Monarquía o república

  • 04/06/2014
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¿Por qué la derecha española tiene a la república ese miedo irracional?

Hablar de república en España, especialmente en ambientes políticos próximos a la derecha sociológica, es como mentar a la bicha o la soga en casa del ahorcado.

Diríase que la derecha española ha  terminado por dejarse convencer de lo que para la izquierda es auténtica doctrina: La República es de Izquierdas.

La Segunda República española nació con certificado de propiedad de aquellas izquierdas pro soviéticas y jamás aceptaron las victorias electorales de la derecha. Es verdad que el PSOE y hasta el PC,  durante la transición cambiaron de táctica, entendiendo que la única posibilidad de tocar poder era bajar del monte marxista. El PSOE lo proclamó y el PC se sumó a aquella extraña tercera vía del “eurocomunismo” utilizada en otros países europeos para tener la opción de participar en las reglas del juego democrático. La alternativa era desaparecer.

No obstante, ni el PSOE, ni el PC (hoy IU) ni mucho menos todos los movimientos a la izquierda de ambas formaciones políticas, especialmente algunas que con  tanto ímpetu han irrumpido en la escena política, como PODEMOS, han abandonado esa creencia de que la república no puede ser otra cosa que el “reino” de las izquierdas, lo que significa que, en el fondo, para algunos incluso en la piel, no han abandonado el sueño de una República Popular Española de corte soviético, o cubano o venezolano.

Dejando esto al margen, aunque no conviene perderlo de vista en ningún momento, el caso es que, nos guste o no, sólo hay dos formas democráticas en las que pueden organizar su Estado las sociedades modernas, civilizadas en el más estricto significado de la palabra, es decir, enraizadas en la sociedad civil: República o Monarquía Constitucional.

Ya es sintomático que la primera no necesite apellido; cuando lo lleva, automáticamente se convierte en república popular (ese sueño de IU y Podemos), en cambio para la segunda se hace imprescindible si no queremos confundirla con un régimen igualmente totalitario aunque de signo contrario.

Ninguna de las dos es perfecta, pero ambas pueden ser válidas para garantizar la convivencia en paz de una sociedad, si cumplen un único requisito elemental: la legitimación de los ciudadanos que, mediante las urnas libres y democráticas, asumen una u otra fórmula para erigirla en su máxima representación como Estado libre e independiente.

Se dice de las monarquías que dan estabilidad, equilibrio y transversalidad a causa de su no militancia política. Pero también que su carácter hereditario enfrenta dos riesgos: la permanente incógnita sobre la capacidad del heredero o heredera de turno y que le resta marchamo democrático, ya que pasados los años, las nuevas generaciones pueden cambiar de opinión respecto a sus ancestros y desear cambios que no facilita su carácter permanente, abocando a soluciones con frecuencia traumáticas.

Se dice de las repúblicas que son más democráticas por su obligación de revalidar su aceptación popular periódicamente, por facilitar el recambio del titular de la presidencia. Pero se dice también que corren el riesgo evidente de caer en el sectarismo partidocrático debido a la posible y probable militancia política de su máximo representante.

Cuando una sociedad políticamente instruida tiene la oportunidad de elegir libremente una u otra de estas opciones, la mayoría democrática resuelve el dilema y todos sus ciudadanos se atienen voluntaria y libremente a sus consecuencias.

No parece, hasta ahora, que ni una ni otra de ambas fórmulas, adoptadas libremente y fundamentadas en los pilares básicos de la democracia,  represente algo tenebroso ni nada que deba de producir espanto. ¿A qué entonces ese miedo irracional a la república en un sector de la sociedad española?

Ya lo he apuntado más arriba. No hay que profundizar mucho para conocer el origen de ese temor: las dos experiencias anteriores fueron, sin ninguna duda, dos fracasos estrepitosos de doloroso recuerdo, especialmente la Segunda que condujo a España a un enfrentamiento fratricida, cuyas heridas siguen abiertas, debido a la sovietización de la izquierda.

