Entregado en la vía pública

Novela en Dos Círculos que concurren en forma simultánea.

 

ENTREGADO EN LA VÍA PÚBLICA

 

Somos los otros.

CIRCULO DE TIERRA

 

Cualquiera te puede acabar. El hombre que envasa un producto en condiciones antihigiénicas. El conductor del vehículo que no te ve. El que descuida las mediciones de una central eléctrica. El que tira sus desperdicios al río. El que viene a robarte, armado e inseguro. El buen policía que yerra el disparo, que te da en la frente. El comerciante honesto que vende contaminantes. El ingenuo campesino que abona con fertilizantes de dudosa salubridad. El que te incluye en una lista de deudores. El que te equivoca con otro al que odia. El que te odia. El que puede lanzar una bomba sobre tu barrio. El que pone una estación de servicio en tu esquina. El guardabarrera que no ha dormido bien. El taxista que quiere llegar temprano a su casa. El dueño de tu empresa, que te despide para preservar la fuente de trabajo. El patrón exigente, que te ordena trabajar a costa de los pulmones. Tus compañeros de oficina, que en los días de invierno y con las ventanas cerradas, fuman ansiosamente. El ingeniero que examina los costos razonables para hacer tu casa, que se inunda. El amigo farmacéutico que te vende un remedio a punto de cruzar su vencimiento. El vecino previsor que echa veneno en la calle, donde te caés. El abogado incorruptible que te desaloja. La familia acogedora, que te ayuda en el desprecio. El amigo piola que te obliga a divertirte. El primo diligente que, con buenos modos, te da una mala noticia. El que te da la dirección de la calle, donde te desplomarás.

 

Todos ellos, que sólo nos generan desconfianza, deben inducirnos solidaridad.

 

Unidos los mortales en el riesgo mutuo de acabarnos.

 

 

 

Roberto miraba el cuadro del taller, detalladamente. Lo había encontrado entre los trastos del sector desmantelado. Tuvo que separar el vidrio de la tela para quitar la humedad adherida a la imagen, como una lesión en el iris. Una franja roja, violenta, surcaba el lienzo suave, casi dañándole. En el extremo doliente, unas sombras amarillas.

 

Más arriba, tonos blanquecinos, asustados. El borde como deshecho. Y un azul femenino, resguardando una gruta de verbo negro.

 

Debajo del cuadro, sobre el piso, todo era un estropicio de recortes. Telas de diversos teñidos, motivos y colores, se solapaban una a las otras, sólo aumentando su peso a medida que se acumulaban. Apartó un retazo de escudos señoriales en tonos nacarados, y se sonó la nariz.

 

 

El mal es siempre relativo, mensurable, concreto. Cuando atravesara la puerta de la Gerencia de Algodonera Textil S.A., sabía que sería despedido. Antes, habían echado a Miguel y a Norberto. Antes, a Joaquín y a Ricardo. Un pelotón de fusilamiento con los ojos vendados, abriendo fuego sobre cualquiera que tenga enfrente, resulta más temible que el que conoce y selecciona a sus víctimas, que sabe a quiénes les dispara. El azar no permite las coartadas. Ni excusas, ni consuelos, ni esperanzas: Cálculos afuera, era su turno.

 

Salió Santiago, sin mirarlo y entró él. Silencioso, pero desafiante. Con la audacia que te da saberte afuera. Cuando escuchó su nombre de boca del jefe de personal, en la continuidad de una lista, inmediatamente lo detuvo. Eligió no perder demasiado tiempo en la ceremonia de despido.

 

Todo allí lo incomodaba. La estrecha ventana, por la que apenas vislumbraba un cable de tensión y unos faroles acabados. El hombre a medio sentarse y pararse, el brazo apoyado sobre una pila de papel sobre la mesa, una foto de la fachada del taller torcida. La atmósfera gris y mediocre, las paredes gastadas y el piso muerto. Como si esa oficina transcurriera apenas asentada la revolución industrial. Grasa y aceite. Las paredes herrumbradas, con raras inscripciones insertas en el yeso, de movimientos y roces de máquinas, muebles de acero y herramientas. Tomó el sobre que vio a la derecha del escritorio y preguntó:

 

“¿Acá está todo?”

 

“La mitad, Roberto. La otra mitad se la vamos a pagar en dos veces” - explicó sin aire, y apenas moviendo la boca, como un eco.

 

“Entonces, ¿estoy nada más que medio despedido?” - sonrió levemente, mirando una maceta arruinada con unas plantas sucias y acamadas.

 

“En este acuerdo -dijo entregándole unas hojas- está todo el detalle. Si quiere no lo firme ahora, le damos hasta la semana que viene. Si no, bueno, la situación va estar difícil.”

 

“Dame una birome” - dijo, tomando una del escritorio, con la publicidad de la empresa y firmó sin ver.

 

Tomó el sobre, estrujado, sin contar el dinero, y salió a la calle. Saludó con una sonrisa a los compañeros que aún estaban en su faena. Quiso encontrar a Santiago afuera, pero la calle estaba vacía.

 

 

“Hay ritos para salir de la infancia a la pubertad, de la pubertad a la adolescencia, de la adolescencia a la adultez -pensó Roberto- “Hay ritos para salir del colegio, de la universidad, del país. Hay ritos para morirse. No hay ritos para perder el trabajo”.

 

¿Quién narró la historia de los héroes derrotados?. ¿Quién el relato de los pioneros perdidos?. ¿Quién reprodujo la voz de los gallardos idiotas, de los nobles ridículos?. Allí donde el impulso es implorante, y el triunfo, un simple engaño. El tono del héroe está precisamente en lanzarse hacia la pérdida de todo, para finalmente todo recuperarlo.

 

Los destinos del desocupado son la miseria o el heroísmo. La santidad por martirologio, o la proclamación por desmesura.

 

 

Se dirigió a un bar, de los aledaños al taller. De esos que sobreviven durante las siestas, sostenidos por clientes de mero tránsito. El mozo, muy lentamente, se acercó a pasar el trapo por la mesa. Pidió un café, para pasar el tiempo. “¿No va a comer?” - preguntó el mozo, amenazante, conminándole a un gasto más importante. “No, gracias”. “Hay albóndigas hoy, frescas y deliciosas” - esa última palabra sonaba infantil en el tono coactivo en que se empleaba. “No, gracias” - tuvo que decirle, mirándole a los ojos. El mozo se fue.

 

Raro el bar a esta hora de taller, a plena luz después del mediodía. Mucho calor afuera, nadie por la calle. Nunca había entrado antes. El mostrador aún era de estaño, y las mesas de madera. Sólo las sillas habían sufrido el cambio de la modernidad. Para peor. Estas eran de caño hueco, soldadas malamente en las junturas de las patas. Venía un olor a aceite viejo de la cocina, o más bien de todas partes. Parecía impregnado en el ambiente. El piso en algunos sectores parecía alfombrado de colillas. Tranquilamente sedimentadas, como si ni el viento ni el paso de los clientes pudieran conmoverlas. Dieciocho mesas bordeaban las paredes, otras cinco había en medio de ellas. Luego, un hueco en el fondo, detrás del cual, dos mesas más se agregaban a la lista. En una de ellas, dos personas silenciosas y oscuras, escribían en sus servilletas. Había un cigarrillo prendido sobre el cenicero, en medio de ambos. Miraba hacia la pared, así que no podía saberse de quién era. Mentalmente, Roberto pensó en el pelado con boina. Le parecía más ansioso que el arrugado de camisa a rayas verdes.

 

Un televisor transmitía una pelea. Como tardara el pedido, fingió tener interés en el encuentro, para no hablar ni pensar con nadie. Barry “Dinamita” Jason vs. Downey “Contundente” Finnegan. En la puta vida había oído hablar de ellos.

 

Al fin, el mozo se acercó, dejó el café sobre la mesa junto con un platito de masas húmedas. También él fingió mirar el televisor mientras lo hacía. Antes de retirarse, insertó la cuenta en esos clavos de acero preparados a tal fin. “¿No habrá otra forma de guardar el importe?” - pensó Roberto, violentado ya por la escena en la pantalla -

 

“¿Quién fabrica estos clavos tenedores de papeles?" - lo tomó entre los dedos y le dio varias vueltas - “Ninguno tiene marcas visibles, ni signos de procedencia”. “Y ¿por qué todos los bares habían coincidido en clavar la cuenta sobre ellos?. Alguno habrá salido lastimado con este instrumento.” Ahí había algo en qué pensar, así que se alegró por un instante.

 

Uno de los tipos del fondo atrapó un mosquito en el aire, y luego lo sepultó en el espejo. Roberto comió unas masitas, con gusto a viejo. Tomó el último sorbo de café, un poco tibio, y se enjuagó la boca con el vaso de agua de la canilla.

 

Había pasado el sexto round. Y todavía no sabía qué hacer con el tiempo. Recordó el sobre, metido en el bolsillo de atrás. No había contado el dinero. A lo mejor podía hacer algo con eso. Veinticuatro años de taller en el bolsillo. Mejor dicho, la mitad, la otra vendría después. Estaba la copia del arreglo junto con la plata. Se levantó lo suficiente del asiento, como si fuera a desplomarse sobre el pocillo, nada más que para retirar el sobre de su pantalón. Le pareció una maniobra exagerada para un acto de cercioramiento. Uno de los tipos del fondo, el pelado con boina, descansaba la vista en él. Jason había volteado a Finnegan. El mozo se levantó de la silla fija del mostrador, y se pasó un trapo por la frente. El arrugado reclamó la atención del de cabeza desnuda, que para entonces ya tenía los ojos marrones y una expresión de desvaído. El cigarrillo continuaba sin dueño admisible, consumiéndose solo en el cenicero. Roberto abrió el sobre, como al trasluz, y contó malamente los billetes que portaba, sacando lo suficiente para abonar la merienda. Después, desplegó sobre la mesa el convenio de despido, no para leerlo, lo que ya suponía fastidioso, sino sólo para tenerlo a la vista, como un objeto. Así, entre golpes de puño técnicamente acertados y desacertados, después que Finnegan había podido ponerse en pie nuevamente, pudo leer las palabras “administración”, “plazo único e indivisible”, “desactivación”, y “etcétera”. Distraído, tomó el pocillo con la mano izquierda, mientras la derecha escalonaba los renglones del papel.

 

Terminó el octavo round. Venía después una magnífica tanda publicitaria, en la que un planeta de ocupados estables sonreía, sentados en sus comedores o acostados en paisajes caribeños. Había en total, parecía, cinco mil ciento veinticinco pesos. No quería hacer la cuenta para obviar el cálculo de mezquindad en que se habrían destacado sus antiguos empleadores. El mozo llegó otra vez, agresivamente aburrido, pasando de nuevo el trapo sobre la mesa apartando las migas derramadas, como queriendo avergonzarlo.

 

Rápidamente, Roberto volvió a guardar el sobre en su bolsillo, y apartó el convenio debajo del servilletero. Esa sencilla perfección que lograba dejar uno tras otro, los pliegues blandos de papel, merced a sus dobleces acertados e insertos entre sí. Unos sobre otros, levantándose y abriéndose, en una persecución sin tregua. No recordaba haber sacado jamás el último pliego. Para ver el fondo de la máquina, la base de metal encima del resorte, debía sacar todas a la vez, como lo hizo. Entonces ya estaba solo de nuevo, salvo por los gritos de los relatos del match de boxeo, y la mirada inquiriente ahora, del arrugado de nariz absurdamente fina.

 

Volvió a colocar las servilletas en su servilletero, dejando la lengüeta de la superior sobresaliente. La pelea se acercaba al final. Evidentemente, Finnegan no podría resistir mucho más tiempo. Y él se quedaría sin excusa de permanencia, como impelido a retirarse.

 

Alguien asomó del hueco de la cocina, que se abría frente al mostrador, señalando el sitio en el que él se encontraba. Cuando miró hacia allá, volvió a meterse dentro. La cuenta era de un peso con cincuenta. Estuvo un rato mirando el papelito agujereado. Bar

 

“El Triunfo”, de Rodrigo Saenz Valiente. Despacho de bebidas y comidas al público. Salón comedor. Número de C.U.I.T. e Ingresos Brutos. Un alarido mensurado del televisor. Finnegan caía definitivamente. Se le impartió la cuenta regresiva, y se le dio por cumplido su silencio. A continuación venían las escenas malolientes y el mohoso comentario de los periodistas.

