Criminología de la inocencia – Ed. La Rocca, Buenos Aires, 2005

Palabras Previas.

 

  1. Objeto del Derecho Penal. I.1. El ser inacabado.

 

I.2. Las industrias de la soledad.

 

I.3. El otro y lo otro.

 

  1. Elementos de la Pena . II.1. La Pena.

II.2.: La Pensa de Prisión. II.3. La Norma Penal. II.4. La Teoría del Delito.

 

II.5. Epistemología de la Condena.

 

II.5. Ejecución de la Pena.

 

  1. El Abogado Penalista.

 

III.1. La enseñanza académica. III.2. La práctica industrial. III.3. La ética posible.

 

III.4. El ejercicio pProfesional.

 

 

Palabras Previas.

 

Redefinir la esperanza. En palabras que desgranen sus significados. Si es que todavía puede haber palabras que nos citen o reúnan. Pretendido simulacro de un entendimiento. O la sorda convención de los signos indicados. Torpe convivencia o inútil ceremonial.

 

Esperanza que no tenga que ver con el acatamiento de las normas. Esperanza que tenga que ver con la apuesta a nuestra condición humana. A la dialéctica de la convivencia, más que a las diatribas del poder.

 

Fragmentados los términos, plurales las voces, los métodos confusos y reconcentrados, resulta esforzada la tarea de los reencuentros.

 

Luego de la seguridad ingenua de los estamentos; más tarde de los despotismos, luego de las grandes revoluciones liberales; muertos los mentidos beneficios de un progreso inalterable, asistimos a la época de la desconfianza.

 

La historia de occidente, en retrospectiva, transcurre a nuestra vista como un concierto en el que se suceden, unas a otras, la música del medioevo, las partituras barrocas, las piezas clásicas, los movimientos románticos y por fin, las vanguardias arrepentidas.

 

El alma medieval, franca en sus liras, flautas y panderos, se escucha como una fiesta límpida y oscura. Mística de la gruta en que se nace. Desvelo del aire.

 

El alma del barroco, trascendente, amplia, constructora, se yergue como una línea sobre el trazo del horizonte. Ruta del agua que persigue su destino. Bajo continuo de una constante mutabilidad.

 

El alma clásica, pianística, más franca, clara, desvestida. La línea de los trazos delicados y firmes. El contorno de las formas.

 

El alma romántica, orquestal, interrupta, frente al abismo de lo ignoto. La línea de los acantilados, el mar contra la roca. Desnudez de los cuerpos.

 

Al fin, el alma de este siglo que comienza, arrojada finalmente a ese vacío prometido, y que en plena caída se disgrega. Desgarro de la carne. Que la multiplica en su destrozo. Y halla ecos de esas voces, que asimismo le acompañan. Y concibe una luz para cada una de sus amputaciones. O la

4 iluminación original, mantenida, de cuando formaran un cuerpo. Brazos como sitios. Partes de algún todo que no las reconoce.

No nos sirve la esperanza para mañana. Sino la que podamos ahora.

 

Los dedos y los huesos como esquirlas. Desencajados. Perdidos. Acudiendo desde otras voces, otros siglos y otros rasgos.

 

Después de la vaciada certidumbre del progreso, ausentes, sin estación de destino, nuestro tren decae. Se repliega como un gusano blando y henchido. Y en cada uno de sus desdoblamientos, descubre otros horizontes. Inmensidad por intimidad.

 

Ir hacia dentro, deshollarnos para hallar al otro, que nos acompaña.

 

Hay una realidad en la piel, cuya voz ignoran los sistemas y los organismos. Poblado constantemente de células, glóbulos, esfuerzos inasibles, concentrados y secretos; nos venimos a la intensidad de este hoy y ahora. Pero en cada parte donde habite un rostro.

 

La piel como saeta, tensión o hundimiento. La piel como herida, tacto, límite y juntura. La piel como abierta a la desnudez. La piel como fisura. La piel como el instante de frágil desvanescencia. Sitio del golpe, la quemadura, el forcejeo. Y del temblor.

 

A partir de dicha realidad, la del dolor (más allá de la culpa), irreductible a fórmulas, axiomas o asimilaciones, se intenta avanzar en lo sereno, haciendo pie en lo paradójico. 1 Ello, para asir las voces que narran el decurso de la pena. Y hallar al abogado presente, no como en medio de la técnica jurídica, sino en las intersecciones de los padecimientos.

 

Tal la razón por la que se procederá a partir del cuerpo, para hallar la forma, y más tarde resolverlo en estructura. Precisamente, porque se trata de reconstruir lo cotidiano. Hacer pie en esta nueva indigencia de signos, desde múltiples otras voces convocadas.

 

Este ensayo pues, partirá desde la máxima extensión, sostenida sobre el lecho de Procusto del razonamiento (nervios apretados, exasperantes); hasta la reunión de sus extremos acabada en un sujeto. Desde el equilibrio insustentable de la existencia, a la conformación de solidez en la fragilidad.

 

 

 

1 “El mundo presupuesto se organiza... como unidad en la diferencia” Niklas Luhman, “La Ciencia de La Sociedad”, Ed. Anthropos, Mexico, 1996, pag. 25.

5

 

Opacado el optimismo positivista, un estudio del Derecho Penal y del Sistema Penal desde el punto de vista de su objeto, su finalidad y justificación, debe plantearse a partir del signo de sus arsenales, y de las señales de sus fuerzas. ¿Hacia dónde apunta esa costilla del poder, constitutiva del poder, ahora que el delito es confesadamente histórico, convencional, apenas definible sino por deícticos?.

 

En el presente trabajo se ensaya una respuesta, y se propone una reelaboración.

 

Si el sistema penal ha podido ocultar los crímenes del poder (y esto no sólo ha ocurrido en nuestro país), evidentemente su mirada no se corresponde con la pretendida seguridad jurídica plena ni mucho menos con la protección de los bienes jurídicos reconocidos. A pesar de ello, la construcción social del delito, por medio de la representación que se realiza ante la denominada opinión público, e incluso en los textos, claustros y ámbitos vinculados con el desarrollo del sistema penal, se mantiene inalterado. ¿Cómo conciliar esa desazón y ese cinismo?. Nuestra intención es analizar las figuras de lo punitivo desde el punto de vista de la determinación de la inocencia, como producto final de todo tipo de sentencia, absolutoria o condenatoria; que parece ser una de cuyas funciones mantiene, estudiando sus orígenes, características y utilidades.

 

 

Nuestro método pretende hallar seguridades por necesidad, ya que no seguridades necesarias.

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I.- Objeto del Derecho Penal.

 

No más que desnudez. El cuerpo solo, avergonzado, demasiado frágil, recortado contra el suelo. El hueco arcilloso del silencio. El tronco húmedo. Los brazos sueltos e inútiles. Las manos como derrotas. El sexo expuesto. Las piernas, magras. Hacia dónde correr, dónde esconderse. En la intemperie de la luz, no hay más horizonte que el de la propia carne. Un sesgo brutal en medio de la nada. Un grito jactancioso y humillado. Una vana belleza, perenne, temblorosa. Donde va a insertarse el filo del castigo.

 

1.  El ser inacabado.

 

Abarcar el espacio de la conducta, aunque referido a una disciplina técnica, supone abordar el problema de la distancia y cercanía del otro. Aquel otro cuya apariencia compartimos, y más aún sus limitaciones.

 

Toda historia, cualquier historia, no se lanza más que a la búsqueda de un otro. Ulises retornando desde múltiples parajes y horizontes. Helena reclamada por sus hombres, en la lejanía del enfrentamiento. Orfeo descendiendo al Hades para volver a Eurídice. Don Quijote anhelando a Dulcinea, a través de la aventura y la locura de Quijano. Dante preguntando por Beatrice, en los Círculos del Cielo y del Infierno. La barca que navega es una indagación del horizonte. Para asir en su detrás una figura humana2. Desde cada extremo del mundo la trama se cierne. Hasta el hallazgo mortal, feroz, aquiescente, de quienes, erráticamente, esperan.3

 

Abiertos, como filos, despierta en nosotros la herida triunfal de la agonía. Y lanza andando sus coces desafiantes4.

2 “...no es verdad que yo primero sea y después trata de objetivar o de asimilar al otro, sino que, en la medida en que el surgimiento de mi ser es surgimiento en presencia del prójimo, en la medida en que soy huida perseguidora y perseguidor perseguido, soy, en la raíz misma de mi ser, proyecto de objetivación o de asimilación del prójimo. Soy mi experiencia del prójimo: he ahí el hecho originario”. Jean Paul Sartre: “El Ser y la Nada”, Ed. Losada, Bs. As., 1989, pag. 454.

 

3 “De este modo, es en el mundo de los tús y merced a éstos donde se me va modelando la cosa que yo soy, mi yo. Me descubro, pues, como uno de tantos tús, sólo que distinto de todos ellos, con dotes y deficiencias peculiares, con carácter y conducta exclusivos que me dibujan el auténtico y concreto perfil de mí mismo – por tanto, como otro y preciso tú, como alter -tú. Y aquí tenemos cómo según anuncié, hay que volver del revés, a mi juicio, la doctrina tradicional, que en su forma más reciente y refinada es la de Husserl y sus discípulos – Schütz, por ejemplo-, doctrina según la cual el tú sería un alter ego. Pues el ego concreto nace como alter tú, posterior a los tús, entre ellos; no en la vida como realidad radical y radical soledad sino en ese plano de realidad segunda que es la convivencia”. José Ortega y Gasset, “El hombre y la gente”, Alianza Editorial, Madrid, 1981, pag. 174.

 

4 Búsqueda, desgarro que es también testigo y expresión de una ruptura, de un a-través-de-todo-hasta, acción, verbo de los brazos, que narra los después de los finales. Sitio de exilio, en que nadie puede hallarse hasta que alguien no aparezca.

 

“Y no se hable de mi corazón. Yo quisiera

anunciar la función en los circos dando puñetazos a las estrellas rojas.

7

 

Extremos del ser a la deriva. Que tienden frágiles puentes para asirse.

 

No hay sitios de partida ni siquiera puntos de llegada. Sólo raíz en la intemperie, sostenida en lo insepulto, detenida en lo que vibra.

 

Caminos y meandros, los verbos del andar se apoderan del silencio. 5 Y hurgan en los ruidos por limosnas de una voz.

 

 

Entonces, el instante puro de la confluencia, recoge en sí todas las variadas contorsiones de los viajes. En un tejido magnífico que diseña los telares de la vida.

 

El desgarro no es dado, sino condición de lo nacido. La herida no resulta aprendida, sino innata. El costado, allí donde el golpe asesta. O la boca de bisel, despierta, exasperada. Marcas del contacto y el desprendimiento.

 

Yo quisiera escupir los vidrios de un expreso de lujo para que rabien los millonarios.

Yo quisiera interrumpir todas las conversaciones telefónicas

para ver si encuentro una palabra, una sola palabra para mí y abrir toda la correspondencia del mundo por ver si

alguien,

una sola persona, tiene un recuerdo, un solo recuerdo para mí.

Yo quisiera arrojar una bomba, derrocar un gobierno, hacer una revolución con mis manos amigas de la luz, de

la caricia,

destruir todas las tiendas de los burgueses y todas las academias del mundo

 

y hacerme un cinturón bravío de rutas inverosímiles, como Alain Gerbault,

para que venga Blanca Luz y me ame.”

Raúl Gonzalez Tuñón: “Escrito sobre un amesa de Montparnasse“Antología Poética”, Ed. Losada, Buenos Aires, 1992, pag.29.

 

5 Como el núcleo del átomo, encerrado en vastedad de un vacío inconducente, cada uno es la inmediata cicatriz de una inmensa lejanía. Transporta consigo, un bagaje de distancias. Que al mismo tiempo son llamados, ecos y resquicios de lo que se vive.

 

XXII “Nómada,

hasta que el ningún sitio, florecido en la prisión de tu boca, se convierte en el dondequiera que estás: tú leíste la fábula

 

escrita en la mirada del dado: (era la palabra-meteoro, garabateada

entre nosotros por la luz, sin embargo al final

no hubo evidencia, no pudimos presentar

 

la piedra). El dado y su otro dado ahora tienen tu nombre. Como si dijeran,

dondequiera que estás

 

el desierto te sigue. Como si, dondequiera que vayas, el desierto es nuevo,

viene contigo”.

Paul Auster: “Exhumación”, en “Pista de despegue”. Ed. Anagrama, Barcelona, 1998, pag. 34.

8

 

No hay otra realidad más que el dolor y la alegría, ni otros signos que los gritos y el abrazo. Dos heridas descubiertas. Dos despojos de cuidados. Donde no hay otro que tú. Lo que pueda ser oído, gustado, tocado, visto u olido.

 

Entendemos la risa porque reímos. Padecemos el llanto porque lloramos. Uno y otro manantial son fluidos de la red, nudos de la confluencia.

 

La conciencia es el saber que estamos vivos. La presencia es el saberlo en quien se nos enfrenta. Consciencia por introspección. Presencia por intimidad. Una y otra enlazadas por venas de sinceridad.

 

Se conoce por desvanescencia. El ánimo retentor en la caída fatal.

 

No podemos vivir la muerte del otro. Y ese abismo nos abrupta. Nos pulsiona. Nos vuelve irreductibles por fragilidad. Inmensos por quebrados. Extensos por rotos. Múltiples desgrandados. El hombre es animal de tiempo. Ráfaga tendida. Sacudida vulnerable.

 

Como sellos, como huellas, las manos del otro. Modelan el cuerpo, lo incorporan, lo despliegan. Así como los labios apretados, la frente generosa, fruncida o desvelada; los ojos encendidos, reservados, van ciñendo la forma de su rostro, las arrugas venerables de lo habido; ese rostro está compuesto de otros rostros, otras bocas que lo sesgan, otros ecos que lo habitan. Que a su vez motivaron esas líneas, el contorno e interior de su blanda fortaleza.6

 

La debilidad no es dada, sino una con el movimiento. Así la relación es un recogimiento, un párpado de ser, una cosecha. En que aquello que se levanta es el propio sostenerse.

 

6  ORILLAS

“Afuera ladra un perro

 

a una sombra, a su eco o a la luna

para hacer menos cruel la distancia.

 

Siempre es para huir que cerramos una puerta,

es desierto la desnudez que no es promesa

 

la lejanía

de estar cerca sin tocarse

como bordes de la misma herida.

 

adentro no cabe adentro,

 

no son mis ojos

 

los que pueden mirarme a los ojos, son siempre los labios de otro

los que me anuncian mi nombre”.

 

Hugo Mujica: “Noche Abierta”, Ed. Pre-Textos, Valencia, 1999, pag.17.

9

 

No se está, no se tiene un sitio, sino en el abrazo. No se está, no se tiene un tiempo, sino en el grito.

 

Luego, el otro es necesario. Y más aún, Aquella 7 en que fijamos la tierra en que hemos decidido

 

morir.

 

Cuerpo entonces tiempo modelado. Verbo como espacio trascendido.

 

Nos arrancan los seres. Es decir, algo de su raíz está en nosotros. Nos arrancan de los seres. Esto es, algo de nuestra raíz está en los otros.

 

Los hechos no concurren de un modo lineal, sino como redes en conformación abierta8.

 

Nuestro sistema nervioso no es cerrado. Poros tiene hacia el afuera, múltiples en la piel y en los sentidos. No hay descanso ni silencio. Sólo refugios de una lumbre temblorosa.

 

Ensayar sistemas para explicitar la existencia del otro, pruebas que acrediten la realidad del otro, como han sabido ver los tiempos del positivismo, resultan de un absurdo entusiasta.

Desde el punto de vista del método inductivo, si allí, frente a mí persiste un determinado fenómeno que reúne exteriormente mis características morfológicas, que puede mantener algún diálogo conmigo, y cuyo discurso puedo entender como si se trataran de pensamientos generados por ejemplo, en mí cabeza; podría señalar, sólo con alcance probabilístico, que me encuentro en relación con otro tal que sujeto, idéntico a mí. Este es el sistema de las normas verificadoras de hechos.

 

Desde el punto de vista del método deductivo, deberemos como primera medida convenir en la definición de “sujeto”, o de “hombre”, tal como quien va a realizar el análisis pretende serlo. Así se obtendrán múltiples incompatibilidades, incompletitudes y generalizaciones, más no una equivalencia

 

7 “Afirmo que toda Experiencia, este Mundo interno-externo por ejemplo, es plenamente conocible: es totalmente libre, es decir, sin imposibles de la Variedad (pluralidad no limitada de la sensación pura diferente) ni de las simultaneidades y sucesiones de ellas (no causalidad, ni secuencias ni especies fijas); y que en él el Pensamiento sólo existe y tiene objeto en la única noción: lo Sentido-No Sentido en sus tres casos: Lo sentido mío pasado, lo sentido mío futuro (lo sentido no-ahora, no en mí ahora) y lo sentido no en mí o sentido por otro. Sólo en estos tres sucesos mentales interviene el Pensamiento por medio de la Noción; son las únicas tres nociones que precisamos, que hacen el Pensamiento. Fuera de este hacer del Pensamiento no hay otro: todo lo que vivimos nada lo pensamos. Para todoamor (altruístico, no de apetitos: la traslación del Yo), lo sentido es lo que siente Ella; lo no sentido lo que Ella sintió y lo que Ella sentirá.: una realidad actual y dos nociones que suman la sustitución del yo que el todo amador perdió venturosamente para siempre. Vivir a Ella es su yo. Ella no es ya lo otro, ya no es su noción. El yo era negativamente un Imposible en la Libre Experiencia, es decir en cuanto un yo y una figura no eran desligables, la Experiencia contenía un imposible, no era Libre; y El no lo era tampoco por lo mismo; libertada la Experiencia y El (por la traslación del yo que es un triunfo de la libertad de la Experiencia) y en El el logro máximo de la Estética: la traslación del yo, un yo de elección no paralizado a un Cuerpo casual sino a uno elegido. La aspiración estética se cumple: la libertad de la Experiencia con la libertad del Individuo (Además, esa noción del no haber no es útil, aplicable a la no conciencia durante el sueño).” Macedonio Fernandez: “No toda es Vigilia la de los Ojos Abiertos”.

 

8 Es la música inabarcable, que traza cada una de sus notas, como giros de una espada, para asir en el presente ese sentido. Y búsqueda del presente también,

 

demorada entre las épocas. Como en el Orlando, de Virginia Woolf, atravesando las centurias, gozando de las desesperaciones de ambos sexos, a la procura del presente. Y de éste como espera en atisbo y comprensión de lo esperado.

10 suficiente y necesaria, tal que satisfaga el universo de sus posibilidades, y que al mismo tiempo se restrinja tan sólo a él. Este ha sido el sistema de las normas creadoras de derechos.

 

Normas que se estructuran por uno u otro método, que señalan la generalidad de un aprendizaje. Normas que instauran una hipótesis, ajena a la realidad que intenta explicar y sintetizar, pero con la que superficial y funcionalmente coincide, a los efectos de la indagación de quien las estatuye.

 

La procura de la ética ha pretendido pronunciarse a partir de la norma. Lo que infiere desde ya la petición de principio a una trascendencia o a una reducción. Tanto si se entiende haber una ética natural, la que se codifica posteriormente; como si se la niega, y por ende impone su establecimiento a partir de un objeto ideal. Es así construida como causa o consecuente, la télesis del bien común, o de la utilidad social. De una u otra manera, es la norma la que acaba por definir al otro, en tanto nudo y confluencia de derechos y de obligaciones. Aproximación a la cáscara, que sólo dará el vaciamiento. Pretendida ilusión de constitución en el ordenamiento, de los presupuestos éste último.

 

Cualquier método de definición del otro resulta, pues, inidóneo, dado que debe proceder considerando al sujeto como objeto, para identificarlo sólo entonces como sujeto.

 

Otro problema insoslayable debería, por otra parte, atravesar un esfuerzo de tal naturaleza: El descubrimiento del otro resulta paradójico, por cuanto supone un otro tal que uno mismo.

 

Por tanto, si la inscripción del otro conforma la radicalidad del uno, luego la ética no resulta por conveniencia, sino que se impone necesaria por destino.

 

El ser en busca del ser. Quien sale de sí para hallarse. Quien bebe el agua para padecer la sed. Las manos incompletas si no tocan las manos. El ser inacabado.9

 

9 Desde el punto de vista de la biología del comportamiento, se ha dicho que “El ser humano debe sus nuevos grados de libertad de acción – constitutivos para él – sólo a la carencia... de los mecanismos desencadenantes innatos y de determinadas formas de movimiento rígidas y automáticas...Tal vez la propiedad más constitutiva del hombre sea la persistencia, hasta edades muy avanzadas, en la polémica activa e investigadora con el medio que le rodea”. Konrad Lorenz: “Consideraciones sobre las conductas animal y humana”, Ed. Planeta-Agostini, Barcelona, 1984, pag. 226.

 

Así también, desde su especial antropología genética, se afirma: “El hombre es, en efecto, un antropoide que ha perdido sus caracteres anatómicos y psicológicos especializados, recuperando los caracteres indeterminados propios de la infancia de la especie (...) La desagregación de las especializaciones antropoideas, operadas por la regresión, simultáneamente a la desmomificación del instinto, convertido en inteligencia, han desposeído ambas al phylum, a la especie, de sus atributos prácticos en provecho del pseudo-phylum, la sociedad, que alimenta al individuo. El mismo movimiento hace del hombre un individuo auto-determinado y un microcosmos indeterminado abierto a las posibilidades de la naturaleza, al tiempo que lo empuja hacia la evolución. (...) Ninguna especialización fisiológica, ninguna determinación orgánica vendrán, pues, a detener dicha evolución, a transformarla en adaptación. Así se completa la estructura del “microcosmos” humano: análogo a la naturaleza que refleja, evoluciona tal como ésta ha evolucionado, efectuando la síntesis viva entre la generalidad portadora de todas las posibilidades, y las especializaciones que resuelven los problemas concretos; el hombre es el único animal creador de generalidades y de especialidades, autodeterminándose al determinar su medio; pero también fundamentalmente inadaptado a la naturaleza, soportando sus determinaciones hostiles, oponiéndose a ellas, perpetuamente inestable, en ruptura. El hombre, siendo él mismo un todo, está inadaptado a todo, es decir, a sus aspiraciones totales que consisten en adaptarse al cosmos, al mismo tiempo que adaptado a su inadaptación, que consiste en transformar el cosmos.

11

 

De modo tal que no se trata de limitar las actuaciones de unos en un contexto, sistema, estructura, código o ideal; sino de asir las acciones del otro en uno y viceversa. Así, el dilema de la parte y el todo en la sociedad humana, falsamente identificados con el individuo y la organización que los incluye, es apartado por la célula elemental del yo y el tú. Fragmentos de un nosotros, como posible.

 

Así, los vínculos elementales de la convivencia, son lugares de la carne.

 

El otro como sí mismo, nudo de una confluencia en que participamos. Extremos ambos de una voz, roce, encuentro, golpe o beso. Siempre lazo. Extremo, lánguido, perdido, yerto. Adheridos a los otros en una danza estática, somos el rito del uno, conformado 10.

 

“Su riqueza consiste en esta adaptación a la inadaptación, en esta inadaptación a la adaptación. En una su bondad original, su pecado original en la otra: la muerte.” Edgar Morin, “El hombre y la muerte”, Ed. Kairós, Barcelona, 1999, pags. 91/93.

10 “Lejos,

de corazón en corazón,

más allá de la copa de niebla que me aspira desde el fondo del vértigo,

siento el redoble con que me convocan a la tierra de nadie. (¿Quién se levanta en mí?

¿Quién se alza del sitial de su agonía, de su estera de zarzas, y camina con la memoria de mi pie?).

Dejo mi cuerpo a solas igual que una armadura de intemperie hacia adentro

y depongo mi nombre como un arma que solamente hiere. (¿Dónde salgo a mi encuentro

con el arrobamiento de la luna contra el cristal de todos los albergues?)

Abro con otras manos la entrada del sendero que no se adónde da

y avanzo con la noche de los desconocidos. (¿Dónde llevaba el día mi señal,

pálida en su aislamiento,

la huella de una insignia que mi pobre victoria arrebataba al tiempo?)

Miro desde otros ojos esta pared de brumas

 

en donde cada uno ha marcado con sangre el jeroglífico de su soledad,

y suelta sus amarras y se va en un adiós de velero fantasma hacia el naufragio.

(¿No había en otra parte, lejos, en otro tiempo, una tierra extranjera,

una raza de todos menos uno, que se llamó la raza de los otros, un lenguaje de ciegos que ascendía en zumbidos y en burbujas

hasta la sorda noche?)

Desde adentro de todos no hay más que una morada bajo un friso de máscaras;

desde adentro de todos hay una sola efigie que fue inscripta en el revés del alma;

desde adentro de todos cada historia sucede en todas partes; no hay muerte que no mate

no hay nacimiento ajeno ni amor deshabitado. (¿No éramos el rehén de una caída,

una lluvia de piedras desprendida del cuelo,

un reguero de insectos tratando de cruzar la hoguera del castigo?)

Cualquier hombre es la versión en sombras de un Gran Rey herido en su costado.

 

Despierto en cada sueño con el sueño con que Alguien sueña el mundo.

Es víspera de Dios.

12

 

Cualquier interposición en la búsqueda del otro, cualquier muro propiciado, hacha cierta, reduce, por lo tanto, nuestra libertad.

 

Esta realidad del cuerpo, vaga vastedad, minúscula noticia, acompaña y realiza nuestros gestos. El lenguaje como gesto. Las palabras como gestos.

 

Puede suprimirse el espacio: Así, la distancia es sólo fracción de tiempo. Así se miden magnitudes astronómicas. El otro es la tardanza de nuestro gesto, la morosidad de nuestra caricia, o la caída fulminante de nuestro brazo.

 

Puede suprimirse el tiempo: Así, su desandar es sólo forma. El otro es ese entonces conocido, el sitio donde caen las palabras, el rostro y las manos de sus verbos. Las marcas en la frente. La curva de la espalda. Miramos una fotografía de nosotros mismos, y allí hay el otro, descubierto y extinguido. 11

 

Luego, por ambas supresiones, forma y movimiento van a dar al cuerpo. En cuanto más tiene de verdad. Instantes y silencios.

 

Trascendencia en la inmanencia. A través del rito del horizonte.

 

Así, transcurridos los argumentum probatorium acerca de la existencia del otro, podemos partir a nuestra propia deriva.

 

Si la sustancia es frágil resistencia, luego el otro existe.

 

Si es la realidad a la intemperie, sombra levantada, debilidad tronante; luego el otro existe. Si es el cuerpo herida descubierta, carne desdoblada, piel desvanecida; luego el otro existe. Si el uno es otro, luego el otro existe.

 

Hasta aquí la posibilidad del otro, en el ámbito del ser.

 

Para asequir la posibilidad del otro, en el ámbito de la acción, comienza a desplegarse el contenido de la ética.

 

Contenido que, como se ve, no consiste en sí mismo en un valor, sino en una descripción que nos permita vernos. Lo que hace a la capacidad de esa descripción, de desarrollarse comparativamente.

 

 

Está uniendo en nosotros sus pedazos.”

 

Olga Orozco, “Desdoblamiento en Máscara de Todos”, en “Obra Poética”. Ed. Corregidor, Buenos Aires, 1991, pag. 124.

 

11

13

 

2. Las industrias de la Soledad.

 

Hábitos disgregados. Expulsados a un rincón de nosotros. Cada nueva argucia de la técnica consume soledad. La televisión, la informática. Los juegos virtuales de Internet. La telefonía celular. Los taxímetros. Las rejas. Las alarmas. Los sistemas de seguridad. Las barreras protectoras.

 

Nuestro paseo cotidiano se nutre de obstáculos, pruebas y sometimientos. Primero hace falta abrir nuestra puerta. Luego, cambiar unas palabras con otro detrás de su propia ventanilla, abonar el pasaje del tren, mostrarlo ante una máquina examinadora. A bordo, acreditarlo nuevamente al guarda. Al descenso, depositarlo en el sitio correspondiente, y que emita una luz agradable, que nos abra el paso. Más tarde, al trabajo, la tarjeta que confiesa nuestro ingreso, y delata nuestro egreso. Y otra vez el viaje inverso, o el pago de entradas para asistir a una función. La que ha de entregarse nuevamente en las manos del acomodador. Para entonces dar lugar a la mediocre distracción en lugar del divertimento.

 

El trabajo, la tarea, la asistencia diaria a sitios que no nos pertenecen.

 

El entretenimiento, el ocio, el cumplimiento de un desconocerse. El afuera concentrado en un adentro artificioso y redundante. Donde no hay exploración, sino desvíos. Se ahoga entonces la mirada, y no penetra. Nada se escucha que pueda tener la apariencia de una voz.

 

Un sinnúmero de controladores ejercen su labor en rededor de cada uno. Yen esa supuesta fantasía de individualidad, penosamente se nos hace anónimos, abstractos, público, elector, cuantificables.

 

 

La sociedad feudal, estamental, territorial, religada, se instauró sobre la noción práctica del espacio. Tanto los derivados del poder como los de la moral, pueden estatuirse en el plano como una geografía. Todo había sido hecho de una vez y para siempre. Y así como era en la tierra, del mismo modo ocurría en el cielo. Esa detención de los caracteres, esa suspensión de toda etapa, hacía que los únicos enfrentamientos tuvieran lugar no ya para procurar cambio alguno, sino para aprovecharse del estado corriente de las cosas.

 

El otro era un otro sitio, un otra parte. El extrañamiento le enmarcaba una frontera reducida y retenida. Y había un fin del mundo allí donde acababa.

14

 

(Adentro y Afuera).

 

 

 

 

Pero ocurrió que la sucesión de batallas por la tierra, terminó por conformar un aplazamiento. Y de allí se postuló la distancia. Podía romperse la tierra con el paso de los caballos. Podía destrozarse el paso de la azada con la acumulación de bienes. Y asequir continuidades extensivas, sin tener que atravesarlas. Sólo nombres en los pliegos. Así los reyes, junto a la burguesía, hallaron que el tiempo les prestaba su tallado inalterable contra los feudos. Entonces dieron ocasión para la aparición de la toga. El desarrollo del poder en los visillos. A través de los pequeños ámbitos de una oscura juridicidad.

 

El reino se compuso entonces soberano. Absoluto. Pero pesadamente obsceno y ostentoso. Era el mantenimiento de las estructuras físicas, por la vía de la conservación de una infinitud lineal, atemporal y áulica.

 

El otro seguía más allá. Y ahora representaba la pulsión del viaje. Las grandes conquistas que concibieron a los otros como parte natural de los paisajes, hacia los que un solo movimiento de ocupación y explotación, los dirigía.

 

(Cerca y Lejos).

 

 

 

El tiempo continuaba generando dividendos, y las labores del comercio fueron produciendo su riqueza, a costa de esa misma ligereza de los nobles.

