Ojos Cerrados

Cuento de terror contemporáneo del escritor mexicano Sebastián Laguna. Un escritor busca ideas para crear una historia, pero el ser más mórbido lo sorprende.

El hombre se encontraba preso de sus propios pensamientos, por momentos se golpeaba la cabeza como si tuviera una molesta jaqueca, pero en realidad buscaba por todos los medios posibles que las ideas que construirían su historia de terror, salieran para plasmarse en el papel.

 

¿Qué podría ser?, ¿tal vez un asesinato, o un fantasma chocarrero intimidando a una familia, o un demonio que posee el cuerpo de una joven virgen? El literato no lograba decidirse, era una noche de completa falta de creatividad. Por eso tomó un vaso de madera, su favorito, y sirvió en él vino blanco; bebió hasta que quedó vacío y lo dejó sobre el escritorio.

 

Recargó su espalda sobre la silla de cuero reclinable, su cabeza apuntaba al techo como esperando que una mágica luz lo iluminara. Había ya leído a Poe, a Lovecraft, a Rice, a King, y en ninguno podía encontrar un chispazo de creatividad, ni siquiera la idea base para iniciar su relato.

 

Vestía una bata púrpura. A la luz de las velas que alumbraban su escritorio, de su frente comenzaban a escurrir gotas de sudor, tal vez por el calor en la habitación o tal vez por la desesperación. Se dispuso a cerrar los ojos y esperar a que algo sucediera.

 

Aire frío sintió detrás de su oreja. Instintivamente, los vellos de sus brazos se erizaron; su corazón comenzó a palpitar más y más rápido. El viento jugaba en la habitación, paseaba entre sus pies, después casi apaga las velas que alumbraban la habitación y por último, en la ventana que estaba justo por detrás del escritor. “Calma, te estás sugestionando”, pensó.

 

Continuaba con los ojos cerrados. Se imaginaba que en dintel de la puerta, acababa de posarse un cuervo y que no tardaría en comenzar a responder a sus pensamientos con un “nunca más”. Pero soltó una carcajada ante tal ridiculez.

 

El picaporte de la puerta giró, pudo escucharlo, alguien entraba con pasos ligeros y tratando de ser silencioso. El hombre no lo ignoraba, pero tampoco tenía deseos de encararlo, quería esperar para ver qué sucedía.

Sintió la presencia de ese alguien que ahora estaba posado frente a él, observándolo, quieto. El caprichoso visitante, dio un soplo a las velas y por fin, todo quedó en completa oscuridad. “Qué ser tan más carismático”, pensó el escritor.

 

Escuchó como el chorro de vino se precipitaba al vaso de madera, el visitante gustaba de esa bebida a altas horas de la noche. El hombre quería hablar, estaba ansioso por comenzar una entrevista, pero decidió que todavía podía esperar un poco más.

 

El observador tragaba ruidosamente el vino, como si hubiera estado sediento por todo el día, como si su vida dependiera de ello. Arrojó el recipiente al suelo sin preocupación de hacer un sonido más que incómodo. Parecía que trataba, por todos los medios, de que el hombre abriera sus ojos.  Pero el escritor siguió esperando.

 

Percibió que el ser había acercado su rostro al suyo. El aliento de aquél era frío y seco, sin olor alguno que pudiera incomodar. No había más ruido que el constante inhalar y exhalar del ser, que por momentos era forzado.

 

El escritor comenzó a sentir miedo, pues el aliento del ser hizo que los músculos de todo su cuerpo se crisparan, sus manos comenzaron a helarse y sintió en su pecho una gran opresión. Y aún así se negó a abrir los ojos.

 

Entonces comenzó a escuchar gritos y lamentos a su alrededor; parecían cientos de hombres, mujeres y niños que chillaban suplicando ayuda, otros eran clamores de sufrimiento, de llamas quemando carne viva. El hombre sabía que el ser era quien estaba provocando que él escuchara todo eso.

 

—Sé quién eres y a qué has venido —dijo por fin el escritor todavía sin abrir los ojos—, te he sentido muy cerca de mí en muchas ocasiones y sé que estás deseosa de que te vea, de que te acompañe. ¡Pero no lo haré, no ahora!

 

El ser enfureció, ya no le bastó con provocar los gritos y llantos que el escritor escuchaba, sino que se comenzaba a sentirse un frío intolerable en la habitación. Finalmente, sin ningún recato, tomó al hombre del cuello y comenzó a asfixiarlo. Éste trató de quitarse aquello que lo atrapaba, sintió un hueso frío, duro y con la mayor intención de matarlo. Pero no podía, la fuerza del ser era mucho mayor que la de él.

 

Con una voz como proveniente de una profunda caverna, furiosa y a la vez triste, el ser comenzó a hablarle al escritor:

 

—Es hora de que pagues por todas tus historias. Debes cumplir tu castigo. Ya has obtenido lo que querías. Ahora debes morir.

 

Por fin, el escritor abrió los ojos y comenzó rápidamente a jadear, era muy poco el aire que entraba a su cuerpo. La imagen que tenía frente a él, era a la que siempre había temido, pero que también admiraba con singular culto; su terror y a la vez placer no duró mucho pues se rindió ante los intentos para liberarse de la espantosa opresión. Fue cuestión de segundos para que el hombre perdiera total consciencia, para que perdiera la vida.

 

El ser soltó el cuerpo del hombre, lo dejó tumbado en la silla; se tomó la molestia de enderezar su cabeza para que no pareciera muerto, más bien que estaba dormitando, como es natural a mitad de la madrugada. Recogió el vaso de madera que estaba en el suelo y lo colocó sobre el escritorio. Sirvió un poco más de vino y con un movimiento de sus huesudas manos, prendió instantáneamente las velas.

 

Tomó el papel con el que el escritor estaba trabajando. Leyó las últimas líneas y soltó una carcajada de ultratumba; se burlaba de los relatos de aquel hombre que había torturado a jovencitas que encontraba en la calle y niños que después de haber sido raptados, fueron asesinados.

 

— ¡Qué falta de imaginación la de este mortal! Tener que matar gente para escribir historias… si tan sólo se hubiera sentado a hablar conmigo algunas horas, pude haberle contado los más escalofriantes relatos, los más trágicos, los más terroríficos.  Pero en lugar de eso, decidió jugar conmigo, como pensando que nunca lo visitaría para llevármelo, ¡qué ingenuo!

 

El ser por fin había revelado su identidad: era la muerte. Dejó el papel sobre el escritorio, apagó las velas y salió de la habitación del escritor; avanzaba mientras seguía riéndose y llevaba sobre su espalda el alma del hombre que parecía que se encontraba en un profundo sueño, un profundo sueño del que jamás volvería a despertar.

Sebastián Laguna

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4 comentarios

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Eva Laveva evaperez82@yahoo.es29 d diciembre d 2014 a las 21:35 (UTC)
Interesante.
beevozblan
Sandra García29 d diciembre d 2014 a las 21:34 (UTC)
Me gustó la fotografía que anunciaba este relato.
Te aconsejo que la insertes. Es un gran apoyo a las letras.
papá - Joven
Juan Ramón Cabrera Amat29 d diciembre d 2014 a las 20:25 (UTC)
Te deseo un muy feliz año 2015.
papá - Joven
Juan Ramón Cabrera Amat24 d octubre d 2014 a las 16:41 (UTC)
Sinceramente no ha sentido ningún terror en ningún momento.
Por no entrar en otras cuestiones que tambien dejan mucho que desear..
Espero que no sea un amigo a llegado tuyo.

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