Arlequín

Novela de disfraces en doscientos noventa y cuatro retazos

Arlequín.

(Novela de disfraces en 294 retazos)

 

Raúl Alberto Ceruti.

1. ARLEQUÍN.

 

(Novela de disfraces en 294 retazos)

 

Raúl Alberto Ceruti

 

 

1.  (FUENTES   –   IGNACIO  - FRANCISCO)

 

“La imagen comenzó a filtrar un líquido mohoso y amarillento. Lentamente se fue condensando un chorro lento pero constante que salía de unos pocos centímetros por debajo de su cintura, en una de las naves laterales de la iglesia. A Ignacio se le ocurrió

 

que se trataba de un milagro y que la imagen de San Hilario orinaba.”

 

de “El Rosario de la Hagiografía” de Fray Jacinto P. Cutrelli.

Próximo Fuentes: Retazo 5

 

Próximo Ignacio: Retazo 4

 

Próximo Francisco: Retazo 84

 

2.

(HILARIO – ROSAURA)

 

Hilario se pone de rodillas, casi orante, a orillas del arroyo. Lleva a sus párpados el alivio del agua. Entonces, aparece frente a él, tiesa, silente, Rosaura. Esbelta como una acusación, un signo, un pronunciamiento. Cercana distante, se le queda mirando. Los ojos grandes y oscuros, la boca queda. Los cabellos doloridos y lacios.

 

Hilario intenta sonreírle, pero ella continúa detenida. Una ausente presencia la establece e incomoda. Él, la vergüenza sutil de la esfinge, se siente desnudo, penetrado por esa persecuente inmovilidad que lo rodea y acapara. Estaqueado por los dardos de esa permanencia; sin refugio, ni razón ni libertad.

 

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Hasta que ella se da vuelta y se va, en un andar suspenso y elegante. Allí vuelve Hilario, los dedos en la tierra, la brisa celebrada y el agua refluyente.

 

Salta una gota hacia él que lo obliga a temblar para deslizarla por sus mejillas.

 

Próximo Hilario: Retazo 3

 

Próxima Rosaura: Retazo 25

 

 

3.                                                                                                                   (HILARIO)

 

La mano grande, pesada, cae sobre el agua, como una gruta que desploma y

 

sorbe entera aludes gigantescos, en esa delicada inmensidad, la sonora transparencia. Beber con la boca en un grito, sangrar herido de un temblor sediento. Beber y respirar, hacer entrar el agua en los pulmones. Recuperarse, a brazadas de ansiedades deliciosas. Meterse entera en la boca la ansiedad por la pureza. No ahogarse, sino henchirse. Hasta que quepa la Luna de una tragada sola. Hasta quedar satisfecho de necesidad.

 

La voz queda embebida y la garganta se violenta, llega hasta el estómago en un

 

chorro frío y rotundo.

 

Próximo Hilario: Retazo 6

 

 

4.                                                                               (IGNACIO – LOS FESTEJANTES)

 

“¿Es posible la frescura del misterio?”. “¿Hay revelaciones sobre párpados ligeros?”. “Conocer el misterio como se bebe el agua”. Ignacio sostiene, con ambas manos, un cántaro repleto, que acaba de llenar en la naciente del arroyo. Piedras en el fondo labradas largamente, sin golpes ni incisiones. Apenas por un largo adormecerse. Lisas, suaves, acostadas, como el niño reposado en la canción de cuna. Una paz altiva y una sed piadosa. El agua no como alimento sino como labio, lengua, roce de la sábana.

 

Lo recto, por sí solo es explicado. Mas, la intriga está en la curva. El verbo en lo ondulado. Antes, los hombros descubiertos, la exultante letanía; entonces los pechos,

 

 

 

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húmedos besales, y luego las caderas, amplios territorios de garras y mordiscos. El cuerpo territorio de tu cuerpo: Los tres tiempos, amorosamente reunidos en la forma.

 

Llega Ignacio con el agua al campamento, donde es de inmediato acosado por los que esperan. Tienden sus brazos, abren sus bocas, se arrastran hasta él, lo tironean. Comienza por verterla en los cacharros de aquellos que no tienen fuerzas, siquiera para reclamarle. Hilario le sigue desde lejos, haciendo una pequeña morisqueta descreída.

 

Es desesperante ver cómo algunos beben con excesiva dificultad, cómo el simple roce del agua les produce dolor en sus gargantas o en el centro del esófago. Hay quienes al beber, pequeños largos sorbos, filtrados duramente por sus bocas, producen un silbido trémulo y constante, fisura mínima. Un “fuiiiiiii” agudo, casi imperceptible, que al rato se vuelve un ruido penetrante. Quedan los oídos impregnados de ese insistente zumbido, como los ojos fijos en el amarillo. Los discípulos que allí se convocan, toman a diversión esas fugas de aire, por donde también se escapa el soplo del ahogo. Y una y otra vez les hacen sorber el agua, que ellos mismos les prodigan, festejando a los más ruidosos y molestos.

Próximo Ignacio: Retazo 11

Próxima Los Festejantes: Retazo 11

 

 

5.                                                                                                                   (FUENTES)

 

“Los jerjevines del sur oriental, demostraban su contento de palos y puños.

 

Grandes, fatigosas riñas componían sus brevísimas fiestas. Los primeros en ser atacados eran los más débiles, tullidos, ancianos o enfermos, sobre los que se ejercía un entusiasta control poblacional. Al término de las tundas y los socorros, se contaban en voz alta, entre rotundas risotadas y expresiones de digestivo satisfecho.”

 

de las “Anotaciones de San Hilario”

 

Próximo Fuentes: Retazo 24

 

 

 

 

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6.                                                                                                                   (HILARIO)

 

El hombre es apenas una dádiva. Inerme montón de escombros descubierto.

 

Como éstos a los que sólo les recoge la desesperación. Aunque los hay también paseantes del lujoso aburrimiento. Aquellos que, estiradamente, dejan caer unas monedas sobre los heridos. Muchos, inclusive, tratando de insertarlas en la boca de cada tajo, cicatriz, costra o plegamiento. Hasta provocar el grito del agraciado. Una lapidación distribuida como limosna, un castigo numismático. El golpe que despierta la risa y el grito. Por separado. Ya que alguna vez debieron ser la misma cosa.

 

¿Cuándo, quién fue el primer hombre que ante un mamut, un triceratops, un pterodáctilo, no lanzó un gemido lastimero, o un refucilo desafiante, sino la ferviente y animosa carcajada?. ¿Cuándo, quién fue el primer hombre que lidiando con el fuego, afilando las puntas de su pedernal, se lastimara, y en lugar de un sacudido postulado de

 

improperios, liberó la dicha de su estupidez?.

 

Próximo Hilario: Retazo 11

 

 

7.                                                                                                                   (ISMAEL)

 

Numerosas normas regulan la permanencia de los leprosos, en la Casa Religiosa

 

de Cuidados. Como si fueran responsables de su mal, se les constriñe a una confesión perpetua. Llevan cencerros, grillos, campanas, colgando de sus carnes laceradas, que anuncian sus dolencias. Deben tomar los alimentos que les entregan por medio de un palito. No pueden tener contacto físico con ninguno de los trabajadores. Deben hablar en dirección contraria a la del viento. Plegar sus sábanas bajo una piedra. No sonarse la nariz con la manga. No hacer bolitas con el pan. Masticar con la boca cerrada. Beber sin hacer burbujas. Secar sus ropas en lo oscuro. No sangrar en compañía. La mano, estrecharla a través de un tronco acomodado a tal fin tras de la puerta. Pueden salir, pero

 

 

 

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haciéndose preceder de un tamborilero, o cantando a viva voz un salmo penitencial, al tiempo que hacen sonar una matraca escandalosa. Algarabía de lo incurable.

 

Próximo Ismael: Retazo 32

 

 

8.

 

(GONZALEZ)

 

Gonzalez arregla sus cosas, prepara sus gestos de comer. La oficina se amplía. Crece, luminosa, a partir del rígido cuadrado en que escribe sus informes. Prepara los legajos. Asienta el precio de los intereses. Elabora el discurso de sus superiores. Inferior jerárquico. Organizada contradicción. Contesta las cartas, presentaciones, invitaciones y pedidos. Encuentra la normativa exacta de la excusa. Rastrea día a día los textos, los dogmas y los enunciados.

 

Cierta vez, descubre que la Ley 26.938, de 1994, sobre la Responsabilidad del Entendedor, es una copia exacta de la Ley 325 de 1832 denominada Del Entendimiento. Un escozor le atraviesa por su espalda. Esa grieta no puede ser errónea. Es una provocada insensatez, un acierto atroz, una esmerada recaída. El viento desordenado en el meollo de la estructura.

 

Próximo Gonzalez: Retazo 16.

 

 

9.                                                                                                                   (ESTEVEZ)

 

Golpear la piedra oscura, sonora; quebrar la piedra, como un lento desentierro.

 

Abrir las grietas donde permanece la raíz de lo vibrante. Fragmentar de la dureza por los trazos de lo tenue. El tejido de lo frágil. Allí donde se traza la hendidura. Redes de lo trémulo. Desnudez del nervio reposado en la firmeza, expuesto y remarcado, como esas lombrices que retuercen y contraen vivamente al levantar algún guijarro de la tierra. “Así que hay fibras, hebras que sostienen la unidad de la roca, que cohesionan fuertemente la

 

 

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materia. De poder rastrear una sola de estas líneas, podría obtenerse la cartografía sensitiva del planeta.”

 

Golpear la piedra, segura y vibrante, en el fondo de una gruta abierta. Dejar a la

 

intemperie el rostro oculto, las espaldas de la forma. Al fin, forzado cosquilleo.

 

Estevez, condenado, piensa rítmicamente mientras deja caer la maza enorme. Cargan los brazos con el peso, rompen la cantera goznes de armadura. Cuerdas tensas, venas mudas, crudas matas de árbol mineral. Y los biseles, lisos y veteados, incisiones del perfil de la montaña. Panes de un granito generoso que más tarde será senda de

 

adoquines.

 

Un persecuente, maniático forcejeo con lo estático. Hasta hallar la contorsión que le sustenta. Y la estrecha vigilancia que involucra un poder callado. No es casual que Estevez descubra bajo sus pies un hilo de sangre. Desploma la maza sobre el hueco

 

pobre y el corte ralo deja escapar un tímido aliento.

 

Se percibe el alivio de la piedra al desprenderse. Y el ensañamiento con una madeja de olvidos. Vetas son heridas, distendidas y estriadas, que dejan ver la entraña

 

vieja. Encía despoblada. Y el eco de la risa, joven, que subyace en el fondo.

 

Próximo Estevez: Retazo 34.

 

 

10.                                                                                                                (DANIEL)

 

Daniel tiene un cuerpo muy sensible. Apenas el viento lo cruza, ya le ejecuta sus pliegues a la carne, le destroza la piel, o le desarregla el sistema simpático. Las gotas de lluvia pueden horadarle. Una mirada fuerte, arderle la cabeza. Un voz potente puede arrebatarle algunas facciones del rostro. Una hierba suave puede borrarle las arrugas. La sal puede lastimarlo seriamente. Un color oscuro puede abrirle la garganta. Ha perdido cabello por una fuerte iluminación. O borrado la nariz por un aroma dulce. Se le han desprendido sus dedos en sustancias esponjosas. Y quemado sus sienes en una lectura

 

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concentrada. El cuerpo de Daniel es tierra de desastre y movimiento. Es difícil reconocerle, ya que tantos cataclismos lo cincelan y definen, lo dispersan y diversifican.

 

Excepto cuando ríe. Cuando ríe se acomodan sus cartílagos y huesos. Encastran entonces los músculos y las articulaciones. Recupera su piel y su sonido. Y vuelve a ser idéntico a sí mismo.

 

Próximo Daniel: Retazo 75

 

 

11.                                                     (LOS FESTEJANTES – IGNACIO - HILARIO)

 

Se limpian entre sí, se dan calor. Duermen uno junto a otro. Solidarios en la

 

debilidad. Ignacio los mira descansar, sentado en el umbral de la tienda de Hilario. Un desordenado silencio en que se vuelven cavernosas las gargantas. En que el cierre de las pestañas, inasible parpadeo, puede ser oído. Como una extraña presencia. Como un seco palmeteo. Alas quebradizas. ¿Qué esperan de él?. Si ya no esperan nada de sí mismos. Nada más que la resignada satisfacción de rascarse y ser rascados, verse libres de sus costras, arrancadas; o vaciar sus culpas en esos inmensos monólogos en que deriva la tarde. Monótona letanía que resulta menos escuchada que entendida. Y un miedo pesado adherido a sus estómagos. Un miedo arenoso que hace de esa red de suspiros y lamentos una gran quejumbre. ¿En qué podrían ya creer, que no fuera ese hueco, interior, en que todo se les escapa con violencia?. Los extensos devaneos de palabras viejas, en que algunos demoran su agonía, o la amasan lerdamente para que no duela. Una y otra vez, múltiples sentidos a la culpa, símbolos injertos de numerosas imágenes. Poblar la desolación. O esos apoyados en la tierra, más bien caídos, que miran hacia el cielo como sapos, los ojos fijos y extraviados, sólo sensitivos, sin el detalle del color o de la forma. Sombras duras sobre las que cae el sentido del frío y del calor, más que la consciencia de las noches con sus días. Lombrices expulsadas a la infirme superficie de lo humano.

 

Inconsistentes, algo indudablemente necesario aguardan.

 

 

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Próximo Los Festejantes: Retazo 21 Próximo 1gnacio: Retazo 31 Próxima Hilario: Retazo 20

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Brumpa Brumpa Brumpapapá. Brumpa Brumpa Brumparapapa. Brumtelopín Ja ja ja Já:

 

 

Maestro de Ceremonias.

 

 

 

 

Festiva congoja de carne y cañón. Prosigue la rueda lamento y sorna.

 

 

Faldas y alambres la giba y el rey corona y despojos feroces sonrientes. La mueca del hambre de pálidos rojos. Después del Riente no habrá más después.

 

 

(A partir de aquí, solo. El ritmo se descompone dejando lugar a las palabras. Apenas percusión, solamente el verbo.)

 

 

Hurgar, romper, cavar la fosa del dolor,

 

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penetrar en el lodo la profundidad de la risa.

 

 

La musa silvestre es insecto. Cigarra que canta frotando sus dones

 

 

En el hueco del cansancio truena el cascabel.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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12.                                                                                                    (SARLACK)

 

El bufón de palacio, Sarlack, decide retirarse al silencio. A su silencio, que recoja

 

el llamado de las cosas. Y así oír (asir) los ruidos puros. Escuchar largamente los ecos de una mirada. Comprender los gritos de un gesto. Las voces de los brazos. Se marcha solo, de noche.

 

Recuerda a su abuela tirada en el jardín, señalándole las sombras como suaves campanadas. Ella escuchaba los sonidos de las flores. Nada está callado ni quieto. Ahora él, convocado por una especial santidad, desea hallar el rezo estático. La adoración inmóvil. Centrar en sí toda la espiral de lo creado. Para hacerse inteligibles los azares y

 

las rocas.

 

Llega hasta la ermita con una esperanza que lo sosiega. Un deseo que lo calma.

 

Ansiedad que da cobijo.

 

En las paredes de la gruta ve crecer los extremos de su risa. Sobre dos oscuros

 

filamentos. Abriéndose entre las grietas, por el musgo contenido y el atento líquen.

 

Ha llegado. Una lluvia portentosa lo invita a entrar, súbitamente empujado. Entonces obedece a esa tierra abierta en boca pedregosa, e ingresa. Las gotas de agua

 

penetran en la caverna, haciendo sonar como chicharras los cristales.

 

Próximo Sarlack: Retazo 56

 

 

 

13.                                                                                                                (PIETRO)

 

Pietro, en la campiña, oye el relato de las apariciones de paisajes. Igual que la

 

lluvia improvisada, tienen lugar ciénagas y árboles, sombras y lagunas. Sitios en los que se ha estado y a los que no se ha visto nunca. Lugares por donde los santos han pasado, y que los obispos no recorrerán. Sendas intransitables, inútiles destinos. Recuerdos

 

 

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vividos y otros por vivir. Recuerdos ajenos con palabras propias... Al fin, pese a todas las recomendaciones, y sin ninguna precaución, sale de la casa a la llanura. En las matas, un camino se le aparece. Uno de los tantos caminos que te desorientan. Lo toma, confiado. Esperando que surja de algún lado el camino que retorna.

 

Próximo Pietro: Retazo 19

 

 

 

14.                                                                                                    (FRANCISCO)

 

Inmóviles, las sucesivas imágenes con que el artesano va buscando la forma

 

definitiva. Hilarios a medio hacer, sin rostro, sin brazos, con los labios apretados o las piernas juntas, las manos sin abrir, el pecho abultado, el torso descorrido. Todas acumuladas, enfrentadas entre sí, mudas testigos de sus deformidades. Falencias, incompletitudes. Algunas hasta preservan ciertos sitios vírgenes del golpe. Abandonadas a su descomposición. Hieráticas, solemnes, orgullosas. Rudos monumentos de monstruosidad. Cedros, sauces, algarrobos, demorados en una espera trunca. Mudas, intactas, ansiosas en su absoluta impavidez. El nervio del martillo aflorando por sus sienes, en la persecución de la columna, en la aquiescencia del cuello. Modelos inocentes de una trasnochada aparición. Cada una busca un rasgo útil, sobre el que ensaya la sobredimensión de un detalle. Grandes troncos añosos para el ojo descansado. Tres columnas para el trazo de un pulgar.

 

Solas y olvidadas, una vez cumplida su función, se quiebran, dando de habitar a

las hierbas descansadas.

 

Próximo Francisco: Retazo 24

 

15.

(ALTEMAR)

 

 

 

 

 

 

 

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Altemar, la aguja esterilizada, sostiene un tendón con su mano izquierda, mientras su derecha se abre paso entre las fibras del músculo. La sangre molesta por todos lados, pide un lino, una kocher, una pinza de mano izquierda. Inmiscución. Reticencias. Repasa para sí los nombres de las distintas cavidades, conductos, sistemas. Señala dónde está el cálculo buscado. Es una piedra dura y porosa, como la porcelana. Pero oscura, amarronada, mediocre. Material de la preocupación. Peso de los desánimos. Hace anotar las dimensiones en un cuaderno. Crudeza de la extirpación. El ejercicio científico de la violencia, en el blanco pulcro azulejado del quirófano.

 

Próximo Altemar: Retazo26

 

 

 

16.

 

(GONZALEZ)

 

Una ansiedad sin contenido lo persigue. Gonzalez enciende las luces del garage. Esos lugares donde van a parar todos los objetos para los que no se tenga una inmediata utilidad. Aguardando un orden o destino que no llega nunca. Anómicos objetos que se agolpan sin dedicación ni jerarquía. Unos sobre otros, tirados, encimados, en los que la vista no se detiene, y a los que acaso se busque en otras partes, sin hallarlos.

 

Se sienta en el coche (allí sí se encuentra en algún sitio), y sin entusiasmo alguno, levanta el portón, y se echa a la calle. Una insatisfacción lo constriñe esta mañana. Como si algo le faltara. Y esa simpática melodía con la que se acompaña al manejo, que no puede recordar enteramente. Llueve, y eso enrarece aún más su sensación matinal de desconfianza. Coloca el limpiaparabrisas y su ruido, monótono, opaco, solo, le desfigura el ritmo que no llega.

 

 

 

 

 

 

 

14

 

 

Nota un incómodo trasvase en el tiempo. Como si estuviera infelizmente después. Una acelerada tranquilidad. Un progresismo extático. Un erróneo distanciamiento. Cortas extensiones.

 

Próximo Gonzalez: Retazo 60

 

 

 

17.                                                                                                                (MANUEL)

 

Manuel esconde el resto de su vergüenza en el sobretodo, que deja ensobrado en

 

el asiento posterior del automóvil. Un arma rota con la que intentó el suicidio. Unas pastillas para pasar la noche. Unos manojos de cabellos arrancados. Todas señas del tiempo. Del paso desgraciado de lo inevitable. Marcha con el cadáver de su arrepentimiento, cargando su rigor en la espalda. Se muestra digamos sonriente, pero sólo a efectos de entrar al teatro.

 

Llenos sus bolsillos de prolongaciones incesantes. De un exhausto acomodar hojas, papeles, boletos, facturas. Pañuelos enrollados y migas del incendio. Folletos, pasajes, promesas. Tibias soledades recluidas y abolladas. Ansiedades tranquilas.

 

El anuncio del cartelón promete una comedia. Como lo asocia al vacío y la entropía, compra la entrada. La insincera contorsión de la mirada, que reproduce lo absurdo de maneras obvias y corteses.

 

Al salir de su agradable aburrimiento, de su tedio entretenido, una sombra estúpida le pasea por el rostro. Otros marchan más alegres, pero porque han planeado otras salidas. Él nomás regresa al automóvil, al que su sopor no reconoce alborotado.

 

Es feliz entonces, cuando descubre que le han robado el sobre con sus culpas. Le queda sólo una tristeza pasatista, abstracta.

 

 

 

 

 

 

 

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Por experiencias como esta, Manuel comenzará su “La Historia”, un recuento de sucesos triviales que dejados de lado por los expertos, tienen la capacidad de marcar un antes y un después.

 

Próximo Manuel: Retazo 69

 

 

 

18.                                                                                                                (JAIME)

 

Despejado ya del sueño pedregoso, ensaya un bostezo y acomoda la almohada.

 

Había sufrido una carrera feroz, perseguido por una miserable piedrita. Sin descanso ni meta. Pura huida. Desesperante. Corrida en que al mismo tiempo buscaba calmar su lúgubre ansiedad, hurgando el paquete de cigarros en los bolsillos laterales. Sin suerte. Había descascarado la pared del comedor y luego escapaba de esa suerte de murmullo amenazante en que un pedrusco rodaba aceleradamente contra él. Resbalones, tropiezos, ni sitio ni final. Sólo despierta. Vuelve a lo real. Cae arenilla en el techo de chapa. Está lloviendo.

 

Apenas levantadas las colchas de la madrugada, Jaime observa hacia el cielo y lo halla reunido en un verdor inconducente. Dice: “No se ve que vaya a aclarar en poco tiempo, pero invita a salir.” Así que arregla la habitación, va al baño y se prepara el desayuno. Todas, tareas a las que ya no se les presta la mínima atención, en la inactualidad de lo cotidiano. La lluvia, repetida y apacible, lo mima en el desierto de su

 

tonsura.

 

Una campana pulsa el tiempo con silencios resonantes.

 

Próximo Jaime: Retazo 28

 

 

 

19.                                                                                         (RUMAGGI - PIETRO)

 

 

 

 

 

 

 

16

 

 

Rumaggi avanza, deslizándose entre bifurcaciones. Busca la unidad, entre las piedras del camino. Hacia un lado y el otro, paisajes idénticos e inescrutables. Toda elección le resulta indiferente. Oye advertencias y recomendaciones, igualmente veraces y convincentes, en contra y a favor de cada rumbo. Sin embargo, avanza, hasta encontrar a Pietro recostado sobre un páramo.

 

“¿Este es el camino que regresa?” - le pregunta. “Tarde o temprano te devolverán”.

Después de cuatro días de marcha, llegan juntos a las tiendas de San Hilario.

 

Próximo Rumaggi: Retazo 64

 

Próximo Pietro: Retazo 64

 

 

20.                                                                                                                (HILARIO)

 

Hay tramos de la realidad que tienen un sentido común, tramas compartidas,

 

insertas en una red escrupulosa. Entre aquello que vemos con el centro de la visión, y lo que apenas percibimos desde el rabillo del ojo, hay un encastre, una disección, un entronque. En esos encuentros se producen relaciones duraderas. Hasta hacer aparecer, en la historia de las clandestinidades y de los secretos, una Logia por Imbricación. Logia en que sus miembros no se conocen, pero pueden identificarse. Reunión de gentes en un mismo espacio actitudinal, que al cruzarse ya intuyen entre sí esa pertenencia. Tal es la Logia de los Hilarantes. Conformada tras un trabajo extenso de decantaciones, asimilaciones, azares y amigajamientos. Pueden reconocerse por la calle, por ejemplo, entre los que huelen en el aire un perfume cáustico. Salúdanse entre sí, sin saberse quiénes. Y por equivocaciones como esa logran encontrarse.

 

Próximo Hilario: Retazo 21

 

 

 

21.                                                                             (LOS FESTEJANTES - HILARIO)

 

 

 

 

17

 

 

Se asientan entre los árboles. Largas filas de lamentos. Envueltos en pequeñas frazadas, rasgadas las ropas, algunos rostros encubiertos. Todos, atravesados por el dolor o la vergüenza. La morosa condena de una peste deformante, agrieta la carne y enmohece los vagidos. Un fuerte hedor lame los extremos de la repugnancia. Alivian sus ardores con grandes trozos de barro, humedecido en el orín o en las podridas napas de la tierra. Hilario salta de un lado a otro, con piruetas desgarbadas. Sus gritos hacen el falsete de los gestos de agonía. Canta a la belleza de un Adonis afectado. De sus brazos, cuelgan los extensos pliegues de una tela sucia y flácida. Todo el traje goza de lunares remarcados. Salientes imperfecciones. Generosos hundimientos. En el centro de sus arrugas, docenas de lentejuelas. De sus partes flojas, penden seis bolitas resonantes. Se parte y se desdobla. Cae y se revuelve dando vueltas por el suelo. Una asombrosa agilidad convierte a su torpeza en un prodigio.

 

Un grupo de aprendices, luego, esparcidos junto a ellos, se pone de pie, duplicando los gritos y avanzando las penurias. Exigiendo, exigiendo cada vez mayor cuidado. Haciéndose encima. Tiritando. Golpeándose las piernas, sin poderse incorporar, chocando unos contra otros. Cortándose, hiriéndose en el mero roce con la rama, la raíz, el gusano. Asediados por cualquier cosa. Y sufriendo de un feroz prurito, rascándose de modo lacerante, taladrado. En combativa satisfacción.

 

Hasta que desde algún lugar del descampado, suene una risa, se estampe la frescura. Alguien estremezca. Caricatura de la enfermedad, que la haga suya, vencedora.

Próximo Los Festejantes: Retazo 31

 

Próximo Hilario: Retazo 31

 

 

22.

(SANTIAGO)

 

Santiago acaba de robar en el estacionamiento del teatro. Lo persiguen. Logra

 

refugiarse en el templo. Al mismo tiempo guarida y santuario. Lleva un botín que todavía

 

 

 

 

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no sabe qué contiene. Escucha los pasos de los que vienen tras él. Se había llevado los efectos dejados en la guantera y entre los asientos de algunos automóviles. Desde la otra cuadra alguien pudo verlo. Y lo corrió hasta encontrarse solo ante esas gigantes, hieráticas y solitarias puertas abiertas. Desconcertado, el vengador miró hacia lo largo de la calle, y tomó otra dirección.

 

Santiago accede a la iglesia apagada. Una casa enorme para un falso rezo. Una inmensa soledad, un terrible abismo, lo recoge y encierra. Lleva un bolso de viaje, y el rostro aún entrecortado por la huida presurosa. Se da cuenta de su agitación, por cómo se agolpa en la nave central, acampanado, su feroz jadeo. Se sienta en un banco para fieles. Y lentamente va recuperando el ritmo respiratorio. Siente movimientos detrás del altar. Todo allí se muestra pronunciado con solemne realidad. Se recuesta en el banco, para que no lo vean. Todo se apenumbra. Y esos ruidos, badajos en la arquitectura

 

abovedada, se alejan.

 

Cuando queda solo, frente  a la noche y en esa atmósfera de abierta eternidad,

 

camina hacia uno de los bordes, el más alejado de los pupitres. Un accesorio del templo, como un añadido, una joroba en la estructura general de la planta. “Si salgo de aquí con lo robado, pueden atraparme” - piensa. Luego, se para frente a un santo que no tiene flores, ni cartel, ni exvotos, ni pedidos. Detrás de esa imagen, que ni siquiera sabe a quién representa, esconde el contenido de su bolso.

 

Próximo Santiago: Retazo 59

 

 

 

23.

(ARLEQUÍN)

 

Al principio se reía sonora, crudamente, con un fuerte reluctar de las vocales. Se

 

prodigaba la risa en eructos y en exultaciones. Sin embargo, no ofendía, ya que era un modo del sentirse junto, de ser con otros. Más tarde, los modales retrajeron para las

 

 

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clases populares esa soberana demostración de contento; mientras que príncipes y caballeros, de puertas adentro en sus palacios, buscaron el estilo apropiado de herir sin ofender. Luego, la burocracia advino con su fardo de traición e histeria. Desde entonces se rió a ocultas, disfrutándose de espaldas. Ya no hay las bocas generosas, abiertas y genuinas. Nada más que un tembloroso amaneramiento. La voz cerrada, en secreta y cuidadosa complicidad. Veladas risillas del hipócrita, socarrones de la envidia; siempre la boca reservada, los labios replegados. Se ríe para adentro, incapaces de formar un signo. Máscara insincera. Conformidad que contamina las palabras y las obras. Lástima, desprecio y limosna, ocupando los sitiales que una vez correspondieran a la gracia. Y no resulta común el sacudimiento estentóreo, ni el frenesí grupal que conmovía en otros tiempos. Cada quien, ríe para sí, egoísmo en la célula del darse. Del estar presente. Del ser con alguien. Los humores, como espectros, atraviesan las ciudades con silencio respetuoso. Desapercibidos.

 

Llueve, por ejemplo, pero poco importa que en cada gota se reproduzca tu rostro, deformado, como en una botella. Arrojado al suelo que alimenta de verdes pastizales. Festivales de intrascendencias.

 

Próximo Arlequín: Retazo 49

 

 

 

24.                                                                                                                (FUENTES)

 

“Hacer un examen de equívocos. Como un repertorio de señales. Intervenciones

 

del destino, suelto, libre, sobre voluntades incómodas. Asestados golpes de generoso descuido. Variada tontería por donde penetra la posibilidad de lo diverso. Sortear en la caída la prestancia del tropiezo. La sobria retención. El costado abierto de la historia. La sobrevida como impulsos sucesivos, ubicada en un instante empujado por sin dónde. Alguien se equivoca de perramus. Cualquier otro malentiende un camino. Uno mal

 

 

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coloca el signo de puntuación en una carta. Hay el olvido de una palabra. El recuerdo recobrado de una dicha. La confusión en las líneas de algún rostro. Redes de impensables consecuencias. Roces de otra verdad, que unen soledades en secreto.

 

“Existe el error necesitado, la segura insolidez.”

 

de “Aportaciones a la ciencia del clown”, de Milos Zimnoteck.

 

Próximo Fuentes: Retazo 27.

 

 

25.                                                                                                                (ROSAURA)

 

Rosaura decide no nacer. Dejar transcurrir la sombra del silencio a través de arroyos subterráneos. Demorar su tacto entre las formas, para sentir la huella de otros yacimientos. Todo lo vivido involucrarlo en el cálido refugio de sus horas. Llevar la vida y la muerte como paisajes. Ser el agua que empuja al aire. Único origen cierto de lo móvil. Tenderse, extenderse, dejar sus manos en las paredes de la gruta. La espalda en el cauce delicioso. Las piernas en el bosque florecido. Los ojos en el fuego. Y aprehender allí cada cobijo, todo color, toda herida y toda furia. Permanecer en el secreto de los hombres. Conformada por lo casual, vestida de oportunidad, sapiente de milagro. Asir el perfume del jazmín para insuflarlo en quien padezca de una lucha. El silbo improvisado. La ráfaga de sangre. El hálito breve que mantiene tensa la línea de lo cierto. Rugosos escarceos en espejos estancados. Surtir, transcursa por sus cavidades, contorsiones, las ramificaciones de la lágrima. Ser en vasos comunicantes, cuerdas enhebradas. Ser en

 

resistir, traspasar, alimentar. Multiplicarse, evanescerse, vaporizarse.

 

Hasta que alguien pronuncie su nombre con las manos.

 

Próximo Rosaura: Retazo 39

 

 

 

26.                                                                                                                (ALTEMAR)

 

 

 

 

 

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Concentrado en los saltos, pequeños, del agua; en el trazo de las hojas, de los nervios, en jirones de lo transparente, Altemar Yañiz se sume en el estudio del azar y la materia, buscando desgarrarla a su último principio, su partícula más elemental. Aquello que produzca y constituya la aparición del ser sobre el vacío. Fenómeno que sea movimiento y sustancia, que ya sea causa en su presencia. Hallar el punto en que la espontánea forma manifieste. Brusquedad de la creación en vastedad de lo mínimo.

 

Queda frente al fuego, examinando tiernamente el rescoldo, hasta contener el sitio en que celosamente desaparezca. La tibieza retenida, la chispa blanda. Débil, con su ser tangente, titubeante. Donde apaga y revive, una y otra vez, oscuramente, esa arena roja de la brasa muerta. Extasiado en la pequeñez, exaltado en la necesidad de lo mínimo. Perspectivas. Ese guiño apenas visible, en lo alto del cielo, es una magnitud desesperada. Mas, aquella mota de musgo en la tierra, es una verdad absurda, de tan firme complejidad, tan demorado énfasis... Todo lo pesado y todo lo grande, ¿no debería insumir más tiempo y estructura que lo liviano y lo nimio?. ¿Por qué irrazonable lógica, por qué licenciosa economía natural, importa la misma y a veces, mayor ocupación, el logro de lo ínfimo que de lo extraordinario?. Aquello era evidentemente un despropósito. La virtud de un pormenor. Desmesura en lo minúsculo. La destreza del detalle y el alivio de lo inmenso. La prosecución de un esmero inútil, una preocupación desorbitada. Y la reducción final a nada, como hueco del ridículo.

 

Toma el escalpelo entre sus dedos fibrosos, y traza un bisel en el abdomen.

 

Próximo Altemar: Retazo 120

 

 

 

27.

(FUENTES)

 

 

“Treinta y seis, treinta y siete, treinta y ocho tréboles. Ayer había cincuenta

y

 

cuatro. ¿Cómo es que fluctúa su cantidad tan violenta, horrible, ineluctablemente?. A las

 

 

 

 

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8:00 había veinticuatro. Sensibles a las huellas o a los hálitos, al descanso o al camino, de algún modo traducen en su aparecer y desaparecer, las distintas claridades. A las 15:00 aparece el brote de un helecho. Con todo y hormiga. Debo revisar el mapa con más regularidad. La hormiga se detiene en el borde de la hoja intrusa, y extiende sus patitas hacia uno y otro lado, tanteando el aire del abismo. Como si viniera de un bosque de helechos, no entiende la superficie de los tréboles”.

 

de las “Anotaciones de San Hilario”.

 

Próximo Fuentes: Retazo 40

 

 

 

28.                                                                                                                (JAIME)

 

Jaime apenas puede dormir, enajenado por un goteo incesante en la canilla del

 

baño. Se siente a la intemperie. Como si estuviera lloviendo por todo el interior de su casa. Se siente expuesto. Como si por toda la cadena de caños, redes tubulares, válvulas y vástagos, pudiera colarse cualquier cosa. Se vuelve consciente de todo el tendido de obras sanitarias. Cloacas comunicantes. Arroyos malolientes. Allí donde decantan todas las humanas inmundicias. Dícese del médico que por razón de sus estudios, cree poseer enfermedades sugestivas. El plomero tiene, sin embargo, una obsesión más perniciosa. Para ellos, nunca hay nada que esté limpio. Todo el mundo caga y mea. Todo el tiempo. Hay fluidos circulando por donde circulemos. Todo un sistema de agotamiento para hundir los signos de vergüenza. Allí donde las ratas son las dueñas insensibles de las frescas cucarachas. Y de cuyos pasadizos proviene ese lánguido goteo. Clic, blup, clic, blup, que le pone ante la vista al aparato digestivo. Y urinario. Sin piel que lo recubra. Sin cuerpo que lo oculte. Percepciones de aglutinamientos. Piensa con qué otros inodoros está el suyo entretejido. Una horrible promiscuidad le asalta el entrecejo. Una Hermandad de Mierda podría urdirse entre ellos todos. Una íntima y secreta cofradía. En

 

 

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que los secretos se disparen con franqueza y saciedad. Sinceridades revulsivas. Su alma pierde por algún costado. Y el sueño se le marcha por la canilla del lavatorio.

 

Próximo Jaime: Retazo 74

 

 

 

29.

(UN FESTEJANTE – GARRIÓN)

 

Uno de los ancianos languidece, su mirada seca y angustiada.

 

Garrión, mago de la luz, comprime el ácido rocío con las manos. Le insufla hebras de sal y reflejos de violetas.

 

El viejo implora, los ojos abiertos e inmóviles, mirando morir una estrella. El

 

mago le entrega una lágrima, con la que viene su alivio. Entonces pude echarse a dormir, tranquilamente.

 

Garrión protege el silencio de la noche, bajo unos párpados tenuísimos. Teje lazos entre las hierbas, para que arrullen el sueño. Sopla por detrás de los cabellos. Y

 

mantiene, en el viento, las palabras pronunciadas a medias en los camastros.

 

Mas, desde esta lluvia, siente Garrión sobre su pecho una huella ansiosa.

 

Próximo Un Festejante: Retazo 39.

 

Próximo Garrión: Retazo 36

 

 

30.                                                                                                                (MISERULA)

 

Anochece, por detrás de los ojos de Misérula. Una luz de sombrío vaticinio. Leña blanca. Cirios estallados sin desvanecerse. Ella aviva el nudoso fuego de la hoguera con sus suaves cantos. Pronuncia raíces como sierpes, que arrastran penosas la humildad de los fracasos. Hojas muertas dan un humo atropellado. Un arrullo espeso las convoca, agrupa y cenicienta. Venas como nervios, fuegos como siembra. Tizna su rostro de ese polvo, arcilloso y condenado. Yesca opaca que cubre su contorno. Como aceites de doncella. Los labios nacarados se parten en las grietas agredidas. Y los párpados se

 

 

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cierran, dejando sólo en lo profundo de sus pliegues, el color sencillo de la piel. Todo lo demás queda violáceo desvaído. Carne como llagas. Las manos heladas. La boca fría; acaba de toser. El vapor tejido a sus pulmones de mimbre. Aprieta los dientes, levanta los brazos. La rama seca, empieza a despedir un sopor doliente. Una leche oscura, que ella dará a los cuervos. Savia recuperada, savia maldecida. Acaricia con sus manos ásperas la rugosa superficie de la corteza. Lastimada desnudez. Clava sus uñas en los surcos. Su voz ahora es un silbido de ave de rapiña. Hace contorsiones con los dedos, que dibujan raquíticos enseres, líneas temblorosas, tejidos tortuosos. Escupe, sobre las inscripciones de la rama, un germen pastoso que chirría al esparcirse. La rama arrancada como miembro. Ábrese un costado en su amputada soledad. Un látigo, fláccido, parduzco, se levanta. En el muñón vegetal, un brote sanguinolento, como si fuera el resultado de un dolor caviloso, crece con extrema lentitud. Como penetrando con torpeza en otro abismo, más sellado todavía. Apenas se despega de la sed del tronco, casi líquido, como producto de un derretimiento. Se levanta, a impulsos de esas graves implicancias de la bruja, que defiende una tenaz sonrisa trágica.

 

Próximo Misérula: Retazo 61

 

 

 

31.                                                     (LOS FESTEJANTES – HILARIO - IGNACIO)

 

Se recuestan sobre la hierba y unos a otros comienzan a rascarse. Alguien se

 

acerca a Hilario para mostrarle el vientre, abultado y desprolijo. “Debes saber el límite del ridículo con el asco” -le increpa- “¿Puedes mover tus verrugas, de modo tal que se deslicen como pequeños adefesios?. ¿Puedes abrir tu cicatriz en el momento de soltar la risa, para elevar así tu estómago en flagrante regocijo?. La gracia separa lo circense de lo repulsivo. Esa delgada línea que violenta el humor, y lo vuelve corrosivo y siniestro.” - “La gracia, y el orden. Si por ejemplo tuvieras ese dibujo simétrico, perfecto, por mitades

 

 

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por todo tu cuerpo, estarías en la exactitud de lo horrible, y por lo tanto, serías espantosamente agradable”.

 

Ignacio panza arriba. El dedo en el ombligo. Hurgar esmeradamente en su pequeña cavidad, las sobras del descanso. Los restos de algodones, pelusa del sueño. Como las lagañas, conformadas de esa rústica telilla, que mantiene cerrados, abandonados a sí mismos, a los párpados de los durmientes. Afuera, el eco cavernoso de un día en interiores.

Próximo Los Festejantes: Retazo 46

Próximo Hilario: Retazo 39

Próximo Ignacio: Retazo 39

 

 

32.                                                                                                                (ISMAEL)

 

Se aparta Ismael del resto de los leprosos, animado por un viaje. Esperanza a lo

 

largo. Peregrino hacia su muerte, preso de su propia condición, rinde el peso de sus piernas al cansado devenir. Nunca su camino queda más cercano de la carne, de la que se separa, violentamente, a grandes trozos, entre llagas y letargos. Nunca una huella tan explícita, un despojo tan desarrollado. Un desprendimiento que considera cada aspecto de sí a medida que derrota su desgarbo. Avanza desandando. Tiene los brazos lánguidos y secos. Las fuerzas apretadas. Las vendas estiradas, sueltas. Las piernas en vibrantes estropicios, los labios nacarados. Anda hacia delante, aunque toda su figura tire para abajo. Notarán su partida en el hospicio cuando su ausencia se demuestre radical, más abierta y elocuente que la mesura de la lepra.