 

Así que los componentes de la envidia intentaron la aristocratización de las monedas. Éstas se constituyeron como la fuerza de los burgueses. Se afirmaron entonces los señores del comercio, no ya como pretendidamente supone la historia general, en contra de los privilegios de las familias reales, sino en procura de compartirlos. Por ello la compra de títulos nobiliarios. De allí el boato y la pretensión de sus palacios y propiedades. Por ello sus casamientos con patricias de arraigada estirpe.

 

El ansia de progreso, constante y uniforme, colocaron a la razón como justicia de sus actos. Mas la razón entendida como el derivado de ciertas operaciones, en las que sólo se pretendía el desarrollo de una definitiva infinitud lineal, como la concebida en el “Anciene Regime”, pero con el carácter de lo mensurable.

15

 

Entonces pretendió iluminarse el arcón de todos los misterios. Y al candil de la revolución liberal se tendió un manto de codificación sobre las palabras del poder. Y el esbelto y reconocido abogado podía explicar las decisiones de la ley, a las gentes de su propia condición.

 

Otra vez el decurso de los hechos estaba predispuesto desde el inicio. Pero en esta oportunidad se entendía estar participando en esa conformación. Así que el tiempo era previsible. La historia era previsible. Por ello debía el otro predecirse. El deber ser se llevó a la esfera de las relaciones. Y así se codificaron todos los ámbitos de la convivencia: Reglas para la mesa, la cama, la sala de juegos, el taller, la fábrica, la oficina y el cementerio. El decoro sustituyó al silencio.

 

El otro era quien no se comportaba. Los signos ocultaban al gesto. La coreografía anulaba la

 

danza.

 

La burguesía revolucionaria se consolidó. Y comenzó su decadencia conservadora. El tiempo era real, pero tenía una dirección determinada.

 

En este esquema, la época de los grandes viajes y las exploraciones convirtió a los lejanos en el espacio en atrasados en el tiempo. Los que aún no vestían con la elegancia de los salones, ni hablaban en francés, en inglés o en español.

 

(Antes y después).

 

 

 

La democracia, finalmente, habida luego de incontables luchas, permitió la formación de abogados desde las filas de la denominada “gente común”. Del mismo modo que los jurados en el sistema judicial acusatorio, en el proceso inquisitivo los abogados iban a representar a sus iguales, en las contiendas jurídicas, y ante la ley y los poderes.

 

La justicia es entonces concebida como el orden que hacía confluir las acciones en la dirección común, hacia el fin conjunto, la obtención colectiva. En orden a tales lineamientos, se constituyeron los destinos, en función de su futuro. Es cuando se cree haber llegado al punto perseguido por los ideales liberales. Es cuando la letra de la ley hará aparecer las igualdades, más que la realidad de los acontecimientos. Cuando todos tendrán acceso a todo, aunque este todo resulte definido. Se da por acabada la lucha por los derechos, y por advenido el tiempo de ejercerlos. Aquí el otro será quien aún

 

 

busque la utopía, más allá de los signos y los acuerdos. (Entonces y ahora).

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Más allá de lo formal y concertado.

 

 

Así se dirá que ha culminado la historia. Que las ideologías han muerto. Que el tiempo ha detenido su pulsión, para pasar al desarrollo de lo dado. Disfrute o desazón. Sólo queda participar sistemáticamente. Esto es, luchar por asequir lo que se quiere que uno logre. En cierta forma es un regreso al primer orden, en cuanto tiene de horizontalidad, de definitivo. Mas, el desprendimiento de la trascendencia hace que tal espacio único y totalizador, no se desarrolle sino en aisladas soledades. Donde tomen su lugar las impulsiones y recatos. Entre uno y el otro hay sólo los cursos de la acción individuales. Se vive el bienestar como esfuerzo propio, y de ese modo se niega su posibilidad a quien no lo posee.

 

(Triunfo y Fracaso).

 

 

 

De todas estas formas de intelegibilidad del otro (adentro/afuera; cerca/lejos; antes/después; entonces/ahora; triunfo/fracaso), surgen los trazos del modo de normar su relación.

 

En primer lugar, debe decirse que cada una de tales estructuras genera un valor característico, el cual se irá transformando en la misma medida en que ellas se dan paso unas a otras.

 

Así tenemos: La propiedad, el orden, la riqueza, el trabajo y el éxito.

 

Luego, cada uno de tales valores característicos conformará un modo de pensar los imperativos del desenvolvimiento. Así, el primero nos dirá “Conserva y permanece en tu sitio”; el segundo, “compórtate de acuerdo a tu rango”; el tercero “progresa y ahorra”; el cuarto, “esfuérzate y persevera”; y el quinto, simplemente “compite y gana”.

 

Con ello, hemos hallado los movimientos éticos que familiarmente confluyen sin mayor análisis, en la noción cotidiana de su problemática 12:

 

 

12 Las épocas históricas se acumulan en las posteriores, no como deshechos sino como impresiones. Del mismo modo en que aún puede haber una sensibilidad clásica, barroca o romántica, también es posible hallar en cada uno los rastros de una ética feudal, despótica y democrática. Todas ellas confluyen en nosotros, colindantes, paralelas, ignorantes de su posición relativa. Más como permanencia que como reminiscencias.

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La noción reducida del respeto como no intromisión, no interés, cuidado del no trasvase de las jerarquías, está referido a la primera de las etapas reconocidas. El postulado de defender lo propio, de comportarse de acuerdo a la etiqueta, y de preservar el orgullo, hacen a la segunda de las etapas. El ansia de un escalamiento indefinido, la búsqueda de metas, los vínculos de instrumentación y pertenencia, aluden a la tercera etapa. Luego, el código que nos hace responsables sólo en nuestra esfera laboral, en nuestra función útil, en el sacrificio necesario, es reflejo de la cuarta etapa. Por último, el de procurar avanzar incesantemente, perfeccionándose, innovando, yendo más rápido que el resto, compitiendo por supervivencia, alude a nuestro momento histórico particular.

 

Cada uno de ellos es un cierre que, en tanto ley, supone un límite a nuestra percepción y coordinación con el otro.

 

El primer límite es ya cosmológico. Hace a los principios con que se encuentra regido el Universo. Tiene que ver con las jerarquías celestiales y terrestres. Así también en este momento se hará la división estratosférica de las categorías de ángeles y demonios, al mismo tiempo en que se practique la distinción de castas, gremios y bastardías. La sociedad como referente y paralelo de la eternidad.

 

El segundo límite será simplemente universal, pero asimismo integrador. El poder y la pulcritud como principios de la decencia. Laica dignidad. Aquí Europa hará centro en sí misma como eje del tiempo, y extenderá sus brazos como en representación de su corte y sutiles necesidades.

 

El tercer límite será mundial. Regido por la razón, como motor absoluto. Entonces se tratará de la historia, renunciada por inescrutable o mentirosa, la eternidad. Europa como eje de lo antropológico.

 

El cuarto límite, será nacional. La industria y el trabajo concebidos como crecimiento de una comunidad organizada. La escuela, la fábrica, el comercio, engranajes de un sistema secular que garantiza beneficios. Desarrollados y no desarrollados. Empobrecedores y empobrecidos.

 

El quinto límite será personal. Cosmos, iglesia, razón, sacrificio y utilidad reducidos a escala de individuo. Cinco cerramientos frente al otro. Cinco formas de la negación, del distanciamiento. Al que se agregará la aceptación de tu dolor por mí alegría.

 

Frente al de afuera, exclusión; frente al lejano, desprecio; frente al primitivo, sorna; fente al atrasado, soberbia; frente al fracasado, lástima. Cinco modos de la ruptura. Y de la conquista.

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Aquí es donde tienen lugar las industrias de la soledad, que son las mismas que las de la indiferencia.

 

El poder, entonces, privado de impulso, se asimila al castigo.

 

Entonces no es extraño que se ignoren los efectos de las condenas. Nada más nos interesa la sentencia, que reconozca al extraño como culpable. Culpable por extraño. Como todo está resuelto, y la línea del perpetuo devenir ha llegado a su destino, sólo resulta preocupante nuestra seguridad. Aquí tomada como valor, pero expresada como mercancía. A cuya prosecución y mantenimiento, necesidad y contención, el abogado penalista ayuda.

 

Rejas para las casas, rejas para los monumentos, alarmas, llaves maestras, candados, códigos personales, tarjetas personales. Se vive en una constante necesidad de identificación. Perdidos los encuentros con el otro, hace falta a cada momento indicar quiénes somos. Anónimos fragmentados, intentamos rescatar nuestra imagen con las trizas de un espejo, separadas.

 

Así, otra vez encerrados en una pura espacialidad, análoga a la de los tiempos medievales, reducidos a dos dimensiones, en el ámbito de nuestras casas, ostentamos como valor el no entrometimiento. Facilitando las cosas a la dialéctica del refugio.

 

 

3.  El otro y lo otro .

 

En la documentación histórico - antropológica se encuentran numerosos ejemplos de fenómenos de separación, de segregación, de desvinculación de un individuo o de un grupo dado. Respecto de leprosos, moribundos, locos, ancianos, impúberes, esclavos, homosexuales, “vagos”, y otros tipos cuya enumeración excedería los límites de la generalidad, se llevó y se mantiene llevando a cabo apartamientos, distinciones, señales, prevenciones, cuidados y resentimientos.

 

Quitando al extrañamiento todo contenido emocional positivo o negativo, toda idea de premio o de castigo respecto del sujeto o el objeto al que se dirige, podemos hallarlo como integrando clasificaciones dentro de la historia de vida de los sujetos; de la división de funciones en los grupos; de la categorización de las jerarquías, los valores, las identidades; de la determinación de grupos entre grupos; y de la consciencia del todos frente a algunos.

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Tenemos así, el alejamiento de los púberes de su grupo familiar a efectos de lograr su tránsito a la adultez; la reunión de los ancianos a efectos de incidir en las decisiones de la aldea; la cuarentena de los infectados; el período de duelo de los cercanos al difunto; los partícipes de un culto en sus diversos roles ceremoniales; las formaciones de un ejército; el asilamiento de los viejos; etc.

 

Intentando poner un poco de orden en esta diversidad, notamos la existencia de dos categorías de estos ritos de extrañamiento, que llamaremos “de tránsito” o “de constitución”. En los primeros, se trata de señalar a aquellos sujetos que se encuentran en una frontera (de la pubertad a la adultez; de la enfermedad a la cura; de una religión a otra). En los segundos, se trata de establecer a aquellos sujetos que se estiman detrás de una frontera (los ilegales, moribundos, proscritos, infieles).

 

Lo característico de la función del extrañamiento, que a la vez le asume su función ritual, su proceso intenta dar a lo extraño un rumbo predeterminado. La voluntad del extrañado se halla en él normada pormenorizadamente 13. Resulta en cuanto otro, previsible. Ambigua modalidad que apunta una diferencia y la reduce a una uniformidad. Administración de lo que pudiera ser imprevisible. Puntillismo de los cambios y detalle de las diversidades. Capacidad de cierre de las definiciones. Taxatividad del Universo.

 

Llevando esta clasificación a la labor de nuestros tribunales, hallamos que el procesado es quien atraviesa un rito de extrañamiento de transición; en tanto que el condenado lo es a consecuencia de un rito de extrañamiento constitutivo.

 

¿Cómo distinguir, luego por el contenido y las áreas de su manifestación, a los ritos de extrañamiento mencionados?. No estará precisamente en el objeto de imputación de cada extrañamiento, ya que en muchos casos resulta ajeno a la causa que lo provoca. Pasivo a las decisiones de otra voz, de otro murmullo. Así que habrá que indagar en los motivos de quienes se colocan al nivel de sujeto de la acción. O más bien, en las ideas o poderes en que fundan o a los que refieren la legitimación del rito.

 

 

 

13 Resulta extremadamente gráfico a este respecto la mención de las distintas y estrechas determinaciones, prohibiciones e inhibiciones que hacen a las personas

 

tabuadas, ejemplos de la ínfima reducción, la cerrada parsimonia en relación a jefes y reyes tabuados, enterradores tabuados, mujeres menstruantes y

 

parturientas tabuadas, guerreros tabuados, homicidas tabuados, cazadores y pescadores tabuados, referidos en el Capítulo XX de La Rama Dorada de James George Frazer (Ed. Fondo de Cultura Económica, Mexico, 1993).

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De esta manera, hallamos el poder de la cura, respecto de los enfermos, apartados; el de la utilidad respecto de los locos, enrarecidos; el de la virilidad respecto de los adolescentes, incompletos; el de la victoria respecto de los príncipes, aún no coronados; el de la realidad respecto de los infieles, oscuros.

 

¿Qué especial contenido del tipo de rito penal (irrupción del castigo) que lo distinga del resto de los ritos de extrañamiento?.

 

El pensamiento arcaico asocia el mal a formas preconcebidas como tales, aquellas que en su alteración del curso acostumbrado de las cosas irrumpen con su carga de provocación y repugnancia. El delito es entonces sostenido en la propia definición del mal. Es un derivado de su definición. Así, las manchas de la lepra, los tiznes del cuerpo, las malformaciones, los goces solitarios, en cuanto contenían en sí el germen de un desvío, la pulsión de un secreto destino desafiante, eran los determinantes de la pena, o de la reparación. Allí donde hubiera una cualquier enfermedad visible, deformante, la misma era la seña y la probanza del pecado. La evitación del contagio ya importaba un apartamiento de aquellos que exhibieran tales signos. ¿Miedo a la muerte a través de la clara demostración de la debilidad?. O más bien miedo a la debilidad, a la contracción que enumere el paisaje de las dudas y subvierta cualquier culto redentista. No ya sobre la espera de lo que será sino sobre las tibias seguridades de lo que se pretende.

 

Así, el sujeto es un mero portador de su pecado, de su delito, de su concreta desviación. Es él quien padece las consecuencias de su propia culpa 14. Aún hoy persisten los componentes de la infamia en la mirada soslayada con que se examina a los sidosos. Los ademanes de alejamiento de quien se nos acerca.

 

 

 

14 A partir de los significados de la lepra, mancha de corrupción, entre los textos bíblicos, hasta la nueva forma de ascetismo que propone la vida sana en la forma de una esterilización de las pasiones, el universo de las deformidades, malformaciones y dolencias escandalosas, se hallaban y encuentran aún vinculadas a las ideas de la posesión o del castigo.

 

“También al mundo moral pertenece la locura del justo castigo. Es ella quien castiga, por medio de trastornos del espíritu, los trastornos del corazón; pero tiene también otros poderes: el castigo que inflige se desdobla por sí mismo, en la medida en que, castigándose, revela la verdad. La justicia de esta locura tiene la característica de ser verídica. Verídica, puesto que ya el culpable experimenta, en el vano torbellino de sus fantasmas, lo que será en la eternidad el dolor de su castigo: Erasto, en Mélite, ya se ve perseguido por las Euménides y condenado por Minos. Verídica, igualmente, porque el crimen escondido a los ojos de todos se hace patente en la noche de ese extraño castigo; la locura, con sus palabras insensatas, que no se pueden dominar, entrega su propio sentido, y dice, en sus quimeras, su secreta verdad; sus gritos hablan en vez de su conciencia. Así el delirio de Lady Macbeth revela “a quienes no deberían saberlo” las palabras que durante mucho tiempo ha murmurado solamente a “sordas almohadas”. Michel Foucault: “Historia de la locura en la época clásica”, Ed. Fondo de Cultura Económica, Mexico, 1998, pag. 65.

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Por tal razón, en la carne misma del pecador está marcado asimismo el pecado. Y pecado y pecador son una misma y sola cosa. Mas, por ello mismo, aún guardaba en sí los extremos de la fascinación del mal. Ese vasto imperio de lo oscuro impenetrable 15. Entonces, no era necesaria la existencia de un tal abogado que velase por el cumplimiento de las formas, ni por la seguridad de asir la realidad de las imputaciones. La imputación era autoinfligida por el propio sujeto de su descarga.

El procesamiento era la ocasión de la condena. Por ende, no hacía falta más víctima que la propiciatoria. Y sin embargo se multiplicaba en procura de un sagrado sacrificio.

 

En tal sistema, no hacía falta un abogado, sino que podía conformarnos un veedor, un escribano, un tomanotas.

 

De todas formas, hizo falta la representación de un rito, a través del cual se reconocía la mancha, se apresuraba la infamia, se lo extractaba de su familia, de su grupo, de su zona de pertenencia.

 

Se trata de la adopción de diversos ritos de extrañamiento, cuya necesidad viene impulsada por tres principales razones:

Evitar la represalia del grupo de pertenencia. Débese apartar en la medida exacta en que se le reconoce, al sujeto sobre el que se irá a descargar la pena. Señalarlo, sin que al mismo tiempo dicha identificación suponga asociaciones o vínculos, que arrastre consigo otras realidades, cualidades, historias, redes de su articulación. A raíz de este impulso debe dotarse de publicidad al hecho, de visualización, de verificabilidad. En una palabra, debe ser objetivado. Mostrarse a la vez como algo querido por la autoridad, y algo inexorable por el ejercicio del poder. Decisión interior y exterior al agente que la impone. Golpe con culpa. Sombra de la inocencia. Incomodidad del poder.

 

Legitimar la sanción a adoptar. Trátase de establecer un contenido positivo en un movimiento que implícita y explícitamente se caracteriza por la negación. Así se conformarán los discursos mágico-razonables de la pureza y del renacimiento. De esta forma se pierde el carácter de descarga apuntada contra alguien, sustituyéndolo por la función de saneamiento dirigido a una institución. Como

 

 

15 Desde Tiresias, el anciano profético, que todo lo veía, más allá de su ceguera, y precisamente gracias a ella, “...la antigüedad legó a la Edad Media el prestigio que acompañaba a todas las formas de la enfermedad mental: la posesión divina, la capacidad de pronunciar oráculos, en suma, la revelación de la verdad, la expresión de lo esotérico y callado.” Hilda Marchiori: “Marginalidad en la Edad Media”, Ed. Biblos, Bs. As., 1998, pag. 150.

22 recuperación o mantenimiento de un valor determinado, aparece la declaración de extrañamiento como una afirmación de pertenencia, de inclusión, hasta de sosiego.

Fijar la certeza en el sujeto de imputación. Indúcese a ser partícipe de su separación al mismo segregado, en forma ex ante, por intermedio de la aceptación de las reglas del rito, y en forma ex-post, a través de su testimonio de carne. Resultar finalmente un externado. Un ser que ha de tener que refugiarse en el afuera, aún permaneciendo a veces en el interior de su comunidad. Se vivencia la lógica de la convivencia como lógica del poder, trasvasando los lazos horizontales por los verticales, confundiéndolos, mezclándolos, insertándolos en una red que lo desplaza.

 

Así, en las sumarias ordalías, someter al individuo al “juicio de Dios” era al mismo tiempo decidir sobre él y limpiar la culpa del poder con que esa misma decisión se disponía. En este tipo de juicios 16, la voz “prueba” tiene el carácter de “justa”, competencia, desafío. No se trata de la indagación de una determinada conjunción de hechos históricos por medio de diversas y contestes probabilidades, sino de la confirmación ad-hoc de una conclusión jurídica.

 

El objeto a discernir en un caso es un hecho, que en cuanto tal, cronológica y lógicamente precede a la sentencia; en el otro, es la adjetivación de una circunstancia, contemporánea y compresente a la sentencia. Por un método se pretende asequir la norma aplicable a través de la consolidación del hecho antecedente (inducción); mientras que por el otro, se colige el antecedente a través del resultado de la norma (deducción). En ambos casos, sin embargo, la norma es previa. Resulta el instrumento y motor del análisis.

 

Sin embargo, en el tipo de juicio por “justa”, la función o necesidad del abogado resulta inexistente. Así, simplemente queda asegurada la objetividad e imparcialidad, por el correcto desarrollo de la contienda.

 

El abogado recién resultará útil en cuanto se opte por el juicio probabilístico, en tanto el saber del mismo resulta sujeto a interpretación, se entiende plural y diverso, maleable, aunque de todas formas dirigido.

 

 

 

 

16 Utilizamos el término “juicio” para referirnos al proceso de discernimiento del objeto, que asimismo le condiciona como término y apuntamiento del mismo.

 

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Expresado en un cuadro, tenemos:

 

 

 

 

 

 

 

Veedor

Abogado

 

Determinación   de   lo   Punible   por

Determinación del Delito por Afirmación de

 

 

Definición de lo Punible

los Elementos de su Conformación

 

 

Objeto de Imputación igual a Sujeto de

Objeto de Imputación ajeno al Sujeto de

 

 

Recepción

Recepción.

 

 

Materialidad  del  Delito  por  el  Ser  del

Materialidad del Delito por la Probanza de

 

 

Delito

la Culpabilidad.

 

 

Proceso igual a Imputación

Proceso igual a Investigación.

 

 

Automatismo de la Pena

Individualización de la Pena

 

 

Rito Ad-Hoc

Proceso Ex-Ante

 

 

 

 

Entre estos dos extremos ha trasuntado el papel del abogado en los diversos sistemas procesales hasta hoy.

 

Ahora bien, corresponde aclarar que esta comparación sólo resulta el esqueleto de la estructura del proceso. Su contenido y fisiología tienen que ver con sustancias de la categoría política del símbolo. Lo que nos devuelve a la cuestión suscitada a raíz de su distinción respecto de otros ritos de extrañamiento, de donde comenzamos a extractar estas coreografías de significación.

 

Así, en el ámbito de esta especial separación, aparece como idea-poder, la virgen pretenciosa, la niña cruel, el hierro vergonzoso, la inocencia.

 

Tratando de ser más explícito: Aún el juez se rodea de las formalidades, rigores, burocracias, personal, arquitectura y solemnidad que le caracterizan, a los efectos de proteger su inocencia. Así como la de la ley, de la que pretendidamente es esclavo. En su función, el magistrado continúa afirmando secamente: “Te han traído a mí otras manos. Otras manos acusan lo que has hecho. Otras manos te individualizaron. No soy yo, pues, quien te mata o quien te encierra.”

 

En este juego de roles, no es tanto el abogado penalista quien defiende a su pupilo procesal, cliente, amigo, de una imputación concreta que a éste se le hace; sino, y sobre todo, quien acusa al sistema de justicia de su culpa. De allí, como veremos en la tercera parte de este curso, el cierre implícito que se opera entre los fiscales acusadores y los jueces o tribunales, en un enfrentamiento nunca sincerado respecto de la defensa.

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En una sociedad en que el máximo valor de transferencia resulta ser la seguridad, ese poder de la inocencia resulta soberbio. Inobjetable. Así, logra separarse la noción “presos políticos” de la de presos comunes, por ejemplo. Del mismo modo, preténdese que la totalidad de la ética del penalista trasunta en la anécdota trivial de proceder a la defensa de un culpable.

 

Ese tipo de observaciones obedecen al planteo unidimensional que acompaña la visión del proceso, alumbrado desde la luz de la justicia, que discierne desde el sitial del juzgador. Ello es no ver el drama que se trasunota delante de los estrados, y detrás de los mismos, por supuesto. Drama que se expropia respecto de sus legítimos sostenedores, y que cristaliza finalmente en la sentencia acorde al Código que entre otras cosas dispone su permanencia.

 

El delito mismo, en esta presentación de las cosas, resulta ser funcional a la protección de los diversos generadores de inocencia 17.

 

Inocencia que se compra y que se vende. Mercancía que más valor genera cuanto más difícil resulte de demostrar 18.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

17 “Una sociedad sin delincuencia. ¡Con ello se soñó a finales del siglo XVIII!. Sin embargo, inmediatamente después, el sueño se hizo añicos. La delincuencia

 

era demasiado útil para que se pudiera soñar algo tan tonto y tan peligroso como una sociedad sin delincuencia. Sin delincuencia, no hay policía. ¿Qué es lo que, para una población, hace tolerable la presencia de la policía, el control policial, si no es por el miedo al delincuente?. ¡Usted dice cosas increíbles!. Esta institución tan reciente y tan pesada que es la policía no se justifica más que de ese modo. Si aceptamos que vivan entre nosotros estas gentes de uniforme, armadas, mientras que nosotros no tenemos el derecho a llevar armas, que nos pidan los papeles, que ronden delante de nuestra puerta, ¿cómo podría suceder esto si no hubiese delincuentes y si no se publicasen todos los días artículos en los periódicos en los que se nos cuenta que los delincuentes son numerosos y peligrosos?” Michel Foucault, “Entrevista sobre la Prisión: El libro y su método” (En “Estrategias de Poder”, Ed. Paidós, Barcelona, 1999, pag.306).

18 Así como el mercado genera valor en proporción directa a la escasez del bien o mercancía de la que se trate, el sistema penal hace de la inocencia un bien

 

escaso. Y así como el mercado ha superado la etapa de satisfacción de la escasez, en tiempos de abundancia, para pasar a multiplicarla, el sistema penal construye, en la inseguridad de su implementación, en la imprevisibilidad de sus actos, mayor escasez, en el meollo de la victimización.

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II. Elementos de la Pena.

 

II.1. La Pena.

 

Constitutivo de la idea y concepción del Derecho Penal, el concepto de pena lo define y lo limita. Conforma su horizonte de realización y acota los alcances de sus garantías.

 

Lógica 19 imposición de dolor, brutal acometimiento de la distancia. Dolor fundado en la necesidad. Daño consecuente.

 

Sistemática del poder, que funda sus normas a partir de los ropajes del deber.

 

Las disminuciones, las caídas en lo menos, las reducciones, las amputaciones y los confinamientos; son, con otros, procederes de la punición. Modelos de su brutalidad o refinamiento.

 

Infieren todos ellos la idea de una protección y la de un castigo. Incapacidad y culpa. Incompletitud y culpa. Inmadurez y culpa. Inadaptabilidad y culpa. Debilidad y culpa.

 

A partir de esta logicidad, de esta inserción de la pena en el ámbito de lo jurídico, se la pretende apartar del movimiento general de los diversos extrañamientos. Mas, al mismo tiempo, resulta un modo de hacer explícita la exclusión, confesada, transparente. Absorbiendo en su aparición lumínica, todas las formas extrañas y previas de lo distinto y apartado.

 

En la materialidad consciente del triunfo de la modernidad, inmediatamente se procura una codificación o sistematización de las relaciones sociales. El componente revolucionario se transmuta en elemento conservador.

 

El grupo de pertenencia de quien pueda ser excluido es ampliado hasta abarcar a todos los ciudadanos de una nación o de una civilización determinada. En razón de ello, la protección de la inocencia de este especial extrañamiento, debe llevarse a cabo de un modo más cuidadoso, general y abstracto.

 

19“Heatchcliff, en Cumbres Borrascosas, mataría a la tierra entera para poseer a Cathie, pero no se le ocurría la idea de decir que ese asesinato es razonable o

está justificado por el sistema. Lo realizaría y ahí termina toda su creencia. Eso supone la fuerza del amor y el carácter. Como la fuerza del amor es rara, el asesinato sigue siendo excepcional y conserva entonces su aspecto de quebrantamiento. pero desde el momento en que, por falta de carácter, corre en busca de una doctrina, desde el instante en que el crimen se razona, prolifera como la razón misma, toma todas las formas del silogismo. Era solitario como el grito y he aquí que se hace universal como la ciencia. Ayer juzgado, ahora dicta leyes”

 

“En las épocas ingenuas en que el tirano arrasaba las ciudades para su mayor gloria, en que el esclavo encadenado al carro del vencedor desfilaba por las ciudades en fiesta, o el enemigo era arrojado a las fieras ante el pueblo reunido, la conciencia podía ser firme y el juicio claro ante crímenes tan cándidos. Pero los campos de esclavos bajo la bandera de la libertad, las matanzas justificadas por el amor del hombre o el gusto de la sobrehumanidad, dejan desamparado, en

 

un sentido, el juicio. El día en que, por una curiosa inversión propia de nuestra época, el crimen se adorna con los despojos de la inocencia, es a la inocencia a quien se intima a justificarse.” Albert Camus: “El hombre rebelde”. Ed. Losada, Bs. As., 1989, pag. 9

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El carácter genérico de la pena, esconde entonces las exclusiones no declaradas. Niños, viejos, jóvenes, negros, pobres, tristes, rebelados. Especialmente tiende mantos de irrelevancia sobre la selectividad que le presupone.

 

Por otra parte, la presencia generosa de la pena anula discursivamente los presupuestos que subyacen a su movimiento. Esto es, aquellas normas de deber que suponen mandatos, conformantes de una estructura cerrada y supuestamente perfecta, en la que el mundo social se desenvolvería; excepción hecha de aquellos actos que resultan punibles, en tanto el delito es entendido como su incumplimiento marginal. Así, queda sólo espacio explicitable para esta única escición, en tanto que las inclusiones, estrecheces, lastres y sometimientos realizadas por la noción de pertenencia resultan ya sobreentendidas. No discutibles. 20

 

Yérguese la pena como reina de la noche. Y despoja de misterio a toda oscuridad.

 

Esta pertenencia al sistema lógico-deductivo de las razones y los fines de la pena, sustrae al conflicto que en ella subyace, ocultándolo tras de la presentación positiva de su desenvolvimiento. Allí radica la utilidad de su declaración.

 

Alcanzamos así la distinción entre la exclusión declarada y la no declarada, la exclusión explícita y la implícita.

 

Por medio de este sencillo expediente, se anulan en lo implícito aquellas exclusiones que no participan del sistema discursivo de la legalidad; anulación que resulta sobremanera útil a su funcionamiento.

 

Encerrada en contenidos meramente negativos, la exclusión sólo hace ver su germen declarado. Y lo hace bajo el sentido de la unicidad, bajo su propia construcción y desterrando los reales presupuestos en el llano de una superficie. Punto de arranque.

 

Así como se pliega en repetidos e idénticos dobleces una hoja de papel, quedando una tras otra, anuladas sus caras sucesivas, su abierta exposición, su evidencia, mostrando la lisura de la cara superior como toda base firme, como único rostro; del mismo modo, el discurso de la legalidad, con las

 

20 Las teorías políticas del momento del ascenso de las burguesías, intentaron hacer visible los términos en que estaba construida la obviedad de sus estructuras

 

de gobierno. Y lo hicieron a partir de una hipótesis que artificiosamente fingieron histórica. Podían discutirse los contenidos o motivaciones, pero en todas ellas la idea de legitimidad estaba acompañada de la imagen del contrato. Este dato inicial, este componente sugestivo, no resulta objeto de una mirada. No está en realidad allí. Forma parte de aquel que mira.

27 celebraciones y la permanencia y la ostentación de sus pronunciamientos, aparece soberano y primigenio. Autosustentado. Ajeno a la posibilidad de concéntricos extrañamientos.

 

La punta del iceberg tomada como todo el iceberg.

 

La culpa absorbe la totalidad de las implicancias del problema. Asume ella misma y por sí misma su pregunta, respuesta y resultado. Hallada la culpa, el problema se cierra, y en apariencia, queda resuelto. La culpa declarada se enhiesta, independiente y absoluta. Causa del problema, solución del problema.

 

Debajo de la culpa quedan, en las sombras de su elevación, todas las señales, sujetos, preocupaciones y críticas subyacentes.

