Poemas en Cuaderno de Semillas – Edición 2013

Agrupa poemas publicados en raulceruti.wordpress.com ("Cuaderno de Semillas")

POEMAS EN EL CUADERNO DE SEMILLAS

Edición 2013

 

Raúl Alberto Ceruti

 

 

Semillas que crecen en la lluvia

 

“Ese día llovió desde las 7:00 hasta las 11:00; y más tarde, desde las 20:00 hasta las 22:40. En Avenida Gaona y Bolivia, alguien protege un paquete abultado de facturas bajo un pesado sobretodo negro (7:00). Por Condarco y Avellaneda, alguien que resbala sobre un charco, inmediatamente después de caer al piso, suelta una fuerte carcajada, que obliga a un conductor a darse vuelta (7:31). En Maipú y Tucumán, alguien mueve su paraguas de manera circular, hacia un lado y hacia el otro, salpicando a todo transeúnte que lo cruza (7:35). En el patio sin techo de una casa del sur, una adolescente, sola, pelirroja, se descalza; sentándose después, los brazos puestos en redor de las rodillas (7:42). En Plaza Flores, alguien bebe las gotas como si recibiera una bendición: La nuca sobre la espalda y los ojos cerrados y tiernos (7:50). En Avenida del Trabajo y Guaminí, cae una gota del Mar Rojo (7:57). En Aranguren y Artigas, caen siete gotas en el mismo sitio (8:01). En Bernaldez y César Díaz, una misma gota cae sobre dos personas, al mismo tiempo (8:15). En Varela y Directorio, alguien, sin querer, patea tres gotas con un sólo paso. (8:20). En Camacuá y Rivadavia, cae una gota del acuario de una niña resguardado en un jardín de China (8:24). En tu frente cae una gota que hace años había rozado tus pies en el río (8:31). En tu espalda cae una gota que en mi cuarto fue una lágrima (8:51). En mis hombros cayó una gota que otrora había sido el vaho de un suspiro contra el cristal empañado de un bar (9:04). En tus párpados cayó una gota que alguna vez rozó mis labios (9:24). A las 10:00, una gota retenía el reflejo de tus ojos, a mi lado.”

 

 

 

Semillas que sostienen a la tierra I

 

En un poema, cada verso es semilla.

Que sustenta su alimento.

Libertad que constituye todas las necesidades.

 

I

De cómo la nada no es

Vibran las cenizas del desierto.

Y las hojas tiemblan como peces.

Una huella duele como herida. Una grieta arde como verbo.

Somos el rastro que nos sucede, La piel de la que nos desprendemos. Los dibujos de nuestras caricias. El soslayo de los ojos lerdos.

No hay cortes ni distancias, no hay huecos. Sólo gestos, nudos entre gestos.

Siembra de semillas en el aire Que sólo en el abrazo recogemos.

Rondan nuestras voces nuestra boca. Rozan nuestros labios nuestros besos Riegan nuestra sangre nuestras venas Duelen nuestros cuerpos otros cuerpos.

No hay silencio entre una y otra roca O intersticios entre una y otra arena

Voces pronunciadas entre lenguas Nombres que son modos de alimento.

Somos las semillas esparcidas Y la sombra que levanta el viento.

Dispersas en la lluvia, cada gota Lleva todo el aroma de la tierra.

 

II

Hojarasca

Pasto seco donde el Sol busca refugio.

Una a una las estrellas se deshojan en tu piel.

Nos queda el viento de camino hacia los brazos.

Hay cabellos que brotan de caricias.

Recojo los verbos arrojados por las manos.

Las nervaduras cantan a través del grillo.

 

III

Sobre lo que quede de nosotros:

No ya la palabra, sino la voz.

La voz como sentido, verbo, vibración.

O sólo el timbre.

El timbre de una voz que dejara testimonio

De una presencia.

No ya el timbre, sino el temblor,

La raíz de tu sonido, el canto, la emoción.

O sólo el gesto.

El gesto de un silencio que pudiera

Pronunciarse.

No ya el temblor, sino la boca.

La boca como huella, herida o cicatriz

De los sonidos que creemos hacer con ella.

Un viento arcilloso nos moldea

Como el soplo vital.

 

IV

Línea de la vida.

El Verbo puro.

La raíz del verbo.

En el extremo de mis brazos

¿dónde está el silencio?

