Pieza para tres musas

Texto del espectáculo del grupo Salamadra, con José Luis Akel en laúd y Cecilia Sullivan en coreografía y danza

PIEZA PARA TRES MUSAS

textos de Raúl Alberto Ceruti

 

 

 

PRIMER MANUSCRITO.

 

I.

 

¿Qué fibras, qué lazos, qué destinos entretejen las palabras? 

¿Qué ignoto papel del aire las sostiene?

¿Cómo se hilvanan sin caer, desde la boca hasta tus ojos, tus oídos, tus narices y tus manos?

Una senda frágil, quebradiza, sin debajo.

Cable del equilibrista. Una línea suspendida sobre el pozo.

La delgada nervadura que, lábil, nos prolonga.

Huella sola, sin lugar para la huella.

Tránsito del agua sobre el puente

                                                           de agua.

Ruedo de las rocas.

Un descenso demorado que no halla nunca el precipicio.

Las palabras, como nudos de una red que no retiene más que rostros descargados.

 

Yo las sigo en su letárgico abandono, hasta verlas derramarse por los ecos, gestos, surcos, sus moradas. El secreto del azar, latente en pensamiento.

 

He visto que de ellas se desprende una levísima piel, que a veces he logrado tragar en el silencio. Un alambique, cuidadosamente dispuesto entre dos hablantes, puede filtrarla, pero dura apenas un instante, y burlada en su tierna intimidad, se repliega y achicharra.  Ese es sólo el capullo de la virgen. Dentro hay un aceite más sutil. Un néctar esencial. Cálido y fluyente. Similar al mercurio.

 

La palabra es real. Ella ha estado antes que el mundo sea. Con el principio era la palabra.  Si se pudieran rozar sus extremos, acceder a su materia... Tendones pulsados por el plectro de los  huesos, de la resonancia, de las desgarraduras.

 

Descubrirlas en el riesgo de asumir sus otras formas. Contenido y continente. La piedra de la palabra. Peregrinaje de transmutación. Refugio de las manos, que la inducen. Llevando calor a los pies, o frescura a las mañanas. Amasar la palabra, como a la harina. Conseguir llegar al barro de la palabra. Con el que ella hace sus vasijas.

 

Penetrar al núcleo de sentidos. El centro de donde brotan sus diversas ramificaciones. La palabra para decir caliente y frío. Para nombrar el fuego y el aire. Para entender el bien y el mal.  Para ser y no ser, a un tiempo. Disolver el sentido hasta no tener más que el impulso.

 

La palabra natural. El grito anterior a la dicción (Grita). La queja, la risa, el bramido, el temblor. Lo trágico, cómico, épico y romántico; como los cuatro elementos conformantes de todo.

 

Coincidir a los estados de la palabra con los del movimiento. Hacer fluir un cuerpo por sus mismas y continuas zonas ondulantes. Y que el cuerpo sea entonces cauce de lo dicho,  savia recorriendo sus extensas vibraciones.

 

Dispararla, disiparla en el ritmo, como se revuelven dos fluidos que se entregan a uno solo.  Y de sus cenizas hacer arcos en la tierra, levantar oscuras catedrales. Llevar a cabo la palabra y expandirla.

 

Esa palabra que te pertenece cuando acabas de entregarla.

 

La palabra que escucha.

 

Hallar el otro en donde

morar nuestra palabra.

 

Atisbar, entre los vivos, el cuerpo – tierra – sitio en que yacer definitivamente.

 

Este hombre que aquí ves,

suplica, mendiga, excava la palabra, para tender al abismo.

II.

 

La dulce crueldad

Del viento errante

Deshace la boca

Ya partida

en sus dos labios,

Disipa la voz que

pronunciada

Vaga en los candiles,

Roza campanarios.

 

Tenuidad terrible

Tejiendo rastros en la calle

Adhiriéndose a las hojas

Y a los bordes de todas

las caídas.

 

Fibras susurrantes,

Lanzas de soplido,

Polvos que biselan

La memoria de haber muerto.

 

Y se adhiere a las ramas

Como sierpe vagabunda,

Látigos raquíticos,

Largas cintas anudadas

Al barro de las formas.

Y trepa por las sombras hasta el cuerpo,

Se agita por las cuerdas

Como piernas

apretadas.

Y huye  luego con la oscura

Mansedumbre de los sueños,

Dibujando una silueta deslizante,

Los ingrávidos contornos desleídos.

