Trazas

Relato circular. (Puede leerse desde cualquier fragmento y hacia cualquier dirección.)

TRAZAS

(Relato Circular)

Raúl Ceruti

El silencio no sucede.

El silencio ha sucedido.

El silencio es la víspera, la latencia.

La huella que disipa el camino transitado.

 

La penumbra o la antepuerta.

 

El silencio no es presente

Es lo presentido.

Es el signo anterior a su significado.

 

Todos llevaban linternas en sus manos, para abrirse camino en la madrugada.

Stefan Koldon, bajito y encorvado, hilvanaba palabras ya que todos marchaban sin producir sonido. El suyo era un murmullo inagotable, inflexiones del viento entre los dientes y la lengua. Un sonido tan lejano e imperceptible que se hacía transparente con todos sus sentidos.

La marcha imponía el ritmo de la letanía. Pero su pensamiento y sus palabras podían derivarse a cualquier parte, tiempo o concepto, ya que al avanzar en la fila de soldados se había vuelto mecánico, despreocupado e indolente. A nadie, más allá de aquellos dos o tres que iban por delante, parecía importarles demasiado su destino.

Bruno, que iba atrás, lo veía sembrar palabras que sonaban antiguas en medio de esa agobiante actualidad de la inminencia. Le dijo:

“Algo abierto. Por allá” y señaló la espesura inextinguible. Ambos detuvieron el paso, sin acuerdo ni motivo previo. Observando sencillamente cómo el resto de sus compañeros se perdía en la oscuridad de todas las monotonías y cansancios, apagaron sus linternas, dirigiéndose a un punto de luz difusa y temblorosa.

No cruzaron mirada entre ellos, y quedaron inmóviles por un segundo: Habían escuchado de consuno un silencio que provenía del bosque.

Se separaron del resto de la tropa.

Sabían que los silencios llevaban mucho trabajo: Siglos de paciencia alrededor de un brote o de un camino. Una marca en la corteza de los árboles, una imperceptible torsión de las hojas… Una capa tras otra, para protegerlos y abrirlos, para honrarlos y contenerlos.

Doblaron sus capas, sostuvieron sus espadas, y se metieron al bosque con el máximo sigilo. A medida que se adentraban, la hojarasca que pisaban con sus botas crujían cada vez más lejos.

Lejos, los gritos de los soldados, las risas incrédulas y los cantos lentos y fogosos.

Bruno Rústinov era joven. Había partido junto con su destacamento de la ciudad de Hóspites hacía ya veinticuatro jornadas. No sabían dónde, o más bien cuándo, iban a cruzarse al enemigo, del que no atisbaban rastro. A él le tocaba marchar junto a los últimos, por lo que era el eco de los ecos de los pasos, bártulos y forjas que lo precedían y que acompañaba. Allí, entre los rezagados, se sentía como una repetición, una añadidura, una redundancia.

Bruno retrasaba su camino sin seguir el ritmo cansado pero atento de los otros. Cada paso de la soldadesca era retenido en sus piernas, que sólo se movían un poco después, imperceptiblemente, pero siempre después. Hacía comenzar su movimiento dejando pasar un miserable instante desde el comienzo de los otros. Así se aseguraba cierta reserva, cierta soledad, cierto apartamiento.

Era de noche, y en poco tiempo se detendrían para intentar comer algo y descansar.

Detenía su mirada en el interior del bosque, donde ramas y raíces se perdían sin moverse. Su lentitud desacompasada le permitía atisbar sucesos propios del recuerdo, mezclados con los de la premonición. Así pudo vislumbrar entre las ramas, a un costado de la capilla del bosque, el lento movimiento de la hoja de la ventana de Isana abriéndose hacia él.

Isana, envuelta y abrigada en los vapores de su cocina, agregaba sabores a la olla. Tomillo, pimienta, salvia, laurel. Los vapores defendían su pequeña cabaña del frío. Un frío metálico que por las noches tomaba formas puntiagudas.

Isana se mareaba entre las volutas de color, sabor y hervor que aspiraba entre dichosa y cansada. La bruma interior tejía telas intangibles, calores inmanentes, lugares que la recorrían y la penetraban. Cebollas, ajíes, tomates, papas, algo de hierbas de abundante aroma, un poco de semillas, y algunos huesos de carnero. Llenaban toda la cocina, la empapaban, la habitaban, la hacían dar vueltas alrededor de las ollas.

Mas, cuando los aromas comenzaron a marearla y los jugos, de volátiles tomaban formas anudadas y daban vueltas a su alrededor del mismo modo en que ella los hacía revolverse en la cocción que preparaba, abrió brevemente una ventana. Las hierbas se arremolinaron, y los cabellos de Isana, lánguidos y lacios, fueron enredados por un hilo de viento.

Por las hendijas de la ventana de Isana se introdujo un haz de luna, frío, que se asestó sobre los vahos deliciosos. Un reflejo cálido de nieve en la noche más cerrada del invierno, que extendió hasta su casa la alargada sombra del perfil de Ignacio en oración.