 

Próximo Ismael: Retazo 58

 

 

 

33.                                                                                                                (CARLOS)

 

Carlos Vermul acomoda los trapos sobre el mostrador al abrir el día. La sangre

 

de vaca escurrida en el piletón, junto a la grasa acumulada que el cebero no quiso. Los

 

 

 

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cuchillos limpios en sus ganchos, y los restos de la res tendidos por los bajos de la heladera. Nunca quedaba una res completa. Los muslos, generalmente eran faltantes. Una suerte de pudor extirpador, una vergüenza descargada.

 

Desarmados, esparcidos los miembros de la vaca, como aquellas que en los relatos del Antiguo Testamento, se trozaban para alertar a las tribus de un suceso de muerte, sobre el que debía tomarse una urgente decisión. Cada pedazo, testigo de una reunión oculta. En el interior de cada casa, a la hora de la comida, un ritual desarticulado se celebra, ignorantemente, con los despojos de la venta cotidiana. Una religiosa profusión de bifes, nalgas, cuadriles, testigos mudos de un hecho de sangre. El ídolo de fuerza, la res compacta, nuevamente reunida al través de cada uno de esos trozos, masticados, demolidos. Reunidos los comensales en un sacrificio de inmolación. Alrededor de un fuego subterráneo, que a través del extenso gasoducto, consuma la víctima propiciatoria.

 

Próximo Carlos: Retazo 84

 

 

 

34.                                                                                                                (ESTEVEZ)

 

Estevez esconde, doblado entre sus ropas, un pliego de papel. Arrugado y apretado por un hilo. De vez en cuando vuelve a acomodarlo. Guarda la conciencia de su piel a través del contacto con la hoja. Lo abre más tarde, por la noche, cuando ya el silencio lo deja leer, y vuelve a repetir, en secreto, las mismas frases que en ese hato tiene protegidas. Ha dispuesto allí, sobre el tejido amarillento, las escenas que más lo devolvieran a su seno familiar. A tal propósito, dedicó los primeros días de su detención. Retener los pasajes con el máximo detalle posible, para que la cuenta de los días no los fuera a deformar, y vivir, con ellos, en la presencia permanente de su vida, suspensa, después de aquella orden decisiva. Anotó diálogos puntillosos, descripciones exactas,

 

 

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facciones, gestos, episodios, sin una sola apostilla, reflexión o comentario. Su principio de selección fue el de la exactitud. Aquellos recuerdos que podía establecer con mayor fidelidad, precisión y nitidez, eran preferidos a las impresiones de los fastos y solemnidades. Pese a él, sujeto adusto, parco, gravoso, los hechos que dispuso en el papel, a los que recordaba con delicado puntillismo, eran diarias trivialidades de lo cómico, cuentos exactos, ridículos y grotescos. Fragmentos del disparate en medio del padecimiento.

 

Próximo Estevez: Retazo 41

 

 

 

35.                                                                                                                (LIBOR)

 

Quien se encuentra merodeando las urdimbres de la mañana es Libor Bernardez.

 

Acompaña con una sonrisa el lento movimiento de uno de sus guijarros, golpeteado por las gotas.

 

Se lo había visto ya en plena noche examinar pacientemente los adoquines de una acera abovedada, brillosa. Y elegir el sonido o el gusto de un par de aquellos que le hicieran reír especialmente, señalándolos con una tinta naranja.

 

Entre los adoquines, los intersticios de despojos urbanos. Los diarios boletos de ida y vuelta, resquicios desde los que adivinar el paso de los nervios arrojados a la calle. Pasadizos de ese secreto meticuloso de lo imperceptible, accidental o pasajero. El gesto abordado desde el sitio puro de su desenvolvimiento. Semillas de impaciencia o caminares que el asfalto luego negará para siempre. Muecas susurrantes del descuido. Del quién irá a saber. Bernardez repasa por la noche esos pasajes inconscientes, los restos resguardados hasta del propio recuerdo, o las cosas raptadas en su pérdida final y desahogante. Así por ejemplo, aquel anillo de compromiso, o ese número de teléfono, arrugado para no verlo desleírse. O aquella aguja enhebrada, ese botón deshecho.

 

 

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Rincones de la torpeza o de la angustia. Los tacos de un zapato de mujer, los pies mojados de un muñeco roto. La risa de Rosaura.

 

Libor repasa el suelo de las calles empedradas, buscando entre esos rastros de ignorados cruzamientos, las piedras que le causen cierta hilaridad. Las oye repetir los ecos mudos de sus presencias. Guardianes de la casualidad que nos retiene por instantes en lo ridículo, en ese prístino momento de la ignota carcajada. Risa fresca, despoblada de la carga de cualquier hastío. Ahora, de mañana y de soslayo, protegido por un nylon que alcanzó a robarle al viento, tuc, tic, toc, tuc, las gotas de lluvia aún ahuecan el silencio, y barren con el viento sus cenizas, despejando los parajes del día anterior. La oreja en la calzada y sus guijarros removiéndose por el suave empujoncito de la lluvia. Libor da tres golpes con los nudillos sobre un adoquín. La cara bendecida, fresca y alegre.

 

Próximo Libor: Retazo 84

 

 

 

36.                                                                                                                (GARRIÓN)

 

Observa Garrión las marcas del cincel sobre la arena. Dibuja signos suaves y

 

herméticos. Rasgos de garra atávica, muescas peregrinas. Lentamente va apartando con una rama de abeto, los granos amarillos. Los finos polvos crepusculares. Toma un pedrusco reseco al que desmenuza tibiamente hasta hacerlo impalpable. La sustancia se disipa. Luego, se la acerca a la boca en un puñado, y frotando con dureza sus palmas duras, se deja esparcir, cálido, paciente y generoso. Ahora sabe que sus manos son parte del aire. Puede asir en el viento los granos de su tierra, confundidos con esquirlas diminutas de su piel.

Próximo Garrión: Retazo 44

 

 

 

37.                                                                                                                (JUEGOS)

 

 

 

 

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Fluf: Súbitamente soplar, suave o fuertemente en las orejas, las narices y las bocas de nuestras compañeras. Es un placer infantil, que luego, deja deslizar un cándido erotismo. Soplar en los ombligos, piernas, dedos de los pies, cuello, clavícula. Antesala cómica del beso. Vestíbulo erógeno. La boca abierta, rebosante. Y el eco de la piel que devuelve su gusto. Respirar mujer, como inspirar tu risa líquida.

 

Próximo Juegos: Retazo 47

 

 

 

38.

(ARLEQUÍN)

 

En los huecos de la contorsión está la gracia. En las curvas y en los bucles de

 

silencio que dejan atisbar las intimidades, no en la línea que continua y perezosa desarrolla su paciencia. En los accidentes de la geografía, más que en los hallazgos de los geómetras, está la forma de la Tierra.

 

Un acantilado, brutal afirmación, frente a un abismo que se niega y lo golpea. Una playa distendida, generosa, cayéndose a los pies de aquel que ruge. Y la espuma silenciosa que hace el contacto con ambas. Piel y rastros de la piel es cuanto pueblan los sentidos. ¿Pueden hacerse cosquillas a un árbol?. (Hay quien ha visto reír a una nube). Hay promontorios que se agrietan de una sola carcajada. Hay grutas que se burlan de

 

quien las atropella. Y mujeres que sonríen cuando se las mira.

 

Próximo Arlequín: Retazo 49.

 

 

 

39.                              (ROSAURA – HILARIO – UN FESTEJANTE - IGNACIO)

 

La tienda de Rosaura junto a la cueva de Hilario, recibe a los constantes

 

peregrinos, en procura del descanso y el consuelo. Les sirve de beber, los descalza. Les acerca, al término de sus fuerzas, el cobijo de su rostro. Y el alivio de su tiempo, largamente derramado por sus piernas, suavemente escanciado por sus párpados atentos. Su mudez, perturbadora, vuelve aún más cálidas sus suaves atenciones. Su belleza,

 

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conmovible, hace llegar el agua sana a sus orillas. Allí donde los ciegos, cojos y deformes, se dejan caer y se acomodan. Para después dormirse en sus miserias. Ronquido desgarbado con el salmo del arrullo.

 

Sobre un camastro viejo yace un moribundo; un hilo de baba cae de su boca. Nítido y brillante. Sucio y cristalino. Se recoge suspendido en la sábana rústica y se va deslizando, muriéndose de sí, hasta alcanzar el suelo. Allí donde fibras, hebras, y la tibia miel escanciada por Rosaura, se le adhieren y acumulan. Una araña supone a la saliva sustentable, y cuélgase de ella como de su propia tela. Agonía funambulesca; y las manos nudosas de ese hombre, que intentan aferrarla, no por repugnancia, sino para alimento. Alguien se da vuelta haciendo rechinar a su descanso. Se escapa la araña a un hueco astillado. Otro corre una cortina para ver la noche. Entra un lévito soplo de aire amarillo, extenuado, que va a posarse sobre las frentes transpiradas.

 

Rosaura cose los remiendos de una venda. Sus dedos van y vienen a través de la trama blanquecina. Tejido sobre tejido, confunde tules con las gasas. Una suave danza que acompaña el viento cálido que viene de su respiración.

 

Desvanece un grumo de azul acuoso, en dirección a la tienda. Mirando hacia ella, Ignacio, pudoroso, ve reunirse los colores en ambiguo amanecer. Desde su punto de observación, una línea roja parece estar atada al camastro de una vieja. Otro, un breve gordo, parece transportar sobre sus hombros la punta de una nube. Ambos se mueven, como alicaídos. Hay la absurda confusión que precede a una alegría. La araña se detiene e intenta recostarse en la manos desasibles, estirada. Una suave humedad se desvanece.

 

En los brazos rendidos del moribundo, los labios abultados, lentamente la sangre viborea. Un pulso violáceo y despacioso, como el hálito abandónico que raspa su garganta.

 

 

 

 

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Queda su lengua arrollada y dura, como un caracol sin fuerza. Rosaura (rechina la silla donde está sentada), se acerca hacia él y arrodillándose, le lame los pies, al tiempo que introduce sus dedos en las ingles. El hombre se incomoda por el suave cosquilleo, muévese en abruptos y pequeños movimientos, hasta que se agrieta en una mueca relumbrante.

 

Luego duerme, silencioso. Como el agua en la que acaba de caer la araña, con sus patas extendidas.

 

Próximo Rosaura: Retazo 45 Próximo Hilario: Retazo 42. Último Un Festejante:

 

Próximo Ignacio: Retazo 42.

 

 

40.                                                                                                                (FUENTES)

 

“Estos espacios son proclives a lo cómico. Donde no sea noche ni día, invierno ni

 

verano. La sabrosa ambigüedad. Lo finito en lo infinito. El ser en vastedad que por el mismo gesto en que resalta, echa luz sobre sus intrascendencias. Parar la lluvia con un hilo. Detener la sombra debajo de un banco. Encender el trueno con una caja de fósforos. Salir de tu casa y tropezar con un planeta. Enganchar tu pullover en la montaña.”

 

de “Aportaciones para una ciencia del clown” de Milos Zimnoteck.

 

Próximo Fuentes: Retazo 50

 

 

41.                                                                                                                (ESTEVEZ)

 

Estevez puede volver a su celda, engrillado y caminante. Mira hacia abajo en la

 

ladera, al resto de los hombres trabajando. A ellos a los que no les es posible mandarlos a golpear en la cantera, por viejos, débiles, enfermos o atontados. Muchos han hecho ese pesado ejercicio y no por otra causa se los ve agobiados, trasladando uno a uno los pedazos para ser después metidos en la caja del camión. Alguno habrá pensado, como él en ese instante, en usar los adoquines contra sus guardianes. Pero fuerzas que faltan,

 

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ánimo que pesa, sumisos continúan de mano en mano, todos con tremendas municiones. Riesgo blando. Aunque algunas se caen en el pase, resbalan de los dedos, y quedan enterradas para siempre. Inermidad de la dureza. Nervio suelto y descolgado. Gigante que se abandona. Claro que también las mazas pueden ser armas efectivas. Pero tarde a tarde, luego del fatigoso desempeño, cuando les son retiradas de sus brazos, a los que quedaban adheridas, todos olvidan ese fuego, discurren sin pensar, las dejan irse sin apenas resistencia. Entonces, puede más el instinto de reposo que la sed de cualquier guerra. Dos mil ciento cincuenta kilos de adoquines en tres días. Y ser después confiado a la celda establecida, a la que se llega con el sueño de los muertos, y en la que se era contabilizado, noche a noche, sin más rostro que los muros. ¿Podrá ser que se haya adecuado a aquella vida?. Trabajar para cansarse, cansarse para dormir. Dormir para pasar el tiempo. Comer para cerrar filas. Evacuar siempre la misma fetidez.

 

Le pasa una serpiente por debajo de la cabeza. ¡Y todavía reírse, por el roce de las frías escamas sobre el cuello!.

 

Próximo Estevez: Retazo 43

 

 

42.                                                                                         (HILARIO - IGNACIO)

 

Hilario comienza a peregrinar su doctrina, cargando sobre sí ya largos años. Por

 

lo general de modos simples y afables, se transforma violentamente en sus representaciones. Su risa es precedida de una contorsión acabada de su rostro, muy similar a la de la ira desatada. Luego, naturalmente dispersa una voz potente, pero suave, ante la que no cabe ninguna distracción. Su único confidente, Ignacio, le acompaña fiel a donde vaya. Comparten, sin embargo, mucho más silencios que palabras. Rara vez se los oye hablar en público. Cuando eso sucede, son apenas dos o tres verbos que se imputan uno al otro, imperceptiblemente, casi adivinados.

 

 

 

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Claro que Ignacio no es muy comunicativo. Flaco, encorvado, de aire sumiso y tierno, posee sin embargo un rostro oscuro y retraído. Como si viviera a la sombra, una absoluta palidez acentúa sus facciones. Los ojos sobresalientes en una cuenca hundida. Los pómulos huesudos y romos. La nariz quebrada, seria, inmóvil. La boca pequeña, de labios dibujados finamente. A pesar de su extraordinaria esbeltez, padece una apariencia gacha, reconcentrada, penitente. Tal defecto, le es aún más pronunciado por el sensible hundimiento del pecho, que se curva, levemente cóncavo, hasta la cintura.

 

Sobre un hombro, el derecho, un poco más bajo que el otro, Hilario ostenta una delgada cicatriz. Por lo demás, da una imagen integralmente robusta, en la que dicha herida sólo agrega una nota de misterio. Hombre de paso largo, aunque tranquilo, de una molusca robustez, transmite la sensación de una sensible inclemencia, de una dulce severidad, un frágil despotismo. Con el vicio o la costumbre del encierro, sólo algunas tardes, cuando no lleva a cabo ninguna de sus apariciones, se le puede ver pensar yendo y viniendo, haciendo marcas con sus uñas y bastones. Escribe, más bien anota, sobre otros. Ni una sola palabra sobre sí mismo. Sus cuadernos de datos y observaciones son ordenados y clasificados por Ignacio, quien, al no saber leer, los reúne según la similitud de los signos, o el carácter de la letra. Así, se obtienen los archivos nervioso, reposado, rápido, impedido, somnoliento, ilegible, distendido o apretado de su obra.

 

Entre sus papeles, también realiza el trazado de mapas, de pequeñas superficies. Sobre escalas aumentadas dibuja el espacio de dos o tres centímetros cuadrados, mientras que en escalas disminuidas, no llega a trasladar un espacio mayor al de los cuatro metros cuadrados. Para dicha tarea, toma como sitios de referencia, nacientes de las coordenadas, a su propio camastro, el de Ignacio, y eventualmente, el centro geográfico de la tienda de Rosaura.

Próximo Hilario: Retazo 45

 

Próximo Ignacio: Retazo 46.

 

 

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43.                                                                                         (HIRSCH - ESTEVEZ)

 

El Señor Hirsch, arquitecto, mira hacia la parte donde se alzará la puerta. Él (lo

 

sabe) está parado exactamente en la pared del fondo. ¿Para qué habrán utilizado ese ciego muro lateral?. Es una construcción muy fuerte. Cuando comenzaron las excavaciones para los cimientos, ya le había llamado la atención su solidez y resistencia.

 

Consultando un libro de historia da en la cuenta de que precisamente allí se había levantado la pared exterior del patio de la cárcel. Sería muy dificultoso destruir esa formidable estructura. Pero precisa sin embargo perforarla. Así, comienza el estudio de sus debilidades, de sus puntos de ataque, de sus dobleces. Noventa y cuatro años de posibles evasiones revelan los golpes del concreto, las felices heridas, los dichosos hematomas, las gozosas contusiones. Y arrollado, en el centro sensible del concreto, descubre una junta de papeles, con pasajes inconsistentes de familia. El pliego de

 

Estevez. Agujero alhaja. Tromba en el pozo.

 

Próximo Hirsch: Retazo 48

 

Próximo Estevez: Retazo 84

 

 

44.                                                                                                                (GARRIÓN)

 

Examina los ecos que pronuncia el tibio atardecer en el fondo de la cueva. Voces

 

de frecuencia sostenida. Donde penetran brotes de sones como luces. Donde reposa el rubor enrojecido y pulsan hondas vibraciones conmovidas. Las paredes condensan su tono amanecido, y lo celebran en constantes acordes descansados. Garrión palpa, sumergido en los acordes, las húmedas rocas, donde armónicos sensibles se agudizan. Y acaricia la aspereza en que átonos cencerros penetran engarzados a ese arrullo, como insectos voladores a la vista del extático horizonte.

 

 

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Percibe sin embargo un tono verdinegro, desgarrando suaves trazos del pincel sonoro. A los que debe contestar con resueltos amarillos de trompeta, que provoca con rotundo esparcimiento de virutas. Un dulzor absurdo, le deja en la boca esa empastada mezcla de óleos resonantes. Puede adivinar la boca de Misérula en ese gusto congraciado.

 

Próximo Garrión: Retazo 55

 

 

 

45.                                                                                         (HILARIO - ROSAURA)

 

Hilario mete la mano en el barro, hurgando en la intimidad de la tierra. Está arrodillado. Puede tocar los pelos de unas raíces frescas, debajo de sus pies. Disfruta intercalando los dedos allí abajo. La mirada perdida en algún punto de la tienda de Rosaura. En derredor a ella, el pasto es más tupido y verde. No por descuido, ya que regularmente se lo corta, sino por humedad. La suya en cambio, está rodeada de un ocre amarillento. Al que de tanto en tanto sobreviene una envidiable maleza.

 

Abre luego su mano frente a sí y encuentra en medio de la palma un montoncito de arena. Cosquillas en el humus.

Próximo Hilario: Retazo 46

Próximo Rosaura: Retazo 68.

 

 

 

 

 

46.                                                     (HILARIO – IGNACIO – LOS FESTEJANTES)

 

Les hace el breve gesto de salida, Ignacio se incorpora en sus cuclillas, y

 

comienzan a seguirle. Van adentrándose en la planicie, sin dejar que otros se les unan. Hilario lleva el bastón en la mano derecha, al que no precisa, pero con el que juguetea hacia arriba y hacia abajo, con el ceño tenso y la disposición amable. Al llegar a cierto punto, se detiene, examina unas matas, las toca, las peina, las vuelve a tocar con el

 

 

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bastón y haciendo un círculo con el pie derecho a unos diez centímetros del suelo pronuncia: “¡Épate!” Y anota la distancia de la mata a su camastro. Luego, el mismo procedimiento se repite, con las mismas señas sobre otras superficies: Ora era una hierba, ora una hondonada, ora un huecesillo, ora una corteza desprendida. Ignacio pregunta por el sentido de dicho ritual, luego de haber sido empujado por su guía, por evitar que pisara un árbol.

 

“Establezco tropezones”- le dice- “Tropezones, o meras rupturas del paso, para hacer más llamativo al paisaje. Para sacar de su sopor al caminante. Hacerlo reparar en cualquier sitio, como parte de sus reflexiones. Así, el pensamiento adunado a las formas de la tierra”.

Próximo Hilario: Retazo 52

Próximo Ignacio: Retazo 131 .

Próximo Los Festejantes: Retazo 64.

 

 

47.                                                                                                                (JUEGOS)

 

La escondida de uno: El juego consiste en seguir a cualquier persona durante dos

 

cuadras. Detenerse en una esquina, durante unos cuantos minutos, y luego partir en aquellas direcciones que pudiera haber tomado, hasta encontrarlo nuevamente. Empezaba persiguiendo a cualquiera, determinado en virtud del color de su vestido, o de un número concreto de personas a partir de cierta puerta. Más tarde, años más y otras crueldades encima, se colocan obstáculos en las derivaciones, anticipando los tropiezos, distracciones y caídas. Con otros tiempos, ocultamente espiamos el camino de las chicas. El juego aparente tras un rostro serio. El ánimo de ser en timideces exaltadas.

 

Próximo Juegos: Retazo 51.

 

 

 

48.                                                                                                                (HIRSCH)

 

 

 

 

 

 

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El Sr. Hirsch, ubicado en su casa, establece los objetos sobre el mueble de la izquierda. Con trabajada pereza, retira un cenicero con el mayor y el pulgar, colocándolo sobre la cómoda. Repasa la repisa y vuelve a su lugar el objeto retirado. Se sienta en el sillón derecho, y desliza en forma circular sus dedos índice, con temible meticulosidad. Se queda en la activosa eternidad.

 

Un ingenuo, feliz sistematismo, lo aparta de la rauda sucesión de todas las cosas. Le conjura a la razón de lo medido. Consecuencia de un ocio esterilizado, convierte en inconsciente cronograma a cada actividad. Pormenorizadamente, ocupa las celdillas horarias como a breves estaciones de cada día. A las 7:00; el baño, 7:30, la cocina; 8:15 el comedor. Podría morirse de once a trece. Sobre la mesa, un obsequio que no abrirá hasta las 20:00.

 

Próximo Hirsch: Retazo 59

 

 

 

49.

(ARLEQUIN)

 

Algo está roto, hay la sensación de lazo desprendido, de voz ajada. Como si el

 

grito se hubiera desplomado sobre sí, antes de expandirse, generoso. Asestado en tierra, acabado e indolente.

 

Algo está quebrado. Desde el inicio esa angustia apremia cualquier iniciativa. Es nada más caer en cuenta de tantas impotencias. Las manos retiradas. La ausencia de las manos.

 

El hombro descerrajado, la cintura descubierta. Ante la orilla inminente, quedarse quieto sobre el pozo del abismo. Ser abismo. Sostenerse en la necesidad de todo. Gruta abierta, vacuidad como tensión. Llamar con los nervios propios los extremos de la forma. Expulsar vacío a través del reposo desmesurado. Tendido sobre el aire, sin vuelo, sosteniendo la caída en un refugio horizontal. Verbo descargado. Paz violenta.

 

 

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Crece una raíz que desborda. La risa ha efectuado la destrucción de los sentidos. Menos el de la pulsión sonora. En la boca exaltada cabe el trémulo terrible desconcierto, que hace pie en su propia huella. Estructura de lo desprendido. Condición de lo desesperado. Esa voz es propia. Y hace eco en las paredes de uno mismo.

 

El apoyo que no está en ninguna parte, el punto de equilibrio del desplome. No hay afirmaciones, sino que toda verdad es paradójica.

 

Próximo Arlequín: Retazo 54.

 

 

 

50.                                                                                                                (FUENTES)

 

“Los sirevaines practican la disección del vacío. Cada época límite (cambio de las

 

cosechas, renovación de Lunas), se dirigen al Pozo de Bir-Salaim, una depresión profunda a pocos kilómetros de la aldea, y colocando un hacha de ampuloso filo horizontal, al bisel de su diámetro, comienzan a trazar un corte del través, al que atribuyen propiedades epistemológicas:

 

A partir de allí puédese pensar en blanco y negro, fin y principio, mal y bien.

 

Se cuenta que en cuanto el hacha quede suspendida sobre el vacío, todo lo

 

seguro desaparecerá y sólo podrá apoyarse cada cual sobre la herida del otro.”

 

de las “Anotaciones de San Hilario”.

 

Próximo Fuentes: Retazo 53

 

 

 

51.                                                                                                                (JUEGOS)

 

El medium: Haciendo un círculo en rededor de la mesa, nos tomamos las manos, pulgares contra meñiques, como alguien que sabe lo que hace, y comenzamos a realizar la invocación.

 

 

 

 

 

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Oscura, paciente, medulosamente se van trazando y disponiendo los signos y fonemas. Las luces apagadas. El miedo descorriendo uno a uno los pesados telones de la noche. Largas vibraciones encogidas, fluctuaciones de lo agudo a lo grave, en las que poco a poco vamos coincidiendo. Una nítida, contusa tela cae sobre nosotros, reteniendo en su áspero tacto la tensión de los órganos. Un olor dulce y quemado interviene como un turbio resquemor de leños húmedos. Poco a poco el delicado azufre se perdiga entre junturas, goznes y bisagras. Vibra la mesa, se agitan las cortinas. Extrañas formaciones de sombras enmohecen sobre las paredes. Señales de un silencio cavernoso y tremulante.

 

Se dibuja, tenue, un contorno, apenas desteñido el aire de un rosa viejo. Continúan vahos y sentidos percibidos entre lodos deshilados. Tierra vieja, descubierta y carcomida. Todos buscamos retener esa forma que agoniza en las pupilas enfrentadas. En medio de la mesa, a unos veinte o treinta centímetros de la tabla, una figura acrece en remolinos zigzagueantes. Detenida, mas, como arrastrada a esa permanencia innatural. Constreñida, de pie, perdida y desencajada.

 

Algunos minutos después cobra lugar la substanciación del chancho.

 

Próximo Juegos: Retazo 103.

 

 

 

52.                                                                                                                (HILARIO)

 

La sorpresa es un vínculo que nos devuelve al mundo. Allí donde nos abstraemos

 

en constantes conflagraciones, en medio de una lucha, una hoguera, un funeral, algo nos llama la atención: Nos recupera. Todas son formas de la ceguera, hasta que determinada sorpresa abre nuestros ojos. Así, Hilario sana diferentes tipos de obsesiones. Las autistas, autorreferentes, reconcentradas, hasta las excéntricas y grandilocuentes, misionales. Burla de esa forma todo círculo vicioso de la culpa, toda fijación de miedo, todo delirio

 

 

 

 

 

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de grandeza o peso de disipación. La sorpresa, clara materia prima del payaso, insertada en las bocas de lo mustio. Por donde vuelva luego a fluir el viento de la palabra.

Próximo Hilario: Retazo 62

 

 

 

53.                                                                                                                (FUENTES)

 

“Me ha impresionado mucho el hecho de que numerosos accidentes tengan lugar

 

en sitios determinados. Por ejemplo, mi suegra siempre se cae en la cocina, entre el aparador y la heladera; en tanto que mi señora tiende a cortarse en la pieza, frente al placard, con las manos de frente a la ventana. Casi repiten con precisión las mismas desavenencias. Un ejemplo propio es la equivocación. Me es imposible hablar seriamente sentado en la silla que da al patio. Allí, tiendo al disparate por trasvase de términos o pronunciación entrecortada. En la esquina de Algurras y Curapaligüe frecuentemente un señor, señora, niño o niña, patinan, resbalan, tropiezan o se llevan por delante. Acaso existan, como los momentos, ciertos lugares propicios a lo cómico. La colocación de una carpa circense de alguna manera funda sitios de esta naturaleza.”

 

de “Aportaciones para una ciencia del clown” de Milos Zimnoteck.

 

Próximo Fuentes: Retazo 66.

 

 

 

54.                                                                                                                (ARLEQUÍN)

 

¿Y si fuera que en las oscuras ceremonias mediúmnicas, no se trata de hacer

 

llegar a un ser desde un afuera, sino más bien desde otro sitio?. Incomodarlo a otro con un deslugar. Hacerlo aparecer en otra parte, con otros gestos. Mirándole. Y creer que ése mismo es lo que es, un espíritu encarnado, pero no muerto. El mutismo como modo de la sorpresa. Traídos y llevados, por llamados ciertos, ecos de quien no sabe a quién está solicitando.

 

 

 

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Idas y venidas, por parcelas solas, que tiñen de presencia los deseos. Bienvenidas. Como las de extrema sorpresa. Las voces que pronuncian las cuerdas de sus nervios.

Próximo Arlequín: Retazo 57

 

 

 

55.                                                                                                                (GARRIÓN)

 

Garrión, vara en mano, dibuja un surco sobre la arena, que el agua subterránea

 

seguirá debajo. Corriente secreta, húmeda, sencilla. Abriéndose camino por entre las rocas. Fuente deliciosa, curso límpido. Ramificándose enraizándose, en milenario transcurrir. Murmullo cerrado y misterioso. Buscando surtir por una piedra que abrirá, más tarde, quebrada por un ansia. Levanta la vara, dejando que la vera se dé paso, empujada por el hálito de arena.

 

La rama de roble descansa en el costado de la gruta. Allí donde la lluvia alcanza a demorarse, dos, tres gotas, que marchan hacia un sendero oculto, por una corriente

 

delicada.

 

Próximo Garrión: Retazo 67

 

 

 

56.                                                                                                                (SARLACK)

 

A partir del retiro del bufón, ahora eremita, en el palacio que ocupara sólo se

 

retiene el humor perverso. Grandes torturas, vejaciones y sucios enfrentamientos. Ver a los débiles peleando. Un cojo contra un ciego. Un sordo contra un mudo. Un manco contra un descerebrado. Escenas de una enajenante saciedad, en la que sólo se ríe por vacío. Simples ecos de un brutal alejamiento.

 

Así nace el público, lacerado de lo cómico. Contemplativo de su soledad. La risa entonces ocurre realmente en otro sitio, respecto del que son extraños los espectadores.

 

 

 

 

 

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Mera lástima. Dádiva del privilegio. El cínico recogimiento de la invulnerabilidad. Una falsa protección, que sirve apenas de consuelo.

 

Próximo Sarlack: Retazo 77

 

 

 

57.

(ARLEQUÍN)

 

No existe el mal, sino la vergüenza. Y a ésta hay que buscarla entre los trastos

 

escondidos y apartados. Donde sea el mando un disimulo de la ignorancia, y el triunfo la desaparición de la víctima.

 

El poder es el ocultamiento del poder. El nervio de su látigo está en sus miserias. Nadie quiere exhibir sus basurales; hacer una vasta exposición de sus malos olores. Por eso una moral lava la otra, y las dos lavan el nombre.

 

La vergüenza se violenta, porque no entiende el humor. No encierra, esconde. No entiende, aparta. No cura, justifica. No mejora, explica. Detrás de los muros, se encierra la mala consciencia de los que aún permanecen afuera.

 

La beneficencia nunca ha sido vista, ni puede serlo, como revolucionaria. Así que es la única dirección posible hacia el derrotado. La lástima es el gesto con que se arrinconan las culpas.

 

Conquistar los palacios y los templos no es el modo de apropiarse de los mandos de un gobierno. Sí acaso, tomar las cárceles, lazaretos, albergues para ancianos, cementerios, cotolengos, hospicios y reformatorios, sea poner al descubierto todas sus debilidades. Quien amenaza con la risa de un monstruo, ejecuta ante el imperio un acto subversivo. Que no exige al poder, sino que lo pone en evidencia. Allí está el lodoso arsenal con que construye su hegemonía. Levantar las límpidas paredes y hallar debajo los gusanos que las sostienen.

 

 

 

 

 

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Mostrar los basurales como un bastión, una conquista, un compromiso. Que la hipócrita inmovilidad disfrute de sus deshechos. Y se celebre el desprecio, y se organicen fanfarronas soledades.

 

Los restos de las comilonas como una alegoría de los tiempos.

 

Próximo Arlequín: Retazo 71

 

 

 

58.                                                                                                                (ISMAEL)

 

Desliza su mirada, la deriva. Avanza con la soledad y la soberanía del destierro.

 

Se interna en una agreste letanía. Ha perdido ya toda referencia a la Casa de Cuidados, de la que se marchara, hace ya unos siete o nueve días. Bebe del agua acumulada entre las hojas, come de las raíces rojas y oscuras. Tallos turbulentos. Traga, más bien, ya que el masticar le produce cortes y sangrías en la boca. Un dolor agradecido en la garganta lo alimenta. Sin embargo, Ismael sigue repitiendo sus rutinas aprendidas hasta la exasperación.

 

Próximo Ismael: Retazo 63

 

 

 

59.                                                                                         (SANTIAGO – HIRSCH)

 

Ingresan Santiago y una mosca, a las 11:30, al domicilio del Sr. Hirsch. La casa,

 

obedientemente deshabitada.

 

Una vez dentro, un aire cálido le da la bienvenida. Santiago debe entonces sobreponerse al ambiente acogedor de las paredes adornadas, y obtener el tono anímico adecuado a su saqueo. La mosca, cómoda, revolotea sobre la mesa, descendiendo hasta un paquete, divertido, brillante, luminoso. Envuelto para regalo. Ningún ladrón sería capaz de llevárselo.

Próximo Santiago: Retazo 84

 

Próximo Hirsch: Retazo 87

 

 

 

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60.

 

(GONZALEZ)

 

Una ansiedad sin contenido lo persigue. Gonzalez enciende las luces del garage.

 

Esos espacio-depósito donde van a parar todo aquello que no tenga inmediata utilidad. Aguardando un orden que no vendrá. Anómicos objetos que se agolpan sin dedicación ni prestigio. Unos sobre otros, tirados, encimados, en los que la vista no se detiene, y a los que acaso se busque por otra parte, sin hallarlos.

 

Se sienta en el coche (allí sí se encuentra en algún sitio), y sin ningún entusiasmo,

 

hace levantar el portón, y se echa a la calle.

 

Una insatisfacción lo constriñe durante toda esta mañana. Como si algo le faltara. Y esa simpática melodía con la que se acompaña al manejo, que no puede recordar enteramente. Llueve, y eso añade un enrarecimiento más a su matinal sensación de desconfianza. Coloca el limpiaparabrisas y su ruido, monótono, opaco, solo, le desfigura

 

el ritmo que no llega.

 

Nota un incómodo trasvase en el tiempo. Como si estuviera infelizmente después. Una acelerada tranquilidad. Un progresismo extático. Un erróneo distanciamiento.

 

Cortas extensiones.

 

Próximo Gonzalez: Retazo 84

 

 

 

61.

(MISÉRULA)

 

Misérula aprovecha para subsistir los compases de la duda. El tiempo lineal, que

 

no sucede, alimenta sus posibles contorsiones, dándoles los sitios donde desplegarse. Así hace suyos los minutos mostrencos, nonatos sucederes que destílanse insomnes. Largas colas en el banco, oficinas o comercios. Ella rapiña cada uno de sus pulsos macerados,

 

 

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de tal modo que nadie se aperciba. Ya que el único tiempo real, en el transcurso de lo eterno, es horizontal, tendido del través, no bordeando sus orillas. Allí donde Gonzalez permanece día a día, inmaterial, consumiendo las hojas y palabras de un fordismo burocrático, la garra de Misérula hace acopio de tiempo palpitante, cuya falta ni siquiera notará, más que con agradecida sorpresa, como al prematuro fin de una jornada. Y así amasa sus héticos segundos, como una esterilla seca y ensacada. Huesos como sogas, y una voz de cuerdas sobre huesos.

Próximo Misérula: Retazo 76

 

 

 

62.                                                                                                                (HILARIO)

 

Es introducido en un estrecho corredor, de cuyas paredes cuelgan, clavados,

 

huesos, piernas, brazos, ex votos que producen un hedor penetrante. Al final de ese camino, una serie de personas, vestidas uniformemente, con hatos de pieles de ternero sobrepuestos. Todos, entregados a un lentísimo y complejo ritual. Empotrados, con las cabezas metidas hacia dentro, en sendas perforaciones en la roca, hay una serie de enfermos, pacientes de ese fétido trabajo. De ellos sólo sobresalen parte de sus piernas, y sus pies, de debajo de la cavidad en que padecen. Donde no es posible casi el movimiento. De cara al techo demasiado cerca. Tanto, que desde la posición horizontal en que se encuentran, no les es posible doblar enteramente el codo. Por comodidad, pues, las manos quedan abiertas de palmas, conteniéndose. Por supuesto, resulta muy dificultoso verles las caras, debiendo introducir uno mismo la cabeza, deslizándose al costado del sujeto. Hilario quiere verlos uno a uno. El resto de los hombres continúan su circuito de movimientos. Tocan aquí y allá las mismas salientes. Pasan un dedo por vez por una breve hendidura. Se tocan el hombro. Afirman. Reafirman entre sí frases idénticas. Se consultan palpándose en los mismos sitios. Resulta un procedimiento

 

 

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ostentoso, complejo, incómodo. Fórmulas acumuladas en un repositorio. En el intento penoso de arrastrarse en cada reclusión, Hilario debe interrumpir el curso de preservadas coreografías. Aparecen torpezas y retardos. Imposiciones, irritables extravíos.

 

El rostro, demasiado cercano al de los enfermos, no le permite verlos efectivamente. Sus sentidos ensombrecen al rozar la piedra rigurosa.

 

Pacientemente, Hilario, de pie en una esquina, lee como salmodias, instrucciones para malabares, manuales de acrobacia, y rutinas de payasos viejos.

 

Próximo Hilario: Retazo 63

 

 

 

63.                                                                                         (ISMAEL - HILARIO)

 

Empotrado en la pared, un cascabel. Minúsculo derroche. Animal sonoro. Pasa

 

Ismael su mano por encima y encanta con su ruido festejante. Trascendencia de la insignificancia. Las piedritas ahuecadas en la caja que resuena. O las patas de la cucaracha en la hoja de papel. Desnudo en armadura. Lentamente, cuidándolo como cosa delicada, lo retira del ladrillo, sacudiéndolo en el aire. Conversión de la gracia en mera simpatía. Fantasía del bicho-alhajerito, que mueve su cabeza dentro. Seca, pero brillante.

 

Hilario toma, más tarde, un caracol entre los dedos, alargando su cuello, y prolonga su trayecto dejándolo unos centímetros más arriba. El animal siente a la vez el éxito y la desorientación. Incómodo y conforme, mira hacia atrás. El camino andado sin haber andado. Luego, sigue hacia adelante.

 

Un trozo de su propia carne se desliza por el pecho, corazón, cascabel, caracol, vísceras expuestas, como el silbo de un gusano.

Próximo Ismael: Retazo 65

Próximo Hilario: Retazo 64

 

 

 

 

 

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  1. (LOS FESTEJANTES – HILARIO – PIETRO – RUMAGGI)

 

Llevan sin descanso demasiado tiempo. Hilario dispone entonces detenerse. Se dejan los cuerpos en la tierra como trastos de una carga. Anochece. Se acuerdan las guardias centinelas y todo el resto, veladas sus armas, pitos, matracas, cetros y bonetes, descansa.

 

Quedan Pietro y Rumaggi de pie sobre la entrada del valle. La noche los va envolviendo y ahuecando. Todo murmullo es vaciado en un eco cavernoso. Apenas se mueven, los ruidos amenazan. De aquí, de allá, como en una bóveda. Así que, marciales y derechos, miden cada uno de sus tibios acomodamientos.

 

“Pietro, ¿sentís?”. “Soy yo, bajé el brazo”.

 

Toda aquella batalla de músculos, trabajando por el día, rudos, fuertes, gimnásticamente ejercitados, queda reducida, anatemizada, por el rostro de la noche, a la par de los grillos y de tantos bichos arrastrados.

Próximo Los Festejantes: Retazo 111

Próximo Hilario: Retazo 68

Próximo Pietro: Retazo 84

 

Próximo Rumaggi: Retazo 84

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Prámboca Prámboca Trencarayú. Prámboca Prámboca Tirche y Pumba Jarajajá:

 

 

 

 

Mendicante.

 

 

 

 

Orar en el mugroso templo de los subterráneos, súplicas, lamentos, vergüenzas enojosas, himnos del vejamen.

 

La absolución para el pecado de mi pobreza.

 

A los débiles pasantes, uno tras otro alcanza la letanía

 

de mi voz que apenas oigo. Miseria es rogar

 

a siervos miserables. Dioses destruidos que cenizan

 

en peatones derrastrados.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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65.                                                                                                                (ISMAEL)

 

El horizonte se arrupa de pequeñas hondonadas, rocas que, sobresalidas de la magra vegetación, resaltan como clavículas. Huesos que han atravesado la carne. Allí, una serie de grutas se abren encerradas. Grietas oscuras. Cavidades perforadas. Ismael tiene el ánimo de entrar a una de ellas. Silencio amplificado en las paredes musgosas. El suelo húmedo y tibio, de un carácter arcilloso. Apoya la cabeza contra una roca plana. Dejándose vencer por el sueño, olvida la luz que ha dejado a la entrada, como una ventana ajena, y dormita. Fulminante descansar en una gran herida. Dentro del grito de

 

sombra. Extendido a lo largo de una llaga, todas sus llagas sosegadas y tranquilas.

 

Próximo Ismael: Retazo 77

 

 

 

66.                                                                                                                (FUENTES)

 

“Ya habíamos llegado y nos mirábamos entre todos, con el ánimo satisfecho del

 

buen cansancio. Hasta que alguien reparó en una falta notable: Esa luz entre el espejo y la lámpara. Todos afirmamos que “un error”, “un vacío”, un “tiene que estar en otro lado”. Pero la falta era grave, sensible, esplendorosa.

 

De súbito se comprendió lo que nadie se atrevía a develar. En ese silencio, de apenas dos minutos, se ocultaba un sillón. Nadie nunca dijo que habíamos olvidado un

 

sillón en la mudanza.”