Las venas en las manos

son extrañas criaturas instintivas.

Impulsan la sangre.

hacia adentro.

Siempre hacia adentro.

Humilladas servidoras de una sed desesperante.

Las uñas, en cambio, ellas son civilizadas.

Muertas, brillantes, duras, insensibles,

se dejan pintar y embellecer.

Se muestran, en vez de refugiarse bajo la piel,

a través de ignotos corredores.

Se impulsan hacia afuera.

Siempre hacia afuera.

Expositoras de una aristocrática memoria

de las garras.

Los dedos, por su parte, útiles,

flexibles, oponibles,

imponen la acción, la voluntad, el apoderamiento.

Expulsan y recogen.

Siembran y cosechan.

Unen y esparcen.

Amasan y destrozan.

A lo otro.

Siempre sobre lo otro.

Ejecutan los verbos que se dictan

con palabras.

La palma, finalmente, abierta y sorprendida,

Está desnuda.

Sólo ella está desnuda.

Allí donde se lee tu destino.

 

V

Tesoros

Para hacer el grito

Levanto la mirada de la sombra

Desapego la mirada de la sombra

Desarraigo la mirada de la sombra

El grito viene

del terror a las palabras.

Para hacer el fuego

Extraigo las cenizas de la lluvia

Extiendo las cenizas de la lluvia

Hilvano las cenizas de la lluvia

El fuego viene

del silencio de la luz.

Para hacer el río

Deslizo la corriente de la tierra

Persigo la corriente de la tierra

Atravieso la corriente de la tierra

El río viene

del cobijo de tu boca.

Para hacer el agua

Inhalo los desiertos de tu huella

Recojo los desiertos de tu huella

Desarmo los desiertos de tu huella

El agua viene

del olvido en los abrazos.

 

VI

Nacimiento

Ahora es cuando los secretos laten

Y el misterio se envuelve en paños de algodón

Ahora es cuando es frágil lo inefable

Y la hondura tiembla en sus manos delicadas

Ahora es cuando toda la verdad es silenciosa.

Y lo que más que nada ignoramos

Se duerme en nuestro pecho.

 

VII

Despertar

Las palabras son opacas

hasta que la luz de tu gesto

las pronuncia.

El mundo está en los ojos que

lo descubren.

 

 

 

Semillas que sostienen a la tierra II

 

En un poema, cada verso es semilla.

Que sustenta su alimento.

Libertad que constituye todas las necesidades.

I

¿Hay un sitio del silencio

entre los signos?

¿Y qué sería ese silencio

sino

desgarro, quiebre,

del continuo de la percepción?

Un silencio que sólo el grito

permite ver.

 

II

La mirada es cuerpo,

ya que de ojos de un cuerpo

se derrama.

La palabra es cuerpo

ya que de articulaciones de

un cuerpo

se pronuncia.

Nuestro único sentido

es el tacto.

 

III

La sombra debajo de tu huella

no se ve.

La sombra de tu sombra no se ve.

Tampoco tu sombra se ve.

Lo que se ve

son sólo luces disipadas

por tu inconstancia.

 

IV

No hay descanso en los pies,

siempre laboriosos, exigidos.

Sólo en tus piernas,

lánguidas y suaves

se dibujan estaciones

de la eternidad.

 

V

Es imposible una voz.

La voz siempre es recorrida,

atravesada,

concurrente

de otras voces.

Somos el badajo

que golpea en los oídos.

Todo lo que diga es

nuestro.

 

VI

Múltiples, dispersos,

caídos, retirados…

Somos partes

que sólo otro puede levantar,

recoger y

constituirnos.

 

VII

Sólo el verbo es real.

Lo demás,

sustancia y accidente,

son sus reverberaciones.

 

VIII

El camino recto es el más

largo.

No descansa en ninguno

de tus dulces

recovecos.

 

IX

Saber algo

es ejercicio del olvido.

Si es que algo conozco

es que ya lo he saldado.

Sólo se aprende

en la perplejidad y el asombro.

 

X

Un cuerpo que se cae

¿por qué no se pierde?

¿Por qué no puede extraviarse

un curso de agua?

Cuando alguien se perdió

comenzó a forjar

el tiempo.

 

XI

Si sólo el verbo es real,

nuestras manos son lenguas,

son lenguas nuestra piel y nuestros músculos.

Y lenguas nuestra sangre,

agua y nervios.