 

Ese ocultamiento, asimismo, puede llevarse a cabo gracias a la aparente inserción del par legalidad/ilegalidad en el de inclusión/exclusión.

 

De esta manera la legalidad nos tiende su trampa. Confundida con la inclusión, hace aparecer a la seguridad como presupuesto de prosperidad; y a la policía como su garante.

 

Ello explica el hecho de que se generen en sociedades más desiguales (aquellas en las que el conflicto subyacente a la pena debía aparecer con mayor énfasis), más acentuados reclamos de “mano dura”, suscriptos por aquellos mismos que la padecerán.

 

Todo esto resulta notablemente figurado en el tipo de pena propio de este tipo de Derecho Penal, la cárcel.

 

En base a la apuntada confusión entre los pares de conceptos inclusión/exclusión y legalidad/ilegalidad, tiéndese a entender a la segunda de estas funciones como condición o fundamento de la primera. De esta manera, se produce un razonamiento inverso que lleva del efecto a la causa, en el sentido de que si un sujeto no se encuentra en la ilegalidad, resulta integrado en el sistema; y viceversa, que un sujeto que sí se encuentra en la ilegalidad, resultará expulsado del mismo.

 

De la misma manera, y a través de idéntico procedimiento, los medios de comunicación nos hacen sentir como parte de una realidad que en verdad nos es ajena. Compartimos la vida, el éxito, las vanalidades e interrogaciones de los otros. Sin embargo, estos otros, no nos toman en cuenta sino en mínima medida, esto es, en la medida necesaria para efectuar tal operación. Para utilizar una imagen

28 cotidiana de lo anterior, diremos que aquel que se coloca frente al televisor, en tanto las imágenes penetran en su ambiente, cree hallarse en el espacio común de las mismas. Y sin embargo, apartado y alejado, no comunicable, resulta exterior a la pantalla. Objetivamente está delante de una emisión eléctrica. De este modo, el televidente se halla incluido en el apartamiento; y precisamente por él.

 

Se es parte del sistema social porque se transcurre en la legalidad. Luego, esa proposición resulta confirmada y actualizada por la recepción de los mensajes de asunción y pertenencia.

 

La pena aparece allí donde se nos actualiza la ilegalidad. Esto es, en donde aquel vecino nuestro, desconocido, del otro lado de nuestra pared, aparece declarado públicamente, como culpable. Dándonos, de paso, la satisfacción de no serlo.

 

Es por tanto, desde uno u otro de sus costados, la pena el objeto del Derecho Penal, y no el

 

delito.

 

Éste, como tal, es necesario para su pronunciamiento, y aparece como la excusa de su permanencia.

 

Los modos de la pena importan la focalización de sus utilidades. En algún momento, el castigo era demostrado con énfasis. Se marcaba en las retinas como descarga de dolor efectiva. Rotunda. Hoy, la pena se padece en el interior de las prisiones, en el límite cercado del afuera.

 

Ambas actitudes eran modos de exoneración y asentimiento. Al poder personal, la pena corporal le era correspondida de un modo directo y natural. Mas, al poder burocrático de nuestras democracias modernas, le es más afín la desmaterialización de la condena. En el primero, hacía falta tan sólo proteger la inocencia del príncipe. Mas, en cuanto se hace cargar a la ley de la responsabilidad de aplicar las penas, es a su inocencia, general y abstracta, a la que ha de protegerse.

 

Esto último se logra a partir de los movimientos de olvido e indiferencia. Olvido, respecto del excluido por declaración expresa de la ley. Indiferencia, respecto a los excluidos implícitamente.

 

Con todo, tenemos que el delito es un modo de inclusión como exclusión; entre otras, operada en virtud de las siguientes necesidades:

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1.Ocultamiento de los ritos de extrañamiento no declarados o implícitos. Como se ha observado, al constituirse la culpa en el ámbito de la ilegalidad como única forma de exclusión social, el poder conserva la inocencia de un sustrato de violencia, cubierto bajo el monopolio del mal entre los delitos.

 

2.Legitimación de la policía interna. A través del mencionado ocultamiento, genérase un movimiento general de indiferencia hacia padecimientos de los excluidos. Se les tiñe de culpa en algún resquicio de la comodidad; ya sea a partir de los sacrificios de la legalidad (entre los que se incluye los esfuerzos del trabajo), ya a partir del consuelo de la pertenencia. Asunción que se traduce como aspiración al éxito 21.

 

3.Afirmación de una unidad mentida. En virtud de su selección, designación y disciplina, hace surgir por negación una suerte de amalgama positiva del sustrato social. Inserta así redes de autoreconocimiento. Funda un lugar en el afuera que se interpreta como interior. Define comportamientos mínimos de complicidad en la decencia. Construye expectativas formales que se introducen como componentes del revés de las murallas.

 

4.Justificación e Impulsión de las Industrias de la Seguridad. Estas industrias de la Soledad-Seguridad, clasificables en industrias de la protección e industrias del castigo, movilizan alarmante cifras de dinero, medios, recursos humanos, tiempo y experiencias. De ella viven desde los fabricantes de rejas (detrás de las cuales ya buena parte de los habitantes de las ciudades viven, no sólo los presos), hasta los abogados penalistas; desde las novelas policiales hasta los cursos de automarketing; desde la venta de inmuebles carcelarios hasta la suba de la droga por el aumento de las penas.

 

5.Protección de la inocencia. Por el juego de estas tres funciones del delito, queda delimitado el ámbito de quienes se hallarán especialmente vulnerables a la punición, lo que garantiza que su brazo no alcance ni aún especulativamente, a otras zonas de exclusión, a otros modos de violencia.

 

 

 

 

 

 

 

 

21 En la Argentina se publicitó durante bastante tiempo contra el abuso de la droga con el slogan “Los ganadores no usan drogas”. Quien la acuñó desconocía probablemente que detrás de esa sencilla frase se ponía en evidencia el par de opuestos éxito/delito.

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Así como “el pensamiento arcaico coloca todo infortunio es colocado en la línea de la culpa” 22, ésta va a aparecer en el imaginario moderno como velo, mancha e impedimento de la normalidad; que una vez descorrido, limpia o levantado, permitirá el desarrollo en paz de todas nuestras capacidades.

 

La culpa, luego, es la definida por lo positivo, en tanto que la inocencia lo será por lo negativo. Una por declaración, la otra por su no derrocamiento. Lejos de una norma común de conducta presupuesta, que asimilaría y reuniría a los inocentes, existe más bien una reacción explícita en la que éstos no son alcanzados 23.

 

El carácter totalizador de la culpa va a permitir en todavía vigentes legislaciones, la posibilidad de pensar en la pena de muerte. Gesto definitivo, del más obtuso entendimiento. Destruir a la víctima para que no halla rastros de la violencia. Y apagar el grito, para que no quede resto de humanidad.

 

Ahora bien, si el delito supone inclusión por ilegalidad, ésta debe ser mantenida. Y deben ser asimismo, identificados los rostros de los que portarán su carga. Para que todo sea sencillo, mecánico, facilitado, el sistema penal integrará a aquellos que hubieran sido penados, en el circuito de su establecimiento. Así, la ineficacia innegable, y hasta consentida de la prisión como método de prevención especial o general, acaba finalmente siendo su verdadero rol, su télesis sociológica.

 

Debiera parecernos extraño el hecho de que la cotidiana observación de una realidad constatable y verificable a lo largo de décadas, a saber, la del no funcionamiento de la cárcel como medio de evitación de nuevos delitos, sino como su reproductora y maximizadora; no se haya tomado en cuenta, hasta investigaciones muy recientes, como dato de hecho para asequir la funcionalidad de la pena dentro del negocio de la ilegalidad. Ello ha ocurrido así porque durante mucho tiempo se nos ha escatimado la realidad, escondida en los materiales discursivos, aptos para nuestra alegada protección. Puestos allí para el magro sostenimiento de nuestras buenas conciencias.

 

 

II. 2. La Pena de Prisión 24

 

 

22                  Hans Von Hentig: “La Pena”. Ed. Espasa Calpe, Madrid, 1968, pag.

 

23 “Lo que está prohibido al individuo aislado, el ´hacer inofensivos´ a los demás, es decir, matarles, se le permite en su calidad de miembro de la colectividad, la ejecución. De aquí su ´mystique´ característica: la propia de un ritual”. Hans Magnus Enzensberger, “Política y Delito”, Ed. Seix Barral, Barcelona, 1968, pag. 13.

24 El presente capítulo reformula y enriquece el capítulo introductorio del volumen “Nueva Ley de Ejecución de la Pena

 

Privativa de la Libertad”, de Raúl Ceruti y Guillermina Rodriguez (Ed, La Rocca, Buenos Aires, 1998)

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La arquitectura es un arte del tiempo, no del espacio. Toda construcción supone un modo de recorrerla y habitarla, un andar por ella y un permanecer en ella. Las paredes se suceden, las ventanas se interrumpen, los pisos y los techos se escalonan. Todo lugar, pues, supone una administración de la libertad. El teatro, por ejemplo, supone la pasividad estructural de los espectadores, y un sólo establecimiento posible hacia el centro de la atención, cual es el escenario. Allí es donde transcurre el movimiento, a la intemperie, hacia los otros, que precisamente están allí para escrutar esa sonora intimidad, secreta y pública. Coloquemos unas rejas entre el público y los actores. Veremos cómo éstas agotan la escena y la hace aparecer ridículamente dispuesta en un pequeño ámbito. Todas las acciones quedan recortadas, cada impulsión aparece detenida, pequeña, intrascendente. Como si cada palabra, cada acción producida, allí, adentro, hubieran sido previamente asesinadas. Premuertas. Los personajes quedan reducidos a muñecos y peleles, obligados a repetirse, autómatas apenas simpáticos.

 

Una clase dispone a los alumnos de modo tal que la dirección de sus miradas se encuentre fija en el profesor. Este último es quien tiene no sólo la palabra, sino la demostración. Es quien posee la visión más completa del aula y al mismo tiempo quien la puede recorrer desde todos los ángulos. Coloquemos una reja entre el profesor y sus alumnos. Se verá entonces cuánto artificio poseen sus manifestaciones, cuán débiles parecen sus profundas enseñanzas, cuán absurdas sus convicciones y vehemencias.

 

Supongamos también una obra pictórica, inmóvil, cuyo recorrido la construye. Coloquemos entre el admirante y la obra, una reja. Veremos cómo nos aparece más concreta, apagada. Cómo el marco la constriñe, cómo toda claridad se opaca y cada gesto se retiene.

 

Así, en cualquier análisis de la realidad, existe una estructura predeterminada de observación, que obra como límite de clarividencia. Un castigo, por ejemplo, ya presume un culpable, un culpable supone la aserción de su libertad. Esta última supone una previa igualdad de elección. Esta elección supone categorías de valores aceptadas.

 

Hay, por tanto, reacciones previas al análisis, que sólo se impulsan en la identificación de su objeto. Hay una carga axiomática e irreflexiva que viene dada “a priori” de cualquier consideración, las que se transforman por ello mismo, en consecuentes 25.

 

25 “Los argumentos sobre la realidad tienen un componente existencial: consideramos reales aquellas cosas que tienen un papel importante en el tipo de vida que preferimos” Paul Feyerabend: “La conquista de la abundancia” – “La abstracción

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La cárcel, como institución, importa subyacentemente, la necesidad inconsciente del olvido, la construcción acabada de una gran indiferencia.

 

No llama la atención, entonces, la existencia de muy pocos trabajos relacionados con esta temática. 26 La ignorancia propende a la arbitrariedad intramuros. Y el gesto de la condena supone el barrido del conflicto.

 

Alguien mira a través de los barrotes. La reja no sólo recorta la luz del Sol, sino que deja el rostro marcado del arado de su sombra.

 

 

Origen de la prisión.

 

La pena de prisión es consecuente con el advenimiento de la burguesía, el modo de dominación burocrático y la conformación de los Estados-Naciones.

 

El tiempo como mercancía, lineal y constante. Fungible. Persecuente. El tiempo como construcción del espacio. Mera espera, productividad o cuantificación.

 

El rostro del condenado pierde toda su carga de misterio, es decir, de humanidad, y se le arroja detrás de los muros, para no verlo.

 

En un principio todas las sombras le eran adheridas. Luego, poco a poco fueron distinguiéndose de ellas, las culpas.

 

En un principio sólo la peste le acompañaba. Más tarde fue el terror y la locura. De demonio a delincuente. De salvaje a peligroso. Del mal al delito.

 

Al principio, el estigma de Caín era sólo la señal de un misterio fascinante. Más tarde sólo fue una descripción empírica, dependiente de los factores azarosos de la herencia. Monstruosidad que será mera perversión. Perversión que más tarde será marginalidad, ineptitud, inadaptabilidad, psicopatía.

 

Al fin, el parricidio, crimen absoluto, dureza extrema de la rebeldía, tala rigurosa de la sangre, pasará a convertirse en la línea de un principio revolucionario, para acabar profanado en la frágil figura

 

frente a la riqueza del ser”-, Ed. Paidós, Barcelona, 2001.

 

26 “...el derecho de ejecución penal es materia casi desconocida en la mayoría de los países en desarrollo (y en muchos de los ‘desarrollados’); los planes de estudios de nuestras universidades incluyen el derecho penal y el procesal penal, considerando que el reo es un ‘muerto civil’, es alguien que no tiene derechos; en nuestras facultades y en nuestras escuelas de derecho no se estudia el problema; ¿será que el sentenciado no es fuente de ingreso y, por tanto, no interesa al abogado?” Luis Rodriguez Manzanera: “Panorama de las alternativas a la prisión en América Latina”, en “Sistemas penitenciarios y alternativas a la prisión en América Latina y el Caribe”, varios autores (ILANUD), Ed. Depalma, 1992.

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de los atentados contra la autoridad.

 

Al fin, la blasfemia, de voz humana desafiante, desprendida, rugiente contra los silencios de la oculta divinidad suprema, será luego nada más que una norma de buena costumbre, para terminar rebajada a la prohibición del desacato.

 

Al fin, el incesto, de tabú sagrado, de infracción oscura, de arcana violación profunda y trascendente, pasará a convertirse en una norma de distinción social, para más tarde, desaparecer reemplazada por el cohecho.

 

Al fin, los sagrados éxtasis de Eleusis, los aquelarres, la danza frenética de las bacantes, de invocación a las raíces encastradas de la furia apasionante, de encarnecida exaltación del otro agazapado en uno mismo, acaba reducido al vicio de mercado de la tenencia de drogas.

 

Todo aquello que pierde misterio está, al mismo tiempo, perdiendo humanidad. Fue tiniebla y sólo es la sombra. Fue el infierno y sólo queda el muro.

 

Ámbitos situacionales. Uno es donde sea colocado.

 

Primero fue la lapidación, la hoguera, la sociedad con el demonio y otras fuerzas sobrenaturales. Luego, fue el asilo de los locos, impedidos y contrahechos. Más tarde, el confinamiento a celdas de aprendizaje o contención, como castigo inocente de una fatalidad genética. Hoy, son las prisiones. El esfuerzo del olvido, penoso y disociado. Para cuya habitación ya no se señala, sino que se selecciona.

 

 

Hay la necesidad de clasificar, de clausurar, de reducir. Quien sea hallado culpable de un delito, será rotulado con él. Se comprime al ser en los límites del símbolo. Sin más profundidad que la del gesto del encierro.

 

Hay desidia y soledad, desde dentro y desde fuera.

 

A la búsqueda, no ya de una libertad, sino meramente, de una salida.

 

Trátase de corregir, de conducir de tal modo al ser que sólo pueda dirigirse en la dirección que se le busca como apropiada. Sus bienes y derechos, luego, están desde el inicio predeterminados hacia la consecución de determinado fin, hacia el abrazo de determinado objeto, que al tiempo que los define, les agota.

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El modelo de la fábrica, en la que el operario debe estar apresado a su función, característica, repetida, constante, se vuelca en medio del patio de la prisión, ante el interno quieto, detenido, cuya tarea en acto es precisamente su estancamiento.

 

La vergüenza, como el reverso de la culpa.

 

 

 

Los espacios de la retención.

 

Toda la arquitectura penitenciaria pretende lograr un gran cuadro aséptico, que realice una construcción estoica, privada de cualquier señal, brillo, cuidado o confortabilidad. Algo así como un mausoleo que debe estar dispuesto para la desinfección constante, por el peso diario de los restos. Aquí participa del concepto de hospital.

 

Las paredes deben convertirse en pasillos. Debe circularse con la mirada retenida en círculos resecos. Que se tenga el dominio de lo mínimo, de cualquiera de las manifestaciones del cuerpo que puedan expresar movimiento. Para finalmente entumecer los músculos en una agotada dureza, en una apretada flacidez inmóvil. Como el control de los enfermos, atados, a las camas, con el único refugio de llamar a su enfermera.

 

Cómo concebir un espacio que no se ha de habitar, sino meramente ocuparse. El principio es el de la impermanencia. Luego, todo resulta provisorio. Todo puede ser robado, requisado, destruido. Se es entonces preso en una oquedad insensible. Quien hubo sido rechazado por el medio libre, es negado luego en reclusión. Ni afuera ni adentro, nadie le ha invitado a quedarse.

 

No hay, pues, un sitio, sino nada más que conjunciones enfrentadas, confluyentes, retiradas. Se está vuelto del revés. Cada una de las paredes son espaldas. Todo diálogo, entonces, se vuelve veladamente traicionero.

 

La persona queda, pues, no sólo privada de salir a la calle, sino a total disposición. Perdido en un destino que dependa de otras manos.

 

Así, los toques de silbato, los gritos, disparos, roturas, forman parte del ambiente, como las ratas, el olor a resignación, la mirada impasible. Los labios apretados.

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Se trabaja a lo largo de todo el Sistema Penitenciario con un arquetipo del interno, el cual responde a características definidas de minusvalía, incapacidad, ignorancia y dependencia. Tiéndese a reconocer en él a un espíritu malformado o incompleto, al que hay que dotarle de las herramientas necesarias para que pueda parangonarse con el resto. Es sometido entonces a un proceso en el que no interviene, se le hace tomar una dirección que no busca.

 

Se le instala en la culminación de lo parcializado. Se vive de modo latente, impreciso. Se sobrevive. Lejos de cualquier ejercicio de la responsabilidad, se logra fingir una atadura completa. No se es libre en la insinceridad. Vigilancia dentro de la vigilancia que impide lazos ciertos.

 

Allí, todo se encuentra normado. Hay un fárrago de disposiciones que, desconocidas por los internos, acrecientan la arbitrariedad de los guardias, y prolongan el ahogo dentro del encierro. Y cada quien es objeto de su sobrevida. Apartado hasta del dolor resignado de su tiempo.

 

 

Los espacios del desprecio.

 

Los agentes penitenciarios, observados, penetrados de los mismos gestos apresados, de los mismos olores renunciantes, están expuestos a la herida del encierro 27. Militarizados, sin voz. Marcados, sin grito. Su régimen les construye una malla terapéutica, de la que no pueden emerger, aún una vez retirados. Se les encorseta desde múltiples sentidos (los superiores, los subordinados, los internos, las familias, los jueces, los decisores políticos) para que trasladen su parálisis al sistema.

Se respira un aire de resignación a las tareas, de compromiso estratégico, de comportamiento que confunde desconfianza con inteligencia. Hay un ocio abandonado, que se levanta apenas del suelo. El desgano progresivo. Y la ocasión de la dádiva.

 

27 “El Guardiacárcel”.

Hay un sitio en que reconocerse,

 

la mirada seca sobre las manos ralas. Silencios en que herrumban los desgarros de la dureza cobijada malamente. Párpados que rondan suaves piedras movedizas, arrugadas, inquirientes. Delicados sesgos de recuerdos, miasmas, nubes viejas, incipientes,

apoltronadas

en rincones arrumbados.

 

Y dejar rendidos en los mismos lugares iguales palabras, dolores, los consuelos, la secreta resistencia

 

que acompaña cualquier gesto tibio, que deslizan un llorar desierto.

Nerviosos desvelares de una rota transparencia.

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En Francia, durante los años 1988 y 1989 tuvieron lugar dos importantes revueltas de los agentes penitenciarios. Las medidas de fuerza consistieron en negarse a encarcelar a los presos preventivos detenidos en comisarías, por la falta de espacio habitable, y alcanzó en el segundo año a impedir el acceso a los locutorios de visitas y abogados. Sólo el ejército pudo devolver la situación a su estado de tranquilidad. Los reclamos concretos se referían a una ampliación del personal, mejora de salarios, jubilaciones y pensiones, de las condiciones de trabajo, y sobre todo a un mayor respeto por los derechos y la dignidad del personal penitenciario 28.

 

Donde se hacen escuchar, recuerdan los lamentos. Regresan al palacio los terrores que acabaran de extirpar de sus habitaciones..

 

Toda una larga lista de deberes abstractos, prohibiciones genéricas, incidencias de conducta, intromisiones en la personalidad, tejen, en el juego de normas de la función penitenciaria, una real incapacidad de hecho, para muchos de los aspectos relacionados con los derechos de los agentes. Nos referimos sobre todo a las normas artículos que tienden a construir una figura, no una actividad. A aquellas limitaciones que no tienen que ver con el ejercicio de las tareas sino con su imagen A las inhibiciones que no comprenden ataques a terceras personas, directos o indirectos, sino sólo a la construcción de un artificio impersonal, sostenido en las espaldas agobiadas de sus pobladores.

 

 

 

 

 

II.3. La Norma Penal.

 

La ley 29, esa inocencia mayestática, pretende su regencia sobre el orden de los días.

 

La fórmula del derecho subjetivo tomó de los señoríos su naturaleza y nomenclatura. 30

 

Sirvió para discernir lo propio de lo del resto, más que lo propio de lo del otro 31.

 

28 Cario, Robert: “El estatuto del vigilante penitenciario en Francia”. (En EGUZKILORE, Cuaderno del Instituto Vasco de Criminología, Nº 5, año 1991, pag. 13). Inst. Vasco de Criminología, San Sebastián, 1991.

29 Anverso y reverso en la emisión y recepción de la ley, en dos relatos kafkianos: “UN MENSAJE IMPERIAL” y “ANTE LA LEY” Franz Kafka, “Relatos

Completos I”, Ed. Losada, Buenos Aires, 1990, pag. 182 y pag. 173.

 

El mismo autor va a hacer confluir ambas ideas de la emisión y recepción anónimas de la ley, en el relato “En la colonia penitenciaria”. Allí con la máxima crueldad aduce el extrañamiento que la norma ejerce sobre la superficie de la piel, donde una máquina con filo de diamante traza la norma por la que resulta ajusticiado.

30 “A partir de los documentos más conocidos, los primeros que fueron estudiados por los eruditos, y presentados por éstos como los más “clásicos”, el sistema

se nos aparece fundado en la división de la villa en dos partes complementarias. Una era explotada de modo directo, y es la que a menudo los historiadores han designado con la palabra “reserva”; sin embargo, en la edad media, la palabra empleada era “dominio”, y es la que utilizaré aquí. La otra parte estaba distribuida en “tenencias”, pequeñas explotaciones cedidas a campesinos, los terrazgueros.” (las bastardillas son del original, los subrayados del preparador del presente curso).

 

31 “En todo caso, el desplazamiento de las moradas señoriales debe ser estudiado en relación con la creación de fincas en el campo por parte del patriciado urbano, Estas fuertes explotaciones se constituyeron por la concentración de parcelas adquiridas en los confines de la tierras de labor, y se mantuvieron

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Pertenencia y exclusión. Afirmada hoy desde los cinco o seis metros cuadrados que ocupa cada uno. La administración de las penas surge hacia el interior de los Estados, como una política de

 

guerra, similar a la que enfrenta al enemigo extranjero.

 

Se manejan hipótesis como la invasión, la subversión o la conmoción, como males evitables por medio de la policía.

 

Se ha ejecutado por todo: Desde una mentira, hasta una idea. Desde la ignorancia hasta el exceso de conocimiento. Desde las manchas en la piel hasta el color de la carne. Desde el silencio hasta la palabra. Pero siempre se pretendió víctima el hacha justiciera.

 

De qué modo se ha constituido la víctima en administradora de la pena, o de qué modo la administración de la pena se constituyó en víctima. De qué lado el grito y de cuál la sangre. Y sin embargo, el dolor se abstrae en una institución que nos gobierna.

 

El Derecho Penal surge, en el modelo liberal, como forma de racionalizar el poder castigador, y como modo de limitar la coerción desde el Estado 32.

 

Sin embargo, bajo el imperio de la ley, se escondían sus trampas. La burguesía sólo entrega aquello que no consume.

 

Para ello, precisa de un discurso y un proceso que den cuenta del imposible regreso del monarca absoluto. No ya por la ilegitimidad de su poder, sino para extraer de lo político ciertos presupuestos de sus decisiones.

 

Llevado el individuo a la medida de las cosas, también el mal, o el delito, se redujo al breve término de sus días.

 

deliberadamente al margen de la comunidad agraria de la aldea.” (...)

“La explotación rodeada de una cerca permanente y con la morada en el centro es de origen muy complejo, y su existencia remonta a menudo a épocas muy remotas y a veces a épocas muy recientes. Numerosas investigaciones han demostrado que la mayor parte de las regiones en las que domina este tipo de explotación, tanto en Francia como en Alemania, son zonas de poblamiento tardío, generalmente posterior al siglo XIII. Cuando la roturación progresaba a partir del terruño de un pueblo, las parcelas desbrozadas permanecían protegidas por una cerca durante un tiempo; pero cuando eran contiguas y formaban campos compactos, desaparecían las cercas. Pero al contrario, cuando el campesino se había instalado en un lugar aislado, en medio del yermo que había transformado en campo, los setos se convertían en permanentes, para separar la finca de los pastos adyacentes.” Georges Duby: “Economía rural y vida campesina en el occidente medieval”, (Ed. Altaya, Madrid, 1999, pags. 116/7).

 

Este pensamiento de lo propio opuesto a lo del resto, no ya a lo del vecino, se trasladó violentamente a las Américas. Luego, los patricios y criollos de las urbes principales, que tenían contacto directo con las metrópolis, construyeron sus cercos antes que sus sembradíos. Expulsando al indio y subyugando al gaucho, prisionero de su “papeleta de conchavo”.

32 El mito fundacional de las normas, es la narración de la desobediencia a la Primera Norma. La culpa primigenia, en la desobediencia a la Norma Caprichosa

 

(por arbitraria e irrazonable, esto es, no fundada en la carencia), traslada la responsabilidad del Gran Legislador a los hombres. Así, no sólo se consigue disipar la arbitrariedad original, sino que además, se logra promulgar la inocencia derivada: Se dicta una única e inexplicable norma: “No te rascarás la nariz con el dedo meñique”. Esta única norma sostiene un estado del Universo excepcional y beneficioso. Ella es al mismo tiempo su condición y presupuesto. Este es el reino de la seguridad, no de la libertad. Hay aquí una sola necesidad, arbitraria. Luego, se desobedece. Entonces tiene lugar la multiplicación de las normas. Surgidas del nuevo Universo, escaso, limitado, difícil. La arbitrariedad de la norma se transfiere a la del ser. Este es el reino de la inseguridad, no de la necesidad. Fundada en la carencia, el valor de lo inocente cobra un precio cotidiano. Aquel de la Primera Norma era el Poder, por antonomasia. Luego, ha de venir la ficción de los acuerdos y el ocultamiento/alejamiento del poder, que retira sus manos del cadáver que acaba de entregar a los verdugos. ¿Qué estado del Universo sostiene hoy esta nueva proliferación de normas?. Una realidad virtual, en la que no se cree, sino sólo en el momento del castigo.

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Y se construyó un Derecho que protegiera las propiedades y diera garantías a antiguos nobles, entonces ejecutados por los triunfadores de la Revolución Francesa.

 

Se exigió para el ejercicio de poder, una prenda, un discurso que diera solvencia de legitimidad. Que diera crédito al cumplimiento de sus compromisos.

 

La policía, surgida también desde las ciudades, no instituida desde el centro de los gobiernos o principados, supone otro límite a la discreción política sobre la distribución de las penas.

 

Mas, pese a todo, en la intelectualidad liberal se fue gestando una estructura duradera, no exactamente codificada, ni creada por los pretores, sino elaborada en la introspección, en el silencio, entre los recuerdos de la hoguera y las imágenes de los fusilamientos 33.

 

La Teoría del Delito, común a todo el Derecho Continental, supuso el reclamo ontológico a la perpetración de dolor.

 

Claro que nace limitado, ya que se refiere a un Derecho real, vigente, con una prevención sectorizada y una penalización selecta. Mas, obligaba a legisladores y jueces a dar explicaciones de sus actos, en una formulación uniforme y ajustada.

 

Esta estructura se fue desarrollando finamente, y la política tuvo más fértil acogida en este devenir que respecto de las transformaciones en la esfera de los gobiernos.

 

Así, nutrida del principio de los Derechos Humanos, debe constituirse en el muro de impenetrabilidad de la razón o la sinrazón de los castigos.

 

A ella nos referiremos en lo que sigue de este módulo.

 

 

 

II.4. La teoría del delito.

 

1. El principio de realidad y los Derechos Humanos.

 

Las palabras no nos dicen lo que son. Apenas fragmentos de una realidad partida. Sones inmersos. Ecos diletantes, Extremos de una soledad o exquisitos diamantes recortados en una diatriba. Juegos intelectuales. Señas de un doloroso ocultamiento. De cualquier forma, suscitan un límite, suponen un cuadro, establecen un sitio.

 

 

33 “ La razón iluminista inesperadamente se hizo razón instrumental, globalizante –un todo atomizado- y no universalista” León Rozitchner, “El Terror y la Gracia”, Editorial

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Las palabras, esas ausentes, son objetos desasidos, graves simulacros, breves signos. Formas solas. No tienen ser, sino estar. No son sino en cuanto movimiento. Olas dormidas, viento detenido. No son sino en cuanto impulso. Vela yerta. Remo descansante. Su ser les es dado, en la pronunciación o en el entendimiento. De allí que los sonidos de pura ocurrencia, “vlárstilo”, por ejemplo, sean sólo enunciación, sin camino ni cuidado. Apenas una búsqueda, sensación o marcha a tientas. El bastón empuñado.

 

Mas, en cuanto participación de una lengua común, adquieren sentido, proyectan una gramática. Suponen (precisan) al otro. Tal sentido es una dirección de referencia, no ya una ubicación exacta. Las palabras no nos dicen quiénes somos.

 

No se toma cuerpo sino desde la carne. Forma e instante dibujan un vital sonoro, que sólo es en cuanto expresa. Extrae de la humedad de la boca su estructura leve, o de los labios atentos o de los ojos captores. Las palabras no nos dicen, sólo nombran. Configuran, en sus reglas y metrías, un modo de acercarse a lo dicho. El modo de saber qué se nos quiere decir, y el código en que poder colocarse en situación de otro.