 

del pliego de Estevez.

 

Próximo Fuentes: Retazo 72

 

 

 

67.                                                                                                                (GARRIÓN)

 

 

 

 

 

 

 

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Las voces de Garrión, agolpadas en el ruedo del silencio. Lanzadas a marea despeñada, en vuelo horizontal, generosamente repartidas. Pronunciadas, como el eco de las cosas. Como el hálito entregado de las ramas de los bosques, con el rito emergente de los huecos numerosos; cuencas deliciosas, labios sonrojados. Así, frugales a la ventisca, raudos con el viento, dispersos en el cielo, seminando soplos de sincera soledad. Ávidas de ser parte de su boca. Humedades que devuelvan su nombre a la esperanza.

 

Enlazadas sus voces a la roca, irrumpen como un trueno poderoso. Nada más que con el fin de atraer suspiros desplegados, como lévitos de tela fina y elegante. Tules de suspiros. Velámenes etéreos de un temblor sensible. Algas azuladas sobre un mar torrente, montuoso, acantilado.

 

Engarzadas a las burdas raíces, aferradas a la tierra, levantan ecos profundos, guturales; que a veces quedan en el centro de las piedras, como gritos. Secretos que resuenan sobre el lomo del caracol, que ajeno y silencioso, se arrastra en la sonora sombra.

 

Hendidas en las grietas, gorgoteando los reptares de una fuente subterránea. Sostenidas por el soplo miserable, arrastran hojas desprendidas.

 

Y empujan la cortina de Rosaura.

 

Próximo Garrión: Retazo 80

 

 

 

68.                                                                                         (ROSAURA – HILARIO)

 

Rosaura enciende uno a uno los candiles de su pieza. Su rostro se descubre,

 

piadoso, en el reparo de las flamas. Apacible y perturbador, en el denso claroscuro. Hilario no quita los ojos de sus manos, en el débil movimiento conque acierta a producir la tibia luz. La vela y la cerilla, proyectando una sombra monumental de sus dedos delicados. La muñeca breve, deslizante, y la caricia sugerida en pleno vuelo. Ella acaba

 

 

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de encender el último cirio, y se sienta en un rincón oscuro, donde quedan fijas las sombras en un sosiego respirable. Los brazos reposados en la falda distendida.

Es entonces cuando ambos pueden ver a las cortinas levantadas por el viento acercarse peligrosas a las mechas ígneas. Ninguno de los dos se mueve de su sitio. Él, supone un estrago de la torpeza. Bruscos movimientos, suave griterío. Pasivos, por respeto a aquella luz crepuscular que amenaza con prenderse y propagarse, dada la aplicada negligencia. Ella, suave, peregrinamente, canta para sí, sin pensar en otra cosa. Finalmente, la cortina toca la llama, pero el viento, que la empuja nuevamente, consigue apagarla. Ante tal exactitud, tan pulcro acomodamiento de lo causal a lo querido, él sonríe. Pero ella todavía se entristece.

 

Próximo Hilario: Retazo 90

 

 

 

69.

(MANUEL)

Acaso toda la calle rumie dureza. Un algo de encierro merodea agolpándose en

las paredes calizas y rugosas.

 

Si uno se quedara fijo en un lugar,

podría escuchar pequeños diálogos de

 

interjecciones, fastidios cómplices y secuencias de ofuscamiento. Gestos de inevitabilidad, de hay que seguir qué se va a hacer, y los andares pesados, que parecieran arrastrar a los vecinos, o cargar con el cuerpo de cada uno. Voluntades trabajosas. La mecánica de la voluntad. La dirección de las piernas desde el órgano pensante. Medidas las palabras y las cosas. Y esa inconsciencia del tiempo, que obliga a consultar la cara del reloj cuando nos preguntan la hora.

 

Manuel, con un sillón entre los brazos, sostuviente sostenido, dobla la esquina.

 

Próximo Manuel: Retazo 94.

 

 

 

 

 

 

 

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70.                                                                                                     (LOS ELEMENTOS)

 

“Fragmentos de lo Trágico:

 

“Franz Brodes, era el único médico occidental que había llegado a la aldea de los

 

protnies. Y fue él quien causó la epidemia de influenza que cobró decenas de vidas entre ellos. Un guerrero le lanzó una piedra, acusándolo de portador de un misterioso mal. La mujer de este guerrero precisó más tarde de sus antibióticos, pero nada pudo hacerse: Desde aquella herida de piedra, Brodes había quedado inconsciente”.

 

“Aquí la unión de cura y enfermedad, la trágica traición por concausa, consciente e inevitable. Zimnoteck afirmaría que sería superior un médico inválido como único responsable de la salud de un regimiento.”

 

“Los soberanos de los tridles debían, por ostentación del cargo y por definición de investidura, conocer toda la trama de sucesos hasta el fin de su mandato. Por ello eran tan firmes en hacer cumplir pequeñas decisiones: No jugar con palos largos, no beber agua turbia, no casarse entre parientes de hasta el quinto grado, lavar la comida, llevar las uñas limpias, acomodar los juguetes. Y había pena de descuartizamiento para los desobedientes, único modo de neutralizar el encadenamiento de causas que podían llevar a la catástrofe.”

 

“Aquí, lo trágico pequeño. Lo trágico por proyección o peligro. El arrastre de una consciencia por los pantanos de la culpa inconcebible. La mínima responsabilidad, y todo el remordimiento.”

 

“Los zabulares contaban que, antiguamente, sus ancestros se comunicaban por medio de señales mínimas y exactas. Con gestos simples, leves movimientos, rasgos claros, de acuerdo al horizonte y el paisaje, podían transmitirse las nociones más complejas. Sin embargo, un rayo descargado desde un cielo vengativo, apartó de golpe las miradas y atenciones, y desvió las impresiones de los gestos. Confundió los gritos y

 

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arrumbó rostro contra piedra. Abierta una grieta vertical entre los hombres, los ritmos y las sincronías de su comunicación acabaron por romperse. Cada cual comenzó a buscar a los suyos y sus cosas. Nadie ni nada contestaba, ni parecía darse cuenta de los otros. Como vieran que era inútil entenderse francamente con los ojos y las manos, debieron intentar con la palabra: “¡Ayuda!”

 

“Así, el lenguaje de lo trágico, proviene de la indiferencia.” de las “Anotaciones de San Hilario”.

 

 

71.                                                                                                    (ARLEQUÍN)

 

Hay algo en la risa que te desparrama, desordena, descuartiza. Una garra

 

magnífica que te toma desde cada parte. Saltos pequeños, sueltas contorsiones. Entrega y egoísmo. Rompimiento que sea asimismo una amalgama. Nervadura desnuda e imposible que retiene, en sus extremos, a la hoja verde. Una grieta en la columna vertebral del hombre, que se abre rascando la planta del pié.

 

Próximo Arlequín: Retazo 73

 

 

 

72.                                                                                                                (FUENTES)

 

“Los  tregésidos  se  enemistaron  inmediatamente  con  los  faránides  por  las

 

cuestiones limítrofes. Las negociaciones se volvieron día a día más inútiles. No conseguían ponerse de acuerdo respecto del sistema a implementar para fijar las respectivas fronteras. Hasta que se declararon la guerra. Entonces descubrieron que sus naciones incluían un leprosario en sus extremos este-oeste; una cárcel en sus puntos norte-sur; y un hospital de misericordia sobre las playas.

 

“Sin embargo, y dados los avances de las respectivas provocaciones, se llevó a cabo el enfrentamiento, que tuvimos que soportar también en nuestro campamento.”

 

 

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de las “Anotaciones de San Hilario”.

 

Próximo Fuentes: Retazo 78

 

 

 

73.                                                                                                                (ARLEQUÍN)

 

Y por error, sembrar azar, cobijo, ignota variedad de formas y motivos. Los verbos del error resultan sincerados, erigidos en salvajes ciernes. Hay una cadena de consecuencias, cuyo derrotero es oscuro, por no lineal. Dos personas que se encuentran en un sitio, luego vuelven a encontrarse. Alguien que quiere evitar ser visto, resulta esconderse donde le aguardan. Alguien va a tomar un tren equivocado, porque alguien ha guardado las señales de una vieja ruta. Hay un largo devaneo de profundas circunstancias, aparentemente sueltas, que confluyen a la concreción de lo necesario.

 

Alguien deja sobre un cuadro una suave pincelada. Ruego de auxilio. Caricia de desesperanza. Que luego intentará cubrir con los signos malabares de la firma. Alguien hace de la obra una pieza de museo. Se traslada, se exhibe, queda descuidadamente expuesta frente a un amplio ventanal. Alguien elige una mala noche para robarla. Ha tomado todos los recaudos, menos el paraguas chorreante. De él, una gota desprendida deja deslizar el trazo de la firma, develando allí debajo el pincel que se sincera. Alguien tiene una herida igual en su costado, que el sesgo demorado de las hebras del pincel, acusa. La imagen apenas puede verse, sin sentirse responsable de una voz que implora. Por eso, el magnate que la compra la regala a un leprosario. Vigilante de otras débiles miradas, dejándose empolvar por los hollines de la leña, debajo de la grasa inexorable, y de las manos embarradas de los chicos. Ella va a buscar la imagen al museo, que le consolara. No sabe que hallará, en su lugar, un rostro. El rimel se le corre. (Ella esconde una lágrima turquesa con el dedo blanco).

 

Próximo Arlequín: Retazo 79

 

 

 

 

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74.                                                                                                                (JAIME)

 

No más que un sistema entretejido en el que nos vamos acabando. Un sistema en que ocultar prudentemente, y tras la puerta cerrada, nuestra vergüenza. Porque ya la desnudez es sentida como derrota, tras el celo del baño. Los pantalones caídos. El sexo entre las piernas. Ni siquiera volteamos a ver lo que hacemos. Apretamos un botón. Jalamos de la cadena. Y allí se va, sin culpa, ni demostraciones. Pero con la incómoda ostentación del ruido. Y el olor insalvable que delata.

 

Luego, el trámite de los caños. Largo paseo que sacude nuestro lodo hasta los límites de la ciudad. Para caer anónimo en los márgenes de cieno. La vida del plomero – asume Jaime – consiste en controlar y asegurar la eficacia burocrática de esa desvinculación con la caca. ¿Arrojando quizás un mensaje, alguien respondería?. No hay mares a los que echar una botella, en las ciudades. No hay desiertos en que alzar la voz. No hay bosques en que esperar el trueno. Sólo la perversión pornográfica ha llevado a lo público la impudicia de la evacuación.

 

Las manos quedan llenas de celoso ocultamiento. Impregnadas de nuestras miserias. Descubierta, tras la mata de artefactos y columnas y trincheras, esa podrida mortandad que nos alude. Los riegos, los desagotes y las conexiones cloacales, cada día más pulcros y perfeccionados, conforman una superestructura que agobia y enloquece. Caca limpia.

 

Trabajar en la pastosa nada. Y estar solo. Jaime mira hacia su baño, el piso roto por los constantes arreglos. Justo enfrente, en el botiquín, hay un frasco exacto. Toma un papel y escribe un pedido de auxilio. El último. Lo mete dentro de ese frasco. Lo arroja a la red de cañerías.

 

Próximo Jaime: Retazo 91

 

 

 

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75.                                                                                                                (DANIEL)

 

Se incomoda. Está Daniel en una posición difícil. Nunca le pareció tan lejos la

 

sábana, ni tan cerca la colcha. La almohada demasiado alta, el colchón demasiado tieso. Se apoya en un lado, luego en el otro. Se coloca de espaldas, luego de frente. Mira hacia el techo. No mira. Al fin, adopta una postura que no le convence. Decide no moverse, sin embargo, para al fin dormirse. Pero esa molestia permanece. La insatisfacción corriente. La vanalidad del sólo estar. El peso de sí, las sobras y las faltas. La duda trivial. El músculo sin provecho.

 

A la mañana siguiente, apenas se puede mover. Se ha quebrado siete pares de

 

costillas, por incomodidad.

 

Próximo Daniel: Retazo 124

 

 

 

76.

(MISÉRULA)

 

Misérula deja crecer el brote silencioso, exigido, como un ruego de vergüenza.

 

Troncha sin embargo uno de ellos, dejando surtir de su médula un jugo espeso y lechoso. Llévase su tallo a los dientes y lo masca con tristeza de mugido. Un aceite fibroso se deja caer por las arrugadas comisuras. La bruja lo modela, como filamentos de una cera amarga; en derredor de una raquítica nervadura. Sola, en la húmeda oscuridad de su arcón mohoso, lo enciende. De él sale un fuego verde y amarillo.

 

Próximo Misérula: Retazo 80

 

 

 

77.                                                                                         (SARLACK – ISMAEL)

 

Alcanza  la  mirada  del  eremita.  Ismael  se  esconde  para  no  intimidarle.

 

Concentrado en sus rezos, sus plegarias y oraciones, tiene ese hombre los ojos cerrados.

 

 

 

 

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Mas, en un momento, prueba una semilla que toma desde el aire, y le invita a acercarse. El leproso desconfía de la amabilidad. Como toda víctima de la lástima. Pero poco a poco toma confianza y estrecha la distancia entre los dos, hasta quedar a un palmo de una suerte de pelusa, muy difuminada, que teje un semicírculo en derredor de aquel hombre. Algo así como suaves filamentos de algodón diseminado. Toma unas cenizas de la tierra, y haciéndolas frotar con dos peñascos, las asperja de un polvillo reluciente. Húmedo y agradecido.

 

Es entonces cuando Ismael percibe una molesta suavidad, un sosiego desgarrante. Tranquilidad rotunda. Como en un ruego definitivo, lleva las manos al rostro. Asustadamente, lo halla terso, compuesto y mejorado. Una cura raudal. Sanidad con el hacha. Abrupta. La angustia de lo serenio descargado con violencia. Y una bendición terrible. Un grito agudo en el que encuentra su voz articulada.

 

Las manos perfectas no entienden el abismo.

 

Confuso, Ismael asume la gracia. De la que fuera inconsistente, ajeno, desentendido. Pasivo a la trascendencia. El milagro en la resignación. La salud recobrada en el tiempo de renuncia. El milagro involuntario, sin deseo. Un don cansado, incomprendido. Habilidad disipada, como de descarte. Lujo, en el sentido de suntuario y de derroche.

 

Se siente firme, suave, lindo. Como si lo hubieran untado con crema de leche. No puede volver a la caverna, sucia, maloliente, y sigue viaje, hacia no sabe dónde. Ahora que tiene tiempo para partir.

 

Ismael, dueño de un milagro incidental, peregrina, incomprendido. No puede encontrar su lugar en el mundo. Antes perdía sus partes, ahora él es el perdido.

Próximo Sarlack: Retazo 82

Próximo Ismael: Retazo 84

 

 

 

 

 

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78.                                                                                                                (FUENTES)

 

“Vivimos en un mundo en expansión. En verdad, la cantidad de sucesos que

 

separan un hecho de otro, digamos, por ejemplo, entrar a la cocina y servirse un vaso de algo fresco, salir de las fronteras de Germania y acabar con el Imperio de Roma, no pueden describirse en su totalidad. Concebir una historia expansible, es asir a los extremos de ese devenir fluyente. Conocer una historia hasta el final pero no poder abarcarla nunca. Ramificada inexorablemente, en otras tantas historias y situaciones, resulta inevitable dejar vacíos numerosos espacios interiores, cadenas de acontecimientos, lugares, escenas personajes... Asuntos desechados por el trato del oficio. Tener la angustia de saber que nunca se escribirán ni se leerán totalmente las historias, sino sus meras aproximaciones. Ser consciente de esos límites resulta en definitiva, en el impulso a narrar según la regla del cálculo infinitesimal.”

 

de “La Historia”, de Manuel, Libro Introductorio.

 

Próximo Fuentes: Retazo 81

 

 

 

79.                                                                                                                (ARLEQUÍN)

 

Esa íntima inseguridad que acompaña el tránsito interior de una casa. Los mangos

 

de la sartén, vueltos hacia fuera; las trizas de vidrio, los extremos punteagudos y filosos de los objetos rotos; los enchufes invitantes, en las paredes; los cuchillos aceitados, dentro del cajón; las puertas de los armarios con las puntas sobresalientes; las ventanas de par en par; el jabón sobre el piso de la bañera; clips, chinches, alfileres olvidados; viejas galletas en los bolsillos:

 

Deambular terminalmente. Todos esos arsenales, emboscados, provocan una vida de riesgo. Los espejos acechantes. Las agujas agrupadas. Los dientes dentro de la boca.

 

 

 

 

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Los cabellos ensartados. La consciencia de ser un extremo del todo, siempre a punto de la caída.

 

Próximo Arlequín: Retazo 83

 

 

 

80.                                                                                         (MISÉRULA – GARRIÓN)

 

Como levantar la mano y rozar el ala de la mariposa. Como hendir el aire

 

descubriendo el hombro. Como dar la mano y hallar el beso dentro. Como abrir los labios y decir con tus palabras. Como el que descansa mirando dormir a una paloma. Como el que llora con sensibles cascabeles. Como el que encuentra una sortija en el cuaderno. Así, adherida a la cera, apagada, inerte, una dorada brillantina. Misérula y

 

Garrión, entramados en dramática espiral, sustentados en engarces del acecho. Atraídos

 

por un suave, errante movimiento, que los acerca. Abrazo por venir.

 

Próximo Misérula: Retazo 93

 

Próximo Garrión: Retazo 89

 

 

81.                                                                                                                (FUENTES)

 

“Cuando el adelantado César Carracedo fue designado para hacerse cargo de la gobernación de la Colonia de Meretrices, por un error didáctico en la carta de navegación, llegó con sus galeotes a otra costa, donde sólo hallaron las ruinas de un anterior asentamiento. Entonces, al no hallar nada en pie, mandó informar a la corona que la ciudad había sido diezmada por los indígenas del país, solicitando nueva tropa y mueblario. Éstos llegaron mucho más tarde, pero dadas las ya conocidas y deficientes condiciones de la cartografía, siguiendo el rastro minucioso de los mapas de Mirceades, arribaron también ellos a otra playa. Durante una expedición de reconocimiento, Carracedo halló a buena parte de la soldadesca, sentada en el ámbito selvático, a la intemperie, sobre los muebles de palacio.

 

 

 

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Los  pobladores  de  la  Colonia  original,  los  merétricos,  declararon  su

 

independencia tres semanas después.”

 

de las “Anotaciones de San Hilario”.

 

Próximo Fuentes: Retazo 86

 

 

 

82.                                                                                                    (SARLACK)

 

Igual que las ramas oscuras, creciendo sobre el vientre de la noche, poblar el misterio. Ir penetrando en la soledad del orbe, rasgando poco a poco las paredes secas, las espaldas agobiadas, los párpados endurecidos. Sentir cómo quiebra la vértebra nerviosa su chasquido miserable. Ir taladrando suavemente cada víscera, abriéndose paso

 

como el golpe de la sangre por las venas.

 

Y poder, así, estar presente, ser presente. Cobijar el secreto de la gruta arcaica. Y horadar las manos sosteniendo la aspereza. Llegar al íntimo fulgor en bruto, al carozo abovedado. Hasta urdir, en la garganta, la grieta de la risa. Humedad salvaje de la

 

sobrevida.

 

Sarlack se pone de pie. El aroma a mentas lo abraza. Pero, ¿cómo tocar un

 

aroma?. Tan sólo beberlo.

 

Próximo Sarlack: Retazo 149

 

 

 

83.

(ARLEQUÍN)

¿Un mundo  antigramatical?. Poblaciones o

geografías donde  los adverbios

 

modifiquen a los sustantivos, y los adjetivos a los verbos. Poblaciones o geografías donde no se acompañen el género y el número. Sitios, excavaciones, profundidades, recodos, donde pueda comenzarse una oración con una coma. Descubrir en los estratos minerales un verbo inconjugable. Hallar debajo de la corteza, artículos que designen

 

 

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modos o lugares, preposiciones errátiles, adjetivos neutros. Concebir un sistema donde cada sustantivo sólo pueda ser usado como objeto indirecto. Encontrar, con cuchara de espeleólogo, cadenas de tres o cuatro verbos, uno después del otro. Que el predicado de un sujeto sea otro sujeto. Dar explicaciones con los paréntesis hacia afuera. Insertar guiones cuando nadie va a hablar. Una narración discontinua, sin otro sostén que la mirada. Descripciones donde nada pueda asirse. Diálogos donde nadie pueda culminar una oración. Movimientos que posean nombres propios. Cualidades que transformen la sustancia. Accidentes que definan la constancia. Enunciados que interroguen. Gestos que conformen el cuerpo. La risa es contradicción. Forma en acto. Acto en ser. Hombre y cosmos.

 

Es posible la antigramaticalidad, pero sólo en el decurso, no en el discurso. Las reglas no alcanzan a los sucesos. Y únicamente es habitable lo paradójico.”

 

Próximo Arlequín: Retazo 101

 

 

 

  1. (PIETRO  –  RUMAGGI  –  ROSAURA  –  ESTEVEZ  –  GONZALEZ  -

 

SANTIAGO - FRANCISCO – CARLOS – LIBOR

 

– ISMAEL)

 

Es suficiente con el tiqueteo de Pietro y Rumaggi, afuera, en la campaña; los nudillos en la pierna, los palillos en el suelo. Basta con el hamacarse de Rosaura en la silla que chirríe. El ritmo se esparce, íntimo, capilar comunicante. Allí donde otro repite su secuencia. Primera trascendencia elemental que infiere al “todos”. Santiago aburre las fisuras de un placard humedecido, igual que Estevez raspa las escorias de su celda. Uña perturbadora, de un modo abstracto raspa la impureza. Francisco, somnoliento, sigue haciendo marcas en la madera, mientras cae la lluvia sobre él. Nada más corrige las asperezas sin perseguir la forma. Sus ojos buscan no alterar el ritmo de la veta. Los

 

 

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golpes de Vermul tiernizan el lomo. Salpicaduras de sangre, fría y aguachenta. Libor ha descendido al puro tintineo. Un largo y desgarbado tacto que busca asirse entre los huesos residentes. Ismael canturrea una canción, cuyo comienzo desconoce, enhebrando una y otra vez el mismo sitio. Intenta continuar, pero regresa, en un ciclo permanente. Gonzalez limpia el parabrisas con el puño y luego enciende la llovizna de la radio. Estevez ya no presta atención a lo que lee. Tiene sueño. Laten solas las palabras en que sumergen su inconsciencia. Palabras que los duermen, por repetidas, viejas, familiares. Hasta que el trueno se pronuncia, y salen todos de ese lánguido sopor que les contiene y acompaña.

 

Por encima de los ritmos sucesivos, el tiempo que descansa. En el gesto de Rosaura de agitar sus brazos. Delicadamente, mientras acomoda las sábanas.

Próximo Pietro: Retazo 137

Próximo Rumaggi: Retazo 137

Próximo Rosaura: Retazo 90

Próximo Estevez: Retazo 173

Próximo Francisco: Retazo 92

Próximo Gonzalez: Retazo 91

Próximo Santiago: Retazo 108

Próximo Carlos: Retazo 113

Próximo Libor: Retazo 91

Próximo Ismael: Retazo 85

 

 

85.                                                                                                                (ISMAEL)

 

Por la mañana, las entusiastas caravanas de desgano, toman apresuradamente

 

toman su tren, subterráneo, colectivo, para llegar a sus trabajos del día. Viajan en la ausencia del viaje, durante el que pueden suceder todas las cosas, sin que nadie se dé cuenta. Apretados, sofocados, inútiles, los pasajeros callan y descuidan. Como en un despliegue de abandono. La liturgia del esfuerzo vano, del sacrificio conveniente. Ismael viaja con ellos, esperando asir una brizna de tiempo de la ventanilla.

 

Próximo Ismael: Retazo 94

 

 

 

 

 

 

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86.                                                                                                                (FUENTES)

 

“Alguien va y alguien viene. Es una forma de crear espacio. Situaciones en que

 

alguien pasa, mientras otro pasa. En que alguien pasa mientras otro queda. La decisión de encarar por uno de los lados del sujeto que se tiene en frente. Dos ciegos que tropiezan entre sí. Alguien baja y alguien sube. Alguien llega y alguien se va. El breve momento de la duda, solemne, en que no sabemos cómo hemos topado con un rostro, con un cuerpo, con una dirección. Alguien cava un pozo que otro llena. Alguien organiza lo que otro desordena. Alguien espera a otro que espera. Se buscan.”

 

de “Aportaciones para una ciencia del clown”, de Milos Zimnoteck.

 

Próximo Fuentes: Retazo 88

 

 

 

87.                                                                                                                (HIRSCH)

 

El Sr. Hirsch, urbanista, diseña en las calzadas inestabilidad en equilibrio. El Sr.

 

Hirsch, por su orden, traza desniveles en donde no los parezca, fija semáforos donde no pasará nadie, pasamanos en las esquinas ascendentes; disimula las curvas, aleja lo cercano y acerca lo distante, pone puertas a las calles, cruza entre sí avenidas paralelas, hace culminar caminos que no comienzan, mantiene la constante al horizonte en las pendientes, prodiga los puentes y escamotea las rectas. Hay cunetas que cambian de dirección, pasajes que se aparecen, calles a distintas velocidades y desniveles según la hora del día. El trayecto de Gonzalez al trabajo, por ejemplo, es más escarpado cuanto más tarde. Todo con el fin de que el pesado transeúnte, el ajetreado vehiculista, se tomen su tiempo. Para hacer del camino un enigma.

 

Próximo Hirsch: Retazo 120

 

 

88.                                                                                                                (FUENTES)

 

 

 

 

 

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“Quien era encerrado en esa cueva, comenzaba a reír de un modo incontenible, hasta provocarle la muerte por asfixia o contracción desmesurada. Los visitantes acudían allí provistos de una soga, de la que rogaban tirar apenas transcurridos los primeros diez minutos. Una vez, el eco fue tremendamente seco, y estampándose en las caras de la cueva, la derrumbó. Poco después se comprobó que estaba asentada sobre un río. Encima de las piedras creció una planta raquítica y sin hojas. Al final de un largo tallo, se despierta una flor que, apenas abierta, se desvanece.”

 

de las “Anotaciones de San Hilario”.

 

Próximo Fuentes: Retazo 92

 

 

 

89.                                                                                         (GARRIÓN - MISERULA)

 

Aspira Garrión un aire cálido. Como de un oscuro tacto, de atmósfera palpable.

 

Piedras como nervios, agolpados, se deshacen en la tierra, penetrando en las raíces. Absorbidas por el nervio savia vegetal. Y retiene el tiempo con doblar el cuello. La cabeza ladeada hacia el hombro izquierdo. Los ojos cerrados. Misérula acaba de reír. Puede saberlo. Mas, con un sonido que es más bien el eco de una risa. Envuelto en unas alas sucias, carcomidas. Habitante de un terrible simulacro. Luego, vuelve los oídos a la tierra, para hallar el lado de la lluvia. Destejida, cae sobre hierbas peregrinas. Y les da su aroma de cabellos, húmedos y lánguidos.

Próximo Garrión: Retazo 99

 

 

 

90.                                                                                         (ROSAURA – HILARIO)

 

Desvanece Rosaura, dejándose arrastrar, estirada por su propio peso. Caída sobre

 

caída, desplomándose los huesos como en saco roto. Las piernas, las rodillas, las caderas, cada una de las vértebras, encimadas, el cuello laxo y alargado, la cabeza. Los

 

 

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cabellos y los brazos. Se desliza en el aire, hacia el suelo, como el aire de un canto que reposa. Como el velo de un vestido que distiende. Hilario siente el abismo debajo de los pies, y se fabrica unos zapatos enormes. Pega un giro en el aire, y levanta un párpado de ella. Baila, desarticulando la columna. Se arroja al piso, zambulléndose detrás de ella, su disipación. Golpea su cabeza con la tierra y hace saltar los hilos que la reclaman. Se agacha después para buscar sus ojos, sus dedos, su mirada, esparcidas por los golpes y roturas. Pero sólo recoge entre las espinas del suelo el orden de sus costillas. Los labios, excesivamente abiertos, sin embargo, aún no le permiten besarla.

Próximo Rosaura: Retazo 107

Próximo Hilario: Retazo 107

 

 

91.                                                                             (JAIME – LIBOR – GONZALEZ)

 

Jaime abre su ventana, frente al paciente trabajo de Libor, y puede ver cómo el

 

coche de Gonzalez le pasa por encima, tuc, tic, toc, tuc, sin poder siquiera evitar, en medio de esa tranquila y paciente escrupulosidad, el gesto de una leve sonrisa.

La violencia demasiado inoportuna, descolocada, el rigor absurdo del golpe fatal. Más tarde, al instante nomás de darse cuenta, cambia el rictus por la confusión y acude al

 

sitio a prestar ayuda.

 

Próximo Jaime: Retazo 98

Próximo Libor: Retazo 98

 

Próximo Gonzalez: Retazo 98

 

 

92.

(FUENTES – FRANCISCO)

.

“Las gentes acudían a la iglesia en peregrinaciones abundantes. El santo no

 

dejaba de orinar. Se llenaron papagayos de su materia, viscosa, tibia, borboteante, que luego se vendían a los fieles. Algunos se colocaban debajo de su imagen para dejarse rociar de ese jugo bendito. Comenzaron a llegar enfermos, catedráticos, monjes y curiosos. El asunto era un hecho: La obra de Francisco, aquel viejo artesano de las

 

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montañas de Giulliano no cejaba en su milagro, tan molesto para la homilía del sacerdote, y la impudicia de los monaguillos”.

 

de “El Rosario de la Hagiografía”, de Fray Jacinto P. Cutrelli.

 

Próximo Fuentes: Retazo 95

 

Próximo Francisco: Retazo 147

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Pluptchin Pluptchin Macatracá Pluptchin Pluptchin, matragarata, ¡Ja!:

 

 

 

 

Viejo.

 

 

 

 

Puedo entender la rugosidad del árbol. No la de la piedra.

 

Menos aún la estolidez del rostro que mis manos sienten rígido.

 

Aspereza.

 

La sequedad del grito que queda

 

adherido a su máscara.

 

El grito se momifica, no la tez, no la faz que lo amortaja.

 

Y las manos que enmudecen cuando no palpan,

 

apenas tocan

 

la rala aspereza de una pared vacía.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

68

 

 

 

 

 

93.

(MISÉRULA)

Poco a poco, Misérula detiene el suave pero

cierto recorrido de las aguas.

 

Acomoda y acumula el lodo pesaroso con paladas esforzadas y concretas. Busca el agua que se estanque. Que purule. El sitio que amontone lividez y la endurezca. Límites del agua. Poros encerrados. Que no dejen escapar un solo hilo hacia la tierra. Las paredes de limo. Largamente encargado, trasladado, escardado desde pantanosas soledades. De mugrosa densidad y tejido de abandono. Donde acabar todo lo verde en un musgoso deflegmar. Acamarse. Detiene Misérula en estas aguas, quietas, todo el movimiento.

 

Próximo Misérula: Retazo 100

 

 

 

94.                                                                                         (ISMAEL – MANUEL)

 

Probablemente Ismael no haya sido nunca joven. No se recuerda juventud en sus

 

manos. Sus brazos leñosos tienen marcas inexplicables. Echa a andar y luego puede aparecerse dondequiera. En el ámbito de la ciudad, la necesidad de perderse lo empuja hacia delante. No busca que lo regresen, sino que lo reconozcan. Estar finalmente en algún sitio, y descansar.

 

Los lugares que repasa en su memoria son todos de tránsito. Trabajo, colegio, cárcel, sanatorio. Solamente en la calle, en la adorada intemperie, en la circulación, siente, él, abandonado, alguna permanencia.

 

Aparece Ismael, las sucesivas veces en que sobreviene su existencia. Paso por paso. Lleva consigo la condición del perdido, no su circunstancia. Sigue las formas de las baldosas, los espacios caprichosos de las matas. Sigue un brazo verde, un hilo azul, un velo negro. Anda detrás de un verbo errante, de un tizne incierto, de un tenue chasquido. En admirable distracción, camina. Lo retienen ecos de llovizna, rastros de pan, de sal, de

 

 

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leche o de azúcar. Luego aparece en su domicilio, en que se duerme. Ismael no está perdido, sino que lo es.

 

Ismael, desde el esforzado colectivo, observa a Manuel soportando sobre sus hombros la comodidad del mullido sillón. Lo siguen otros con la mirada, con un dejo de nostalgia por el lecho que hace un rato tuvieran que dejar. Ese que compraron con el agotamiento de sus trabajos. Sin embargo, todos vuelven a su amorfidad, las señas de unos gestos vencidos por el roce indeseado. Pegoteados, unos a otros, ensamblados en una intimidad violenta.

 

Cerca, en la otra esquina, un choque extraordinario. Un sólo pasajero, mueve reflejamente, sin considerarla, la ceja izquierda

Próximo Ismael: Retazo 127

Próximo Manuel: Retazo 116

 

 

95.                                                                                                                (FUENTES)

 

“Hilario acaba de representar su Risa de Difuntos, cuando, oculta detrás de los retablos, se escucha una risa de mujer. Ignacio lo mira, interrogante:

 

"¿De qué ríen las mujeres?”.

 

“Las mujeres sólo se ríen de tí." -Le dice con tristeza. Observa hacia la tienda de

 

Rosaura, y cierra sus ojos reservándose la imagen. Ella no habla con él. Nunca la ha visto alegre. Apenas roza su horizonte con el rostro de ella, y se vuelve hacia abajo, buscando el pecho. Le recuerda la imagen del águila que da de comer a sus hijos de la sangre que surte de su propio corazón, al que hiere con el pico.

 

Hilario hace cabriolas que a ella le entristecen. Ella no parece verlo. Recluida en otros pensamientos, habitante de todos los dolores, calla, como piedra hermosa, brillante verdinegra. No saben el mismo idioma, ni escuchan los astros desde el mismo sitio. Ella

 

 

 

 

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recoge sus cosas en cuanto él sale a su paseo. Cuando puede verla, lo interceptan los acólitos preocupantes, los monjes serios, las nieves yertas.

 

Él ha decidido comer frente a su puerta. Cueva iluminada, sed despierta.

 

Ella no está. Ha decidido dormir en el llano oscuro. Ceniza vigilante. Suave

 

manto.

 

Saben que del mismo modo que el Sol y la Luna, no pueden encontrarse sino por

 

error.

 

de “El Rosario de la Hagiografía” de Fray Jacinto P. Cutrelli

 

Próximo Fuentes: Retazo 96

 

 

 

96.                                                                                                                (FUENTES)

 

“La abuela siempre había tenido suerte en los concursos. Incluso cuando no quería. Cierta vez, por un número de espera, en la carnicería, le fue conferida una

vaquillona, trozada, completa.

 

Tuvimos que trasladarla entre cuatro. Las bolsas eran notablemente sangrientas. Al llegar a casa, no hubo mejor sitio que la bañera, para semejante primer premio.

 

Esa semana todo el barrio comió premio.”

 

del pliego de Estevez.

 

Próximo Fuentes: Retazo 102

 

 

 

97.                                                                                                     (LOS ELEMENTOS)

 

“Fragmentos de la Épica:

 

“Prestas, viriles, recias, combativas, las tropas se dirigen hacia el campo de batalla. Se miden desde lejos. Se huelen, se anticipan. Cada uno elige a su enemigo próximo. Entonces, extraen de sus faltriqueras una caja de fósforos. Se va cerrando la

 

 

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línea. Quedan frente a frente. Raspan las cabezas de los fósforos en sus cajas, y las blanden contra los cabellos y las telas inflamables de sus enemigos. Soplan a la vez, hacia uno y otro lado. Soplan con dureza. Los rostros concentrados y la boca fruncida.”

 

“Aquí la vanidad de la estrategia, los juegos descorridos de la metódica avaricia. La lucha abstracta, sin el peso de la tierra.”

 

“Sibael será siempre recordado entre los mésuros. Cierta vez cuando el partido se encontraba aún cero a cero (entonces se jugaba hasta el primer gol, lo que podía llevar unos pocos minutos o también toda la tarde), detuvo la dura pelota (entonces se hacían de piedra porosa) con el pecho, y llevándola a los pies, la fue trasladando a lo largo de todo el campo de juego (que entonces se extendía hasta donde se pudiera perseguir al adversario), escapándose uno a uno de los jugadores del contrario, alejándose, entre el agotamiento, la sed y la esperanza. Perdido para todos, ausente por exasperación, marcó un tanto en algún sitio, y perdió la vida.

 

“Aquí la burla y trascendencia de la victoria, comunicada a los hados inescrutables. Inhumanidad y sobrevida.”

 

“Combatían duramente en la guerra de las dos murallas. Unos y otros arengados por los gritos de los generales y camaradas, y el olor penetrante del metal y de la sangre. Sin embargo, cuando ya la angustia superó a la indignación y el dolor a la bravura, hizo falta, que desde algún sitio de la lucha, alguien dijera: “¡Adelante!”

 

“El lenguaje de la épica comienza con el cansancio.” de las “Anotaciones de San Hilario”.

 

 

98.

(LIBOR – JAIME – GONZALEZ)

 

Inmediato a la embestida fulgurante, el desarrollo de la parsimonia. Un reflexivo

devenir

en que Libor, sus dedos trabados en la juntura de los adoquines, queda

 

 

 

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blandamente tieso. Irónico vestigio de un destino insensato. De pronto, el golpe, y la continuidad se estanca en un último ademán casi elegante, lleno de tiempo, didáctico. La absurda pasividad de lo azaroso y definitivo. Jaime en pijamas y Gonzalez que se baja del auto golpeador, sacudido por una danza de ademanes hace grandes circunvalaciones con los brazos.

Próximo Libor: Retazo 105

Próximo Gonzalez: Retazo 105

Próximo Jaime: Retazo 114

 

 

99.                                                                                                                (GARRIÓN)

 

Garrión toma entre sus dedos la arcilla pegajosa. Forma con ella una esfera

 

silenciosa. Es un mínimo pálpito. Una perfecta soledad. Doquier posa su mirada, encuentra más maleables los lechos de su fuente. Cuenca redondeada. Lisa, suave, campesina. Donde el agua descanse el transcurrir inmersa. Sangre tibia por la vena tenue. Miel por los graves surcos de la garganta. Un cauce fácil, sin meandros, vetas o menudas filtraciones. Reverberos de sí mismo. Espejo lúcido.

 

Allí donde se esfume la impureza, y la suave nitidez del pan se espuma.

 

Próximo Garrión: Retazo 128

 

 

 

100.

(MISÉRULA)

Misérula cava en la tierra negra,

apelmaza los montones de cieno elaborado.

 

Negra como el cielo modelado de la noche. Cuando la Luna es ausente, y se inundan los párpados. Un par de nubes se disipan, arrastrando su hirsuta cabellera. Alguien hará con ella un tejido de algodones, conque luego enlazará sus manos. Madeja de esparto, raíces y yesca; enredada al hálito que la recoge. Garra córvida, turba, serpentina. Red reseca, hiriente, nervadura. Mascullada trama retentora. Trozos de siluetas fibriladas. Yeso endurecido, como gasas penetradas a la herida.

 

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Allí donde se adhieran los rencores, y las voces se contriten y endurezcan.

 

Próximo Misérula: Retazo 133

 

 

 

101.                                                                                                              (ARLEQUÍN)

 

¡Abríos el estómago!. Acaso desmayéis del cosquilleo. Descubrir todo  ese

 

magma que fluye incesante, tripas, bolsas, vasos, flujos, como en éxtasis rendido.

 

Esa hiperactividad, que nos es ajena, involuntaria, incontrolable, hace perder la dimensión del movimiento. Imaginad cualquier reunión, con todos y cada uno de los invitados con sus estómagos a la vista, en su integral funcionamiento. La distracción sería atroz, imposible, desvariante. La impresión de un “motuum perpetuum”. Agregad a ello los sonidos gástricos, biliares, esofágicos, y tendréis una marea exasperante, la virtud agónica del perfecto estado de salud, deglutiendo, procesando, consagrando al éxtasis a

 

todos los alimentos.

 

Próximo Arlequín: Retazo 104

 

 

 

102.                                                                                                              (FUENTES)

 

“En una época que los ságiros llaman Elocuente, proliferaban los milagros.

 

Entonces era costumbre llegar al extremo del abismo para ser recogido en el aire. Quien padecía de un dolor de hombros, arrancábase el brazo, con la seguridad de su reintegro. Los sedientos golpeaban la roca. Los hambrientos mascaban la raíz de su propia lengua. Quienes iban a caerse se arrojaban. Quienes iban a injuriarse se mataban. En salvaje soledad vivían los necios. Y en excitado devenir los penitentes. Quien no veía, se arrancaba el ojo. Quien dormía, confiaba despertar. Aquellos que se herían, sin más se desangraban. Por cualquier padecer se moría. Todo el aire te inundaba. Se reía perdiendo

 

 

 

 

 

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la razón, y encontrándola más calma a su término. Se reía perdiendo identidad, esparcidos los nervios y expandidas las entrañas.

 

Luego vinieron las especialidades, la representación, la medicina; y con ellas la

 

morosidad, la distancia y el letargo.”

 

de las “Anotaciones de San Hilario”.

 

Próximo Fuentes: Retazo 106

 

 

 

103.                                                                                                              (JUEGOS)

 

El Asco: Uno de nosotros tiene la habilidad de vomitar a voluntad. Él va adelante del grupo. Vomita, en medio de la cuadra. Tardo, moroso, abarcativo. El resto hace un círculo a su alrededor. Vienen otros. No dejan acercarse a nadie. Gritos, señas, aforismos

 

elementales. La tragedia como diversión. La parodia del desastre.