 

Hebras frágiles, verbos sin distancia.

Con la firmeza del grillo

Humedecen el silencio.

 

 

SEGUNDO MANUSCRITO.

I.

 

Certero era un pecador gustoso.

Colmado de penar, hambriento y apartado.

Nada era de él, ni la piel del mediodía.

Con el alma desaseada y las manos busconas,

no esperaba milagros,

pero los creía.

Los sabía de una naturaleza

que pudieran

tocarse con los dedos, beberse con los labios,

olerse desde el pecho.

Así que allí, por donde se dejaran

estar, derramarse, descenderse,

acechaba silencioso. 

Por de tan palpables

 tomarlos.

           

 

II.

 

            El recuerdo de sus labios era un ruego de colmenas. Dulces como la miel eran sus hombros. Tibios como dátiles sus ojos. El esposo se abrazaba a sus pies, y su cuerpo desnudaba como el agua. Eran felices. Pero una noche descendió hacia ella la muerte embriagadora, a desgarrarla. Y el quedó encerrado en su palacio, sin más rezo que el dolor, ni más fe que su mortaja.

            Hasta

que luego de los múltiples racimos de plegaria,

            para que ella desandara sus ausencias,

            que volviera a sumergirse por la tierra,

            una sola señal de su esperanza,

Certero que juntaba la gavilla, en los descuidados jardines del monarca, advirtió los sus cabellos, enredados a hojarascas. Entonces los bebió con sumisión, libó de ellos, como el néctar que la flor escancia. Y recibió recuerdos que no tendría, y  retuvo una extraña soledad que lo rebalsa.

 

III.

 

            La última vez que cerraba sus ojos, había ya guardado todas las sombras de la vigilia. La tenue luz del campanario de la abadía, prolongando los silencios de sus llamaradas. La Luna en el jardín, cercada por el fuego. Los reflejos de cada oración, entre las hojas de cenizas.

            Sus compañeros lo acostaron, y quedáronse muy quietos, ante la presencia de lo misterioso. San Ercilio se moría. Y aún no había bendecido el altar nuevo.

            Pero de la paz profunda del Santo, el germen de un milagro estaba renaciendo. Un latido otro, un otro más, para que en un gesto pudiera ver el Cristo recompuesto.

            Certero, que había allí acudido para la mortaja, mantuvo los ojos cerrados del que ya parecía muerto. Y en el pecho de Certero sonó entonces un latido, que sintió como un rotundo desconcierto. Una dicha incomprensible.

 

Toda la verdad le fue cedida en ese instante, como un rumor inquieto.

IV.

 

            Encomio había huido al desierto. Buscaba en él, hallar por fin a alguien. Vivió como eremita duros años, que, con la entrega de su fe, les fueron dulces.  Encomio cultivaba hierbas en el aire, frágiles, verdes, frescas, suaves; con las que daba de comer a un demonio femenino que le tentaba. Danzaba ella para él, y el la alimentaba.

            Certero, que había partido de todas las aldeas, para ocultarse por un tiempo, pudo ver la tentación, mientras dormía el Maestro. Lánguidos, sutiles, sus brazos, moviéndose como la hierba, en el secreto de saberse sola. No eran para él sus giros y requiebros, pero esas manos le acercaban una brisa que lo devastaba. Así que allí, para mirarla, instaló su destierro.

 

            Un cuervo por las mañanas traía pan al ermitaño. Por hallarle tentado a Certero, y verle más viejo y desmejorado, dejó caer sobre él una migaja.

 

            El demonio femenino se marchó, por ver si Encomio la seguía. Certero ya no la vió.

 

Pero un camino de hierbas suspendidas llevaba desde Encomio hasta ella.

 

V.

 

Una hoja desprendida

de un dulce membrillar en el verano,

acuna su caída en un vaivén del aire,

hasta detenerse en la palma de Certero.

Desnuda,

despojada

de su desvanecimiento,

silenciosa y prematura,

adormecida.

Certero, pecador gustoso,

errante de su destino,

caerá esa tarde en los jardines

bajo un Sol enamorado.

Con la secreta suavidad

de un suspiro sostenido,

hasta yacer

sin el ruido de los huesos             

sobre el llano.     

TERCER MANUSCRITO.

 

I .

(de San Juan de la Cruz)

 

Para venir a gustarlo todo,

no quieras tener gusto en nada.