 

A un costado de la mesa donde se abstraían los otros dos asistentes al bar, apoyadas sobre el respaldo de una silla, descubrió las hojas apartadas de un periódico. Era su nuevo refugio. Se levantó, despacio, y con gestos palaciegos se acercó al dúo de silentes, pidiéndoles hojear el diario. Ellos se miraron entre sí, tachando algunos signos de las servilletas que tenían a la vista, y moviendo uno las manos hacia arriba y acercándole el otro uno de los suplementos, le hicieron entender que querían que se fuera, señalándole su silla.

 

Allí fue, se sentó con el “Clarín Rural” sobre la mesa, y se enteró de las alzas del sorgo, las dificultades del maíz y las exportaciones de la leche de shorton. Entendió que no podía seguir más tiempo allí, cuando vio por la ventana que se venía la noche. Así que,

 

sin llamar al mozo nuevamente, dejó el importe junto al plato de masitas, y se fue, olvidando el contrato junto al servilletero.

 

 

Recién arriba del colectivo, de regreso a casa, se percató del extravío. Pensó en volver al bar al otro día, o pedir un nuevo ejemplar al jefe de personal. Aquellos no ganaban nada quedándoselo y éste no perdía nada haciéndole imprimir otro.

 

De parado, aferrado al caño superior, Roberto iba leyendo todos los anuncios publicitarios, como cuando recién aprendía a leer, y gastaba con los ojos todas las letras, luminosas o apagadas. Un hombre notablemente ancho dormía acorazado debajo de él. Sentía su fuerte respiración con una regularidad molesta y contagiosa. Se dejó arrastrar por un nudoso pensamiento, distraído en los pasajes de cláusulas posibles y extraviadas. Ahora le importaba saber el contenido de ese pliego. Pero como en una fiebre altisonante. Así que tres paradas más allá de la conveniente, se apercibió de que debía haber descender. La señora de las bolsas tuvo que abrirle paso, reacomodándose en su lugar. Roberto tocó el timbre con inocultable ansiedad. Bajó a la calle. No pudo evitar sorpresa al verla igual que siempre. Antes de tirar el boleto lo tuvo un rato bajo la vista. “Este boleto podrá serle requerido”. Lo guardó en el bolsillo de la camisa, como un recuerdo.

 

Descubrió la vereda, abierta y luminosa. Lo incomodaba verse parte de una tragedia reservada. Minúsculo desentierro. Quiso evitar encontrarse con Jaime, el señor de la vuelta de su casa, pero ahí estaba, sonriente, con su perrito blanco. “¿Qué tal” - lo festejó de lejos - “¿Todo bien, Roberto?” - “Sí, don Jaime, buenas noches...” - No había mentido.

 

“¿Dónde vive este hombre, Jaime?” - pensó - “siempre en la calle, con el perrito, a la noche. Nunca le vi llave ni puerta”.

 

Aún no había cambiado nada, hasta no tener que levantarse al día siguiente.

 

Estas pequeñas obligaciones que nos mantienen, evitando la desesperación y el heroísmo. Distrayendo al tiempo derrumbado. El trabajo es un engaño. Ocupación para longevos. Venta de tiempo. Se despertó como todos los días, a las 6:00 de la mañana. Ni siquiera tuvo la precaución de no activar el despertador, que sonó como siempre, desde hacía veinticuatro años, quince minutos después de las seis. Un héroe es un desocupado. Alguien que no prevé más allá del otro día. La épica ocurre constante en el presente. Sin obligaciones, nada más que los deberes más allá de sí.

 

Se levantó, puso el agua a calentarse, se acicaló, tomó unos mates. Prendió la radio, que pronto acabó por molestarle. Al fin, se acostó de nuevo. Una canción pegadiza se le había adherido a la cabeza. Los pies comenzaron a moverse en círculos histéricos. La lengua se le hinchaba contra el paladar. La almohada le incomodaba. No sabía tener orejas, a ambos lados de la cabeza, entre el maxilar superior y las sienes. Le percutían aún las palabras del reciente informativo. Básicamente los términos peculiares de cualquier periódico. Palabras leídas, con el tono impersonal de quienes no padecen. Manoteó una revista vieja, que estaba arrumbada entre la pared y la mesita de luz. Buscó un lápiz, le raspó la punta, y se puso a resolver un crucigrama. Buscaba que le entrara el sueño, consumir el tiempo, de todas formas detenido. Hacerlo fluir por entre los párpados, como las sombras de un pesado silencio. Al fin, se durmió, hasta las doce.

 

Despertó transpirado y aturdido. Se fue a bañar. Desnudo, la persistencia de la identidad. Allí, recién allí recordó el torno. Debía estar ocioso, como él. Oxidable. Perseverancia de la pasividad. Tenacidad de la paciencia. Elogios de una rala resistencia. Brazos de tornero, puntillosamente tensionados. Las uñas comidas por el rotor de la máquina. Las piernas rígidas, la espalda decaída. Los nudos en el pecho, las venas sobresalientes en el dorso de sus manos. Los pies ajados, la piel rota. Los huesos delicadamente sonoros. Y el agua que te alivia. La rareza del mediodía lo dejaba solo.

 

Después, la vergüenza elemental de su desnudez mojada. Y la toalla entre las ingles. Los olores confusos. Sudor, jabón, vapor, encierro. Luego de vestirse, volvió a su pieza y abrió las persianas. Recién a las catorce se acordó de ver qué tiempo hacía. Había un Sol obsceno detrás de las cortinas. Casi nadie afuera, con el calor. Cerró los ojos contra la pared.

 

¿Quién hará el relato de los héroes dormidos?, ¿quién el canto de batallas no peleadas?. ¿Qué aeda pulsará sus cuerdas indicando el sitio en el que el héroe se extravía, en medio de la lucha?. ¿En dónde celebrar los desconciertos?. La llama de la duda. El brazo desarmado. El héroe sin seguridades. Transparente en su contradicción.

 

 

Se tumbó de nuevo para dormir. Ahora oía voces escritas. Relámpagos de oraciones entintadas. Sentía la hendidura de los trazos en la hoja, a medida que se pronunciaban. Mezcló textos, libros, diarios, contratos de locación y pagarés. Dibujaban las letras una doble espiral centrífuga, que lo mareaba. Soñó con cuñas en las paredes de su cuarto, lastimadas por buriles de extrañas formas. Vio a un animal con garras atacar el suelo con sus patas delanteras. Las paredes raspadas hasta alcanzar los caños interiores, como partes de un hueso al descubierto. Después, una gruta elemental, con un hombre que tallaba signos en un cráneo. Despertó. Había dormido poco. Apenas una hora. Fue derecho a tomar algo fresco de la heladera. Con las manos así, transpiradas, no podría manejar el torno. Se sentó en el banco de madera de la cocina. Tenía la puerta de salida al frente. Y la voz del portero detrás.

 

No quería salir en horario de trabajo. Lo verían. Le harían preguntas. Se diría que lo habían echado de la fábrica. Le adularían con falsas posibilidades. Se lamentarían con él, dando gracias internamente de no estar en su lugar. Tenía que esperar hasta la noche para tomar un poco de aire. Escuchaba las voces en el corredor del edificio, como un intruso. Acechaba los silencios como un fugitivo. Sonó el teléfono. No lo atendería. Sólo después del horario de trabajo, cuando ya debiera estar en casa, levantaría el tubo para hablar. Como cuando faltaba al colegio, y llegaba a la casa de sus padres, exactamente a la hora en que debía hacerlo siempre.

 

Atendió, por reflejo.

 

“¿Roberto?...  Carlos,  che,  de  la  fábrica.  Te  estuvimos  buscando  todo  el  día,

 

¿dónde andabas?”

 

“Por ahí, Carlos, ¿qué tal?. A vos también te dieron el raje”.

 

“Sí, hablamos con la gente del sindicato, y vamos a firmar un petitorio entre todos para entregarlo mañana a la patronal”.

 

“¿Un petitorio?, ¿para qué?”.

 

“Pidiendo la reincorporación inmediata, Roberto. Tenés que estar en la puerta de la fábrica mañana a las nueve”.

 

No se acuerda qué le contestó. Que iría, le parece. Más papeles que arrugar. El despido se hacía interminable. No había acabado en la pequeña escena con el jefe de personal. Ahora se multiplicaba, crecía y persistía. Lo que podía (quería) sea un acto, se convertía en una actividad.

 

Salió de su casa a las 23:00. Tomó el colectivo que lo llevara al bar la otra tarde. Por una cortada vio doblar a Jaime con el perrito. El 34 iba casi vacío. El chofer fumaba. Había un muchacho, dormido sobre el vidrio, y una vieja arreglada para velorio. Se bajó a dos cuadras, caminó en silencio. Fue derecho por Avenida de los Corrales, apenas iluminada por unos faros viejos. En el cruce con Calchaquíes dobló a la derecha. Había en la esquina, sobre unas baldosas arrimadas, un agrupamiento de hojas verdes, formando un círculo. No era otoño todavía, aunque algunos árboles ya empezaban a desparramarse de ese modo. A mitad de cuadra debía estar el bar.

 

Había ido ahí, la tarde anterior. Pero el bar no estaba. Dio un par de veces la vuelta manzana, de puro ocioso, para confirmar lo evidente: En el lugar donde la tarde anterior había dejado su contrato en una mesa, y visto sin querer la pelea por el campeonato, había ahora un local abandonado. A través de la reja, ya que estaba el vidrio roto, se veían diarios viejos y correspondencia, de por lo menos un año, sin atender. Arrancó una rama larga y quebradiza, y metiéndola por el espacio de la reja, arrastró una carta hacia él.

 

Iba dirigida a la “Sra. Mariana B.”, indicaba una dirección, y mencionaba el remitente “Claudio H.” Sintió un decoroso pudor. La fecha era reciente. Pensó en abrirla, pero al fin sólo la guardó en el bolsillo del pantalón.

 

“Comenzás  por  perder  las  referencias,  antes  de  extraviarte  por  completo.

 

Navegamos amarrados a papeles que pueden llegar a cualquier parte, e incluso volver cuando no estés.”

 

El trabajo, como sitio en donde estar. El contrato, como ancla subterránea. El bar como recuerdo permanente. Las palabras lugares.

 

Roberto se sentó en una plaza oscura. Es cerrada la noche. Sobre el banco de madera, la espalda erguida y las piernas firmes, mira los olores que lo cercan. Una frescura musgosa. Un perfume dormido, como campanas enterradas. No hay detrás, ni debajo, ni principio ni adelante. Sólo aromas. Inabarcables.

 

“Podría no volver a casa. ¿Quién se daría cuenta?. Es extraña la sensación de que te esperen las paredes, los rincones, las distancias de la mesa a la cocina, de la cocina a la cama, de la cama al baño. Oscuros los lugares donde concurre mi ausencia. Oscuros pero desvelados. Estar acá, a esta hora, es prolongar un desconcierto. Permanencia en otra

parte. Quedarme acá es dividirme. Acentuar el silencio, percibir las formas donde no soy.

 

Para luego aparecerme.”

 

Se levanta, llevando todo el peso de su cuerpo a las rodillas. Ahora, de pie, queda vulnerable. Tronco escuálido. Camina solo hacia la luz que da la calle, donde alguien revuelve con cuidado unas bolsas de basura.

 

El hombre tiene unos treinta años. Los brazos entregados y la vista enfurecida. Desenvuelve un papel con ansiedad y alcanza el contenido grasiento a la boca. No tiene tiempo de llevársela a su casa. Presume que alguien viene, así que apura ansiosamente la masticación, traga y mastica al mismo tiempo. Y alguien viene, desde la izquierda, como si hubiera husmeado la comida de deshecho. El olor penetrante del alimento, aún más dulce cuanto más podrido. El hombre se va, en una huida lentamente desesperada. Quien se acerca es un chico, de once años, zapatillas blancas y una remera de inscripciones infantiles. Lo acompaña un pibe con una trincheta entre los dedos, para abrir plástico y cartones. Y de paso amedrentar al que se interponga. Se le unen otros dos.

