Ambos

Cuento Capicúa a dos voces - para ser leído en forma alternativa de adelante hacia atrás y de atrás hacia adelante, para encontrarse en el centro.

 

Ambos

de Raúl Alberto Ceruti

(ELLA)

 

Levantarse, a diario, con apenas tiempo de tomar conciencia; beber de pie el café recién quemado y subirse al colectivo que encierre hasta el trabajo. Es curioso que este pueda ser el comienzo de cualquier relato, donde el lector asuma ya su compromiso de reconocimientos. La tranquila introducción, el escenario en blanco, libertad para la trama. Donde se aguarda entonces un desvío, un corte, una irrupción, que la ponga en movimiento.

Anormal es el tener conflicto en ese surco cotidiano.

Descorro el cerrojo de la ventana dejando penetrar un viento tibio. Esto aún no es la soledad.

Las manos como hendiduras en el rostro. Marcas de una voz. Gestos de una tez huidiza.

Sobre la agenda abierta al lado de la pava, leo y escribo. Leo - escribo. Ambas cosas en un verbo. Me ves – te veo, vienes – vengo. Si leyera ahora mismo estas palabras no serían ya las propias.

Leo, entonces, en voz baja y abierta. Pronunciando una otredad que, también, me nombra.

Un gran espacio vacío. Una lejanía entre dos nombres, manos, nervios, gestos o destinos.

(ELLA)

 

Hay allí, por la ventana, unos hombres que levantan un puente sobre la plaza. En medio del cantero. Para los chicos. Puente que no atraviesa ningún obstáculo. Que no sortea un curso de agua ni sobrepasa un promontorio. Un camino, nomás, entre dos puntos.

Un puente crea la ilusión de alcanzar a todos los caminos, ya que es, al fin, la elección y el deseo del camino.

Se puede subir a un puente con la seguridad de no extraviarse. No importa dónde llueva.

Puentes sin  justificación. De un lugar a otro, como los meandros de polvo de ladrillo entre la vereda y los juegos. Sendas para hacer más largo el recorrido. Retener al tiempo, entre sus extremidades.

 

 

 

(ELLA)

 

Antes de llegar a la parada, paso por el medio de la plaza. Me gusta sentir en los zapatos la arena crocante. A esta hora ningún chico está jugando. Sólo están los tres adultos que trabajan, en ese ámbito inverosímil para eso. El menos pensado. Hay como una contaminación de rudeza y de ajenidad, de brutales ejercicios. Espero que ningún chico esté mirando.

(ELLA)

 

La línea 34, siempre lenta. Caras conocidas, de todas las mañanas. Nunca nos saludaremos. Encuentro un hueco entre la señora de las bolsas y el hombre del saco negro. Hago ruido con los zapatos, como si tuviera un secreto bajo los pies. El tiempo corre a través de los vidrios enturbiados. Hasta que me deja en la esquina del depósito.

 

(ELLA)

 

El edificio es viejo, ancho y alto. La Aduana lo compró hacia fines del mil ochocientos. En el área ocupada alguna vez por caballerizas, se acumulan los objetos retenidos por los funcionarios.

Allí todo es por mayor. Mil doscientas cajas de lápices, cuatro mil encendedores, treinta y dos millones de escarbadientes, cuarenta y cinco cajas de veinte mil pisapapeles. Amontonados, esperando su remate, o su lenta descomposición. Mercadería que tiene a veces sólo el valor de haber sido robada o contrabandeada. Una exhibición a puertas cerradas. Para el goce de la acumulación.

(ELLA)

 

Esta tarde me toca ir al galón oeste. Sustraídos de contrabando. Me acompaña el cadete, Jorge, para recibir y realizar el conteo de la entrega.

Raro, es un cargamento de algas comestibles. Azules y estiradas, flácidas y frescas. Tienen un aspecto suave y triste. ¿Quién, para quién podrían contrabandearse tantas algas?.

Lánguidas, sensuales, sinuosas y prensiles. Como raíces sueltas. Que no tienen sostén fuera del agua. Fibras arrancadas a paredes firmes. Vértebras gráciles, que se abandonan en el barro. Debiéramos tener huesos de algas, que apenas pudieran levantarse. Toda insolidez y derramamiento. Necesidad del abrazo para andar erguido.