 

Concebir al Derecho como un conjunto de leyes, es abstraer su télesis en un informe acabado. En que sólo el orden inmanente es revelado. La pobreza de un orgullo autocomplaciente.

 

Por el contrario, el Derecho es en acto. Obra. La mera organización de sus disposiciones, no es sino el vano ocio de un recuento. Cuando algo nada significa para nosotros, simplemente acomodamos, clasificamos, entorpecemos en rectas tabulaciones los términos fijos, disecados, indolentes. Mas, aquello que nos mueve, es lo experiencial, sugestivo, conformante. La lectura continua y ordenada de una guía de teléfonos, no tiene más sentido que los nombres que buscamos. Una mención pormenorizada de su lectura, volvería al anonimato, reacción inocua de mecánica indiferencia. Mas, si alguien se nos acerca, y nos pronuncia, hasta un signo extraño o irreconocible, crea una inquietud, resulta un llamamiento.

 

Así, el Derecho es ínsito en los derechos. Son éstos los que le impulsan, movilizan, desarrollan y establecen. Sólo ellos poseen el carácter potencial que los hace fértiles en actos, es decir, pasibles de existencia.

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Luego, el Derecho es un modo de conocer, la lectura de aquellas formas de la libertad, que dependiendo unas de otras, suponen la superficie de un mantenimiento, la estructura de su sucederse.

 

Así, dada una norma jurídica, el Derecho adquiere su puesta en funcionamiento, observando, en su carácter sustancial, los presupuestos institucionales; y en su carácter ritual, las exigencias de hecho. Ambos poseen índole procedimental, ya que la mera descripción resulta insuficiente.

 

En relación a los derechos subjetivos, y específicamente, a la doctrina de los derechos humanos, se suele pasar por alto esta faz positiva de su inserción y pertenencia, presentándolos como simple reacción frente a arbitrarias alteraciones. Mas, ello también obedece a la validación histórica que se hace de los mismos. La idea de derecho subjetivo proviene de las grandes revoluciones burguesas, y tuvieron como esencial preocupación la estabilidad de las ganancias, la preservación y adquisición de la propiedad. Era sobre la base de ésta que iba a configurarse la fijación del poder. Sobre las transacciones, intermediarios y garantes se configura la burocracia mercantil. Asimismo, el positivismo científico radicalizó el abordaje de la realidad como objetual respecto del sujeto que la analiza, sin alterarle. Esta naturaleza derivada se afincó en la intuición jurídica en la forma de dos axiomas implícitos, aún no confesos en todo análisis de esta materia: “Mi derecho comienza donde acaba el tuyo” (delimitación de pertenencia, representación física en la que dos cuerpos no pueden ocupar a la vez el mismo espacio) y “Cuantos más derechos posea una parte en una relación, la otra tendrá proporcionalmente, menos.” (principio de pérdida y ganancia en razón a la obtención de algo siempre ajeno a los intervinientes). Así, quedó estatuido el derecho subjetivo como un derecho real, siempre en función de un objeto de su arraigo. Esto es, se dio por reconocido sólo un derecho de carácter potencial, el que únicamente puede ejercerse allí donde posea un referente sobre el cual actuar. Ese “tener” el derecho, equivale a una obligación de respeto “erga omnes”, frente a los que puede oponerse en su defensa. Con ello, el derecho no posee un contenido propio, sino que el mismo le es dado por incorporación de un objeto de su posibilidad. Es en esta categoría donde la igualdad de derechos resulta engañosa, tal y como lo afirmara Rousseau durante el Iluminismo. La propiedad, en su carácter ínsito, es siempre una y la misma, por más que se multiplique en diversas manifestaciones. Estas últimas no son sino aspectos ostensibles manifiestos de su totalidad. La idea evolucionista del progreso constante e

41 inexorable, pudo suponer, sin embargo, que había en la propiedad-capital (no ya en la que hallaba su base en la tierra, como durante el feudalismo), una proyección al infinito. Reemplazado hoy el Derecho por el mercado, tal actitud encuentra su triste resultado en la profunda indiferencia en que se mueven decisiones y voluntades. Los bienes jurídicos, finalmente entendidos como vaciaderos predispuestos, jerarquizados y escalonados, de la posesión.

 

A aquella concepción clásica apuntada, deben oponerse, hoy, ante los cadáveres del hambre, la desesperación del desempleo, la congoja de la frustación, la herida de la soledad cerrada, consideraciones de índoles filosófica y jurídica. Mas, sobre todo, de urgencias.

 

Así, el ser humano, inacabado, incomprensible sin la mirada del otro, permanece amputado de sus lazos convivenciales, como quien al borde de un puente le ve volcado en el abismo, sin posibilidad de asirse al otro lado. Esto es, se vuelve trunco, y en cuanto intenta justificarlo, unidimensional. Su incompletitud, condición existencial para el abrazo, la apertura cierta que le encuentra y le devuelva ser en cada cosa, se vuelve entonces íntima quebradura, muro cierto, y brutalidad. Mas, en cuanto llegan las llamadas, los gritos pronunciados, desde otros extremos inquietantes, los brazos extendidos del dolor o de la ayuda, logran despertar los nudos adormecidos y estallarlos en nervios apuntalados. Desde la única profunda seguridad (intimidad) del hombre, la de su ínsita debilidad. Materia de tiempo, extendida a empujones de la forma.

 

No te ves en el espejo. Tu propia imagen no te dice quién eres. Sólo el recorrido existencial a través de tu búsqueda, hace que recojas los fragmentos de ti mismo que dispersan en los otros. Uno es el hombre-detrás-del-horizonte. Se es real cuando se ha entrevisto, vínculos y ciernes, la propia espalda.

 

El mundo no es dado, se va realizando a golpes de pulso, entretejiendo redes de vínculos. Luego, no hay una predeterminación de aquello que ha de perseguirse.

 

La obra del hombre está en tus manos. No sólo en lo que toma (garra) sino también en todo aquello que modela. Los verbos de las manos son los sustantivos del ser. Tocar, asir, lanzar, sostener, apretar, acariciar, decir y entregarse. Luego, debe su principio a la noción de libertad. Es entonces sobre esta noción que debe construirse la naturaleza y el carácter de los derechos subjetivos, que son su ejercicio. Así tenemos que todo contenido de libertad es concreto, ínsito al hombre por su propia

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convivencia. Inmanente a sus tejidos. Debe despojarse aquí la concepción de los derechos, de la estructura contractual que se ha venido empleando para su entendimiento, hasta hoy, y en el que las partes comercian, en desarrollada mala fe, intentando obtener ventajas unos de otros. Aquí, por el contrario, mayor libertad de uno de los sujetos de la relación, supone y establece una mayor libertad, proporcional, en su co-actuante. Ejemplos: En cuanto María tenga libertad para contraer matrimonio, Carlos podrá casarse con ella. En cuanto Miguel tenga libertad para exponer sus ideas, Rubén podrá contradecirlas. En cuanto Román tenga libertad de tránsito, Lorena podrá encontrarle. En cuanto Gonzalez tenga libertad de cátedra, Gutiérrez podrá estudiar de sus enseñanzas. En cuanto Tiro tenga libertad de culto, Fedón podrá acercarse a su verdad primera.

 

La doctrina de los Derechos Humanos, haciendo una empírica recepción de lo dicho, se impone como presupuesto y télesis de todo ordenamiento jurídico, en su principio de realidad, esto es, en su cauce existencial, conviviente.

 

 

2. Lo normativo y lo descriptivo.

 

Entender que el Derecho es un ordenamiento legal, un corpus de disposiciones reglamentarias, sólo es válido para el estudio de aquellas organizaciones jurídicas que ya no tienen vigencia, sobrevivientes sólo en la letra escrita. Mas, para hacer la ciencia del Derecho vigente, tal entendimiento es incompleto e insatisfactorio.

 

Dada la norma “Ante el hecho determinado A debe ser la consecuencia prevista B, parecería que la misma se halla estructurada en un elemento descriptivo (hecho A) y un elemento normativo (consecuencia B). Así se ha construido el Derecho Procesal para la determinación del primero, y el Derecho Sustancial para la determinación del segundo. Veamos: “Si un sujeto mata a otro, débesele condenar a tantos años de prisión”. El hecho es “Jorge mata a Carlos”, lo cual es nítida e indudablemente establecido durante la recepción de pruebas y en el desarrollo de un debido proceso. Al magistrado interviniente, no le quedaría otra cuestión a resolver más que la respuesta que el Derecho ha de dar a dicha situación. En tal caso, individualizar la pena correspondiente. Este ejercicio de la judicatura sería demasiado burdo, mecánico y estrecho por cuanto la visión simplista del modelo

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descriptivo - normativo es insuficiente. Falta aquí la estructura narrativa, y su consecuente código de valores. Con esta dimensión, rápida y provisoriamente podremos señalar los presupuestos normativos del hecho (A), que lo conforman tanto como su determinación inductiva; así como la teleología y fundamentación que forman parte sustancial de la norma consecuente (B). En materia de Derecho Penal, lo primero es el horizonte de observación de la Teoría del Delito, en tanto que lo segundo es contenido de la Teoría de la Pena.

 

La efectiva constancia descriptiva de que se hubo producido un hecho contrario a la norma, resulta una evidencia de carácter asertivo. Se trata de una afirmación que sólo nos ofrece el material sobre el que proceder al examen de los elementos del delito, de acuerdo a la expresión otorgada por el sujeto (no objeto) de la imputación. El sustrato del ser no se opone por sí al marco hermenéutico del deber ser. En efecto, la mayor parte de los inconvenientes producidos por la Teoría del Delito, en nuestro ámbito jurídico continental, son derivados de la confusión entre el hecho continente de desconocimiento de la norma, con el contenido de su contradicción. Conformar la certeza de que un sujeto A ha dado muerte a un sujeto B, echando por tierra con el estado de convivencia pacífica protegido por el Derecho, no nos da sino una información avalorada, que no puede contrastarse, en ese nivel, con la categoría normativa. Sólo una norma puede entrar en conflicto con una norma. El análisis de los diversos elementos del delito, acción, tipicidad, antijuridicidad y culpabilidad, no es sino el proceso de conversión de una estructura empírica en una conformación axiológica, por el tránsito de sus elementos narrativos. Lo esencial allí no es el incumplimiento fáctico de la norma, sino: 1º. Si tal norma le era obligatoria; y 2º. Cuál motivación dirigió la acción de desconocimiento en la vigencia de la misma. Lo primero viene dado por la imputación objetiva, lo segundo por la reprochabilidad subjetiva.

 

La persecución penal, como toda conformación jurídica en un Estado de Derecho sólo exige juicios de legitimidad (deber ser), no de eficacia ni de autoridad (ser). El hecho de que unas conductas sean conminadas con pena y otras no, la elección que se lleva a cabo a su respecto, es un problema que no puede ser resuelto en el ámbito de su comprobación sino en el de su contenido de justicia. De otra forma, nos encontraríamos frente a un Derecho Penal de mera desobediencia.

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Acerca de los caracteres del procedimiento jurídico, ante una norma legal determinada, cabe

 

distinguir entre dos modalidades:

 

 

 

  1. El enfoque sujeto - objeto, juzgador - juzgado, que campea en la organización normativa, y que supone una unilateralidad axiológica, determinante, activa, frente a un fenómeno reducido a su aspecto descriptivo - cognitivo. Esta modalidad debe su origen a la traslación del método inductivo de las ciencias naturales (en cuanto comprobación fáctica de una hipótesis teórica), a las ciencias sociales. Aquí nada se espera de la acción, desde el punto de vista jurídico, que no se halle previamente tabulado como tal.

 

  1. El enfoque sujeto-sujeto, que se lleva a cabo, por ejemplo en el ámbito del Derecho de los Contratos. Allí, en virtud de los principios de libertad contractual y de autonomía de la voluntad (ambos heridos de muerte con la masificación), en cambio, debe analizarse la conducta real utilizando el modelo deductivo, ya que se trata de asir el carácter dado por las partes al acuerdo, al que han allegado en sus lineamientos concretos, intereses y condiciones. No es casual que únicamente (o casi exclusivamente) en dicho ámbito, lógrase una aproximación a la conducta, de esta naturaleza, teniendo en cuenta la naturaleza de los derechos subjetivos tal como fuera formulada en el subtítulo anterior.

 

 

Volviendo a la norma “si A, entonces B”, la primera de las modalidades estudiadas nos la expone como afirmación apodíctica en lo general y asertiva en lo particular. Reproduce, irreflexivamente, el enunciado proposicional físico - causal, en el sentido de “si lanzo una piedra hacia arriba, entonces debe bajar”. No existe distinción alguna con el proceso probatorio de los hechos sustrato de la valoración jurídica. Por el contrario, el segundo método, tomando en cuenta el amplio espectro de posibilidades de conducta jurídicamente relevantes, trasunta en un juicio hipotético de formulación analítica, de la índole de “si existían tres manzanas y ha quedado una, deben haberse comido dos”. Este es un juicio de inferencia, del tipo de los denominados por Charles S. Peirce como “abductivos”. Aquí, la conducta aportada por los actores del drama estudiado jurídicamente, aporta la

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función, el objeto de desenvolvimiento y la orientación de ese estudio. Es ella la que define la relación contractual y las prestaciones, equilibrios e intereses que involucra. Y ello es así, aún tomando como modelo un ordenamiento jurídico que establezca la taxatividad y nominatividad de los contratos, dado que se trata de hallar el significado jurídico dado por las partes a su acto, sin otro aporte que el de su manifestación evidenciable. Esta disposición del derecho subjetivo, es, luego, Derecho Objetivo. Mas, todo ejercicio de derechos es una realidad jurídica. Toda acción posee una carga imperativa, introduce un valor, establece una norma. Así, quien mata a otro, por ejemplo, por motivos religiosos, está afirmando que “se ha de matar por este motivo”; quien mata a otro por no morir, en situación de necesidad, está afirmando la norma “se puede matar en esta situación”, etc. Cada una de estas afirmaciones normativas podrá, en esa naturaleza, contrastarse con el mandato jurídico - penal.

 

Por otro lado, distinguiremos también entre dos tipos de normas: Aquellas que instauran un deber y aquellas que habilitan un poder. Ambas son proyecciones de ordenamiento conductual. Ambas se refieren a lo que se considera adecuado socialmente. Mas, las primeras sólo hacen referencia al Derecho como absoluto, en tanto que las segundas lo establecen de modo relativo a las circunstancias particulares de su actuación. Aquí, la distinción ontológica entre tipicidad (no deber) y antijuridicidad (no poder). Finalmente, la culpabilidad se definiría por la voluntad manifiesta de no actuar conforme a la norma de Derecho (como poder o deber lo no permitido o no debido).

 

Mas, el carácter normativo de una determinada acción, en su manifestación pragmática, son afirmaciones de deber, del mismo modo como lo son las afirmaciones del Derecho. Radica su diferencia con éstas últimas, en que las primeras poseen proyección general y surgen de un órgano legitimado a tal efecto, en tanto que las segundas la tienen específica, y surgen de un sujeto personal que se da a sí su propia legitimación.

 

En tanto el Derecho Penal funciona como definitorio de la inocencia por exclusión, como fuera analizado en los primeros capítulos de este trabajo, no se reconoce otro dictado de normas que el que surge precisamente desde el fondo de inocencia que se pretende proteger. Por tanto, las acciones del culpable no pueden confundirse con las del que dicta las normas. Deben ser acciones incomprensibles, inenarrables, absurdas. Sin embargo, a fin de que el Derecho Penal pueda interesarse en las estructuras

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de poder que por sí y ante sí, impone voluntades y resignaciones, debe reconocer esa función legisladora (ampliamente reconocida en la sociología) por parte de aquellos a quienes acusa. Sólo así, el Derecho Penal podrá sincerarse paulatinamente, y hallar el punto en que volverse consciente de sí mismo.

 

 

3. Los elementos del delito.

 

A partir de los estudios de Günther Jakobs se afirma por los defensores del mero disvalor de acción, que en tanto el Derecho Civil protege bienes jurídicos, el Derecho Penal protege normas valorativas. Esto es, por cuanto el primero sólo posee un fin reparatorio - indemnizatorio para el que debe existir un daño valuable, en tanto que el segundo trasciende dicha dirección para orientarse en la posibilitación de la convivencia como desarrollo de libertades. Así, se describe a la acción como expresión de sentido, en cuanto contradice o afirma la norma protegida. Mas, en dicho planteo, tal expresión de sentido, asimismo, es planteada como elemento descriptivo en su contraste contra el mandato de la ley o en consonancia con el mismo. Ello conduce, luego, a afirmar que el contenido de la acción y el de la culpabilidad es el mismo. Mas, Jakobs deja de lado la reprochabilidad subjetiva, afirmando sólo la comparecencia de la imputación objetiva en su sentido pleno (como injusto personal).

 

Los contenidos de la llamada “responsabilidad por el hecho” o “atribuibilidad” debieron en su momento esgrimirse para dar respuesta a aquellas situaciones en las que un individuo aún pudiendo motivarse en la norma protegida, no actuara conforme a ella, pero dadas las circunstancias particulares que confluyen en la particular conformación del hecho imputado, no le resulte exigible haberlo hecho. De este modo, se resuelven especialmente los casos denominados comúnmente en la dogmática como “coacción” y “estado de necesidad disculpante”. Ahora bien, si respecto de la tipicidad poseemos una descripción escrita y estricta, prevista en el texto de la ley como concreta especificación de la conducta perseguible, y si respecto de la antijuridicidad poseemos el material referencial de la conducta en el ordenamiento jurídico formal vigente, no existiría una fuente objetiva o externa de atribuibilidad, ni aún de las condiciones que pudieran o no hacer exigible el cumplimiento de la norma al sujeto al que se imputa su definitiva inobservancia. Dichos extremos deben ser integrados por el juzgador. La

47 adecuación social en este aspecto viene a relativizar las seguridades conque pretendidamente está construido el edificio del delito. Estos problemas surgen de no considerar al hecho en su carácter normativo, para oponerlo a la norma de protección correspondiente.

 

Sin perjuicio de ello, nos atrevemos a formular la tesis de que los casos de “no exigibilidad de otra conducta” son aquellos en los que el ámbito de lo jurídico se retrae para dejar lugar a la determinación moral -particular. En efecto, la línea demarcadora de lo moral respecto de lo ético (cuanto más de lo jurídico) estriba en la dirección de una norma en razón de su referenciabilidad, de su consulta a un planteo objetivo de lo que pueda considerarse como lo adecuado. Cuando no es posible dirigirse a ninguna formulación objetiva y externa, para hallar finalmente como valioso o disvalioso al contenido de un acto determinado, aquellos extremos en que el ser humano se encuentra solo frente a su destino, en decisiones finales y reservadas a su sola conciencia, nos hallamos ante la imposibilidad de su demarcación externa, ya sea impuesta por la convivencia o por la organización.

 

Cada acción posee su propia narrativa y el Derecho sólo puede calificar aquellas acciones que de desarrollan en el marco de cierta normalidad y previsibilidad, dadas las condiciones objetivas determinadas por las normas normativas – descriptivas, en función de su aplicabilidad.

 

El reconocimiento de dicha narrativa, más allá de las coordenadas del dónde, cómo y cuándo, supone al mismo tiempo, el reconocimiento de su normativa. Esta normativa estará conformada por la normativa general aceptada por el individuo concreto en el momento determinado y por la normativa particular o expresión de su acción, desenvuelta en ese mismo momento.

 

Por lo expuesto, resulta la imposibilidad de sustraer de ninguno de los elementos de la teoría del delito, a su componente normativo, el que se encuentra presente en todos ellos, como expresión, ejemplificación, revelación y sentido.

 

Así, en una apresurada síntesis, un acercamiento a una teoría integralmente normativa del delito, debe considerar:

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  1. A la acción como expresión de sentido jurídicamente relevante. La aceptación, modificación o repudio, para sí, de las normas válidas o vigentes en la relación con otro sujeto. Ante tal conducta o situación, me pronuncio

 

  1. A la tipicidad como desconocimiento de la vigencia de la norma específica y literalmente protegida: “Ante el no matar, yo mato”.

 

  1. A la antijuridicidad como el no reconocimiento de habilitación alguna para llevar a cabo la acción típica. Afirmación de una norma en relativa oposición con la del mandato legal. Por ejemplo: “En esta situación, con este fin, o ante tal conducta, corresponde que se mate”, en definitiva, la afirmación del “Se puede matar”.

 

  1. A la atribuibilidad, como desconocimiento de la existencia de una regla genérica en la situación subjetiva particular “Puedo decidir matar, bajo mis propias consideraciones” ó “mi decisión de matar en estas condiciones o ante esta conducta excede las previsiones del Derecho”. Se afirma aquí la inaplicabilidad de las normas comunes para juzgar o calificar la propia acción. Se está alertando: “No importa que se mate”

 

  1. A la culpabilidad como desprecio de la motivación de la norma en sí, en su imperativo absoluto. Se afirma así la necesidad, inexorabilidad o el deber de matar. La inocencia del homicida.

 

 

Para establecer cuál norma ha expresado y regido el concreto autor de un hecho penalmente relevante, se debe realizar una estratificación inversa de la teoría tradicional del delito. En efecto, debe partirse del acto peculiar, característico, en su dimensión acotada y real, personal e intransferible (culpabilidad), en que el deber mencionado por la norma postulada por el autor se limita a él mismo; a la consideración de su dictado en orden a su legitimidad para postularla ante una situación concreta (atribuibilidad); a la consideración de su postulación en carácter relativo a la circunstancia hecha abstracción por sí (antijuridicidad) en cuanto posibilidad postulada para cualquier otro sujeto en circunstancias similares; y la aberrante afirmación inconcusa del deber de ir contra la norma, en indeterminación de objeto, sujeto y circunstancia, por móviles arbitrarios y en consideración a la mera

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conveniencia (el Derecho transformado así en cosa disponible, una mercancía más en el mercado) (tipicidad); y a la forma de dictado de la norma como jurídicamente relevante (acción).

Así, en la culpabilidad el hecho en estudio supone el dictado de una norma A que el autor postule válida para su conducta (“tengo que matar a Carlos”).

 

En la atribuibilidad, el autor postula una norma B de legitimación que le indica que en determinada situación, se halla competente para el dictado de la norma A (“puedo decidir matar a Carlos”).

 

En la antijuridicidad, el autor postula una norma C de habilitación de la norma A, indicando las circunstancias condicionantes que puedan configurarla (“puede matarse a Carlos en tanto este agreda gravemente”).

 

En la tipicidad, el autor postula que la norma A es válida para todos (“se debe matar a Carlos”) La norma expresada en el accionar del sujeto, en su proyección particular, general y absoluta, no

 

sólo configura la individualización del delito y de la pena, estableciendo un serio criterio para merituar la gravedad de cada injusto, sino que delimita las esferas de responsabilidad de partícipes que actúen en diferentes situaciones jurídico penalmente relevantes (Ej.: Autor en legítima defensa con partícipe doloso sin legítima defensa), de choque con causas de justificación (estado de necesidad contra legítimo ejercicio de un derecho), y ofrece una respetuosa preservación de la diversidad cultural en un Universo que tiende a la uniformización, reclutamiento y fungibilidad de los seres humanos. Especialmente, este es el aspecto fértil y especialmente relevante de encarar una Teoría del Delito Normativa, como oposición de la norma personal evidenciada en la conducta típica contra la norma legal expresada en un texto formalmente sancionado como tal.

 

Aquí, volvemos a lo apreciado en el punto 1 de este capítulo, en cuanto a que no sólo el plexo axiológico negativo debe ser encontrado en cabeza del autor de una acción penalmente típica, sino aún su sistemática positiva. En efecto, la norma protectiva también se materializa concretamente en el ámbito de los derechos. Así, los significados que a cada uno de éstos en su ejercicio aporta el concreto sujeto imputado de cualquier modo en el acaecer objetivo de un hecho penal, en interacción con la víctima o las víctimas de éste, importan a la consideración de su conducta en términos normativos. Por

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ejemplo, no resulta injuria la sátira del humorista, mientras la misma no recaiga sobre aspectos de la intimidad no expuestos a la opinión pública. Especialmente, ello se vuelve interesante en el seno de culturas diferenciadas, en que los significados de propiedad, libertad sexual, salud, honor, servicio público, etc., no resultan del todo asimilables a los que la ley penal ha tenido en cuenta para con su constitución. No es lesión leve la circuncisión practicada por el rabino, ni resulta abrogar la libertad sexual el voto del celibato realizado por una carmelita. No le es exigible al confesor la denuncia de un delito del que tuvo noticia por la administración del sacramento, ni resulta un atentado al pudor el hecho de que clanes aborígenes reciban a sus visitantes, parcialmente desnudos. Una concepción jurídica de la naturaleza que aquí se ensaya, participa de la criminología crítica, pues, en una síntesis muchas veces postulada como imposible. Ello es así, por cuanto supone generaciones de valor de fuentes diversas, en conflicto necesario y permanente, sin hacer una mera referencia a la tabla automática y aceptada de un sistema social organizado.

 

Por otro lado, aggiornada la concepción del delito a aquellos injustos relacionados con delitos de lesa humanidad, daño ecológico, terrorismo de Estado, o perjuicios económicos de carácter nacional o internacional, se da cuenta de la indeterminación de los agraviados como carácter afirmativo de la absoluta gravedad de tales hechos, Así, el Derecho Penal se instaura como protectivo de los derechos e intereses del hombre ciudadano común, colocándose como garantizador final de la no conversión de las normas de convivencia en régimen de oferta y demanda.

 

 

4. El sistema de la teoría del delito.

 

La teoría analítica del delito, al hallazgo de sus presupuestos de Derecho, tal como lo hemos indicado más arriba, es adquisición temprana de nuestra disciplina.

 

Sin embargo, ciertos modos de la enseñanza y el aprendizaje del Derecho Penal (principio de autoridad, acumulación de citas, acometimiento parcelizado de cada uno de sus institutos, la pérdida de referencia filosófica, excepto en los capítulos correspondientes a la justificación de la pena) han anquilosado de tal manera algunas de sus formas, que estudiadas en aislamiento han obtenido un desarrollo independiente y anquilosado, haciendo aparecer lugares fosilizados de la teoría del delito.

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En efecto, se pierden de vista relaciones como el dolo de la tentativa y en la participación en el hecho de otro 34; la norma positiva de mandato y las causales de justificación 35; la posibilidad de confluencias entre estas últimas 36; los casos especiales de error como el “aberratio ictus”, “dolus generalis”, “error in personam” o “error en el objeto”, respecto del análisis del dolo 37; entre otros.

 

Por otra parte, este acceder al delito desde una perspectiva analítica viene contradecida en la actualidad por la praxis procesal, teñida de fundamentos prevencionistas.

 

Desde este punto de vista podemos considerar el abordaje de la verdad como objeto, típica de la indagación policial; frente al entendimiento de la verdad como sistema, propio de la lógica jurídica. El primero supone lo real como momento del hallazgo, en tanto que el segundo importa la necesidad de una construcción.

 

Así, la perspectiva policial, que naturalmente supone el método inductivo, se opone a la mirada del Derecho, cuya comprensión es analítica.

 

Sin embargo, lo judicial, contaminado de lo policíaco, persiste en su modo de abordaje de los hechos traídos a su intervención.

 

Causas de esta contaminación resultan entre otras, el hermetismo profesional, las estructuras judiciales, y la prepotencia del oficio.

 

Excluido de los ambientes tribunalicios, los aspectos filosóficos, éticos y políticos del delito, quedan recluidos en las aulas, o en los vastos académicos. Como un lujo, un excentricismo, una liviandad.

 

Mientras, por los pasillos de los juzgados trasunta la ignorancia, el anacronismo y el manejo de influencias. Hay el conocimiento avezado del manejo de una causa, insertado en lo que sería una metalegalidad, que por encima de los presupuestos de derecho, que intenta bucear la teoría del delito, opone la maniobrabilidad de las fojas, testigos, peritos y oficiales.

 

 

34 En ambos casos se trata del dolo de quien no pretende un resultado sino lateralmente. Consecuentemente, numerosas legislaciones prevén una disminución de la pena para este tipo de supuestos.

 

35Interpretaciones de la legítima defensa como desprovista del componente de racionalidad en el equilibrio de los bienes en juego, desconocen la norma positiva que de ese modo se incluye por la conducta desplegada, en un marco jurídico determinado; pasando a ocupar la seguridad individual, en definitiva, la jerarquía máxima.

 

36 ¿Es posible la legítima defensa frente al cumplimiento de un deber?, ¿y el estado de necesidad frente a una legítima defensa?. Estas cuestiones no pueden ser tratadas con el arsenal de elementos con que se analizan cada una de estas causales de exclusión de la antijuridicidad, por su lado.

 

37                  El dolo eventual aparece allí donde el error de tipo sólo excluiría el dolo directo.

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Y el proceso entendido como modo de conocimiento del Derecho, desde el empirismo más acabado y perfecto. Aquel cuya única regla es que “las cosas son así porque siempre han sido así, en este juzgado y con este tipo de asuntos”. Contingencia del deber, necesidad del “contacto”.

 

Esta metalegalidad refiere entonces al proceso como objeto en sí, no ya a la búsqueda a la que orienta. Es entonces desarrollado en base a la praxis, edificado en orden sintético.

Esta metalegalidad precisamente se coloca como un saber no vinculado a la ley sino a la utilización de la ley para fines propios. De allí esta denominación en un segundo plano de la observación. Se trata del uso no jurídico de lo jurídico. Del trasvase del delito, como institución, al delito como insumo.

 

El saber del profesional de las leyes se muestra afincado en este tipo de conocimientos. Ello es lo que constituirá el saber de la abogacía, lejos de los conocimientos del derecho. Es el discurso sobre el discurso. Lo escrito sobre lo entendido. Lo ingenioso sobre lo ajustado. Y el pensamiento técnico de los legisladores pretende reformar la administración de justicia, prestando sólo atención a los inconvenientes de esta praxis. Así, somete a buena parte de la población, sobre todo la de bajos recursos, a una serie de subprocesos, como lo son la “probation”, la “suspensión del juicio a prueba”, la mediación penal o el “juicio abreviado”. Todas formas en que sumariamente debe (por conveniencia negocial en relación al monto de la pena) declararse como culpable, dando satisfacción de esa manera al fin sosegador del Derecho.

 

De esta manera, en ambos casos, sólo ocurrirá una declaración, y de ninguna manera un análisis, un estudio en el desarrollo de la causa.

 

 

Del hecho sólo aparece su noticia. Y ello en el sentido de mención de su carácter llamativo.

 

El juez, allí, aparece en el entorno de la sentencia aplicada, cuanto que está realmente en su interior. Protección de su inocencia en que se toma la ley como algo dado, un elemento de hecho más, relevado con el mismo método policial que ha sustraído los datos de lo fáctico.

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La ley como elemento también aparece en el entorno, cuanto que es el núcleo del problema del delito, la definición de este delito, cuyas condiciones de aparición han de bucearse con ayuda de la teoría analítica.

