, no los valores de los factores de producción, de forma tal que el denominado “dumping social” no estaría previsto en esta definición. Sin embargo, el propio Artículo VI del Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio define al dumping como “aquel que permite la introducción de los productos de un país en el mercado de otro país a un precio inferior a su valor normal”. Aquí se trata de un ámbito de aplicación más amplio y más genérico en cuanto se trata de establecer el contenido de la expresión “valor normal”. A este fin, el Artículo VII del mismo Acuerdo General, que establece las normas para la valoración en aduana de un producto determinado, indica que “el valor en aduana de las mercancías importadas debería basarse en el valor real de la mercancía importada a la que se aplique el derecho o de una mercancía similar y no en el valor de una mercancía de origen nacional, ni en valores arbitrarios o ficticios” (inciso a) y que “el “valor real” debería ser el precio al que, en tiempo y lugar determinados por la legislación del país importador, las mercancías importadas u otras similares son vendidas u ofrecidas para la venta en el curso de operaciones comerciales normales efectuadas en condiciones de libre competencia” (inciso b). Al tomar en cuenta la legislación del país importador, la consideración de “operaciones comerciales normales”, y el descarte de “valores arbitrarios”, se ordena a los países importadores no desconocer las normas vinculadas con respecto al trabajo, a las que se encuentran obligados, para la fijación del estandar de “valor normal”. En este sentido, el “valor normal” debe referirse no sólo a los productos sino incluso a las inversiones. Respecto de las inversiones se observa que ha de calcularse el valor de la puesta en marcha de una planta industrial en el país de origen respecto del valor de la puesta en marcha de otra planta industrial en el extranjero. Cuando esta última sea inferior a la del mercado de origen, podemos hallarnos ante una situación de ‘dumping’ comercial, condicionada o permitida concretamente por la relación de trabajo precarizada. Cabe agregar en este punto que no podrá entenderse como “operaciones comerciales normales” las que vayan en contra de la legislación internacional.

 

[32] Aún es dado encontrar creyentes en este pensamiento mágico, que atribuye poderes a los signos, en lugar de a las cosas que se hacen o se llevan a cabo en su nombre o por su nombre.

 

[33] “Si se razonara por analogía (si se razonara no como historiador, sino como jurista), al trasponer los análisis del derecho romano del régimen servir que le sirve de contexto, al régimen moderno de la libertad personal, deslizándose del amo del esclavo al sujeto amo de sí mismo, se vería que el desmembramiento de la propiedad del cuerpo puede servir todavía, para pensar jurídicamente la protección de las personas que venden su trabajo en el mercado. Sería necesario distinguir entonces, entre renta alienable y propiedad del cuerpo. Según esta analogía, el trabajo como fruto, excluiría un uso abusivo del cuerpo de la persona: sus límites serían internos a su noción. Esta disociación de las prerrogativas es hoy necesaria ya que la organización del trabajo no conoce prácticamente otras regulaciones más que las del mercado. Cuando el derecho privado domina, no es inútil encontrar contrapesos en el derecho privado”. (Thomas, Yan, op. cit, pag. 74).

 

[34] “De este modo, los mismos términos jurídicos se desplazaron a trabajos que no eran ejecutados por esclavos, donde el trabajador no actuaba como contratante sino como objeto del contrato, como ‘una cosa cuya actividad constituye la materia del contrato’. El trabajador quedó excluido de la participación en el contrato y esta materialización del trabajo como objeto de derecho fue haciéndose cada vez más extensiva, alcanzando al hombre libre que por decisión propia se somete a ejecutar un trabajo por cuenta ajena. El derecho romano marca, de este modo, el antecedente del arrendamiento de servicios del derecho civil moderno: la actividad del trabajador, por vez primera, se trata como objeto”. (Hopenhayn, Martín: “Repensar el trabajo”, Grupo Editorial Norma, Buenos Aires, 2001, pags. 49/50).

 

[35] “Así, el trabajo es potencialmente ‘ejercicio de libertad’, pero precisamente porque supone esfuerzo, resistencia, retos para el individuo; por eso una acción instrumental de trabajo no es nunca sólo instrumentalizad, es también posibilidad de autonomía al poner los obstáculos u objetos libremente, y es también posibilidad de autorrealización al superar esos obstáculos y conseguir los objetivos, de un modo en que el individuo se enriquece como ser humano, aprende y se autotransforma él mismo subjetivamente a través de su actividad objetiva” (Noguera Ferrer, José Antonio: “La transformación del concepto de trabajo en la teoría social (la aportación de las tradiciones marxistas)”, tesis doctoral de la Universitat Autonoma de Barcelona, junio de 1998, pag. 79 publicado en http://www.tdx.cbuc.es/TDX-0428108-164019/index.html)

 

[36] “LEAR: Ah, no razonéis la necesidad. Nuestros mendigos más bajos tienen sobrantes en la casa más pobre. Si no se concede a la Naturaleza más de lo que necesita la Naturaleza, la vida del hombre es tan barata como la de una bestia. Tú eres una dama; si llevaras lujo sólo para estar caliente, entonces la Naturaleza no necesitaría todo el lujo que llevas, y que apenas te abriga. Pero en cuanto a la verdadera necesidad… ¡Oh Cielos, dadme paciencia, paciencia necesito!.”  (Shakespeare, William: “El Rey Lear”, en “Tragedias”, RBA Editores. S.A., Barcelona, 1994. Traducción de José María Valverde. Pag. 200).