Esto aún no es la desnudez.

Ahora empieza a llover.

(ELLA)

 

Vuelvo de la oficina por el camino largo. Llevo aún el erótico aroma de las algas. La calle reblandece. El aire es denso y comestible. Atraviesa las narices, pero se adhiere también al cuerpo. Ya hay charcos notables por las veredas anegadas. Y los que corren como si su fin se hallara cerca. El cielo gris, apelmazado, como un gato enfermo. Breves relámpagos que descubren lejanías, aberturas en la gruta de las nubes. Doy vuelta por Aguirre y tomo los pasajes de Montiel, Passeron y Manucci. Pasadizos de ciudad, con glorietas y balcones. Ahora hay un áspero aroma de aceitunas, donde debiera oler a azahares. Los pocos refugios del barro se desbordan. El taco en el charco.

El agua en la cara, cuando llega a la boca, tiene un gusto salado.

Esto no es todavía la intemperie.

 

(ELLA)

 

En la oficina hay un ambiente de refugio, de retirada. Daniel empieza a lavar los pisos, para llegar temprano a su casa. Me sienten llegar como a una aparición, como a un animal de la lluvia. Me siento sola, mirando el escritorio, la foto de mis sobrinos, la computadora.

Se corta la luz. Ahora nos miramos.

 

(ELLA)

 

Me voy, a las 17:00, como todos los días. Ha parado de llover y el aire se respira más liviano y generoso. Dan ganas de comer el aire. Harina húmeda en barro cocido. ¿Albahaca?. Un poco, y otro poco de jengibre. Guardo en el bolsillo el arito de perlas. Masajeo la oreja, en agradecimiento. Llama la atención, sobre la acera, un coral roto. Rojo, como alarido despeñado. Hueco y tortuoso, brillante. Un grito sin carne. Estos capullos de frágil contextura, sostienen islotes habitables. ¿Beso endurecido?. No me ví al espejo. Debo tener los labios mal pintados. Pruebo con un papel, me lo levo a la boca, lo aplasto con los labios y lo observo. Son vetas irregulares, como esporas apuntando hacia la superficie. Por un oxígeno extraño. Recojo el coral.

Esto no es todavía el desamparo.

(ELLA)

 

Doblando, en la esquina, ví que alguien alzaba el papel con el que me probara el rouge. ¿Para qué?. Utilidades de la magia negra. Fetichismo. ¿Por qué?. Hipótesis policiales por todas partes. EL gran mito de esta época es el drama policial. El esquemático entuerto crimen – acción – captura. Hasta las historias de amor aparecen teñidas de detectivismo. No hay otro sentido que la recuperación del orden. Pero el orden no tiene sentido.

En acciones como esa se pueden abrir secretos. ¿No acabo de hacer yo misma un gesto similar?. ¿Quién arrojó el pedazo de coral a la calle?. ¿En medio de qué rotura intervinieron mi curiosidad y mi coquetería?. El hombre asiendo del piso ese papel, de todos modos me perturba. Pero, en una ansiosa preocupación. En una intriga deseosa.

 

(ELLA)

 

Desde el baño se ve un cúmulo de estrellas, silenciosas, como el grillo. Abro el ventilete, para hacer entrar un poco su murmullo. Entonces aparece también el cuerpo de ese hombre, con viril delicadez, levantando el rostro. Las cejas pesadas y los labios finos. Ojos para desnudar. Como el mar que se abandona, esto ya era soledad, desnudez, intemperie y desamparo.

 

(ELLA Y EL )

 

Entonces (vaguedad, se dice “entonces” por “no se cuándo”), una de las estrellas del grupo que observaba, oscureció. Y tenía un nombre y una imagen y un gesto… Que yo necesitaba repetirse.

(EL Y ELLA)

 

Entonces (vaguedad, se dice “entonces” por “no se cuándo”), una de las estrellas del grupo que observaba, oscureció. Y tenía un nombre y una imagen y un gesto… Que yo necesitaba repetirse.