 

Hay un bruto nuevo en la esquina, que lo desafía con la mirada. Que se le queda mirando, infelizmente, como pidiéndole explicaciones por algo. En un brusco movimiento, el pibe hace sangrar la pierna del adulto. El chiquito de 10 años apreta la bolsa de basura con el cuerpo. La bolsa revienta. Un estómago abierto de la saciedad. El hombre se retira, con la mirada aún fija sobre el pibe de la trincheta, que ha dado un paso hacia atrás. El chico se sienta en la vereda, contra la pared, y recoge unas promesas de chocolate que raspa de un paquete de aluminio.

 

Lejos, se oía el quejido del hombre, arrastrando su pierna por la pared humedecida.

 

 

 

“El héroe es siempre un extraño. Monstruo o minusválido. Ignorancia o perplejidad. Yo busco al héroe del espejo. Los atributos de la vergüenza. Blasones de lo que se quiera ocultar, poner debajo. El héroe en el desierto, atribulado. Estas piernas, reducidas al camino de la fábrica. Estas manos, atenazadas al torno. El pecho y la cabeza de inservible. La conciencia cómoda del que una vez tuvo trabajo. La voz partida. Una inmensa, generosa cobardía. La espalda encorvada. La batalla por venir, perdida. Un romance ausente, por desprecio. Tales son mis fortalezas. Junto al mísero dinero que cobré por la mitad de mi indemnización.”

 

“No pienso pagar los impuestos, hasta que vengan a ejecutarme. Es extraño que en otro momento un atraso no me dejara dormir. ¿Qué se puede caer todavía?.”

 

 

“Mi hermana, Mercedes, se habrá enterado ya. Hoy debíamos encontrarnos, hace tres horas y media. Habrá esperado, se habrá ido a hablar a un teléfono. A lo mejor preguntó con el encargado. Habrá pensado cualquier cosa. Lo habrá llamado a Carlos. Le habrá dicho. Estará preocupada. Se dirá que soy capaz de cualquier cosa. Puedo decirle que me dio vergüenza salir con ella, sin trabajo. Que no puedo gastar más de lo que no voy a ganar... Mañana la llamo. No sé por qué esta astuta frialdad con ella. En verdad, con casi todas las cosas. Debe ser el umbral del sueño, que me ajeniza.

 

“Voy a gastar menos plata en colectivo, ahora que no tengo que tomarlo a las 6:00 y a las 17:00.”

 

 

Desanduvo el camino a pie. En treinta minutos ya reconocía el barrio, aunque cambiado por la madrugada.

 

Las paredes viscosas, los techos aplastados, el adoquín reseco. Oía voces que resbalaban desde las ventanas laterales. Silencios transpirados. Pasos nerviosos. Había llegado hasta allí sin pensar. Hasta que la calle se le hizo familiar. Entonces se soltaron los ecos del día, desdibujados en el trazo somnoliento.

 

Como en un lánguido destierro, se acercaba a su casa. Una hermosa vecina, vejada de cosmética, buscó su cara. Debía tener una apariencia ausente, ya que ella buscaba detenerse en sus ojos y no podía. Un muchacho en la acera se acomodaba las piernas. Él llevaba sus pasos con morosidad involuntaria. Como si aplastara la acera. Avanzaba pesado, pero despojándose. Vagos recuerdos se desprendían sin dificultad, dando lugar a un rocío acumulado. Luces difusas. Vidrieras iluminadas para ningún placer. Faroles muertos. La vereda como a través de un vidrio.

 

Alguien saludaba desde lejos. Un chirrido amenazaba con quebrar el suelo. Unos muchachos fumaban en la esquina, disfrutando del miedo. Una pareja huía abrazada de cualquier detenimiento. Entre todas las persianas bajas, la persiana que se cierra. Alguien en la puerta, ansioso, esperando. Un coche se detiene cerca, dejando un joven de traje negro, abandonado de una fiesta.

Perdido es desterrado. Roberto se había decidido a dormir afuera. Pero ¿dónde?.

 

 

 

Afuera es la falta de lugar, el texto sin memoria. El encuentro con personas sin historia. La palabra como toda identidad. La acción como todo alarde.

 

Buscó un lugar oscuro para orinar. Percibió un muro a cinco cuadras, negligentemente iluminado, lindante con las vías del tren. Terrenos del ferrocarril que ni siquiera fueron catastrados. Residuos del despojo inglés. Trastos olvidados en la urgencia del saqueo.

 

Después de aliviarse de la continencia, notó que un grupo de muchachos se acercaba. Uno de ellos era el pibe de la trincheta, que había apartado a aquel hombre de la bolsa de basura. Venían discutiendo. Permaneció en el lugar, sin hacer el menor ruido y pudo escucharlos un buen rato.

 

Aparentemente, era un problema de bandas. Que sólo podía ser definido por una pelea, de la que no habían tenido noticia. Luego, los nombres emitidos le resultaron familiares. Barry Jason y Downey Finnegan. “Dinamita” y “Contundente”. Un dúo cómico. Aparentemente, en ese ring, que en la desatención del bar hubiera visto, se había celebrado un rito que modificaba las relaciones de poder. Los grupos se mostraban ansiosos de conocer el resultado del encuentro, que Roberto tenía vagamente en la conciencia, como un dato inútil. Buscaban resignadamente en los diarios que habían obtenido en la celebración de las aceras. Sabían que el encuentro se había producido, pero ignoraban los detalles de su desarrollo Algo les había vedado asistir a la emisión de la contienda pugilística. Pudo enterarse que de haber triunfado Jason, las bandas debían ponerse más duras e inflexibles. Ese era el estilo de Barry. En cambio, si la palma hubiera sido para Finnegan, debían volverse más dúctiles y calculadores, sinuosos y traicioneros. Tal era el perfil de Downey. La hipótesis del empate técnico era descartada con graves argumentos. Pensó que en los tiempos de la Grecia homérica, también el curso de la historia era decidido de acuerdo a las alternativas de una lucha entre iguales. Las culturas posteriores sostuvieron la batalla previsible, entre débiles y poderosos. Así que el orden político de esos jóvenes se adecuaba de algún modo a la tradición heroica. Ingenuidad al fin, ya que muchas veces el resultado de las peleas se sabía decidido por el peso de las apuestas o el dinero de los sponsors.

 

Uno de ellos, pequeño y redondo, se acercó a Roberto y le pidió dinero para comida. Ordenándole una súplica. “¿Cómo puede ser – preguntó mientras le entregaba unos pesos – que estando tan pendientes de esa pelea, no la hayan visto por televisión?”.

 

“El campeón vendrá a nosotros” – le contestó.

 

Lo hicieron retirar de su callejón, empujándolo cortésmente con el puño. Uno de ellos, alto y ampuloso, le arrebató al pequeño la plata y lo arrojó contra la pared. Éste, al rato, después de frotarse un momento la espalda, sacó un sobre del bolsillo que Roberto reconoció como el pago de la indemnización. El chico lo agitaba como una bandera, saludándolo.

 

 

Al salir de aquella calle cerrada tomó por la avenida principal, hasta donde se torna oscura. Por allí, una esquina penumbrosa le llamó la atención. Durante el día, esa esquina estaba deshabitada. Mas, detrás de unos cristales turbios, una lámpara oscilaba dulcemente. Una suave sombra desplazaba en ella su agonía. Era difícil seguirla. Parecía deshacerse y recomponerse de una ventana a otra, de una vereda a otra del caserón. Roberto eligió no acercarse demasiado, y ver la escena desde enfrente. Persiguiendo una silueta interior, vaga y silenciosa. Candil cerrado. Para mejor acomodarse se apoyó en un árbol. Intimidad rústica. Soplo ajado por las hojas. Hacía tiempo que no tocaba la corteza viva. Rugosa soledad a la ventura. “¿Será cálida la savia?”. Como ese candil dentro de la casona. Pálido, discreto, ondulante. Roberto desmenuzó en sus manos una hoja y se llevó el hollín a la boca, sintiendo un gusto amargo y fuerte. Se dejó deslizar, la espalda contra el tronco, sin perder de vista las ventanas.

 

El héroe en la guerra es el alma ubicua. Ahí en la esquina, Roberto tenía tres extremos. La batalla es una red de quiebras acentuadas. Uno es el que cae, el que mata, el que ciega, el que alza su espada y el que cansado, la suelta. ¿Y cómo es el héroe quieto?. El mito de la espera. El héroe fijo, como piedra o árbol. Y un extenso y demorado desplome como epopeya. Un brazo corre la cortina. Es un ademán tranquilo, confiado. Alguien pasa por enfrente, con cierto apuro. El brazo es apenas una luz fosforescente. Ahora la luz se ahueca, enrojeciendo en un punto. Queda temblorosa en el centro de la habitación, como un suspiro mantenido.

 

El sueño o el cansancio lo acunaron, y el aroma del pasto de la noche humedecido.

 

“¿Velaste?” – El hombre del perrito, Jaime, lo encontró un ahora antes del amanecer.

 

“Estoy bien” – contestó Roberto sin moverse, como si eso contestara la pregunta.

 

“Hizo frío anoche. Troilo estuvo todo el tiempo junto a la estufita”. “¿El perro?. Nunca supe cómo se llamaba”.

 

“Troilo, Troilo se llama, como Don Aníbal.”

 

Cualquier comentario trivial le parecía grosero, violento, desafiante. El hombre traía al perro con la mano derecha. Una correa fina y larga, bastante roída. En la izquierda, además, llevaba una radio pequeña, encendida, mal sintonizada. Así se enteró que eran las seis menos cuarto de la mañana. La voz del periodista, y sobre todo las voces de los avisos publicitarios, que apenas sobresalían de una estática ruidosa, le causaban una particular insidia. El hombre parecía no escucharla, pero los alfilerazos de sus transistores alcanzaban cuadra y media.

 

“¿Qué paso, jefe?. ¿Lo echaron de la casa?” – Lo agredió con simpatía.

 

“¿Puede bajar esa radio?” – Se defendió, atacando. Desde donde estaba, sentado en el suelo, mirándolo hacia arriba, tenía que imponerse.

 

“Ah, sí... Discúlpeme. ¿Todo bien, jefe?” – Bajó el volumen, pero no la incidencia. ¿Cómo se combate una invasión que no se percibe?. En el campo de batalla, cantando la canción del enemigo. Inevitablemente, ya que nos persigue adonde vamos. Usando los términos del enemigo. Inexorablemente, ya que son las palabras con las que pretenden exhibirnos el presente. Nos sustituyen presente por actualidad, y el pensamiento sólo puede permanecer como clandestino. Un hilo de voz detrás del aturdimiento.

 

“Quédese tranquilo, Don. Vaya nomás.” – Lo echó con parsimonia.

 

Siguió escuchando la radio, unos diez minutos más. Incesante. Acabando una palabra tras otra en permanente sucesión de predicados. Sin sujeto que los diga ni que pueda hacerlos propios. Sueltos predicados, para asirse al caminante, al descansado, al combatiente.

 

Dos cuadras más adelante, el anciano tropezó con su propio perro, perdió el equilibrio y se desparramó en el aire. Durante la caída, empecinado en no soltar la radio, estiró la antena que sostenía entre sus dedos, y le clavó la punta en el ojo a un transeúnte que esquivó su cuerpo.

Una gota de resina le cayó a Roberto desde las ramas.

 

¿Cómo ser el héroe de la amenaza trivial?. Para eso se convocan a los santos, no a los héroes. No hay resguardo ni merecimiento que no sea racional. Hay orden en el heroísmo. Que desorganiza las redes de un daño lógico, sensato y secuencial. No hay héroe que te salve de la picadura de una avispa. Salvo que sea la Avispa Gigante del malvado profesor “Sdrunter“. No hay héroe que te salve de un tropezón en medio de la calle. Salvo que sea causado por el rayo disparado de una nave espacial.

 

El transeúnte puede quedar ciego. Y quizás necesite su vista para ayudar a otro, por ejemplo, si es guía de contingentes. O piloto de avión. O cirujano de precisión. U óptico.

 

Cuando Roberto se acercó, sólo logró escuchar su profesión: Enfermero. Lo cargaban en un auto, en mitad de los gritos del hombre, los ahogos del anciano, los consejos de una mujer y los ladridos del perro.