[37] “Ganarás el pan con el sudor de tu frente” (Gen., 3,19). Esta frase establece, al mismo tiempo, la miseria y la dignidad del trabajo. Ese desnudo habitante de sus propias fuerzas, dejado a la intemperie, dueño nada más que de sus pulsiones, después de pronunciar el nombre de las cosas, se enfrenta a ellas.

[38] “La sociedad moderna parece haber construido el trabajo, durante los últimos dos siglos de forma que excluya la autorrealización  y la autonomía, ya en su materialidad y circunstancias, ya en la conciencia y la experiencia”.

“La buena vida no puede ser sólo una vida de ‘praxis’, sino también de ‘poiesis’, no sólo de discursos, sino de realizaciones y logros.” (Noguera Ferrer, José Antonio, op. cit., pag. 290 y 291).

 

[39] “Por último, Marx critica la concepción del trabajo como ‘sacrificio’ y penalidad por constituir una ‘determinación puramente negativa’ del concepto de trabajo, esto es, conceptualmente ‘vacía’ y ‘formal’, si se concibe al trabajo como ‘precio que se paga por las cosas’ (precio evidentemente no en el sentido económico, sino de lo ‘que hay que hacer si se quiere tener x’), no se hace más que dar un rodeo teórico a la cuestión de ‘qué es el trabajo’, pues se lo concibe desde un punto de vista externo. Más que de un concepto, se trata de un ‘no concepto’, que nos hace retroceder a la concepción de los antiguos, quienes designaban el trabajo como el negativo de la palabra principal (‘nec-otium’, ‘a-skholia’), congruentemente con su visión contemplativa de la vida.” (…)

“El liberalismo, como ya vimos, tenía un concepto reducido y productivista del trabajo. Marx, en cambio, apostaba por el concepto amplio y el antiproductivismo, y solía hacer mofa del hecho de que una concepción implícita del trabajo como ‘desutilidad’ parecía poco acomodable con la ética del trabajo productivista y burguesa que Smith contribuyó a consolidar” (Noguera Ferrer, José Antonio, op. cit, pag. 82 y 97).

 

[40] La separación operada en la modernidad respecto del trabajo manual y el intelectual alejó la “propiedad intelectual” de su consideración y legitimación como “trabajo”, especialmente en razón de tratarse en buena medida de “trabajo creativo”. Asimismo, las dificultades habidas en la caracterización jurídica de los conocimientos tradicionales de los pueblos originarios, creemos pueden ser zanjadas mediante su consideración como trabajo colectivo, visión que ha quedado eclipsada por la separación operada entre trabajo individual y obligaciones o cargas colectivas.

[41] "(el trabajo) es un derecho y no sólo un deber social. Su valor consiste en que por el dominio y transformación de la naturaleza, el trabajo es una actividad creadora de bienes y servicios sin los cuales no podría asegurarse la vida ni la reproducción de la especie. Facilita la inserción social y permite, por medio de los ingresos salariales, o del seguro o subsidio de los desocupados, la obtención de recursos para sobrevivir autónomamente sin depender de la beneficencia o del esfuerzo de otros. Es una actividad donde los hombres desarrollan las diversas dimensiones de la personalidad y contribuye a construir la identidad profesional. Por su dimensión social, se lleva a cabo en un colectivo de trabajo, entidad nueva generada por los lazos e inter-relaciones de coordinación y de cooperación, creando así bases objetivas para instaurar la solidaridad entre los trabajadores de una misma unidad productiva. Los trabajadores adquieren trascendencia pues sus obras van a perdurar, mucho más allá de la vida física de sus creadores y de las fronteras geográficas de ejecución.” (Neffa, Julio César: "El trabajo humano. Contribuciones al estudio de un valor que permanece", Grupo Editorial Numen. Hvmanitas, Buenos Aires, 2003, pag. 258)

Denunciar contenido

¿Tienes algo que decir? Este es tu momento.

Si quieres recibir notificaciones de todos los nuevos comentarios, debes acceder a Beevoz con tu usuario. Para ello debes estar registrado.
He leído y acepto el Aviso Legal, la Política de Confidencialidad, y la Política de Cookies de Universia