 

Alguien pide una bolsita, otro un pañuelo. Colocan en la primera el producto de

la deglución; con el segundo, limpian la cara del compañero.

 

Próximo Juegos: Retazo 123

 

104.

(ARLEQUÍN)

 

El agua atrapada es un signo. Sitio desplazado, lugar ausente. Centro clavado de un perpetuo abandono. Allí donde nadie pise, pase, ni siquiera vea. Únicamente los perdidos, o los tropezados.

 

Barro, estiércol, fresca podredumbre. Donde el chancho se refresca solícito, tranquilo, peludo, suave. Se divierte con sus palmas unguladas, deslizándose por la penosa blandura. Hasta resbalar, incauto, y descubrir el agua detenida. Y penetrar en el silencio misterioso de ese suelo olvidadizo. Sobre el que alguna vez construirán un hospital.

 

 

 

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Próximo Arlequín: Retazo 117

 

 

 

105.                                                                                      (GONZALEZ – LIBOR)

 

Los conocidos anónimos, esos rostros afables e indolentes, que se asocian a un

 

almacén, a un colectivo, o a una puerta. Vecinos de lo ajeno, la Mujer del Fondo, el marido de Esa o el hijo de Don Tal. Ellos, concurren con morosa solicitud al sitio del desastre. Algunos, café en mano, ya relatan el episodio como una noticia, esto es, la indolente narración de lo que pudo o no haber pasado. Otros, toman la terminación de la patente para jugar el número a la lotería. Saludos artificiales. Tasadores del daño, intentando reconocer a Libor accidentado, en su último rostro. Rápidamente se forma una lista de posibles testigos del accidente descerrajado. Cercana gente que uno ha visto y que no recordará.

 

Gonzalez, tímidamente, va anotando sus nombres en una libreta.

 

Próximo Gonzalez: Retazo 118

 

Próximo Libor: Retazo 109

 

 

106.                                                                                                              (FUENTES)

 

“Los mirlidones del Gansur Oriental poseen una serie de dioses dinásticos que se suceden, unos a otros, de un modo bárbaro y vertiginoso. En el escaso período de unos terribles segundos, tiene lugar la espantosa teogonía en que, desplazada una familia de dioses, se reemplaza por otra nueva. Los ogros de la tierra, por los gigantes errabundos. Los rudos nigromantes por los suaves apolíneos. De modo tal que el Cosmos revuélvese y organízase incesantemente, sin dar descanso a los cuatro sacerdotes, únicos, entre todos, que conocen las alternativas del cielo y tienen la certeza de saber a quién rezarle cada vez.”

 

de las “Anotaciones de San Hilario.”

 

 

 

 

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Próximo Fuentes: Retazo 110

 

 

 

107.                                                                                      (ROSAURA – HILARIO)

 

Rosaura despierta a poco de acostarse. Demasiado ligero el sueño. Al fin,

 

permanece adherida a los objetos de su vigilia.

 

La cabeza inclinada, vuelta hacia el pecho, apagada y errante. Entera cavidad en sus sábanas desenvueltas. Sombra sola. Arqueada en inocente insinuación. Tristeza descendida de cabellos blandos. Entera desprotección. Firmeza de la letanía. No puede llorar, por eso se acaricia los cabellos en forma circular y nerviosa. Se enreda los dedos en ellos. Como si los mordiera suavemente. Allá está Hilario, confundido, haciendo malabares con los ojos. Rosaura puede dominarlo con la mirada, mientras la mirada de

 

él, se anuda a los cabellos de ella.

 

Próximo Rosaura: Retazo 126

 

Próximo Hilario: Retazo 111

 

 

108.

(SANTIAGO)

 

Santiago, a pesar de estar robando en esa casa, no se siente un extraño. Un aire

 

familiar le susurra el salón de estar. Acaso por haber estado tanto tiempo atento a los horarios del dueño. Al fin, se impone de la búsqueda. Algún dinero escurrido en los pequeños alhajeros, esa lámina que le agrada, dos o tres camafeos de buena cotización, y otras curiosidades por el estilo, por la pared inmaculada y los suaves detritos de las cajoneras.

 

Entonces, se da por satisfecho (algo así como un hartazgo de ese gusto ajeno y peculiar en el que apenas se elige) y disponiendo de todo en un maletín, pone la mano sobre el picaporte.

 

 

 

 

 

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Un último vistazo al hogar desvalijado, y la puerta que no abre. Y la puerta que no abre. Y la puerta de mierda que no abre. Son las trece. Acomoda todo nuevamente, y se oculta a esperar. Falta poco para que vuelva Hirsch.

 

Próximo Santiago: Retazo 189

 

 

 

109.                                                                                                              (LIBOR)

 

La  ambulancia  llegó  con  una  gran  ostentación  de  sirenas,  presumidas,

 

pretensiosas, como si pudieran despertarlo. Luego, la consulta de rigor con el pecho, y la captura del último latido. Como un eco de esas gotas continuantes, pervivientes. Y la búsqueda celosa de la herida por la que se dejaba deslizar esa tintura anaranjada. Directamente vertida hacia los desagües pluviales. Para dar artificio a la parodia de lo

 

real.  Utilería  incidental  de  lo  definitivo.  La  herida  por  la  que  empecinada,

 

mentirosamente, sangra, aún inerte, y que pretenden vendar para detener la hemorragia.

 

Próximo Libor: Retazo 112

 

 

 

110.                                                                                                              (FUENTES)

 

“El asunto comenzó a preocupar no sólo a los teólogos y los maestros de la

 

mística, sino también a los médicos de la Sociedad de Nefrología, quienes comenzaron a hacer circular el rumor de que esa orina evidenciaba cálculos renales.”

 

de “El Rosario de la Hagiografía”, de Fray Jacinto P. Cutrelli

 

Próximo Fuentes: Retazo 115

 

 

 

111.                                                                           (HILARIO – LOS FESTEJANTES)

 

A una señal de San Hilario, sus prosélitos se incorporan para seguirle. La

 

tormenta cae sobre ellos de un modo inmobiliario, pesada, portentosa. Va el maestro con una ramita que ha arrancado de un árbol al pasar. Trescientos noventa hombres, desde

 

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cada uno de los extremos del prado, apenas si pueden verla. Hilario detiene y deposita la ramita en el suelo. Se agolpan finalmente todos, para ver el sitio en que la deja apoyada, librando equilibrio entre dos montículos.

 

Entonces sentencia: “Debajo de este palito no llueve”. Dicho lo cual, se retira. El resto se queda a observar, uno a uno, por sí mismos, el fenómeno.

Próximo Hilario: Retazo 126

Próximo Los Festejantes: Retazo 126

 

 

112.                                                                                                              (LIBOR)

 

Empujan la camilla de Libor con un golpe seco, ante el sopor contemplativo de los curiosos. De uno de los bolsillos de la víctima se deja caer una moneda dorada. No sigue quien se atreva a levantarla del suelo.

 

Próximo Libor: Retazo 230

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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El bien y el mal que no se encuentran Provocan en el medio un gran vacío. En desiertos los caminos se nos cierran Empolvados y resecos, entumidos. Un grito tensionado que no suena. Un eco de silencios desasidos.

 

Un quiebre recto que retenga Las viejas agonías de los sinos.

 

Un secreto que retaceara, miserable, Al dolor de la herida.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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113.                                                                                                              (CARLOS)

 

Es difícil retirar los restos de los intersticios. Por eso toda la carnicería está azulejada. Como las paredes de la morgue. Pero en esos huecos, como en las minuciosas hondonadas que hay entre los dientes, es fatigoso el refriegue específico, inserto, puntual y agresivo. Hasta se hace le necesario a Carlos insertar el borde del cuchillo para

 

desenclavar las manchas adheridas. Dejando huecos que luego poblará la mugre.

 

Próximo Carlos: Retazo 143

 

 

 

114.                                                                                                              (JAIME)

 

Nada más triste –piensa Jaime- que derrastrar los desperdicios de la fiesta.

 

Práctica de la algarabía. Mugres exaltadas. El amasijo de la mugre. Trapos, trastos, crema, soledades salpicadas por el piso. Venas de colores. Nervios apagados. Lo que nos devuelve desnudez y desierto. Nada más que un acompasado rendirse. Un retiro donde abstenerse de cualquier verdad, es decir, herida. Ve las caras, los cuerpos, todos controlados en preciso descontrol. La risa que silencia gestos viejos, atravesados como arrugas en la frente. Con apenas dos o tres instantes de ternuras exaltadas. Como tomarla a ella de las caderas. O escribir su nombre en servilletas de papel.

 

Junto a los más sagrados renunciamientos.

 

Próximo Jaime: Retazo 191

 

 

 

115.                                                                                                              (FUENTES)

 

“Es una lástima. Hubiera mejorado mucho si la ambulancia nuevamente atropellaba a alguien. Esas exageraciones continuas son muy apropiadas para un buen comienzo.

 

 

 

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Mentalmente, puedo comenzar a darme ejemplos de ese tipo de suntuosidad. Sumar consecutivamente hechos que en sí mismos sean probables, pero que en su encadenamiento o confluencia resulten absurdos. Secuencias unidimensionales, que atrapen en el tiempo a la persona. 1) Puede observarse a menudo cuando alguien está apurado. Pareciera nunca antes haber habido tantas promociones callejeras, encuestas, manifestaciones, cortes de calles, preguntones. Uno tras otro. Incesantes y morosos. 2) Alguien posee una extremada buena suerte. Hay que darle una noticia terrible. Mas, la ocasión nunca es propicia. El hombre acaba de acertar la lotería, o acaba de ser ascendido, o acaba de hallar un tesoro, o acaba de ser condecorado, o acaba de enamorarse, o acaba de cumplir años, o viene de salvarse de una operación. 3) Un general muy distraído al mando de la tropa, al cual es imposible llevarlo a una emboscada. El hombre no presta atención a las señalizaciones, marcha por donde no debe, no escucha a quien le indica el modo de alcanzar un paso, pretende atacar en otro sitio, sigue pistas irreales.”

 

De “Aportaciones para una ciencia del clown”, de Milos Zimnoteck.

 

Próximo Fuentes: Retazo 119

 

 

 

116.                                                                                                               (MANUEL)

 

Nada hay que haya sido jamás creado. Hay lo recibido. El cosmos es un dar en

 

constante palpitación. Esa piedra que tienes delante, está colocada para tí. Es una ofrenda para tu torpeza. Ese clavo que no viste, apareció entonces, cuando lo rozaste. Es un regalo para tu descuido. Esa torta sobre tu cara, se entregó a ella. Antes, no estaba. No ves el tren que viene sino cuando acabas de poner tu pie en la vía.

 

Así, Manuel, deposita el sillón en una esquina, y recupera su espalda. Cualquiera se lo lleva por delante. Nadie se sienta.

 

 

82

 

 

Próximo Manuel: Retazo 138

 

 

 

117.

(ARLEQUÍN)

 

Tiempo, sustancia parecida a la gracia, prodigada por los cuentos y escanciada en

 

los relatos. Al tiempo se lo ataca, se lo embosca, se lo encuentra. A la parada de los caminantes, cuando no existían modos de la velocidad, que al fin, lo son del desentendimiento. Colecciones de la sobremesa, círculos al rededor de la fogata. Detrás de las líneas de los campos de batalla, uno y otro bando trafican los chistes y los chismes de sus respectivos enemigos. Un plan: Retener a los sujetos que se encastran en su dirección, disparados linealmente. Preguntar por falsas direcciones, o pedir las cotidianas donaciones de uso, un papel, un encendedor, la lapicera... La hora, solicitada nada más que por la mera referencia. Intervenir con el relato en medio de la noticia. Escuchar a quien nos habla, detenerlo, y pedirle que nos lleve al comienzo de su cadena de asociaciones. Asir el hilo del tiempo nuevamente, como se recupera un territorio. Adherirle momentáneas distracciones al declive del final.

 

Próximo Arlequín: Retazo 122

 

 

 

118.

 

(GONZALEZ)

 

Gonzalez hace su declaración en la recia vacuidad de Tribunales. Allí en donde sólo tienen lugar las representaciones de la norma. Ley actuada, ya que no realidad concreta. Podría decir que un fantasma de mujer se le interpuso, que aquel hombre no existió, que los frenos son reumáticos, todo ello con la misma corrección, fijación y seriedad. Responde a todo con un espejismo; y al fin, a sus palabras se las pone por

 

 

 

 

 

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escrito y se les otorga el carácter de absoluta y entera fe pública. Sin embargo de lo cual, Gonzalez aún no puede explicarse el hecho a sí mismo.

 

Próximo Gonzalez: Retazo 145

 

 

 

119.                                                                                                              (FUENTES)

 

“Testigos ignotos. Realidades que se fugan. Cierta vez, en un pequeño pueblo de

 

la provincia de Buenos Aires, un chacarero me contaba de una vaca que había visto desaparecer a un chancho. Y que desde entonces, había quedado totalmente inmóvil.

 

Afirmar cosas que no se han visto, acaso sea menos gracioso que afirmar lo que ha visto otro. Sin saberlo, sin pensarlo; esa invasión en la inescrutabilidad del otro, pone

 

a descubierto la penosa autoridad. O el misterio ingenuo de la fantasía, fatal, exacta.”

 

“Aportaciones para una ciencia del clown” de Milos Zimnoteck.

 

Próximo Fuentes: Retazo 121

 

 

 

120.                                                                                      (ALTEMAR – HIRSCH)

 

Altemar recuerda el estómago de Hirsch. Blando y ubicado. Con todas las

 

vísceras en su lugar, como en la Anatomía del Dr. Ferngusch. Realmente era insólito que un organismo como ese, habiendo consumido desde siempre alimentos balanceados, hubiera tenido semejantes disturbios vesiculares. La regularidad de su trabajo digestivo era tan segura, perfecta y continuada, que sería posible hacer funcionar un reloj maniobrado por dichos engranajes. Las agujas podían proyectarse desde el ombligo, siendo por otra parte, un objeto de estudio extraordinario para medir las regularidades del colon.

Próximo Altemar: Retazo 136

 

Próximo Hirsch: Retazo 180

 

 

121.                                                                                                              (FUENTES)

 

 

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“Habían sobrepasado los disturbios político-sociales, de la siguiente manera: Tenían los símpetos, todos ellos, dos hijos. Uno pobre y uno rico. De esta forma, ningún rico sometía a los pobres, porque sabía que uno de ellos era de su sangre. Al mismo tiempo, era consuelo de los pobres el hecho de que debían tener un hijo rico. Así la armonía simétrica era garantía de equidad. El sistema prosperó, hasta el advenimiento de los comerciantes.”

 

de las “Anotaciones de San Hilario”.

 

Próximo Fuentes: Retazo 125

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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El mal y el bien que se perciben tejen en vislumbres el misterio de lo otro,

 

ocultos

 

preguntan, inciden, ensañan, incitan. Se esconden para verse.

 

Ensayan atributos,

 

y encuentros de furor en la penumbra.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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122.

(ARLEQUÍN)

 

Hubo una época en que el relato permitía el sereno discurrir, y los aires de la

 

hogaza dejaban sostener la flama de la leña. En que las sombras avanzaban sin objeto. En que unos ávidos candiles entendían de los sórdidos pasajes, de cándidas colmenas, de rezos amorosos. Paseos de contemplativo diálogo. Deleites de ánimo sosegado, temple real y tréboles añosos. Entonces, podía atravesarse el lago con un par de voces, beberse un hato de espigas frescas, o asequir en las noches al silencio. Entonces podían encontrarse el bien y el mal, la bruja y el mago. Luego, fueron llegando las imágenes, con su furor concreto. Allí, fijas, exactas, ni más ni menos, limitando la mención de la historia en cuatro líneas. Fue cuando perdieran los colores sus sonidos, y las voces sus contornos. Lejos del fuego del hogar, más cerca del frío.

 

Próximo Arlequín: Retazo 144

 

 

 

123.                                                                                                              (JUEGOS)

 

Para el colegio: Trazamos un croquis en una hoja de dibujo, de esas grandes y

 

blancas cartulinas que nadie usa fuera de la escuela. Se indican en dicho croquis cuatro manzanas, con sus calles, con los nombres “Siempre”, “Entonces”, “Mientras”, “Sin Embargo”, “Por Ende”, y “Después”. Se ubica un personaje en cualquier esquina, y se lo hace avanzar a lo largo del croquis. En un texto se describen sus pasos y sus acciones; resultando obligatorio hacer constar por escrito los nombres de las calles que atraviesa. El papel va corriendo de mano en mano. Se aportan elementos trágicos que serán incomodados por la constante mención de los adverbios. Cada uno de los jugadores dispara el andar del caminante hacia un sentido trágico predeterminado, el cual,

 

 

 

 

 

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permaneciendo oculto en el fondo de sus pupitres, configura el objetivo perseguido para

 

ganar el juego.

 

Próximo Juegos: Retazo 152

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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El bien y el mal que se persiguen señalan tras de sí una estela de preguntas. Traman un encuentro

 

desde el cerco de distancias. Líneas que atraviesan nieves muy profundas.

 

 

hacia uno y otro lado vueltas las palabras.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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124.                                                                                                              (DANIEL)

 

Daniel queda paralizado. Le enyesan un brazo y la espalda. Le quedan el cuello y

 

la mano izquierda aferrados en un punto fijo. La mirada de frente, contra la palma semiabierta. Obligado a verse. Y los dedos que de inmediato se ponen a realizar un saludo inútil. Constante.

 

Repasa para sí todas las representaciones del cuerpo y el alma.

 

El alma atrapada en la cáscara de cuerpo. El cuerpo como sitio que se habita y luego se degrada. El cuerpo dentro, el yeso fuera. Y la forma que trata de moverse y expresarse sólo puede sostener una estática incomodidad. Vida contemplativa. Una molestia detenida y ese hombre de blanco que le sonríe cada vez que le viene a producir dolor.

 

“Bien mirado, todo estaticismo es absurdo” -piensa, entregado a su mutismo. “La

 

piedra, suspensa en el aire sobre la cabeza de uno, la espada de Damocles...

 

“La muerte, que todos poseemos, que ahueca carcajadas en los restos de grandilocuencia. Y enaltece los besos arrancados a la vida”.

 

Próximo Daniel: Retazo 178

 

 

 

125.                                                                                                              (FUENTES)

 

“No hay diferencia esencial entre el traspié que alguien sufre por la calle, y el

 

accidente fatal por el que un automóvil atropella a un ser humano. Hay lo no secuencial, la ruptura sobrevenida de lo previsible. Los cuerpos interrumpidos por una dinámica ajena, impropia, que los vuelve comediantemente torpes. Alguien es muerto por un piano que se derriba sobre él. Aún más efectivo sería morir debajo de un suicida. No hay diferencia con las guerras de tortazos, ni con la misma imprevisible caca de paloma. Hay

 

 

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lo abrupto incontenible, inevitable, desencadenado con naturalidad. El paso firme del descuido. La sorpresa, sin siquiera el tiempo de impresión o acercamiento. La cachetada del payaso, plena, sola, impuesta sobre el rostro.

 

Esta madrugada he sembrado la avenida con cáscaras de banana. Lo cómico mecánico. Hubo quien rió con sólo verlas.”

 

de “Aportaciones para una ciencia del clown” de Milos Zimnoteck.

 

Próximo Fuentes: Retazo 130

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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El mal y el bien que se entrelazan desacreditan al miedo y la vergüenza. Acaban de una vez con todas las venganzas. Atropellan de sinceridad a la consciencia.

 

 

El bien y el mal que ya se anudan bruja y milagrero,

 

santo y prostituta,

 

escancian desde sí un vino suave y generoso. En el que se beben las alegres condolencias. y se ofrecen sin razón, cuidado ni decoro.

 

Sin culpas el dolor, se desviste de la ciencia

 

 

 

 

y el grito, de las normas se desnuda y el niño, de inocencia.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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126.                                                    (LOS FESTEJANTES – HILARIO – ROSAURA)

 

Una procesión en tono de comparsa, acompaña las arengas que San Hilario imparte a lo largo de toda su labor misionera. Cada uno de sus acólitos porta un bastón-sonajero, con las muecas de sus rostros en la parte superior, a las que hacen sonar

 

mientras danzan.

 

Las ropas litúrgicas consisten en tremendos zapatones y un conjunto de retazos de telas de colores, holgándose en los brazos y las piernas. En el abdomen, un cojín mullido, accesorio, hace las veces de barriga, sobre la que cierran apretados cuatro

 

grandes botones amarillos.

 

Avanzan de un modo funambulesco, distraen las miradas, desvían, contracturan. Amenazan la horizontalidad. Objetan la percepción central del espacio. Una alegría litúrgica, al mismo tiempo intimidante, clava máscaras gestuales directamente en los rostros oscuros. Gritos fieros que tornean, serpenteantes, las orejas y narices. O quedan detenidos, incómodos; dejándose ver en las arrugas y los pliegues el paso divertido, la

 

grotesca insinuación, la reunión promiscua, indemne, de lascivia y genuflexión.

 

Las ropas raídas, como los modos. Amplios y aleteantes. Ceremoniales de la destrucción. Rosaura las repara como puede, no por arte, sino por abrigo. Uniendo los retazos por los hilos rebosantes. Desgarros que algún modo de calor de los cuerpos

 

conservan.

 

Próximo Los Festejantes: Retazo 131

Próximo Rosaura: Retazo 139

 

Próximo Hilario: Retazo 129

 

 

127.                                                                                                              (ISMAEL)

 

Ismael se queda mirando a los que pasan, suponiendo que cada uno de ellos

 

prosigue la historia del anterior. Así, sin una ubicación personal, teje una continuidad que

 

 

 

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Próximo Garrión: Retazo

 

 

aglutina disparidades. Engarzadas por las células de lo gestual: Alguien observa desde la otra esquina, a una y otra cuadra. Aguardando a alguien. Es un hombre robusto. Una mujer ciega. Un jovencito. Arquea las cejas con preocupado énfasis. Abre y cierra sus manos, alzándolas hasta por la altura del hombro. Ahora se queda a escuchar unas voces. Cierra los ojos. Vigila una ventana. Se agobia. Se levanta. Saca un pañuelo, lo mira y sonríe. Saca un cigarro. Tira un cigarro. Está inquieto. Queda inmóvil. Apurado que va, se lleva por delante. Tiene un brazo en alto. Va a golpear. Saluda. Patea contra el piso. Recoge el cigarro. Ahora viste más harapiento. Se sienta.

 

Ismael va a cruzar la calle hacia él. Porque sabe que alguien llega.

 

Próximo Ismael: Retazo 168

 

 

 

128.                                                                                                              (GARRIÓN)

 

Garrión tiene los labios suspendidos en el aire, para perseguir aromas como

 

gustos. A grandes bocanadas comprende los efluvios de cada cosa. Y bebe sin querer los tibios alientos de Misérula. Dulzones, nacarados. Como flama fría, barro delicioso. Lluvia densa, yesca contagiosa. Palpa con la lengua su tersura blanda, y la sorbe con algún escozor de la garganta. Ella escupe contra el suelo una arenisca masticada. Que luego enfría, violentamente, y se vuelve piedra endurecida. Su boca huele a mar escondido. Gruta fresca.

 

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129.                                                                                                              (HILARIO)

 

Duraznos, en abierta intimidad, declaran su presencia en cada punto del paisaje.

 

Rocío multiplicado. Campanas que pronuncian el aroma de su fruto. Carne atesorada en tierna redondez. Jugo azucarado de la forma. Fuego fresco. Y las gotitas que, pegadas a

 

 

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la piel de Rosaura, sugieren sus olores. Sudor tranquilo, del lento esfuerzo. Como por descuido salpicado por el cuerpo. Salado, como la llovizna. Frágiles cristales inasibles, deshechos. Inestables, como la lágrima pendular en el ojo indecisa. Se puede llorar de risa. Humedecerse de contento. Los olores que te hacen reír, ¿cómo buscarlos?. El aroma de las cosas te las acerca hasta tu propia fisiología. Pueden llevarse a los pulmones, retenerse por instantes, distribuirse por alvéolos y venitas. Oxigenarse.

 

¿Debería reprimir este ansia que me asalta, esta duda de no ser?. Algo intuye el aire perfumado, que no conozco. ¡Ah, esta ansiedad!... Grave albahaca, enhebro preocupado. ¿Cómo oler la risa de su propia boca? El jengibre de su lengua burladora de mi escualidez. Ante la que callo, como el que siente el aroma del incienso que se expande en las iglesias. Dentro, en los espacios de uno mismo.

 

Pedir a Ignacio que reúna todas las especias. Las hay de burbujas festejantes y nervios retorcidos. Plantas divertidas. Imagen infantil: Como el perejil del chancho. Discurro inconsistentemente, vagando. Sostenido por sustancia parecida a la del recuerdo, que sin embargo no me devuelve sino lo que vendrá. Confuso entresijo de deseo y destemplanza. Prohibir a Ignacio que visite a Rosaura. Tentación en seriedad perturbadora.

 

Próximo Hilario: Retazo 139

 

 

 

130.                                                                                                              (FUENTES)

 

“Al doblar la cuadra, siempre en dirección al colegio, era inevitable contender con

 

el General Asermilao. Una estatua enérgica, de pie, blandiendo su espada en el aire, con gesto desafiante y una pierna adelantada.

 

“En el anonimato de los transeúntes era el único gesto. Por eso provocaba. Algunos no podían sostenerle la mirada y pasaban cabizbajos por su zona de influencia.

 

 

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Otros lo estudiaban con curiosidad. Otros se medían como contrincantes. Otros lo emulaban en la pose o la actitud. Otros lo ignoraban.

 

“Mi hermana, según me dijo, cada vez que pasaba por allí, no podía evitar imaginarlo desnudo.

 

“¿Quién era?, ¿quién había sido?, ¿qué había hecho Asermilao?

 

“Los diccionarios y las enciclopedias no lo decían, o ya habían acabado de decirlo, así que inventamos para él una historia.

 

“Había conquistado el mundo. Avanzó victorioso por sobre todas las naciones, mas, su imperio fue efímero. Dueño de toda la gloria, el absoluto poder le duró cinco segundos.

 

Los mismos que te insume trasladarte, con la vista fija en su figura, cuando cruzás la calle.”

 

del pliego de Estevez.

 

Próximo Fuentes: Retazo 132

 

 

 

131.

(LOS FESTEJANTES - IGNACIO)

 

Los acólitos de Hilario ven llegar las tropas con la noche. Trajes vivos y rostros

 

oscuros. Cavan trincheras, hacen fosos, fuman todo el día. Han montado una tienda más cerca de la playa, sobre una hondonada, donde habitan los que no batallarán. Al principio, se los trata como a otros recienllegados, hasta que más tarde se aperciben de que no hay cosa que les importe, que los preocupe o que les llame la atención. Sólo se relacionan entre ellos, y llamativamente, no hay mujeres ni criaturas en sus soledades. Apenas hay porta-retratos. Se comunican entre sí con breves sacudidas de la voz, pasos rígidos y sin tocarse, evitando siempre cualquier tipo de contacto, reduciendo al mínimo

 

 

 

 

 

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incluso el visual. De acuerdo a lo que puede averiguar Ignacio, ellos tampoco sabían que iban a encontrarse con gente, en semejante lugar por el que marchan a entregar sus vidas.

 

Únicamente durante la batalla es cuando se les puede hacer alguna broma.

 

Próximo Los Festejantes: Retazo 141

 

Próximo Ignacio: Retazo 134

 

 

132.                                                                                                              (FUENTES)

 

“En el pueblo de los circenses, pocos son los que caminan con los pies. Y los que

 

lo hacen, rara vez lo hacen sobre el suelo. No pueden evitar saltar y dar medias vueltas en el aire cada vez que algo les gusta, o prestar atención a lo que se les dice manteniendo en equilibrio nueve botellas. Saludan más de siete veces a la persona que tienen enfrente, y sienten el impulso de lanzarse en el vacío cuando escuchan un redoble de tambor.

 

Ciertas noches, en secreta intimidad, se reúnen en el centro de la pista, y venerados, ancianos sacerdotes, se atavían con las ropas de sus arcones ancestrales. En ese ritual, a través de ellos, sus cuatro míticos personajes, Arlequín, Colombina, Pierrot y

 

Pulcinella, se comunican, bautizándose las gracias y bendiciéndose los riesgos.”

 

de “Aportaciones para una ciencia del clown”, de Milos Zimnoteck.

 

Próximo Fuentes: Retazo 135

 

 

 

133.                                                                                      (MISÉRULA – GARRIÓN)

 

Misérula se siente penetrar en una atmósfera densa, oscura, salobre. Se palpa con

 

las manos el suave respirar, que la inunda de saliva somnolienta. Rasga trozos de la noche para asir ese dulzor, y sólo puede penetrar las cañas del sosiego.

 

Detrás, tendido en el refugio de una cueva, reza un ermitaño. Las voces de rodillas pronunciando bendiciones. Y a su lado, un solo trébol, hierba verde, como toda muestra de agradecimiento.

 

 

 

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Garrión se aparece en la tarde, junto a un letárgico son de romancero. Y deja caer las guirnaldas, de las palabras de enhebro. Las que van enlazando, juntas, cursos de agua y rosas de los vientos. Hay un milagro en ciernes, se percibe en el aire, en la tosca. Pero Misérula sigue apartada, extasiada con el salmo de ese fuego. Y siente un deseo en su sombra, piel oscura, miel ajada. No grita porque no puede, hay un hálito que la improfunda. Aferrada a su lividez intenta palpar la niebla noble. Azulada por el ruego de las manos de aquel hombre penitente. Que Garrión respeta tanto, y que ella no entiende. Hasta que el trébol, precioso, perfuma la sangre. Y el hombre se duerme, tranquilo y abrazado.

Próximo Misérula: Retazo 186

Próximo Garrión: Retazo 149

 

 

134.                                                                                                              (IGNACIO)

 

Ignacio piensa, mirando comer el pan, y come el pan en el tibio silencio que cruje por la boca:

 

“Quién, cuándo, en qué lugar a algún sujeto se le ocurrió recolectar los granos de

 

maíz, o de trigo, que no tenían el gusto de la nuez ni la carne de la pera, ni la pulpa de las naranjas, y los llevó en un cacharro hasta su choza?; y más tarde, ¿quién, cuándo, en qué lugar alguna persona molió largamente esos duros granos, hasta hacer con ellos un polvo arenoso y hostil a la dentadura?; y luego, ¿quién, cuándo, en qué lugar una mujer vertió el agua sobre ese polvo, hasta hacer con ellos un dudoso engrudo?; y sólo entonces, ¿quién, cuándo, en qué lugar, otra mujer perdió su tarde amasando esa pasta, hasta conformarla en la húmeda pero firme consistencia de una caricia?; y finalmente, ¿quién, cuándo, en qué lugar una tercera mujer unió esa masa con el fuego y descubrió la miga y la corteza, en el momento justo de extraerlo de las llamas?.

 

 

 

 

 

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“…O es que el trabajo del pan se conoce con el instinto, del mismo modo en que se desea, así como se nace con los gestos del reír o del llorar, y sólo falta aprender el modo de llegar a despertarlos.” Tímida simbiosis en que los trazos de las manos, rústicas, se asemejan a las grietas del mendrugo. Continuidad de la tierra por las grietas de la hogaza.

 

Próximo Ignacio: Retazo 165

 

 

 

135.                                                                                                              (FUENTES)

 

“Dos y sólo dos almas pensaban tener los dragomanes. Una llamada Parvión y la otra, Rédula. No siempre la buena se llamaba Parvión y no siempre la mala se llamaba Rédula. Entre ellos, había el convencimiento de que se estaba con vida mientras ambas se encontraran en pugna. Así, en cuanto una hubiera vencido a la otra, la muerte era inminente. De esa forma, vivían en permanente conflicto interior, y procuraban

 

sostenerlo a diario.”

 

de las “Anotaciones de San Hilario”.

 

Próximo Fuentes: Retazo 140

 

 

 

136.                                                                                                              (ALTEMAR)

 

Un simple frotamiento de la planta del pie, un menudo sacudimiento de las ingles, un ondulado percutir en la desnuda superficie del cuello, o por debajo de los brazos la penetración de unos dedos fríos, en arpegios continuados. Todo ello te contrae, te vulnera, te avergüenza. En ráfagas episódicas de fluctuante convulsión, con movimientos alternados y arrítmicos, acompañados de una grave y transitoria pérdida de la facultad motora y una disminución de los niveles de oxígeno.

 

 

 

 

 

99

 

 

Las cosquillas, imposibles de prodigarse por uno mismo. El Dr. Yañiz estudia el asunto desde el punto de vista fisiológico, sin poder hallarle una respuesta a esa pródiga excitación que, junto a la risa, le producen.

 

Próximo Altemar: Retazo 174

 

 

 

137.

(PIETRO

– RUMAGGI)

 

 

Pietro inmediatamente se hace amigo del más llamativo de

la tropa. Uno

que

 

ostenta numerosos distintivos y señales, y una especial dificultad para estar de pie. Admirado el general de sus dotes literarias, le permite que escriba el detalle de los acontecimientos, colocándose como protagonista.

 

La guerra comienza, y con ella la mentira. En el relato de Pietro, todo es pensado, todo es medido, ordenado, conjeturado y preciso. Cada golpe de suerte, el objeto de una larga meditación, cada derrota, un traspié estratégico, un mal necesario, una exposición que oculta otra fuerza más terrible.

 

Poco a poco, las letras van fingiendo una realidad más personal. La figura del héroe se modela. El trazo del feroz general, del egregio domador de la batalla, va alcanzando sus patrióticas dimensiones.

 

Hasta el extremo en que el héroe va a solicitar a su biógrafo cuál sería el paso más acorde con su estirpe.

 

Completan el trabajo histórico de Pietro, el ilustrísimo catálogo de frases, y el libro diminuto del repertorio de últimas palabras, que le obsequió para su natalicio.

 

Rumaggi, por su parte, ha descubierto a otro, similar, y auténtico general del otro

 

bando.

 

Próximo Pietro: Retazo 169

Próximo Rumaggi: Retazo 169

 

 

 

 

 

100

 

 

138.                                                                                                              (MANUEL)

 

Encuentra Manuel al rededor de su basura, unos alardeantes, mirando con fijeza

 

una lata de morrones. Los doctos, al reparar en él, lo llaman con un gesto de elocuencia. Dicen estar dispuestos a hablar y lo invitan a escucharlos. Manuel responde sentándose en cuclillas. Le cuentan entonces una historia sobre fincas, mujeres, campesinos, patrones y mudanzas. Aluden a fechas y encuentros, citan precisas confluencias, refieren hechos memoriosos y puntuales. Finalmente, llegan al discernimiento de los exactos morrones de

 

la  lata.  Se   callan.  Con  orgullo  desarreglado,  esperan  entonces  la  señal  de

 

reconocimiento. Y Manuel entiende que sólo hay Historia en el chiste. Que las hazañas y estadísticas, a la que acostumbran los manuales, resultan indolentes en los detalles y flojos en los nudos de sus confluencias. Que la épica es tan lineal y progresiva. El drama del amor tan directo y elocuente. Las manos de la tragedia tan íntimas y quebradas…

 

El relato sólo es necesario para hacer reír.

 

Próximo Manuel: Retazo 162

 

 

 

139.                                                                                      (HILARIO - ROSAURA)

 

Hilario observa calladamente (más bien acecha) la tienda de Rosaura, iluminada por la noche. Hace un rato nomás escuchó su risa, apenas distendida entre cristales blandos; y la halló tan tibia que quiso retenerla. Una sola exhalación, que en su contento entendía la tristeza. Como esos licores de sabores encendidos, cuyas sombras reproducen los paisajes de la cepa. Puede imaginar su cuerpo por esa risa. Porque el cuerpo se define en el temblor inalterado. Y la garganta suave, maleable, flexible, en el medio de su cuello, anidada. El pecho agradable como un reposado manantial. Las caderas móviles y frágiles. Las piernas largas y hermosas.

 

 

 

 

 

101

 

 

Para saber cómo ríe la mujer, Hilario golpea, sorbe, remueve, exige a los silencios, provoca a las tragedias. Para saber de qué ríe la mujer, Hilario ronda el ministerio y el atisbo y la mística. Asir a la raíz riente, la hoja amarga crujiente de alegría. Musgo fresco, sensual y celebrante.

Próximo Rosaura: Retazo 155

 

Próximo Hilario: Retazo 142

 

 

140.                                                                                                              (FUENTES)

 

“Los pervénides, pueblo carnívoro por excelencia, no podían creer que los

 

asísadas se vistieran con comida. El sólo dato de que mataban animales para tapar su desnudez, trámite que ellos reducían a dos palmas y tres tientos, los movía a risa y repulsión. Imaginaban largas hendiduras de pollo, ristras completas de largos costillares.

 

Lomos abiertos lomos y nalgas penosas y colgantes. Así representaban al extranjero en sus dibujos, y por ello mismo no lo combatían, por desprecio.”

 

de las “Anotaciones de San Hilario”.

 

Próximo Fuentes: Retazo 148

 

 

 

141.                                                                                      (LOS FESTEJANTES)

 

Los humos del enfrentamiento resultan asfixiantes. Las descargas de mortero, de

 

fusil y de granadas percuten miserablemente en medio de la música ancestral de los insectos. Los acólitos de San Hilario dan vueltas en el laberinto de las trincheras, ignorando el temblor de las detonaciones y buscando matas de comicidad:

 

"¿Este brazo es suyo?”. “¡Dejen dormir!”.

 

“Perdón, pero no pueden arrojarse cosas en el campo”.

 

 

 

 

 

 

 

102

 

 

“No coma en los socavones. Luego al acostarse estará molesto con los desperdicios”.

 

“Por sólo dos monedas le señalo su destino. Su destino sólo vale dos monedas”.

 

Próximo Los Festejantes: Retazo 146.

 

 

 

142.                                                                                                              (HILARIO)

 

La comunidad de leprosos tiene por reina a la Gorda, prostituta de carnes extensas, labios nacarados, piernas tumultuosas. Ignacio se detiene frente a ella, y toda la mole comienza a sufrir una risa contundente, decidida. A pesar de estar desnuda, las sucesivas caídas de sus muslos no permiten verla. Escondida detrás de todo su arrebato. Grandes, enormes colgajos desde cada uno de sus pechos, y una burla profesional que no deja lugar a la ofensa. Él se retira de su vista, a pesar de que ella le tiende, ampulosa, sus brazos. Horrorizado por la risa falsificada, se pone a rezar, hasta la llegada de Hilario. Cuando él se presenta, hunde sus dedos en los letargos de la espalda de ella, instándola a levantarse. Gorda ríe todavía, huecamente. La escena circense se hace litúrgica. Ella no puede sostenerse. Mucho menos caminar. Desborda en el colchón como densos almohadones, hétidos y flácidos. Su estructura corporal es frágil, móvil, endeble. Esa vulnerabilidad enseña la fresca carcajada. Entonces, pliegues y repliegues se producen escozores. Multilplicidad de las cosquillas por el propio movimiento. El brote de

 

sinceridad.

 

Próximo Hilario: Retazo 155

 

 

 

143.

(CARLOS)

 

Cerca de aquí, cuenta Vermul, camino a Rosario, una vaca permanece en un

mismo

lugar, durante toda su vida. Puede verse desde el tren, parada, mugiendo,

 

 

 

 

103

 

 

rumiando, fija en ese punto, como todas las otras, y sin reclamo de mayores atenciones. Una vaca, quieta, pasiva, consumiendo las pasturas que se encuentran a su alrededor, no ofrece ninguna novedad, antes bien, suele ser una de las imágenes más típicamente postales del campo. Esa majestuosa tranquilidad, los ojos redondos y la mirada sensible de quien ha visto mucho, evitan reparar en el detalle del tiempo. Una continuidad sin causa-efecto. Nada más que una extensión, en alguna medida creciente, de la que nadie espera otra cosa. Estrechamente delimitada por su propio espacio, la vaca te muge, requiere que la veas. Pero el tren sigue de largo, y te impide aprehender su secreto.

 

Próximo Carlos: Retazo 159

 

 

 

144.                                                                                                              (ARLEQUÍN)

 

Imagínese un cambio radical de nuestro entorno:

 

  1. Suponga nada más que no hay debajo. Nos encontraríamos permanentemente en caída libre. Unos y otros, incluso las cosas. Encontrarse sería cuestión de décimas de segundo. Procurarse algo sería caérsele encima. El tiempo sería vertical y la sucesión, de los débiles a los pesados. Todo contacto sería fugaz, casi furtivo. Regalar una rosa sería arrojarla con fuerza.

 

  1. O imagine no haber detrás. Todo el tiempo, todos, mirándonos de frente. Intimidación inevitable. Como apoyados en paredes paralelas. Todo a la vista. Anulación de todas las presentaciones. Imposibilidad del abrazo. Se andaría como quien transporta consigo su silla, puerta, manzana, lecho, cobija, aparador.
  2. O piense nomás las atroces consecuencias de un no haber arriba. Debería uno acostarse para que los brazos pudieran dirigirse a la cabeza.

 

Aplique el sistema lógico de cualquiera de estos desarrollos a su circunstancia real, y hará humor inevitable. De allí, el carácter metafísico de la gracia cómica.

 

 

104

 

 

Próximo Arlequín: Retazo 151

 

 

 

145.