Para venir a saberlo todo,

no quieras saber algo en nada.

Para venir a poseerlo todo,

no quieras poseer algo en nada.

Para venir a serlo todo,

no quieras ser algo en nada.

Para venir a lo que no gustas,

has de ir por donde no gustas.

Para venir a lo que no sabes,

has de ir por donde no sabes.

Para venir a poseer lo que no posees,

has de ir por donde no posees.

Para venir a lo que no eres,

has de ir por donde no eres.

Cuando reparas en algo

dejas de arrojarte al todo.

Para venir del todo al todo,

has de dejarte del todo en todo.

Y cuando lo vengas del todo a tener

has de tenerlo sin nada tener.

                                               San Juan de la Cruz, 1577.

II.

 

Eran peregrinos a Santiago de Compostela. Pecadores generosos en el arrepentimiento. Iban con lo poco que la ingenua caridad, habíales cedido. Arrastraban los pies sobre las llagas, dibujando una huella dolorida.  

Él venía del extremo del Sur. Ella, de los confines del Norte.

No alcanzaron la catedral, pero se hallaron en el camino.

Confesáronse uno en el otro, luego de ahogarse en la humedad recíproca. Penetrándose las vásculas el cuerpo, así transparentado. Saltó el corazón de él, exaltado, y el de ella se lanzó en un solo grito. “Tú eres el lugar en donde vivo” se decían a los ojos. “No habrá ya más destierros”.

En esa noche misma, se separaron.

Desde entonces, ellos tuvieron los corazones cambiados. El de él habitaba el pecho de ella. El de ella, abrigaba el pecho de él. Las agitaciones de uno vibraban en las venas del otro. Los latidos de uno acentuaban los ritmos del otro. Las pulsiones de él asestaban en ella. Los desgarros de ella, retumbaban en él.

Cuando ella llevaba sus manos hacia el pecho, era a él que calentaba. Cuando él se abrazaba sobre sí, era a ella a que acudía. Cuando ella se agitaba, era el pulso de él que la movía. Cuando él latía fuertemente, era ella quien temblaba.

 

Ambas lejanías, la de la distancia y la del tiempo, se fueron imponiendo a sus soledades.  Y en un desierto de ebriedades, él perdió para sus manos, el trazo del cuerpo de ella. Confundidas sus líneas con las de otras ansiedades. Y urgido por los hambres de la noche y de la guerra, del frío y del silencio, se fue, lerdamente abandonando.

Una niebla de cardos lo cercaba, y ahuecaba toda espera en una fiebre puntiaguda. Un instante de dolor intenso, anuló los restos que de ella despertaban en su carne, los sentidos. Otra mujer lo consoló entre sus piernas, y el corazón, de ella en él, dejó de latirle.

 

Muerto él,  su corazón en ella, no cesó sus movimientos, pero fue pudriéndose y cerrando. La sangre comenzó a correr con una lentitud amarronada. Y una tristeza general le hendía el pecho. Suaves jirones de su corazón se desgajaban hacia el centro del estómago, con un dulzor pesado y persistente.

 

“Lepra de las vísceras” se llamó esta dolencia, muy común en su época, tan pródiga en milagros.

III.

 

Hubo un tiempo en el que aún no había música. Latían porque sí los corazones, y los pasos eran atrozmente desiguales.

La música, fue robada por Señel a la Diosa.

Ella se bañaba en leche de la noche, recogida por sus siervas.

Solamente el Unicornio estaba allí, para adorarla.

Mas, atravesando los desiertos de su palacio, los perdidos laberintos de sus habitaciones, las soledades de sus pasillos, las esperas de sus espejos, los consejos de criados y las advertencias de los guardadores, también Señel llegó hasta ella.

Ella, en cada movimiento de sus brazos, se despojaba de una túnica invisible. De sus caderas desprendía gotas que sonaban. De los vuelos de sus piernas, deslizábanse fragancias  y temblores. De sus pechos se escapaban suaves quejidos involuntarios. De su espalda descendían gritos de placer en hondonadas.  La leche que surtía el servidor, desgranaba en ella suaves, ríspidas y luctuosas oraciones. Desnuda, la Diosa se desnudaba. Y aquí y allá, abandonaba sus ropas más íntimas.

Señel, en secreto, las recogía, mientras seguía la danza con el cuerpo.