 

Acaba siendo la faz jurisdiccional una mera puesta en escena, en la que no cuentan los hechos motivo de su puesta en funcionamiento, sino su mismo funcionamiento. En que la generación de pasos regulados y fórmulas cerradas, sólo se remitirán al respaldo de la labor de los decisores. A la toma de distancia respecto de la aplicación de la condena 38.

 

A continuación, se repasan los elementos de la teoría estratificada del delito, desde el punto de vista de su instrumentación como herramientas al servicio de la constatación de los presupuestos de derecho de aquel.

 

 

A) Acción.

 

La acción como requisito del delito tiene también su origen en el pensamiento liberal, en cuanto objeto de la imputación, del que fueran derivables su verificabilidad, y exterioridad.

 

De esta manera, se tomaba distancia respecto de los cargos o acusaciones de índole mágicos o esotéricos, al tiempo que se distanciaba el control jurídico del religioso al derivar para el fuero íntimo la moral privada.

 

La predicación de la culpa o el dolo dentro del análisis del elemento Acción, como propone la estructura denominada “finalista”, lo integra de sentido y lo completa de materialidad.

Es necesario, sin embargo recalcar que los elementos del delito no son sino instrumentos para su reconocimiento, y de ninguna manera descriptores de sus caracteres. Esto es, entender que en el análisis de la actuación determinada de un imputado ha obrado o no acción, dolo, tipicidad o antijuridicidad, por ejemplo; no quiere decir que todo ello pueda ser predicable sin más de la figura del delito. De otro

 

 

 

38 “En determinado momento -nos dice el Dr. Eugenio Raúl Zaffaroni en “En busca de las penas perdidas”, (Ed. Ediar, Bs. As., 1991)- el operador de la

 

agencia judicial se percibe a si mismo en función de su cargo y jerarquía y construye una identidad asentada sobre estas bases. Rechaza los relámpagos de conciencia acerca de las limitaciones de su poder, por el sufrimiento que le provocan (lesionan su narcisismo y omnipotencia, su autoestima; obsérvese que se trata de caracteres regresivos, igual que los que condicionan los procesos de criminalización y policización); no le resta otro recurso que evitar conflictos con las otras agencias para preservar su identidad falsa o artificial (producto del entrenamiento regresivo propio de la agencia) y también para conservar su función: el único camino es la burocratización, o sea, las respuestas estereotipadas en conformidad con las pautas de siempre, la ineficacia entrenada mediante la elevación de los medios a la categoría de fines, etc. es decir, todo lo que es bien conocido y descripto como comportamiento obsesivo”.

54 modo, estaríamos definiendo y no constatando. Se estaría entonces insertando en la realidad una referencia del objeto de la ley, y no examinando las condiciones de verdad de ésta última.

 

La imputación de un delito no debe ser sino una verificación del delito. No sólo a través del examen de sus presupuestos, de hecho (en la esfera del proceso o adjetiva) sino y sobre todo, del análisis de sus presupuestos de derecho (en la esfera sustantiva).

 

Esto es, en razón de las especiales características de la disciplina jurídica, la ley se genera antes que su comprobación. Esto es, el hecho sobreviene luego de la promulgación de la ley que lo interprete. Esta particularidad debe encontrarse siempre presente, ya que en múltiples oportunidades aparece la ley, en los estudios doctrinarios y hasta en los exámenes jurisprudenciales, tratada como objeto primario de hecho, invirtiendo el proceso de su consideración.

 

La acción se sostiene como requisito del delito, pero en su afirmación primaria y a la sombra de la tipicidad, se da por descontada su constatación. Ello, como hemos visto, mantiene la nitidez del delito como única exclusión real, posible, concreta, dentro del sistema social.

 

Donde hay un verbo hay una acción: Falso. Donde hay un resultado hay una acción: Falso. Donde hay causalidad hay acción: Falso. Donde hay voluntad hay acción: Falso.

 

Sólo hay acción, para el Derecho, en cuanto ella, como ejercicio de un poder, se exprese como norma. Luego, sólo allí le serán aplicables los adjetivos de conforme o no al resto de la legalidad. Compatible con el sistema jurídico, o excluyente a su respecto 39.

 

Ello tendrá una importancia notable al momento en que ese sistema jurídico incorpore como insumo (no ya como condición) al sistema delictivo. Uno como entorno del otro, en íntima y aceitada complacencia.

 

La acción penalmente relevante sólo puede ser normativa. Sin embargo, la penetración de lo visual en el discurso, ha terminado por identificar acción con exterioridad. Esto es, que se vea, o que

39 Esta noción es sugerida por Günther Jakobs en cuanto afirma que “acción es objetivación de la falta de reconocimiento de la vigencia de la norma, esto es,

la expresión de sentido de que la norma en cuestión no es la máxima rectora. Expresión de sentido es un comportamiento que conduce o puede conducir a un resultado delictivo externo y evitable, si este comportamiento, de acuerdo con un juicio comunicativamente relevante, es o podría ser la razón determinante del delito externo... Con ello, el autor expresa que la norma que se opone a su comportamiento para él no es la máxima de comportamiento rectora (esta es la formulación de la acción como expresión de sentido); este sentido introducido en el mundo es el efecto específicamente jurídico penal.” (“El concepto jurídico penal de acción”, Universidad Externado de Colombia, 1996, páginas 41/2)

55 haya sido posible de verse. El ojo gobierna la perpetración y la corroboración del hecho. Limitado a este carácter, el concepto de acción ha permitido la construcción de los tipos penales llamados “de simple actividad”, los de “peligro abstracto”, los de “tenencia 40” y de “mera desobediencia”; cuyo tratamiento corresponde a esta parte de la teoría del delito, ya que su tratamiento en la tipicidad ha dejado atrás la pregunta por la acción.

 

¿Qué capacidad normativa podría sustentarse de una simple actividad?. ¿De la voluntad de tener?. ¿De la posibilidad de la posibilidad de un riesgo?.

 

No puede haber ficciones jurídicas en Derecho Penal. Incluso las presunciones “juris tantum”, sólo pueden ser válidas en la etapa probatoria. Sin embargo, se hace aparecer como vulnerado al bien jurídico concretamente protegido, cuando éste aún no ha sido.

 

Esta es la exigencia fundamental del elemento “acción”: La vulneración del bien jurídico desde una afirmación de poder. Como tal, protegido por todo el Derecho, no ya por el penal, que protege dicha protección.

 

Insertado en los derechos, en función del principio de realidad, tales bienes jurídicos protegidos reúnen las siguientes características:

 

  1. Ser concreto, no simplemente un valor abstracto.

 

  1. Ser atribuible a un sujeto determinado en cuanto existencial.

 

  1. Ser real, no ideal.

 

  1. Participar de una relación de sumisión y subordinación.

 

Faltando cualquiera de estas características, no puede predicarse la posibilidad de acción. En efecto, si el bien resulta abstracto, su constitución así como su vulneración estarán en cabeza del juzgador, haciendo imposible la presencia de una norma pronunciada por el sujeto actuante; si el bien no es atribuible a la existencia, tampoco habrá un contacto a su respecto que permita, existencialmente, su ataque; y si el bien resultara ideal, esto es, un mero “deber ser”, no puede ser asumido como objeto de una norma que lo vulnere.

 

 

 

40 Este término, “tenencia”, corrobora la ignorancia derivada de la especialización, respecto del resto de las disciplinas jurídicas. En efecto, en cuanto relación real, lo descripto por los tipos penales así denominados, se trata de una mera yuxtaposición.

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No puede pues, prohibirse, aquello que no pueda tampoco ordenarse. Se trata, por ende, la exigencia de la “acción” como elemento de la teoría del delito, la posibilidad de sanción de un mandato normativo ante un hecho determinado.

 

Aún más, en tanto la acción penalmente relevante tiene que consistir en la puesta en práctica de una afirmación problemática frente al Derecho; esta pregunta efectuada ante lo jurídico debe ser de índole tal que pueda responderse concreta y eficazmente.

 

Luego, cuando esta respuesta coincida con un tipo penal específico, podemos comenzar el estudio del segundo de los elementos de la teoría del delito.

 

 

A) Tipicidad.

 

La determinación de lo prohibido, como delimitación de un fundo, como deslinde de una propiedad: Así pudo entenderse la convención, el contrato, el acuerdo de voluntades, en el punto de legitimidad de las penas. Derivados supuestamente de los ilícitos del Derecho General, los tipos penales se instituyen al mismo tiempo como tope de arbitrariedad, y como reducción del ámbito en que lo jurídico extenderá sus garantías.

 

Así, quedan en la esfera de lo terapéutico, pedagógico, cierto tipo de medidas que a pesar de consistir materialmente en el ejercicio de una pena, al no insertarse en el discurso de lo penal, aparecen huérfanas de todo control sistemático, de toda exposición pública, de toda revisión, de toda crítica.

 

Es en estos espacios donde, protegidos en los velos discursivos apartados de la pena, se desarrolla una administración de dolor industrial y acelerado, tanto más cuanto menos se lo inserte en el ejercicio de un poder.

 

Existe una zona intermedia en este aspecto, la del control contravencional. Aquella aplicación sistemática de la serie de arrestos, redadas e inhabilitaciones, que se ejerce sobre los cirujas, vagos, desocupados, sin - techo, mendicantes.

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Más lejos en tal sentido, más en la zona de penumbra del poder jurídico, los locos asilados en los manicomios, los viejos condenados a la espera en los asilos, los niños en los reformatorios, los pobres 41

y los hambrientos.

 

Todavía más ajenos a la exigencia de una norma penal, previa, estricta y escrita, los despedidos,

 

los desocupados, los hambrientos, los refugiados, los moribundos.

 

Se trata, como hemos visto, del reconocimiento de una sola exclusión, relegando el resto a lo

 

que deberíamos considerar como hechos de la naturaleza (hoy léase mercado).

 

Este afincar en la culpa y hacer cargar en la culpa todas las exclusiones y todas las desigualdades, es el máximo logro del Derecho Liberal. En efecto, no sólo logra soterrar el resto de sus

 

exclusiones presupuestas, sino que inevitablemente, hace uso de ellas, bajo un ropaje legitimador.

 

La deconstrucción de esta perversa maniobra de la ley penal, es objeto del estudio de este

 

especial elemento del delito, la tipicidad.

 

La ley no habrá de ser entendida como dada, objeto, hecho o dato inicial; sino como simple

 

hipótesis a corroborarse en la red de los derechos 42 a nivel existencial.

 

Se tratará de verificar el principio de Derecho Penal de acto frente al Derecho Penal de autor,

 

tantas veces preconizado por la doctrina, y nunca realmente contemporizado.

 

En relación con ello, el principio de culpabilidad, comienza a funcionar en esta fase del análisis del delito. Los datos del tipo penal deben haber sido parte de la norma, que aún no se tiene completa,

 

del sujeto actuante durante la prosecución de su acción.

 

Si alguno de estos datos no se encuentra concretamente en la formulación del autor, aún deberá examinarse si ello se corresponde con cierta obligación de éste de tenerlos en cuenta. Ello, en función

 

de su situación, de su posición de garante de algún bien jurídico determinado.

 

Así, para los delitos culposos, ya se deberá formular un primer acercamiento al modelo de trabajo del elemento antijuridicidad, esto es, la revisión de las normas correspondientes al ordenamiento

 

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“El delito hoy, el verdadero delito, es ser pobre; aquellas de nuestras sociedades que se dicen más adelantadas y cultas distínguese por su odio a la

 

 

 

pobreza y a los pobres; nada hay más triste que el ejercicio de la beneficencia. Diríase que se quiere suprimir los pobres, no la pobreza; exterminarlos, como si se tratase de exterminar una plaga de animales dañinos. Se trata de acabar con la pobreza no por amor al pobre sino para que su presencia no nos recuerdo el terrible término.” Miguel de Unamuno: “Vida de Don Quijote y Sancho”, Ed. Cátedra, Madrid, 1992, pag. 382.

42 La idea del Derecho como interferencia intersubjetiva, aportada por el genial fundador de la escuela egológica, Dr. Carlos Cossio, quizás resultaba

 

demasiado abarcativa para los problemas de lo jurídico, y por lo tanto, se constituía como una hipótesis abierta de sus límites y sus horizontes. La interferencia, en todo caso, en nuestro trabajo resulta descripta como comunicación, y no es ya sobre las conductas, sino sobre los derechos y sus postulados normativos.

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jurídico en su conjunto, a los efectos de hallar en ellas la posición del sujeto respecto de los elementos del tipo. Ello, para asir la exigencia de su conocimiento, el deber de su inclusión en el planteo de la acción que se despliegue.

 

De este modo, la culpa (entendida aquí como opuesta al dolo) resulta el incumplimiento del mandato de previsión o cuidado respecto de ciertas actividades o conductas, desempeñadas desde una posición determinada y calificada como sujeto del mandato. Y es respecto de éste incumplimiento que habrá de examinarse la juridicidad o antijuridicidad de la acción típica.

 

Por su parte, el dolo, resulta la efectiva realización de la conducta calificada como prohibida o inhibida, dirigida en orden a la vulneración del ya indicado bien jurídico.

 

La “tipicidad”, de esta manera, como elemento del delito, deviene la presunción concreta de la norma de mandato, dirigida a la preservación de un concreto bien jurídico y a la previsión negativa (en cuanto se quiere evitar) de un hecho determinado.

 

 

B) Antijuridicidad.

 

Así como los elementos de la acción y de la tipicidad conforman los objetos de la norma individual que se construye por y desde el sujeto actuante; la antijuridicidad viene a colocar a dicha norma en el marco de una determinada situación particular. Es aquí donde la norma subjetiva de la que hablamos encuentra su antecedente, de la que resulta consecuente. Hace a la valoración de su circunstancia la determinación de la conducta que ha postulado la norma en forma concreta y efectiva, por medio de su acción exteriorizada.

 

En este sentido, la especial atención en el análisis de la antijuridicidad como elemento de la teoría estratificada del delito, debe dirigirse a la conformación de la circunstancia en ha tenido lugar el desenvolvimiento de la acción típica.

 

Debemos regresar sobre consideraciones pasadas, en cuanto a la concepción del derecho como una estructura de conocimiento dirigida sobre la actuación de los derechos. Interviniendo como tentativa de entendimiento para su abordaje, más como cálculo hipotético que como regla apodíctica.

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Lo dicho supone que el Código Penal no está afirmando desde el inicio “esta acción debe ser penada”, sino que más bien se interroga “¿ésta es la acción que debe ser penada?”, lo que mueve a la búsqueda de los presupuestos de la pena, esto es, de los elementos del delito. Ello, para determinar si la acción descripta en la primera parte de la norma legal es precisamente la que se toma en cuenta para la segunda.

 

La coherencia, verificabilidad y compatibilidad de la situación con el acto, se encuentran comprometidas en el estudio de la antijuridicidad. Lo medular a su respecto, habrá de suceder respecto de la posibilidad de extraer de la conducta en análisis los componentes relevantes a considerar para enmarcar o condicionar efectiva puesta en práctica. Y que la circunstancia, así conformada, sea capaz de dar lugar a un marco de probabilidades no excluyentes para actuar en consecuencia.

 

La previsión en un cuerpo legal de los casos que pueden dar lugar a la juridicidad de una acción típica no habrá de ser, por tanto, taxativa, sino a mero título enunciativo. Ello habilitará el examen jurisdiccional de si en el hecho traído a su consideración se encuentran evidenciados y palpables cada uno de sus lineamientos.

 

La referencia al ordenamiento jurídico como totalidad, es la consulta a lo situacional. Ambos resultan presupuestos para la acción, que al mismo tiempo los dimensiona y coloca en escena. En cuanto búsqueda de los presupuestos de la norma legal, que en este caso habilita la acción desarrollada, debe llevarse a cabo el razonamiento siguiente: ¿Es derivable la norma que rige esta situación de la norma que rige la conducta desplegada?.

 

Debe realizarse una distinción, en este punto, que permitirá desenvolvernos respecto de lo ya dicho y en función del correlato de lo que se ha explicado: Hay imputaciones sancionatorias (de la índole del “será castigado con pena de prisión de tantos a tantos años”), y hay imputaciones arrogatorias, que imprimen una interpretación y un valor dados a una conducta o presupuesto de acción determinados. Ejemplo de esta segunda clase de imputación es el entendimiento de que se está ante un contrato, por ejemplo, frente a un documento que extrínsecamente posee todos sus requisitos, entendimiento que puede sin embargo ser corregido por la indagación real de haberse suscripto con

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intención, discernimiento y libertad de ambas partes, y en cumplimiento del principio de autonomía de la voluntad (presupuestos de tal significado).

 

Cuando Hans Kelsen, en su “Teoría Pura del Derecho” distingue la “norma primaria” (sanción) de la “norma secundaria” (deber), conectadas por la imputación de un incumplimiento de la segunda como motivador de la primera, está llevando a cabo un juicio jurídico que no es esencialmente diferente al que realiza alguien que entiende estar desempeñándose en ejercicio, por ejemplo, de la legítima defensa.

 

La objetividad y generalidad de la norma que declara la juridicidad de una acción típica, se encuentra garantizada por el proceso de su procuración. Este proceso supone derivar la pregunta de la norma del tipo penal (imputación sancionatoria) a la norma del orden jurídico integral (imputación arrogatoria).

 

Veamos dicho examen en el concreto ejemplo de una legítima defensa. Aquí, desde el punto de vista de la norma del tipo penal, a la que el sujeto opone “puedo defenderme de esta manera en casos como el presente”; se indagará en el seno de la totalidad de las normas en vigencia, respecto de la calificación de ese marco de actuación particular.

 

Llevado al leguaje técnico intentado en otro párrafo, se trata de la búsqueda primaria de los presupuestos de una imputación sancionatoria, la que al verse condicionada por una imputación arrogatoria, debe partir del hallazgo y análisis de los presupuestos de ésta.

 

Los inconvenientes dogmáticos que presentan los supuestos de consentimiento de la víctima, o las lesiones quirúrgicas y deportivas, pueden estudiarse durante el examen de juridicidad, colocando la norma penal a prueba, respecto de un caso puntual, que exhibe su propia orientación, en el resto del orden jurídico.

 

Así, la norma particular resulta contrastada por la norma de la circunstancia, bajo el tamiz de la norma personal que asume a esta última. Se trata de obtener la norma de mandato, anexa al tipo penal, libre de cualquiera de sus contradicciones.

 

 

C) Atribuibilidad.

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No son muchos los autores y cultores de la Teoría del Delito quienes incluyen este elemento entre los constitutivos de dicho concepto. Su necesidad apareció en los trabajos de Maurach, y entonces sólo provenía de un dilema de exactitud: Si la culpabilidad iba a ser definida como “el poder en lugar de ello”, esto es, la posibilidad de haberse comportado de otra manera y haber decidido no hacerlo; existían supuestos en los que a pesar de que esta alternativa estaba presente, y que sin embargo debía entenderse que el individuo no había obrado culpablemente. Estos eran los supuestos del llamado “estado de necesidad disculpante”, en los que aún pudiendo el sujeto haberse comportado de acuerdo a la norma, pero tal actitud le es inexigible.

 

Este carácter especializado de la noción de atribuibilidad, dependiente de la casuística de estos dos ejemplos, como correctiva de la noción de culpabilidad; ha conspirado contra la fertilidad de este elemento del delito, en cuanto se lo redujo y estancó en los mismos materiales manejados antes de su sugerencia.

 

Sin embargo, en el lugar sistemático que ocupa, entre la antijuridicidad y la culpabilidad, este elemento de la teoría del delito, viene a dar respuesta a un problema que ha permanecido ajeno a la totalidad de los tratadistas, cual es el de la colisión o enfrentamiento entre dos o más causales de justificación en un hecho determinado.

 

En efecto, en cuanto se pretende concebir la antijuridicidad como adecuación al Derecho, y en cuanto éste, como sistema de la modernidad, supondría el principio de la no contradicción, no podía concebirse siquiera la posibilidad de una concurrencia de causales de justificación de carácter incompatible desde lo objetivo normativo.

 

Habiendo presentado al Derecho Penal como esencialmente conflictivo y funcionalmente dialéctico, asentado su orden y sus manifestaciones en el seno conductual; acercándose como estructura de conocimiento de la radicalidad de los derechos, este tipo de problemas aparecen invariablemente descubriendo lugares que la visión externa no pudo dar cuenta.

 

Así, y aún cuando desde la perspectiva del análisis convencional resultara factible, no existe hasta hoy trabajo alguno respecto de la interpretación jurídica de un estado de necesidad contra una legítima defensa.

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Otras situaciones pueden tener lugar, partiendo de la fenomenología del Derecho, esto es, del reconocimiento existencial de los derechos subjetivos, respecto de los cuales, aquel se coloca como observador y calificador.

 

En efecto, puede pensarse en un estado de necesidad frente al ejercicio legítimo de un derecho. Asimismo, puede aparecer una legítima defensa frente al cumplimiento de un deber 43.

Se trata de lugares en los que el Derecho, por sí, no puede dar una respuesta uniforme, no puede sancionar un principio universal, ya que interfieren en ellos decisiones puramente individuales y desde la esfera de la pura moral o afectividad.

 

En estos casos, como se ha dicho ya más arriba, el orden jurídico habilita al sujeto a tomar su decisión. Ello es así, por supuesto, en tanto la situación no haya sido provocada por éste.

 

 

D) Culpabilidad.

 

En el examen de culpabilidad o reprochabilidad, una vez habidos de una conducta típica, antijurídica y atribuible, nos encontramos con una norma personal a la que se le ha quitado toda superficie situacional y toda referencia objetiva. Queda lo expresado conductualmente por el actuante, despojado de todo otro. Desnudo y abarcante.

 

Así, gana en fuerza genérica la norma personal, lo que le permite enfrentarse directamente a la norma de mandato, implícita en el tipo penal.

 

Allí donde no podamos explicar un hecho determinado sino desde la perspectiva de lo penal, mientras no haya otra norma que lo autorice o habilite (de cualquiera de los ámbitos del Derecho: Laboral, Civil, Comercial, Administrativo..) y él mismo importe la afirmación de carácter normativo y general, sólo allí podrá aplicarse la condena.

 

De este modo, y en cuanto el sujeto haya tenido posibilidad de motivarse en la norma de mandato, analizándola a ésta última desde todas sus contradicciones internas y externas, podremos afirmar la existencia de delito.

 

43 Siempre me pareció fuera de toda lógica existencial prever la “resistencia a la autoridad” como delito. Aún más con la experiencia que nuestro país ha

 

volcado sobre los cuerpos y los uniformes. Pretender que ante la violentación del cuerpo, y ante la amenaza de una pérdida cierta de la libertad, se reaccione pacífica y abnegadamente, es por lo menos pueril.

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Aquí se tratará de resolver la disidencia por error en el entendimiento de la situación jurídica o antijurídica, e incluso en la apreciación de los límites de lo atribuible; y asimismo tendrá lugar el examen de cultura presupuesta de la norma general, y de la particular. La norma social y la que se ha dado el sujeto a sí mismo, hacia lo social.

 

Así se ejerce el debate de la ley, enfrentada a la realidad no sólo de su cumplimiento, sino de la posibilidad de su inserción pacífica en el cuerpo social.

 

 

E) Integración.

 

En orden a la estructura revisada anteriormente, resultará un delito como norma, contrapuesto al delito como desviación. Norma que amenaza al mandato legal subyacente en el tipo penal. Reconocido que el objeto del Derecho Penal es la generación y protección de la inocencia, luego, se trata de evitar a su través la impunidad de las imposiciones arbitrarias, las normas opresivas y los sistemas inhabitables.

 

 

II.5. Epistemología de la Condena.

 

En este capitalismo virtual, que en épocas de abundancia crea diariamente nuevas formas de escasez, los medios de comunicación cumplen la función que en el capitalismo real desarrollan los medios de producción. Se genera lo que podría denominarse minusvalía, el desprecio de la fuerza de trabajo, encerrada entre presiones de ilusoria y perpetua capacitación/especialización. Ya parece no haber necesidad de multiplicar ni distribuir ni circular la mercancía. Simplemente se intenta la reproducción de un poder, cada vez más orgánico y omnipresente, obteniéndose de esa manera el rédito y la ganancia asociados a la fuerza militar, la moneda internacional, y la cultura de masas absorbida por las frivolidades.

 

El imaginario policial propio de esta época, que tiñe todo relato, toda relación, toda asociación de ideas, tiene su raíz en el principio de justificación de la escasez: La culpa. Así, los mitos respecto de la vida breve, así los mitos respecto de la decadencia de las virtudes, así los mitos sobre la pérdida de la inmortalidad y de los bienes obtenidos sin esfuerzo.

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El mito fundacional de las normas es el relato de la desobediencia a la Primera Norma. Esa culpa primigenia, en la desobediencia a la Norma Caprichosa (por arbitraria e irrazonable, esto es, no fundada en la carencia), traslada la responsabilidad del Gran Legislador a la falta. De esta manera no sólo se disipa la arbitrariedad original, sino que además, se promulga la inocencia derivada.

 

Se dicta una única e inexplicable norma: “No te rascarás la nariz con el dedo meñique”. Esta única norma sostiene un estado del Universo excepcional y beneficioso. Ella es al mismo tiempo su condición y presupuesto. Allí es el reino de la seguridad, no de la libertad. Todos los bienes están disponibles, y en el estado en que se encuentran, menos aquel que está vedado por la norma particular. Hay aquí una sola necesidad, arbitraria. Luego, se desobedece. Entonces tiene lugar la multiplicación de las normas. Surgidas del nuevo Universo escaso, limitado, áspero, hostil. La arbitrariedad de la norma se transfiere a la del ser. Aquí es el reino de la inseguridad, no de la necesidad. Los bienes sólo están disponibles (en el planteo teórico, al menos) en la medida en que se observen las normas generales, y ya no hay garantías de su estabilidad. Aquí se trata de una sola libertad, inexorable: La de cumplir con las normas.

 

Aquel de la Primera Norma es el Poder por antonomasia. La discrecionalidad, la no respuesta. Luego, ha de venir la ficción de los acuerdos y el ocultamiento/alejamiento del poder, que retira sus manos del cuerpo que al mismo tiempo ofrece en sacrificio.

 

Allí, la inocencia era uno entre los bienes. Aquí, la inocencia es un objeto a instituir o reconocer. ¿Qué estado  de  cosas  garantiza  entonces  el cumplimiento  de  las normas?.  Esta  nueva multiplicidad de límites y prevenciones, ¿qué Universo sostienen?. ¿En virtud de qué lógica las normas resultan necesarias?. Allí, condicionaban y presuponían un orden favorable y generoso. Aquí, suponen

 

en cambio el constreñimiento a un orden exigente y obstinado.

 

La Única Norma colocaba la cultura originaria sobre la naturaleza. Ahora es ésta la que se postula precedente. Mas, esta posición sólo se obtiene en orden a La Desobediencia, lo que devuelve nuevamente la primacía lógico - cronológica a la cultura, ahora derivada.

65

 

Hay entonces una sola decisión, en el dominio. Y ella es la del dictado de las normas de cultura. Estas normas ya no nacen de la potestad arbitraria. ¿Dónde reside entonces su fundamento, si no garantizan el Paraíso ni provienen de la Creación?.

 

El cumplimiento de la Única Norma apriorística era justificado en virtud del mantenimiento de una situación excepcional. Mas, ¿cómo justificar el cumplimiento de las normas legisladas ad hoc?.

 

La Única Norma, gratuita, fundante de una abierta liberalidad, no necesita esconder su fuente. Su fuente es el Poder. La pérdida del Paraíso se impone luego, por la mera Desobediencia. No hay otro daño aquí que el propio desafío.

 

Una sola prohibición, y el resto del Universo considerado como “bueno”. Es el tiempo del lenguaje de los dioses y con los dioses. La realidad consustanciada con la divinidad, como expresión y medio de expresión de la divinidad.

 

Después de la Desobediencia, el hombre deberá dar sus nombres a sus cosas. Balbucear una lengua que ya lo aparta de la comunicación divina, de la comprensión abarcadora. Las muchas normas de la naturaleza, los límites a los que nuestra carnalidad y mortalidad nos encierran, provienen, luego, de la culpa. Aquí se trata de la explicitación de la escasez inevitable, sustancial u objetiva, propia de la exigua cantidad de cosas a disposición. Luego, a diferencia de ellas, las muchas normas de la cultura, deben dictarse desde los residuos de esa añorada inocencia, despachada ahora desde las instituciones. Y entonces es el legislador quien administra esta inocencia, cuya escasez deviene promulgada, no objetual, sustancial ni inevitable.

 

Con el objeto de garantizar un retorno al Paraíso (ahora colocado en el horizonte de un posible deber ser), no poseyendo su base existencial se le conjura sobre bases hipotéticas, formulándose una serie de “principios”, entre sí verdaderamente contradictorios, que estarían llamados a mantener la coherencia del sistema. Este es el Universo de las normas de cultura.

 

 

CUADRO I

 

Repasando el contraste entre el sistema mítico de una Sola Norma y el sistema social de Multiplicidad de Normas:

 

 

 

 

 

 

 

 

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Sistema

Mítico

de

Una

Sistema

Social

de

 

 

Sola Norma

 

 

Multiplicidad de Normas

 

 

Fuente

Poder.

 

 

 

Poder, pero disfrazado de las

 

 

 

Dios.

 

 

 

falacias del concenso.

 

 

 

 

 

 

 

 

Hombres.

 

 

 

 

 

Bienes

Están

dados,

todos

a

Están  merecidos.

Los

que

 

 

 

disposición de todos, excepto

consigan

obtenerse

mediante

 

 

 

Uno. Paraíso en la Tierra.

el   cumplimiento

de

las

 

 

 

 

 

 

 

normas. Paraíso en el cielo.

 

 

Inocencia

Pródiga.

 

 

 

Escasa.

 

 

 

 

 

Culpa

Excepción.

 

 

Regla.

 

 

 

 

 

Naturaleza (Universo)

Seguro. Bueno.

 

 

Inseguro. No Bueno.

 

 

 

Ley (cultura)

Arbitrariedad.  Proviene

del

Razonabilidad.  Proviene

del

 

 

 

Ser.

 

 

 

Deber Ser.

 

 

 

 

Libertad

Dada.

 

 

 

Administrada.

 

 

 

 

Necesidad

Ordenada.

 

 

Presupuesta.

 

 

 

 

 

 

En el medio de uno y otro está el episodio de la Desobediencia. En el primero como condición de su término, y en el segundo como condición de su comienzo.

 

Una vez habida la Desobediencia, el Universo como tal ha dejado de considerarse como “bueno”.

 

La inocencia como natural se convierte en inocencia como capital. La inocencia como inadvertencia, en inocencia como ganancia, estupidez o especulación.

 

¿Dónde tiene su raíz el principio de justicia?. ¿Al hallazgo de qué reducción de la verdad se la conforma?. ¿Puede la justicia ser un fin, o es la mera consecuencia de la imparable multiplicación de normas? Esto es, la competencia por la obtención del botín de la inocencia, luego sustanciada con la impunidad.