 

(GONZALEZ)

 

Gonzalez, en su casa, no puede asir el tremendismo. Se da un baño, porque un ansia de claridad y un sentido de impureza lo hostigan. Tiene -ahora, no entonces-, presente, concreto, el ruido de los huesos contra el paragolpe. Ímpetu de certidumbre. Golpe ciego de impotencia. Y el temor en que se dobla, debajo de la ducha, por un hecho que no pudo conocer, y en el que acaso participara como mero efecto. Ese contacto íntimo con la cruda fisiología. ¿Cómo no sentir en las manos, en el centro del abdomen, ese sucio temblor del cuerpo roto?. Cae su cabeza. El pecho teje una pregunta inaccesible. Cargar con la culpa de lo inevitable.

 

Recuerda haber pensado en ella, un rato antes de acceder al golpe rudo, viril, conque mató a Bernardez. A quien nunca había visto, sino hasta luego del deceso. Y ya la propia culpa es el castigo. ¡Y cómo liberarla sin dañarse!... Sólo, acaso, a través de la gracia incausada. Busca, entonces, el perdón oculto de estar vivo.

 

La angustia lo exaspera. Arranca la cortina. Quiere prepararse un accidente. Ordalía en que se juegue la existencia. Termina de enjuagarse, se viste, sale a la calle: Camina una, dos, tres cuadras con los ojos cerrados. Permanece ileso. ¿Será suficiente?.

 

Próximo Gonzalez: Retazo 192

 

 

 

146.

(LOS FESTEJANTES)

El veintisiete de abril colocan la bandera verde y roja. El veintinueve, alguien

muere al pie de otra azul y negra. El treinta y uno

vitorean al que clava nuevamente la

 

verde y roja. El tres de mayo es escupido por los prisioneros el que alza el bastión

 

 

 

 

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azulnegrino. El cinco de mayo, se cantan loas a la verdiroja. Dicha crónica es imposible. Mas, si no fuera por aquellos pabellones, no sabríamos la dirección del viento. A Ignacio se le ocurre la bandera-molinete, más práctica. Pietro y Rumaggi, mientras tanto, remontan un barrilete monigote.

 

Próximo Los Festejantes: Retazo 153

 

 

 

147.                                                                                                  (FRANCISCO)

 

El viejo artesano deja el trozo de madera en que trabaja, para sentarse a unos

 

centímetros de él. Debe verlo en perspectiva. Antes ya había realizado las posturas ecuestres de singulares patriotas, los bustos similares de remotos presidentes, las sobras de la Historia acomodadas en sus trastos. Todos ecos de un hacer, sin más gloria que la desecha. Y las letras en relieve, que recuerden brevemente signos que la escuela hará petrificar. Objetos destinados a la burla inmediata de los chicos. O al anonimato de un museo en cuanto el tiempo, ajeno a los manuales, continúe. En todos esos casos, el modelo es una torpe pintura halagadora u obsecuente. Mas, este Santo se le aparece. Cada noche de insomnio, en la ventana abierta, sobre el marco de la hoja. Tembloroso, recostado sobre el viento, flameante, inquieto, inasible. Su imagen se sostiene como puede, inflándole los aires los carrillos, el abdomen y la boca.

 

¿Cómo trasladar a la escultura esa preciada insolidez, esa fresca ligereza, ese soplo inapreciable?. Movidas las comisuras fuera de la órbita prevista. Los ojos desgajados de su centro. La nariz volátil, como desprendida. Las orejas lisas y las manos onduladas.

 

Vuelve a su trabajo, sobre el material en crudo. Con un pincel, marca de naranja los errores que no se deben corregir.

 

Próximo Francisco: 164

 

 

 

 

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148.                                                                                                              (FUENTES)

 

“Los salingaches están convencidos de que este mundo ya ha llegado a su término, y que sólo por descuido, residuo o negligencia, continúan aún las cosas sobre él, pero que apenas despiertas para ser reales, ajadas se deslucen y desaparecen. Así que poco les importa el marchar de las cosas, caracteres de una imperturbable decadencia. Su lenguaje sólo se conforma de una serie infinita de negaciones. Por las que narran todo lo

 

que ya no está, ni estuvo ni estará.

 

Mas, les divierte enormemente ver surgir una mata del suelo, o que nazcan nuevas criaturas. Para ellos, tales hechos son violentas aberturas a través de las que el

 

mundo pueda continuar su fantástico desplome.”

 

de las “Anotaciones de San Hilario”.

 

Próximo Fuentes: Retazo 150

 

 

 

149.                                                                          (SARLACK – GARRIÓN)

 

Hierbas suspendidas. El ermitaño cultiva hierbas en el aire. Con raíces volátiles y

 

tenues. Tallos horizontales. Y la hoja suave, o pilosa, como un desprendimiento de color azul, de roce susurrante. De vez en cuando, las gotas de lluvia las estremecen, haciéndolas mecer en contoneos de lasciva tentación. Sus curvas lanceoladas recorriendo el mudo espacio de un cuerpo. Los aires de Misérula podían a veces envolverlas de sones tan dispersos como lánguidos. Tibias sábanas alteradas en la lívida sombra. Así también, los suspiros de Garrión las oscurecían, dándoles tersura y constancia.

Próximo Sarlack: Retazo 156

 

Próximo Garrión: Retazo 239

 

 

150.                                                                                                              (FUENTES)

 

 

 

 

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“Las instituciones son depositarias. Los objetos, mientras tienen vida útil permanecen en el intercambio o en el atesoramiento. Luego, cuando ya no resultan funcionales, se los institucionaliza. Se los dona o se los entrega al Estado, la escuela, el ejército, la salud pública, la caridad, el ministerio de cultura o la policía. Así se acumulan en los archivos, centenares de carpetas con historias desechadas, mentidas, simuladas. Las historias y relatos con los que no se vive, sino que se comercia. Y una vez obtenido el producto perseguido, se olvidan. Las ideas que ya no fecundan otras nuevas. Los muebles que no se reemplazarán. Los armarios que no volverán a abrirse. Las ropas que ya no nos pondremos. Los viejos héroes que son ya sólo monumentos. Los colchones que no usaremos. Cuando una bandera ya no genera pasiones, se la adosa a un mástil y se la cuelga en las paredes de una Secretaría de Gobierno. La institucionalización de las cosas acabadas, particularmente se comprueba en el ámbito de las ideas. Aquellas concepciones tradicionales, aquellos marcos o estructuras superadas, las nociones inútiles y las leyes denostadas, sólo continúan su vigencia en el seno de las instituciones.

 

Basta con descubrir que la Tierra no es el centro del sistema solar, para que se dicte una norma postulando la falacia. De allí proviene que los Estados sólo defiendan el valor seguridad.”

 

de “La Historia” de Manuel. Libro I, pag. 102.

 

Próximo Fuentes: Retazo 157

 

 

 

151.                                                                                                              (ARLEQUÍN)

 

Sólo son reales el dolor y la alegría. Hilario recuerda al niño con su rata muerta, a quien todos le indicaban que enterrase su cadáver:

 

“Y con el dolor, ¿qué hago?” – preguntaba con los ojos. El dolor no se entierra. Queda dentro. Nace fuerte, vigoroso, inexorable.

 

 

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Y la alegría de tan poco... Hace un rato nomás, la rata comía con contento su veneno.

 

En medio del padecimiento, ciegos, mancos, culpables y leprosos, jugando con dos palitos y algunas semillas.

 

Dónde ubicar la risa entre el grito y el abrazo. Vínculo de rompiente. Corredor de la esperanza. Seguridad en la intemperie. Solidez en lo incierto. Pie en el agua.

 

Próximo Arlequín: Retazo 154

 

 

 

152.

(JUEGOS)

La Academia: Reunirse, con el sólo fin de sustanciar el ocio y dar fundamento

lógico a los disparates:

 

Explicar en breves términos proposiciones como: 1. El ojo existe antes que la

persona; 2. Llueve de atrás hacia adelante; 3. Ese edificio no existe.

 

O desarrollar posturas sobre: 1. ¿Puede salirse del afuera?;

2. Un agujero

 

pequeño, ¿cae dentro de un agujero más grande?; 3. Quedarse acá sentados, ¿es un

 

modo de correr lo que vendrá?...

 

El tiempo se desliza, tibio, enorme. Y cada tanto un grito para hacer sentir,

 

afuera, la bravuconada. Cada dos pelados, un improperio concertado y resuelto.

 

Próximo Juegos: Retazo 160

 

 

 

153.                                                                                      (LOS FESTEJANTES)

 

Los calderos se disponen sobre una fogata única, levantada desde la noche

 

anterior, con ramas, hojas secas y corteza resquebrada, cuya búsqueda se encomendó a los novicios. Un círculo de personas en derredor, observa, absorto, a medida que ciertos chispazos van provocando una angustia delirante, que compele a la risa.

 

 

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La agitación llega a un éxtasis vehemente, anárquico. Unos harapos, castigados en la refriega, desvencijan el aire. El fuego tiene un rigor oscuro, violáceo, sangrante. Consume una a una las gibas, las pústulas, las gangrenas; crepitan las excoriaciones, humean los escaldares.

 

Las sombras se elevan por los rostros, haciéndolos deformar y alargarse. Sombras móviles, incisivas, invasoras, pronuncian en aquellos cada depresión, saliente o hundimiento. Cada uno se despoja de los que más duela. Entonces escupen los Viejos-Sin-Muelas, por el espacio intermolar. Y el fuego, enardecido, comienza a chispear y retraerse.

 

Próximo Los Festejantes: Retazo 185

 

 

 

154.

(ARLEQUÍN)

 

En el ángulo que forman dos palabras. En el centro que conforman la huida de un

 

velamen y la aparición de un grito. En el fondo de un cono de sombra. En el ruedo de una costura, en el aire manojado. En el rito del ovillo, en la gota que cae. En todos ellos hay signos pronunciados.

 

La historia de los hombres, así como la de las bestias y la de las cosas, no es una trama secuencial, sino una serie de confluencias acumulativas. Aquí las marcas de un dolor, allí los restos de una espera.

 

Hay quien teme aún entre los robles a un ejército vencido. Hay quien aguarda aún a aquellos que han llegado. Hay quien retiene en su pecho la lanza arrojada hace tiempo. Hay quien se refugia aún del trono de los reyes derrocados. Cuando un suceso es realmente histórico, constituye un rito en sí mismo. Fundamenta un significado. Accede a entallar su detalle sobre una particular emoción.

 

Próximo Arlequín: Retazo 163

 

 

 

 

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155.                                                                                      (HILARIO – ROSAURA)

 

Hilario conoce los sitios donde descansa Rosaura. Hilario los corresponde

 

surtiendo unas gotas de agua fresca. Que despiertan su aroma y recogen sus gestos. El tibio, secreto lugar en que la Luna repasa noche a noche los rezos. Y tañen las estrellas su sensible cosquilleo, entibiando las piernas estiradas. En silencio acomoda la tierra, introduciendo las semillas dispersas en la superficie.

 

Esa adorable compasión lo tiñe todo de violetas.

 

Próximo Hilario: Retazo 158

 

Próximo Rosaura: Retazo 158

 

 

156.                                                                                                              (SARLACK)

 

Las  hierbas  suspendidas  alimentan  a  la  imagen  de  un  demonio  femenino

 

deslizante. Así, el eremita brinda de comer a su tentación. Milagro que distiende. Cálida utilidad, precioso sosiego. Semillas entregadas al acaso. Errático signo de divinidad. Belleza dedicada. Salmo humilde. Beso de tierra. Manos de barro. El ermitaño es feliz cuando la escucha masticar sus jugos crepitantes. Aguarda la hora en que se acerque como un secreto sostenido. Pecado bendito. Mies de carne. Gracia pecadora. Devoción de la necesidad.

 

Suave, la tentación, que no vuela, camina con sus pies desnudos sobre el musgo

 

de la cueva.

 

Próximo Sarlack: Retazo 248

 

 

 

157.                                                                                                              (FUENTES)

 

“Los caracteres del milagro, a) espontaneidad, libertad de su acontecimiento, origen no causal, apertura en el marco de las normas de lo físico y biológico; b) gracia,

 

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inevitabilidad de su suceso, imprevisibilidad de su aparición, don expuesto; y c) expresividad, comunicación más allá de un fin utilitario, ser en sí, completo en su acaecer y presentarse; son similares a los caracteres de la risa: Explosividad, frescura, y sonoridad. El cuerpo que ríe ya ha fundado su cultura.”

 

De las “Anotaciones de San Hilario”.

 

Próximo Fuentes: Retazo 161

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Bolsillo Derecho

 

 

 

 

Ideas Sueltas:

 

  • Una oficina en la que la atención al público se realice directamente en las puertas: Una silleta doble acomodada en la mitad de la puerta, que haga ir y venir a dos funcionarios, a medida que se abre y se cierra. Lugares de paso, como estaciones de micro o de ferrocarril. Fronteras entre un sitio y el otro. Planos en los límites.

 

  • Un escritorio en el ascensor. Subir y bajar con quienes suben y bajan, y permanecer concentrado en el trabajo diario: permanentemente, sin dejarse distraer por los silencios y las miradas.

 

  • Un expendio de chupetines allí donde apenas alcancen los dedos de los chicos, en el punto más alto al que se columpian.

 

  • Puentes verticales y transversales que atraviesen la lluvia.

 

  • Contar un episodio de “super – acción” describiendo cuadro por cuadro las modificaciones. Cada cuadro estará en tiempo presente, y sin usar verbos dinámicos o de desplazamiento.

 

  • Narrar una cena cuyo escenario esté repartido en cada una de las mesas de los personajes, quienes sin saberlo están comiendo la misma res, vendida por Vermul. Qué partes y de qué forma fueron cocinadas por cada uno, y en qué manera comparten los despojos de la bestia.

 

  • Dificultades de Hilario para estar solo. Elección de Ignacio como asistente, por ser el único que no lo imita ni admira ni continúa.

 

 

 

 

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  • Escena en la que un sujeto que tiene serias dificultades para caminar (por faltarle un músculo de la pierna por ejemplo) aprende a hacerlo de un modo gracioso, guiado por Hilario.

 

  • La Risa de Difuntos consistiría en la recopilación y el relato de las escenas, anécdotas y actitudes que hubieran hecho reír al occiso en vida, o en el momento de recordarlas frente a su mortaja.

 

  • Referirse a las supersticiones racionales como el Derecho y la Justicia. Instituciones amuleto. Las normas de los poderosos escritas para que las hagan cumplir los resentidos. Clásica pareja cómica del déspota y del alcahuete, repetida en cada una de las gestiones cotidianas.

 

  • Mencionar un lenguaje que preserve en su estructura y articulaciones, la ambigüedad original, mediante la cual todo pueda decirse de cualquier manera. La precisión no es asunto de la lengua sino de burócratas.

 

  • Bronces, mármoles, placas y frontispicios, sobre aquellos lugares hoy ocupados por viviendas modestas, y que en otro tiempo fueron sitio de batallas, salones de palacio, solares de abadías.

 

  • Señalar y recordar allí donde se enfrentan sangrientamente los enemigos, donde discurre la lozanía de las cortes y donde se realizan las divinas consagraciones, si tal o cual sector, rincón, esquina o área, fueron en su tiempo carnicería, pescadería, la cocina de tal, el dormitorio de cual o el baño de uno. Pensar en un rico propietario que fuera poseedor de grandes territorios, contando la historia con las referencias de su hogar: “Coronaron al general en Lessex, donde guardábamos los utensilios para postres. Había muerto mucha gente entre el aparador y la vitrina. Detrás de la mampara, se preparaba una conspiración. Llegaban tropas salvajes desde la mesa de

 

 

 

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huéspedes, dispuestas a adueñarse de la tina. Las reservas de oro se habían separado

 

en el neceser y estaban llenos los lavamanos de pólvora.”

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Bolsillo Izquierdo

 

 

 

Cuestiones Irresueltas :

 

  • ¿Escribir en los cantos de la página?. He ahí una imposibilidad por definición. Si el canto está escrito, ya es la superficie de la página.

 

  • ¿Hacer una suerte de plano de la novela, indicándole al lector, en determinado momento: “Usted está aquí”?. Obviedad de lo inútil.

 

  • Un cuento contado desde el rabillo del ojo.

 

  • ¿Ejemplos de música humorística abstracta?. Las hay cómicas por oposición o contraste, y hasta cómicas por deformación. Pero una música cómica en sí, debe ser una perla en medio del desierto.

 

  • ¿Agregar trozos de conversaciones familiares a los fragmentos de “La Historia” de Manuel?. Por ejemplo, podría haber un listado enorme de frases hechas: “Y qué se va a hacer” “Es así nomás” “Tanto va el cántaro a la fuente que al final se rompe” “Cada dos por tres” “No hay dos sin tres” “Tres son multitud” “Es una lucha” “Qué quiere que le haga?”

 

  • ¿Dejar una página para cada fragmento o separarlos nada más que por un renglón?. El renglón es el abismo de los párrafos. La página en cambio es un bisel, un corte a cuchillo, un acantilado. Podría cada personaje llevar en su párrafo un color distintivo. Pero ¿y cuando hay varios en el mismo fragmento?: En ese caso hacer una cuadrícula.

 

 

Recordatorios:

 

  • Dada la confección en retazos del traje de arlequín (y por ende, de este trabajo) podrían describirse sus grandes divisiones como Cuello y Tronco, Miembros

 

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Superiores, y Miembros Inferiores. Esto es, que al fin, como todo traje, lo escrito carece de pie y de cabeza. Tenerlo presente para la contratapa (la cual podría simplemente hacer una referencia a este bolsillo)

 

  • Pensar anuncios que reduzcan la ansiedad (contrarios a su naturaleza). Utilizarlos para hacer más morosa y agradable la lectura. Interrupciones que hagan más perfecta la continuidad.

 

  • Concebir un personaje referenciado por otros en el relato de diversas situaciones. Todos ellos deben dar cuenta de él, con el mismo nombre y descripción general, y prácticamente sin intervención en los hechos objeto del relato. Situar a este personaje en situaciones y momentos en los que no pueda participar a la vez.

 

  • Dada la teórica expansión del Universo, la realidad no puede sino ser dispersa. Alguien, lejos de ti, camina con tu pie, escribe con tus manos, besa con tu boca. Lanzas un grito y lo escuchas detrás tuyo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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158.                                                                                      (HILARIO – ROSAURA)

 

La piedra rugosa como labios apretados. Cuerpo endurecido. Frío ante el silencio de siglos sobrepuestos.

 

La piedra es desnudez de algún infierno destruido. Allí, sobre la tierra plana, la

 

piedra independiente, encarnecida. Cada piedra infiere el enredado devenir de su destino. Alguien que la trajo. Depósito y olvido. La piedra guarda la distancia de la mano donde estuvo. O del hueco en que surgiera victoriosa. Un silencio abovedado, exasperado, sólido. El peso de la palma.

 

Las hay redondas y gráciles, como surcadas por un tremendo trasijado. Así como las olas del mar llevan en sus pliegues espumosos el dibujo de las piedras en que se desploman; así también las rocas se adhieren a las formas del placer, del dolor y del delirio.

 

Levantar una piedra es trazar un camino. Descubrir su movimiento es entrever el milagro.

 

Rosaura junta los cantos del fondo del río, con los que juega entre sus manos lívidas. Y luego los deja, seriamente esparcidas en el suelo, cansadas, satisfechas, reposantes. Ignacio recoge algunas que luego porta entre sus efectos. Hilario se las lleva a la boca.

Próximo Hilario: Retazo 179

 

Próximo Rosaura: Retazo 165

 

 

159.                                                                                                              (CARLOS)

 

Vermul clava el gancho en la carne, muerta, que aún formará un hematoma, y la

 

cuelga de la ganchera del mostrador. Todavía gotea su sangre mentirosa, clamante de un virtual asesinato. Los nervios ablandados, luego de los diez primeros días después de desarmarse, impotentes, con el golpe de gracia. Puede saber cómo la habían liquidado

 

 

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por las manchas que delatan el garrote, la descarga, la incisión, el padecimiento. Mientras expide los pedidos de la gente, no puede evitarles el relato de lo sucedido. Se pregunta: “¿Volverán a hallarse, amalgamarse, contactar entre sí, los restos semidigeridos de las vacas en el estómago abierto de un ser humano?”.

 

Próximo Carlos: Retazo 187

 

 

 

160.                                                                                                              (JUEGOS)

 

¿Qué se hace entonces con el chancho aparecido?. Nadie se anima a tocarlo. Si es

 

real, probablemente, haya sido robado, o extraído de su sitio original, desde el chiquero, hasta esta mesa. Si es real, ese animal tiene dueño. ¿Qué hacer entonces con él para evitar cualquier tipo de reclamo?. ¿Mezclarlo en la basura?. ¿Hay estercoleros en la ciudad?. Por supuesto que sí, las cloacas. Hondos y habitables caños la atraviesan subterráneamente. Había que esconderlo durante un tiempo, y después, en cuanto se tenga oportunidad, llevarlo.

Próximo Juegos: Retazo 166

 

 

 

161.                                                                                                              (FUENTES)

 

“¿Puede haber milagros innecesarios?.

 

Una deidad que alcanza su epifanía en el centro de una gruta donde nadie puede

 

verla.

 

Un dios que conceda una gracia a un mortal, prodigándole dos pulgares oponibles, en la misma mano.

 

Un lugar donde diariamente te encuentres al mismo desconocido. La risa en medio del dolor.”

 

de las “Anotaciones de San Hilario”.

 

 

 

 

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Próximo Fuentes: Retazo 167

 

 

 

162.                                                                                                              (MANUEL)

 

Manuel, profesor emérito de Historia, escribe una extensa recopilación del

 

tiempo desechado, en forma de una larga enumeración de nombres y lugares. Toda la acción no hace más que desplegarse como ecos inconscientes de esos desperdicios.

 

“Jorge se retarda en cruzar una calle. Un mendigo, que despierta de su siesta, le

 

pregunta la hora.”

 

“Roberto olvida dar cuerda a su reloj. Queda dormido. Un equivocado lo

 

despierta, sonándole el teléfono.”

 

“Marta sale a la calle sin motivo, resignada al azar de la noche.”

 

“Pedro se abstrae llenando y vaciando un frasco con el agua de la canaleta.”

 

“Un barco encalla en un banco de arena. Ricardo pierde el colectivo. Se queda un

 

rato más en la parada.”

 

“Gonzalez baja al archivo.”

 

“Jaime enfría el café con la cuchara.”

 

“Hirsch mira la hora, y pocos segundos después vuelve a mirarla.” “Daniel sopla.”

 

“Ismael camina.”

 

“Un ave se sienta.”

 

Próximo Manuel: Retazo 194

 

 

 

163.

(ARLEQUÍN)

El brujo o

chamán era el dueño del misterio. Sus danzas no pasaron a las

 

ceremonias. Sus ropajes no pasaron a la pompa ni sus voces a la retórica. Sus colores no

 

 

 

 

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pasaron a la heráldica. Sus gritos no pasaron a la tromba. Sus silencios no pasaron a la ciencia. Sólo quedaba el bufón, apropiado de su cetro. En una pose funambulesca, reproduce los giros de la invocación. Los huesos triturados, por cascabeles. Los gestos amplios, la boca abierta, y la hiper-realidad, por el ultramundo.

 

Próximo Arlequín: Retazo 172

 

 

 

164.                                                                                                  (FRANCISCO)

 

El atelier de Francisco, artesano, consiste en un jardín de inestabilidades. La

 

piedra pequeña sostiene la grande. Hay herramientas a punto de caer, que permanecen inclinadas peligrosamente. Ninguna de las puertas ni de las ventanas están abiertas o cerradas. Sus goznes, sus junturas, son demasiado anchas o estrechas, las retienen en un solícito entreabrirse – entrecerrarse. Las luces nunca iluminan entera la habitación en que se hallan. Siempre detrás de un decorado, encima de los rincones, apoyadas contra el piso, generan una sombra, tan clara como la lumbre. Extraños cajones que cierran hacia arriba. Libros de diversas técnicas, abiertos siempre entre cinco hojas. Las virutas acomodándose en un suave remolino. La cortina ladeada, a punto de salirse. Los cuadros inclinados, a punto de caerse. Los fajos de las telas con las que recubre las figuras, a punto de zafarse. Los modelos, próximos a resquebrajarse.

 

Y las imágenes de ninfas con sus ropas deslizando.

 

Próximo Francisco: 176

 

 

 

165.

(IGNACIO – ROSAURA)

Ignacio, con el cuello apoyado en una roca, intercambia sus miradas con el cielo,

estrellado y oscuro, y con

las manos en el suelo de Rosaura, entre los tréboles. Cuenta

 

para sí las estrellas fugaces, que a cada viraje de su rostro, aparecen o desaparecen desde

 

 

 

 

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un punto cualquiera hacia otro. En un diálogo secreto, inescrutable, cada vez que la palma de Rosaura se levanta de la tierra, moviendo el índice derecho hacia arriba, le señala una a una sus apariciones. Indicándole el sitio y el momento hacia donde alzar la vista.

Próximo Ignacio: Retazo 205

 

Próximo Rosaura: Retazo 182

 

 

166.                                                                                                              (JUEGOS)

 

La risa quebrada, la alegría maltrecha. Buscamos los restos, las esquirlas de sus

 

risas, dispersas, fragmentadas por la calle, adoquinadas, caídas. Dejadas caer, mejor dicho. Los chicos piden monedas. Ponen la mano de dar expuesta al golpe, o a la lluvia. Hasta que encuentran, intercalada en los adoquines lisos y brillosos, una de cien centavos. Entonces la besan y la ofrecen en la iglesia del milagro. Donde el santo orina, como uno de la barra.

 

Próximo Juegos: Retazo 177

 

 

 

167.                                                                                                              (FUENTES)

 

“El dios de los murdanes era una piedra, mas no podían asegurar cuál era de

 

todas de las que había acumuladas en el valle. Hacía mucho tiempo atrás, al hombre-brujo se le había confundido entre otras muchas destinadas a un ceremonial. Habría quedado atrapada en un derrumbe entre otras de igual o menor o mayor tamaño. Así que todos los años, en la fecha apropiada, tomaban una al azar y le hacían unas honras dubitativas, con reservas, algunas parcas demostraciones y un acomodado respeto. La enaltecían moderadamente, como al descuido, con cánticos eventuales del tipo: “Aquí está posiblemente quien es el dios de todo esto. Puede no serlo. Alabémoslo

 

 

 

 

 

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posiblemente. Puede saberlo.” Este culto, de índole hipotética, los constituye en los comienzos de la ciencia.”

 

de las “Anotaciones de San Hilario”.

 

Próximo Fuentes: Retazo 171

 

 

 

168.                                                                                                              (ISMAEL)

 

Aparece Ismael en una sala de Hospital, dormitando, como otros tantos esperantes, sentado en un sillón del pasillo lateral. Con el sordo peso de un dolor que se aletarga.

 

Traen una camilla desde el ascensor con un rigor abúlico, con precisión de dejadez. Atina solamente a mirarle el rostro, mientras el enfermero cierra las puertas. En ese instante, el hombre estornuda. La Sala se despierta. Nadie intenta ofrecerle un pañuelo.

 

Próximo Ismael: Retazo 170

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Tram piripirlípum Bam Tram prilipirlípum Tracatractrac Chan Chan Jarajajá:

 

 

 

 

Enfermo

 

 

 

 

Apenas el silencio te devuelve el dolor ya estás otra vez rogando.

 

Acabadas las horas de inyección y tratamiento, la luz se marcha dejando lugar a gritos

 

desde cada habitación prolijamente aparte, dejadamente sola.

 

Como si uno, esparcido se volviera detrás

 

para mirar a nadie. Buscando el sitio en que la queja

 

se adormezca.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

124

 

 

 

 

 

169.                                                                                      (PIETRO – RUMAGGI)

 

Pietro le pregunta al soldado por la imagen que abraza con su húmedo piloto. Sorprendido, éste pregunta a su vez:

 

“¿La fotografía?”.

 

“Sí, si, es muy linda” – trata de agradar, un poco arrepentido, Rumaggi.

 

“No sé – contesta – la compré en el mercado negro. Muchos llevamos una.

 

Incluso muchos llevamos la misma. Nos consuela pensar que es nuestra querida, que nos aguarda en algún sitio”.

 

Pietro observa para sí que la imagen es vieja, y que la señora retratada pudo

haber muerto hace años.

 

Próximo Pietro: Retazo 179

 

Próximo Rumaggi: Retazo 179

 

170.

(ISMAEL)

 

“Puede decirse que este sitio, como cualquier lugar de paso, es realmente deshabitado -cavila Ismael-, sólo ocupado parcialmente mientras se está pensando en irse”. “Más o menos como la cárcel, en la que estuve por tres años.

 

Desiertos conmensurables. Esta Sala de Espera tiene un sentido lato de estiramiento. Uno ejercita su continuidad de modo tal que sería posible inmortalizarse. Largas sucesiones de Ismael sentado contra la pared del cuadro grande. Hasta que algo, alguien, nos desdoble de nuevo en nuestra realidad. Cualquier cosa, un bicho, un sujeto, un sonido, un chirrido, una luz, una molestia. Un espejo se corre de lugar. Rota está la cadenas de ismaeles. Esta picazón de la ingle me retrae a lo físico. Me rasco.”

 

Próximo Ismael: Retazo 233

 

 

 

 

 

 

 

125

 

 

171.                                                                                                              (FUENTES)

 

“Entre la espera del acontecimiento y el acontecimiento, hay la burocracia del

 

preparativo. No tiene sentido esperar sentado lo que ocurrirá de pie, ni acostarse para morir de una caída. De tal modo que si hemos de aguardar un incendio, conviene prepararse con un vaso a nuestro alcance.

 

Esa técnica de engarce inocente con lo trágico, produce efectos de injustificada satisfacción. De risa franca y abierta. Fundada en el preparativo marginal de lo

 

inesperado. En la sombra de una conciencia que se reconstruye.

 

“Pequeñas causas que den lugar a consecuencias extraordinarias. Alguien quita un cuadro de la pared, la pared se cae. Alguien es picado por una abeja, luego muere. Un

 

sólo paso es suficiente para irse por el precipicio.”

 

de “Aportaciones para una ciencia del clown”, de Milos Zimnotec.

 

Próximo Fuentes: Retazo 176

 

 

 

172.                                                                                                              (ARLEQUÍN)

 

Al principio, el poder era una emanación de fuerzas misteriosas e inescrutables.

 

Más tarde, fue el ejercicio de una gloria militar, o la consagración de un designio exorbitado. Luego, el desarrollo de una descendencia conservadora. Siempre, enemigo de la razón y de las necesidades.

 

Se acusaba y desarmaba con la risa. Era necesario designar puntualmente al rey

 

bufón.

 

Era real el carnaval, y no mera exhibición de plumas y fantasmas. La lengua sacada del pueblo, las nalgas descubiertas de aquellos que cumplían su jornal.

 

La burla descarada se mostraba, limpia y generosa en las calles y en las plazas.

 

 

 

 

 

 

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El trueno que no quema. El soberano que no caga. La reina que no puede calmar su apetito de hombres. El demonio burlado por un ñandú. El poderoso estafado por un niño. Goliat vencido por David. Historias de la insensatez de los que mandan. Impudicias de los que dirigen y expolian. Las tripas afuera de los que cubren su cuerpo con el oro de los muertos.

 

El poder, en esos tiempos, era entendido como la ridícula ostentación de un saltimbanqui. Arma fugaz e impotente. Incapaz de resistir al paso inexorable del tiempo. O era exactamente este despótico, sagrado albur, ciego e inconsciente, imprevisible e inevitable.

 

El poder era la sobredimensión de un enloquecido, o su locura desatada, contra toda forma de sutileza.

 

No se perdía entonces la dimensión humana, que es la del horizonte.

 

Hasta que llegaron las ciudades. Y más tarde las naciones. El poder explicado. El Estado sin bufón. La bandera enseñada en los libros para aprender a leer. Cuando sobrevino la libertad de prensa, la servil limosna, en lugar de la escupida, el orín o pedorrera. Cuando sobrevino la justicia, como razón del estado de las cosas. Razón del poder de ese trajecito sobre los descalzos.

 

La justicia, en lugar del desprecio, la oposición o la lástima. Única posibilidad de ser oído. La mentira seria, callada, solemne, estructurada; en lugar de la sátira revulsiva, libre, maestra y develadora. Humana por desnuda, y popular por honesta.

 

Dejó de entenderse al poder como parte de la vida, para ser nada más que un objeto de las instituciones. Sin carnalidad, excedido y abstracto.

 

Próximo Arlequín: Retazo 175

 

 

 

173.                                                                                                              (ESTEVEZ)

 

 

 

 

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Un golpe seguido de un golpe: Afirmación, “estoy de acuerdo”. Un golpe seguido de otros dos: “Tengo una reserva”.

 

Un golpe seguido de tres golpes: Negación, “no, de ninguna manera”. Golpe dado con la mano izquierda: Mirar a la izquierda.

Golpe dado con las dos manos, con amplio envión de la cerviz: Mirar hacia atrás. Golpe dado con las dos manos, de abajo hacia arriba: Peligro. Cubrirse.

 

Golpe dado con la mano abierta: Comienzo del mensaje. Golpe dado con el puño: Fin del mensaje.

Un complicado sistema de comunicación habían desarrollado los picapedreros, a través del uso repetido de las mismas señas. Casi no podía trabajarse sin estar diciendo algo. Todos los detalles, desde la dirección de los golpes hasta la postura del cuello, eran utilizados en ese código de trabajo. El murmullo percusivo, rabioso, del silencio. Y la desesperación, la entraña abierta, el grito imposible.

 

Tres golpes en la piedra, la espalda doblada, las rodillas en el piso: “Ayuda, vienen a hacerme daño”.

 

Estevez deja caer de sus manos la pesada maza sobre el piso: “¡Vamos a escapar!”

 

Próximo Estevez: Retazo 184

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Tan cacharumba tum tum tumba. Pif chereré tatatún chin pum “¡Ja ja já!”:

 

 

 

 

Guardiacárcel.

 

 

 

 

Hay un sitio en que reconocerse, la mirada seca sobre las manos ralas.

 

Silencios en que herrumbran los desgarros de la dureza cobijada malamente.

 

Párpados que rondan suaves piedras movedizas, arrugadas, inquirentes.

 

Delicados sesgos de recuerdos, miasmas, nubes viejas, incipientes,

 

apoltronadas

 

en rincones arrumbados.

 

Y dejar rendidos en los mismos lugares iguales palabras, dolores, los consuelos, la secreta resistencia

 

que acompaña cualquier gesto tibio, que deslizan un llorar desierto.

 

Nerviosos desvelares de una rota transparencia.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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174.                                                                                                              (ALTEMAR)

 

Yáñiz, ahora, sutura en mano, procede a coser el estómago del sujeto. Imposible no hacer alusión al matambre. Junta las carnes como los matarifes atan los embutidos. Brutalidad de los mortales. Y al mismo tiempo elogio de lo tenue, enhebrando lo orgulloso. Tantos hombres misteriosamente unidos por el mismo cordel de la sutura. Una

 

ristra ensartada de panzas, una tras la otra, anudadas por su arte.

 

Próximo Altemar: Retazo 187

 

 

 

175.                                                                                                  (ARLEQUÍN)

 

Refugiarse en la palabra de aliento, o en el consuelo aprendido, no satisface al

 

alma desesperada. Son voces extrañas que uno reconoce demasiado bien, casi de

 

memoria, letanías del futuro y la esperanza, himnos apologéticos, miradas de soslayo...

 

Fantasmas, construcciones arquetípicas del fin que justifica los medios, hipocresías al uso, que no pretenden convencer a quien escucha, sino a quien habla.

 

Es necesario un golpe de gracia, una transformación por a través del mismo dolor reclamante. Una extirpación de la piedra abrumadora. Un volver del revés las entrañas de

 

la angustia.

 

Próximo Arlequín: Retazo 181

 

 

 

176.

(FUENTES - FRANCISCO)

 

“Su rostro es de abulia y pesadez. Digna somnolencia. Languidez augusta. El rey

 

de Sanidar, el rostro enharinado, las ropas sobrantes en su carne tumultuosa, pide que lo retraten. Francisco ha indicado la paleta de colores apropiada y los tintes necesarios a tal fin. Para eso han ido a conquistar las Héfides, para traer desde allí los pigmentos

 

 

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necesarios. Azul para su manto, terroso, ceniciento; rojo para las mejillas, lívidas y enfermas; verde para sus prados envejecidos; blanco para sus cortinas empolvadas; negro para su pelo encanecido; dorado para sus joyas gastadas. Plata para su espada, oxidada y mohosa. Tanto tránsito por alcobas, tanta expedición malsana. El trazo de Francisco, firme, egregio, es una burla descarada y consentida. Quien no tolera una desobediencia, agradece la mentira.

 

Por ese retrato la reina de Góneva quiere conocerle. El soberano se retira a su casa de campo. Un grupo de adversarios lo acribilla. Cuando exhiben el cadáver, ya nadie le conoce. Ese cuerpo no se parece al del retrato. El rey de Sanidar no ha muerto. Los vencedores no pueden hacerse del poder. Desde una asamblea olculta se reeditan sus órdenes.”

 

de las “Anotaciones de San Hilario”.

 

Próximo Fuentes: Retazo 177

 

Próximo Francisco: Retazo 211

 

 

177.                                                                                      (JUEGOS – FUENTES)

 

“Unos chicos sacan un chancho a la calle. Ven algo, oyen a alguien. Vuelven a

 

entrarlo. Calle por calle la misma escena. Mostrar - no mostrar, seguir de largo. Como todo juego infantil. Te doy - no te doy. Estoy - no estoy. Vengo - me voy. Indicar que se va a hacer algo que no se va a hacer.

 

Nadie está realmente haciendo nada. Así se instaura el carácter de una época. En

 

las formas aceptadas de inacción.”

 

de “La Historia” de Manuel. Tº I, Capítulo XXII, página 345.

 

Próximo Juegos: Retazo 188

 

Próximo Fuentes: Retazo 181

 

 

178.                                                                                                              (DANIEL)

 

 

 

 

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“¿Cómo indicar, en esta postura, que me siento bien y saludable?. Esta mañana, el alivio de ese resplandor me ha dado un nuevo aliento”.

 

Daniel se da la vuelta, pero el suero tironea alimentariamente de su brazo. Impeliéndole una aséptica salubridad. Se mira al espejo y reconoce a pesar suyo, el rostro de estado delicado que provoca los aprestos de aparatos a su alrededor.

 

Próximo Daniel: Retazo 195

 

 

 

179.                                                               (HILARIO – PIETRO – RUMAGGI)

 

La revolución industrial inventa la risa mecánica.

 

Pietro da vueltas una manivela que hace a su vez funcionar una pequeña válvula

 

de vapor, que despierta finalmente un resorte, que produce un repetido castañeteo y un sonido similar al de la carcajada. La risa forzada y progresiva. La risa inocente, sin escarnio.

 

Rumaggi le teme, sin embargo. A esa chimenea chirriante le falta el aire y se extenúa. No descansa en la risa. Persiste, monotemática. Del mismo modo en que los émbolos frenéticos, y la regla de tres simple compuesta. Los trenes sobre las vías y los

 

telares en las fábricas.

 

Coherencia como locura.

 

Próximo Hilario: Retazo 196

 

Próximo Pietro: Retazo 205

 

Próximo Rumaggi: Retazo 205

 

180.

(HIRSCH)

Hirsch toma las puntas de sus bolsas de residuos y hace en cada una un nudo

fuerte  y detallado.  Clasifica:  Cartones,

vidrios,  orgánicos  y útiles.  Emprolija los

 

deshechos y los lleva hasta la calle. Eso sucede a las seis y cinco de la tarde. A la noche, cena su porción de lípidos, proteínas y carbohidratos. Uno de sus ojos, sin embargo, se

 

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encuentra sospechosamente decaído, en un ángulo de dos minutos, hacia el pómulo

 

derecho.

 

Próximo Hirsch: Retazo 208

 

 

181.                                                                          (ARLEQUÍN – FUENTES)

 

Pasajes  cómicos  en  el  Viejo  Testamento,  demostrativos  del  humor  como

 

categoría divina, anterior al mundo:

 

  1. Éxodo,7, 20-22: “20. Moisés y Aarón hicieron lo que el Señor les había ordenado. El levantó su bastón y golpeó las aguas del Nilo, a la vista del Faraón y de todos sus servidores. Y toda el agua del Nilo se convirtió en sangre. 21. Los

 

peces del Nilo murieron, y el río dio un olor tan pestilente que los egipcios ya no pudieron beber sus aguas. Entonces hubo sangre en todo el territorio de Egipto. 22. Pero los magos egipcios, valiéndose de sus artes secretas, hicieron lo mismo (...)”

 

Esto es el ridículo de la vanagloria, intentar hacer, por la sola razón de la envidia, a través de un esfuerzo mágico, lindante a lo desesperado, aquello que les causa un daño terrible, duplicándolo y agravándolo torpemente.

 

Éxodo, 8, 1-3: “Luego el Señor dijo a Moisés: ‘Da esta orden a Aarón: Extiende tu mano y tu bastón sobre los ríos, los canales y los pantanos, para que las ranas invadan el territorio de Egipto’. 2. Aarón extendió su mano sobre las aguas de Egipto, y las ranas subieron hasta cubrir el país. 3. Pero los magos de Egipto, valiéndose de sus artes secretas, hicieron otro tanto, y atrajeron una invasión de ranas sobre el territorio de Egipto”.

 

Otra vez el sinsentido de los magos egipcios, cuya ostentación de poder carece del más mínimo sentido común. En lugar de expulsar con sus artes a las ranas, aún traen más y más cantidades de ellas.