Ignacio entró al templo como un penitente. Parecía estar por concluir un servicio. Se apartó del grupo de fieles que se amontonaba en la fila para comulgar y con la cabeza avanzó por la galería lateral a la que sólo llegaba el eco de los cánticos. Levantó los brazos y avanzó hasta la pequeña capilla mal iluminada.

Entonces cayó de rodillas y cerrando los ojos, recordó suavamente una plegaria. Con los brazos en alto y las rodillas en el suelo, se sentía desnudo y vulnerable.

El recuerdo era idéntico a las palabras, y el susurro ocupaba todos los rincones como un grito.

Sólo el sonido de su rezo era real. La única señal de que allí, presente, había alguien, aunque ningún otro pudiera escucharlo.

Olió el aroma de una vela encendida, sintió cómo rozaba su rostro antes de posarse ante la imagen religiosa y retuvo el calor de su llama en las sienes.

Un suave viento se coló por alguna hendija, haciendo temblar la débil llama y creando la ilusión del movimiento en su rostro.

La oración era lenta y repetitiva. Uno tras otro los verbos aprendidos y tradicionales, se iban desprendiendo y enredando, como en un tejido. Entraban y salían de su conciencia, con la misma rapidez con la que entraban y salían de su boca.

Fue entonces que la Luna lo delató, iluminándolo de una sola pincelada, cuando su mente divagaba sobre el cuerpo de ella.

Del mismo punto desde donde emerge la Luna, una mujer hacía su recorrido matinal hacia el arroyo. Erbert Krabis debía fijar el sitio indicado donde iban a fijarse las aberturas. Todas las mañanas se afirmaba entre las rocas para verla llegar. Siempre desde un punto distinto. Levemente, muy levemente distinto.

Erbert Krabis fue moldeando el marco de la ventana de forma tal de poder seguirla. Día a día iba curvando la horizontal a fin de no dejar de verla. Esa ventana sería un modo de esperarla, de predecirla, de continuarla. Aunque hubiera que recalcular los materiales, los ángulos y las apoyaturas, fue  desviando el arco como un eco de ese trazo que ella dibujaba con su cuerpo.

Cada vez que ella iba hacia el cántaro con su vasija vacía, cada vez que ella volvía con su vasija llena, Erbert la acechaba. Conocía sus puestas y salidas, conocía sus elipsis y cansancios. Hacía tres paradas a la ida y cuatro a la vuelta. De allí la cantidad de bisagras entre las hojas de cristal.

Ella se llamaba Celan. Celan, sonaba como una hermosa campanada. Cada vez que ella se detenía, él agudizaba sus oídos para escucharla. De allí que esa nave lateral tuviera forma de gruta, y la gruta forma de conducto auditivo.

Primero fue la ventana, luego la catedral, cuyas piedras se fueron colocando a su alrededor. Primero la ventana, que dejaba proyectar la sombra de ella en su interior, iluminada por la tibia luz de una vela.

Un cántico entrecortado lo atravesó entonces, haciéndole perder la línea de sus cálculos. Sobre la que luego sería la nave principal, una fila de penitentes avanzaba, desacompasados por Teruk, y empujados por una antífona rota.

Teruk había sido el Maestro del Coro durante nueve años en el Convento. Hasta que fuera descubierto en amoríos con la abadesa, la querida del senescal. Desde entonces, sin perder sus dotes musicales, ha vivido encantando palacios, templos, plazas y catedrales con un coro de las sombras, conformado por mendigos y malvivientes.

El coro entonaba a un pulso no secuenciado. Algunos comenzaban donde otros aún no terminaban, y otros detenían su canción abruptamente. Daba la impresión de una multiplicidad de ecos, resonando por las esquinas de las paredes. Pero ecos que eran recogidos y por los cantantes en sus gargantas.

Teruk, aparentemente, era el único que tenía conciencia intelegible de esa madeja de antífonas. Iba adelante y miraba notoriamente a todos, como intentando no ser descubierto. Arrastrando los pies a medida que la fila avanzaba, iba murmurando en extraño trabalenguas inaudible, una secuencia de exhalaciones muy llenas de consonantes, algo que quería parecerse a la versión en prosa desbrozada del cántico  que el resto de los caminantes aletargaba.

Los que se acercaban a él, apenas podían escucharlo. Pero de lejos, o entre el tumulto de la marcha, estaba claro que su voz pronunciaba el ruido de la hierba y la hojarasca, del viento entre las hojas, los grillos y los pasos al andar. Su voz era un mapa, que permitía a ciegos y videntes encontrar el camino a cualquier parte. Decía enseñar a mirar del mismo modo en que se escucha, sin párpados, oscuridades ni obstáculos.

Pero esa noche, mientras hilaban las notas, una tras otra en el camino abierto por entre esa enorme oscuridad, Salina bailó. Bailaba sus crudas y estáticas inflexiones y cadencias. Cada una de sus palabras, siseos y murmullos era interpretada como una parte de su cuerpo, que hacía una pequeña y grácil pirueta y se enlazaba a un nuevo movimiento. Teruk se vio obligado a sostener una lánguida nota cuando quedó largamente estirada sobre el suelo.