No hacemos otra cosa que

temblar sonidos.

 

XII

Sembrar

es hacer que la tierra pronuncie

una palabra:

“Zapallo”, “tomate”, “acelga”, “girasol”.

Pero cuando la tierra florece

espontánea y diversa

se siembra una palabra en nosotros.

 

XIII

Las arañas imitan a las manos.

Todo el cuerpo está

allí donde se posan.

 

XIV

Los insectos

como gestos perdidos

que buscan la hora

de atizarnos

inoportunamente,

un recuerdo de otro.

 

XV

¿Cuánto tiempo tengo?

Todo el que quepa

entre tus manos.

 

XVI

El agua es la sed,

y es hambre el alimento.

Toda la materia está compuesta de

deseo.

 

XVII

Una piedra no se rompe.

Una piedra se abre.

Interminablemente se desnuda

hasta alcanzar la forma de la arena.

Todas sus superficies expuestas,

sensibles al calor y al movimiento.

Lo más parecido a la piel.

 

XVIII

Cada cosa que ves

guarda un secreto

que no puedes develar

sin descubrirte.

 

XIX

¿Hay raíces de raíces,

comienzos del comienzo,

despertar del despertar?

Todo es nuevo.

 

XX

El barro que se trabaja

alfareramente.

La madera que se trabaja

carpinteramente.

El metal que se trabaja

orfebremente.

Le están dando forma

a las manos.

 

XXI

Para hacer habitable una palabra

sólo basta

no se use

de escondite.

 

XXII

¿Animales líquidos?

El rocío,

el sudor,

la lágrima,

y el beso.

 

XXIII

El trigo vuela.

El nido del hornero

es un nido de pan.

 

XXIV

Lo inhóspito

es el verso inaprehensible,

el puente roto,

el agua rechazada.

El que ya no espera.

 

XXV

En los intersticios del cuerpo

el aliento de ella.

 

XXVI

En el espejo

los silencios

se multiplican.

Hay uno por cada una

de sus soledades.

 

XXVII

No hay lugares, sino encuentros.

Nudos en los cuales amoldar

las formas de los cuerpos.

 

 

 

Semillas que crecen en las piedras

 

I

A veces las semillas parecen de piedra. Duras y rústicas como la piedra. Escondedoras de secretos milenarios.

A veces, parecen de madera, como si estuvieran talladas sobre la piel del mismo árbol al que van a dar la vida.

A veces, parecen de silencios tan cerrados que sólo un trueno puede conmoverlas.

 

II

Las semillas que crecen en las piedras se extienden por ranuras, fibras, hebras y ramificaciones.

Pueden formar montañas

o cristales.

 

III

Hay las semillas blandas, que pueden llevarse sin miedo a la boca.

No las muerdas,

son palabras.

 

IV

Puede ocurrir que tallando y tallando entre las piedras de una lejana civilización, se desprenda de ellas un grito, un verbo, una murmuración.

¿Cómo dar cuenta entonces de ese enorme descubrimiento?.

¿Y cómo enterar de ese grito, esa verbo, esa murmuración a quienes era dirigido, y ya no están, sino dormidos entre las piedras?

 

V

Transportar un grito en la semilla

como quien lleva un hueso,

una cerámica, un puñal de dura obsidiana,

cortado con la forma de la hoja de un sauce.

 

VI

Que una piedra se rompa

es trabajo de semillas.

 

VII

Una semilla, en el interior de una piedra volcánica.

Un buen motivo para la memoria.

 

VIII

Abrir un pequeño resquicio en la piedra

en el que sembrar nuestra raíz.

Dar cabida a la acción

en lo que pueda quebrarnos dando forma.

 

IX

Hay semillas de círculos concéntricos,

de ondulaciones y de sal

pi

ca

du

ras

en cada piedra que arrojamos

al agua.

 

X

Las piedras del camino

una a una van contando tus pasos.

 

XI

Piedra sobre piedra.

Los muros pisotean las palabras.

 

XII

Las piedras caen.

Eso es lo necesario.

Las piedras hablan.

Esa es la voluntad.

Alguien las escucha.

Ese es el relato.

 

 

 

Semillas que crecen Ahí

 

Puntos.

Podrá hacerse la disección del átomo,

La proliferación de las partículas subatómicas,

El desmenuzamiento de las células,

La ablación del sapo.