Pero una mirada serena a la España de hoy, a sus circunstancias internas y especialmente al marco internacional en el que se encuentra inmersa e integrada (UE, OTAN, ONU, etc.) abren un abismo de positividad en relación con las circunstancias de los años 30 que, afortunadamente, hace absolutamente irrepetibles las consecuencias sobrevenidas entonces.

Sólo una cuestión inquieta al que esto escribe: por razones muy diferentes, en ocasiones diametralmente opuestas, el ciudadano medio en España ha recibido intencionadamente una escasísima formación política y democrática, cuando no un estudiado adoctrinamiento en uno u otro sentido apetecido por las dos facciones políticas que nos gobiernan desde la Transición. Este déficit introduce un factor de devaluación en la calidad del voto de determinados  y amplios sectores de la sociedad.

Antes de la transición, tras 40 años de régimen autoritario, el vacío intelectual sobre cuestiones políticas era prácticamente total en la sociedad española de los años 70. Sólo una reducida franja social estaba suficientemente formada en contenidos políticos y fundamentos formales de la democracia representativa a la que, en apariencia, se nos pretendía conducir.

Se recuperó la actividad política y social sin margen para asimilar el cambio radical de la dictadura a la democracia y con una sociedad en la que latía oculta una acusada fragmentación en los dos clásicos bandos de tan triste recuerdo: derechas e izquierdas.

Por si fuera poco, entran nuevamente en escena los movimientos nacionalistas, a mi juicio completamente artificiales, pero de una virulencia e importancia territorial que no pueden ser ignorados.

Así las cosas, se nos presenta a referéndum una Constitución en su conjunto aceptable, dadas las circunstancias, pero que encerraba algunas cuestiones de suma importancia que hubieran merecido una consulta puntual, como la Monarquía y el Estado de las Autonomías, y algunas cargas de profundidad imposibles de detectar por una sociedad iletrada, que en un altísimo porcentaje no la leyó o no la entendió, pero que, adecuadamente interpretada por las clases dirigentes, fue configurando un entramado de dos potentes partidos que de manera sistemática se reparten el poder y, lo que es peor, los Poderes del Estado, sometiendo a su soberana voluntad la independencia de los mismos. En definitiva, un Estado de Partidos, sin representación directa de los ciudadanos, con más tintes de dictadura travestida de democracia que de democracia real. Caldo de cultivo ideal para el florecimiento de todo tipo de corrupciones. Algo que jamás hubiera deseado la sociedad esquilmada, empobrecida, engañada, que hoy derrama su voto, con pulso inseguro y receloso, entre una pléyade de partidos viejos unos, carcomidos por la corrupción, nuevos y desconocidos otros, con siglas de nuevo cuño y significados totalmente enigmáticos, populistas, o empapados de verdaderas intenciones de cambio, pero que no son capaces de despertar suficiente entusiasmo.

Y, a todo esto, ¿dónde ha estado todos estos años la Monarquía Constitucional, el árbitro imparcial, el tutor de la pureza democrática, el valedor de todos los españoles, de sus derechos y sus deberes; el garante de la unidad nacional? ¿Dónde estaba  mientras se dividía España en 19 reinos de taifas preñados de nepotismo y de corrupción que nos han llevado a la quiebra total del Estado? ¿Dónde mientras se negociaba con miserables asesinos y se les prometía lo que ningún  gobierno estaba legitimado para ofrecer: pactos humillantes,  rendición de la sociedad ante unos miserables terroristas, contubernios como la resolución de los procesos del 11M o “El Faisán”? ¿Dónde cuando, como fruto de esas negociaciones humillantes, se liberaba a la mafia etarra acompañada de la peor escoria que justamente se pudría en nuestras cárceles? ¿Dónde, cuando salen a la luz casos de corrupción que nos humillan ante el mundo, incluidos algunos de su propia familia? ¿Dónde, cuando el separatismo catalán y vasco ponen a España al borde de la fractura total sin que el Gobierno de España emprenda acciones enérgicas conducentes a restablecer la legalidad constitucional y el cumplimiento de las leyes?  ¿Dónde, Majestad?