 

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Éxodo, 8, 13-14: “13. Aarón extendió la mano empuñando su bastón, golpeó el polvo del suelo, y en seguida, nubes de mosquitos se lanzaron contra la gente y los animales. Todo el polvo del suelo se transformó en mosquitos a lo largo de todo el país. 14. Los magos intentaron producir mosquitos, valiéndose de sus artes secretas, pero no lo consiguieron. Los mosquitos atacaron hombres y animales”.

 

Aquí el empecinamiento ineficaz. No pueden hacerse más daño que el que ya existe. Emprendieron una carrera contra ellos mismos, como si el asesino y su víctima jugaran a probar cuál de ellos sea el primero en matarla.

 

Éxodo, 9, 8-11: “8. El Señor dijo a Moisés y a Aarón: ‘Recojan unos puñados del hollín que se forma en los hornos, y que Moisés lo arroje hacia el cielo en la presencia del Faraón. 9. Ese hollín se convertirá en un polvo que se expandirá por todo el territorio de Egipto y producirá úlceras purulentas en los hombres y en los animales. 10. Ellos recogieron el hollín y se presentaron ante el Faraón. Moisés lo arrojó hacia el cielo, y tanto los hombres como los animales se cubrieron de úlceras. 11. Los magos no pudieron enfrentarse con Moisés, a causa de las úlceras que les habían salido como a todos los demás egipcios.”

 

Aquí, la puesta en ridículo concluye, para dar lugar a la épica. Los magos no procurarán ulcerarse nuevamente, y ello evita en el Libro Sagrado la poco elegante exageración.

Próximo Arlequín: Retazo 183

Próximo Fuentes: Retazo 183

 

 

182.

(ROSAURA)

 

Otra vez Rosaura, los pies descalzos en el pasto firme. Vestida de largo, como

 

rendida al horizonte. Está de espaldas, pero se vuelve. Pálpitos evanescentes. Hilario no puede sino tenderse a la brisa empujada por tal vela. Gavia superior que le sostiene en su

 

 

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burla más honda. En sus últimas vergüenzas y el primer pronunciamiento. Interrumpe su discurso mental, y hasta el ritmo de su respiración. Acerca sus oídos a la distancia y sólo obtiene un leve cosquilleo. Como el del pasto en los pies, de inmensa ternura.

Próximo Hilario: Retazo 209

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Tam tarampám tarampám chin chín. Tumtum púm tarapáp troc plín “¡Ja, ja, já!”:

 

 

 

 

Maestro de Ceremonias.

 

 

 

 

La mueca estampada en el hueco de la boca es preciso que resuene.

 

¡Vamos, que el sopor es insostenible!.

 

El roedor de las entrañas, ¿no os provoca risa? Hay un rito repetido que desgarra al arlequín y lo desviste.

 

Socavar el pánico es insertar los goznes de lo absurdo.

 

Carne, hierbas enlodadas. Piel que se desprende de la boca, dormida.

 

Mostrar la sombra es hendir el vértigo. Vaciaros de una culpa que podréis destrozar con humillante,

 

ridículo persigno. ¡Reíd!.

 

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(No hay modo de sobrevivencia).

 

¡Carcajead!, ¡resoplad!, ¡aplaudid!...

 

Es nuestro desfile de miserias. De procesión a comparsa hay la distancia

 

de nuestros años.

 

El gesto contenido de una música circense. Que clama por sonar y se repliega.

 

Rasgad insomnes velos que suenen frágiles y móviles. Ondeen en un sórdido reptar

 

detrás de cada muro.

 

 

 

Son ánimos arrancados del asomo reflexivo.

 

A los ojos entrecerrados.

 

A las manos apretadas, a las sienes escrutadoras.

 

Y retened, apenas, la humanidad

 

de una convulsiva contorsión y el rictus desbocado

 

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que se trague todo el miedo.

 

 

 

 

La calavera es el rostro desnudo

 

de un bufón despierto.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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183.                                                                                      (ARLEQUÍN – FUENTES)

 

II.        Génesis, 18, 11-12: “11. Abraham y Sara eran ancianos de edad avanzada, y los

 

períodos de Sara ya habían cesado. 12. Por eso, ella rió en su interior, pensando: ‘Con lo vieja que soy, ¿volveré a experimentar el placer?. Además, ¡mi marido es tan viejo!’. Pero el Señor dijo a Abraham: ‘Por qué se ha reído Sara, pensando que no podrá dar a luz, siendo tan vieja?. ¿Acaso hay algo imposible para el Señor?. Cuando yo vuelva a verte para esta época, en el año entrante, Sara habrá tenido un hijo.’ Ella tuvo miedo y trató de engañarlo diciendo: ‘No, no me he reído’.

 

Aquí, la risa del contraste insensato Mujer Vieja/Mujer Madre, se vuelve honda ontología ante la gravedad de la afirmación imposible.

 

Génesis, 21, 1-3: “1. El Señor visitó a Sara como lo había dicho y obró con ella conforme a su promesa. 2. En el momento anunciado por Dios, Sara concibió y dio a luz un hijo a Abraham, que ya era un anciano. 3. Cuando nació el niño que le dio Sara, Abraham le puso el nombre de Isaac”

 

Aquella risa, contaminada del desengaño de la vida, es golpeada con la frescura que el niño trae a la vejez.

 

 

III. Números, 22, 21-33: “21. Por la mañana Balaam se levantó, ensilló su asna y partió junto con los jefes de Moab. 22. Pero su partida encendió la ira de Dios, y el Angel del Señor se interpuso en el camino para cerrarle el paso. Balaam iba montado en su asna y lo acompañaban dos muchachos. 23. Cuando el asna vio al Angel de Señor parado en el camino, con la espada desenvainada en su mano, se apartó y fue por el campo. Pero Balaam la castigó para hacerla volver al camino. 24. El Angel del Señor se paró entonces en un sendero angosto, que pasaba por los viñedos y estaba rodeado de

 

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los dos lados por un cerco. 25. Al verlo, el asna se fue contra el cerco y apretó el pie de Balaam, que la castigó nuevamente. 26. Una vez más, el Angel del Señor se adelantó y fue a colocarse en un lugar tan estrecho, que era imposible desviarse a la derecha o a la izquierda. 27. Cuando el asna lo vio, se echó al suelo debajo de Balaam, y éste, enfurecido, lo golpeó con su bastón. 28. Entonces el Señor abrió la boca del asna, y ella, dijo a Balaam: ‘¿Qué te hice para que me golpearas así tres veces?’ 29. ‘¡Te estás burlando de mí!’, respondió Balaam: ‘Si tuviera una espada en 2mi mano, te mataría ahora mismo’. 30. El asna le respondió: ‘¿Acaso yo no soy tu asna, la que siempre has montado hasta el día de hoy?. ¿Acostumbro yo a tratarte de este modo?’. El respondió: ‘No’. 31. El Señor abrió los ojos de Balaam y éste vio al Angel del Señor parado en el camino, con la espada desenvainada en su mano; se inclinó y lo adoró con el rostro en tierra. 32. El Angel del Señor le dijo: ‘¿Por qué le has pegado tres veces a tu asna?. Era yo el que te cerraba el paso, porque tu viaje me disgusta’. 33. ‘Ella me vio y se apartó de mí tres veces. Hizo muy bien en apartarse, porque de lo contrario yo te hubiera matado, mientras que a ella la hubiera dejado con vida’.”

 

La tozudez e ignorancia de Balaam llegan al punto de no darse cuenta de lo que su asna, por tres veces, puede ver con claridad. Por otro lado, se encuentra aquí también la naturalidad de lo grave y su fácil companía de lo ingenuo.

Próximo Arlequín: Retazo 193

 

Próximo Fuentes: Retazo 190

 

 

184.                                                                                                              (ESTEVEZ)

 

Golpe tras golpe transitar esta condena. O el heroísmo de la insensatez abriendo

 

una esperanza. Se había corrido el mazazo del plan de la evasión. Como un eco artificial, propagado por el ansia. Un murmullo incontenido, sin embargo, confunde las señales.

 

 

 

 

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Como un claro devenir. Un tranquilo remordimiento. Estevez golpea. Parece una exultación del adoquín, como piedra deseada.

 

De la arruga incisiva en la pared oeste, comienza a surtir un chorro de agua.

 

Milagro inoportuno, gestos de consulta.

 

Próximo Estevez: Retazo 207

 

 

 

185.                                                                                      (LOS FESTEJANTES)

 

Arman una pira de armas blancas. Recogidas en el frente. Sables, cortos, largos,

 

lanzas, hoces, tridentes, espadas, hachas y cuchillos. Al amparo de un árbol viejo y nudoso, se arriman los preciosos hilarantes. En cerrada camaradería, orinan sobre ellas. Provocando su inminente corrosión. El brillante metal, devuelto resinoso y opaco. Tomados de los brazos, se miran fraternalmente. En riguroso círculo, pacificador y victorioso.

 

La épica, tornada hacia lo cómico, es la victoria absoluta del débil contra el indudable poderoso. Un ciempiés que derriba a un elefante. Un automóvil que choca

 

contra una oruga. Un insecto contra un avión. Un chorro de agua contra el fuego.

 

Próximo Los Festejantes: Retazo 201

 

 

 

186.

(MISÉRULA)

 

Misérula se recuesta sobre el barro. Sus dedos se hunden en el limo, y lenta pero

 

íntegra, ella misma lo penetra, haciéndose parte de su movimiento. Garrión es un soplo de río, avanzando. Ella le ofrece para ello sus paredes. Ella es su cauce y su cercado, su distancia e inmediatez. El es un naufragio demorado. Serpiente que nace de rotundas ansiedades. De lejanos imperios. Hacia colocarse su lozana, roja y desandada piel. Ella es

 

 

 

 

 

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una meta que se aparta, un montículo elevado, una torre inmensa, un límite preciso. Una sombra que oscurece desde antes del alba. Una fruta que perfuma, desde la raíz.

 

Próximo Misérula: Retazo 239

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Desde lo blanco a lo negro. Desde lo negro a lo blanco.

 

Esta fe de acercamientos Que fluye a los abrazos.

 

Desde un extremo del mundo Hasta la herida del pecho. Esta fiesta de desnudos Huertos de los desiertos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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187.                                                                                      (CARLOS – ALTEMAR)

 

“Aquí, Altemar, se trata de precisión en el corte. La incisión exacta en cavidad

 

perfecta. El carnicero ha de ser un consumado anatomista. Aquí la rótula, aquí el coxis, aquí el riñón y aquí la víscera latiente. Observe este corte de palomita. Un poco más o un poco menos, y resulta enfermo, descuidado. La labor del carnicero consiste en reconocer en el fondo de la heladera cada trozo del noble animal, cada trazo del cuchillo levantado sobre su cabeza. Nervios, fibras y contornos. Órganos y nombres descubiertos por la suave cuchilla biselante.”

Próximo Altemar: Retazo 230

 

Próximo Carlos: Retazo 226

 

 

188.                                                                                                              (JUEGOS)

 

Para la feria de ciencias: Colocamos con bastante esfuerzo ciento veintiséis

 

moscas en un recipiente transparente, al que pequeñas hendijas, más bien agujeritos, permitan entrar el aire. De acuerdo al cálculo de probabilidades, ciento veintiséis moscas en el reducido espacio en el que se hallan, deben de chocar entre sí una vez cada diecisiete segundos. Ello quiere decir que en poco más de media hora, todas ellas deben impactar unas contra otras, produciéndose una masacre insecticida.

 

Sin embargo, las moscas no cumplen con el cálculo. No colapsa un sólo par, en todo el lapso del día, hasta que finalmente las liberamos en el aula.

 

La experiencia presumía la aleatoriedad de los decursos de las moscas. Conclusión, “hay menos azar en el vuelo de las moscas que en el tránsito

automotor”.

 

Próximo Juegos: Retazo 203

 

 

 

 

 

 

 

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189.                                                                                                  (SANTIAGO)

 

Cada mínimo movimiento se convierte, para Santiago, en una expedición. La

 

cotidianeidad de Santiago asume los modos incansables de la aventura. Pasar por ejemplo de la cocina al baño es una proeza, un albur el regreso hasta la vera del pasillo. Debe tenerse el control estratégico de cada puerta que se abra o que se cierre. Para ello, el orden absurdo que guía los pasos del Sr. Hirsch, le brinda una celosa protección y custodia.

 

Próximo Santiago: Retazo 199

 

 

 

190.                                                                                                              (FUENTES)

 

“Arengan en los puertos, en las montañas, en los palacios. Interpretan allí los festejantes, las cuatro representaciones de lo cómico:

 

  1. Lo cómico equívoco. Incomodidad que se refiere a una confusión entre dos o más líneas de acciones. Alguien cree que está con quien no está. Alguien emprende la consecución de un resultado cuya causa ha puesto otro. Alguien inserta su devenir con el de otro, ignorante de éste.

 

  1. Lo cómico yuxtapuesto: Los violentos contrastes entre una realidad y su forma, o entre dos realidades anulables entre sí, expresivos del ridículo de su alternativa.

 

  1. Lo cómico por dislate: Una misma categoría que se subdivide en forma anárquica. La lógica de lo ilógico y la razón de la ruptura. La afirmación imposible.
  2. Lo cómico por asunción. Allí donde el absurdo es inserto en el rostro, mueca adherida, sana deformación. El ser ridículo riendo de su pacífica monstruosidad.

Finalmente, nadie se conmueve. Sólo quedan señalando con espanto el terrible hueco que abre la boca del festejante. Apenas dos o tres mueven sus labios, insinuando un pliegue parecido al asco.”

 

 

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De “El Rosario de la Hagiografía” de Fray Jacinto P. Cutrelli.

 

Próximo Fuentes: Retazo 198

 

 

 

191.                                                                                                              (JAIME)

 

Jaime regresa a su casa. El café frío, las tostadas húmedas. El cielo, un poco más oprimido, esmerilado. Sobre el modular, una tira de aspirinas, por el dolor de cabeza de anoche tarde. Detalles del desastre que en su íntima peculiaridad, entristecen sin sorna. Se conduele sin padecimiento. Como esas lagañas, que todavía no se saca de los ojos.

 

Lamentación burguesa con leche y medialunas.

 

El delgado viento penetra por las cerradas ventanas de la estupidez. Uno de esos ademanes de la tontería. Estúpido estigma de la inocencia.

 

Un recado de humor fácil: Matar a alguien con una tostada. Tanto fuerte destino

 

en las puntas de la idiocia.

 

Próximo Jaime: Retazo 229

 

 

 

192.                                                                                                  (GONZALEZ)

 

Gonzalez en la fiesta, sigue perseguido por lo inconfensable. Cómo aparentar el

 

bienestar, cuando todo se oscurece. Entre luces gigantescas y salvajes risotadas, el eco del ambiente lo está acusando. Las copas, las sonrisas, las invitaciones. Él se queda quieto en un extremo, suplicando casi no ser visto. Aprendió que está más tranquilo intentando formas de morir. Lo enguirnaldan, lo atropellan, lo señalan y lo ofuscan. Por todas partes movimiento. Incontenible. Compañeros de oficina desatados. Le quieren regalar un consuelo barato, de pura purpurina. Antes de haber sacado el coche para matar a Libor, el ruido le era grato. Antes del feroz atropello, la risa era un arma. Nada más que una vez por año se reúnen, para despedir el año. Allí entonces van a dar los

 

 

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desánimos, las inmensas frustraciones, las horas resignadas. Que luego se revientan en violentas alegrías. Hay que reír entonces, para no ser consumido. Reír con los lobos, para que te confundas. Allí delante, la doble vida su juego obsceno desarrolla. Y Gonzalez desdibuja una burla de sí mismo.

 

Escribe lo que siente en una servilleta. La esconde después entre loas y aspavientos, arrojándosela a todos, en el medio de una ronda, mezclada con confetis.

 

Próximo Gonzalez: Retazo 232

 

 

 

193.

(ARLEQUÍN)

Hay capacidad profética en la insignificancia. Se presenta

un elemento sin

 

ninguna función prevista o definible en el momento de su aparición, que en poco tiempo más tiene su aplicación exacta. Así, la realidad adolece de engranajes fútiles, fungibles, desechables; de tal modo que su lógica es de nimiedades precisas y consecuentes. El pañuelo que se encuentra sobre la cama, causa el resfrío. Quien enciende una linterna pierde un objeto. Quien lleva un paraguas provoca la lluvia. Quien sostiene un martillo hablará más fuerte. Alguien tiene en su mano un picaporte: Aparecerá la puerta.

 

Próximo Arlequín: Retazo 197

 

 

 

194.                                                                                                              (MANUEL)

 

“Materia relegada es el desprecio” – piensa Manuel, acostado en su cuarto. “Vida

 

miserable, ignorada a su albedrío. Inasequible. Arrinconada. Elegida en especial desinterés. Un exitoso descarte.”

 

Manuel busca el verdadero desperdicio. Aquel que no se tira. Ese que sólo permanece. Custodia inocente. Cuidadoso desmerecimiento. Recuerda a Hirsch guardando en el bolsillo de la solapa un número de teléfono. Objetos pasivos, secretos,

 

 

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clandestinos. Liberados de la destrucción por indiferencia rigurosa. Robar un olvido. Tomar lo inconcebible, sacar aquello que no se tiene. Asequir esa neutra libertad, inmerecida. Destino desmedido. Holgada posibilidad. Penetrar en el hermético, callado desprendimiento, para investirlo otra vez de realidad. Extraer un signo del no ser, y trasladarlo a la presencia. Mera noticia. Condición de lo imperdible. Encontrar en el bolsillo posterior del saco, el diario arrancado donde se anotó un teléfono, pero cinco meses después.

 

Próximo Manuel: Retazo 204

 

 

 

195.                                                                                                              (DANIEL)

 

Sufre Daniel pensando que mientras padece, retirado en el hospital, exactamente

 

en ese mismo momento se desarrollan, en otros sitios, casas, palacios, hoteles alojamiento; escenas frívolas, cáusticas, sensuales, ignorándolo perfectamente. La bella continuidad de lo simultáneo. El cántico acorde-desacorde que finalmente confluye en un sentido. En todas partes, aquí o allá, durante la agonía de un dolor, en la condena prolongada, mientras tañen los lamentos del horror, alguien lleva a cabo una comedia.

 

Viene la enfermera, demasiado linda, a humillarle con jeringas y fluidos.

 

Otras luces brillan detrás de la ventana. Y una de ellas es la de su casa.

 

Próximo Daniel: Retazo 235

 

 

 

196.                                                                                                              (HILARIO)

 

Rotas las palabras, como pedazos de vidrio. Desde las bocas secas. Los trazos de

 

la lengua repartidos como huesos. Sones apagados. Campanas enmohecidas. Ateridos los labios, el viento detenido. Hace falta llevar las palabras con las manos. Acercarlas al oído y al olfato y al gusto. Darlas a comer, morder, chupar, hendir. Llevarlas al ombligo como

 

 

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frágiles rubíes. Sostenerlas con los pies descalzos y ligeros. Oler los adjetivos y tocar los nombres. Así amasando el verbo sin distancia. Que deje abierto el chorro de silencio.

Próximo Hilario: Retazo 210

 

 

 

197.

(ARLEQUÍN)

 

Recoger la risa, como el vestido desgastado de una mujer. Levantar del suelo la

 

delicadeza. Armar con sus retazos una muñeca de trapo. Fijar las partes de su cuerpo de un modo insostenible. Que dance destartalada. Como los duendes preparados con arena y piel de goma, abriéndose las panzas reventando de alegría. Recoger la risa como perlas de un collar infinito. El vino derramado y todos los sudores. Recoger la risa con el vaso vacío y la piel efervescente. Como se levantan las flaquezas.

 

Gotas de la noche derramadas por el día.

 

Próximo Arlequín: Retazo 200

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Terbasiquepta falcharará Terbalagarique Sinfugacitá Salminarete Ja Ja Já:

 

 

 

 

Extraviado

 

 

 

 

No tener sitio en que llevarte. El perdido es deshabitado.

 

Lejos de sus manos, sones, himnos, apacigua su remota letanía con la búsqueda delgada

 

de un lugar donde dormir. Un hombro, ijar, brazo, cadera que pueda sentir consigo. Ser, estar presente.

 

Tener sentido.

 

 

 

Reunirse en un sólo lugar donde concurran todos los que soy

 

y los que he sido.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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198.                                                                                                              (FUENTES)

 

“Renata está casada con Mario. Pero ama a Roberto, el marido de Luisa. Roberto está enamorado de Rita, quien a su vez, es la mujer de Pascual. Pascual está prendado de Laura, y que acaba de casarse con Ricardo. Rita no puede ocultar su amor por Gonzalo, quien desvive por Marcela. Mario desprecia a Renata y persigue a Luisa, quien accede a sus galanteos por hallarse aburrida de Roberto, aunque arde en deseos de Pascual. Marcela acosa a Ricardo, para que acceda a sus requerimientos. Laura, por su parte,

 

quiere a Mario, casado con Renata.

 

Cualquier movimiento en este esquema puede provocar una catástrofe. La madeja del enredo está planteada”.

 

de “Aportaciones para una ciencia del clown”, de Milos Zimnoteck.

 

Próximo Fuentes: Retazo 203

 

 

 

199.                                                                                                              (SANTIAGO)

 

Santiago está encerrado en la ordenada mansión del Sr. Hirsch. Oculto pero vivo,

 

sin salida aparente. Oculto, pero necesitado. Así, la pequeñez, el cuidado y la minuciosidad de su vida toman un cariz artrópodo. Su principal problema es la lucha por los espacios, de igual a igual con los insectos. Invertebrados, anélidos, himenópteros. Rincones y recovecos, alacenas y placares. Hábitat de toda arrastrada liviandad. Volátiles mascarones. Secos alientos de incapaces burlas. Refugios de la vacuidad y del oscurantismo.

 

Próximo Santiago: Retazo 212

 

 

 

200.                                                                                                              (ARLEQUÍN)

 

 

 

 

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Tiempos nuestros los de la escasez. Máquinas, fábricas, chimeneas de la escasez. Operarios que trabajan cuando consumen. Viejos que producen cuando enferman. Oficinistas aferrados a la nueva cinta de ensamblaje de la computadora. Chicos que festejan la soledad de la tele. Y un frenético, histérico, inconmovible expulsador de faltas. Las carencias, destiladas desde el mismo alambique de las abundancias.

 

Salen calentitos los brazos hambrientos, del horno de la panadería. El marketing lo promulga, como necesario.

 

Próximo Arlequín: Retazo 202

 

 

 

201.

(LOS FESTEJANTES)

Tram tlan quin subecún flamb chán. Tubelurecún tracamángo suéc “ja ja já”:

¡Compren,

compren,  compren  de  ocasión!.  Pústulas  sangrantes,  carcomas,

 

enfisemas, quistes, abscesos, verrugas!... ¡La ostentación de lo decrépito!. ¡El lujo de la enfermedad!. ¡La pasión del estigma!.

 

¡Comprad, comprad, que los hospicios están abiertos!

 

Próximo Los Festejantes: Retazo 206

 

 

 

202.                                                                                                              (ARLEQUÍN)

 

El escarnio público supone la burla innecesaria por aquel que sufre. La redundante solidaridad con el poderoso. Los que ríen frente a una ejecución lo hacen en nombre de un temor oculto. El verdugo es el único testigo serio de su acto. Él sabe que los jueces que mandaron a matar pueden mañana a su vez ser condenados. Sólo él resulta idéntico a sí mismo. No se siente objeto ni instrumento de una orden. Él es la orden, la última voz y el primer grito.

 

 

 

 

 

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Por eso debe ocultar su rostro tras de una capucha amarronada, comer sólo una vez que se ha vaciado la cantina, y dormir en las mugrosas camas de los sótanos de préstamo.

 

Humillar al humillado: Complicidad en la vergüenza.

 

Humor sólo queda en el reo de muerte, que, sabiéndose solicitado, los saluda.

 

Próximo Arlequín: Retazo 209

 

 

 

203.                                                                                      (JUEGOS – FUENTES)

 

“Unos chicos tocan a la puerta. Luego se marchan corriendo. El juego se llama “ring-raje”. Como no saliera nadie de la casa de mi tío, volvieron a pasar de nuevo. Mi tío abre, un tiempo después, salido del baño. Allí conoce a mi tía, que, en el umbral de la

 

puerta, entregaba unos folletos.”

 

del pliego de Estevez.

 

Próximo Juegos: Retazo 217

 

Próximo Fuentes: Retazo 209

 

 

204.                                                                                                              (MANUEL)

 

Borbotar en el estercolero.

 

Si el arte es la consecución del ocio, cada montón de basura debe encontrar su sentido noble. Tanta inutilidad, debe convertirse, aristocratizarse. Mas, no por el modo de su presentación, sino en la compresencia de su carácter.

 

Manuel adora la basura de Floresta. Le parece más seria que la de Caballito, por ejemplo. Hay sitios en los que ni siquiera es respetable. La acomodan a la entrada de la casa, como un bulto de bienvenida, y hasta la engalanan en bolsas de exquisita pulcritud, agrupadas en paquetes de sorpresa.

 

 

 

 

 

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Su basura, electa, suplicada muchas veces, la dedica a acontecimientos públicos o personales. Las titula o descompone con aires caballerescos, colocándolas a la vista de toda la cuadra. Muchas veces danza o circula con o sobre ellas. O suplica por algunos deshechos, a los vecinos.

 

Al fin, la Historia no es sino la acumulación de los detritus en la playa de los tiempos. La lentísima concentración de lo que hora tras hora sedimente. Una bolsa de basura en el lugar de la piñata.

 

Próximo Manuel: Retazo 221

 

 

 

205.                                                               (IGNACIO – PIETRO – RUMAGGI)

 

Fue esa raíz apisonada lo que llamó la atención de Ignacio. Uno de los guardias,

 

Pietro o Rumaggi, la escondía con los pies, avergonzado, colocando en el rostro una risa nerviosa. Pero esa raíz generaba una sombra, que tejía una dura red en el estómago. Y bastaron una o dos señales para que alguien profetizara un desastre, anunciara un mal, pretendiera convocar el fin apocalíptico. Ignacio comunicó el hallazgo a su maestro, quien, con una pala, de inmediato accedió a retirar la mala hierba. Adherida al suelo, fuertemente, su esqueleto fibroso se desprendía sin quebrarse. Tiraba Hilario con fuerza de ella, las manos se herían por el esfuerzo. Hasta que comenzó a dibujarse, debajo de la chaqueta de Pietro, o de la camisa de Rumaggi, un breve siseo, como una arteria sobresaliente. Arrancó Hilario finalmente los últimos palmos de esa médula aferrada, y de un sólo golpe se abrió en dos el vientre de los guardias, hasta la cuna del ombligo, reventando en una risa descargada. Atacados por ese frenesí, Pietro y Rumaggi, llevaron sus manos a la panza, intentando contenerla. Fueron presa de un violento peristáltico con alarma de solemnes flatulencias. Mas, alrededor de los festejantes se instala el resquemor, impulsado por los agoreros.

 

 

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Próximo Ignacio: Retazo 216

Próximo Pietro: Retazo 267

 

Próximo Rumaggi: Retazo 246

 

 

206.                                                                                      (LOS FESTEJANTES)

 

Tomar el poder en el meollo del miedo: las grutas penitenciarias, los santuarios

 

malditos, los orbes solitarios, mausoleos, sanatorios, leprosarios, las soberbias fatalidades; vejámenes e indiferencias.

 

Desde lo repulsivo a lo maníaco, desde lo anormal a lo cómico. Torcer, quebrar las figuradas seguridades, para hacer ver la frágil debilidad. Los ojos de la farsa develando la inmanente claridad de una última ternura. Allí donde la absurda soledad es vuelta del revés para la burla de los feos. Allí donde el exquisito consuelo ronde el súbito desgarro.

 

Piruetas en la espera del final.

 

Suaves morisquetas en el fuego condenado. Cosquillas en las entrañas del monstruo.

 

Vaciedad de las culpas en la risa limpia. Destruido el dolor en el hueco donde

 

anide.

 

Próximo Los Festejantes: Retazo 207

 

 

 

207.

(ESTEVEZ - LOS FESTEJANTES)

 

Engrillados, no pueden saber qué ocurre afuera. Los guardias aturdidos intentan

 

defenderse de un anuncio “Hoy Gran Función de Leprosos”. De frente a las canteras donde Estevez cumple su condena, un grupo de enfermos se coloca en abierto semicírculo. Allí, sin música, sólo con gritos, toses y escorbutos, dan lugar a la emoción de sus proezas. Uno se saca la oreja y vuelve a colocarla. Otro, extrae de su abdomen veinte metros de intestino. Un tercero toma con sus dedos ambos ojos y los cambia de

 

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lugar entre sí. Un cuarto se rasca la cabeza hasta hacerla sangrar a borbotones. Los únicos, uniformados espectadores, sienten miedo. Se ven amenazados de la felicidad del horror. Ellos avanzan. Primero un pie, después el otro, o arrastrándose encima de sus entrañas descubiertas. Los que pueden hablar piden piedras para tapar o sostener agujeros. Cosidos, restaurados por ellos mismos, todos llevan en la pantorrilla una indeterminada cantidad de alfileres. Como no reciben respuesta, uno a uno los retiran de allí y disparados contra los espectadores.

 

Hasta que a uno se le ocurre aplaudir.

 

Próximo Estevez: Retazo 246

 

Próximo Los Festejantes: Retazo 246

 

 

208.                                                                                                              (HIRSCH)

 

El señor Hirsch cierra la canilla del lavadero. Siente frías las manos. Toma sus

 

prendas de a una por vez y la va depositando capa sobre capa en el balde. Hasta que queda la última, insoportablemente al ras.

 

Junta los broches, se incorpora, cuelga las camisas del extremo de sus mangas,

 

las medias de su talón; pone dos broches por cada calzoncillo.

 

Sabe que va a llover. Tuvo que operarse del apéndice. Siempre la humedad le tironea un poco de la herida. Pero antes de que se largue la lluvia, calcula, alcanzarán a

 

secarse las cosas.

 

Próximo Hirsch: Retazo 212

 

 

209.

(ARLEQUÍN – FUENTES – ROSAURA)

 

Un milagro humorístico. Nuestro Señor juega una broma:

 

Marcos, 6, 45-51: “45. En seguido, Jesús obligó a sus discípulos a que subieran a la barca y lo precedieran en la otra orilla, hasta Betsaida, mientras él despedía a la multitud. 46. Una vez que los despidió, se retiró a la montaña para orar. 47. Al caer la

 

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tarde, la barca estaba en medio del mar y él permanecía solo en tierra. 48. Al ver que remaban muy penosamente, porque tenían viento en contra, cerca de la madrugada fue hacia ellos caminando sobre el mar, e hizo como si pasara de largo. 49. Ellos, al verlo caminar sobre el mar, pensaron que era un fantasma y se pusieron a gritar, 50. porque todos lo habían visto y estaban sobresaltados. Pero él les habló en seguida y les dijo: `Tranquilícense, soy yo; no teman´. 51. Luego subió a la barca con ellos y el viento se calmó. Así llegaron al colmo de su estupor”.

 

Aquí Jesús Cristo se burla tiernamente de la poca fe de los mortales. Una broma preparada desde el comienzo de la escena, en cuanto manda a sus discípulos adelantársele. Y luego el remate del “hacer como que se pasa de largo”. Una simulación que pone en escena un contraste que puede mover a risa, desde la lectura. Unos, por su lado, luchando ferozmente contra una tormenta; otro, por el suyo, caminando por las aguas con la paz del mundo. Unos, por su lado, apurando y esforzando por llegar a la otra orilla; otro, por el suyo, partiendo más tarde y sobrepasándolos a paso lento. Unos, creyendo ver a un fantasma; el otro, calmando el terror y la tormenta.

 

La cuestión de la fe viene remarcada en el mismo relato, narrado en el Evangelio de San Mateo, 14 22-32: “22. En seguida, obligó a los discípulos que subieran a la barca y pasaran antes que él a la otra orilla, mientras él despedía a la multitud. 23. Después, subió a la montaña para orar a solas. Y al atardecer, todavía estaba allí, solo. 24. La barca ya estaba muy lejos de la costa, sacudida por las olas, porque tenían viento en contra. 25. A la madrugada, Jesús fue hacia ellos, caminando sobre el mar. 26. Los discípulos, al verlo caminar sobre el mar, se asustaron. `Es un fantasma´, dijeron, y llenos de terror se pusieron a gritar. 27. Pero Jesús les dijo: `Tranquilícense, soy yo, no teman´. 28. Entonces Pedro le respondió: `Señor, si eres tú, mándame ir a tu encuentro sobre el agua´. 29. `Ven´, le dijo Jesús. Y Pedro, bajando de la barca, comenzó a caminar sobre el

 

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agua en dirección a él. 30. Pero, al ver la violencia del viento, tuvo miedo, y como empezaba a hundirse gritó: `Señor, sálvame´. 31. En seguida, Jesús le tendió la mano y lo sostuvo, mientras le decía: `Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?´. 32. En cuanto subieron a la barca, el viento se calmó.”

 

Aquí se hace explícito el sentido del juego. A ello ha de agregarse sólo un dato más: El episodio aparece inmediatamente después de la primera multiplicación de los panes y los peces. Tal milagro no había motivado el miedo, sino la satisfacción. ¿Sólo podemos aprehender de las obras útiles?, ¿qué hay de la gracia porque sí, del disfrute, por ejemplo de los ojos de Rosaura?.

Próximo Arlequín: Retazo 237

Próximo Fuentes: Retazo 213

 

Próximo Rosaura: Retazo 210

 

 

210.                                                                                      (ROSAURA – HILARIO)

 

Rosaura se lleva las manos al pecho. Conoce bien esa sensación que le produce el

 

mareo. En poco tiempo volverá a desvanecerse, palmo a palmo, sin continuidad. Apenas retenida por los bordes de su falda. Hilario hace grandes movimientos para abrazarla, pero ella se dobla por entre sus manos. Así, embebe la silueta de su derramamiento, en el licor de sus sentidos. Empapa los hombros de él con su cintura. Y continúa su caída, modelándose en las curvas donde sólo la retiene un hálito de vida. Un sesgo de silencio.

 

Blandamente se penetra de un barro aromático. La atraviesan vientos de venenos muy sutiles. Y aumenta su delicado bamboleo, en el horizonte de gritos y señales que Hilario duramente desarrolla, vertical en sus prodigios de torpe musculatura.

 

Hasta que el desmayo se diluye en una danza, que le de en los brazos, la forma de mujer, ahora sólo huellas en la carne.

Próximo Rosaura: Retazo 214

 

Próximo Hilario: Retazo 215

 

 

 

 

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211.                                                                                                  (FRANCISCO)

 

Francisco recoge el rostro de Hilario, desde los signos de sus inflexiones. Tiene

 

alguno de sus huesos en el arcón de los pífanos y trompetas, pero no pretende macular con una burda imitación la imagen inspirada. La madera, dúctil, es más sabia que las manos. Desea reunir al cuerpo en la sublime tensión expresiva. Donde confluya a la vez carácter y pensamiento. La nariz, profunda y vibrante. Los aires pesados y robustos. La boca desvelada. Los pómulos fijos. Los ojos encordados, como nervios. La frente despejada, como una gruta. Las manos nudosas, como plectros; una de ellas abierta frente a él, y la otra cerrada y separada del tronco, descargando su silencio. En un sólo bloque de madera, sólido, compacto, traza las arrugas sobre las vetas añosas. Como tendida sobre cardos la piel de su horizonte.

 

Las cejas encogidas, buscando. Despierto en otras tierras. Garganta frágil, desgarrada. Como el débil grito en el que intenta conocerse. A través de una violenta risa levantada de los pozos.

 

 

212.                                                                                      (SANTIAGO – HIRSCH)

 

El principal problema lo tiene Santiago al despertarse. A última hora de la noche,

 

para ganar tiempo, pasa el balde del baño a la cocina, o traslada el cepillo de dientes a la heladera. Ello demora las primeras acciones previsibles del día. Santiago coloca el hilo de coser de lado a lado en el pasillo, para estar alerta al cruce de Hirsch. Va tendiendo sus delgados hilos, asiéndolos de ciertas imperfecciones de la pared en sectores encubiertos. Con apenas las uñas de sus dedos, prueba la tensión de cada hilo. Los quebrados son caminos que se cierran, destinos a los que no puede apostarse. De tal modo que el pequeño cordel precede a una cartografía viviente. Los contornos al acecho.

Próximo Santiago: Retazo 218

Próximo Hirsch: Retazo 218

 

 

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213.                                                                                                              (FUENTES)

 

“Hablaban de una divinidad, Zarus, que había creado todo desde la cima de una montaña. Esta irregularidad que pretendía la preexistencia de la montaña antes que del todo, era salvada del siguiente modo: Zarus quería crearlo todo desde la cima de la

 

montaña, por lo que se había establecido en el sitio exacto donde iba a crearla.”

 

de las “Anotaciones de San Hilario”.

 

Próximo Fuentes: Retazo 220

 

 

 

214.                                                                                                              (ROSAURA)

 

Los pies en el agua,  apenas entrevistos.  Rosaura  los mira con ternura  y

 

detenimiento. Peces de agua tibia. De piel blanca y femenina. El agua apenas si dibuja pensamientos sinusoides en su entorno. Es una suave entonación en que murmuran blandos dedos como seres. Nadan, tranquilos y ciegos, detenidos en precioso devaneo. En lo profundo, atravesada cualquier posibilidad de sobrevida. Totalmente sumergidos, alcanzan al fin a ser su propia huella. Sienten la fría, calma saciedad del agua que la prueba. Un alga dulce y estirada se recuesta en el empeine y lentamente lame su talón y su tobillo.

 

Bebe el lago de sus pies la estela que dibujan sus temblores.

 

Sus pies se ensucian en la tierra envejecida.

 

Próximo Rosaura: Retazo 219

 

 

 

215.                                                                                                              (HILARIO)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Hilario ve a Rosaura, con los pies en el agua. Baila torpemente imitando al movimiento sugestivo de los peces. En este momento Hilario cree en las sirenas. Belleza monstruosa.

 

Ella no lo sabe cerca, pero el dedo gordo del pie izquierdo se asoma, solo, como un ojo, en dirección a él, que en ese mismo instante, mataría por besarla. Los labios en trompa como los de un lucio.

 

Próximo Hilario: Retazo 219

 

 

 

216.                                                                                                              (IGNACIO)

 

Las piedras abiertas, como esperas latentes. El agua secreta. La fuente contenida.

 

Ignacio toma un bloque de barro seco. El bloque lleva adentro el cadáver de una raíz. Ignacio lo lleva entre las manos, y se queda solo, apartado, recorrido nada más por el objeto. Hasta que al fin, se deja caer sobre la tierra, dejando ver su desnudez raquítica.

 

Ignacio teme. Mira el modo en que sus venas se enardecen en las manos. Cestos de estera. Que no pueden contener el agua. En momentos así, comienza a desarrollar su proceso narrativo.

 

“Haber llegado hasta aquí, continuado el derrotero de esta amargura. Ahogada, sumergida en un silencio. Pólipo inserto en un naufragio. Aguardar el verbo que suponga cualquier movimiento.

 

Desprenderse y asequir la marcha de lo hondo. Y de ese modo demorarse. Como en el estático cobijo de un arrullo. Al que acudir rasgando sendas algas retenidas en el fondo, con las que luego sostenerse. Respirar al mismo tiempo el brote y el rebrote de las aguas. Dirigirse luego a una caverna y compulsarla para hallar sus aberturas.

 

Hasta surgir de nuevo, pero desde uno mismo.”

 

Próximo Ignacio: Retazo 240

 

 

 

 

161

 

 

 

 

 

217.                                                                                                              (JUEGOS)

 

Confesionario: Consiste en llevar una carga de pecados inventados, al detalle del

 

ensañamiento. La prueba era lograr una penitencia de más de ciento cuarenta padrenuestros. Pero menos de doscientos. Servía por otra parte, para purgar los deseos pecaminosos de todo el barrio. Un pequeño grabador, hacía las delicias de las reuniones.

 

Próximo Juegos: Retazo 252

 

 

 

218.                                                                                      (SANTIAGO – HIRSCH)

 

Santiago va al baño. Una cucaracha hace ruido sobre los apuntes del cajón:

 

Aprovecha a tomar el papel higiénico. Luego, espera a Hirsch servirse el té, para abrir entonces el agua del bidet. Se quita o se pone la ropa en cuanto el dueño de casa frota la suya sobre la tabla de lavar. Espera rascarse en cuanto Hirsch repase la vajilla con la virulana.

 

Desde el retrato, la que fuera Señora de Hirsch, levemente le intimida.

 

Próximo Santiago: Retazo 225

 

Próximo Hirsch: Retazo 225

 

 

219.                                                                                      (HILARIO – ROSAURA)

 

Árboles podridos, ahuecados, como excelente modo de ocultarse. Un bosque de almas hundidas en las cortezas. Las manos abiertas desde el interior, adheridas a la médula. Y pronunciarse con el viento que, fresca brisa o rauda tromba, lo atraviese. Desde oscuras aberturas guturales, piel y huesos. Vibrante en las forzadas contracciones.

 

El viento que sacude las lenguas como velas. Raídas pero firmes, fieles al correoso maderamen de navíos encallados. El pellejo de las víctimas, despegado de la carne.

 

 

 

162

 

 

Donde haya una herida, pronunciarla; donde pene un desconsuelo, despertarlo. Donde vague una agonía, atizarla. Vaciar así el silencio sobre monstruos solitarios. Talar raíces. Para echarse sobre el agua.