Con la tranquilidad de saber que

Llegar a la piel ya es desnudez,

Y que el lunar es irreductible.

 

 

Semillas que sostienen a la tierra III

 

Secuencia.

La palabra comienza en el oído.

Luego va cayendo, desgranándose

hasta soltarse en tu boca.

Entonces el silencio se

desmorona.

Después, después, buscamos

entre las piedras

un suspiro.

 

Noche

La ansiedad hizo todas las estrellas

Ya que la Luna estaba bien para encontrarla,

pero buscar, buscar, hallar, es otra cosa.

 

Llama.

Despierta la palabra se envanece.

Deja de ser un secreto entre tus labios.

Y pronuncia intimidades

de entraña iluminada

por el mismo hálito que exhala.

 

Feliz incertidumbre.

Una huella por cada paso.

Un futuro con después.

Un hogar por cada herida.

Una puerta a que volver.

Y muchas ventanas abiertas

A jardines de tal vez.

Que la alegría no ahogue el deseo.

Que el agua no apague la sed.

Que tu beso no me robe la esperanza

De que me vuelvas a querer.

 

 

 

Semillas de la humedad

 

I

Los vientos secretos

sólo pueden oírse

en el interior

de tu boca.

 

II

Por cada soplo de luz,

se apaga un candil.

Por cada brizna de aire

se cierra una ventana.

Por cada gota de susurro

se adormece el deseo.

 

III

Llueve

en el interior del viento.

Y la lluvia tiene el olor de otros parques

visitados.

Como el aire que devuelves

con tu aliento.

 

IV

El beso

es apenas la sombra del labio

que se deja caer sobre otra sombra

y cobran cuerpo en ese instante.

 

V

A lo largo de tus piernas

El agua se dobla.

 

VI

El grito estaba

en el interior de la sangre.

 

VII

La sed habita

a la orilla de tus pies.

No habita un lugar sino un extremo.

Tus pies están siempre a la orilla del agua.

 

VIII

Se piensa con las manos.

Por eso sólo hay certeza con el tacto.

 

IX

Tu silencio es húmedo,

bebible.

Un fluido lento que coincide

con nuestra respiración.

 

 

Semillas que crecen en la mirada I

 

Primer Amor.

Al principio fue el hueco, la desazón, la ausencia. Luego fue el ansia, la angustia, el dolor.

Sólo una herida. Sin orillas ni consuelo.

Los pájaros dorados, las nieblas de la tarde, las flores incipientes, las grutas susurrantes, los árboles marinos… Todo refulgía de inquietante soledad.

Dicen que El se paseaba de un lado al otro del Paraíso, hurgándose las costillas con los dedos. Decía: “Todo lo que tengo es lo que me falta”.

Sin poder soñar, se quedó dormido. Sin sentir el desgarro de aquello que era propio.

Al despertar, Ella estaba allí. Se contemplaron en silencio. Ella ya lo había conocido, su cuerpo estirado en una larga siesta. Para él en cambio fue una sorpresa, y sonrió perplejo cuando la descubrió. Durante un inmenso segundo se recorrieron delicadamente. Les sobraban las manos, que no sabían entenderse.

Fue cuando el pétalo azul alzó su vuelo, y Ella se dio vuelta para seguirlo con la mirada.

El estiró sus brazos para retenerla.

(Antes que llegara, no existía su partida).

Ella volteó nuevamente hacia El y sonrió maravillosamente.

(Antes de su sonrisa, no existía el silencio).

Ambos deslizaron una mano por encima y por debajo de la mano del otro.

(Antes de la caricia, no existía la piel).

Se estrecharon, se acercaron, hasta poder olerse.

(Antes del suspiro no existía el aire).

Un poco después se abrazaron y se dieron al beso.

(Antes de su boca no existía el agua.

Antes del agua no existía la sed).

Luego, en el refugio de los reflejos, dibujaron sus cuerpos uno en otro.

(Antes del abrazo no existía la tierra).

Se alimentaron uno en otro, se dieron hambre uno al otro.

(Antes de las brasas no existía el fuego).

Se bebieron uno al otro. Se vaciaron uno en el otro.

Antes del pecado, no existía el Paraíso:

“Adán” – dijo Ella.

“No sabía mi nombre hasta que llamaste” – dijo El.

Al principio fue el deseo. Para todo lo demás pusimos un dios.