Había sido tan herida por las palabras, que Salina sólo se expresaba con el cuerpo. Se defendía con el cuerpo. Hería con el cuerpo. Soñaba, exaltaba y quería con el cuerpo. Como si el aire fuera un fluido denso, sus movimientos eran pequeños y suaves. Iba y venía con el viento, con la bruma, con el ritmo de los versos. Danzaba las misas, las antífonas, los salmos.  Lógicamente fue expulsada de todos los templos, de forma tal que sólo iba tras Teruk y su cohorte de desafinados.

Ella detenía una nube en cielo, recostándose debajo de ella. Esa tarde levantó sus piernas, su torso, sus brazos, su mirada. Y en ese orden pudo vislumbrar la silueta de Genor abandonar el camino en la ladera de la montaña, metiéndose dentro de una nube allá en lo alto.

Genor y sus compañeros de marcha, debían seguir por ese sendero durante toda la noche. A pesar de que la lluvia prometía descargarse a la mitad del camino. Una lluvia tan gruesa y vertical como una gruta de agua y viento, a través de la cual no se podría ver nada. De modo tal que procuraron marcar el recorrido para no extraviarse. Marcas en los árboles, en las piedras, en la tierra. Marcas que pudieran asirse, tocarse, contenerse. Marcas que pudieran navegarse, o a la que pudieran adherirse.

Iban cantando y golpeando con sus brazos el temblor de la montaña. Cada inflexión, cada golpe, cada nota, cada ritmo, coincidía con un sitio determinado. La melodía se desgranaba en filas, columnas y timbres. Comenzaba en el frente y al centro y continuaba por detrás y a los costados. Ola tras ola de sonidos se armonizaban, hasta llegar al centro, desde donde se empujaba hacia delante.

Cruzaron la nube, atravesándola, metiéndose dentro de ella. Una inmensa desnudez se tejió en el espacio. Troncos descortezados, rocas abiertas, sombras removidas… Todo estaba expuesto, la esperanza, la vergüenza y la derrota. Y un suave aroma de algas inundó el aire, al mismo tiempo que Bordan dibujaba las estrellas para la noche.

Hasta allí sólo llegaban peregrinos. Lloraban junto a la roca, oraban junto a la roca, cantaban junto a la roca, pero luego se iban, dejando lugar a otros. Bordan, sin embargo, eligió quedarse.

De esa roca, de la que aún brotaba agua, se decía que era sobre la que había golpeado Moisés durante su éxodo interminable. Tanto fieles, como dudosos, infieles y extraños, abrían sus bocas o alzaban sus manos para recibir el contacto de esa agua inverosímil.

Bordan, sin embargo, no deseaba beberla. Prefería quedarse hasta que pudiera navegarla.

Bordan Nugris, el hombre del desierto, el que habitaba en medio de la huida, no veía signos en el agua, sino el agua, por lo que no tenía sed. No veía signos en el cielo, sino el cielo, por lo que no tenía distancia. No veía signos en los pasos, sino pasos, por lo que no tenía dirección. Se recogía en el silencio de las raíces, pero no tenía arraigo. No veía signos en su voz o en su conciencia, por lo que no tenía un yo, sino una lejana transparencia.

Quienes hablaban con él se convertían en él, con el paso de  los recuerdos. Del mismo modo en que las olas del mar conforman el mar.

Cuando Bordan vio el velero, allí debajo, abriéndose camino por el agua, comenzó a dibujar las estrellas, para no perderlo. El capitán Drobecz, que dirigía el timón, ni siquiera levantó la vista.

Un día más en ese navío. Desde hacía ya dos años que sólo deambulaba en alta mar, una vez desembarcados los soldados. Sólo el alta mar, en cada sitio de sus ojos, como otra forma de la noche.

Todas las costas se hallaban lejos, por lo que sólo  podían orientarse con el recuerdo.

Drobecz no soportaba esa inasible continuidad de hallarse siempre en medio de todo, como un destino ebrio e insomne. En esa terrible inmensidad nada tenía sombra, forma ni contorno.

El paso indiferente de las noches y los días fue dando lugar a un sopor manifiesto, por lo que las rutinas habían comenzado a resentirse, a desarreglarse, a desprogramarse.

No el Sol, ni las estrellas, sino un camino abierto con linternas de dudoso pulso le daban descanso a su mirada horizontal.

Sólo si huyes de ti, puedes hallarte a ti mismo. Hallarte a ti mismo es no repetirte, sino aparecerte. Volver a hacer, a decir, a estar, apoltrona los movimientos, las palabras, los paisajes. Sólo en la huida alguien aparece. Por lo tanto, puedes aparecerte. Sólo en el desvío, el tiempo, del que realmente están hechas las amalgamas, sucede.

Drobecz se maravillaba siguiendo las suaves luminarias  consteladas en el agua temblorosa. En el reflejo del agua, que se había tragado todas las costas y dejado a la vista nada más el horizonte. Donde la vista y el tacto tenían el mismo alcance, ni siquiera.

Cuando Stefan Koldon apagó su linterna, Drobecz pudo recuperar una línea en el agua, que lo llevó a las venas en sus brazos, que le hicieron recuperar sus manos, otra vez afirmadas a la cuerda del navío.

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