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El lenguaje del hombre se limita a contar su historia, como la de una extensa agonía hasta un retorno a condiciones míticas. Se reemplaza el mito por la epopeya, y luego a ésta por la tradición. Es el lenguaje mayestático de los hechos resonantes, por la geografía, el tiempo o la cantidad de pueblos involucrados. Así la historia enarbola sus detalles de conquistas y batallas, recordando cada triunfo como merecido, cada derrota como prevista, cada conquista como necesaria y cada sometimiento como inevitable. De forma tal que sólo puedan erigirse los sentidos de la vanidad y la resignación.

 

Lo culpable se corresponde con una metafísica de lo ínfimo, del detalle, del refinamiento. No se abre juicio por la violencia, sino por el pequeño incidente en que se pueda proyectar su imagen más burda y consentida. Así los juicios sociales que condenan épocas o sistemas de dominación, resultan meras opiniones, sin ninguna consecuencia. En cambio cada juicio individual comienza en acusación y culmina en la condena, el perdón, el olvido o el arrepentimiento. De esta manera lo ínfimo toma proporciones trascendentes, contagiándose del tamaño mítico de la Desobediencia original.

 

¿Por qué extraña transformación nuestro periodismo identifica “justicia” con “condena”?. ¿Qué estado de cosas anterior a los conflictos restablece la pena?

 

Se nos darán definiciones sobre el sentido de lo justo y equitativo, las que en sí mismas portan el germen de su inaplicabilidad. Partiendo de una igualdad supuesta y de contratos fictos, se administran los bienes y los valores, aplicándose a cada uno sus premios y castigos. Sin embargo, de lo que se trata es de mantener la confusión entre el poder y la inocencia. De esta forma, se mantienen las instituciones a pesar de las flagrancias y se enaltece su simbología a pesar de estar saturada de sangre.

 

En virtud de estas observaciones es que puede decirse que cada apotegma, cada mano levantada, cada imputación y cada sentencia, es un modo de voltear la cara. No hemos mejorado nada desde los tiempos de Pilatos, en tal sentido. Nada tiene que ver el juzgador, es el pueblo el que decide, o la ley, o el albur, o las perfectas circunstancias del caso. Ese ensañamiento en lo mínimo, esa detención en cada pormenor y cada inconsistencia, está buscando en un hurgar metódico, concreto, fútil y casual, la excusa (ya que no la causa, que el sistema de justicia como tal no tiene) para emitir un juicio. De allí que dicho sistema de justicia se parezca a una pelea matrimonial, en donde se sabe no

68 tener toda la razón en la disputa por un exabrupto, y se busca en los múltiples detalles y fruslerías, pequeños objetos del rencor, para legitimarlas.

 

Algunas de las diferencias entre las leyes de la naturaleza, apenas vislumbradas por el exiguo conocimiento alcanzado en nuestros siglos de humanidad, y las leyes del Derecho, torpemente justificadas en nuestros siglos de voracidad, son las siguientes: 1) a las primeras se las considera provisorias, surgidas de la evidencia de los hechos y de su interpretación y sistematización; en tanto que a las segundas se las considera durante su vigencia como definitivas, surgidas de la elaboración de una política y de un orden valorativo, ajenos a lo que pudieran demostrar los hechos, a los que sólo se examina para hallar las referencias de una conclusión implícita; 2) las leyes naturales asumen el método experimental como confirmación, preparación o derogación de sí mismas; las leyes del Derecho durante su vigencia permanecen bajo la forma experimental; 3) las leyes naturales no alcanzan ni pretenden modificar al objeto de estudio, sino meramente a su entendimiento; en tanto que las del Derecho penetran en las relaciones humanas tejiendo consecuencias muchas veces irreparables; 4) En las leyes naturales es dada la realidad, en las del Derecho ellas mismas son el presupuesto de trabajo; 5) El método de las leyes naturales pretende adecuar la observación a los signos y los diagnósticos a la experiencia; el método de las del Derecho pretende adecuar la experiencia al instrumento de observación (supongamos que sólo tenemos un termómetro y pretendemos medir la presión arterial: Habrá quienes comiencen a hablar de este fenómeno en términos de grados centígrados, desde todo punto de vista ajenos a su carácter y manifestación).

 

De allí que las afirmaciones del Derecho no parezcan entender otro juicio que el apodíctico. Ni el asertivo, que se relega a su administración procesal; ni el hipotético, que se estima inconveniente y sólo apropiado a la sofística de los alegatos parciales.

 

Respecto de las normas de comprensión de la naturaleza, no cabe la formulación de ninguna duda respecto de que ésta funciona de acuerdo a ciertas normas. Aquí está el punto de contacto del pensamiento jurídico con el estudio de las ciencias. Que luego redundará en la confusión respecto de las otras características, confirmada por la negligencia de la enseñanza y por la imprudencia de los filósofos y mentores del Derecho.

69

 

No es el juez, no es la ley quienes envían a la cárcel, a la hoguera o a la silla eléctrica, es el propio inculpado quien decide ese destino. A través de semejante elipsis, la ley o la justicia formulan con el golpe de gracia, su desentendimiento.

 

Las normas surgen de las limitaciones e imponen límites. Sin embargo se extienden infinitamente. Los límites (las necesidades) son requisitos para su aparición y condición de su mantenimiento, sin embargo, ellas se muestran soberanas y autosuficientes, asumiendo la capacidad de indicarse para sí los propios.

 

Una vez perdidas las “bondades“ del Universo, tanto en sentido constitutivo como de juicio de merecimiento, surge la necesidad de explicarlo por medio de las leyes naturales. Se postulan reglas al Universo (leyes naturales), despreciando las historias del Universo (cosmogonías). Y se pondrán condiciones al hombre, solo y sin capacidad de regirse, separado para siempre de su divinidad. En lugar de la cosmogonía, la regularidad. En lugar de Dios, las normas.

 

Este alejamiento del Cosmos a su sistema de reglas independiente, hará necesario el trabajo de su comprensión. Así se ensayarán hipótesis acerca de su funcionamiento y características que una y otra vez deberán someterse a la prueba de su verificación. Estas hipótesis funcionan como normas “ex post”, derivadas de la tarea de la observación y la meditación.

 

Por su parte, aquella separación del hombre hará necesario el trabajo de su control. Así se ensayarán formas de poder y de constreñimiento, que una y otra vez deberán someterse a las pruebas de su eficacia y resistencia. Estas formas funcionan como normas “ex ante”, constitutivas de un sistema de convivencia y de autoridad.

 

El Universo, sin embargo, no responde obedientemente a las reglas. Luego, se acepta la incompletitud del conocimiento, ya que no su carácter erróneo. Dicha incompletitud sin embargo, no será ya un límite con lo místico, sino la inmediata consecuencia de la culpa.

 

El ámbito de ignorancia es el ámbito de la libertad de los hechos de lo físico, en cuanto al reconocimiento de las posibilidades de su manifestación. Mas, en la pérdida del contacto con esta realidad, aquella culpa es nuestra única certeza. Así, el orden de la ignorancia de las normas del Derecho, será ámbito de la necesidad, en cuanto a la imperiosa aplicación de la fuerza sobre su desvío.

70

 

La falta de conocimiento de las reglas de la naturaleza se entenderá por inadecuación de los instrumentos de su análisis y por carencias de los saberes adquiridos. Sin embargo, la ignorancia de las normas del Derecho, que se reputan íntegras, completas y ejecutables, se asimilará a su desentendimiento voluntario.

 

Sobre la naturaleza ha cesado la confianza, y sobre la libertad se construirá la indiferencia. El lenguaje se vuelve impersonal, abstracto, objetivo. Presume de su propia distancia, como de un esfuerzo.

 

Tales alejamientos suponen la escisión entre lo bueno y lo real. Así, aparecerán dos ejes del conocimiento: El eje de lo verdadero y de lo falso (leyes de la naturaleza) y el eje de lo bueno y de lo malo (leyes del Derecho). Se descubre la existencia de un estado de salud y otro de malestar. Se agrupan las causas de las distintas formas malestar genéricamente. La salud es entendida negativamente, como la situación que se vive cuando no se está enfermo.

 

 

CUADRO II

 

Repasando los caracteres de los ejes verdadero/falso; bueno/malo:

 

Leyes de la Naturaleza

Leyes del Derecho

Verdadero/Falso

Bueno/Malo

Método Inductivo

Método Deductivo

Objeto de análisis: Los hechos

Objeto de análisis: Las normas

Juicio Provisorio

Juicio Definitivo

Ignorancia por Incompletitud

Ignorancia por Desidia

Alejamiento de la cosmogonía

Historia ad - hoc

Relación con el objeto de análisis:

Relación  con  el  objeto  de  análisis:

Desconfianza

Indiferencia

Positividad de los Hechos

Naturalidad de las normas.

 

 

Lo que en un ámbito se entiende como consecuencia necesaria, en el otro aparece como consecuencia debida. La fórmula básica común a las normas dictadas para ambas disciplinas es la de “dado A entonces B”. Esto es el esquema básico de “causa - efecto”.

 

“Dado que es de noche, el Sol debe estar a espaldas de mi hemisferio”. Aquí se devela el hecho como consecuencia de la regla. Sin embargo, es el hecho el que se postula como previo a cualquier

71 hipótesis de conocimiento. Esto es el esquema básico del método, común al procedimiento en las indagaciones de la autoría y/o culpabilidad: “Dado que Jorge es hallado con las joyas en su poder, debe

 

ser el autor del robo”.

 

El tipo de aplicación de “causa - efecto” que hemos referido en el párrafo anterior hacen referencia a hechos contemporáneos. Otra aplicación es la de índole profética, donde uno de los hechos que componen la fórmula todavía no ha tenido lugar: “Dada la chispa se encenderá la mecha”; “dado que Jorge ha robado, debe permanecer 4 años en prisión”. Aquí se espera que un acontecimiento tenga lugar de forma objetiva, independiente del resto de complejas relaciones que pudieran rodear al hecho originario. Se pasa por alto la humedad de la mecha, la condición atmosférica, la existencia de oxígeno y otros tantos elementos cuyos cursos causales podrían afectar al considerado. Asimismo, se pasa por alto la posibilidad de la denuncia, de la búsqueda, de las pruebas hábiles, de la mayor o menor habilidad

 

de sus defensores y la mayor o menor corrupción de sus acusadores.

 

Diseccionada la observación en series de causas y efectos concatenados, se traslada la división del trabajo mecanizada, como forma del desenvolvimiento económico a las reglas de la naturaleza,

 

convirtiendo a los “hechos”, complejos, multidireccionales, concretos, en “sucesos”,

simplistas,

autosatisfactorios y acabados.

 

Se aceptan entonces cursos causales lineales, que son tanto más verificados

cuanto más

 

aplicaciones se obtengan de sus consecuencias. Así, en un caso, la estadística correspondiente a situaciones similares, la técnica y tecnología que se puedan aprovechar de sus lineamientos, y en el otro, la coherencia del sistema y la acomodación de sus dominios. Tales causalidades, en el ámbito de la naturaleza, estarían dadas sin intervención de la voluntad, por el simple devenir del resto de sus reglas; por su parte, en el ámbito de lo jurídico, dependen del cumplimiento de otras normas, específicas, pertenecientes a su sistema. El ámbito del ser es en un caso el del poder, y en el otro, el del deber.

 

Dado que el deber, como el poder, debía ser fijado de una vez y para siempre, inserto en la cadena de causas y efectos correspondientes a una organización del espacio y del trabajo, el Derecho sufrirá en sí la transformación de los “principios”, dinámicos, abiertos, impulsores, en “institutos”, estáticos, cerrados, represivos. Puede notarse de la lectura de las normas generales, de qué modo

72

 

aquellos principios quedan relegados a simple material de relleno, cláusulas subsidiarias o errores de cálculo.

 

Limitada la dialéctica entonces entre el deber y el poder, no resulta sino la desaparición del ser en juego dialéctico con las normas. Y su lugar es asumido por la derivación a los “sucesos” e “institutos”.

 

Luego, se dicta la historia de la ciencia o la de los “descubrimientos” como una serie de éxitos concatenados (llama la atención a este respecto la sinonimia familiar entre “suceso” y “éxito”), y se indica la historia de las civilizaciones como la de un progreso constante e inexorable, el cual sólo hace referencia al perfeccionamiento de los referidos “institutos”. Aquellos como hitos que modelaran el presente, y éstos como entidades que lo organizan, más allá de lo anecdótico y de lo trivial.

 

Ya no se maneja el idioma de los pueblos, sino el de su organización y gobierno. La historia, por ende, acaba siendo meramente un asunto del pasado. Un camino que señala como destino ineluctable la situación presente. Aparecerá la distinción entre el idioma de la calle, el del vulgo y el de los entendidos en la materia. El alejamiento primigenio vuelve a producirse, entre los miembros de una misma comunidad. El conocimiento es uno de los modos de la escasez. Así que será también uno de los métodos de la inocencia.

 

A partir de aquí ya no se hablará directamente del objeto al que hacemos referencia sino de quienes o a través de quienes lo conocemos. Especialización y profesionalización que darán fe a su través de la seriedad de sus planteos. Verdad como superioridad, bondad como conquista. Aquí el eje verdadero/falso se reduce a verosímil/fantástico; en tanto que el eje bueno/malo se conforma con el par ordenado/imprevisible. Aquí se olvida la salud, y sólo interesan los cuadros y descripciones de las enfermedades. El delito está dado y sólo corresponde el examen de sus causas. El poder no sólo se esconde tras de los ropajes abstractos de una demostración por “reductio ad absurdum”, sino que comienza a sentir la comodidad de su situación.

 

 

CUADRO III

 

Repasando los caracteres de los ejes verosimil/fantástico; ordenado/imprevisible.

73

 

Leyes de la Naturaleza

Leyes del Derecho

 

 

Verosímil/fantástico

Ordenado/imprevisible

 

Causal

Final

 

 

 

Objeto de Análisis: La impresión de los

Objeto  de  Análisis:  Los  argumentos  de

hechos. Sucesos

logicidad. Institutos.

 

 

Relación con el Objeto de análisis: Acopio,

Relación  con  el  Objeto  de  análisis:

colección y sistematización

Interpretación. Consolidación.

Alejamiento de la narración

Alejamiento de la introspección

Condición de su mantenimiento: Eficacia

Condición

de

su

mantenimiento:

del mantenimiento de su concepto.

Aplicabilidad  de  la  observación  de  los

 

preceptos.

 

 

 

Decurso  progresivo  y  acumulativo  de

Concentración y acumulación de poder.

conocimiento.

 

 

 

 

 

 

Ello luego resulta agravado por la nueva separación ocurrida entre los científicos y el lego, por una parte, y entre los poderosos y subordinados, por la otra. Derivado de ello, el siglo XX ha expandido inconmensurablemente el espacio de la denominada “divulgación”, que resulta en una exposición de la ciencia como meros datos de una disciplina escolar; y por otra parte, ha distribuido los términos y razones formales de la “democracia” de forma tal que nadie pueda pretender un mejor estado de las cosas. A tal fin, se ha forjado la profesión de periodista, como una suerte de testigo privilegiado y directo del poder; y la abogacía, como una suerte de representante de la lógica del deber. Ambos al alcance de la mano.

 

Pierden las cosas entre sí sus relaciones y los hombres sus necesidades. Se negará cualquier reunión o solidaridad entre los elementos de unas y otros. Consecuencia del extrañamiento del Paraíso, ahora sólo quedan datos discontinuos, y las fórmulas a las que hacerles referencia. Al poder sólo le interesan las causas que pueda dominar, las consecuencias que le sean provechosas, y los principios que legitimen dicho señorío y utilización. Finalmente, así como la sentencia confirma la regla por su aplicación repetida a cada caso concreto, así también se agruparán los datos de forma tal que no se observe contradicción alguna entre ellos.

 

Fuera de consideración, entendida como una maliciosa deformación de los hechos, se recluye la narración. Todo aspecto narrativo deja lugar a la fórmula normativa. No hay historia, sino argumento.

74

 

No hay la multiplicación de los hechos, sino el exceso de las normas. Luego el Universo, otrora ilimitado y diverso, en el que sólo había una sencilla prohibición, se reduce a la legalidad o ilegalidad, en una maraña de deberes. En el orden de las ciencias naturales se interpreta esa red de normas, asequida durante los tiempos del positivismo, como confusión; tendiéndose a su unificación en entendimientos cada vez más integradores. Así se ha producido ya en el transcurso de los dos últimos siglos, un retorno al sentido. En el orden de lo social, en cambio, la escala mítica continúa descendiendo hasta asumir la forma de la multiplicación de las “noticias”.

 

Presupuestas las reglas, sólo quedará lo novedoso, lo irregular, el hecho insólito o las conductas estimadas como desviaciones. Así, como modo de acercamiento a la perdida verdad, sólo nos queda la “noticia”, y como única posible realización de la perdida libertad, la radicación de una “queja”, la que deberá ser entendida como tal, sólo si se encuentra formulada de acuerdo a los códigos que comparten sus destinatarios, a cuyos oídos pueda manifestarse.

 

Aquí los ejes sobre los que tienen lugar ambas representaciones son ya el de la confiabilidad/incredulidad (a tenor de la fuente de información correspondiente y en cuanto a la forma de presentación de su “noticia”) y el de inocente/no inocente (a tenor de quién hubiera aprovechado anticipadamente y con mayor efectividad las posibilidades de la “queja”). Nótese que en ambos casos se está calificando a la fuente a través de la cual el dato se percibe. Y en ambos casos dicha fuente es la misma que se encuentra en posición de juzgamiento. Así quien ya haya sido sometido por las elecciones del sistema puesto en práctica desde las instituciones, pone en riesgo su valor de realidad, si fuera declarado inocente. Así, se traslada el sujeto de examen del imputado al imputador. De aquí la importancia en la formulación, el ímpetu y oportunidad de la “queja”, que asumirá la forma de acción pública allí donde sea más necesario ocultar el ejercicio arbitrario de un poder, o cualquier complicidad, legitimación o impulsión de los mismos hechos que pone en evidencia.

 

La noticia precisa de un aparato permanente de emisión, que vaya reemplazando unas por otras sin dejar asentarse a ninguna. Asimismo, la queja, necesita un aparato permanente de atención, que descoordine las causas del malestar, apropiándose de los pequeños daños emergentes uno a uno. La salud y la enfermedad ya han quedado olvidadas, sólo interesa establecer los síntomas correspondientes,

75

 

recetando el fármaco previsto. De aquí las respuestas represivas para cualquier problemática de índole social, la facultad del poder de retirarse a su inocencia, buscando el modo más simple de exponer su legitimidad.

 

 

CUADRO IV

 

Repasando los caracteres de los ejes confiabilidad/incredulidad e inocencia/no inocencia

 

 

Leyes de la Naturaleza

 

Leyes del Derecho

Confiabilidad/incredulidad.

 

 

Inocente/No inocente.

Perspectiva

condicionada

por

las

Perspectiva condicionada por la utilización

conclusiones asumidas.

 

 

 

de los mismos códigos.

Objeto de Análisis: La fuente de la noticia.

Objeto  de Análisis: Los extremos de la

 

 

 

 

 

 

queja.

Relación  con  el  Objeto  de  Análisis:

Relación  con  el  Objeto  de  Análisis:

Reconocimiento o no reconocimiento.

 

Solidaridad o incomprensión.

Destino del Conocimiento: La oportunidad

Destino del Conocimiento: La legitimación

y garantía de dominio.

 

 

 

y preservación del poder.

Condiciones

de

Mantenimiento:

Condiciones de Mantenimiento:  Clausura

Permanencia

de

las

instituciones

de codificaciones.

reproductoras de saber.

 

 

 

 

Pérdida

de

memoria.

Actualidad

Pérdida de principios. La impartición del

permanente.

 

 

 

 

producto justicia como fin.

 

 

Aquí es donde debemos decir: “Principios son sólo derechos”. Esto es, la justicia, como sistema, sólo puede entender como dados, como preexistentes, como constitutivos, a los derechos humanos, hoy que ya se han podido erigir como ley vigente. Luego, las normas estarían sólo y simplemente como garantía de la realización de éstos y no ya de sí mismas. Mas, así como las pólizas de seguros no garantizan la salud ni la vida, ni la falta de riesgos, sino que antes bien, tienen como condición su inexistencia; así también la profusión de normas ahoga las libertades, teniendo como presupuesto la mala fe. Como el suyo no es sino un acto de violencia, por imposición y ruptura de las relaciones horizontales, asume a todo acto de sus subordinados como un ejercicio de poder. Otra vez aquí,

76

 

entonces, el juego de deber y poder, en el que la inocencia es el bien escaso, el raro mineral, la piedra de toque.

 

Una interpretación del Derecho en términos del respeto a los derechos sólo podría concebirse desde el entendimiento de la fórmula “dado ‘a’ debe ser ‘b’”, como la elaboración de una hipótesis, que no sólo se pregunta de las pruebas sobre la posibilidad de “b” o la verosimilitud de “a”, sino asimismo de la propia relación entre uno y otro. Solamente así puede hablarse de un conocimiento reflexivo. Sin embargo, la fórmula continúa adoptándose como apriorística, cuando en el fondo no es sino tautológica (en efecto, si “b” califica a “a” y de “a” deviene aquel inevitable, luego, el deber es una equivalencia: “a” igual a “b”, ya que uno se define por el otro ).

 

Las virtudes normativas y de tinte abogadil tienen su razón de ser en el principio de la desconfianza, del ocultamiento mutuo, de la trampa y el ardid recíprocos. Pero el juez no se encuentra en posición de dirimir por encima de dichas habilidades, sino de indicar someramente dónde se ha solapado mejor tras las fórmulas y los términos procesales, cualquier atisbo de lo cierto.

 

Se multiplican las normas en lugar de la diversificación de los relatos. Su profusión, lejos entonces de allanar el camino de la indagación de los principios, de las “ratio legis”, de los fines de esas normas, los aparta cada vez más hacia el hallazgo de la mera forma.

 

De allí que el exceso de normas obstaculice, impida y haga finalmente imposible la convivencia, surgiendo en lugar de la confianza, corrupción, influencia y mercadeo. Alejándose las normas cada vez más raudamente de la exposición de los principios.

 

De la exposición de las reglas de la naturaleza como datos de la realidad, la incesante progresión de los estudios, tanto más exactos cuanto más lejanos e inasibles, sólo quedará su mera actualización en forma de “noticia”.

 

Luego, así como el concepto o idea de “noticia” supone una reducción (ya que no una síntesis) de los hechos, las normas suponen una reducción (ya que no un acomodamiento) de los principios. Luego, así como se niega en una la complejidad, en las otras se esconden los conflictos, haciendo que su actualización asume la mera forma de la “queja”. Esto es, ni el relato de los hechos, ni los argumentos de la forma. Llanamente los motivos de reacción.

77

 

Así el sistema sólo recoge los términos que lo hagan inteligible, ignorando todo lo que se encuentre más allá de sus escuetos horizontes. Del relato sólo se extraerán las palabras que aludan a los elementos de la “noticia”, en cuanto puedan asimismo ser volcados en la “queja”.

 

La “noticia” se traduce como “imputación” y la queja como “acusación”. Actividades de la instrucción y del Ministerio Público, respectivamente. Aquí el eje de ambas indagaciones (de hecho y de derecho, a través de los procedimientos adjetivo y sustantivo) pasará por los términos culpabilidad/no culpabilidad del imputado; ya que su objeto de conocimiento es la inocencia de las condiciones del juzgamiento, cuyo mantenimiento y verificación resultan presupuestos de sus funciones.

 

Hasta alcanzar la reducción más acabada de hecho y principio, verdad y libertad, razón y realidad, en la condena.

 

 

 

 

 

Desobediencia Original

 

 

 

Universo Hostil y Limitado

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Hechos

 

 

 

 

 

Sucesos

 

 

 

Institutos

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Historia

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Fórmula

 

 

 

 

Preocupación

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Imputación

Acusación

 

 

 

 

 

CONDENA

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CUADRO V

 

 

 

 

 

 

Pérdida de la Inocencia

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Principios

 

 

 

 

 

 

Relato

 

Reflexión.

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II.6. Ejecución de la Pena.

 

Hasta aquí, sólo se ha analizado la pena desde la perspectiva de su función y legitimidad. Mas, el desarrollo de su ejecución, queda reservado a la praxis en su sentido más despojado de principio, más ausente de previsibilidad y garantías. Precisamente allí donde resulta más necesaria el funcionamiento concreto, activo y funcional del Derecho.

 

analítica, cuyos presupuestos normativos se asientan sobre hipótesis de normalidad y continuidad. Aquí, las determinaciones surgen a través de la necesidad lógica de su imperio, de su correlato en el sistema, de su adecuación al abstracto. Establecimiento de principios y conducentes. Cualquier abrupto, incidencia, golpe del tiempo en su tránsito de doctrina, aparece como elemento extraño en la anatomía de su discurso.

 

No se trata aquí del clásico problema de la adecuación de las cláusulas positivas del Derecho a los cambios instrumentales de las relaciones humanas, sino que se intenta dar cuenta de un distingo entre un Derecho de la generalidad y otro de la excepción. Debe entenderse, por otra parte, que esta generalidad y aquella excepción no lo son sino desde el punto de vista de la aplicación de reglas simples, autosuficientes, o de normas complejas, integradas con el dato de una realidad que la vuelve inaplicable.

 

Desde la formulación deductiva con el análisis y hermenéutica de la norma, hasta el trabajo inductivo con el desenvolvimiento de las relaciones jurídicas, hay la distancia de la potencia a la posibilidad. Una corresponde al ámbito de la afirmación asertiva, la otra a su referencia hipotética. Alusiones ambas a un deber ser que constituye principio de convivencia y teleología del poder.

 

La diagnosis de la realidad impone partir de la radicalidad de los derechos, en su vinculación con la existencia. Esto es, los derechos en su dimensión de factibilidad. En función de ello, debemos reconocer dos tipos de derechos: Aquellos cuya formulación es ínsita con el sujeto (que llamaremos implícitos) y aquellos otros que requieren de una concretización, una aplicación externa que no puede prodigarse por sí, sino que le es precisa su incorporación, su cauce objetual, su determinación externa (que llamaremos explícitos). Los primeros resultan completos, en tanto los segundos aparecen dependientes de un insumo externo. El Derecho de la Urgencia surge allí donde este insumo vuélvese

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necesario a los efectos de hacer lugar a los derechos implícitos. Esto es, allí donde los elementales derechos correspondientes al ser vuélvense o encuéntranse dependientes de la acción positiva de un tercero. Sobran los ejemplos, el hambre, la desprotección infantil, las catástrofes naturales, la seguridad física en situaciones de riesgo estructural, la atención de la salud ante necesidades emergentes.

 

Pueden establecerse algunas observaciones respecto del modo en que se ha de abordar, desde lo jurídico, este especial Derecho de la Urgencia.

 

A tal fin, comenzaremos a establecer el panorama de sus principios, esto es, aquellos condicionantes “sine qua non” de su procedencia.

 

 

  1. Excepcionalidad: Como hemos visto en el párrafo anterior, es ínsito a este Derecho su carácter de excepción en contraste con el panorama general de su entendimiento en abstracto. Ello, proviene desde que es sobre los presupuestos de la norma sobre los que operan los elementos de su necesidad y procedencia, en cuanto no se corresponden con los criterios de equilibrio de las relaciones jurídicas.

 

  1. Efectividad: En cuanto su misma naturaleza se encuentra condicionada por una crisis estructural, habiéndose vuelto inaplicables los regímenes normativos comunes por generadores de injusticia en el tratamiento igualitario de situaciones diferentes, su objeto está correspondiente e íntimamente vinculado al tratamiento, ocupación y saneamiento de aquella, con medidas que, encausadas en el ámbito vivencial, tengan un efecto real y una incidencia concreta sobre el enfrentamiento de aquella crisis. De otro modo, vuélvese tan sólo un modo insidioso de sobrevenir regímenes especiales que provocan mayor confusión e injusticia que la que se pretende atender.

 

  1. Celeridad. Tratándose de necesidades elementales, de índole existencial, resulta imperante su satisfacción en el menor tiempo posible, ya que la demora en atender a las mismas pueden generar daños graves en la población afectada.

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  1. Regionalidad. A los efectos de atender específica, puntual y concretamente sobre los focos comprometidos por crisis particulares, es indispensable contar con un desempeño y ataque locales aplicativos de los remedios institucionales que se destinen a su paliativo.

 

 

La ejecución penal supone por definición la necesidad de su inclusión en este denominado Derecho de la Urgencia. En efecto, en prisión, se depende de una efectiva, correcta y concreta actividad de jueces, guardias y funcionarios, para la continuidad y la adquisición de derechos fundamentales, como trabajo, educación, comunicación, higiene y salud.

 

Sin embargo, este encontrarse a merced de los operadores del sistema penal, en cuanto se desdobla como protectivo y castigador, utiliza respuestas de uno u otro ámbito para evitar ser materia de decisión jurídica.

 

Por un lado, se escudan flagrantes utilizaciones del hombre como medio, en orden a su pretendida resocialización. Por otro lado, se explican inocultables carencias en virtud de la índole de la punición efectiva. Ambas, ejercidas perversamente, en comparación con la situación padecida por el resto de la población inocente. Esto es, si no hay buenos hospitales en la ciudad, nadie pretenderá que los haya en la cárcel. Si la población no se encuentra bien alimentada, nadie pretenderá alimentar bien a los presos. Si el Estado niega subsidios a situaciones de emergencia o de necesidad, nadie pretenderá que subvencione estudios, trabajos, salud o entretenimiento a los sujetos portadores de una condena.

 

Y a esto, confluyen, como se verá 44, tanto la enseñanza universitaria (que ignora los elementos de la ejecución penal en la carrera de abogacía), como el ejercicio liberal de la profesión (que abandona a sus defendidos una vez se encuentra firme la sentencia).

 

Acabada la realidad de la pena con la sentencia, con la declaración de olvido, no hay ya más derechos que defender, ni estudio que realizar. Establecidos fuera de la legalidad, ya no pueden entenderse dentro de ésta. De forma tal que sirve a sus intereses, sin reclamos, riesgos, gastos ni inversiones.

 

 

 

 

44 Ver módulo 3º: “Ética del Abogado Penalista”.

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Persisten, sin embargo, los insensatos palabrismos, malabares de la lógica jurídica hollando los papeles de la Filosofía, por tratar de adunar la ciencia penal con las leyes de la trascendencia, de causa y efecto, pecado y castigo. De esta manera, la relegada preocupación por la ejecución de las penas pasa a ser un debate meramente académico, hasta metafísico. Se distinguen las doctrinas absolutas y relativas, según que se las entienda como un fin o no en sí mismas; y, entre las últimas, aquellas que ponen su acento en la prevención especial o general, según el destinatario de su realización.

 

Al mismo tiempo, la realidad descarnada abre sus llagas en intemperie. Las cárceles del país agonizan. Tragándose consigo la dignidad y los hombres. Esos muros de trapo y piedras, están vueltos de espaldas, doblados sobre sí mismos, cargados de dolor y de desánimo.