 

 

 

Semillas que crecen en la calle II

 

El verbo crece

a medida que

las manos, los brazos, las piernas,

lo pronuncian.

 

I.

Si somos lo que hacemos, entonces somos verbo, no sustancia. Verbos que se dicen uno a otro. Verbos que se nombran y se reconocen en su movimiento.

Si somos formas de ser (verbo al fin, este “ser” tantas veces aislado y distante) en que ese ser se manifiesta, entonces, Paola, por ejemplo, no es una unidad, sino un modo de reunirse.

 

II

Un señor abre un libro en el que queda atrapado. Es un libro con la historia de una aldea. Cuando entra el señor al libro, los aldeanos le pedirán que los ayude a cumplir sus deseos, llenando de esa forma las páginas.

(idea de Baltazar).

 

III

Constreñir es sujetar. Aparece el sujeto allí donde se le niega su car´cter de verbo, vuelto a una de sus formas cristalizadas como un “ser”. Mas, el ser haciendo no busca su coherencia, sino más bien, sus posibilidades. Busca agotar sus posibilidades antes que reducirlas a una restricción basada en sus propios o ajenos precedentes.

 

IV.

Si se ha tratado de “fijar” al sujeto ha sido para rehuirle su capacidad de norma espontánea por sí y para sí, ha sido por el temor a lo “otro”, que lo “mismo” como identificatorio de la reiteración del poder asume como destino y estrategia.

 

 

Semillas que crecen de raíz

 

I

Hasta que no se alcanza el fruto

no se ve la semilla.

 

II

La sombra del campesino

¿qué siembra?

Sólo una promesa de frescura

 

III

Una voz sacudió el horizonte.

Ahora el Sol tiene lengua.

Ha dicho: Rojo.

Y el color y el calor y la sangre.

 

IV

Viajar sin nada más que la espera

como equipaje.

Porque ya nada habrá más precioso

después de tu sonrisa.

 

V

El secreto es volver.

Siempre volver

a estar contigo.

Sin que apenas te des cuenta

que no me fui.

 

VI

Todo el silencio de la noche

para saberte dormida.

Y poder mirarte como te ve tu alma

fuera de tí.

 

VII

El cuerpo que tenemos

es un don de nuestros hijos.

Somos los dueños del agua para sus ojos

Pero ellos son los que dan forma al barro.

 

VIII

Con la rama de un árbol añoso

dibujaron su raíz.

Una hoja cae con el iris de tus ojos.

 

IX

Entonces la alegría

despierta.

Siembra una raíz de enredadera

donde no habrá más ecos.

Sólo nombres puestos por tu boca.

 

 

 

Semillas que crecen en las cuentas

 

I

La sal tiene un solo verbo.

 

II

Dos silencios tiene el agua

 

III

Tres uvas tiñen la piel

 

IV

Cuatro hojas tienen todas las Marsilea bastardae

 

V

Cinco notas tiene la lluvia.

 

VI

Seis colores tiene el gris.

 

VII

Siete sables cortan la tormenta.

 

VIII

Ocho nubes calman la sed

 

IX

Nueve lunas tienen todos los soles.

 

X

Diez noches tiene tu sombra.

 

XI

¿Cuántos centros tiene un extremo?

 

XII

¿Cuántas miradas trazan un horizonte?

 

XIII

¿Cuántas veces puedo caer en tus ojos?

 

XIV

¿Cuántos vientos tiene un nudo?

 

XV

¿Cuántas vueltas tiene una manzana?

 

XVI

La cuenta se detiene cuando dejas de contar.

 

XVII

Una palabra siempre es la faltante.

 

XVIII

Cada lágrima es para siempre.

 

XIX

Todas las manos son dos.

 

XX

Toda el agua cabe en tu boca.

 

XXI

Siempre es mayor la sed que el agua.

 

XXII

Un abrazo sostiene al Universo.

 

 

Semillas que crecen en la memoria

 

I

Dos tardes tardó en recorrer esa mañana.

Dos tardes, hasta que encontró el momento justo

para el resguardo de la noche anterior.

 

II

Dos noches tardó en recordar esa tarde

Dos noches, hasta que encontró el momento justo

para recorrer esa mañana.

 

III

Dos mañanas tardó en encontrar esa noche

Dos mañanas, hasta que la noche lo recorriera

para resguardo de un momento.