 

La calle tiene su memoria. Ahí mataron al hijo de Vicente. Estaba corriendo de la policía y se abrazó a este árbol. Refugio absurdo. Blanco perfecto. Tiraron contra él salvajemente. El cuerpo no se desplomaba, aferrado al tronco, sólo arrancaba pedazos de corteza que dejaban ver el pálido interior. Era como si los balazos lo clavaran contra el árbol manteniéndolo de pie. Cuando acabaron de tirarle, se deslizó, soltándose sin vida, doblado sobre las raíces.

 

Cuando Vicente lo contó en la fábrica, pocos le creyeron. La prensa publicaba otra cosa. Enfrentamiento, peligro, reducción: Domingo, armado, había disparado contra los agentes. Pero Domingo venía de ver a sus sobrinos, los hijos de su hermana. Nunca llevaba su revólver cuando iba a verlos. La madera viva crece. Se expande, como la memoria, conformando series de anillos concéntricos. Oculta y resguarda todo lo pasado, lo sucedido, lo por suceder. Finalmente se ventiló que había sido un error, un arreglo de cuentas con otro parecido. Nombre o apariencia similares. La misma ignorancia.

 

Apartó unas ramas, incorporándose, para ver la ventana de enfrente, por la que había detenido su vagabundeo. Ahora estaba cerrada. Un extraño barniz sin embargo, lucía la madera de sus persianas. Una sombra luminosa, un musgo transparente. Cruzó la calle. Prestó atención a los sonidos que pudieran provenir desde esa casa. Nada firme. Algún quejido de madera y tintineo de arenillas. La boca seca, la lengua pegajosa. Sería bueno gastar en un bendito desayuno. Comenzó a andar, en busca de un café, por la calle lateral a la casa. Por curiosidad, dobló esa esquina, y las dos siguientes, hasta volver a ella. Intacta, permanente. Hacer centro en un punto externo, fuera de sí.

 

Cuando se iba, la puerta se abrió dando paso a un hombre lento, majestuoso. Tenía una herida en la pierna derecha, cubierta por una tela delicada. Roberto reconoció en él al ciruja de la noche anterior, que había sido atacado por el joven de la banda.

 

 

Troilo acababa de dar su primera vuelta. Cotidianamente completaba cinco. Roberto no sabía cuántos círculos más dibujaría en derredor de aquella construcción.

 

Por ahora, anduvo un par de cuadras más y al fin, se sentó en un café, mirando hacia la calle. No hay mejor modo de perderse. Había pedido un café con medialunas.

 

“Desde que me despidieran sólo me alimento con café” – pensó, recordando que no había cenado la noche anterior.

 

Adentro no había casi nadie. Horario de trabajo, claro. Solamente un jubilado, apartado, escribiendo en unas hojas amarillas, y él.

 

Mientras aguardaba ser servido (la esmerada atención lo avergonzaba, llegando a sospechar que tenía un fin oculto, como se engorda al chancho que se quiere comer), el hombre de la casa de la esquina ingresó, apresurado, con un botellón, a pedir que lo llenaran con agua caliente. Luego saló afuera y se lavó las manos con un chorro. Estaba hirviendo.

 

Un acto de audacia, por ejemplo, sería cambiarse de mesa. Que al regreso del mozo ya no esté donde lo busque. “Como quienes quiera que sean, que se hayan acercado hasta mi casa...”. Más aún, un acto de arrojo sería sentarse a conversar con ese anciano.

 

Ver qué escribe.

 

Un poco más cerca de él, le advirtió un aire familiar. Un pelado con boina, como el del bar de la primera tarde fuera del taller.

 

“¿Puedo?” – Señaló la silla, un poco tímido. El hombre mayor miró a su alrededor, todas las mesas vacías, y con una entonación sorpresiva y molesta le dijo:

 

“Haga lo que quiera” – señalándole el asiento como si lo hubiera dejado caer con la palma de la mano.

 

“Gracias... ¿Escribe usted?” – ansiosas e infantiles le sonaron a Roberto sus palabras.

 

“Así es. Escribo cartas, ¿sabe?. Una carta es un anzuelo, una búsqueda, una promesa.” – el viejo hablaba para él, mirando un punto fijo, más allá de la ventana.

 

“¿Y a quién le escribe?”.

 

“Ah, en realidad, escribo a quien responda”.

 

“¿Cómo es eso?”. – Con las piernas inquietas hacía temblar las patas de la mesa. El hombre hizo un silencio, detuvo un instante la mesa con la mirada, y volviendo

 

a levantar los ojos continuó:

 

“Usted puede partir, irse de golpe hacia cualquier sitio. Entonces manda cartas para que le aguarden al regreso. Pero si uno se queda quieto, como yo, sin apenas poder andar tres cuadras sin cansarse, escribe para que alguien lo visite”.

 

“¿Amigos?, ¿recuerdos?, ¿parientes?”

 

“No hay personas ni lugares. Nada más encuentros.” – Se mantuvo un rato suspendido afirmando con la cabeza lo que acababa de decir y continuó:

 

“Mire: Una vez recibí una carta, devuelta al remitente, con mi nombre, apellido y dirección. Una carta que, créame, yo no había mandado nunca. Hice una copia de su texto, y la envié realmente a quien figuraba como destinatario. Como destinataria, mejor, ya que era, o es, mejor dicho, una mujer. Palabra dura, definitiva: “Destinataria”. Pero volvió a regresar. Entonces mandé una nueva, y sin suerte; y otras más, que siguen regresando ‘al remitente’.”

 

“¿Y la casa?, ¿el domicilio? ¿No ha pensado ir?”

 

“La casa no está lejos, es acá nomás, a unas ocho o nueve cuadras, en la esquina.”

 

En ese momento, una voz, potente y grasosa, entró al bar:

 

“¡Roberto!...” – su ex - capataz, con una sonrisa bigotuda, parecía arremeter con intenciones de abrazarlo.

 

Acercándose hasta la mesa, lo alzó de los sobacos y le palmeó la espalda cinco veces. El hombre de la correspondencia tomó los papeles que tenía sobre la mesa y discretamente los guardó en alguna abertura del saco. Ni miró a Gonzalez, el hombrón que sacudía los hombros de Roberto, escupiéndole el afecto que le sentía.

 

“Muchacho, ¡tengo un laburo para vos!... Fácil, cortito, piola y bien pago, ¿sabés?”.

 

El señor interrumpido, apenas perturbado, pidió la cuenta.

 

Gonzalez sacó a Roberto del bar, y lo llevó hasta la puerta de la fábrica. Ahí se detuvo, haciendo sonar las chapas de la entrada como quien se permite una travesura con el moribundo.

 

“¿Te interesa laburar de noche?” – su viejo capataz, sostenido por una columna sobre la pared, lo miraba como si estuviera en otra esquina.

 

“¿Qué hay que hacer?” “Robarle a los muertos”. “¿No es ilegal?”

 

“No es ilegal. Son cosas que no tienen dueño, de las que nadie dispone. Cosas además cuya asociación con el cementerio nadie quiere recordar.”

 

“El oro, el bronce, las coronas...”

 

“Y los huesos. Los huesos también se venden. Pueden servir de estudio para los amantes de la medicina, o incluso de material probatorio en una causa judicial”.

 

La cosa no desencantó a Roberto, atento a que se pagaría bien y rápido.

 

 

 

Resulta cómodo ser héroe cuando se tiene un objetivo. Cuando las cosas no tienen sentido, ni siquiera para destruirlas, es donde comienza la verdadera valentía. El coraje de comer, beber, asearse, y encima de todo, levantarse a trabajar.

 

 

“Descansá bien. Dormite una siesta, no yires mucho. Te paso a buscar a las once.”

 

Se metió en una iglesia, y simulando contrición, se quedó dormido entre los últimos bancos. Dormir entre los santos. Las imágenes, los vitreaux, la delgada

 

luminosidad, las columnas, capiteles, ojivas y estructuras cupulares, mudas, misteriosas. Como dormido dentro de un sueño sólido, exterior, tangible, que seguiría allí cuando despertara. Y que aún continuaría, probablemente, después de que muriera. El sitio lo prepararía para el paisaje de esa noche.

 

Uno de los monaguillos que hacía los preparativos de la misa de 20:00 hs., sintió que debía despertarlo: “Señor...” – comenzó, y luego más fuerte: – “¡Señor!...”, moviéndole apenas el brazo, que estaba agarrado al reclinatorio. Confundido aún, le agradeció, y levantándose discretamente, se fue de la iglesia.

 

Afuera ya era de noche. Un hombre de edad limosneaba en la puerta. Le dejó dos monedas. Ya cobraría en la mañana siguiente.

 

A las once en punto llegó su capataz, en una camioneta. En la parte de atrás viajaban dos hombres más: Unos muchachitos de dieciocho a veinte años, que iban haciendo bromas truculentas sobre lo que iba a sucederles. Se los presentó: “Jorge y

 

Miguel. Hacen falta cuatro para hacer el trabajo en una noche.” Como viejo conocido, le hizo un lugar en la cabina, sacando unas herramientas que había acomodado en el asiento del acompañante.

 

El cementerio no estaba lejos. Llegaron en quince minutos a una de sus puertas laterales. Preguntaron por “El Rusito” a un personal de mantenimiento, que les indicó una lucecita al final de la Galería 14.

 

“El Rusito” era el contacto. Los esperaba. Les señaló por donde empezar y les indicó que ante cualquier inconveniente, el no iba a poder ayudarlos.

 

“¿Qué puede pasar?” – gritó confiado el capataz, buscando afirmar su seguridad golpeando a Roberto con el dorso de la mano, “¿no es cierto Roberto? ¿Y pibes? ¿vamo´a trabajar?” – y se puso adelante, para evitar cualquier respuesta.

 

Los nichos eran sencillos. Con un par de destornilladores podíamos rescatar las figuras de bronce y las inscripciones de los finados. Teníamos una lista de los que no habían renovado el pago y de aquellos a los que sus deudos nunca habían ido a ver

 

(resultaría irónico decir “visitar”). Era una especie de justicia, como me lo quiso explicar

 

Miguel, lamentándose: “Ni siquiera traer unas putas flores...”

 

El primero que nos tocó desarreglar era de un tal “Florencio M. Mendez”, había muerto en 1995. Por suerte no recordé ningún Mendez conocido. Del resto procuré no prestar especial atención a sus nombres.

 

A la una estábamos ante la bóveda de los Stregga. Ahí la cosa se puso más macabra, ya que había que trabajar directamente sobre el cajón.

 

A las tres habíamos alcanzado la cantidad de diecinueve kilos de bronce entre Vírgenes, Cruces, Corazones y Ángeles. Las inscripciones iban directo al fundido.

 

De ese mismo bronce estaban hechas las efigies de los héroes.

 

El “Rusito” tenía la cara seca y blanda. Se le notaban las venas en medio de la frente, y atacando las mejillas. Tenía un humor insolente y pegajoso. La camisa abierta, los dedos flacos y ríspidos. Nos preguntó si no querían ver una pareja que hacía la

 

“porquería” entre las tumbas. No respondieron. Embolsaron los pesos que tuvo la delicadeza de entregarles en billetes chicos. Arrugados, como procedentes también de los osarios.

 

Al salir del cementerio se sentían algunos gemidos de placer, era cierto. Uno de los pibes que iba con Roberto en la parte de atrás de la camioneta, con el que ya había cambiado unas palabras (era estudiante de Derecho, tenía diecinueve años, y al hablar producía como un eco con la boca, moviendo la quijada en grandes círculos), recordó:

 

“Este es el viejo valor vida. ¿Notaste que los huesos de los chicos son más caros?. La ventaja de morirse con la dentadura completa. Ahora mismo puede chocar tu ex capataz, y a la mierda con todos nosotros.”

 

“’No matar’ no es no ‘te mueras’” – le aclaró – “Al Derecho sólo le interesa castigarte”.

 

Los otros dos (eran cuatro y más el ex – capataz, que ahora iba al volante con el muchacho más joven) que se habían reído toda la noche, ahora estaban callados y cansados, mirando apenas a la calle, como sonámbulos.

 

Lo dejaron en la puerta de su casa. Él ni siquiera lo había pedido. Se daba por descontado. Pero él ya no quería volver.

 

El vacío es la espera de algo. No hay el vacío en sí. Aparece solamente detrás de la pérdida. O del extrañamiento. Estar en la puerta de tu casa, sin deseo de entrar.