 

Examinar analíticamente la naturaleza de las penas debe ser sumirse en la reflexión existencial de su verdadero rostro. Puede hablarse de normas y doctrinas, hasta que llegan a la carne, hasta que tocan las vísceras. Cuando ya no es posible sino el grito o el abrazo, el “canon” retrocede para dar lugar al “corpus”.

 

Se sanciona la conducta y se inutiliza al sujeto. La soberbia de los inocentes podrá decir, con Kant, que la retribución por sí, restaura la ley moral que fuera agraviada por la conducta reprochable, con el único límite posible del Talión. La mala fe de los relativistas nos hará pensar en las sentencias ejemplarizadoras, en la reducción al miedo y en la necesidad organicista. Por último, los hipócritas, teñirán el castigo con posturas redencionistas, asimilables a la idea del purgatorio. Mas, el monstruo desgarbado ya no puede sostenerse sobre las débiles patas de los silogismos. Se desploma, observando que no es ya, sino los sucios restos de una violencia que le excede. De adentro hacia afuera, de afuera hacia adentro, sus ecos implosionan en una mueca de vacío.

 

Respecto del delito como entidad, nuestros tratadistas no han llegado más allá que la escuela de los estoicos, con algún matiz extraído de las fuentes del neoplatonismo. En efecto, colocan la idea en el lugar de lo real, y hacen violencia sobre la materia para que encastre en su superficie. De este modo, aparece la acción delictiva como una relación de sujeto/objeto, dando por supuesta la hipótesis valorativa. Esto es, dentro del esquema prefijado de lo axiológico, desestima su íntimo funcionamiento y sólo se remite a la gnosis. De allí que lo normativo pase en aquella relación a formar parte del objeto,

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sin el menor análisis del predicado de la voluntad en inserción de significado. Así, los derechos subjetivos (verdadero cauce empírico, sustancial de lo jurídico), se ajenizan al hombre, pasando a constituirse como fines dados, predispuestos, y no como apertura a la diversidad. Ello obedece a tomar como prototipo de tales derechos subjetivos a la idea de la propiedad, y con ella, a la lógica físico-mecánica de su establecimiento. De este modo, cuanto más tengo, menos tienes; donde yo estoy, no puedes estar; cuanto más crezca, más te empequeñeces. Mas, la propiedad es sólo una de las expresiones posibles del ejercicio de la libertad, que requiere además de un cuerpo sobre el que manifestarse; esto último quiere decir que no es inmanente a la existencia en sí misma, sino que debe encontrarse concretamente establecido sobre una posesión tangible; en el sentido de que puede hablarse de la propiedad como un derecho en potencia, a la espera de su satisfacción real sobre una cosa en cuanto tal, determinada. En lo que respecta a nuestro tema, de la ejecución de las penas privativas de libertad, el lenguaje cotidiano ha tomado esta idea de la posesión, y al dar cuenta de una condena señala que a tal o cual “le dieron tantos años de prisión o reclusión”. Los mismos condenados hablan de sus penas expresando que “tienen” la cantidad de años y/o meses que correspondan. (Expresión paradójica, por cierto, en cuanto que resulta finalmente tiempo perdido, quitado, suspenso).

 

El tiempo de la condena es allí una sucesiva acumulación, una adquisición paulatina, un hacerse de la mera acreencia, sin la disposición consecuente de su materia.

 

Todas estas nociones provenientes del pensamiento liberal del siglo pasado, deben ser revisadas a la luz de la doctrina de los derechos humanos, en cuanto consagración de los derechos concretos, esto es, aquellos que son uno con la existencia considerada en sí misma.

 

A partir de la recepción de los distintos pactos internacionales de derechos humanos, nuestro país se hubo comprometido a armonizar, adaptar y encausar toda su legislación interna en función de la dignidad reconocida a la persona por tales instrumentos, y al respeto y desarrollo de la riqueza vital así considerada. No sólo se trata de la específica redacción de leyes u ordenamientos normativos, sino de aplicar en el ejercicio del Derecho, una hermenéutica apropiada, una estructura de conocimiento conteste y una armazón conceptual apriorística funcional a tales propósitos.

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El cumplimiento de la pena privativa de libertad no ha de ser entendido como el pago sucesivo de una obligación pecuniaria, en que las cuotas van amortizando poco a poco el capital final, y cuyos principios de identidad e integridad fueron largo tiempo trasladados consciente o inconscientemente a la pena. Por el contrario, debe asumirse el dinamismo que la misma mensura temporal importa, en cuanto transformación no sólo del individuo condenado sino de los fundamentos y modos de su condena. Tal es la razón por la que funcionan los institutos de la prescripción y de la aplicación de ley posterior más benigna al reo de un delito determinado. En esta misma línea de pensamiento, deberían establecerse los lineamientos y marcos de los sistemas de conmutación de penas, actualmente llevados a cabo de un modo casuístico, selecto y arbitrario.

 

Es un viejo precepto, una manera tradicional de sorprender la bondad o el inconveniente de un actuar determinado: Todo aquello que se desee permanezca en lo oscuro, por fuerza ha de ser malo. Y en efecto, en nuestras prisiones impera la oscuridad, material, institucional y normativa. Obstinación de lo extático, todo movimiento es clandestinidad. Por ello, las relaciones interpersonales se llevan a cabo en un ámbito de dominación y sometimiento que reproduce la lógica del delito. Espacio, poder, dinero. Agravadas por la lenta desaparición de aquel heroísmo solidario de los internos, que las estructuras del dominio y sobre todo, el tráfico de drogas intramuros, fueron minando.

 

Ha de entenderse pues, el desarrollo de la ejecución penal como una paulatina preparación para la libertad. Esto y sólo esto es cuanto se quiere decir con las fórmulas de la disposición para la vida en común o del encontrarse en condiciones de vivir en sociedad. Ya el reproche por el injusto está concentrado en la sentencia, mas, de allí en adelante, el acto delictivo deja de ser la égida del proceso, para pasar a ser el valor de regresar a la calle.

 

De este modo, las cuentas de los plazos para el acceso a los distintos regímenes, en el sistema progresivo que se sigue habitualmente, debe realizarse desde la fecha del último día de la condena, y no a partir del de su declaración. Esto quiere decir que deberán fijarse en relación a la fecha de libertad, no a la de ingreso a la prisión.

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III.- El Abogado Penalista.

 

“Al fin, se presiente, es decir, alguien nos llama. Hay un sitio en donde encontrarnos finalmente. Después de la lucha, del hambre, la sed y el sacrificio. Un tiempo en el que vernos los rostros verdaderos. Con toda su crudeza delicada. Aquí, allá, el viento subterráneo, las aguas viejas, arrastran hojarascas, areniscas lacerantes, las cenizas y las flores acamadas. Las nubes, en el aire de la noche, jirones que desgarra una Luna desvaída. En momentos así puede ocurrir un milagro. Esto es, un enfrentarse con las formas puras. La ruindad del pretendido progreso, aquí declina. Se postra ante la desnudez del dolor o de la vida”.

 

 

 

 

 

III.1. La enseñanza académica.

 

Impregnados de fárragos y textos. Como si se quisiera adular al olvido. Adunando frases, giros, párrafos y ordenamientos. Hasta que al fin la palabra sea indiferente. Plegada sobre sí, sólo remite a sí misma 45.

 

Se estudia y se investiga según los principios de autoridad, medida y tradición. Largas y abundantes citas aturden las presentaciones de un trabajo “serio”. Se postulan dualidades para hallar siempre la línea media. La pasiva. Se avanza en el desarrollo mirando siempre hacia atrás.

 

Se educa para la técnica. Quienes dan clases de Derecho, imbuidos de procedimentalismo, enfocan el estudio en función del resultado, del cliente o del efecto.

 

Se ha heredado de los sofistas el método de argumentación, sin compartir la crítica consecuente al conocimiento.

 

El Derecho como puro saber hacer, irreflexivo. Una serie de vocablos efectistas. Cofradías de hermetismos. Vanaglorias de abstractas complicidades.

 

El Derecho, acabado, constituido, autoreferente y autojustificante.

 

 

45 “No hay duda que la justicia se aferra a antiguos modos de pensar y actuar con mayor firmeza que cualquier otra institución social –sin exceptuar a la

 

Iglesia-, incluso cuando aquellos ya no corresponden a la realidad (tanto peor para la realidad). Inclusl las más recientes propuestas de las susodichas reformas

 

del código penal reflejan el atraso cultural que priva en todo este campo; y el léxico de nuestros textos legales abunda en alocuciones que son tan antiguas que el lector debe recurrir a la filología para que las explique”. Hans Magnus Enzesberger, “Política y Delito”, Seix Barral, Barcelona, pag. 25.

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Los axiomas: “Lo que la ley no distingue no se debe distinguir”, “el Derecho se presume conocido”, “la ley es una unidad coherente y completa”, “la ley es igual para todos”, “dura lex sed lex”; construyen un sistema matemático, que prescindirá de los hechos para probar sus propios teoremas. Una geometría sobre el plano, cuyos trazos vienen predeterminados de modo absoluto y delicadamente.

 

Luego, ese deber ser se vuelve tautológico, e inevitablemente tiene que repetirse en sus consideraciones. Pasar y repasar por las mismas líneas y puntos, sin que apenas pueda notarse el vado recorrido.

 

El silogismo parte de la norma y vuelve a la norma. No entiende de presupuestos de derecho. Sólo se sirve de confirmar (en forma ad-hoc, por supuesto), la vigencia de las mismas, a través de sus aplicaciones y sobreentendidos.

 

Se complace la academia en las palabras, y en ese espejo de dobleces pierde de vista su sentido. Queda atrapado en medio de los caracteres, sin cuerpo, ni raíz; piadoso desierto.

Al fin, se instituye la ficción, concreta en tanto que genera efectos en el cuerpo. Ficción como atributo del vocabulario, como conocimiento del especialista. Ficción que encuentra gradaciones allí donde no hay sino pasajes, que encuentra divisiones allí donde hay unidad, que encuentra unidad allí donde hay divisiones. Significantes donde los significados. Significados donde los significantes.

 

Así se construye y enseña el Derecho, como un modo de quedar fuera de él.

 

Los profesionales de lo jurídico, quedan fuera de lo jurídico, en tanto sujetos de derecho. Mientras tanto, el resto de los individuos puede ser objeto de derecho en tanto éste logre penetrar en él, o ejercer su fuerza sobre él, de forma explícita.

 

Dan clases los jueces, que, imbuidos de su jurisprudencia, resultan al fin, incapaces de la duda académica.

 

Dan clases los abogados, que, perseguidos de sus intereses, no pueden dar cuenta de investigaciones, sino en cambio de oportunidades.

 

No hay, pues, profesores de Derecho. Sólo practicantes, oficiantes, sus consumidores.

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En definitiva, no hay Derecho sino sólo abogacía. Técnica del formulismo y la decantación. Donde el juego está cerrado, y no pueden oponerse nuevas apuestas. Fantasía ilusoria de una integridad apenas sugerida.

 

Así el Derecho aparece completo, íntegro, ser en sí, como pura entelequia. Detrás del que los gestos consternados de sus víctimas imploran.

 

Ser en sí, en tanto que evidentemente el Derecho es ser en otro y por otro, el Derecho se confundirá con un determinismo somnoliento. Que asimismo permite el andamiaje burocrático, que logre esconder entre sus vericuetos y torsiones, la aplicación de dolor, el cumplimiento del poder 46.

 

Ser en sí, que anula el análisis sobre su conformación. La ley está escrita. Por lo tanto, la etapa de la observación y comprobación ha acabado, y sólo resta la de su aplicación. Luego el Derecho es mecánica. Mas, una mecánica cuyos engranajes están en el aire.

 

Ser en sí, partícipe de los caracteres que desde Parménides se implicaran como partícipes de ello: Inmovilidad, inmutabilidad, eternidad, unicidad, no contradictorio. La enseñanza técnica del Derecho, sin saberlo, quizás, constituye entonces una metafísica del Derecho.

 

Colocada la norma como aquello que es y existe, primario al entendimiento del abogado; aparece la ley como el sustrato de las puras ideas, cuya forma debe aplicarse a las meras apariencias de la realidad visible.

 

Colocada la norma como lo único y primero, se excluye el necesario asentamiento de la misma en la ética política. El derecho escrito entonces es ya el resultado de la indagación científica, y no el objeto de su entendimiento. Incluso se nos acostumbra a escribir Derecho, así, con mayúscula, para referirnos al conjunto de normas de una sociedad; y derecho, así con minúscula, para hablar respecto de las libertades de los ciudadanos.

 

46  “Dag fsterberg (1991) divide las principales instituciones sociales en cuatro categorías básicas. Una es la de producción, en la que predomina el

cumplimiento racional de los objetivos. Otra es la de las instituciones reproductivas, en la que predominan la asistencia y el servicio. En una tercera categoría, encontramos las instituciones de la política y el poder, y en la cuarta instituciones que se ocupan de la coordinación de principios, valores y formas de pensar. A esta última pertenecen las instituciones culturales y científicas, y es donde se produce y reproduce el conocimiento, donde tiene lugar la discusión sin fin sobre cómo percibir el mundo y sobre las relaciones entre la naturaleza y los seres humanos.

 

¿Y cuál es el lugar del derecho?. Hedda Giersten (1991) se ocupa de este problema en un trabajo titulado El Derecho como Actividad Humanística. Su respuesta se refleja en el título. En vez de considerar el derecho como parte del poder y la política, ella destaca los aspectos esencialmente humanos de la toma de decisiones sobre cuestiones legales. El derecho tiene que ver con la conceptualización y la evaluación; muchas veces trabaja con fenómenos conflictivos y no se limita a tratar con pesos exactos en una escala unidimensional.

 

Con la modernidad, todo esto ha cambiado. Se ha empujado el derecho en dirección a la primer clase general de instituciones, la de la producción. El derecho se está convirtiendo en un instrumento utilitario, apartado de la proximidad con las instituciones culturales. De esta manera, el derecho pierde

cualidades esenciales, en particular sus raíces en el núcleo básico de la experiencia humana”

 

Nils Christie, “La industria del control del delito”, Ed. del Puerto, Bs. As., 1993, pag. 186.

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El Derecho, en tanto universo normativo, como toda realidad, cuando sólo puede ser un método de acercamiento a la realidad, una hipótesis de conocimiento, una estructura de observación.

 

El Derecho tomado desde el punto de vista ontológico, no metodológico. La norma ingenua, virginal. Inocente. Frente a la crítica y la duda, opone la soberbia de lo inconsulto. Puro y ajeno, como el universo de los arquetipos.

 

Así como el mercado se ha estatuido como “primum movile”, primer motor, ya que fundado sobre ideas autoevidentes, no requiere comprobación ni estudio de sus presupuestos; el Derecho entelequial resulta entonces su apoyatura y demostración. Sin el tiempo de su caída y desenvolvimiento. Sólo el espacio de su sustracción.

 

La igualdad ante el mercado, la igualdad ante la ley. La libertad de consumo, la libertad de elección. Los márgenes de ganancia, los dividendos de la inocencia. A mayor oferta de productos, menor demanda de los mismos. Y una línea de progreso constante y persistente.

 

El mercado, entonces, ajeno al Derecho, premiará y castigará sin consultarle. En la periferia del poder, las instituciones jurídicas harán menos indigesto el almuerzo de los inocentes 47.

 

Una competencia feroz entonces se asume como la lógica inmanente a todo emprendimiento. Ya que no resulta calificable la labor del jurista, será cuantificable la del abogado.

 

 

III. 2. La práctica industrial.

 

Épocas en que se instruye la indiferencia, en que la soledad es una industria y el encierro una constante. En que cada uno es una muralla, un foso abierto, un puente derrumbado. En que el sesgo de la desconfianza es un abismo, y el egoísmo su distancia. En que el vacío de ser es apenas percibido en la limosna de la vergüenza. En que cada quien prepara su cinismo para dar razón de sus liviandades.

 

Detrás de las rejas, el vecino es un extraño. Alarmas, ofendículas, cajas de seguridad, consignas, policía privada, barrios cerrados, cámaras de televisión, luces fotosensibles, blindajes, cerraduras, seguimiento satelital, redes con las fuerzas policiales, vidrios polarizados, tarjetas magnéticas de identificación, cercados, vallas, códigos personales, servicios de entrega a domicilio, charters,

 

 

47 “Siempre el fuerte busca razones con que cohonestar sus violencias; cuando en rigor basta la violencia, que es razón de sí misma, y sobran las razones.” Miguel de Unamuno, “Vida de Don Quijote y Sancho”. 2ª ed. (Ed. Cátedra, Madrid, 1992, pag. 180).

89 detectores de metales, códigos de barras, ventanas tapiadas, balcones anulados, topes, barreras, peajes; límites entre los unos y los otros. Y esa otra torpeza, el celular, que anula la comunicación gestual, el encuentro y el tacto.

 

Límites que anulan los espacios de lo expuesto y de lo íntimo. Trastocado por lo público y privado 48.

 

Límites que sólo conservan la exterioridad, y fijan los extremos de la cercanía. Sin expresiones ni secretos. Sin gestos, nada más fonemas, despojados de todo tránsito de palabra por toda boca, saliva, cuerpo o naturaleza.

 

 

Límites que violentan la extensión de los designios. Límites que amputan tactos, ruidos, imágenes, gustos, olores, impresiones; antes que llegaran a los nervios que los rozan. Límites que atoran a los nervios.

 

Todos detrás de alguna sombra. Refugiados de su desnudez. Arrancándole adherencia a las palabras, para que no alcancen a tocar al otro. El otro convertido en referencia. Cuya piel no está a la vista. Cubierto de una serie de perfectas lejanías. Encerrado en sus funciones y deberes. Las paredes del otro son entonces los extremos del sentido. Así que propiedad y sólo propiedad le es inmanente. Y dentro de ella el hombre solo. Al que sólo puede trasladarse a otras paredes.

48 “La ciudad ya no tiene habitantes, ya no tiene personas que viven sus calles, sus espacios: el centro es lugar de compras, de representación, no de vida; la

 

periferia, por su lado, es el lugar donde no se vive, sino que solamente se duerme. La ciudad ha perdido su vida. La ciudad se ha convertido en algo como el bosque de nuestras fábulas.

 

El castillo medieval era grande, fuerte y rico y apenas habitado, rodeado de chozas, de los tugurios de la aldea, donde habitaban los campesinos y los artesanos que vivían de su trabajo y de la protección ofrecida por el señor del castillo. Cuando nacen las ciudades, se rompe esta relación jerárquica y los vecinos se encuentran en un territorio común, y a pesar de que se mantienen las clases y las diversas condiciones, comparten el espacio. La plaza se convierte en el símbolo de la ciudad, y alrededor de ella se levanta el palacio de gobierno, la catedral, el cuartel y el mercado. La ciudad es el lugar en que sus habitantes se encuentran para vender o comprar, para defenderse, para pedir, para administrar justicia. Hoy parece que la ciudad casi ha vuelto al modelo medieval: un centro histórico rico y poco habitado, circundado por una periferia pobre y a veces indigente, de casas anónimas o de conventillos, que para su supervivencia depende de la ciudad rica.

 

La ciudad ha renunciado a la condición de lugar de encuentro e intercambio y ha elegido como buenos criterios de desarrollo la separación y la especialización. La separación y especialización de los espacios y de las competencias: lugares diversos para personas diversas, lugares diversos para funciones diversas. El centro histórico para los bancos, los negocios de lujo, las diversiones; la periferia, para dormir. Después están los sitios para los niños: los jardines de infantes, el parque de juegos, la ludoteca; los sitios de los viejos: el albergue, los centros para ancianos; los sitios del conocimiento, desde la escuela infantil hasta la Universidad; los sitios especializados para las compras, el supermercado, el centro comercial. Además está el hospital, el lugar de la enfermedad.”

 

“La casa imaginada como refugio antiatómico: afuera, el peligro, los malvados, el tránsito, la droga, la violencia, el bosque oscuro y amenazante; adentro, la seguridad, la autonomía, la tranquilidad, la casita segura de los tres chanchitos o, si se prefiere, el castillo medieval, rodeado de muros y con el puente levadizo levantado. Las puertas son blindadas, con la mirilla para ver sin ser vistos; se instalan porteros eléctricos con video, sistemas de alarma: normas de condominio impiden la entrada a los extraños. al niño se le enseña que no le abra a nadie, que no se detenga con nadie, que no acepte nada de nadie.

 

Y después, comprar más, ya que la producción comercial es sensible a las necesidades del hombre moderno. En el interior de la casa está todo lo que sirve para vivir bien y tranquilos, por sí solos, aún por mucho tiempo: televisor, videocasetera, videojuego, y juguetes, juguetes al infinito.

 

En nuestras casas se percibe una extraña sensación, una especie de orgullo por haberlas vuelto capaces de resistir a ultranza ante un imprevisto peligro, que bien podría presentarse; los ambientes son ordenados, confortables, relajantes, tanto como caótico, estresante y angustiante es el exterior. El congelador está lleno de alimentos que pueden durar meses, la colección de videos nos permite tener las películas más amadas en nuestra casa. ¡Allí estaremos bien, suceda lo que suceda afuera!. Es la exasperada clausura en lo privado.

 

(...) Defenderse, resolver cada uno por su cuenta los problemas, encerrarse en la casa, significa abandonar a la ciudad. Y la ciudad abandonada se hace todavía más peligrosa, agresiva, inhumana. Entonces, es necesario aumentar los instrumentos y las actitudes de defensa. Estos, a su vez, producirán un mayor aislamiento y abandono, y en consecuencia un aumento del peligro ambiental. Y así se desarrolla una espiral perversa, sin futuro.”

 

Francesco Tonucci: “La ciudad de los niños. Un nuevo modo de pensar la ciudad” (Ed. Losada, Bs. As., 1996, pags. 21 y 31.)

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Límites, clausuras, impedimentos. Ejercicios de una violencia que se esconde en su mismo desatarse.

 

A partir de que el conflicto ha tomado dimensión jurídica, ese conflicto se ha intervenido. Comienza a desarrollarse en otros códigos, que lo reducen. Niega la palabra a sus portadores e involucrados. Finalmente lo abstraerá en una fórmula estable, para negarlo. Y quedará cristalizado, no resuelto, en un archivo de los tribunales.

 

El Derecho, límite también, en cuanto operador de un pasivo asentimiento, desconoce (hipnotizado por el modelo cerrado y perfecto de la ley) el conflicto inmanente a los hechos que pedantemente juzga, y sobre todo, el que queda subyacente a su propio entendimiento.

 

Resulta al fin, el impedimento a la comprensión. Por lo tanto, la impulsión hacia el uso. Lo que no se entiende se clasifica y consume. Ya que alguna realidad hay que reconcerle a eso que no podemos saber, la tabulamos en función de una división del trabajo. La mecanizamos, ya que no podemos asir su propio movimiento.

 

De allí la facilidad de ocultar, en la ley, explícita, los artificios del poder, subterráneo. Luego la pena no sólo actúa por reacción, sino que ya lo hace por iniciativa. Esto es, por conveniencia, contención y comercio. Por conveniencia: Resulta un modo de apagar el conflicto social indicar que la violencia es individualmente patológica. Por contención: Es una respuesta funcional e institucional al fenómeno de las exclusiones. Por comercio: Conforma una fuente de ingresos, empleos, negocios y negociados, en movimiento, superación y crecimiento permanentes 49.

 

 

 

49 “En realidad, mi especialidad son las políticas urbanas –explica Wacquant-. Cuando empecé una investigación sobre el boxeo para estudiar las estrategias de

supervivencia de los jóvenes del gueto negro de Chicago, tomé como base un gimnasio del barrio y me dediqué a seguir las alternativas de la vida de los boxeadores. Cada vez que alguno de los muchachos desaparecía por un tiempo, los demás me decían: `No es nada, está preso´. Así descubrí que para esa gente era una rutina ir a la cárcel y que en la vida diaria de los hombres jóvenes de los vecindarios pobres la institución carcelaria juega un papel fundamental.

-¿Esto lo llevó a interesarse en las políticas penales?

-Sí. Decidí estudiar la evolución histórica del sistema y encontré que en los últimos 25 años Estados Unidos ha cuadruplicado su población carcelaria, que ahora supera los dos millones de internos, durante un período en el que la tasa de criminalidad se mantuvo estable. Incluso disminuyó cerca del 40 por ciento en los últimos 7 años. Aún así, la población carcelaria continúa creciendo. Esto ocurre porque Estados Unidos ha comenzado a usar el sistema penitenciario para controlar problemas sociales relacionados con el desempleo y la pobreza. De este modo el país se convirtió en el más grande encarcelador de la historia del mundo, y ahora su política está siendo imitada por otros países, entre los cuales la Argentina podría convertirse en el modelo para el resto de América Latina.

-¿Por qué?

 

-Creo que, aunque la Argentina tiene una tradición mayor de igualdad y cohesión social que países como Brasil, por ejemplo, donde la sociedad es altamente desigual, el pánico que la gente siente ante el tema de la inseguridad podría favorecer la puesta en práctica de políticas criminales muy duras”.

 

Diario La Nación, Bs. As., 14 de mayo de 2000: “El mejor remedio contra la delincuencia es el empleo” (Entrevista a Loic Wacquant, por Verónica Chiaravalli).

 

“`Para nosotros, la cárcel´, piden los vecinos de Villa Iris, en el partido bonaerense de Puán. Ayer se efectuó allí un plebiscito sobre la iniciativa de radicar una cárcel para 600 reclusos. De los 1800 ciudadanos habilitados para votar, 1313 concurrieron y el 98,25 por ciento de ellos se pronunció a favor de instalar el penal, con la esperanza de mitigar la desocupación y promover el comercio en la zona. La consulta –promovida por el intendente de Puán, el radical Horacio López- es la cuarta en municipios de la provincia, todas con resultados similares.” (Diario Página/12, Buenos Aires, Lunes 29 de mayo de 2000, pag. 14).

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Épocas en que toda imagen debe ocultar las formas. En que los bellos rostros son detrás de los cristales, y ya no a la yema de los dedos, o a la vuelta de nuestra casa. Y en que los dolores son detrás de gruesos muros, y ya no en las frentes recogidas, o en los puños agrietados.

 

Épocas en que el tiempo debe ocultar los pasos. En que las horas de rigor y las de encanto aparecen como iguales, ya que debajo se acumulan los mismos intereses por minuto. En que las horas de trabajo y de misterio aparecen como iguales, ya que por debajo se administran, iguales, los útiles de su consumo.

 

Épocas en que los ritos no comprometen a nadie. Se llevan a cabo en un exterior, bajo el ropaje de norma. En que todo movimiento resulta centrífugo, sin el gesto de adiós que le retenga.

 

Épocas en que el mito del continuo fundacional, no ahonda en el abismo, ni consuela los vacíos. En que puede asentir la cabeza, pero la carne continuar en sus temblores.

 

Estas son las épocas en que el tema de lo ético es decisivamente lacerante, “voz clamante en el desierto”, tronco que desnuda su centro desgarrado. Épocas en que lo ético tiene definitiva incidencia sobre la vida y la muerte.

 

 

III.3 . La ética posible.

 

La estructura ética puede pensarse como una fibra delgada de sobrevida. Ese raído tendón que nos conserva un sentido. Sostuviente de silencios. Tensado entre los brazos y la tierra.

 

Célula social que no proviene del orden, sino de la presencia. El otro como real alteridad, esperante, enfrentado. La conciencia levantada, la ternura suplicante, la mano que se tiende.

A partir del reconocimiento de nuestra intimidad en la exteriorización del otro, se asientan las bases sólidas del necesario respeto, donde se lleva a cabo la construcción y el establecimiento de lo que entendemos por nobleza.

 

Así, la ética no constituye un código de formas de acercamiento, sino que está conformado medularmente por el contacto, el vínculo, vigas y señales de todo compromiso cierto.

 

Por lo dicho, la ética no queda sólo estatuida por un deber ser abstracto, añadido a las relaciones particulares como materia aneja, sino que tiene su rigurosa afirmación en el trazo de los rostros.

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Debemos deslindar aquello que pertenece al actuar humano como tal, esto es, como inserción de un complejo causal determinado a partir de un acto exteriorizado de la voluntad, al que nos acercamos a través de los signos tangibles del mundo real (representación); del fundamento normativo que estatuye en su consecuencia y que es inmanente a su propósito (sentido). De este modo, cada accionar supondrá la afirmación de un postulado de carácter normativo, cuyo valor debe estudiarse en el plexo integral de su manifestación.

 

Así, un movimiento de la voluntad supone el esclarecimiento de un carácter y de una aserción, que en lo concreto es la interrogación posible; en lo genérico, el postulado asertivo; y en lo absoluto, la norma de principio. Luego, el valor queda afirmado como la verdad de tal movimiento.

 

Quien somete a otro, está fundando la provocación, el límite de la resistencia; accede a la asfixia como nudo de relación; al fin, promulga la coerción por toda dialéctica.

 

La parábola del Nuevo Testamento, en cuanto se refiere a ofrecer la otra mejilla, es un acto de desafío y rebeldía ante la agresión, colocada como verdad. En dicha actitud se interroga fuertemente acerca de la validez de la fuerza desplegada como principio; en afirmación robusta de la dignidad del hombre.

 

El valor de los actos en su consideración universal, ¿supone la trascendencia del ser?. Cuando Kant emprende la crítica de la razón práctica, hállase excedido por el cauce general de su movimiento, el cual debe señalar como sustento de todo el sintagma categorial que construye a su merced. Tal marco de posibilidad es la idea de la eternidad. Los valores se conjugan en un tiempo ajeno al fluir de los días. Luego, el absoluto del imperativo categórico, no sólo es derivado de la plenitud de su existencia sino que al mismo tiempo es expresión de esa pureza estructural definida por la forma, como arquetipo único. Mas, a ello debe responderse desde dos líneas de argumentación convergentes:

 

 

1) La eternidad no ha de ser considerada como una mera suma aritmética o geométrica del devenir infinito. De encontrarse así, estirada, lineal, debería ser posible el partirla en segmentos iguales, como los husos horarios, los modos del reloj, las areniscas.

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2) La eternidad no puede escindirse de su expresión histórica, por cuanto supone lo concreto en sí y por sí, lo único e inescindible. La población de este grito y el desierto de su falta de respuesta.

 

 

Por 1) queda establecido que el punto de definición de lo eterno está dado por su carácter intensivo, no extensivo. En razón de ello, el valor es presente en el trabajo de los días, y no remite a un más allá futuro, sino que reclama lo que hoy le es suyo y necesario.

 

Por 2) lo eterno se demuestra en la marcha secular, como nítida latencia, extremo vivo. Por tanto, el valor es íntimo a la naturaleza humana, por cuanto surge de su necesidad de ser.