 

GIROS

Gira el viento alrededor de una sombra

y la sombra se disipa en tu cuerpo.

Cuál es el punto de tu piel en que esa sombra

me alumbra?

 

NUBES

En el desierto hay memoria.

Una larga y continua memoria.

Una extensa e inenarrable memoria.

La memoria es el espejo de la sed.

En la lluvia hay recuerdos.

Persistentes y sostenidos recuerdos.

Plurales, generosos, repartidos recuerdos.

Sólo se recuerda lo que antes tuvo forma de deseo.

 

 

CALLES

Las huellas son depositarias de la eternidad

las cicatrices son el paso de las huellas.

 

La memoria es un ejercicio de la esperanza

y el recuerdo cada lumbre en que se abre.

 

La presencia es el modo de reconocerse

impresos unos sobre el cuerpo de los otros.

 

Semillas que crecen a oscuras.

I

El centinela probó el filo de la espada contra el fuego.

Zigzagueó un par de veces por encima y por adentro de la llama, sin esperar un grito, ni siquiera un crepitar.

Un par de cenizas se levantaron del suelo, pero sólo merced al viento que producía con ella.

Las cenizas se elevaban por poco tiempo en el aire. Chispeaban con un latido esforzado y luego volvían a caer.

Cualquiera de esas chispas era capaz de ulcerar un ojo, perforar las hojas, lacerar la piel.

 

II

La Luna burla los golpes del herrero contra el yunque del horizonte.

Ella está donde él la mira, pero él apenas la conoce.

Tan porosa, accidentada e imperfecta, sólo podía conocerse tocándola.

 

III

El centinela dejó descansar la espada colocándola delante de sus pies. La noche se desvanecía trazando suaves destellos en su hoja de acero.

Los destellos iluminaban tanto que no se podía ver. Era como hablar al interior de un grito. O como dar un salto mientras se está cayendo.

 

IV

Por fin, llegaba el enemigo. Y el enemigo era una herida sobre el horizonte. Una huella honda y continua que se prolongaba hasta sus pies, cruzados.

El suelo se quebraba bajo la mirada del centinela. La tierra se abría, buscándolo.

 

V

No hay forma de blandir la espada contra un surco. Ello haría más grande la agonía.

La espada no tenía raíz. Sólo empuñadura. Por lo que el centinela se aferró al árbol.

Para no desgarrarse como la última sombra.

 

VI

La Luna está llena de malezas, que acaricia la marea oscura.

En cada uno de sus pliegues se refugia la noche.

 

VII

Ella le dice al centinela:

¿Cómo confías en algo que no puedes abrazar?.

 

 

Semillas que crecen en el aire

I

La huella del ave en el cielo

es el viento en tu cara

 

II

El aire que remueve las arenas, dejando ver el rostro de un antiguo y terrible faraón, olvida que toda esa arena fue traída por todos sus esclavos, a fin de que el olvido lo salvara del ultraje.

 

III

Hay un sinnúmero de gotas de lluvia que no llegan a la tierra, sino que antes se desvanecen. ¿En qué cuenca del aire se mecen todavía?.

 

IV

No olvidemos cerrar todas las ventanas antes de que el soplo de una estrella, como chispa en el aire,  te incinere.

 

V

Aire, sí, por todas partes. Aire alrededor, adentro, afuera y debajo.

Aire ubicuo, aire desarmado.

Siembra de palabras sueltas.

 

VI

Una flecha sin disparo, perdida en el horizonte, no descansará hasta encontrar el brazo que la pulse, el lazo que la tense, la cuerda que la arroje.

 

VII

El aire no crece. Se mueve a tu alrededor. Va agrupando sones, hojas, gritos, nervios y miradas.

 

VIII

Sí, el aire te copiaba.

Como si fuera posible pensar un capullo de tí

allí donde recién acababas de irte.

 

IX

Cuando el aire pese más que el suelo,

es hora de emprender la vuelta.

 

X

Qué atraviesan los ojos, los oídos, las manos y el aroma?

El aire que modelamos con nuestros gestos, nuestras acciones,

finalmente es todo lo que nos habita.

 

XI

El aire.

Eso que está entre los rostros, las palabras, los signos y miradas.

No nosotros, sino lo que está entre nosotros.

Lo real como inasible.

 

Semillas que crecen en el pensamiento

 

I

Pensar sin estar pensado,

sin ser lo que se piensa

es metafísica.