 

Por suerte era de madrugada, y nadie lo vio en el dintel de su edificio. Esperó hasta que la camioneta doblara la esquina, y caminó hacia el lado opuesto. A las dos cuadras, paró un taxi. Por costumbre, reflejo o intuición le dio la dirección de la fábrica.

 

Sin hablar, el recorrido lo entretuvo en silencio. Entornaba los ojos para herir las luces de la calle y estirarlas. Ni miedo ni culpa, ya que ambas son torsiones del mismo desconcierto.

 

Pasó por el frente de la casa detenida. La ventana iluminada dejaba ver unas siluetas blancas. Como caricias se despegaban del vidrio.

 

Siguieron andado, las veredas salpicadas de melancolía, las baldosas húmedas. Las puertas de madera tibias.

 

Iba rehaciendo el camino a su trabajo. Antes de llegar vio los restos de una pancarta a favor de los despedidos, desgarrada entre dos árboles. Al fin, la puerta de hierro y el cartel de venta. La fábrica tampoco estaba más allí. Lo mismo que el bar, había desaparecido.

 

El taxista renegó por la falta de cambio. Parecía haberse arrepentido de todos los viajes. Retenido en la inconstancia, y luego recién traído a ese barrio callado y oscuro, desde el que tendría que retomar a alguna calle céntrica.

 

Descendió del automóvil guardando las monedas en el bolsillo, sin controlar el

 

vuelto.

 

No probó la puerta grande de acceso a las oficinas. Mecánicamente empujó el portón de su taller. Estaba abierto.

 

Entró. Encendió las luces del panel y quedó frente al lugar donde debía su torno. La sala vacía, las herramientas silenciosas.

 

Se apoyó contra el ángulo de la pared, y dejándose caer hasta el piso permaneció con la vista fija en su máquina.

 

En menos de una hora se quedó dormido.

 

Unas palmadas en la puerta, a modo de saludo, lo recogieron de su estupor. Había estado recorriendo las miradas de aquellos sectores de la fábrica en los que nunca había estado. Roberto asomó la cara y preguntó:

 

“¿Quién es?”

 

“Por favor, ¿podría ayudarme?”

 

Viéndole expresión centrada y amigable, se acercó hacia él.

 

“¿Qué precisa?”

 

“Mire, aquí al lado la fábrica quedó abandonada, ¿vio?” “¿Y entonces? Diga, hable nomás. Tranquilo.”

 

“Bueno. En la fábrica hay máquinas... Tornos especialmente, que...” “Sí, diga, vamos, lo escucho”.

 

“Verá, soy artesano. Fabrico muñecos... Y, la verdad es que me vendría muy bien

 

un torno de precisión... Y como acá no se le va a dar uso... Antes que se estropee, pensé...

 

Bueno, es que soy solo, y...” “¿Necesita ayuda?”

 

“Para llevarlo, ¿vio?. Usted vive en una casita humilde, como yo... Así que me tomé el atrevimiento de... Como es acá al ladito nomás...”

 

Pensó en las máquinas que habían golpeado hasta deformarlas. Pero aún había otras. Y el hombre la necesitaba:

 

“Vamos”

 

“Yo... tengo el carrito, acá afuera. Hay que subirlo y chau.”

 

Empujaron un torno que aún había resistido el embate. Roberto le explicó que él era tornero, y con la máquina en el carrito, le preguntó:

 

“¿Qué vas a hacer con el bicho éste?”

 

“Fabrico y vendo héroes. Para los chicos, ¿viste?” “¿Héroes?”

 

“Así es. Las modas son rápidas. Y van quedando héroes atrasados que ya no se ven en las jugueterías, pero que aún pueden ser buscados por un chico. De esos que no tuvo el acceso ni la plata para comprárselo en el momento de mayor auge”.

 

“¿Y qué está haciendo ahora?”

 

“Vengo con la serie de los noventa. Armond Clyde, Súbito Daniel, Pitros Loiceck y Gartúm.”

 

“No recuerdo haber oído nombrar a ninguno de esos tipos”. “No tenés hijos en edad escolar, entonces.”

 

“Es cierto. Pero, ¿no es mucho laburo?”

 

“No. Tengo la matriz. Que siempre se repite.” “¿Para cualquier héroe?”

 

“Para todos los héroes”

 

“¿Y los rostros, la expresión, el tono...?”

 

“Los héroes no tienen rostros. Sólo atributos. Y es en ellos, sólo en ellos que difieren. Por ejemplo, Súbito tiene una capa y un pararrayos. Pitros tiene un cinturón y un sombrero. Armond tiene una copa mágica, y Gartum, una enciclopedia. Agregando una y otra cosita, transformás al mismo muñeco en el héroe que se te dé la gana”

 

El fabricante, antes de irse, le pagó un dinero a Roberto, por la colaboración, y le regaló un ejemplar de “Melver Máximo”, héroe al que nunca había conocido, y cuyos atributos eran una linterna y un lápiz.

 

Roberto recordaba haber leído que los artesanos de la iglesia usaban el mismo sistema para los santos y las vírgenes, sólo reconocibles por las espigas de trigo, los trajes de pastor, los vestidos de las apariciones, el báculo derecho, el libro en las manos, la herida en los hombros o el perrito al pie. Los mismos rostros, brazos, piernas, pecho y espalda. Luego, sólo una composición de detalles diferenciales.

 

Con el muñeco bajo el brazo, como los chicos, se fue a dormir.

 

Lo despertó un ruido de cadenas y cerrojos. No podía ocultarse en ningún sitio, así que se mantuvo en su lugar.

 

Al poco rato entró al taller el hombre al que Roberto había visto ser herido por un chico, salir de aquella casa de la esquina y calentarse las manos con el agua caliente mendigada en el bar. Si bien parecía mirar hacia donde estaba, no manifestó ninguna sorpresa. Roberto no tardó en darse cuenta de que tenía serias dificultades visuales. Cerraba los ojos con violencia intentando enfocar la vista. Roberto se ocultó de él quedándose quieto en el ángulo de las paredes.

 

El Otro (ya que sólo había dos personas en toda la fábrica) avanzó con torpeza hacia la máquina, clavándose una de las manijas inferiores en la pierna. Gritó, apenas un quejido, doblándose, y empezó a tantear el torno desde abajo.

 

Roberto quiso asistirlo. Despegó su brazo derecho de la pared, pero entonces entendió que acercarse sería violentarlo. Después de todo, el golpe ya había pasado, y el dolor que le veía padecer era apenas muscular. Exagerado el gesto por soledad y resonancia.

 

Pasado ese episodio, el Otro observó sus manos con profundo interés. Eran manos pesadas y latientes. Como envueltas por un guante. Después, movió la boca como en un rezo rústico, y avanzó unos pasos hacia el interior, con más cuidado.

 

Lo vio pasar como a un remolque. Ruido y trabajo.

 

El héroe tímido. Silencioso. El que lleva la carga, que otros le reclaman. Exigencia de osadía que se impone a los cansancios. Trueno espeso.

 

El Otro volvió a la máquina. Tomó la manija con destreza, y haciendo palanca con el brazo, la dobló. El hombre forzudo.

 

Después de la proeza, sin aplauso, el Otro notó que lo miraban. Volteó hacia el ángulo donde se detenía Roberto. Respiró muy fuerte y tanteó el aire que los separaba con la mano abierta.

 

“Buenas noches” – pudo decir Roberto. “Yo trabajaba aquí. Ese era mi torno”.

 

El Otro se movía hacia él, pero sin dirección. Orientado por la sombra.

 

Llevó una mano hacia el pecho y sacó de él un jirón de tela blanco finísimo. Las hebras flotaban en el aire, danzando, mientras él desdibujaba el suelo, como si fuera a marearse.

Roberto aún no se decidía a acercarse.

 

El Otro lo miró extrañado pero conforme. Su rostro (hablaba con toda la cabeza) pronunció:

 

“Agua preciso”

 

Roberto le indicó casi despectivamente la dirección del baño.

 

Abrió la canilla, que corroía un agua viscosa, marrón, oscura. Pese a ello, el Otro volcó su cara debajo del inmenso chorro.

 

Demasiado tiempo sin trabajar, las cañerías se habían estancado. Roberto alcanzó a levantar la llave de luz que abría el circuito eléctrico. La bomba de extracción comenzó a funcionar, haciendo que soplidos enervados de agua turbulenta se desecharan sobre la nuca del Otro.

 

Así también comenzó a funcionar una de las máquinas distribuidoras. Al Otro le molestó esa novedad. Respiraba con un alivio impaciente. Luego, se dejó sentar en el suelo. Puso ambas manos sobre la cabeza y parecía quedarse dormido rotundamente, cuando volvió a erguirse lento y perezoso, caminando hacia las máquinas envanecidas.

 

Desde el interior del baño, Roberto pudo verlo sacar una llave francesa del cajón de herramientas, y con el más despejado aburrimiento comenzar a golpear los tornos, las distribuidoras, los empalmes, los caños de irrigación y los cables embutidos. A medida que la máquina avanzaba, la hacía retroceder. Donde un émbolo encajaba, lo desencajaba. Donde una rueda se movía, él buscaba detenerla. Como un engranaje invertido y desaforado.

 

Roberto acudió a ayudarlo. Tomó una pinza de hierro y junto al Otro comenzó a clavar sus golpes secos, medidos y desapasionados sobre las máquinas. En las que había trabajado tanto tiempo. Violencia paciente.

 

Héroes de fuerza. Sin más coraje que los brazos y las piernas. Resistencia y subordinación. Roberto acometía contra un objeto, y tras él lo hacía el Otro. Roberto lanzaba sus golpes contra el suelo, y tras él lo hacía el Otro. En el mismo ángulo, con la misma intención e intrascendencia. Dúctil brutalidad.

 

Estuvieron así un largo rato, hasta que el cansancio o el tedio los devolvió a mirarse. Sin decirse nada, salieron del taller, hacia la calle. Roberto pensó: “Habría que romper el escritorio de Lopez. Donde se apoyaba para echarme”. Señaló al Otro la

 

dirección de su pensamiento. El Otro, obedeciendo una orden rutinaria, se volvió perezosamente hacia ese sitio. Sin saber qué hacer. Esperando que Roberto le indicara.

 

“El escritorio” – le dijo. Pero era inútil. Debía ir hasta allí y emprender solo contra el mueble, para que viera. Pero no tuvo tanta voluntad. Dio una vuelta más por el taller, arrastrando la pesada pinza por las paredes (el Otro repetía el mismo movimiento) y salió a la calle.

 

 

El alma es perversa. El cuerpo es transparente. Apetece, descarga, sufre, duele, inquieta, tiembla y acaricia. El alma encubre. El cuerpo es el perfecto, sin mácula. Órganos sensibles, piel vibrante. Gracia y sencillez. La terrible es el alma, sustancia voluble, oculta, abstrusa, desgarrada. Ella tiene los rostros de tu soledad y las manchas de tus culpas, opresiones y egoísmos. De allí que sólo sean puros los héroes de fuerza. Hombres forzudos, cuya robustez se entrega a la agonía.

 

El Otro se fue mirando el camino, muy despacio, como si lo ataran los pasos a cada trazo de la vereda. Roberto lo seguía con la vista, como si acabara de llevarle un secreto.

 

El Otro se apoyaba contra la pared, como si pudiera desplomarse. Pero luego continuaba el mismo andar, tranquilo y sosegado. Roberto se acostó en el quicio de la puerta. Y no podía dejar de mirarlo. Del mismo modo en que se persigue un barco, hasta que desaparece en el horizonte.

 

 

“No va a volver” – una voz femenina lo sacó de su estupor. Ella estaba sentada en el descanso de un portal. Pelirroja, o por lo menos teñida de pelirroja, agotada, flaca y decaída.

 

“¿Lo conocés?” – sin saludarla, preguntó Roberto. Escondiendo la mirada, que se le iba por sus piernas.

 

Ella con los ojos dio a entender que se había dado cuenta.

 

“Lo conozco.” – dijo, agachando la cabeza. Y luego, desafiante: “¿Tenés sed?” “Yo trabajaba acá...” – quiso explicarse. Luego contestó: “Sí, un poco.”