Existen dos elementos marco de la actuación dinámica de lo eterno en la historia, dos formas de experiencia que sirven de modelo para el ejercicio de las modalidades existenciales de lo trascendente, en diferentes épocas y lugares: El mito y el rito. El primero, asociado a la eternidad por cuanto lo relatado por él se entiende transcurso en el “siempre”. El segundo, en virtud de que realiza la penetración de esa eternidad, de manera que en su culto se convoca una y otra vez el mismo instante, haciéndolo vivo e inalterable. Por el mito se lleva a cabo la explicitación de los orígenes de lo constante, las causas de lo inexorable, el tono impulsor de lo permanente. Por el rito, se hace poseer en una inclusión mística, al todo en la parte, haciéndola compartir sus rasgos esenciales, participando de la Creación en cuanto sostenimiento del cosmos (aquí como idea de totalidad, integridad, organización).

 

Hoy, lo constante es sólo el accidente. Ante la sórdida multiplicación de actividades, el diario devenir se transforma en un sucesivo estar. Así, las configuraciones posicionales darán cuenta del sujeto, respondiendo por él. Se ejerce una función, se desarrolla un objeto. El horizonte es oculto y por tanto, será imposible dar con la espalda propia. El detrás, que construya nuestra consciencia de firme voluntad.

 

Soterrados, empujados más bien que distendidos, el examen de lo diario es semejante a la yuxtaposición de las noticias. Ráfagas rasantes, contenido sin cuerpo, materialidad del sucederse que no se instala sino que sólo se deposita.

 

Se tiene una percepción periodística del propio horizonte. Esto es, descripto por tres gruesas pinceladas, que repasan el eco de su anécdota.

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Se nos enaltece al mercado como sistema universal (análogo a la continuid3ad de las estaciones), y se otorga al comercio la única y permanente epifanía del ídolo. Las alternativas de la bolsa son tenidas como decisiones del hado. Se construyen imperios financieros, no nacionales. Se levantan grandes edificios de ventas, en el lugar de los templos de antaño. Las determinaciones monopólicas se estatuyen, en la falsa argución de la libre competencia, autoritarias y procaces. Ante ellas, el individuo como centro es mera débil entelequia, reducción, confinamiento. A este extremo ha llegado la desacralización del hombre, objetualizado como mera mercancía. Hasta el tiempo es tabulado y medido en función exclusiva de su redituabilidad. Luego, las arcas se autolegimitiman reproduciéndose, en una autoritaria progresión geométrica, bajo el falso lema de la elección exenta de presiones.

 

Por tanto, los valores quedan enajenados, o se nos presentan como disparadores del consumo, estrategias de marketing o carnada política. De igual modo, aquellos espiritualistas que facturan millones vendiendo despreocupación intelectual; los soberbios comerciantes de la inocencia proclaman el castigo de los otros.

 

En este juego, el Derecho Penal quedará íntimamente forcejeado, aturdido. Y el abogado penalista tendrá que ejercer su misión no exenta de cinismo y desengaño. En tal marco, el heroísmo es insensato. Mas, toda aceptación es cobardía. Se funda el egoísmo en el desprecio y al mismo tiempo se declaman vanidades. En manos del miedo, la desesperación se violenta. Y en nombre de la paz el olvido es exaltado. No hace falta más que indagar en los inventos más característicos de nuestra contemporaneidad, para observar que todos ellos refieren al hombre solo. El televisor, la informática, el teléfono celular, el taxi, la autoayuda, la realidad virtual. Fragmentado e irreconocible.

 

Colocado en el rincón estrecho de su agonía.

 

En la sorda disyuntiva entre lo social y lo individual, el ser es extremo solicitante. El rostro silente tiene expresión, no es sólo seña fisonómica: Suplica, sonríe, desea. En las marcas de su vida está escrito su mensaje. Por cada una de sus arrugas, lleva la impresión de la necesidad del otro.

 

Y aquí, el otro es el tú, el presente, dialogante. No fundado en la relación subjetivo-objetivo, en que lo ajeno es “lo otro”. La experiencia resulta radical, porque asesta los contornos y las grietas de

95 nuestro propio gesto. No resulta una simple tenencia, un dato de la ubicación en el espacio, un

 

señalamiento.

 

De algún modo, desde alguna parte, lazos, cruces, redes, enlaces, confieren al todo su unidad dinámica. No se es tan sólo en la escena, sino la escena misma. Los alaridos de la época romántica, los viejos abismos, el hombre ante el borde de la montaña, o revientan empecinados, sólidos, salvajes en su sentido nato; o se acallan, aturdiendo una cerrada vacuidad enrarecida. La dimensión de lo contemporáneo actuante, de la sincronicidad presente, nos da la pluralidad de los tejidos, la trama sólida de lo diverso. Raíces aferradas a un pedazo de tierra. Aquello que resquicia, la temblorosa transparencia, lo que ocurre entre, mientras, durante. No existe el diálogo por partes. Hay un ensamble,

 

una coreografía, un modo de los encuentros que los descentra y que los confluye.     Si  se  puede

 

afirmar la existencia del otro dentro del uno, en el examen de su interioridad, en la indagación de sus profundidades, entonces, existe una ética 50.

 

Si procede referirse a un acto que en sí es valor, por cuanto manifiesta sentido respecto de ese otro; entonces, existe una ética.

 

 

50 IV.

“La mera presencia de otro ser humano ante mí es llamado. Su presencia pide mi respuesta. Su diferencia pide mi identidad.

 

Es el otro en su inacabamiento, en su llamado. Es el otro en su irreductibilidad a sí mismo, a él y a mí.

Irreductible: lo impronunciable de su nombre.

 

El otro como irreductible es el otro como absoluto de mi yo.

 

El individuo se abre persona, se abre a lo abierto de los demás, si acepta de modo libre y consciente su condición dialogal. Este don dado a mí para que en mí se de, esta posibilidad que es mi mayor responsabilidad: responder.

 

Condición dialogal que me pone ante la constante disyuntiva de optar ante el tú: darle o negarle mi respuesta.

 

Hacerme o no responsable de él.

Hacer o no del otro mi propio destino. De su destino mi destinación.

 

Si o no, fecundidad o esterilidad.

 

(Es desde lo ausente desde donde nacen las sombras.

Es en todos los que no fui donde para siempre seré de nadie.)

 

Sí: Ética de la acogida.

Acogida de la gracia.

 

(Cada hombre – el que yo busco- es una gracia: el don de la venida del otro a mi encuentro.)

 

Cada hombre es una interpelación, cada interpelación un re-clamo. Si respondo a su interpelación, mi palabra comprometida encuentra su futuro, su trascendencia, su destinación.

 

Haciendo del otro su propio destino mi palabra encuentra su realización: una realidad donde hacerse carne.

 

Es entonces que mi palabra ha sido realmente abierta y pronunciada, se ha abierto en el tú.

 

Me ha abierto a y desde ese tú”.

 

Hugo Mujica: “Flecha en la niebla”, Ed. Trotta, Madrid, 1998, pag. 111).

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Si nos duele la mirada ajena, si es dable compadecernos, si nos produce piedad el gesto de agonía, si la debilidad nos enhiesta; entonces, existe una ética.

 

 

Sería encaramarse a un absurdo de marionetas, la pretensión de lo ético como un precepto absoluto, arquetípico, extático, no actuante. Mera forma a la que se remite por la irresolución del principio de causalidad, que requiere de un recorte fijo y sólida como primero fundamento.

 

La sucesión infinita de causalidades, sin embargo, sólo procede en el examen de lo potencial. Al avocarse en el acto, y más aún, en el entramado de los actos, dicho problema es superado, descorrido. Ya que el acto, en esa extensión espacial y en ese sobrevenir ubicuo, es descriptivo, amplio, paradójico.

 

Así, como los anillos en el tronco de un árbol, testigos de la lucha del tiempo, el arado donde hienden sus reminiscencias, las líneas de los ojos, de la boca, de las manos, llevan en sí la incisión de lo que fuera. Cada movimiento ido es el telar de lo que es.

 

Si hay una correspondencia entre tu intimidad y la exterioridad del otro, si tu acto y los suyos están inscriptos en cada propia humanidad, entonces, la ética existe.

 

En inquirir acerca de la necesidad de la ética, no en cuanto conveniencia o instrumentación, sino como inexorabilidad del ser, que meramente la declara y la descubre, lo que logra hacerse es colocarla como fundamento y no como derivada de un particular “deber ser”. En efecto, todo intento de confección de una ética a partir de los ideales inalcanzados, de los arquetipos de lo bueno y lo justo, no establecen con ella ningún fundamento de sí, sino que la hacen derivada de la norma que supone. Esto es, queda invertido el razonamiento en cuanto coloca el continente dentro del contenido.

 

La vida, o la naturaleza, como tales, no son justas ni injustas. No tienen por qué serlo. Sólo se predica la ética en relación con el vacío, como la palabra se opone al silencio, pero es por ella su costado abierto.

 

La ética, consciencia de extremidad del mundo. Al abismo del otro y del tiempo. Vulnerabilidad, acabamiento. Afirmando su derecho a darse, más que a sostenerse. Ojos tendidos sobre la piel de los párpados 51.

 

 

51 “Por alguna razón, esa tarde, coincidieron todos en la plaza donde Adolfo repetía sus plegarias, sumido en la fragilidad del todo: En otra textura más ríspida que la nieve o la sangre, o que el cuerpo mismo, ya agotado y desdoblante, se desgarrarían los truenos, o los silencios desesperados, o las celosas crispaciones,

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Queda entonces fundada e íntima la inexorabilidad de la ética como a)necesidad de la libertad y b) necesidad en la libertad.

 

a). La forzosa, sólida ley de la causalidad, determinante de los procesos físico-químicos, no condiciona en el hombre más que una abertura predispuesta. Existe algo de inacabado en él, una compulsión al ser disperso y trascendente. Como especie biológica no posee una adaptación específica a ningún hábitat especial, llamados a vivir en cada parte. Su puesta sobre la tierra, en la desnudez que se descubre, le hiere desde cada parte de su fragilidad, le asesta desde cada extremo de su angustia. Mas, al mismo tiempo, le recuesta sobre las cosas, lo asen a cada una. Por cada contacto de la brisa, está inscripto en el hombre un estremecimiento. Librado a su suerte, tiene el compromiso de comparecer ante sí mismo, frente al vacío de lo futuro.

 

La correspondencia entre la palma y la tierra, ha hecho posible al alfarero. Luego, la tremenda intemperie lo constriñe a movilizarse. Expuesto ante lo posible, realizará su historia.

b) En la experiencia de lo que fluye, en el punto del oscuro devenir, el hombre es un extremo. Situado ante la expectativa de todo otro. Sus brazos se extienden desde el no ser todavía hasta el aquí ahora compresente. Entonces produce su siembra, postula un valor, apuntala un carácter. Establece una personalidad. Confiere un sentido, suyo, a lo que ocurre.

 

 

4. El ejercicio profesional.

 

El abogado penalista puede intervenir en cualquiera de las etapas del delito, en cuanto proceso de dotación de sentido avalorado. A través de su participación, coadyuva, acompaña e incluso llega a impulsar a la realización de un delito.

 

Aquel, aparece ante la consumación de un hecho. En un perverso sistema que sólo busca realizar la redituación económica de los hechos delictivos, reproduciendo la cadena de frustraciones del imputado, acentuándolo en su mitomanía, adhiriéndole cárcel a la piel, distancia a los ojos, rejas a los

 

 

en sus violentos reluctares y rotundas sacudidas. En otra orilla más final, más cortante, que la espuma de los mares calmos, los vestigios de miradas, los velámenes de manos extendidas, se embestirían contra ella sin remedio. En otro refugio más estrecho que el cáliz de la lluvia, se oscurecerían los latidos en renuncias, abandonos o rencores. Por ello, lo Divino es aquello que se da o se derrama, aquello que recorre, trémulo, por la médula de las cosas.”

 

Raúl A. Ceruti: “Inmanencia” (Ed. Argenta, Bs. As., 1999).

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brazos. Constituyéndole en víctima del olvido y en héroe de la sobrevivencia. De cualquier manera, insertándole resentimiento, adosándole marginalidad.

 

Asestándole e incorporándole violentamente, los mismos valores que presuntamente debían atacarse. Tomando para sí estructuras propias de los modos de producción en serie, su materia prima es la prestación inagotable de violencia.

 

Los derechos se cotizan. Y la financiación de la libertad es la crudeza de la sobrevida. El símbolo reemplazará al hombre y ya nadie verá en la condena sino la reacción apartada, reducida. Como existe una sola e inexorable posibilidad para quien ha atravesado cada una de las puertas del sistema penal. En la rotunda distancia del profesional, se alienta una ficción, en que queda reemplazada la vida por el proceso.

 

La abogacía, de aparecer como una de las profesiones liberales, según era entendida en otro tiempo, por cuanto supuestamente era llevada y ejercida por una consciencia individual y responsable, ha pasado a ser un oficio del comercio. En efecto, el Derecho mismo es tomado como una ciencia de la empresa, parasitaria, gerencial, subordinada. Se forma oficiantes de la mercancía, que al mismo tiempo ofrecen su efectivismo como garantía de calidad.

 

Al mismo tiempo, hace su aparición por estos días una subjusticia, para aquellos casos que no generen dividendos. En lugar de echar mano del principio de insignificancia, o de revisar los presupuestos sociales del delito, aparecen nuevos sistemas de expeditiva judicialidad, como la “probation”, la suspensión del juicio a prueba, o el juicio abreviado.

 

¿Para qué movilizar el andamiaje de la justicia, el análisis pormenorizado en cada caso de los elementos del delito, si ello no redundará en beneficio de la industria, sino tan sólo como datos de un total a cuenta.

 

Entonces resulta preferible que aquellos que no puedan pagarse un abogado, sean pasibles de un proceso menor, sumario, sumarísimo. En el que vende su culpabilidad por la eximición de la pena. Pero arrastra la condena como un grillo sobre su nombre.

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En contraste, se presta particular atención a los delitos de cuello blanco. En ellos la doctrina y los tribunales se vuelve delicada y detallista. Se examinan uno a uno los enseres de su sintaxis. Y se ensayan fárragos librescos sobre su significado.

 

Así, persiste una industria de la delincuencia en que el abogado es parte, sobre todo cuando:

 

1. Asume al Derecho, aplica al Derecho y enseña al Derecho como una estructura independiente y recortada del mundo político y social. Por lo tanto, desconoce desigualdades reales, desconoce periodicidades perversas, desconoce permanencias inalterables.

 

  1. Contrata abonos periódicos con bandas delictivas, asociaciones ilícitas conformadas que por medio de un “seguro contra la legalidad” tienen asegurada la defensa en cualquier tiempo y lugar en que sea detenido un miembro de ellas. Aquí, la sociedad es más que evidente, pudiendo considerarse que media una verdadera complicidad en los hechos delictivos promovidos por tal asociación.

 

  1. Lleva sus juicios como ristras de un formulario continuo. Moldes y modelos que facilitan la reproducción en masa, el alejamiento de lo concreto, la pérdida de palabras. El engranaje que afirma sólo aquello que no se pueda negar.

 

  1. Cobra a cuenta de ilícitos. Innumerables veces se le paga al abogado defensor con el producido de futuros hechos ilícitos, en que un compañero, amigo o pareja de quien se encuentra entre rejas, juega su vida y su libertad para obtener de una sustracción prometida, el dinero pactado. De ello, el abogado se encuentra perfectamente sobre aviso.

 

  1. Existe una virtual transformación de las comisarías en agencias de captación de clientes. Mediante algunos pesos por causa, distintos y conocidos abogados del medio obtienen sus clientes directamente de manos de sus aprehensores; de tal modo la maquinaria de esta industria oscura se encuentra consolidada. Entre otros beneficios, se contarán el de la imputación de una figura delictiva más leve a la correspondiente a la hora de iniciar las actuaciones prevencionales; facilidades para obtener una excarcelación prejudicial, y el de la seguridad de ingresos promediables mensualmente para el profesional.

 

6 Subvenciona cauciones de excarcelación con créditos usureros. Aquí, el abogado se muestra generoso para coadyuvar a la obtención de la libertad de su pupilo procesal, abonando la caución real

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que le hubiese sido impuesta para la obtención de tal beneficio, mas, se asegura su reembolso de manera efectiva constituyendo hipotecas sobre las propiedades de aquellos, o por cualquier otro método de expoliación económica. De ningún otro modo más crudamente se ve aquí el carácter de secuestro extorsivo que posee el ejercicio de la profesión, en tanto el presupuesto de dicha transacción es “pagar para no quedar encerrado”.

 

  1. Solicita dinero para tráfico de influencia. En la exorbitante fantasía de los internos de las prisiones, la obtención mágica de la libertad está dada por la influencia manejada por el profesional del medio. De esta forma, se pedirá dinero para lograr el compromiso de los decisores de la causa, dinero que de cualquier manera, efectivícese o no en el logro de la excarcelación o el sobreseimiento, es espúreo.

 

  1. De este modo, el abogado penalista tipo buscado por quien ingresa a nuestras prisiones será aquel quien brinde el mejor contacto con los restantes miembros de esta industria del delito, no ya aquel que posea un acabado conocimiento del Derecho Penal. Así, la trampa permanece y se vuelve útil a todos los engranajes de tal sistema.

 

  1. Promueve querellas, o ejerce la voz dudosamente legítima de la venganza privada, con metas definitivamente patrimoniales.

 

  1. Promueve el temor respecto de elementos insignificantes de la causa. Ingresado al modo dialogal de la megalomanía, ejerce el elogio de los múltiples asaltos llevados a cabo por su cliente, o de la valentía demostrada en enfrentamientos de sangre, y al mismo tiempo advierte sobre la posibilidad de que hechos de ese tipo puedan salir a la luz a partir de elementos obrantes en el expediente que se encuentre en curso.

 

  1. Permanece en un contacto de coerciones recíprocas, en la que ninguna de las dos partes se respeta, sino que intentan perjudicarse mutuamente, aún entendiéndose conformantes del mismo meollo. Así el compromiso queda cerrado y asegurada la clandestinidad de las operaciones de buena parte de las causas manejadas por abogados en etapa prejudicial e inclusive durante su sustanciación en los tribunales.

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  1. Entiende íntimamente que cada uno de los clientes es irrecuperable, mecanismo mental que da la cuota de tranquilidad a su explotación, y de paso permite un trato denigratorio, basado en la relación irrespetuosa, mal confundida con un toque de confianza.

 

  1. Persiste el abandono que todo abogado particular hace respecto de su pupilo una vez que éste ha ingresado a la etapa de ejecución, cuando más necesita del control letrado frente a las arbitrariedades de la administración.

 

14. Persiguen el cobro de una deuda como representantes de una firma empresarial, utilizando el sistema penal, ya por sí desmesuradamente abarrotado, como una punción coactiva, propio de la manus iniectio del Derecho Romano.

 

15. Persiguen la obtención de reparaciones civiles o el juego sucio de las contiendas familiares, a través de instrumentos del Derecho Penal, los que funcionan a modo de entusiastas barreras a la comunicación, imposibilitando todo encuentro.

 

  1. Frecuenta el consumo de las drogas que la ley penal incrimina, colocándose en un sitial de impunidad barato e indolente, haciendo explícito el enorme adulterio de sus pretendidas fidelidades, que al mismo tiempo necesita para acallar su conciencia.

 

Esta lista, por supuesto, no es ni puede ser exhaustiva. Su intención en este trabajo es establecer la insuficiencia de los códigos de ética de nuestra profesión, verdaderas cartas de privilegio de los matriculados, en cuanto se aseguran el ser juzgados por sus pares, y en tanto sus presupuestos están basados en la falsa suposición de una profesión ajena a los problemas en que lleva a cabo su misión. Como un impensable pescador al que no le llegan las aguas el barro; su línea tendida, suspensa, abstracta, sobre un río sin lecho, del que extrae sin embargo, sus frutos.

 

El muchacho de la banda que le paga su estipendio, va a jugarse la vida en la calle. La parte consumible de la maquinaria. La lucha cada día más violenta. Mientras tanto, el abogado goza de su inocencia protegida, y le tiene sin cuidado la ocurrencia de su muerte. Es un riesgo ajeno, cuyo valor, proporcionalmente acrecienta las monedas de sus arcas.

 

Se hace gala de una abierta clandestinidad. Se goza con el juego seguro de la delincuencia. Acrecienta la imagen (sólo la imagen) del hombre duro. Aquel a quien las consideraciones de la

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naturaleza que aquí se tratan, le parecen superadas, sustituidas por un principio de conveniencia. Que traduce vanidad por sabiduría.

 

En esta ostentación de lo superfluo, la apariencia sustituye al conocimiento, y los datos estadísticos a la reflexión. Impuesto de la ejecución de un personaje, el abogado quedará vacío del sí mismo.

 

En la distinción operada entre los inclusos y excluidos, a través de la pareja de opuestos éxito/fracaso, la labor del abogado se torna resultadista. Comienza a serle reclamadas garantías materiales del concreto fin que alcanzará el proceso para el cual se le contrata.

 

Se legitima un sistema jurídico sin derechos, sino con meros privilegios. En que el proceso penal resulta más asimilable a una gestoría. Y el juicio oral resulta una puesta en escena de la mentira más sencilla y apropiada. Así el acusador del Ministerio Público, los jueces del tribunal y los operadores de los medios, ahogan todas sus vergüenzas en la maximización de las penas.

 

Niños y ancianos, en la consciencia pública, perseguidos por inercia, sin la decisión comprometida en acometer a quienes dañan con solvencia en la actualidad.

 

O el Derecho está contra el poder, en cuanto tiene de irreflexivo e irracional, o es una mera reproducción de la violencia. El crimen perfecto resulta ser entonces, el homicidio legal, o la exclusión institucionalizada. Se hace ajeno a lo jurídico la reflexión sobre lo jurídico. Y se aplica la ley como en el ejercicio de una burocracia, que mantiene los absurdos equilibrios como inevitables.

 

Por a través de esta conducta, pues, el sistema de justicia, y específicamente, sus operadores inmediatos, sustentan el valor absurdo de que “todo tiene su precio”, lejos de las invocaciones de justicia que son el mero residuo de la actividad así encarada, aferrado a las tristes páginas de los reglamentos profesionales. En cuanto no realiza el valor que el Derecho Penal supone y sustenta, sino que le distorsiona y malversa, agotándolo en la realización de un negocio.

 

Así, la mercancía de la culpa se lava con la soberbia de la inocencia. Quienes viven del delito resultan inmaculados de las garras de la calle, adonde van a dejar el cuerpo sus clientes. El silencio de la complicidad, luego, acepta esa sangre, aterida en el vacío de cualquier acompañamiento.

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Se distingue por otra parte, una esfera de “metalegalidad”, en la que se moviliza el abogado especialmente requerido por la clientela adinerada. La misma supone una serie de conocimientos o habilidades especiales que hacen al desenvolvimiento profesional en el ámbito de los tribunales. Esta búsqueda es hipócritamente no confesable, mas, alcanza su expresión a través del rito procesal.

 

Esta “metalegalidad” se opone en el imaginario social, a la ilegalidad. Mas, no supone otra cosa que tráfico de influencia, pago de beneficios especiales, trampas, chicanas, fabricación de pruebas, y extorsión publicitaria. Contribuye al cercado de inocencia de los operadores del sistema penal.

 

Por este trámite de la “metalegalidad” se legaliza a los incluidos ilegales y se ilegaliza a los legales excluidos. Sólo resulta problemático a la opinión pública (?) respecto de aquellos ilegales impresentables, como ocurriera en el reciente caso Pinochet.

 

Por todo lo expuesto, queda manifiesta la devaluación de la profesión de abogado penalista, cuyo Código de Ética, debe dejar de ser entendido como un cuerpo de normas para inocentes, cuyo respeto en el deber ser (en cuanto a los cánones estipulados en aquel) se lleva a cabo de modo formal; pero cuya conducta formula valores completamente desacordes y repugnantes a la vida en convivencia.

 

Política de tierra arrasada, acompañada del silencio menospreciante de quienes tienen a su cargo el control de sus funciones.

 

Desde el punto de vista de la ética, pues, el abogado penalista que resalta como modelo tipo en el plexo social, esto es, la imagen que en el imaginario público se posee de su caracterización, asentada en la realidad en buena parte de sus observaciones, puede concluirse que lejos de conducirse en libertad por libertad, atrapa y cerca los comportamientos de sí mismo y de sus eventuales clientes, en la victimización creciente hasta ubicarlos como partes funcionales de una gran industria. Cosificación del ser humano que parte de la poca fe en el otro. Que proviene de la negación del otro en uno mismo. De la negación de cada uno en cuanto sombra, recubierta por la careta del traje y la del maletín de cuero. Superficialidad que hace del abogado un modelo televisivo.

 

Hasta la recuperación de su profundidad, hacia la sensibilidad de sus llagas, el abogado penalista continuará, como hoy, haciendo la idiota ostentación de sus ganancias, mientras el acopio siga siendo el modo de vaciar sobre sí, el molde de su indiferencia.

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Tal alejamiento de lo real, supone el mito de lo jurídico, que el triste rito que le acompaña no logra legitimarlo. Queda como un esfuerzo denodado por tratar de mantener oculta la trama subyacente, en el sitio en que funcionan como hecho consumado. Un hacer ajenizante en que se reproducen los mismos movimientos de un acordado “hacer de cuenta”. El fingimiento de la lucha, la traición más clara a nuestra (¿noble?) profesión.

 

Contra ello, asir el verbo de la carne. Entender el dolor. Asumir la temporalidad de nuestros pasos, la brutal fragilidad de la existencia. Practicar la sinceridad. La propia y la del Derecho. Renunciar a las solemnes inocencias.

 

Elevar la voz del derecho ante la profunda desigualdad. No pronunciar la norma seca, sino vibrar aquella verdecida.

 

Se trata de afirmar el principio de su derecho a darse. A manifestarse a voz en cuello sus sentidos enraizados y propios, primigenios.

 

Apertura del conocimiento sobre el poder, fuera de las funciones sistémicas que elaboran permanentemente sus instituciones. Visión entonces penetrante y abarcadora de la estructura del dolor.

 

Desde el adentro del mismo cuerpo que recibe las consecuencias del poder, entre las que se halla la sentencia. Sin virar hacia afuera 52, en el intento por protegerse.

 

Desburocratizar el padecimiento. Y en la elaboración del discurso de una generosa inseguridad, hallarnos sostenidos desde otros. Horizontalidad de la mirada.

 

Toda esa indiferencia no ocurre porque sí, sino que resulta postulada. Debes tener éxito. Debes sobresalir. Debes avanzar. Debes ser tu propio producto, debes ser tu mercancía.

El mercado, luego, castiga. Con el hambre o el sin-trabajo. Con el desprecio laboral.

 

Si el mercado castiga, tanto o más que las sentencias, desde el Derecho habrá que reclamar, en nombre de sus víctimas, las elementales garantías 53. Y la consecuente reparación.

 

52 Siendo el afuera la ley, en cuanto ente ideal, ajeno al mundo, puro y abstracto. El juez, por autodefinición, es, luego, el héroe forastero, el ser de la otra parte. Por lo tanto, debe mantenerse a una distancia tal de los conflictos que llegan a su decisorio, que de ninguna manera pueda quedar involucrado. Esto es, que no pueda ser al mismo tiempo objeto y sujeto de indagación, ni aún siquiera categorialmente. El abogado, si bien permanece profesionalmente (inauténticamente) dentro, resulta distanciado por su lengua común con lo extranjero.

 

53  “Quien participa como operador en alguna agencia del sistema penal en nuestro margen, pero particularmente quien lo hace en las agencias reproductoras de ideología, esto es, en las universidades, al reproducir el discurso de justificación de estas agencias proporcionan al sistema penal, dada la manifiesta violencia con que operan estos sistemas y la que atraviesa todo el contexto social en que tiene lugar ese ejercicio, no puede menos que detectar la necesidad de enfrentar la deslegitimación, vivenciando esa necesidad como una urgencia de carácter ético, una imposición o imperativo de conciencia. A esta afirmación puede

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Si en alguna parte está la herida, luego la pluma debe ser el grito.

 

 

 

 

 

 

“Un tallo que levanta se arremolina en tu mano. Entre sus dobleces, una gota amarga, viva, reluce. Y es demasiado frágil para que la hagas caer de una sacudida. Te detiene, y en esa contemplación descansas del tránsito a tu muerte, retrasas el momento de tu huida.”

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

responderse muy defensivamente, con la esquizofrenización argumental que produce el temor, argumentando que este imperativo ético no tiene fundamento objetivo, que se trata de una mera cuestión de valoración subjetiva.

 

¿Es verdad esta respuesta o en realidad hay un fundamento objetivo en que asentar ese imperativo?. Nosotros creemos que sin duda ese fundamento objetivo existe y es nada menos que el milagro, usando la palabra en su sentido más original y etimológico, esto es, la maravilla.

 

Desde nuestro margen, desempeñar esa función operativa es una circunstancia que debe ser entendida como milagrosa. En efecto: ese hecho importa una formidable constelación de casualidades, tan numerosa, que constituye un milagro raramente privilegiante. Ser juez o catedrático en América Latina significa haber sorteado previamente muchísimos riesgos: haber nacido (es decir, no haber sido abortado), haber sido alimentado adecuadamente, haber superado o eludido las enfermedades infantiles con secuelas incapacitantes, haber logrado alfabetizarse, y más aún, haber accedido a los niveles medio y superior de la enseñanza, haber eludido las amenazas a la vida adulta que representan los fenómenos naturales catastróficos, la violencia política y no política, no haber desaparecido, etc., y otro sinnúmero de factores cuyo conjunto compone ese milagro que lo coloca en una situación tan extremadamente privilegiada.

 

Desde este milagro privilegiante basta mirar alrededor para percatarse que fueron muchos, muchísimos más, quienes frustraron su esperanza de vida o quienes, sin frustrarla, de ningún modo pudieron llegar a esa situación de privilegio.

 

Esta visión, que muestra descarnadamente el desprecio por la vida humana que practica el ejercicio de poder en el que se enmarca como operador, era un imperativo de conciencia ineludible, un compromiso con todos los que no pudieron ser beneficiarios del mismo, con quienes no pudieron o no supieron sortear los peligros que hacen que estar vivo sea un milagro en América Latina y que alcanzar el acceso a cierto grado de saber sea aún más milagroso.

Ante esta constatación, un operador consciente no puede menos que vivenciar que ese milagro puede dejar de serlo al segundo siguiente, que más allá de la muerte como límite metafísico, en nuestro margen hay una aceleración de la misma que está mucho más acá de este límite universal y que este fenómeno, desde su posición milagrosa, le compromete con la vida para proveer una respuesta a la violencia que haga menos milagrosa la vida y menos

privilegiada su posición”

Zaffaroni, Eugenio Raúl: “En busca de las penas perdidas” (Ed. Ediar, Bs. As., 1989, pag. 158).

Quien suscribe cree que este análisis, en el ambiente de esta Cruzada de la Santa Globalización, es aplicable no sólo a nuestro continente, sino que es predicable a nivel mundial.

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