Algo, entonces, al fin lo delató. Un trueno cruzó en dos mitades la noche, y alertaron a los monstruos para que se lo llevaran.

Por suerte, Señel, en el centro del baño halló un pozo de agua. Y allí vertió la túnica inaprehensible y deshabitada.

Arrojando los enseres él también se hundió con ellos, y ahogado en el susurro de todas sus vituallas, enmudeció.

Luego, un pescador halló su cuerpo, envuelto por la espuma del mar sobre una orilla de caracolas.

 

Fue cuando cayó la lluvia sonora, truenos de metal, vientos de madera, relámpago de cuerdas. Agua de notas, gota a gota sobre rostro y esternón, ajustando los párpados a la lluvia, y dando el alma de los brotes a los huesos.

IV.

 

Siverio era el gigante enamorado de Fidelia,

y ella era tan menuda que cabía entre sus manos.

En una tarde de invierno le brindó resguardo

y todo su cuerpo era una sola caricia.

 

La piel de Fidelia era tan suave como el aire de la lluvia.

que los dedos del gigante recorrían, como si pudieran olfatearla.

            El contorno de su cuerpo era una secreta danza

            que esas manos alargaban

y celosamente

                        contenían.

 

Mas, el peso de sus manos lastimaba,

el roce de sus dedos resteñían.

El sesgo de sus uñas la cortaban

y el reposo de sus palmas la abatió. 

 

Cuando Ella se fue, su rostro disipado,

las caderas agotadas, y los hombros socavados,

El puso sus manos en la arena.

Sin ánimo de excavar, inmóviles.

Aguardando a que escamaran.

Y no volvió jamás a verlas nunca,

confundiendo sus sentidos con las asperezas del polvo.

Laceradas y de asfixia, se fueron apagando.

Una herida que infectó le produjo un absceso en las muñecas.

 

Y tuvieron que cortarlas.

 

Siverio, con sus muñones al Sol,

no podía dar las manos.

 

Inmenso como era, apasionado,

en sus miserias, alegrías,

iras, desconsuelos y arrebatos,

no hubo ya más para él otros gestos

que los golpes y el abrazo.

V.

 

-          Parousia, acércame las cintas y la enagua.

-          Señora, las cintas están sucias y la enagua humedecida.

-          Vamos, las sandalias, que los pies me arden sobre el suelo.

-          Señora, las tenéis, rotas en la suela, y camináis sobre las llagas.

-          Parousia, los collares y el anillo.

-          Señora, los tenéis, hendidos en la carne.

-          No me pongas otro adorno que esos cuatro velos de seda negra.

-          Señora, lo que mandéis.

-          El rosario, que rodee mis caderas. Que no golpee sobre el muslo.

-          Señora, como mandéis.

-          Ahora la corona, y la cruz  en este brazo.

-          Téngala con fuerza.  Permitidme arrodillaros para asirla a sus sienes.

-          Ahí tienes la cabeza. Y péiname con esas plumas. Con cuidado.

-          Sus cabellos siguen siendo lacios y maravillosos. Descienden como cristales encendidos, hasta la cintura.

 

Cuando los médicos del reino anunciaron la lepra de nuestra Señora, e indicaron su internación en el Hospicio de Mercedes, comenzaron los trabajos para la pompa de su entrada.

Ella iría adelante, en silencio. Una cruz al brazo y un rosario en la cintura. Detrás, a su derecha, la doncella del ajuar, con siete vestidos de fiesta y holgura. A su izquierda, un efebo, adornado con flores y ungido con aceites aromáticos.

Detrás, marchará el obispo, y cuatro hileras de monjes salmodiantes.

Detrás, cuarenta niños, con guirnaldas de colores, arrojándolas a cada lado.

Detrás, los veintinueve oficiales, con las armas al frente, destellantes.

Detrás. ochenta y ocho soldados, a paso de guerra, con los uniformes de atavío, con las señas del dragón y los escudos del reino.

Detrás, noventa danzarinas, desnudas en los pechos, portando cestas de incienso, o coloridas luminarias. Delicadas en los gestos, hermosas en los devaneos y sensuales en sus miradas.

Detrás, los príncipes extranjeros, con sus mejores galas.

Detrás, sus esclavos, transportando los regalos, telas, oro, perlas negras y azuladas, piedras rojas y brillantes.

Detrás, setenta magos y adivinos, doctos en la ciencia del curar y en la esperanza.