 

Rosaura recorre con los dedos sus labios quietos. Palpa detenidamente los pequeños surcos, sin apuro, hasta que enseña la costura de una pequeña sonrisa.

Próximo Hilario: Retazo 222

Próximo Hilario: Retazo 224

 

 

220.                                                                                                              (FUENTES)

 

“A los dergívenes sólo puede reprocharse la suciedad y el descuido de sus dioses. En el costal de los sacrificios suelen hacer ver a Fragor, el dios de las Atmósferas;

 

a Signys, la diosa de las Aguas, y a un panteón completo integrado por otras diecinueve deidades, los esfuerzos que realizan para que modifiquen su conducta. Suplicándoles más pulcritud, más orden, más constancia.

 

Cada rezo es un reto. Cada invocación, un reproche.

 

Sus dioses, luego, sólo contestan desordenando las hojas depositadas en el altar, y llenando los aspersorios de tierra.”

 

de las “Anotaciones de San Hilario”.

 

Próximo Fuentes: Retazo 223

 

 

 

221.                                                                                                              (MANUEL)

 

Manuel se agacha bajo una montaña de basura. Un extraño mecanismo sobresale

 

de una de las bolsas. Como un temeroso engranaje, que volviera previsibles todos sus motivos. Proporcionales. Con alguna dificultad, logra extraerlo. Llaves inclusas, palancas, señas, botones diestros, poleas, rulemanes y circuitos. La fuerza retenida. Cada uno de sus movimientos apunta hacia afuera. Hay cintas rotas que descansan en el

 

 

163

 

 

exterior, libres pero inútiles; lazos que se tienden a otra parte; frenéticas reacciones en vacío.

 

Indudablemente es la Parte de Algo. Manuel, en sus manos, haciéndola girar y poniéndola en funcionamiento, posee, completa, la Parte de Algo. Es en vano la búsqueda de su complementario. Insiste en otras bolsas. Intenta juntar otros pedazos. No logra hallar aquello con lo que conforme una sustancia. Manuel halla que tal Parte de Algo, descubierta, es en verdad una imagen de la ausencia. La carga consigo, tratando de conservar los detalles de su complejidad. Aunque no cesará su ansia de completarla.

 

Próximo Manuel: Retazo 243

 

 

 

222.                                                                                                              (HILARIO)

 

Hilario muerde la tierra como si fuera a enterrarse. Lo penetra su aroma fértil,

 

oscuro, sensitivo. Aparta con sus garras enhebradas contorsiones de raíces y organismos. Busca ahogar el grito en el pozo. Garganta abierta. Inmerso en lo concreto, hallar el sitio en que la huella es una espera; la vasija madre del agua. Hecha del barro con el

 

que modelaron la risa.

 

Escarbar en la piel, como en el ruego de un afecto. Finalmente la tibieza, húmeda

 

en sus manos, lo alivia y lo sosiega.

 

Para hallar una sola piedra que le haga reír.

 

Una lombriz cruza el estrecho vacío, del tamaño de un palmo, como si nadie

 

hubiera tenido que verla. Ágil disimulo de animal desaprensivo.

 

Cava Hilario en la tierra, allí donde proyecta su propia sombra.

 

Próximo Hilario: Retazo 224

 

 

 

223.                                                                                                              (FUENTES)

 

 

 

 

164

 

 

“Lo cómico no es efecto, reacción o respuesta. Hay también lo cómico en la causa. Por lo que ciertas contorsiones de una rama nos provocan la sonrisa, o el sonido de las voces ahuecadas o disformes nos resultan hilarantes. Como ciertas hojas, piedras, hebras, nubes, nos despejan. Formas puras que en su mismidad guardan el gesto de lo cómico. Sin consulta a los pasajes de la asociación o el recuerdo.

 

Lo cómico no es sólo compuesto por construcción, sino también dado por evidencia. No es mero artificio que prepara su desborde. Hay también lo cómico en bruto, desnudo, vital, inmanente. ¿De qué se ríen, sino, los bebés?. De allí que ciertas plantas, urticantes, provoquen compulsivamente a la risa. De allí que la naturaleza, en su principio cómico, ha modelado los hocicos y los rabos, más aquellas líneas inasibles en que se disipa una letancia. O el vuelo de una mosca, dibujando un perfecto disparate. De allí las cosquillas, en nuestras partes veladas. O la deformidad de las sombras. Y el mismo gesto propio, inscripto en nuestros labios, del rictus. Acompañado con la libre contorsión, involuntaria, que lo incordia.

 

El mundo, como ente dinámico, no está conformado por elementos, sino por principios, que le dan su impulsión, su cuerpo y su carácter. Esa gota de lluvia sobre tu espalda tiene su raíz en el principio cómico. Como esa vaquita de San Antonio caminando en las narices del muerto.”

 

de “Aportaciones para una ciencia del Clown”, de Milos Zimnoteck

 

Próximo Fuentes: Retazo 228

 

 

 

224.                                                                                      (HILARIO – ROSAURA)

 

Una hoja larga, angosta, enrollada en el suelo, misteriosamente verde y arrancada. Su raíz en el aire. Una boca fina. Una distancia.

 

 

 

 

 

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Ignacio antes de tomarla, la acaricia. Allí descubre en realidad dos hojas. Una áspera y rústica, otra noble y susurrante. Entrelazadas. Una a la otra. Imposible destrabarlas sin llevarlas a la boca. Detiene la mirada en las rojas nervaduras. Puede asir el deseo penetrante. El zumo pegajoso. Tanto que le avergüenza sostenerlas.

 

Rosaura lo observa, en cuanto él esconde de toda mirada (incluso de la suya), a la esbelta delatora. Cuando nada hay más expuesto que el gesto al borde de disimularlo.

Próximo Hilario: Retazo 246

 

Próximo Rosaura: Retazo 257

 

 

225.                                                                                      (SANTIAGO – HIRSCH)

 

Santiago  busca comida en la heladera. Vigila mientras tanto  la luz de la

 

habitación. Logra sacar una lata de duraznos. La abre, sigiloso, dejando circular la tapa bajo el filo. Después, envuelve cada rodaja en un pedazo de papel y se las pone en los bolsillos. La lata, a la alacena. Otra vez se tirará. Sabe que el primer pedazo puede comerlo en el patio interno; mas, el segundo tendrá que masticarlo en el baño y deglutirlo en el comedor. El tercero esperará en la cocina. Y el cuarto se degustará entre el living y la pieza. Esta hipermovilidad para un simple juego de mandíbulas, lo vuelven patológicamente ansioso.

Próximo Santiago: Retazo 227

Próximo Hirsch: Retazo 227

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Tala Tala Chacumuchá Tala Tala Chacumuchaca. Tala Tarala Parím Tracujaijá:

 

 

 

 

Moribundo.

 

 

 

 

Descanso, más bien peso. Reposo en la lívida tierra.

 

Sin ruego ni secreta ceremonia dejo volcarse de mí cada tiento. Lentamente, deshabito lo futuro,

 

y la hierba que se enjuta, empalidece. Líquida, la piedra se desviste

 

de cada rasgo firme o sostenido y sólo desmaya.

 

Yo

 

ya no cuelgo de otro sitio que el que me empuja a lo más hondo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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226.                                                                                                              (CARLOS)

 

Vermul llena con agua sus bolsitas de nylon y las ata del caño superior. Se dice

 

que el agua suspendida ahuyenta las moscas. Allí también engancha los cortes amplios, y cuelga las ristras de los embutidos. Echa lavandina en el suelo y en la mesada. Pasa un trapo con desengrasante por la cara externa de su exhibidor.

 

Una sola vez halló unos bichos en la carne. Redondos y parduzcos, simpáticos y

movedizos.

 

Próximo Carlos: Retazo 246

 

227.

(HIRSCH – SANTIAGO)

 

El Sr. Hirsch intenta colocar un trozo de tomate sobre la ensalada. Una mosca lo

 

sobrevuela. Inconscientemente, intenta atraparla, y la sigue con su brazo levantado.

 

Entonces, una maniobra inesperada, un cambio brusco, desopilante, de la dirección, y el Sr. Hirsch se derrumba sobre el piso dando la cabeza contra el filo de la

 

pared, por cuyo golpe pierde instantáneamente el conocimiento.

 

Próximo Santiago: Retazo 231

 

Próximo Hirsch: Retazo 231

 

 

228.                                                                                                              (FUENTES)

 

“Los caveniches, pueblo del Sur de la Indonesia, tenían por inmortales las

 

cucharas. Cierta vez, un misionero acabó con ellas, arrimándolas al fuego. Alegaba que si fueran eternas, arderían perpetuamente.

 

Juntáronse los principales del poblado, y luego de ver la última ceniza seca y apagada, afirmaron, a través de su cacique:

 

“El fuego no es inmortal, sólo la cuchara”.

 

 

 

 

168

 

 

de las “Anotaciones de San Hilario”.

 

Próximo Fuentes: Retazo 245

 

 

 

229.                                                                                                              (JAIME)

 

Jaime abre el diario postergado, dolido de paciencia. El diario trae la inmundicia de lo burocrático. La importancia pretendida. Ecos de lo dicho que reducen la palabra a meras inflexiones. Ecos falsos de oro muerto. Tinta sucia en que se embeben viejos simulacros. El juego ficticio de las sombras, revolcándose en el lecho de las inocencias. El dinero de la realidad, o el peso con veinte centavos que valen las noticias desgarbadas, amorfas y continuas. El relato seco de una flácida crueldad. Que apenas puede esconder la vergüenza de sus sangrientas fotografías. Las hojas gastadas, como líneas viejas. Donde leer tu asesinato como una saciedad, como un hartazgo. Y doblar en dos la página completa, para envolver después la próspera basura. Costumbre universal de

 

arrugar la gravedad de las frivolidades.

 

Así, con el diario sobre la mesa, se ve a sí mismo recortado en un rincón absurdo. Un absoluto rincón, como el de los pugilistas. En que no haya con quién enfrentarse. Le causa gracia su nombre, confundido con las líneas de varia intrascendencia. Como el hombre de esa mañana, sacado de la vida de improviso, por un descuido del azar, un

 

olvido, un desencuentro.

 

“Única tristeza es la soledad.” -se dice, y arrojando los papeles, se abraza a su

sombra, riendo.

 

Próximo Jaime: Retazo 241

 

230.

(ALTEMAR – LIBOR)

 

 

 

 

 

 

 

169

 

 

Altemar abre entonces el cadáver de Libor, a pedido de un juzgado a realizar su autopsia. Esa tinta naranja guardaba ciertas sospechas.

 

Yañiz tiene una segunda búsqueda, una particular preocupación. Hace las correspondientes reacciones, se tiende flaco y estirado sobre los tejidos. Y tañe dos o tres tendones apretados, plectros afinados, simpáticas campanas oscilantes. Quiere establecer las cosquillas como resto fisiológico, esfuerzo involuntario, sacudida desatenta. Pero en vano es pulsar el cuerpo inmóvil. Aún sin que desaparezca la sonrisa, aumentada por el corte de los maxilares.

Próximo Altemar: Retazo 249

 

Próximo Libor: Retazo 241

 

 

231.                                                                                      (SANTIAGO – HIRSCH)

 

Santiago aprovecha la suerte trágica, toma la llave y se echa a la fuga. Sólo se

 

lleva la fotografía del cuarto, y un par de espejos de plata. Se escabulle de esa malograda eternidad, de ese sopor exacto, como si fuera el alma del caído, derrumbada.

 

Afuera, redivivo, respirando el tiempo, comienza su marcha. Al doblar la próxima esquina, se miran, él y el retrato de la Sra. de Hirsch, con una exacta y similar sonrisa.

Próximo Santiago: Retazo 234

 

Próximo Hirsch: Retazo 238

 

 

232.

 

(GONZALEZ)

 

Mientras nadie se equivoque, todo seguirá inerte. Mientras nadie comience a rodar hacia otro lado, abrir otras puertas, oír otras voces. Hasta que no se abracen las raíces, y se tensen las cuerdas de los nervios, el silencio caerá como un abismo. Sólido, aplastante. Hasta que no alcancen a escucharse las notas de las piedras, las frescas vibraciones de los árboles.

 

 

 

170

 

 

Gonzalez sale de una fiesta de disfraces. Cada uno encerrado en su propia ostentación. Las festivas alegrías son triviales, absurdas, mordaces y cínicas. Gracia violenta, sin juego ni risa. Gracia sin humildad, ocultando una vida insatisfecha. Se toma demasiado alcohol, para marearse. Quiérense perder entre las sombras como sombras. Brazos andariveles. Piernas dobladas. Un arquearse repulsivo que se ríe de la nada. Se miente. Se come. Se fuma. Dan y dan vueltas sobre sí, y una y otra vez las mismas sornas, que revisan cicatrices en antiguas salas. Como obligados, dispáranse en arranques de una cáustica molestia. Una risa sin tragedias. Más bien, un penoso esfuerzo por reconocerse.

 

Sale a la calle, con la bolsa ruidosa, exagerada, y sabe que el chico de esa esquina, reunido en miserable trozo de cartón, hurgará más tarde en ella. Y se le ocurre inútil la maraca. Ruidos de una vanidosa irrealidad, cuando bastan dos palitos para armar un sueño. Así, como esos trazos recortados en la pared vecina.

 

Próximo Gonzalez: Retazo 243

 

 

 

233.                                                                                                              (ISMAEL)

 

Ismael persiste. La calle le desborda. Alcanza una esquina en que descansa.

 

Sintaxis de contemplación en medio de la abundancia. Ciudad que no cesa. Siempre por delante.

 

Llega hasta la cuadra de la iglesia. Allí, en la puerta, se aglutina una compacta multitud de fieles entusiastas. No pueden evitar golpearse. Es un enfrentamiento involuntario y apasionado. Por huidas concurrentes. La iglesia de San Hilario, permanece impávida, virgen al tumulto congregado. Se empujan, ansiosos, los pacientes terminales. Todos quieren llevarse en sus b0otellones la santa incontinencia. Litros de orina prodigados en el silencio sanador.

 

 

171

 

 

Más allá, la ribera desbocada prodígase en riachos por la tierra. Inundada saciedad. Término solo ensimismado. Todo el río es una extremidad fluctuante. Se acumulan los serios desperdicios en el centro de la bocacalle. Para ser tragados por el simple desnivel. Sombras arrimadas. Lerdo arrasamiento. Sorda destrucción. Nítida gotera. Todo signo de despojo deja alivio a sus afluentes.

 

Próximo Ismael: Retazo 236

 

 

 

234.

(SANTIAGO)

 

Santiago va a la iglesia, donde ha guardado el botín de atracos anteriores. Allí

 

mismo, detrás de la estatua de San Hilario. Su intención es retirar sus cosas y marcharse, con la más lasciva discreción. Mas, se encuentra con un círculo de adoradores, con una serie de fieles con jarros, con largas procesiones de misioneros y multitud de peregrinos. Fotos y canciones a toda hora, por el milagro incomprensible del santo que pilla.

 

Y el botín de Santiago entre las donaciones.

 

Próximo Santiago: Retazo 258

 

 

 

235.                                                                                                              (DANIEL)

 

Daniel sueña en la noche flotar sobre la calle removida. Inquieto en su abdomen,

 

un movimiento infantil. Verbo de pelotero. Maraca de una sola bola. Al día siguiente le harán una intervención quirúrgica. Por eso, inconsistente, facilitadamente, sueña que se le descose de pronto su panza en la línea media, a partir del centro del ombligo. No le duele, pero le pica. Y hasta le produce una leve satisfacción innecesaria. Luego, con la misma indulgencia inconveniente, se deja caer, como un ovillo de lana, luego piedra, hacia el asfalto. Un automóvil se resiente de esa piedra, que ingenuamente desprendida,

 

 

 

 

 

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se incrusta con violencia en el ostensible parabrisas. Alguien es atropellado por la brusca maniobra. Tiene un tajo debajo del pecho. Daniel despierta.

 

Próximo Daniel: Retazo 238

 

 

 

236.                                                                                                              (ISMAEL)

 

Ismael prosigue una danza extraviada y divagante. Los ojos aún cerrados por el

 

albur. Cerca de él atropellan a Libor, pero no puede verlo. Podría tropezar cáscaras, chicles y minúsculos acantilados. Y aparecer sin más en cualquier parte. La gracia se presenta, para su alivio o ridículo. Nunca para su éxtasis.

 

Topa con un sillón en medio de la calle, sobre el que se desploma, abriendo de par en par sus ojos aterrorizados.

 

Próximo Ismael: Retazo 246

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

173

 

 

 

 

 

Llueve.

 

La boca abierta dibuja la gracia de burlar la muerte;

 

como quien no tiene duda de sus nervios abiertos esparcidos en la piel bajo el cielo que te sacia.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

174

 

 

 

 

 

237.                                                                                                              (ARLEQUÍN)

 

Toda risa es memoria de una caída elemental. De un profundo descender. De la pérdida de los dones o misterios. Ruedo en las sombras. Tránsito en que el ser despeña, y la flaqueza condesciende. Ramas de franco costillar. Abierta soledad que no se oculta. Timbre entero. Pero caída. Feroz destierro. Callada expulsión. Testigo del milagro que

 

ya no se prodiga. Sombra del milagro, allí donde socava la desesperación.

 

Pero también siembra de la gracia.

 

Próximo Arlequín: Retazo 256

 

 

 

238.                                                                                      (HIRSCH – DANIEL)

 

Oscila Hirsch, entre el cielo y la tierra. Alcanzan a llevarlo, hecho un paquete, a la clínica. Tiene la clavícula en el brazo, el fémur en el codo, los huesos desordenados. Arrupado, como en saco de arpillera. Hacen el diagnóstico rápidamente. Lo intervienen. A la madrugada está acostado al lado de la cama de Daniel. Cuando despierta, después de preguntar los datos espaciales, despachados en dos palabras por el médico de turno, no puede eludir una mirada nerviosa a su compañero de habitación. Le envidia la perfecta, armónica distribución de su esqueleto, convenientemente acomodados y fijos. Él, echado sobre la cama, se siente roto y desgarbado. Compungido en no caber dentro de sí. Esa momentánea distorsión, ahora reubicada por tres clavos, le impresiona. Como un hueco romo que hubiera provocado sin remedio una ruptura con el sucederse. Una parálisis en la continuidad del cosmos. Por donde puedan ingresar algunas inseguridades. Como ese ruido de semillas sueltas dentro del yeso, cuando mueve los brazos. Daniel, quieto, percibe esa pasiva desesperación en la mirada detenida sobre su frente.

Próximo Hirsch: Retazo 242

 

Próximo Daniel: Retazo 242

 

 

 

175

 

 

 

 

 

239.                                                                                      (MISÉRULA – GARRIÓN)

 

Misérula se acerca a la gruta del anacoreta. Éste duerme, profundo y sosegado. Ella huele la corona de hierbas que flota en su derredor. Intenta aprehender el secreto de su sostén. Garrión toma un recodo silencioso, dejando penetrar el suave beso de resina. Mas, algunas raíces le entorpecen la mirada, le ajan el gusto, le vuelven ásperos los

 

sonidos y las señas.

 

Próximo Misérula: Retazo 259

 

Próximo Garrión: Retazo 259

 

 

240.                                                                                                              (IGNACIO)

 

“Extraviarse...”, piensa Ignacio, “...pero por intimidad y conocimiento. Por aroma

 

y sentido. Perderse sin el artificio de las distancias. Vagar sin la naturaleza de los pasos, sin las necesarias cantidades. Perderse en un ombligo, por ejemplo. O en los muslos tantas veces recorridos por las manos. Irse, sin más, para no volver, entre sus piernas.”

 

Próximo Ignacio: Retazo 257

 

 

 

241.                                                                                                  (JAIME – LIBOR)

 

Descuidadamente, las volutas de café comienzan a tener una órbita precisa. Se

 

tiñen, desconcentran y recorren las orillas de la taza, de forma que en su vapor aromático se distingue una forma.

 

Poco a poco Jaime reconoce la tez de quien acaba de ser atropellado. Libor se le presenta con maravillosa naturalidad. Jaime revuelve un poco más su café, para obtener el punto justo de azúcar necesario. Aporta dos o tres galletas que coadyuvan a obtener un cuerpo a la imagen indolente. Se queda mirando. Hasta que el rostro de Libor,

 

 

 

 

 

176

 

 

incomodado por la inestabilidad del vaho, serio, muy serio, gravemente serio, le pregunta:

 

“Tú que has visto mi último segundo sobre la tierra. Tú que has sido mi íntimo testigo. Dime si la última piedra que pulsé fue alegre”.

Próximo Jaime: Retazo 244

Próximo Libor: Retazo 249

 

 

242.                                                                                      (HIRSCH – DANIEL)

 

Hirsch se da vuelta, fijando su rostro en la frente de Daniel. Respira con

 

dificultad, como si tendiera una soga para sostenerse. Los brazos quietos, y sin embargo, esforzados en el trabajo de ese asirse permanente.

 

Daniel no puede hablarle. Quién sabe si él podría oírle, piensa, enredado en sus catarros y sombrías carrasperas. Que desordenan al mismo tiempo las ideas, encadenadas en la cabeza de Daniel, defendido apenas por algunos manotazos, débiles siempre, que

 

apartan insectos desaparecidos.

 

Próximo Hirsch: Retazo 249

 

Próximo Daniel: Retazo 246

 

 

243.                                                                                      (MANUEL - GONZALEZ)

 

Manuel  extrae  el  contenido  de  una  bolsa,  extrañamente  azul,  gruesa  y

 

complicada. Restos acabados de un cotillón entretenido. Fiesta desechada. Ecos de pífanos, matracas y jolgorio. Reprimidos en los nudos agobiantes. Nylon sofocante. Contención eruptiva. Champagne envuelto. Jirones de la efervescencia. Confeti, guirnaldas, flecos, serpentinas. El eco derrastrado de gritos y de lances. Entretenimiento descorrido, silenciado. Pulsión de bullicio en retirada. Soledad abierta. En medio de la dicha, un papel grava las palabras: “Hasta Cuándo”. Una araña escapa con un manto de pequeñas lentejuelas en el lomo.

 

 

 

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Próximo Manuel: Retazo 246

 

Próximo Gonzalez: Retazo 258

 

 

244.                                                                                                              (JAIME)

 

Una obturación en tres edificios del centro. Las aguas servidas supurando por

 

piletas, piletones, baños, lavaderos y cocinas. Se intenta un plan estratégico de detección del inconveniente. Ir cerrando una a una, de a pares, las válvulas de cada dirección hasta hallar el nudo deducible. Así, los órdenes inevitables del azar, del comenzar y terminar, del extenderse, aplicados a la necesaria búsqueda del impedimento; dejan sin el uso cuidadoso de sus esfínteles a los propietarios del quinto y del cuarto, del sector D o del sector H, paulatina y sistemáticamente. Del mismo modo en que un facultativo intenta hallar la arteria bloqueada, o mejor, detectar la posición de un bolo fecal. El equipo de ingenieros, concienzudo y aplicado, se afecta a la tarea como a una expedición. El cuaderno de bitácora se llena de cuevas húmedas, de secretos pasadizos, de túneles abandonados. Podrían llevarse un biólogo, que detectara las formas de vida que se hallaren en esa travesía, y un historiador, que detallara los encuentros con paisajes y criaturas diferentes.

 

Próximo Jaime: Retazo 246

 

 

 

245.                                                                                                              (FUENTES)

 

“Tenían los aporeros una creencia vital en el equilibrio. Mas, en un cierto equilibrio de las sensaciones.

 

Suponían que el Universo sólo podía sostenerse en la diversidad. Esto es, que a

 

cada momento, en cada instante, por cualquiera y toda parte debían estar presentes todos los modos posibles del sentir. El dolor, la alegría, la duda, la pena, la lástima, la agonía, el pecado, la condena, el arrullo, la melancolía, el terror, la comedia, el llanto, el horror,

 

 

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el desgarro, la dicha. Todos resultaban necesarios para el mantenimiento de cada parcela, cada rincón, cada semilla, conocida y desconocida. Así, en oportunidad de ocurrir una tremenda catástrofe, en que un movimiento de agua y tierra arrastró consigo las casas y las gentes, para que todo no perezca hubo quienes sintieron el deber de la risa, del amor, del ridículo, y de la gloria. Hubo quienes cumplieron con el chiste y quienes se clavaron a la risa”

 

de las “Anotaciones de San Hilario”.

 

Próximo Fuentes: Retazo 247

 

 

 

  1. (LOS FESTEJANTES – MANUEL – JAIME – ISMAEL – RUMAGGI – CARLOS – ESTEVEZ – DANIEL - HILARIO)

 

Rebalsa el río, a cuya orilla, los fieles descansan. Es una tremenda intromisión, voraz, afanosa.

 

Los sueños alterados, los escarceos rencorosos de un fuego desprendido. Las voces apagadas, el prurito de la tierra oxigenada. Los pormenores de un acudir desmesurado.

 

Manuel retira cerca de los escalones las bolsas de basura, por mero reflejo protector, intentando salvar de la lluvia apenas lo no recuperable.

 

Jaime emplasta dos o tres trapos de piso en las junturas de la puerta, por el desborde de la heladera descongelada.

 

Ismael persigue la progresiva sustanciación de las canaletas. Restos acumulados y dispersos.

 

Rumaggi, despierto inútil, vigía en la violenta exaltación, padece de un dolor insistente de cabeza. Con una molestia que no le permite padecer la catástrofe, meramente canturrea.

 

 

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Vermul repasa en su cabeza las achuras flotantes: Mondongo, seso, bofe, hígado, tripa gorda.

 

Estevez tapa la grieta abierta con su brazo, donde el chorro delicado, persiste. Daniel retira el yeso de una gota de agua que precipita desde el techo. Levántanse los primeros condenados, como pueden, arrastrándose penosos por la

 

tierra. No tardarán en ser recuperados por el agua. Alguien, más adelante, los incorpora. Unos, apuestan a enterrarse sin poder cavar un pozo. Otros, atrapan las teas encendidas, acopiándolas entre los brazos y el pecho. Dimensiones de la libertad, que

 

sólo se limita a escoger el modo de morirse.

 

Pasan por encima de los cuerpos. Humedades insolentes. Pesos abandonados a la marcha. Laxo nerviosismo. Cierta ceguera en la expulsión anárquica. Bruta diversión desesperante. Aferrándose al vacío con sólida agonía.

 

Hilario los ve correr y dispersarse, como burdos desprendimientos de sí mismo. Liberado también de esas escamas condolientes, perezosas. Gruta abierta. Verbo solo.

Próximo Los Festejantes: Retazo 253

Próximo Manuel: Retazo 250

Próximo Jaime: Retazo 262

Próximo Ismael: Retazo 258

Próximo Rumaggi: Retazo 258

Próximo Estevez: Retazo 256

Próximo Daniel: Retazo 262

 

Próximo Hilario: Retazo 253

 

 

247.                                                                                                              (FUENTES)

 

“Son, luego, personajes que no tienen otra  epopeya que la de su propio

 

sinsentido. Aquellos que aparecen al sólo efecto de la risa. ¿De dónde vienen?. ¿Qué continuidades generarán?. Asidos en la profunda, última necesidad de ser, empujados por la historia misma. Pueden accederte en los caminos, con el sólo objeto de decir una pavada. Importunarte con un rostro quijotesco, una sombra chinesca, o una risa infantil. Imbuidos, hieráticos, de una fe rotunda. Los pies en el aire.”

 

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de “Aportaciones para una ciencia del clown” de Milos Zimnoteck.

 

Próximo Fuentes: Retazo 265

 

 

 

248.                                                                                                              (SARLACK)

 

Extasiado el peregrino de su contemplación, fiel a su ayuno persistente, no toca una sola de las plantas comestibles que crecen a su alrededor. Las deja florecer y romperse en otros aromas, más carnales y sensibles. Puede ver cómo una mano femenina

 

levanta la fruta frente a sí y la destroza, apretándola sobre la palma dulce.

 

Último Sarlack

 

 

 

249.                                                                          (HIRSCH – ALTEMAR – LIBOR)

 

El Señor Hirsch, según le informan a Altemar, acaba de abrir los ojos. Ello es,

 

está salvado. Aparecen entonces médico y enfermero en su habitación. Los rostros conformes y contentos. Orgullosos y profesionales. Yañiz oculta en su guardapolvo el regalo que encontraran en su casa, envuelto, los camilleros que lo trasladaron hasta el sanatorio.

 

“Lo felicito. Ha sobrevivido a un grave golpe. Quería darle esta sorpresa” – Diciendo esto, le extiende la pesada caja en su envoltorio, con el moño en escena. Hirsch se alegra, pero le hace ver que no puede abrirla. Tiene el hombro enyesado, y los huesos de las manos aún le duelen. Con un gesto le pide que rompa el papel, y revele el contenido de la caja.

 

Descubierto el regalo, resulta una piedra. Un simple adoquín, limpio y rozagante. La tarjeta: “Por un extremo de tu risa”. La firma: Libor”.

Próximo Hirsch: Retazo 251

Próximo Altemar: Retazo 258

Próximo Libor: Retazo 258

 

 

 

 

 

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250.                                                                                                              (MANUEL)

 

El trabajo especulativo del comercio consiste principalmente en la mala fe. Se

 

trata de vender por un valor mayor aquello que cuesta menos. Nunca mejor practicado que por los buscadores de alhajas, entre los muros del cementerio, o a la boca de la cloaca. Éstos últimos, guían afanosa y curiosamente a Manuel hasta ella. Les llama la atención que él busque precisamente lo que les fastidia. Atraviesan la soledad de las cosas. El último descrédito. Llegan a una orilla barrosa y maloliente, donde los musgos se retuercen, agredidos por el vaho. Donde arbustos grises y blandos penden de una lata de aceitunas. Donde hongos amarillos y pulposos se aferran a pedazos de carne putrefacta. Así también, muebles derruidos, colchones destrozados, objetos de interior al descubierto. Hasta algunos trozos de imágenes de santos, diseminados, como hermanos contrahechos de sus originales. Donde alcanza la vista, papeles manchados de diversos colores, sucios, estropeados, arrojados y deshechos.

 

Manuel revuelve entusiasmado la mugre acumulada, dejando al descubierto una

 

botella, con un mensaje dentro.

 

Le increpan a apurarse, ya que los niveles de agua están muy altos.

 

Próximo Manuel: Retazo 258

 

 

 

251.                                                                                                              (HIRSCH)

 

En una brusca contracción de los músculos del rostro, Norberto Hirsch se ríe.

 

Las gotas del techo persisten, como restos de un río desbordado, con una violencia tan modesta que lastima al sentido del horror.

 

Son las cuatro de la madrugada. Y los vagidos del hombre de la habitación de al lado son tremendamente tranquilos y agonizantes. Tan regulares, suaves, distinguidos, que no molestan, sino agradan. Norberto sufre una conmoción sufre en el centro de la

 

 

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cara. Se repliega su nariz, los labios se le fruncen. Sus orejas se paran, como atentas, y las cejas se le tuercen. Ambos malares se extienden más allá de la base de los párpados, y se achatan sus maxilares de una forma esforzada y cuidadosa. Al fin, las manos comienzan a temblar y alárganse los dedos, mucho más enflaquecidos. Las uñas se pronuncian. La pupila se agranda. El abdomen se le hincha de manera que levanta las cobijas de su cama. Las rodillas se anudan, los pies se comban hacia arriba. Norberto, en sus accesos de risa, se convierte en Roberto, mientras dura la emoción. El yeso no logra retenerlo en uno mismo. Zafa su brazo del fijo cabestrillo del que cuelga, hasta que más tarde, inevitablemente se incorpora, nuevamente Sr. Hirsch, a cumplir sus esmerados ejercicios de convalecencia.

 

Próximo Hirsch: Retazo 258

 

 

 

252.                                                                                      (JUEGOS – FRANCISCO)

 

Para calmar la ansiedad espiritual que inevitablemente va cubriendo de terror a

 

los niños, por propuesta unánime acuerdan presentar el chancho como ofrenda para el Santo.

 

La llegada de ese animal a la iglesia, atravesando la fila de implorantes, hace que un par de seminaristas que se hallaban colaborando, corran hacia él, para ver cuántas más festivas calamidades podían sucederse todavía.

 

Los chicos explican las intenciones de la presentación y el ingreso de la bestia. Que pasará ese día atada, pero conforme, a la diestra de la imagen de San Hilario.

Próximo Juegos: Retazo 264

Próximo Francisco: 256

 

 

253.                                                                           (LOS FESTEJANTES – HILARIO)

 

 

 

 

 

 

 

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Atraviesan penitentes los pormenores de la batalla. Asisten a la destrucción organizada. El pleito ciencia. La objeción encarnizada. Avanzan en el frente, recorriendo los extremos fluctuantes entre las tropas. Fronteras móviles. Límites inhábiles. Hilario alcanza un brazo desmembrado en la trinchera. Pregunta por su dueño. Intenta poner orden; alerta sobre sables, vainas, corazas, escudos, instrumentos desensamblados. Coloca los pies en las botas, las manos en los guantes, los ojos en las órbitas. Cuerpo a cuerpo, la lucha es carnal y descargada. Nudos de una apasionada brutalidad. Ignacio se protege de un modo explicativo: Lleva los brazos en alto. Cuentan los muertos, pero confunden uniformes. Algunos entierran migas en las trincheras, que a modo de canales distribuyen las aguas de la creciente. Sobre ellos flotan armas, mondongos y cascos.

Próximo Los Festejantes: Retazo 257

 

Próximo Hilario: Retazo 255

 

 

254.                                                                                                              (CARLOS)

 

La carne podrida es pegajosa y maloliente. Chiste burdo, magro, don grosero.

 

Escribe Vermul con el cuchillo dispuesto, las incisiones orgullosas de los cortes caros. Acaso en esa muerte ya tengan lugar los trazos de la tierra que será, por sus nervios, las raíces; por sus venas, agua rota.

 

“El humor, como toda la poesía, es crudo, no dulce. A veces toca fibras que sólo tienen que ver con lo tétrico. Da miedo lo que no queremos ser, y acaso somos. Da risa lo que somos y no queremos ser”. Se le queda entre los dedos el músculo ablandado. Como una resina lánguida y modesta, deshaciéndose del árbol vivo.

 

“Uno ríe porque va a morir. De otra forma no ahogaría su egoísmo en la salmuera”.

 

Mira el piletón, la grasa inútil, aplastada, revuelta. Piensa hacer un cirio con ella. Vela de animal, para vender a las iglesias.

 

 

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Próximo Carlos: Retazo 258

 

 

 

255.                                                                                                              (HILARIO)

 

Allí donde no alcanzan las raíces. Donde la tierra abisma y el mar se trunca.

 

Cómo sostener el tibio tallo de una sobrevida. Allí donde el vacío extravíe el grito en una ceremonia. La obtención de lo reverso, la vuelta desesperada. La triste reacción estrechándose en lo seco. Qué trama volver a intentar en la prolongación de la fisura. Sólo te apuntala el rigor de un golpe de gracia.

 

Vístete de colombina. Enharina la faz de tu escualidez. Arremete con el ruido gutural desde el estómago a la lengua. La rotunda resonancia del famélico. Ímpetu de bruta carcajada. Cae desde el fondo de la risa. Eco de una duda preocupada y divertida.

 

Cárcavo en que juega la rótula del coxis.

 

Próximo Hilario: Retazo 257

 

 

 

256.

(ARLEQUÍN – FRANCISCO - ESTEVEZ)

 

El hueco de la boca como sesgo abierto, se conforma con cincel profundo y

 

descuidado. Que un eco resuene de sus golpes en madera. Y multiplique su mueca por los restos titubeantes. Moverse sobre el agua o aferrarse al vacío de la ultimidad. Estar bajo la lluvia y ser la lluvia. El transcurrir de un río solo desde las apartadas orillas en que cada quien renazca. Injustificadamente. Mueca, no rostro. El rudo martilleo impone una hendidura en que la sed se vea pronunciada, material, definitiva. Como un golpe seco en el que asesta su nido el pájaro de arena.

Próximo Arlequín: Retazo 286

Próximo Francisco: Retazo 260

 

Próximo Estevez: Retazo 268

 

 

 

 

 

 

 

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Esfuerza Misérula un canto en espiral, una verde pulsión, un ciervo negro.

 

Garrión sólo puede defenderse oponiendo las garras de otro círculo, el frenesí de un pañuelo,

 

los brazos en alto, el pecho despierto.

 

 

 

 

Y una primavera de vientos desata su juego desesperado.

 

Arrastran tras de sí las voces lentas, los muros arañados,

 

la sal pesada y la mala siembra. los surcos afiebrados.

 

Arrancan de su sitio las lloviznas, los caminos, las cavernas.

 

Levantan los secretos y las ruinas, y las pesadas sepulturas

 

y las naves naufragadas. Dejan sólidos racimos de ternura aferrados al desvío de su vuelo.

 

 

Y sólo son dos movimientos

 

dos otros amputados, dos gritos bellos.

 

 

 

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Dos feroces agonías de un durazno.

 

Dos trozos desprendidos de un estrépito de cuerpos. Dos fragmentos demorados,

Uno del otro

 

y ambos del misterio. Persiguiéndose las manos y mordiéndose los besos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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257. (LOS FESTEJANTES – IGNACIO - HILARIO - ROSAURA) El agua ya penetra sobre el campo. Todos, con los labios apretados, ven

 

desvanecerse la campaña. Un viento terrible sacude los débiles hilos conque levantan las precarias tiendas. Golpea el viento en las narices. Cuesta respirar, por la invasión rotunda del aire enfurecido. Que paradójicamente alimenta el fuego inconsistente de una lumbre. Hay énfasis en el desorden, una dispersión unánime. Ceguera inconsistente, inaplicada. Los hay quienes defienden las peladas estacas de las carpas con sus cuerpos. Último resto de un sostén que ya no tiene sostenido. La boca vaciada en un aliento seco.

 

Muévense los cínicos en círculos contrarios. Soplan con fuerza a favor del sitio donde los impelen. Los ingenuos se arrojan al suelo, asiéndose de las raíces. El grupo de burlones, incomodados, atienden a unos y a otros, trabajosamente. Emulan los esfuerzos del terror, recogen los extremos de inconsciencia. Ignacio corre hacia el río, buscando sus tranquilas profundidades. El único miedo de Hilario es no ver a Rosaura. En medio de la confusión, se siente solo.

Próximo Los Festejantes: Retazo 272

Próximo Ignacio: Retazo 258

Próximo Hilario: Retazo 261

Próximo Rosaura: Retazo 275

 

 

  1. (SANTIAGO – GONZALEZ – CARLOS – MANUEL – ISMAEL – IGNACIO

 

– LIBOR – MANUEL – HIRSCH – ALTEMAR – RUMAGGI)

 

Santiago repasa el herbario de la calle adosado a las piedras, murmurando sus nombres. Signos de pureza vigilante. Como un robo inconducente. Portar objetos porque sí, como se lleva el pie.

 

 

 

 

 

 

 

 

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Gonzalez traza un azaroso desandar que reproducen pasos moribundos. Como si otro acabara en él mismo. Llevar encima el súbito inconsciente conque se desploma un gesto. Cierra la boca, protegiendo el sueño de un decir caído.

 

Carlos Vermul detiene con los dedos al chorro de sangre que cae sobre el mostrador. Se toca instintivamente el lóbulo de la oreja. Como aspersión propiciatoria. Rito atávico en mercado abierto. Expiación desacralizada. Tienda profanada. Liturgia espúrea y comerciante. Sin pronunciamiento, saciedad ni gloria. Distráese observando el marco de la puerta. Una gota de sudor resbala sobre el ojo izquierdo, nublándole la vista.

 

Manuel, recostado en un banco de la plaza, es testigo mudo del tiempo, el mantillo del suelo.

 

Ismael-antes-llegar-al-árbol, Ismael-oculto-por-el-árbol, Ismael-después-de-pasar-el-árbol.

 

Ignacio se alimenta de resina, que deja caer las ramas viejas. Néctar árido, rugoso, incipiente. Como brote de pulpa. Madera porosa. Sobre el verbo cotidiano hay apariciones fragmentarias. Un brazo descolgado, solo, en el liso de la pared. La rodilla calzada en las molduras de la pieza. Un omóplato en el cielo. Dedos sueltos por los pasamanos de las escaleras, los palos de la escoba, los márgenes del diario. La nariz de Libor en medio del embaldosado. Las orejas de Manuel atentas sobre el escritorio. La clavícula de Hirsch sobresaliendo del yeso atravesado.

 

Altemar separa con sus pinzas un grupo de arterias del hueso blanco. Resienten los guantes de dicha batalla.

 

Cruje la tierra que destroza, con el filo de una piedra, Rumaggi. Cualquier incisión es un camino. Y toda punción una fuente.

 

Jaime contesta: “Sólo te vi dar vuelta la mirada, como buscando tu espalda”.

 

 

 

 

 

 

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Consagrada el agua conmovida, dilúyese en arroyos más tortuosos, tomando algunos de los caminos y casi todos los descansos. Desmenuza el barro su faz de oro, y quedan las manos generosas, arriesgadas heroínas en el pan descuartizado. Quiebran campanadas de dolor. Al tiempo que el candil decrece. Toda abertura es una fuerza. “El cebero en el lugar del Sagrado Receptor”. Y cada ruptura despierta una debilidad. Sobre la fría corriente del río sacúdese la risa, desarmada.

 

Ahondar en las entrañas del vacío, buscando sostenerse en el tinglado de los nervios.