 

“Puedo darte a beber mi boca” – dijo eso acumulando saliva sobre el paladar. Estaba sucia y desarreglada. Parecía acabar de ahogarse hacía unos minutos.

 

“Mirá. Estoy húmeda” – Se abrió de piernas, evidenciando su menuda menstruación. No tenía bombacha. Y despertó un olor salvaje en el aire. Como de algas y enebros.

 

“¿Cómo te llamás?” – formalizó Roberto.

 

“No Importa” – dijo, como si realmente se llamara así. Luego, descalzándose – tenía las medias rotas y oscuras, agregó: “Besame los pies. Me gusta.”

 

Roberto se acercó a sus plantas. Levemente acarició el empeine. Dibujó los tobillos con las manos, y pasó su lengua por entre los dedos. Dulce, cruda, tierra derretida.

 

“Eso es lindo, ¿ves?.” – dijo apartando los pies de su boca. Pidiendo que se acercara, le abrió sus pechos. Sus pezones se clavaron en los ojos de Roberto.

 

“¿Sos vos la tentación?” – preguntó, intelectual.

 

“Apenas lo inevitable” – contestó, definitiva.

 

Él recorrió sus piernas con los brazos. Ella despertaba un calor silencioso y estático. Como si tuviera una atmósfera más densa rodeándola.

 

Ella le tomó la cabeza entre las manos y lo besó como si lo fumara.

 

Roberto quedó envuelto en el vapor de Ella. Como si fuera toda líquida, y pudiera beberse. Haciendo un cántaro de garras con la cuenca de las palmas.

 

Abierta y pronunciada, la penetró.

 

En la noche silenciosa, los verbos de la piel. Huellas en la piel, uno del otro. Dejándose, abandonándose. Perdiendo pedazos de su carne adheridos en el otro. Un secreto hundimiento, cálido. Y un resurgir ante su rostro de placer.

 

Los dedos, las manos, el pecho, todo el cuerpo poblado de extremidades. Solemnemente, Roberto absorbió el jugo de sus piernas, gustó con la lengua sus axilas. Buscó el vértigo vibrante. El nervio que desgarre en las honduras de Ella. Áspero y dulce, en el borde del no ser, Ella lo detuvo:

 

“Dame la sed, no el agua. La agonía, no el descanso. El deseo desarmado en tus pupilas.”

 

Él se abrazó a su cuerpo. Ella susurró:

 

“Detengámonos aquí. Quedate conmigo esta noche.”

 

Lo hizo entrar más tarde por una puerta oxidada. Sin cerradura, solamente un pequeño candado.

 

Ella le dio un vaso de algo tibio. Él se acomodó en una colchoneta arrinconada. Ella, mirándolo, recién entonces se desnudó.

 

La suma de tus partes no está en vos. Tus partes no están en vos. Sentado sobre la cama improvisada, mirándola dormir, Roberto pensaba.

 

“Hallar un número tal que la suma de sus partes lo exceda. Concebir, por ejemplo, un tres, tal que dos más uno sea cuatro.”

 

La belleza es un gesto furtivo. Un borde, un desvío. Que no pueda habitarse sin estar perdido. O mejor, ausente. La belleza es lo que sustrae.

 

Héroes de belleza. Desgajados. Proteger belleza, como rezar un grito.

 

Ella dormía, despreocupada. Las piernas libradas a la sábana sinuosa. Las piernas que él sentía de perezosa gracia. Detener el aire, y deslizarlo en las almohadas. Esfuerzo y quietud de su respiración. Noche escondida.

 

Sus piernas, levemente dobladas, recogían la angustia placentera. El descanso en el ser conservado por la nada.

 

La curva de esas piernas hacían el tiempo posible.

 

Mirar y recorrer. Roberto, inmóvil, dejando transcurrir esa quietud, cierra los ojos. Al día siguiente la casa de Ella estaba poblada de voces. Extrañas y coloquiales.

 

Podía en el murmullo de todas, reconocer su propia voz, aunque su boca estuviera cerrada. Labios y lenguas entregados a un esfuerzo incontenible.

 

Se abrían bocas en los pies, en las piernas, los pechos, brazos, cuellos, nalgas. Bocas que encendían sus palabras en el borde de los cuerpos. Húmedas, vibrátiles. Volcándose en idiomas alejados y disímiles. Frases largas, vocales imposibles. Consonantes adheridas a los huesos, nervios, venas. Cortadas y adheridas a los cuerpos como huellas.

 

Ella y él, detenidos. Y la torre de Babel asomada en sus entrañas.

 

Sin comprender el significado, multiplicábanse las voces. Aumentaban la intuición de los fonemas. Los hacían dudar, errar, golpearse y sostenerse.

 

Vocablos enredados a las cosas que nombraban. Oraciones escanciadas como sombras. Asomadas a la piel, como germen del susurro. Alaridos movimientos.

 

Poco a poco fueron diluyéndose. Líquidos cencerros. El tránsito y la huella se fueron confundiendo. Opacándose en esbozos del encuentro. Del enjambre de quejidos a los tibios escarceos. Descendiendo desde los extremos hasta la ignota superficie. Aferrados los deseos al vislumbre del aroma. Borbotando los secretos en los poros de la

 

piel. Ella contra el techo, él chocando como el agua contra acantilados que lo hacían espaciarse, elevarse y sustraerse.

 

Dispersos deliciosos, desplegándose despiertos en la noche oscura. Trazando afuera, en la ventana, un despojo de luces cenicientas.

“Sólo afuera, más afuera de ti estarás tranquilo. Puentes a una esquina derribada.

 

Horizontes apagados. El héroe es aquel que está llegando o ya se fue. Profecía o epopeya.

 

Héroe es quien no está. Ausencia necesaria.”

 

 

 

Cuando cesó el abrigado susurro, las bocas secas del cuerpo fueron replegadas. Otros ruidos, ajenos, violentos y cercanos acudían a la casa. Un seco ardor se instaló sobre su piel. Áspera y dura, como un manto de sal sobre los huesos.

 

Él se levantó. Ella no estaba.

 

Llegó hasta el baño, y se tiró como estaba bajo el chorro de la ducha.

 

Un alivio inexpresable. Y un ansia desmayándose en su estómago, como una erupción de flores artificiales.

 

Después, se vistió y salió a la calle.

 

Miró hacia ambos lados, sin percibir ninguna huella. Trampa de las ciudades. Ninguna estela por donde seguir un paso. Ninguna incisión en la tierra. Sólo la imagen de los gestos.

 

Sintió un fuerte nudo en la garganta, que no le permitía enhebrar palabras ni sonidos. Cómo llamarla. Sin su cuerpo y sin su nombre.

 

Volvió a la casa. Se mantuvo un rato sentado sobre la cama, tragando una saliva seca por la faringe. Olió la humedad silvestre de sus cuerpos suspenderse desde la superficie de las sábanas.

 

Se estiró hasta el cajón de la mesita de luz. Adentro había una tijera. La tomó entre los dedos, y tomando un extremo de la sábana, comenzó a hacer jirones con ella. Primero lenta y prolijamente, y enseguida, arrancándola de su trama, desgarrándola.

 

Había perdido las palabras. Pero no el murmullo de los órganos. Así que leves quejidos, aullidos, estrías de las cuerdas, se unían a los rugidos de la rotura, como un único dolor asimilado.

 

Fue arrojando los pedazos hacia el suelo, donde se apoltronaban en un abandono despojado.

 

Terminada la operación, metió la mano dentro de esas tiras acumuladas, y extrajo tres o cuatro largas y sinuosas, que ató a las rejas de la ventana abierta.

 

Quería que los jirones esparcieran el aroma. Como toda señal de vida, como todo suelo y pertenencia.

 

El aroma es más propio, santo, íntimo y elemental que el nombre. Barco quieto, cuya vela pende de un mástil afirmado en tierra firme.

 

No volvió a acostarse en la cama que desacomodó con Ella. Durmió en el piso, en el baño y contra las paredes.

 

Dos semanas pasó observando las alternativas de la tela, hasta que la vio desgajarse, endurecerse y partirse abandonadamente. Tomo un jirón de esos jirones y poniéndoselo al cuello, dejándolos caer sobre la espalda, como hilos de una capa destruida, echó a andar, dejando abiertos el portal y su alma.

 

Roberto volvió a la calle. Antes de la esquina, paró el colectivo de regreso a su barrio, como una costumbre atávica. Quería ir a algún lugar reconocible. En realidad, quería regresar a Ella.

 

El coche estaba lleno. Fue metiéndose atravesando los cuerpos agolpados, hasta llegar cerca de la puerta de salida. Sobre el brazo de él tenía el brazo de un señor de mangas de camisa. Sus piernas se cruzaban de un modo incomprensible, con las de una señora de faldas verdes. Sus muslos chocaban con los muslos de una mujer con un vestido liviano. Los sentidos forzosamente se neutralizan al contacto involuntario. Ahora era empujado por un bolso, y luego por un muchacho de remera blanca, que buscaba descender en la próxima parada. La abulia concentrada evita tener que hablarnos. Bastaban dos o tres interjecciones para hacerse entender. En ámbitos como ese, el lenguaje se reduce a tres sentidos: Quiero pasar, quiero sentarme, quiero bajar. Principio, desarrollo y final del viaje en colectivo.

 

Es increíble que el chofer esté despierto en medio del sopor de su pasaje. Entonces, se desocupó un lugar en los asientos dobles que Roberto tenía frente a

 

sí. Estratégicamente interpuso su cuerpo del lado contrario al que sabía que el hombre iba a descender, para que nadie pudiera ganarle el descanso. Ni esperó a que la segunda pierna saliera del ámbito de los asientos. Incrustó su derecha como una conquista, y haciendo pivote con ella, se sentó.

 

El tipo del lado de la ventana parecía presa de una intriga animada. Venciendo el obstáculo del viaje, se dirigió a Roberto:

 

“¿Falta mucho para Rodriguez Peña y Alberti?”

 

Se limitó a contestarle con una mirada de indiferencia, a pesar de que sabía que faltaban sólo unas cuadras. Alguien le avisaría.

 

Se bajó en la cuadra de su casa. Roberto se percató de que no tenía más recuerdos sino desde la noche en que lo habían despedido.

 

Sin recuerdos, no habría esperas ni conocidos. Su calle era otra calle. Una más. Resultando para el héroe imposible toda vuelta, todo hogar, todo regreso. Disponible a la aventura porque viene de transitar todos los fracasos.

 

Atardecía, y al mismo tiempo que bebía las gotas de un naranja pálido sobre las paredes, un grito desgarró su pecho. Hacia la izquierda.

 

Atraído por un simple aburrimiento, sin arrojo ni valentía, alcanzó a una señora, que caía sobre la acera, con las piernas dobladas y la frente rasguñada. Como pudo ubicó su cuerpo, sentándola sobre un escalón.

 

Ella le explicó, prácticamente con señas, que se había desplomado contra las baldosas. Le frotó la mano, con saña cariñosa, reteniéndolo. Roberto se sentó a su lado y esperó que se tranquilizara.

 

Algunos testigos se acercaron a la escena con grandes ademanes de admiración y perplejidad.

 

Bastante tiempo después llegó una ambulancia. En el aturdimiento, firmó unos papeles como si fuera su marido. Así que lo dejaron acompañarla en la camilla. Ella lo miró extrañamente agradecida.

 

Fue cuando comenzaron a preguntarle detalles de sí mismo (nombre, apellido, teléfono, dirección) que se dio cuenta de que se había quedado mudo.

 

Los testimonios eran precisos y concordantes: Había volado. Lo que a Roberto le había parecido un mero inclinarse sobre la señora tropezada, había sido un rescate espectacular de una caída de tres pisos.

 

Unas cuantas felicitaciones, golpecitos en la espalda, periodistas de todas partes terminaron por confirmarlo.

 

Se sentó en uno de los bancos del pasillo entre las habitaciones y personal de enfermería se encargó de esparcir a los curiosos.

 

 

Para una personalidad retraída como se había convertido la de él, no era difícil mantenerse en el anonimato. Sobre todo si a ese retraimiento se le agregaba ahora la mudez, que ciertamente dificultaba algunas cosas, pero ahorraba otras tantas, tanto o más molestas. Fingir cualquier clase de simpatía, decir las palabras que se espera que diga, dar las señas de una civilización que sólo sobrevivía merced a las palabras, a una comunicación que se limitaba a cerciorarse de las formas. Un universo aludido, no real, atravesado por el cansancio de los signos.

