Ni con el pétalo de una rosa.

Capítulo II de un libro en preparación, que saldrá tan pronto sea posible. (cuando la crisis me deje)

Verano de 1.958

Capítulo II

―Atención señores viajeros: Tren expreso con destino Gijón, que efectuará su entrada por vía primera andén primero, tiene un retraso de quince minutos.

Isabel, acercó  las maletas todo lo que pudo al borde del andén, mientras miraba impaciente a su izquierda. Ni rastro del tren.

―Siéntate aquí corazón― le dijo a su hijo que se estaba quedando dormido.

El niño se sentó sobre una de las maletas y se apoyó en su madre, de pié detrás de él. Ambos daban la espalda a lo que en unos pocos minutos quedaría atrás.

Apoyó las manos en los hombros del niño y lo acarició. El reclinó la cabeza sobre su muslo, y se durmió. Aquella mañana habían madrugado mucho. En realidad, ella apenas había dormido preparando el equipaje. Llevaba semanas esperando aquella oportunidad  y por fin ayer viernes, se habían dado todas las circunstancias favorables que necesitaba. Su marido estaría, o eso le dijo, en una convención de Telefunken en La Coruña, y no vendría hasta el lunes.

Cuando después de colgar, constató que efectivamente esa noche no dormiría en casa, sintió el impulso inmediato, de recoger sus cosas y salir de allí lo antes posible. Desnudó al niño, lo subió a la pileta de la cocina y empezó a bañarlo, enjabonándolo bien primero y echándole con un cazo  agua templada,  de la cabeza a los pies. Hizo que su hijo se acostara bastante antes de lo normal, pero no consiguió que se durmiera hasta bien pasada la medianoche.

―¿Donde vamos mamá?

―A casa de la abuela.

―¿Y papá no viene?

―No, está muy ocupado con lo de Telefunken. Duérmete cariño, que mañana no habrá quien te levante.

―¿Vamos a ver al primo Toni? ¿Le dices que me deje dar una vuelta en bici? Todavía no sé, pero aprendo. Brrrrrmm.sshhhhhhhh..iiiiiiihhh

―Dijo moviendo un invisible manillar y frenando en seco.

―Si, pero primero a Villaviciosa con la tía Inés y la abuela. Después a Sama con los tíos y primos.

―Vale, pero coge la espada, no te la vayas al olvidar. También los cromos de Di Stefano, y los tebeos.

Isabel pensó que irremediablemente muchas cosas deberían quedarse allí. Pero no se lo dijo.

Mientras Isabel y su hijo continuaban al borde del andén casi desierto, sintió el taconeo marcial de unos pasos  que se dirigían hacia ella. Instintivamente se volvió y de inmediato sintió como el nudo en el estómago se le desplazaba a la garganta.

El niño se despertó, apretando fuerte su florete de hojalata.

―Buenos días señora. Documentación por favor.

Isabel, a pesar de ser ordenada y cuidadosa, buscó precipitadamente su carnet de identidad. Cuando por fin lo encontró, extendió un brazo tembloroso y empezó a sollozar.

―Tranquilícese. Es sólo una comprobación rutinaria―Dijo el cabo, mientras el otro guardia civil, permanecía una par de pasos detrás, con el fusil colgado al hombro.

Isabel recordó cuantas veces aquel mismo hombre había ido a comprar a su tienda, o a recoger las medias de punto que su mujer dejaba para arreglar. También la radio que le habían vendido hacía poco más de un año. Sin embargo, en aquellos momentos,  parecía no recordar nada. Miró la foto del carnet, le dio la vuelta y mientras se lo devolvía dijo:

―No debería irse.

―Voy a ver a mi madre y mis hermanos―Repuso Isabel mientras se secaba las lagrimas con la mano.

―Viven en Asturias ¿verdad? Pues no debería estar tan triste si solo fuera a ver a su familia. Insisto: piénselo bien y no se vaya.

―Mire agente. tengo que irme de aquí como sea. Estoy viviendo una situación insostenible y ya no aguanto más―

Mientras decía esto, el niño se agarraba a su falda con una mano, mientras con la otra sujetaba firmemente su inseparable  espada. Estaba a punto de tomarle el relevo a su madre y empezar a llorar también.

―Conozco a su marido. Los conozco a los dos y creo que va hacer usted algo, de lo que quizá se arrepienta más adelante. No debería abandonar el hogar y menos llevarse al niño a escondidas y sin previo aviso.

―No sé si es legal o no. No sé ni me importa, si la Ley permite que me vaya o si encima estoy cometiendo un delito, pero creo que es de justicia, que ustedes  nos  dejen tomar ese tren.

―Pero… Antes de que el cabo pudiera decir nada más, Isabel apretó la cabeza de su hijo contra su falda; se desabrochó las blusa y les mostró los terribles moratones que tenía en los pechos.

―¡Esto es lo que me llevo del hogar, señor guardia! El cabo, perplejo ante lo que estaba viendo, solo acertó a decir:

―Buen  viaje señora. ¡Que tengan  mucha suerte!.

 

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