Próximo Santiago: Retazo 267

Próximo Gonzalez: Retazo 269

Próximo Carlos: Retazo 272

Próximo Manuel: Retazo 262

Próximo Hirsch: Retazo 270

Próximo Ismael: Retazo 281

Próximo Ignacio: Retazo 261

Próximo Libor: Retazo 281

Próximo Altemar: Retazo 272

Próximo Rumaggi: Retazo 294

 

 

259.                                                                                      (MISÉRULA – GARRIÓN)

 

Misérula despierta nervios en las piedras. Poco a poco sobresalen de ellas, como

 

larvas y más tarde se incorporan como garras. Con el vuelo de su hirsuta cabellera golpea la mirada. Brota la ceniza de su exangüe movimiento. Las uñas de las manos se curvan por los dedos y atacan al dorso, repentinamente. Y los pies se extienden por los huecos enclavados, endureciéndose de numerosas quebraduras. Su nariz es un bisel que abrupta. Garrión mueve las aguas hacia ella, intentando abrir un surco, una fisura. Sólo consigue elevarla, como un risco. Él entonces, asume el impulso de las olas mayestáticamente.

Próximo Misérula: Retazo 274

 

Próximo Garrión: Retazo 274

 

 

260.                                                                                                  (FRANCISCO)

 

 

 

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Quita el artesano las varias impurezas. La obra a la intemperie, la madera humedecida. El paso de las lentas alimañas. La escarcha elemental de cada noche. Los breves contactos de lo vivo con lo figurado. Esquirlas de una quieta soledad. Para habitarlo de una magra estolidez, vestirlo de una sucia inocencia. Quita también los nudos de la madera, las desproporciones, los salientes y sobrantes. Donde acaba la forma y donde empieza el esqueleto.

 

Antes de que el agua se las lleve.

 

Próximo Francisco: 262

 

 

 

261.                                                                                      (IGNACIO – HILARIO)

 

Ignacio se detiene ante la vista de un ave, posada sobre el más ínfimo tallo que

 

flota sobre el agua, y consternado, aturdido, ubica a su maestro con el gesto, ya descontrolado, que dice:

 

“¿Puede explotar la ternura, Hilario?”.

 

“¿Puede la alegría caer y distribuirse, como una lluvia en pedazos?”. “¿Puede rebelarse finalmente, la paciencia?”.

 

“¿Puede el dolor volver a ser sangre; la palabra, carne y la risa, esperanza?”

 

Próximo Ignacio: Retazo 267

 

Próximo Hilario: Retazo 263

 

 

262.                                                   (FRANCISCO - MANUEL – DANIEL – JAIME)

 

Desfilan ante la imagen detenida. Cada uno con un cirio. Avanzan paso sobre

 

paso, arrastrando sus condenas y padecimientos. Pisan el suelo, anegado del orín venerable. Manuel marcha a curar un rencor, no una culpa. Como animal de historia, oculta serios resentimientos. Grandes y epopéyicas frustraciones. Culpables inocencias.

 

 

 

 

 

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Magras victorias. Tanta soledad acumulada. Urbanidad desierta. Años de aguardar voces ausentes. Las distancias de lo preciso.

 

Gentiles genuflexos se acercan a la madera inconmovible. Otros, simplemente curiosos, señalan el fenómeno, empujados por los promitentes, de rodillas.

 

Alguien pide por Daniel, retenido por una dolencia.

 

Jaime pide perdón por su ostracismo. Por su falta de osadía, de pecado realizado. Toda ofrenda de culpa reprimida, altera la dañada superficie de la imagen de San Hilario, incidiéndole con golpes, penetrando en su silencio. Los dedos reposados, suplicantes, arrastran detrás suyo la frágil coloración vegetal del artesano. Víctima de la

 

adoración, blanco de la súplica, su mueca permanece sostenida, o soportada.

 

Próximo Francisco: 268

Próximo Manuel: Retazo 267

Próximo Daniel: Retazo 281

Próximo Jaime: Retazo 270

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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La fruta tiene piel el río tiene piel, la nieve tiene piel, todo es desgajado.

 

 

La sombra tiene piel, el vino tiene piel, la flama tiene piel, todo es deshollado.

 

 

Nada hay más casto que el hollejo, más tibio que la lezna,

 

más crudo que el pellejo más abierto

 

que la piel.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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263.                                                                                                              (HILARIO)

 

Hilario se separa del resto, buscando a Rosaura. En verdad, recortando de sí todo

 

lo que no la recuerde. Cae al piso, asido de una raíz que lo recuesta. Siente su cuerpo con sumo esfuerzo. No logra silenciar su brazo, que se vuelve ajeno, inoperante. Las piernas acostadas, como lastres. Abstraído, concentrado. Vuelto sobre sí, hacia sí, como una hoja. Viruta arrebolada. Hoja de papel que se enrolla por el fuego. Accede a celebrar sucesivos hundimientos. Caídas sucesivas, dentro, cada vez más dentro. En un vacío que se repite igual a sí mismo. Y sobre el que ha sido sustentado.

 

Pulso seco, sal abierta.

 

Sobre una risa descubierta, tendones desnudos entregados a la niebla, se consume

 

la nada, sin gracia alguna. Sin el plectro del sentido. Puente roto.

 

Próximo Hilario: Retazo 266

 

 

 

264.                                                                                                              (JUEGOS)

 

Ritual:  Nos  reunimos  en  la  esquina  todavía  sin  asfaltar  de  Bermudez  y

 

Escomiaste. Centro íntimo de la intemperie. En medio de ninguna dirección, de ningún sitio. Confluimos en una ronda, precisa, cerrada. A la señal acostumbrada, nos abrimos la bragueta y en saludo ritual orinamos en conjunto. Los adoquines brillan bajo el reflejo de la Luna, y nosotros, siete chicos, barrio nuestro, alivio festejado, dueños de las cuatro manzanas. Confundidos los fluidos en consideraciones y arrebatos, dividiéndose y subdividiéndose en pequeñas corrientes, reverberantes. Filamentos de tibia variedad, abriéndose y desvariando.

Próximo Juegos: Retazo 273

 

 

 

265.                                                                                                              (FUENTES)

 

 

 

 

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“Una junta de teólogos, provenientes de Roma, iniciaron una serie de encuentros para desentrañar el mensaje, caracterología y soteriología del milagro. No acertaban a saber si aquello que ocurría era un buen o mal augurio. Si era enviada por la gracia o por el pecado. Si provenía del Altísimo o del Más Bajo. Mas, como la instalación eléctrica y el broncerío de la iglesia peligraban, decidieron trasladar la imagen a otro sitio. O cuanto menos, hacer que pase el menor tiempo posible en la iglesia.”

 

de “El Rosario de la Hagiografía”, de Fray Jacinto P. Cutrelli.

 

Próximo Fuentes: Retazo 271

 

 

 

266.                                                                                                              (HILARIO)

 

Cualquier ubicación puede ser un sitio del miedo. Allí donde se haya visto sufrir o

 

sufrido. Donde un golpe de tensión se hubiera descargado sin causa visible. Gratuitas desgracias. Tragedias demoradas, broncas autosustentables. Zonas de demora, áreas de sacudimiento. Donde se estaquean lazos yertos, impasibles. Pedidos de socorro abandonados. Muñones. Rastros de desierto. Espaldas encorvadas. Nidos descubiertos. Sitios en que una gota de lluvia pueda provocar laceraciones. Donde el orbe de la desesperación retenga las atmósferas. Por donde has de pasar con especial cuidado. Destinos anquilosados, llenos de herrumbre, en que la súplica se abrupta, cerrada sobre el grito. Muros fríos en que engarzan siembras de remordimiento.

 

Allí, precisamente, clavar un signo. Retorcer el magma de su ofuscación. Romper el vidrio para asir la umbría vastedad que nos devuelva. Lanzar una alegría más atroz que el grito. Y permitir, en el entierro descargado, el trabajo aeróbico, intenso, de cavar la tierra, escombros, costras, óxido, mallas, trazos, grutas, filamentos. Hasta palpar el hueso propio, hundir hacia fuera tus manos en la médula.

 

Próximo Hilario: Retazo 267

 

 

 

 

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267. (IGNACIO – MANUEL – SANTIAGO - PIETRO – HILARIO) No menciona Ignacio los estados de su vergüenza. Largo relato de sus varios

 

hundimientos. Las etapas del vacío en que Manuel revisa sus lecciones.

 

Santiago, en su inocente confusión, pasa a integrar la formación de penitentes a la

 

capilla.

 

Manuel se desnuda, mirándose al espejo. Siempre le había impresionado su cuerpo. Como un secreto y fatal enemigo. Débil y colérico. Sectario. Imagen desarmada de una unidad que conmisera.

 

Santiago entrega en donación, al ejército, el inútil porta-retrato de la Sra. Hirsch. Ignacio, encogido, se toma las manos en señal de auxilio y protección. Recuerda

 

haber vibrado junto al río.

 

Manuel, piel y huesos, se retuerce, desgarrado. Ignacio frótase la boca con un manojo de raíces. Se arrastra, se desdobla. Hace malabares y siluetas. Tensan los músculos del rostro. Apodéranse de él una serie de temblores, palpitaciones y estremecimientos.

 

Pietro se proclama degollado, mientras trata de ingerir las raíces descubiertas. Manuel hace bailar a sus brazos, como colgajos de su tronco.

 

Ignacio rueda sobre sí, con el meñique dentro del ombligo. Santiago dice ser un muerto redivivo.

 

Es inútil. No consiguen reír ni provocar la gracia. “La risa no es tuya - le dice Hilario- La risa te la dan”.

 

Próximo Ignacio: Retazo 293 Próximo Manuel: Retazo 273 Útiimo Santiago

 

Próximo Pietro: Retazo 294 Próximo Hilario: Retazo 278

 

 

 

 

196

 

 

268.

(FRANCISCO – ESTEVEZ)

 

En uno de los modelos se produce una cuenca. El estómago caído, redondeado,

 

permite depositarse como en una vasija, las gotas de la lluvia. Estevez deja abierto en la gruta un receptáculo de agua. El artesano rechaza la imagen por utilitaria, así como había destruido una anterior de cabeza chata, fácil cariátide de cualquier absurdo frontispicio. De su nueva obra, quita ahora toda rama, toda florescencia, cuernos o salientes. Evita la obvia proximidad del perchero. La compone de tamaño natural, para desviar cualquier depósito en un jardín. Con cuidado, lija cualquier superficie en donde pueda colocarse un sahumerio. Finalmente, lo viste como a un maniquí, pero adhiere sus ropas a los intersticios de la madera.

 

Estevez, golpeando una vez más en la gruta, ve formarse en derredor de ese pequeño cerrado aljibe, una cobriza humedad que tiñe la piedra de un color anaranjado.

 

La imagen descartada se pudre, se ahueca en el abdomen. Oscuros procesos de secretas incidencias. Como los del viento erosionante, o los del pacífico ratón que horada.

 

“¿Tendrá oro ese agua?” - Pregúntase Estevez, ya que teme envenenarse. En el agujero pronunciado del ombligo, coloca el artesano un pez vistoso.

Próximo Francisco: 270

 

Próximo Estevez: Retazo 272

 

 

269.

 

(GONZALEZ)

 

Grandes carpetas y trajes negros. Palmadas en los hombros y señas de falsa complicidad. Las autoridades en pleno se han convocado. Ello ocasionó un frenético movimiento que mantiene a cada uno de los empleados en incómoda suspensión. Voces pequeñas y trancos cortitos. Los codos y rodillas flexionados. No se apoyan los culos en

 

 

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los asientos. Los cuellos estirados como colas de gaviota. No se sabe el tema a tratar, pero todos tienen su teoría. Aguardan ese instante de las transformaciones. Ese vuelco de los planes. El viraje de timón genial que salva a tiempo de un naufragio.

 

Luego de algunas serias deliberaciones, a puertas cerradas y palabras deshonestas, para Gonzalez sólo se fija esta orden: Debe ir a los archivos, y conseguir una cosa.

 

Próximo Gonzalez: Retazo 285

 

 

 

270.                                                               (FRANCISCO – HIRSCH – JAIME)

 

Lanzaron primero la peregrinación. La imagen se sacaba en cualquier festividad, a

 

la calle. Más tarde, se inició la campaña de altares a domicilio. La imagen era llevada a casa de los vecinos que querían ser beneficiados por el santo, por unos días. Pero también era devuelta en todos los casos, el mismo día en que se receptaba.

 

Hirsch padeció muchísimo sus emanaciones, al punto que adapta una manguera

 

para el baño.

 

Jaime la tuvo una semana, y propuso hacer con ella una fuente. Mas, la idea es

 

tomada como burla, y el San Hilario no vuelve más a domicilio.

 

Cualquier medida que se tome con la imagen arriesga los bordes de la blasfemia. Se descuenta, por otra parte, que muy pocos se atreverían a meter su mano debajo de las

 

vestiduras del santo.

 

Próximo Francisco: 273

Próximo Hirsch: Retazo 272

 

Próximo Jaime: Retazo 277

 

 

271.

 

 

(FUENTES)

“Tsoel  Dimar,

héroe

cultural  de  los  afínades,  percibiendo  un  centelleo

tembloroso,

se aparta

de su

choza y se introduce en el bosque. Un suave aroma

 

 

 

198

 

 

mentolado tiñe el movimiento brusco de las ramas. De algunas se desprende una tibia resina, que a lo largo del camino se trastoca en abundosa espuma. Llegado al claro, fuente de esa luz aguamarina, se descalza. Una fresca hojarasca le calma los pies. Una lluvia granulada se le desliza por los hombros y la espalda. Semillas de una fruta similar al higo. Granas silvestres. Tropieza con una gran raíz, abultada, monstruosa. Cae sobre él una rama, asestada como un sable. Se arroja al suelo, aferrándose al esqueleto de un capullo. Levántanse las gravas debajo suyo, movilizándose en una suerte de efervescencia. Las fibras del capullo le hieren. Truenan los árboles sobre él. Una res es desgarrada por un rayo. Une sus pedazos con espuma de la saliva. Su pecho resquebraja. Con ambos brazos detiene su pulsión a quebrarse, a desprenderse desde el rígido esternón. Comprime, mas, inútilmente. Con los hilos filosos del capullo se cose la profunda herida. La boca descalabra. Sus maxilares quieren arrancarse. Se golpea contra la raíz penosa, en una batalla por mantenerse unido. Se da cuenta que la costura tiene forma de mujer.

 

Se traga de un sólo movimiento una esquirla del trueno descargado. Cristal duro: Acaba de robarle la risa a los dioses.”

 

de las “Anotaciones de San Hilario”.

 

Próximo Fuentes: Retazo 276

 

 

 

  1. (HIRSCH – CARLOS – LOS FESTEJANTES - ESTEVEZ – ALTEMAR)

 

“¿Hueso con sorpresa?” -se pregunta Hirsch, padeciendo el divertimento de su clavícula.

 

Vermul prueba la médula cruda, partiendo en dos al hueso en su sierra eléctrica. Romper la piedra para ver si tiene agua. Cavar un pozo para ver si ríe. Estevez sueña andar por a través de un túnel que los libere. Largas galerías mohosas y oscuras, los

 

 

199

 

 

cercan. Hirsch examina la radiografía, percibiendo la rotunda inconexión de su esqueleto. La médula es dulce, suave, algo viscosa. A poco de avanzar, comienzan a sentir el eco lejanísimo de voces y escenarios. El médico acaba de pronunciar su diagnóstico, autorizando el malestar de su paciente. Vermul se siente íntimo de su víctima. Cuanto más caminan, más poderosos son los ruidos de una ahogada fiesta. Le muestran a Hirsch los pedazos, insustentos, flojos, de la rotura. Vermul participa del sistema anímico de la vaca. Hirsch no puede dejar de sentir una corriente de aire que le atraviesa, justo allí donde debe de soldarse. Estevez halla las rejas corroídas, como por un ácido esmeril y amoniacal. ¿Y qué si una mosca entrara en ese intersticio, y quedara luego allí revoloteando para siempre?. Del interior de un osobuco, Vermul extrae una serpentina.

 

Próximo Hirsch: Retazo 281 Próximo Carlos: Retazo 273 Próximo Los Festejantes: Retazo 294 Próximo Estevez: Retazo 280 Último Altemar

 

 

273.                                       (JUEGOS – FRANCISCO – MANUEL – CARLOS)

 

El chancho, al costado de la imagen, le entra a una bolsa medio oculta a sus

 

espaldas. Se acomoda encima y lentamente, con sus dientes y pezuñas, la destruye. Dentro, un festival de basura, en el que predominan las latas de tomates, una pistola mediana y una carta de despedida. Ante el chancho revolcado, entre las cáscaras y jugos degradados, por razones de humanidad y conveniencia, el párroco de guardia llama a Vermul, para que lo troce.

 

A los pocos días, se le sirve a la cadena de víctimas de la inundación, un platito para el frío.

Próximo Juegos: Retazo 283

 

Próximo Francisco: Retazo 280 Próximo Manuel: Retazo 283 Último Carlos

 

 

 

 

 

200

 

 

274.

(GARRIÓN – MISÉRULA)

 

Garrión desciende a la gruta submarina. Escucha en ella sus palabras antes de que

 

pueda pronunciarlas. Escucha el sonido de su boca, antes de que pueda salir algo de ella. Escucha el sonido de sus pasos, antes de que pueda darlos. Misérula se hunde, pero hacia dentro. Los brazos alejados, rozan con las manos las puertas rocosas, los hilos de agua que acaricia para entrar. El pecho se abre y oscurece. Las piernas son dos lechos donde unas venas de lodo se distienden. Siente un deslizarse y esperar, un emanar y desaparecer.

 

El limo comienza a entibiar el muro. También el limo suaviza la superficie de los modelos de Francisco. Con limo afirman curarse los leprosos. Los dedos angulosos apartan del lecho un barro limpio, conque se rozan entre sí los rostros rebanados. Dibujan con la tierra mojada unas breves sonrisas. Garrión se tiende de un musgo pálido, dolido. Misérula se desarrolla y derrite, produciendo emplastos de su reverberación, burbujas purulentas. Los labios descarnados de la tierra, humedecidos, comienzan a adherirse a la piel de él. Sarlack, en actitud de oración, arroja un poco de lodo hacia el

 

cielo, para darle sustento a las hierbas. Y a cambio recibe una lluvia adamantina.

 

A medida que avanza, el barro los penetra. Ya compartían su carne en la

humedad. Y ahora, lentamente, se derraman.

 

Próximo Garrión: Retazo 289

 

Próximo Misérula: Retazo 289

 

275.

(ROSAURA)

 

Rosaura se deja ir por uno de los ríos interiores. Tímidamente cierra los ojos, y

 

toda su tibieza se acuarela. Hay un secreto más abajo, una unidad con el agua que destiñe. Entre sus piernas se enredan unas algas delicadas. La acarician y atrapan,

 

 

 

 

201

 

 

reteniéndola. Azules las algas, salen a flote, empujan hacia arriba, la perfuman de oréganos y albahacas. Mentas en la cintura. Laurel en las piernas.

 

Próximo Rosaura: Retazo 290

 

 

 

276.                                                                                                              (FUENTES)

 

“Gonzalez, abstraído, revisa los papeles en blanco, apenas abiertos los paquetes

 

de las nuevas resmas para copias. Uno a uno los considera, los examina, los huele. Y finalmente los coloca en la máquina luego de una exquisita ceremonia. Cada vez se le nota más ausente, concentrado en su trabajo. Detrás de él, un sórdido placard repleto de actuaciones sumariales, expedientes y planillas. Alguien, por hacerle perder tiempo, había colocado la fojas 45 del expediente 24.537 en lugar de la fojas 489 del expediente 11.203.

 

“Yo mismo dejé de verlo el día 24 de abril de 1999. La explicación fue que se

 

había traspapelado, pero que pronto lo remitirían a través de un Memorando.

 

“El sótano de los Tribunales, ya henchido de humedad, terminó inundado poco tiempo después”.

 

de “La Historia” de Manuel. Tomo XXVIII, página 30.

 

Próximo Fuentes: Retazo 279

 

 

 

277.                                                                                                              (JAIME)

 

Aquellas cámaras donde se acumulan las basuras y excrementos, son objeto de

 

una insospechada inundación. Una cruda limpieza las atraviesa y expone. Las diluye y esparce. Las dispersa y acongoja. Por encima de las jerarquías y las dignidades, flotan olorosas evacuaciones. Anegando los suntuosos cementerios. Enchastrando las fojas de

 

 

 

 

 

202

 

 

los gobernantes. Fango en las calles donde desfilan los ecuestres victoriosos. Llenando las góndolas de preciosas inmundicias.

 

Rotos todos los caños de desagüe, las comunicaciones entre una y otra parte de la ciudad se vuelven más directas e inmediatas. Se aprovechan sus entradas y salidas como terminales de una red de interconexiones. Los mensajes subversivos, soterrados, clandestinos, circulan ahora feroces y sonrientes. Discurren, escurridizos, con franca y confesable efectividad.

 

Próximo Jaime: Retazo 281

 

 

 

278.                                                                                                              (HILARIO)

 

Hilario penetra en la marea silenciosa y ondulante. El agua que decae una y otra

 

vez sobre su cuerpo, lo suspensa y lo reposa. Avanza imperceptible y suavemente sobre la arena suave. A medida que se aleja de la playa, las olas se atenúan. Ambos, hombre y agua, movidos por la Luna, resultan bruma y escarceo. Donde el cauce es más profundo, el río toma impulso y lo lleva para sí. Aguarda el oleaje que le haga reír. Pero sólo lo hamaca. Luego, todo el río se desploma sobre él. Hay una vela desprendida que flota, hecha jirones, cerca suyo. A ella se aferra. Con ella pronuncia una espuma fervorosa.

 

Próximo Hilario: Retazo 290

 

 

 

279.                                                                                                              (FUENTES)

 

“La enumeración de los hechos públicos como  acumulación de periódicos

 

oficiales. Aquellos con los que se limpia el vidrio o con lo que se recoge el vómito del perro. Donde se envuelven los clavos en las ferreterías y los huevos en las granjas. En efecto, la única función de las instituciones sociales consiste en la preservación de lo inservible.”

 

 

203

 

 

de “La Historia” de Manuel. Tº I, Capítulo XII, página 233.

 

Próximo Fuentes: Retazo 294

 

 

 

280.                                                                                       (FRANCISCO - ESTEVEZ)

 

Por último, alzan la imagen a una camioneta, y dos o tres diáconos de su iglesia, en compañía del párroco y de un obispo, salen a recorrer los templos del país, consultando a sus curitas si desean exhibirla en sus capillas u oratorios. Éstos, por no desagradecer ni faltar a la figura del santo, ni afirman ni niegan, sino que someten el

 

asunto a votación entre los feligreses.

 

Queda entonces la estatua detenida por un tiempo, hasta que anónimamente, se concluye que no se adapta al lugar, ni embellece el templo, ni promueve la fe. Ello, en medio de un murmullo general en que se le adjudican algunos hechos insólitos. Desde la

 

desaparición de un chancho hasta la parálisis de ciertos expedientes.

 

Llevado por último el problema ante el despacho del cardenal, éste ordena que la

 

imagen se traslade a la capellanía de “esa prisión en las canteras, que me ha pedido una.”

 

Próximo Francisco: 292 Último Estevez

 

 

281.                                       (LIBOR – JAIME – HIRSCH – DANIEL – ISMAEL)

 

La imagen de Libor se desvanece, al tiempo que el café resulta consumido. En su lugar, queda una secreta densidad, retirada entre la cocina y el living. Jaime se deja llevar por un mareo generoso, en tanto un gorro colorado entra rodando por la ventana. Hirsch y Daniel trazan pequeños círculos con las órbitas de sus ojos, a falta de cualquier otro desplazamiento. No pueden saberlo, pero se dan cuenta: Las camas están levemente inclinadas hacia atrás. Pero no sólo las camas. Da la sensación de que la entera habitación acusa un profundo desnivel, en que sus cabezas acaban por debajo de sus pies.

 

 

204

 

 

Acostados, pueden medirlo. Ven también sobrevenir un remolino de cintas rojinegras. Círculos que hace el orín de la barrita, en la calle madrugadora. ¿Quién comienza a dar vueltas sobre sí, desenfrenado, que distrae la mirada y los rezos de la ermita?. Llueve en algún sitio agua bendita. Hay una agradable incomodidad en el hueco de sus salpicaduras. Ismael enreda su cabeza en una sábana, que acaba de desprenderse un tendedero.

 

Próximo Libor: Retazo 288 Próximo Jaime: Retazo 285 Último Hirsch

 

Próximo Daniel: Retazo 284 Próximo Ismael: Retazo 282

 

 

282.                                                                                                              (ISMAEL)

 

Ismael se topa en medio de la calle con un sillón desvencijado. Rareza del

 

obstáculo servir como sosiego. Ismael se extiende por la superficie del sillón. Continúa luego amodorrado en su sitio, que comienza a apolillarse, entumecerse, perforarse. Desde las roturas pueden verse detalles de su espalda. Los arbanes suelen afirmar que basta un sólo punto de tu columna vertebral, en estado visible, para que las almas puedan guiarse.

 

Próximo Ismael: Retazo 288

 

 

 

283.                                                                                      (MANUEL – JUEGOS )

 

El sillón es desgarrado en un arranque frenético. Para ver qué tiene dentro, unos niños arremeten contra él. Uñas, cuchillo y alicate no les bastan. Agreden incluso con los dientes. Solos, en medio de la noche, encaran contra el cuero resentido a la intemperie. Por la tela reseca, el tapiz roto. Clavan empujados por una eufórica bestialidad. Rasgan, golpean, muerden. Hasta que del sillón explotan agradables serpentinas, papeles de

 

 

 

 

205

 

 

colores, plumas, máscaras, brillantina, guirnaldas vistosas, servilletas de cumpleaños, posavasos, corchos de botellas, caramelos blandos, globos sin inflar, y bolsitas de regalo.

 

Por la calle, se juntan sus orines con el que sale, prodigioso, del templo.

 

Próximo Manuel: Retazo 285 Último Juegos

 

 

284.

(DANIEL)

Los enfermos menos comprometidos, son evacuados del hospital, favorecidos

por la inundación.

 

Cuando a Daniel le quitan los saludables impedimentos,

tiene lugar el largo

 

reencuentro con sus músculos. Entonces padece una exquisita recuperación. Liberado de sus retentores, ha perdido institucionalización, pertenencia y productividad.

 

Reconoce haber sido útil socialmente, todo ese tiempo. Pero es dado de alta y debe marcharse. Aquella leve inclinación del piso de la habitación, parecía expulsar

 

lentamente a sus ocupantes. Para que nuevos gimnastas ocuparan ese espacio.

 

Disfruta de sus miembros, de manera tal, que su movilidad resulta, al fin, generosamente exagerada.

 

“No es posible...”, piensa sin embargo, “...no es posible que me convierta en un

 

marginal por el sólo hecho de que pueda ir y volver del baño solo.”

 

Próximo Daniel: Retazo 287

 

 

 

285.                                                               (MANUEL – JAIME – GONZALEZ)

 

El mensaje en la botella que Manuel encontró en la cloaca, tenía un domicilio. La

 

cuadra indicada no era muy lejos de su casa. Así que, por destino o curiosidad, allí acudió. Las botas en los pies para caminar por sobre el agua.

 

“¿Jaime?” – pregunta tras la puerta, haciéndola sonar con los nudillos.

 

 

 

 

206

 

 

“¿Quién es?” – le contestan sin moverse.

 

“Mi nombre es Manuel. Encontré algo suyo en la cloaca. Quisiera hablar un rato con usted”.

 

Jaime se pone de pie y le abre.

 

Quedan los dos detenidos. Manuel pide permiso para ingresar, mientras abre el bolso con su mano derecha, buscando la botella. Cuando se sienta, la apoya encima de una mesa ratona que tiene enfrente. Jaime lo observa y toma asiento frente a él.

 

“Unos días atrás, en un bolso como éste, llevaba un revólver. Por suerte o por desgracia, me lo robaron. Hoy traigo este mensaje suyo en la botella. Y he acudido, como ve.

 

“¿Qué hace usted?”

 

“Yo recopilo basura. Soy historiador”

 

“Yo soy plomero. Especialista en redes cloacales. Trabajo con la basura”. “La basura trabajada, que sin embargo tiene el mismo valor que la rústica”.

 

“Ah, pero se hace historia con la basura. Hay un antes, un durante y un después de la basura.”

 

“¿El tiempo perdido tiene su narrativa?.” “Sólo cuando hay un encuentro”.

 

“¿El mensaje en la botella?”

 

“Por ejemplo. Pero cada cosa lleva dentro un mensaje encerrado” – Jaime se levanta, toma una sopapa y va hacia la cocina. Acciona la sopapa contra el lavatorio, produciendo la liberación del aire contenido en la cañería: Plop, plotp, plop, plotp.

 

“¿Escucha?. Quédese un rato. La inundación no tardará en subir hasta aquí” “Usted, en el mensaje, pedía silencio y compañía.”

 

Jaime continúa presionando con la sopapa: Plop, plotp, plop, plopt:

 

 

 

207

 

 

“¿Usted cree que se ríe?” – pregunta Jaime, sin gritar, señalando el inodoro.

 

“Se reirá cuando nos tape” – se levanta Manuel de su asiento y se apoya en el quicio de la puerta de la cocina.

 

Jaime lleva su índice a la boca: “Shhhh... No la interrumpa.” Plop, plopt, plop,

 

plopt.

 

Empieza a escucharse la voz de Gonzalez, a través de la cañería. “Suena como si hubiera alguien traspapelado en el sótano.”

 

Último Manuel Último Jaime Último Gonzalez

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

208

 

 

 

 

 

Rosaura

 

 

 

 

Traza otro círculo al rededor del ombligo, y recorre su llanura, inquieta de la tarde.

 

Viene desde la vieja salina

 

áspera y terrosa. Desde la arena ríspida.

 

Viene

 

desde las rocas golpeadas. Desde los surcos removidos. Desde la gruta subterránea.

 

Desde las oscuras paredes adheridas. Desde las siluetas ralas y luctuosas.

 

Desde las raíces desarmadas. Desde el hueco murallal de las ausencias.

 

Llega

 

por los huecos desasidos de tu sombra, por las redes de tu piel,

 

la bondad de la ceniza, la saliva del silencio.

 

Ya circunda los bordes de tu espalda

 

 

 

209

 

 

y confunde tus heridas con belleza. Inunda tus sentidos, demorados, en sus nalgas.

 

Respira de tu aliento. Habitante de tus hojas arrancadas,

 

horizonte de tu verbo.

 

 

 

Alegría que descalza.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

210

 

 

 

 

 

286.

(ARLEQUÍN)

 

Tenía pavor. Una enorme angustia. No sabía cuándo decidirías que la tristeza no

 

te sostuviera, ya que no mis brazos. Así que ensayé mil veces la cabriola. Para hacer correr tu sangre. Por mí, tomaban voluntad los órganos de tu cuerpo. Ya que a ti te era lo mismo si tu corazón andaba. Si tus pulmones hinchaban. Si tu páncreas, tu estómago, tus intestinos. Despreciabas incluso la comida. Así que comenzamos a arrojarla. Grandes cremas, tortas esponjadas. Hasta hacerte del comer una alegría, y del reír una plegaria.

 

Y en cambio, eras la que unías lo quebrado, dislocado, inaccesible. Con el frágil

 

tejido de tu piel. Y el trémulo vagido, con que aún, recibes mi agonía.

 

Último Arlequín

 

 

 

287.                                                                                                              (DANIEL)

 

“Los alimentos podridos, con el tiempo, van tomando un gusto dulzón” – dice

 

Daniel, mientras consigue acercarse a la mujer entre los trapos viejos que faltan a la salida de su carnicería.

 

“Me gustaría probar esos carozos de durazno. Parecen tan crocantes…” – le

 

contesta, rogando.

 

Daniel, entonces, haciendo una mueca esplendorosa, deja caer desde su boca dos

 

perfectos incisivos, y tres molares.

 

“Tomá, es un regalo” – la mano abierta con las piezas dentarias, que ella se lleva

 

a las encías, luego de lavarlas pasándoles la lengua.

 

Último Daniel

 

 

 

288.                                                                                                  (ISMAEL – LIBOR)

 

 

 

 

211

 

 

¿Cuál es el lugar del perdido?. ¿Ocupa pues, un lugar?. Quien es perdido está en un sitio erróneo. Un sitio que no es. El perdido supone un no ser del espacio donde está. Anulación del fondo. Desaparición del fondo. Por definición, adhiere a un espacio que supone un no-lugar. No se trata de un lugar abandonado, olvidado o destruido. No es perdido el lugar sino el sujeto. No resulta un lugar a devenir o un lugar que ha devenido. Donde quedarse quieto es ya no estar. Donde estar es un irse, no ya un estar yendo o un haberse ido. Luego, sólo tiempo para la pregunta. Sólo tiempo como única certeza. Y aquel a cuyas manos rozamos por un soplo.

 

Mas, también es posible ser perdido en el instante. Como aquellos segundos que preceden a la muerte de Libor, la tensión entre el hallazgo definitivo y el coche que se le viene encima. La plena consciencia de esa ambigüedad, que deja pasar por en medio a lo inevitable. Cortes del destino sucios por la causalidad.

 

Último Ismael Último Libor

 

 

289.

(GARRIÓN – MISÉRULA)

 

Garrión descarnado, penetra en la tierra de Misérula. Y avanza en la corriente de

 

su boca. Ingresa con sus piernas dentro de sus piernas. Los tejidos abiertos dejan tocar el hueso con la carne. Se siente anticipar en sus movimientos por los de ella, que escapa y acude a un mismo tiempo. Hasta que devenga de sí el dar imprevisible.

Último Garrión Última Misérula

 

 

290.                                                                                      (HILARIO – ROSAURA)

 

Cálida hondura de la nieve. Allí donde el aterido se refugia. Revienta la semilla en

 

el fondo de la tierra. Allí donde las aguas perforan cristalinas. Desvanecido sobre ella,

 

 

 

 

 

 

 

212

 

 

Hilario se bebe la huella de Rosaura. Y se deja estar en sus cobijas. Descansado, se desviste. Como en una entrega generosa.

 

Nada más se escucha que el roce de sus pies y de sus pechos. Y el tibio arrullo de su aliento lo alimenta de penumbra. Ahora sí la duda cierta, el golpe real, la suerte verdadera. Allí, el perfecto payaso, el idiota, el estudiado torpe, en las primicias de Rosaura, aprieta y desliza su sudor y su cansancio

 

Hilario se desarma en contorsiones de ternura, después de haberse despojado de todo. Desnudez activa. Frescura del silencio.

Próximo Hilario: Retazo 293

Próximo Rosaura: Retazo 293

 

 

291.                                                                                                   (LOS ELEMENTOS)

 

Fragmentos de lo Romántico:

 

“Abmiel cambiaba de formas, así como Dogdena. Ambos eran la representación, en la mitología ganchení, de los modos del amanecer y los de la lluvia, del vuelo de las nubes y el de los océanos. Siempre distintos pero indubitables. Una categoría que nuestra civilización occidental aún no ha podido sintetizar en una sola palabra. Eran lo único y diverso, lo estático y cambiante. Se amaban todos los días, bajo diferentes formas, variándose, escondiéndose, entregándose. Así, los que a la mañana se amaban como un trozo de pan y un canario, a la tarde lo hacían como un guijarro deshaciéndose en arena, y a la noche como una estela que se marcha por el lodo.”

 

“Aquí, la gracia de lo paradójico, sirviendo de sustento a lo constante. La danza invariable mueve a la fuente que prodiga.”

 

“Hymnis comienza a acariciarla, la besa suavemente. La diosa, áspera y nerviosa en un comienzo, más tarde cede, relajada. Hymnis la penetra, dulce, se hamaca en forma circular por sobre ella, de tal modo que roza alternativamente sus piernas y sus pechos.

 

 

213

 

 

Zamni queda adormecida, y en el sosegado transcurrir de su deseo, alcanza finalmente un sueño profundo. Allí los nervios alertados, la lengua viva, cada uno de los tendones insertos en el lento devaneo de Hymnis, humedece la arena de los cuerpos. Despéjanse las nubes alejadas, confórmanse planetas redondeados. Dispérsanse el sudor, las escamas, las estrellas, por la bóveda que forman con sus arcos. Hasta que Zamni despierta, a través de sus cabellos encarnados.

 

“Amanece: Así fueron la noche y el día.”

 

“Aquí, la confusión, por amor, de contenido y continente, cerca y lejos, dentro y

 

fuera”.

 

“Está inclinado el Universo, cuentan los ueleiches. A través de inmensos atajos, desniveles, fallas y pasadizos, los tiempos se comunican. No son reales las cosas, sino lo que las anuda o encuentra. No es verdad la mano ni el rostro, sino la caricia. Así, las fiestas resultan atractores de acontecimientos. En la celebración del Trueno, todos vociferan y desbordan. Hasta que de los destrozos resulten unos hilos gestuales, desde los que reconstruirse.

 

“Se hacen las casas y las riquezas hacia dentro, hacia el espacio en que se escondan todas las miserias. Pero huyen los amantes donde se pueda estar desnudo y hacia afuera.”

 

“El lenguaje de lo romántico comienza con el silencio.” de las “Anotaciones de San Hilario”.

 

 

292.

(FRANCISCO)

¿Qué se hace con las ofrendas, cuando el Santo

se traslada?. Especialmente

 

algunas que envueltas o esparcidas, comienza a dar mal olor. Consultados los ritos y las formas, se lanzan al río. Otras ofrendas, de mayor valor, nobles de metal y dúctiles en

 

214

 

 

tamaño, se colocan en una repisa. El resto, se carga con la imagen, amarrado pobremente con tres sogas al camión que se la lleva.

 

Último Francisco

 

 

 

293.                                                               (IGNACIO – ROSAURA – HILARIO)

 

Ignacio busca en la tormenta la palabra. Y en Rosaura el gesto. Desprendidos los

 

dolientes de sus pústulas y lavados de todas las heridas, son dispersos hasta orillas impensables. Entregado, se olvida de Hilario y de sus enseres. Se olvida de la historia y de sus pasos. Mira los hilos de la espuma entre los héroes desgraciados. Esforzados por restar, quedarse quietos. Empujados por la fuerza de las aguas. Ora uno, ora otro, roza alguna parte de esos cuerpos con el suyo. Mantienen diálogos de distante intimidad. De celosas lejanías. Apretado en la distancia. Alejados en su proximidad.

 

Rosaura, llevada por otra corriente, tiende sus manos a Ignacio, para asirlo. Para verlo, gira el cuello hacia él, y levanta los brazos, asiéndose de una rama. Ignacio lame el agua que llegará hasta ella. Rosaura lo ve desnudo por primera vez, luego de una ola terrible. Debajo, siente una pulsión que la improfunda. Que la lanza hacia el centro y hacia atrás. La boca alcanzando brevemente la torva superficie. Y el ombligo como un oscuro remolino silencioso.

 

Se abre una gruta en la hondura del agua. En la que caen en secreto, como niñas, las gotas.

 

Último Ignacio Último Rosaura

Próximo Hilario: Retazo 294

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Suenan claras campanas de la risa, tañen sus copas de viejo cristal.

 

Derraman sones de suaves caricias y hasta el lamento del trago fatal.

 

Suenan claras campanas de la risa. Su verbo anuncia por ecos de sal que se han acabado todas las aguas y sólo queda el gesto de dar.

 

 

Suenan claras campanas de la risa Lánguidas, frescas, de tibio metal entre la miseria y en la codicia entre el cinismo y la liviandad.

 

 

Suenan claras campanas de la risa entre las luces y la oscuridad entre el coraje y la cobardía entre el desprecio y la vanidad.

 

 

Entre los alivios y las fatigas vibran su aliento de lengua vital, desnudan sus golpes de pan y ceniza los mudos acentos del bien y del mal

 

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Y rasgan la piel de varias heridas Y escardan grutas de la saciedad Riegan las voces de la sobrevida con el silencio de su despertar.

 

 

Suenan claras campanas de la risa rompen en ruegos de temeridad, quiebran las hierbas de sólida fibra y libran, amantes su grito final.

 

 

Dejan el alma y la boca abiertas.

 

 

 

 

Heridas de grieta, sombra atravesada

 

 

 

 

Raíces expandidas de médula interior.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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  1. (HILARIO – PIETRO – RUMAGGI – LOS FESTEJANTES - FUENTES)

 

“Hilario amanece inerte, a la orilla del pequeño río, como sorbiendo el reflejo de unos pies en el agua. Entre Pietro y Rumaggi, lo levantan y penosamente trasladan sus restos hasta el centro del lamentable campamento. Miradas de consternación, gritos curiosos, gestos locuaces. Se habían congregado para ser bendecidos con un poco de su dicha. Y ahora nada puede conmoverlo.

 

Le cierran los ojos con un tinte blanco, le dibujan su bocaza con hierbas rojas, y le colocan una frutilla en la nariz. Así adornado, continúa la ceremonia como él lo pidiera. Ignacio ataca su estómago con un cincel filoso. Retira las excrecencias, la sangre, los órganos blandos, y en su lugar rellena la piel con las plumas de la almohada de Rosaura. Cosido y remendado, es de nuevo levantado por vigías, y entre vítores y loas, acompañado.

 

No hay quien pueda cavar una fosa. Son muchas las debilidades, los cansancios, y las vagancias.

 

Lo tiran finalmente al pozo ciego, único entierro natural, sin el esfuerzo muscular de las excavaciones, ajeno a cualquier dolor y a la caída.”

 

 

 

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