 

“Cercano a tus poderes, perderás el habla. Como si no hubiera otra forma de nombrar las cosas, más que con la acción de tus propias manos. Para que no haya verbos sino brazos ocupados; ni sustantivos, sino sangre que las venas atraviese, o el vigor del músculo o los huesos firmes"

 

Fue a desayunar al bar. Últimamente era su primera y única comida del día. Hasta donde le alcanzara el dinero del cementerio. Después vería qué hacer. A lo mejor le pagaran, se dijo, para guardar secretos.

 

Una foto en los periódicos lo bautizaba “héroe de la capa raída”. Por suerte aún no había fotos de él publicándose groseramente, en blanco y negro, y a la vista de cualquiera.

 

Le daba pudor volver a ver a la señora. De todas formas, por la novedad, el periódico indicaba que avanzaba bastante bien, que ya estaba fuera de peligro y que en días más volvería a su casa.

 

Pensó: “Quizás ahora consiga un trabajo, pero... ¿quién necesita un hombre volador, más que un circo itinerante?. La función del héroe no es un acto permanente, sino una serie de eventos espasmódicos." Nadie desea estar agradecido en convivencia.

 

Unos gritos confusos lo despertaron de su extrañamiento.

 

El Otro había entrado a pedir agua con un pesado botellón antiguo, y fue rechazado con un gesto desaprensivo. El hombre quedó tieso, sorprendido, con el brazo extendido sosteniendo el inútil y ostentoso recipiente. Dos mozos intentaron retirarlo. Él se aferró violentamente al botellón. Habrá creído que era un robo. Levantó el botellón, para alejarlo de los mozos. Entonces empezaron los gritos, desde cualquiera de las mesas. Habrán creído que podría descargar un golpe contra ellos. Alguno se levantó, otro se ofendió. En poco tiempo, el forcejeo era múltiple.

 

Roberto se levantó con media medialuna atrapada entre los dientes. Levantó su brazo derecho, para dar una palmada al Otro, en su aturdimiento. El Otro se recogió con cierta parsimonia, y le valió una reconocida autoridad frente al resto de los levantados. La sumisión elocuente. El descanso del golpe sobre un lomo de silencio.

 

Desde el piso, la rodilla doblada, la espalda vencida, el Otro le dirigió una mirada. Roberto apenas pudo sostenerla, por lo que levantó la mano que pesaba sobre él, mientras hacía un gesto señalando el botellón a los dos mozos.

 

Poco tiempo después, el Otro se retiraba, con los ojos admirados y rendidos, con la confusa satisfacción del sucio recipiente lleno de agua.

 

Roberto no pudo continuar desayunando. No hay continuidad del heroísmo. Por eso la necesidad de las dobles personalidades, de las personalidades secretas y ocultas. Tuvo que retirarse, con la dignidad de la lentitud, y la única ventaja de no haber pagado.

 

 

Se sentó en el mismo banco a la mañana siguiente, ante la misma mesa. Los héroes suelen ser rutinarios. Sobre todo, quizás, para no someterse a cada instante a una serie de preguntas insidiosas. Quienes conocen al héroe, quienes forman parte de su circuito de acciones cotidianas, no tienen ninguna pregunta que hacerle, o piensan quizás poder hacerla en otro cualquier día, y comparten su sólido silencio con la mejor de las indiferencias. Quienes conviven con un héroe sienten miedo más que admiración, y pena más que agradecimiento. Por lo demás, Roberto volvía al mismo bar para no tener que hacerse entender por nuevas señas. Pero esa mañana había allí alguien más, que recalaba en ese sitio por mera casualidad. Uno de los peligrosos "no asiduos", a los que todos, desde el portero de enfrente hasta el mozo más diligente, observaba con humilde desconfianza. Llevaba casi una hora sentado y aún no había pedido un miserable vaso de agua. Había traído un bolso enorme que colocó en la silla de enfrente, como toda compañía, y parecía esperar solamente lo inevitable. Lo que de todos modos pasaría.

 

Roberto miraba el cielo encapotado a través de la ventana. Llovería en cualquier momento. Si nadie podía detenerlo. El voluntarismo parece regir las historias de los héroes. Como si todas las cosas pudieran evitarse, menos el heroísmo. "Pero si todas las cosas pueden ser evitadas o controladas - pensó Roberto - entonces siempre hay un culpable… ¿Y a quién sino a mí mismo culparme de la huida de Ella?”.

 

Le trajeron el cortado con el que sobrevivía durante las mañanas. Miró al mozo con aire de distracción. El hombre le dirigía un gesto de complicidad, casi de camaradería. Roberto devolvió la sonrisa con una sonrisa de pesar. Esas que se intercambian en las guardias de los hospitales, o en las salas de espera de las comisarías.

 

Puso el azúcar y revolvió perezosamente. Miró a su alrededor, observando al extraño. "Si siempre hay un culpable, entonces estamos llenos de enemigos."

 

Comenzó a llover.

 

El extraño hizo un gesto de feliz resignación atrajo hacia sí el bolso, lo abrió, miró dentro satisfecho de lo que había, y volvió a cerrarlo, llamando al mozo con voz orgullosa:

- "Un tostado y un café" - agregando jovialmente: - "Parece que habrá lluvia para

 

rato."

 

Acabó rápidamente su pedido, pagó y salió a la calle contento.

 

Roberto aún no había terminado de enfriar su cortado, cuando vio al extraño abrir su bolso y extraer de él en forma correcta y vistosa, unos treinta y tres paraguas de todo tipo y color, que una vez colocados en un tubo de plástico, se ofrecían a los desprevenidos transeúntes.

 

Sólo en ese momento Roberto recordó el rostro del extraño, como el del vendedor de héroes que conociera a las puertas de la fábrica. Así que terminó su cortado, pagó con la propina de siempre y salió a saludarlo.

 

- "Abandoné a los héroes” – le dijo, en complicidad con su silencio – “Mejor dicho, ellos me abandonaron a mí. Ya no se venden como antes, ¿sabés?. Ahora respondo a la demanda ocasional. Si llueve, tengo paraguas. Si hace mucho calor, helados; si hace mucho frío, garrapiñadas.”

 

Roberto cruzó otra de las cuadras que lo mantenía alejado de su casa, y en tanto la lluvia se volvía más insidiosa, manoteó uno de los papeles que aún llevaba en sus pantalones, la carta que recogiera en el bar fantasma, con la idea de secarse el agua que caía por su frente. Sin embargo, el papel, blanco y húmedo, le recordó a Ella, y lo protegió entre los brazos mientras cruzaba la cuadra.

 

Alcanzó un refugio bajo el viejo toldo de una verdulería, un poco combado por el peso del agua que tenía encima, y ya que tenía que esperar el cese de la lluvia, rompió el sobre de la carta y puso el papel bajo sus ojos.

 

Al principio, los signos, un poco borroneados por el ajetreo y el agua, le parecieron extraños. Luego, a medida que repasaba sus líneas, iba encontrando islas de significados, como si no hubiera sido escrito de un lugar a otro, de acuerdo a un decurso determinado, sino en tumultos y por agresivas compulsiones. Como si al mismo tiempo hubiera escrito un mensaje determinado, el pensamiento que le dio lugar, las dudas que nacieron sobre su formulación, los temores de su acogida y hasta la ironía de sus propios términos.

 

Eran fases de un ritual, de un ir y venir del signo al hecho. Detalles de un encuentro por llegar o por volver. Ritmos de un cencerro lento, ritmos del silencio o del arrullo, ritmos que resuenan en las lejanías.

 

Con la carta entre las manos y la lluvia en el toldo, se quedó dormido.

 

 

 

Alguien tropezó con él, y lo despertó de su sueño. El murmullo de una radio ininteligible y el olfateo de un perro vagamente conocido, acabaron por despertarlo.

 

Una voz anciana lo arengaba a ponerse en pie. Reconocía a Troilo, el perrito del hombre de la radio. Pero no podía entender las palabras que tan amablemente sonaban ajenas, exteriores, como pronunciadas dentro de un tubo.

 

Apoyó el brazo en el suelo y con cierto mareo, notó que habían descargado grandes bolsas de basura a su alrededor y que había dormido entre restos de frutas prohibidas, zapallitos abichados y tomates llenos de hongos.

 

"Lo han estado buscando, Don..." - el hombre del perrito se agachaba graciosamente en busca, aparentemente, de sus orejas.

 

Roberto apreció la familiaridad del señor con una sonrisa ingenua, al tiempo que el perrito se ocupaba de romper una de las bolsas con los dientes, con una feroz curiosidad, con gula primitiva.

 

Sin querer, aplastó unos puerros reblandecidos por el moho y por la lluvia. Y sin querer, también, se llevó la mano a la boca.

 

Ayudó al perrito a deshacer de un sólo tirón la bolsa de residuos, del que se alejaron en distintas direcciones un grupo de lentas cucarachas; puso su mano derecha adentro, extrajo una masa húmeda e informe de verduras y se la dio a oler acercándosela al hocico.

 

"¡Troilo, no!..." - llegó a gritar a su perro el hombre mayor ante el desconcierto de éste que ya movía la cola animado ante una comida al aire libre. Inmediatamente después tironeó con fuerza de la correa y obligó a su animal de paseo a dar un par de pasos hacia atrás, no sin antes haberse tragado un buen bocado de esa pasta blanda e incierta.

 

El perro se retiró con su dueño, relamiéndose las verduras. Roberto olió la mano con la que le había extendido la comida y no hallando ningún hedor desagradable, la llevó a su lengua.

 

 

Dos noches después, uno de los muchachos que le habían robado aquella noche de la pelea entre “Dinamita” y “Contundente”, le acercó unos mendrugos de carne, algo pegajosos, para que lo tocara con sus manos,

 

- “Límpielo, y le doy unos pedazos” – le arengó, sonriente. Uno de los rasgos de la marginalidad, es la falta de memoria, es la provisoriedad de cada uno de los rostros de la vida.

 

Roberto lo reconoció, sin voluntad de recuerdo, y tomó los pedazos entre sus manos. Se había corrido la voz de que tenía el poder, don, suerte o milagro, de limpiar los comestibles. De hacer de cualquier comida agriada, mufada, podrida, un plato sano, nuevo, como vuelto a cocinar. Hasta tibio, o caliente, decían algunos.

 

Entonces sólo el aroma del pan caliente le recordaba a Ella.

 

 

 

Dormido, entre los últimos crujidos del fuego que los había calentado durante la noche, una insidia familiar lo despertó. El señor de la radio y el perrito se acercaba.

 

Siempre se estaba acercando con ese ruido penetrante. Roberto se sintió descubierto, de modo tal que se escondió entre unas frazadas, a pesar de haber dejado de tener frío.

 

Uno de los muchachos fingió reírse:

 

“Nunca sabremos qué estación escucha. Tiene la sintonía fija en una zona del dial que no es ni Mitre ni La Red. A veces se escucha una, a veces la otra. Pero la mayor parte del tiempo es una mezcla insoportable de las dos.”

 

“Pobre perrito…” - indicó otro.

 

El señor se les acercó, sintiéndose aludido quizás por las señas y miradas.

 

“La tengo fuerte porque no escucho. Pero no espero ninguna noticia en especial, ninguna música. Tengo la sintonía fija entre Mitre y La Red, porque ahí, precisamente ahí, una vez escuché el suspiro de una diosa.”

 

El perrito lo aprobó gravemente y siguieron su camino molestando a los vecinos que a esa hora del día recién se levantaban.

 

 

Ese don de limpiar los alimentos generaba una cantidad de reyertas entre los ansiosos cenadores, que le obligaban a terciar con la fuerza de sus brazos, y que finalmente lograron que se marchara del barrio.

 

Ocurrió que encontrándose en ese menester de sanar los pedazos de comida rescatados de entre la basura para una bandita de muchachos del barrio que la compartían con él, otra banda que también había sido favorecida noches anteriores con ese don, también a cambio de otras tantas menudencias rescatadas de las bolsas de la calle, reclamó su exclusividad.

 

"Sólo a nosotros, quienes primero confiamos en él, nos corresponde gozar de sus servicios".