Detrás, sesenta muertos ilustres, en los cajones de solemnidad, con todos sus enseres y atributos.

Detrás, veintidós camellos con tesoros en la giba.

Detrás, cincuenta músicos, entonando el “Fastos de coronación”.

Detrás, el rey, su padre, con las vendas quitadas a ella en la mañana, como ofrenda para el fuego, en la pira consagrada.

 

Y detrás, el príncipe, su esposo, con agua y algodón, para aliviarla.

 

VI.

 

El espacio entre los cuerpos

abre abismos de tensiones.

Flores que se quiebran como médulas de rocas.

Hay sitios del sentido que parecen deshollados,

porque ella o él  los ocuparon para siempre.

 

Somos abrazos desprendidos o latentes.

 

No hay formas, sino hendiduras.

No hay suelo, sino sitios de las huellas.

No hay llanuras sino sólo precipicios

prolongados por la espera de los pasos.

Cualquier gesto es una emanación

de la tierra vulnerable que te habita.

No hay necesidades, sino encuentros.

No hay distancias, sino intensidades.

No hay eternidad sino sacrificios

del pulso miserable que te empuja.

No hay destinos sino cuerpos

buscándose entre sí a través de las sombras.

No hay agua sino piel.

No hay fuego sino venas.

No hay trazos sino nervios.

Hay rodillas de dolor y brazos de alegría.

Bocas donde el vino se distiende

y manos donde el pecho se resguarda.

 

 

No hay las partes del todo, sino el todo que derrama

CUARTO MANUSCRITO.

 

            Entre las reliquias a cuyo hallazgo se cometieran las más violentas delicadezas, está la voz de un San Castor, profeta menor del siglo III.

            Castoria, entonces Sórmida, su pueblo, era ignorado por los beneficios del reino. Hasta que una doncella confirmara haber oído la voz de San Castor sobre las mesetas de Geram, desgranándose entre los olivos. Entonces, un ejército de cruzados se lanzó al descubrimiento. Más tarde, por la misma época, un pastor la había escuchado descendiendo por el lomo de un camello. Y doce obispos marcharon al desierto a comprobarlo. Un enfermo la sintió por los costado de la herida. Siete sabios lo encerraron para asegurarla. Mas, resultaba inasible, escurridiza, imprevisible, victoriosa.

 

            Era una tromba, un estruendo, un campanario;

            un silencio labrador, un mar tallado.

            Y era el hilo de la huella, el tono de los párpados;

            el viento del temblor, el ruego condenado.

 

            Era un incendio, una erupción, una cascada,

            un vagido, un escozor,

                        y el ruedo del vestido sobre el pasto.

 

            Era un cencerro, y el crujir

de leños cocinando

para el hambre de la noche.

Y eran las manos aferradas al cayado

y los verbos del mecer y el aroma del adobe.

 

Era un aullido, un albur, una ironía,

un destino desarmado, un rayo sobre el roble,

y era el olvido del rencor, y la alegría

de la franca intimidad de los insomnes.

 

Era un tropel, un alud, una estampida,

una nave en la tormenta, la verdad desguarnecida.

Y era el alivio del dolor cansado

y las resistencias de la desmesura.

 

Llegaron los cruzados, los obispos, sabios, peregrinos y piadosos y dudosos caballeros, que llenaron al pueblo de riquezas.

A diario se acumularon, por las calles y los templos, los ex votos, las ofrendas, y todas las celosas donaciones.

 

Allí donde la voz de San Castor se escucha por las noches del invierno,

junto al viento tibio que celebra

los bailes de doncellas, de pastores y de enfermos.

Secuencia de sonidos guturales. Intentos de la expresión. Forcejeo con el organismo.

1)    Descubrimiento de los sonidos voluntarios. Juego amable con las voces y fonemas.

2)    Casi-palabras, sugeridas entre las entonaciones.

3)    Encadenamiento de palabras - raíces por asociación rítmica y sonora.

Umbro – lumbro – lumbre – lombre –nombre –  dobre  - donde – dome – come – brote –frute – fruce – cruze – dulce – pulse, pulse – luzfer – sismo – luz – belúz – maléz -  meleza – mbeleza – mbelezaspir  - sospir – sésper – ásestar – áspiro – diéspora – mósfera – mórcada – mórada – morta – mósica – tanto, tanta, nada ... –SOLEDAD.

 

Estribillo entre  1, 2, 3 y 4: “Dame la palabra”

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