¿Sería su Católica Majestad capaz de hincarse de hinojos en “Santa Gadea” y jurar ante todos los españoles que no tuvo nada que ver en el vergonzoso espectáculo del 23F?

Terribles preguntas a la que pocas veces hemos recibido respuesta cuando la hemos necesitado y, cuando la hemos tenido, ha sido para llenarnos de estupor, de incredulidad o de sensación de vergüenza y oprobio. Pocas satisfacciones, por más que los voceros del Reino se empeñen en vendernos grandes hazañas del “Superman” coronado, y algunos gravísimos disgustos que han podido ser suavizados con menos fortuna de al que hubieran deseado sus maquilladores o que, totalmente delatado por la evidencia, le han obligado, ya muy tarde, a pedir disculpas a los españoles.

Bienvenidas sean, pero no nos han librado de tantos males a los que nos han abocado los que medraban mientras Su Majestad holgaba, cazaba, esquiaba, navegaba o contaba sus pingües riquezas en su real nube desde la que, al parecer, no se ven las penurias de  España ni se oyen los lamentos de los españoles.

Por eso, ahora que el Rey de España decide abdicar, antes de entregar de nuevo la Corona a una nueva testa surgida de la transmisión genética sin intervención de la voluntad popular, me parece perfectamente legítimo que una  sociedad tan vapuleada y tan mal defendida quiera pedir al sucesor que se someta a la legitimación de las urnas. Ya sé que eso no es lo previsto en la legalidad vigente. Nadie con la ley en la mano puede exigirlo. Pero dadas las circunstancias y los antecedentes, el sucesor está en su derecho de dar un valiente paso al frente y pedirlo voluntariamente.

Por eso, yo me atrevo a pedir al futuro Rey de España, Don Felipe VI lo siguiente: Señor, le pido que, de acuerdo con su juventud y su formación democrática, acepte el reto de someterse al veredicto de los españoles en un referéndum, en la confianza de que, si usted lo pide voluntariamente, lo ganará y acallará voces que, más allá de la legítima opción republicana, buscan opciones totalitarias que todavía hoy son minoría. España necesita un Rey valiente refrendado por las urnas o una República Constitucional para que nadie aspire a torticeros caminos que conducen a la desintegración de España.

Los tiempos han cambiado de forma radical. Ya no caben miedos irracionales ante la posibilidad de una República Constitucional. La República no es de izquierdas ni de derechas. España es una sociedad madura, responsable, encastrada en instituciones  supranacionales que hacen completamente inviable cualquier intento de subvertir su voluntad; una sociedad capaz de dirigir su destino sin tutelas de partidos sospechosos de legitimidad democrática porque han sido ellos los que han destruido las bases y los pilares de la verdadera democracia: La separación de Poderes. Han convertido los partidos políticos en instituciones del Estado en lugar de serlo de la sociedad civil, han pervertido la democracia. Tienen miedo, y con razón, a todo lo que suponga la posibilidad de perder el control del bipartidismo y del manejo desde SU Poder Judicial de los muchos y turbios asuntos que les quitan el sueño.

Por eso, Si el nuevo Rey Don Felipe VI no tiene la valentía de dar ese paso para obtener la plenitud democrática de la Corona de España,  todos los nuevos partidos (los viejos no lo harán jamás porque están cargados de hipotecas antidemocráticas), especialmente los de carácter conservador o de derechas, deberían de incluir en sus programas electorales para las próximas generales la promesa de plantear, mediando los pasos legales previstos en la Constitución, al menos dos consultas nacionales que permitan la apertura de un proceso de cambios constitucionales:

Referéndum para la continuidad o abolición de las Autonomías, verdadero cáncer económico y social de España, fuente de desigualdades, nepotismo, corrupción y separatismos intolerables, y

Referéndum para decidir la continuación de la Monarquía Constitucional o su sustitución por una República del mismo carácter que termine, de una vez por todas, con la división de España y el empoderamiento del Estado por dos partidos que tienen a la sociedad civil  atenazada, amordazada y utilizada para sus fines inconfesables.