 

Sentir sin estar en lo sentido

sin ser lo que se siente

es soledad.

 

Pensar y estar en lo pensado,

ser lo que se piensa,

es coraje.

 

Sentir y estar en lo sentido,

ser lo sentido

es realidad.

 

Semillas que crecen en los laberintos

I

Un personaje que sólo vea las miradas, el brillo de las miradas, el flujo de las miradas, el ardor o la tibieza o el punzón de la mirada. Que guíe su camino a rafalazos de miradas. A fogonazos de miradas. Hasta que pueda descansar finalmente en la tuya.

II

Un animal, un vegetal, un mineral, que sólo habite en los silencios, y que vaya yendo de un silencio a otro, deslizándose entre matas, flujos, selvas, muros de ruido y de choque de distancias. Trazando un circuito interior a todo.

III

Un recuerdo, una decisión, una semilla, también son otros tantos laberintos.

Que crecen en las distantes y generosas alternativas.

 

IV

Alguien dibuja un rostro, Pero el rostro cambia cada vez que está a punto de darle el último trazo.

El último trazo ya no puede ser un dibujo.

Alguien camina por el sendero. Pero el sendero cambia cada vez que está a punto de darle el último paso.

El último paso ya no puede ser un sendero.

El secreto de la inmortalidad yace en los laberintos. No por evitar una salida, sino por multiplicarlas.

 

V

Contar tus cabellos es el modo más acompasado de enredarse. Extravío que consiste en siempre volver a empezar.

 

VI

Así el viento jugó con las hojas:

Confundiendo sus reflejos en mitad del mediodía.

Por lo que al caer, algunas cayeron en la sombra de otras.

 

VII

Los que van con un piolín a cruzar el laberinto no quieren cruzarlo en realidad, sino volverse.

Todo laberinto desplegado es un plano horizontal. Por mi parte, elijo los laberintos en los que perderme. Una voz, dos o tres notas de una melodía. O nada más la lluvia.

 

Semillas que crecen en las manos.

I

Alguien lee las líneas de la mano.

La palma abierta, las grietas pronunciadas.

Y una arborescencia.

 

II

¿Qué puede haber en las palabras

que no se halle en las manos abiertas?

 

III

La mano del viento

arroja y siembra

esparce y levanta

sacude y refresca.

La mano del viento

ahora se duerme

en una caricia.

 

IV

Todas las cosas que se pueden contar

caben en una mano.

 

V

...y un pulgar oponible,

para que el índice se calle.

 

VI

Si las manos hacen a la humanidad

¿Quién hace a las manos?

 

VII

Primero el agua,

después la cuenca

por fin la boca

entonces las manos.

 

VIII

Prefiero las manos al alma

dijo el santo.

Y así curaba a los enfermos.

 

 

Semillas que crecen en los senderos.

I.

Alcanzar el horizonte es fácil. Basta con alejarse indefinidamente.

 

II.

Los trebejos construían caminos en la arena. Caminos que sólo duraban una tarde, en el mejor de los casos. Pero suficientes como para no perderse de vista.

 

III.

Hay una relación entre el camino y el tiempo tal que a más largo el camino, más aguda la espera.

 

IV.

En el agua o en el aire, las distancias se miden con sonidos. Pero esta burbuja tuya no sé si es de antes o de ahora.

V.

Si un animal pudiera correr más rápidamente que su grito, amanecería destrozado de desesperación.

 

VI.

El emperador de Broskov diseñó los caminos para que sus jardines no fueran nunca pisoteados. Él mismo era un blanco demasiado fácil en su jardín.

 

VII.

Todo marca un camino. El hilo de risa, la curva del ritmo, las venas de los brazos. Todos esos trazos, sones, vetas, signos, reconstruyen un mapa que sólo el deseo puede desenredar.

 

VIII.

Paso

tras

paso

siempre estás al borde.

 

IX.

Pero, si ya estuve aquí, por qué no me quedé a esperarme.

 

X.

Estás perdido cuando el paisaje

comienza a repetirse.

 

XI.

El sendero que llega hasta cada uno de nosotros, es el único para el que estamos ciegos. Si no llegan a nosotros, desde otros, no podríamos nunca desandarlo.

 

XII.

Ir y volver

da la ilusión de inmortalidad.

 

 

 

http//:www.raulceruti.wordpress.com

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