 

(EL)

 

Tendido en la cama, con las luces apagadas y la ventana abierta, fijo la mirada sobre un grupo de estrellas. Estoy inmóvil y extasiado, la imagen retenida me permite recorrerla con demora. Avanzo por sus piernas hasta el pecho, y luego por los brazos hasta la cabeza. Como el mar que se abandona, esto ya era soledad, desnudez, intemperie y desamparo.

 

(EL)

 

Suena la hora octava de la jornada laboral. Termina la parte enajenada del día. Dejamos la coreografía de genuflexiones alrededor de una impresora, las referencias artificiales a los formularios, las resoluciones y las circulares. El conocimiento puntual de inservibles. Los saludos de rigor y la efectiva promesa de volver al día siguiente.

Una voz de mujer canta, pero en ráfagas del viento que la trae. Esa voz no viene de ningún lado. Verbo del aire. Las voces como cuerpos. Desollada en el murmullo que queda de a lluvia sucedida. Otra mujer, enfrente, levanta un trozo de coral del piso. Sin mover las piernas, como lo haría una sirena. Esa imagen se extiende por mi memoria, largamente. El gesto prolongado, con ecos de distancia. La estela lánguida, depositaria en mí de sus improntas.

Esto aún no es el desamparo.

No sé cuándo dejó de estar ahí. Cuando llegué, pude recoger un papelito con la marca de sus labios.

 

(EL)

 

Al llegar, me informan que el archivo del segundo subsuelo se inundó. Que hay que rescatar las cosas que pudieran sobrevivirse. ¿Hay alguien en el piso que sepa qué hay en el segundo subsuelo?.

Bajamos con Daniel, el ordenanza. Con una linterna, por las dudas. El ascensor llega hasta el primer subsuelo. Después hay que bajar un piso más por la escalera. Debajo del final. Una profusión de bultos y de sombras, cajas y envoltorios, y los treinta centímetros que el agua se tomó desde la calle. Comenzamos por lo urgente. Las cajas con perecederos. Así, rescatamos de la humedad unas cuantas carpetas rojas, hojas de color, tintas, almohadillas y tarjetas. No podemos detenernos a observar cada cosa. Sorprende ver, en el fondo, unos cuadros gastados, reproducciones de acuarelas con marítimas.

 

 

(EL)

 

Llueve desde hace un rato. La ciudad se distiende, relajada. Para asombro y rumor de mis compañeros, salgo a la calle. Sin paraguas. Abajo,  una docena de gentes, resguardada en el techito de la repartición. Los comentarios habituales. La charla que nada inquiere, demanda o necesita.

Los autos apaciguan sus modales. Enfrente parece un lugar ignoto, inexplorado. Cruzo la calle. El agua cae ya desmesurada. Largos cabellos, trenzados y dichosos, dejándose caer extensamente. Se te empapa la camisa, devolviéndote una voz de adolescencia. Es la garganta la que se desnuda, y el pecho parece más generoso. La idea es dar una vuelta por la cortada y volver después, entrando y saliendo de la boca del subte. El muro no se ve. Los carteles rojos y amarillos ni siquiera burbujean en las gotas. Ni el rugiente aviso de “Calle sin salida” se hace notar entre la lluvia. Pero termina la calle, y sigue otra. Luego otra, y otro, y otra más allá... Reviso los pasos y consulto los letreros. No, tránsito equivocado. No debí tomar por acá. Ahora está lloviendo realmente fuerte. Allá adelante parece haberse roto un desagüe. Vuelvo. Mojado y perdido, a pocas cuadras del trabajo.

Esto no es todavía la intemperie.