La disyuntiva temible no es Monarquía o República; la disyuntiva a la que hay que temer es: DICTADURA (aunque sea de partidos) o DEMOCRACIA

Por España. ¡VIVA ESPAÑA!

 

Lucio Curiel

03 de Junio de 2014

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3 comentarios

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Félix Rodiño Vallugera10 d junio d 2014 a las 17:15 (UTC)
Apreciado Sr.Curiel:
Le felicito por su artículo, claro,bien documentado y, a mi parecer, MUY SENSATO y con el que me identifico totalmente. Soy republicano, miembro (traicionado por la cúpula) del PSP, viví activamente la muerte del dictador, el proceso de Burgos, el garrote a Puig Antich ... y todo ello en la Universidad de Barcelona. Le aseguro que no era fácil si estabas metido en política. Pero voté positivamente la actual Constitución (como acto realista), por lo que es mi deber respetarla mientras no se cambie. Sólo dos pequeños "pero" a su reflexión:
1 - Los populismos son un caldo fácil de cocinar en una sociedad PROFUNDAMENTE INCULTA como la española. Demasiada gente en nuestra PATRIA cree que la democracia es el ejercicio de sus derechos EXCLUSIVAMENTE. Por eso propuestas disparatadas en el mundo REAL, como las de PODEMOS e IU ganan votantes.
2 - Por el mismo motivo estoy de acuerdo que un referendum sobre la monarquía, auspiciado por el propio heredero, sería acogido (creo) de buena gana por el pueblo ... con lo cual ganaría una legitimidad que, en efecto, no posee. En tal caso (y a pesar de mi voto republicano) le aseguro que sería un fiel cumplidor de la legislación vigente en tal caso.
Pero creo que ese debate es puro HUMO. Ahora hay que distraer al pueblo, que no piense, que no actúe, que no se informe ... como siempre. Harán una ceremonia muy emotiva, lo propagarán hasta la saciedad y LLEGARA EL MUNDIAL: Se acabó el problema, se lo garantizo. Repito lo que llevo diciendo 60 años: Menos ´Marca´ y más Quevedo.
Saludos y mi promesa de seguir leyendo sus interesantísimos artículos. Por cierto: ¡VIVA España! ... pero más culta, por favor.
Lucio Curiel limactp@gmail.com4 d junio d 2014 a las 19:35 (UTC)
Gracias por tu comentario, Santiago. Pero sigo pensando que no hay que establecer el dilema monarquía-republica. Cualquiera de las dos es vaLida si cumple con los requisitos democraticos y sirve a España. Si el Rey sirve a España VIVA EL REY. Si no lo hace, no me sirve. Ahi estamos
Santi Hernández santiainsa@hotmail.com4 d junio d 2014 a las 16:53 (UTC)
Estimado amigo: en tu exposición está la respuesta a tu pregunta. Porque republicanos "puros" que admitirían un legítimo gobierno de derechas, no serían sino tratados a puntapies en un régimen que, como bien apuntas, sería una República "popular". En España lleva siempre asociada la república el maldito apellido, y basta para ello ver quienes son, en nuestra España, sus defensores. Tienes TODA la razón en tus amargas quejas sobre el lamentable comportamiento del monarca, y ahí está la valoración que de la institución, a la postre, tienen los ciudadanos. Asumo por tanto que lo racional es una República, puesto que no es grata a la razón la idea de hacer hereditaria, ni más ni menos la Jefatura del Estado, pero entiendo que en España es necesaria: como símbolo de Unidad, y para evitar que el Jefe Del Estado tenga carnet de partido político. Toca pues, condenar, si corresponde, los indebidos comportamientos del Rey, pero, para mí, en nuestra España, la monarquia constitucional es la menos mala de las fórmulas. Esperemos que Felipe VI sea más ejemplar y más combativo en la defensa de los españoles y de la Unidad de nuestra patria.
Un fuerte abrazo, y, también, ¡VIVA ESPAÑA!

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