Los límites

Cuento de misterio

LOS LIMITES

 

Los agios no protegían sus ciudades con murallas, ejércitos ni fronteras naturales. Les bastaba con hacer circular historias.

Estas historias amenazaban con terribles suplicios, feroces angustias y violentos arrepentimientos, a todo aquel que se atreviera a cruzar sus demarcaciones.  

Por esta razón, se conoce muy poco, o casi nada de los agios, ya que eran escasos los pueblos o los héroes que se atrevían a ingresar en su poblado. Así, una estela de basalto, del imperio de Sargón II, reza todavía: “No atravesarás el reino de los agios. No hay pueblo más triste, ni corazones más agobiados. No hay cantos más penosos que los que allí se entonan, ni caminos como los suyos de penosos u oprimentes.”

Se recuerda, por ejemplo, la incursión de Marmedón entre los agios, en oportunidad que tuvo que pedir su auxilio.

Llegó a la puerta de la última cantina abierta, y mostró su herida, y la de su caballo. Allí le ofrecieron alcohol, emplastos y unas vendas, pero le aconsejaron que se fuera de inmediato.

Marmedón juró retirarse en cuanto pudiera hacerlo, la herida y los aceites aplicados sobre ella le infirieron tanto dolor que cayó desmayado en el suelo.

Al otro día se encontró en una cama mohína, y lo despertó una muchacha hermosa, dándole a beber un café caliente.

“Ha estado mucho tiempo inconsciente”  - le dijo ella. “Ya lleva tres días con nosotros. Y antes que se cumpla el séptimo, tendrá que irse.”

Marmedón, admirado de la belleza de la joven, multiplicada para él seguramente, por su estado de salud recuperado, le contestó:

 

“Una vez que se ha visto vuestro rostro, ya no hay fuerza para al hombre que se precie de viril,  que pueda apartarlo de él.”

La muchacha calló durante un buen rato, y luego insistió, nerviosa:

“Debe irse. Al séptimo día ya no debe estar aquí. Es el límite.”

Marmedón le respondió con una sonrisa incrédula, casi burlona e inconscientemente seductora.

Cuando la muchacha se retiró, él se incorporó en la cama y miró a su alrededor. Estaba en una suerte de hospital. Otras tantas personas estaban acostadas allí. Algunas dormían, otras temblaban mirando hacia fuera, y otras se abrazaban a sí mismas, ateridas de frío.

Marmedón preguntó al que tenía más cerca, un hombre enjuto, seco y de huesos prominentes, con la mirada vacía enfrentada a la pared:

“¿Cuánto hace que está usted aquí?”

“Ya van con este siete días. No me he podido mover en todo este tiempo.” – le contestó, sin mirarlo.

            “¿Le han dicho a usted también lo de los siete días? ¿qué debía irse?”

“Ah... Sí, sí... Yo soy de aquí. No es posible quedarse más de siete días.”

“Pero... ¿Qué pasa luego?. ¿Los incineran? ¿Los desaparecen? ¿Qué pasa con los enfermos de más tiempo?

“Siete días son el límite de la piedad. Transcurridos esos siete días, nos abandonan a nuestra suerte. Algunos sobreviven y hasta hay quienes se curan y vuelven a su vida anterior.”

“Pero ¿cómo sobreviven si no reciben ayuda?”

“Mientras usted dormía hubo aquí un feroz enfrentamiento. Un leproso, en su décimo día quiso robarle las ropas a una mujer que ya ni se movía. Alguien cercano a ella, en su noveno día, lo retuvo, alegando motivos de pudor. Luego se supo que noche a noche le quitaba parte de su anatomía para comerla, y no quería que nadie le disputara su cena. Fue espantoso. Otro hombre, herido por una bala de cañón, quiso retirarle el cuerpo de la muerta. Forcejearon. Entre los tres se llevó a cabo una golpiza, en la que no hubo quien pudiera considerarse victorioso. Si alguien lo hubiera sido, sería el sobreviviente. Mañana estaré en el lugar de ellos.”

Acabando de decir esto, el hombre calló y volvió a su postura rígida e inmutable.

Al cuarto día, Marmedón ya se sentía mucho mejor. Esperaba levantarse a la mañana siguiente. Durante toda la tarde oyó historias terribles de quienes habían superado la barrera de los siete días.

En esa noche Marmedón vió ingresar, empapada en sudores, víctima de una altísima fiebre, a la mujer que lo hubiera despertado. En homenaje a su belleza, se prometió aguardar los tres días que le restaban, para ver si ella mejoraba.

            Pero no había mejora. La noche del sexto al séptimo día la pasó Marmedón en vela, imaginando el rescate de la muchacha. Evidentemente, tenía una dolencia que no iba a curarse en una semana, así que decidió llevársela antes que la libraran a su suerte transcurrido su plazo de piedad.

Era su mañana del séptimo día, y la muchacha se agravaba. A la fiebre se le habían agregado unas manchas en el rostro y unos temblores espantosos que le recorrían todo el cuerpo.

Marmedón preparó su caballo para él y la muchacha. Apenas disminuidas las luces del atardecer, se acercó a su cama y la levantó dulcemente, colocándola como pudo en el lomo de su montura.

            Antes de trasponer la frontera, se les apareció el hombre enjuto y de huesos prominentes, que había hablado con él en la sala del hospital. Con la misma mirada vacía que fijaba en la pared desde su camastro, le señaló la muchacha a Marmedón.

“Esa mujer nos pertenece. Todavía puede curarse.” – le dijo.

“Ustedes la dejarán morir” – respondió Marmedón, desafiante, espoleando a su caballo.

“Usted no entiende nada” – alzó su brazo raquítico y deforme y unos cinco jinetes salieron detrás de los fugitivos.

            Marmedón consiguió refugiarse en una gruta. La muchacha parecía querer hablarle, advertirle de algo que él desconocía. Movía su cabeza en signo negativo en forma resignadamente desesperada.

Marmedón le dio de comer y beber. Ella comenzó a sentir el frío de la noche y la distancia. Él la cubrió con todas sus mantas y le aseguró que volvería a la mañana siguiente, con medicinas de su pueblo.

“Buscan a una pareja a caballo. Echaré un bulto en las ancas y mañana mismo volveré a curarte. Aquí estarás segura y protegida” – le dijo

Ella respondió con una sonrisa apagada. Ese escape frenético y los golpes que sufrió sobre los huesos del caballo la habían desmejorado visiblemente.

A la mañana siguiente, Marmedón regresó a la gruta, con ungüentos, medicinas y otra montura para llevarse a la muchacha. Pero ella ya no estaba donde la había dejado.

Marmedón nunca supo si ella había muerto, o si tuvo que sufrir la agonía de los días que siguieron al séptimo... O si, como ella tratara de explicarle vanamente, aquellas cosas que él había oído decir a todos en su pueblo, no eran más que historias, sólo historias, para amedrentar a los extraños.

 

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