 

(EL)

 

Abstraerse, después, en el almuerzo, mirando todo en derredor con un gesto de abandono. Sentirse desprendido del tiempo subyacente, y a la vez, fustigado por sus insistencias. Soy de un ateísmo voluntario, ya que no me conforman los consuelos ni me alegran los castigos. ¡Tanta lejanía hay entre los rostros!. Este muchacho, que mira a la mina del jefe, ¿de dónde viene?, dónde nacieron sus abuelos?, ¿qué barco los trajo a Buenos Aires?. Sin el anverso y reverso de un sinnúmero de casualidades, no nos habríamos visto. Como este atún y este arroz y este pan sobre el plato. Reunidos el mar, el pantano y la llanura, que nunca se han visto. Provocando gastronómicamente un encuentro imposible. Y esos pedazos de tiempo, que somos, avanzando más o menos desfallecientes entre otras demoradas convecciones de negada permanencia, ¿qué delgada dignidad defienden?. ¿Dónde está, despierta, mi voz, que me haga saber de un tránsito tangible por el mundo?. El agua en el río, ¿se sabe arte de él?. Aquí, somos el lodo detenido en medio de su cauce, sin otra novedad que la continua podredumbre.

Esto aún no es la desnudez.

Un gesto, sin embargo: Jorge me señala el pan sobre la mesa. Me llama la atención su mano venosa, alargada. Si fuera uno todo venas, arteras, nervios, lazos, partes que se atan, anudándonos y desanudándonos, acaso fuera más sincera la cosa. Pero cuesta tanto contactar. Preferimos conversar para eludirnos.

 

(EL)

 

Practico la disección de mi escritorio. Las carpetas pendientes, los datos sin tomar, las hojas sueltas, la caja de clips, la computadora. Llevar la cuenta del Departamento de Deshechos, es la definición del tiempo malgastado. Todo lo que sobra para aquí. Se lo clasifica, cataloga y destina. Pocos en el Estado conocen de la existencia de esta oficina. Y los negocios que se mueven detrás de los desperdicios. Hojas, cartones, latas, cintas, carros de tinta, cartuchos, biromes.. Todo es posible mercancía. Excepto esos residuos inhábiles, perecederos, como el musgo en las paredes, o los hongos en el cielo raso. O las voces. Esas voces qe como ráfagas, de vez en cuando rozan mis oídos, sin que sepa desde dónde vienen pronunciadas. Voces femeninas, de mujeres en el agua.

 

(EL)

 

Un aire nocturno tienen los caracoles hallados. Como el cansancio de una vieja ansiedad, en una pieza. Cáscaras de mar.

En el vagón lo voy rozando, cada tanto, con los dedos. Para asegurarme de que no se rompa, que vaya segura conmigo su fragilidad.

Me abandono al desfile de los mercaderes. “Fresco, fino y exquisito”, si se come; “práctico, útil y necesario” si se usa. Hasta que llega, indolente, la Terminal.

 

(EL)

 

Llego a la estación a las seis y cinco. Así que tengo veinticinco minutos para buscar entre las vías y los andenes. Hace unos meses, por ejemplo, encontré un caracol. Minúsculo, pero íntegro. Pensé: Algún turista que lo trae de la costa... Pero días más tarde encontré otro similar, un poco más grande. Como hace tiempo que no veo el mar, me lo llevé. Continuaron apareciendo, y aprendí a recordar las regularidades de los hallazgos. Días miércoles y andén cuatro. Con el tiempo, dejé de recogerlos. Pero aún siguen apareciendo. Siempre uno, solo, intacto. Con un poco de arena dentro. Una arena caliente y pegajosa. Resabio del tiempo. Hoy lo levanto y me lo meto en el bolsillo.

(EL)

 

No conocerás de milagros de ocho a cinco de la tarde. Ni siquiera sabré si alguien me está esperando afuera. No te veré, sino hasta pasadas las ocho de la noche. Puentes temporales. Túneles de invierno. Largas evitaciones, repetidas y prolongadas. Celebradas con el magro sueldo, cada treinta días.

 

(EL)

 

La taza de café entre las manos. Miro por la ventana abierta. Afuera, los primeros síntomas de la ciudad se apoderan de la madrugada. Esto aún no es la soledad. Miro el reloj (me aguarda el tren de las 6:30), y todavía hay tiempo de pensar un poco. Con la parsimonia de estas cucharadas. El trabajo es confianza en la regularidad. Luego, pensar es asirse de otras, múltiples, posibilidades. El ocio como sitio de las aberturas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Ambos

de Raúl Alberto Ceruti

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