 

Roberto no recordaba que hubiera habido un primero o un segundo grupo de beneficiarios. Tampoco entendía por qué razón esa prioridad les podía otorgar derechos. Vio cómo se apretujaron en una lucha tremenda.

 

El heroísmo es elegir entre unos y otros. Asistir a la lucha desgarrante por ocupar esos lugares, por ser elegido, tocado, bendecido por él. Una magia que destruye.

 

Finalmente, Roberto intervino en la reyerta, no consiguiendo más que enemigos en ambos extremos de la batalla.

 

El poder es la capacidad de no elegir, la no elección en cuanto pueda tener de perdurable.

 

Un grupo destrozó el ya desmantelado carrito de madera del otro, con la sola descarga de sus brazos. En represalia, uno de los niños del carrito se lanzó contra el brazo, como si el brazo fuera un ser vivo independiente de su dueño. En un momento todos se trenzaron en una feroz disputa en nombre de los trozos de comida, que entonces resultaron pisoteados, despreciados y sucios.

 

Roberto, lentamente para él, estrepitosamente rápido para ellos, detuvo un cuchillo que oculto dentro de una bolsa de residuos, se blandía contra un muchacho de campera marrón. Más tarde debió también voltear a este muchacho, cuando apartó una baldosa de hormigón para arrojarla sobre el otro. Contra unos y otros debía actuar con increíble velocidad, de forma tal que no recordaba haber visto los flecos de la sábana que colgaban de su camisa, descender sobre ella.

 

Como resultado de su exitosa lucha, Roberto debió aislarse por dos noches sucesivas, encontrando protección en la esquina de la casa iluminada. Un pudor absurdo impedía a las bandas agarrarse a trompadas con tanta luz.

 

A partir de entonces, los alimentos que Roberto limpiaba a través de la imposición de manos, cobraron un sabor amargo.

 

 

Ahora que podía comer de la basura, lo tenía sin cuidado el problema del dinero. Pero necesitaba un modo de ocultarse, otro de viajar y uno más de guarecerse. Podía llevarse consigo, pero no tenía un sitio en el que estar.

 

Pasar desapercibido no era demasiado difícil. Haber salido en el diario no lo había hecho más reconocible. Esas noticias (alguien al que se vio volar para salvar a otro) se leen sin creer, sin molestarse, con cómoda e inevitable desconfianza.

 

 

Viajar le era necesario, ya que consistía en su único disfraz, ante la corredera de sus poderes, que ya le había traído problemas. Guarecerse, ya que vendría el frío y necesitaba encontrar un lugar al que volver, ya que no volvería a sí mismo.

 

Roberto ya no entraba al viejo bar a desayunar. Esperaba que tiraran las primeras bolsas de la mañana y se sentaba en cualquier sitio, luego de una breve caminata. Había aprendido a dominar sus dones, de forma tal que el café podía calentarse entre la cuenca de sus manos, y las medialunas se volvían nuevamente crocantes y despiertas.

 

Se acompañaba de una reseña de diarios rescatados de la basura, con historia de ayer, anteayer o de pasado mañana. Poco le importaba ya la actualidad, ya que vivía en una suerte de segundo plano a lo que le resultaba el mundo real.

 

 

Una mañana, la camioneta de Gonzalez se detuvo frente a la puerta del bar. Roberto cruzó, por curiosidad. Había notado que la indigencia lo había vuelto anónimo. Un par de veces se cruzó en su camino con viejos compañeros y hasta con amigos de la infancia, y ninguno de ellos se detuvo a reconocerlo. La indigencia no se ve sino de soslayo. Así que por más que su antiguo capataz abrió la puerta a dos pasos de él, descendió de su camioneta y pasó por delante suyo, en ningún momento le dirigió la mirada.

 

Detrás de Gonzalez, un poco después, entraron al bar Jorge y Miguel, los otros dos muchachos con los que habían ingresado clandestinamente al cementerio. Por curiosidad, repetición o inercia, Roberto entró tras de ellos, y se volvió visible.

 

“¡Roberto!... ¿Qué hacés?. Vení, sentate.” – Los bigotes del capataz se levantaban en una sonrisa prepotente, mientras su pesada mano corría hacia atrás la silla que tenía al lado.

 

“Te veo más gordito… Parece que te fuera bien…” – agregó sarcástico, mirando a los otros dos. Roberto, enmudecido, no podía responderle.

 

“¿Qué pasa?. ¿Te comieron la lengua los ratones?” – Las formas de la crueldad suelen ser infantiles.

 

Roberto señaló su garganta y negó con la cabeza.

 

“¿Te duele la garganta?. Tomate un tecito, si querés. Yo pago.”

 

Roberto negó con más notoriedad y juntó sus manos en tono suplicante.

 

“Entiendo. Una promesa” – Concluyó Gonzalez. Es llamativo que puedan inteligirse las promesas, cuando no guardan ninguna relación con el objeto por el que se realizan. Un matrimonio con alguien y una caminata a pie. Una sanación y un encendido

 

de velas. Un examen aprobado y un corte de pelo. Guardan respecto de su deseo la misma relación irracional que la del castigo. En este caso es un castigo autoinfligido para compensar de algún modo el placer o el alivio de una buena solución de un problema.

 

 

Por facilitarles las cosas a todos, Roberto asintió a esta posibilidad. Luego, se levantó, no sin cierto escozor, o temor a develarse (aún sin habla) y fue al baño con apuro.

 

Al regresar, traía con él una pequeña medallita que recogió del piso. La moza del bar la reconoció:

 

“¡Encontraste la medalla!... Sos un genio!” – Se la arrebató de las manos, como si lo hubiera mandado a buscarla, y se la metió en el bolsillo del uniforme.

 

 

La idea de birlar los trofeos de las vitrinas de los clubes de barrio, ecos apagados de otros tiempos de victorias, la habían descartado en homenaje a la memoria de los cuatro o cinco jubilados que nunca hubieran pensado en la posibilidad de que alguno se llevara esas efigies de oro y bronce por el sólo peso del metal, sino por la carga simbólica que alguna vez ostentaron y que ahora padecían.

 

La nueva modalidad consistía en la rapiña de depósitos de fábricas y comercios abandonados. Otra acción de dudosa legalidad, pero sin reclamos aparentes.

 

“Estuve en el taller de la Algodonera Textil… Parece que alguien se ocupó de inutilizar las máquinas. Las hicieron pedazos.” – comentó Gonzalez, como si se trataran de cosas de él.

 

“No quieren pagarle a nadie, ni con máquinas” – concluyó seguro de su acierto, el pequeño estudiante de abogacía.

 

“No es eso, no. A las máquinas no pueden despedirlas. Entonces las rompen o desarman. Sólo quieren que no trabajen, para no tener que alimentarlas todo el tiempo.”

 

 

Las manos dentro de la basura. Una ansiedad inexplicable inundaba los ojos de los adolescentes que lo observaban. Ansiedad en los despojos. Mendrugos de pan. Silencios sucios adheridos a una salsa pegajosa. Muñecos rotos, objetos desarmados, ropa apelmazada. Papeles mudos y apretados… Y enganchado en unos cuantos cables,

 

alambres o tejidos de malla corroídos, un anillo de fantasía con forma de mariposa. Una jovencita extendió su mano y él se lo alcanzó.

 

“Siempre me gustó este anillo” – lo limpió introduciéndolo en la boca y se lo puso en el dedo.

 

Roberto recordó la medallita, recobrada para quien en alguna oportunidad sólo la había robado. Luego, esta niña, para quien ese anillo era una alegría demorada. Se daba cuenta que no recuperaba objetos para sus dueños, sino para quienes tenían sobre ellos un anhelo, un conjuro, una esperanza.

 

 

Mientras estuvieron comiendo, refugiados en un fuego plástico, sucio, viscoso, un joven observó a Roberto desde otra cuadra. No muy lejos. No tan cerca. Simulaba esperar otra cosa, y mantenía un nervioso ir y venir desde la esquina a las persianas de un kiosco. La cocina improvisada donde se inclinaba Roberto, trazaba un reflejo material sobre esa caminata repetida.

 

Después que los más ruidosos se durmieron, y los menos se callaron o se fueron a rincones más oscuros, fuera de la vista inmediata de las palabras, el joven tiró una trincheta al piso, cruzó la calle, se detuvo en la esquina y acercó las manos al fuego desgarbado, sin apartar su mirada de él:

 

“Todo puede salir mal” – le dijo, en intimidad.

 

“Todo puede salir” – respondió como en un eco, Roberto.

 

“Hace un tiempo, cosas malas, luego ya no. Pero ahora…” – el joven se interrumpió para tragar saliva.

 

Roberto palpó su propio corazón. Después se arrodilló frente al joven, y le sacó los zapatos.

 

“Hay más camino todavía” – le dijo, abrazándolo, colgándole sus zapatos en el brazo derecho.

 

Y el joven se fue, descalzo, aunque aliviado extrañamente.

 

 

 

Días más tarde, alguien en la noche hurgó sus bolsillos. Encontró los jirones que aún conservaba de las sábanas de antaño, abrigos de intemperie, cobijo de abandono.

 

Los lanzó en el aire, que a esa hora de la noche olía a laurel. Confió en viento.

 

La noche devolvía las estrellas a quien tuviera el coraje de mirarlas.

 

Roberto se recostó contra la pared, a pesar de la cortina de agua que pesaba sobre su cuerpo tibio. Con los ojos abiertos, podía identificar y retener cada una de las gotas que caía cerca suyo. Contándolas, realizó el recuento de sus dones:

 

Volar sólo cuando era estrictamente necesario. Como en la oportunidad de la señora que se desplomó sobre la acera. O en la del brutal atropello de un perro que casi se produce cerca de una esquina. O con el fin de desviar una bandada de palomas de la radiación de unos paneles de compañías de celulares. Para allanar el camino de una ambulancia. Para que una bala perdida no caiga sobre un transeúnte. Para que el violento custodio llegue tarde a su ocasión de torpeza. O para que el viento envuelva unas palabras de las que luego te arrepentirías.

 

Volar era causa y consecuencia de perder las referencias. Ni adelante ni atrás, ni arriba ni abajo. Es la permanencia en ningún sitio. Una espera desatenta, que no busca a nadie, a la que nadie acude, en la que nadie confía. Las delicadas hebras de sábana, los tajeados jirones, los fue perdiendo paulatinamente.

 

Limpiar y calentar la comida era causa y consecuencia de perder los cuidados. Ni crudo ni cocido, ni fresco ni pasado. Ni frío ni caliente. Hasta que no hubiera más alimento que el que te dan tus propias manos. Que el que tus propias manos sirven para los demás.

 

Encontrar y regresar objetos perdidos. Pero no a sus dueños, sino a quienes más hiriera su recuerdo. A quienes su recuerdo más los contuviera. Ni tuyo ni mío. Ni perdido ni abandonado. Sólo él permanecía extraviado y ajeno.

 

Más tarde, dar certeza a la esperanza, causa y consecuencia de eliminar el juicio. Ni malo ni bueno, ni bueno ni malo. Ni culpa ni inocencia. Sólo abrazo. Sólo un abrazo que te sostenga en toda la largueza del camino.

 

Se tapó con unos diarios. Sólo por la molestia, ya que no sentía frío hacía tiempo. Giró hacia un lado, hacia otro, las gotas de lluvia lo zaherían como si fueran granos de arena. Un rayo fulguró en el horizonte. Entonces notó que el diario estaba abierto sobre sus hombros con la noticia de una antigua pelea por el título mundial, y un recuadro sobre el paradero del “hombre volador”. En ese momento quiso incorporarse para leer. Había buena Luna. Pero sus piernas no se lo permitieron.

 

Sus amigos ocasionales de cirujeo, una vez que amenguó la lluvia, viéndolo luchar en el suelo para ponerse de pie, o apenas para sentarse, lo levantaron. Gratificante fue su sorpresa al notar que el cuerpo de Roberto parecía no tener peso, y se deslizaba casi a su mismo paso, como si levitara.

 

Al llegar al hospital, fue colocado en una camilla y enviado a la Sala de Guardia.

 

 

 

Desnudo, en la cama de la habitación que le tocara en suerte, la señora que salvara de una caída mortal notó su presencia desde el pasillo y entró a verlo. Roberto no la reconoció. Sin embargo, al verla vestida con los atuendos del nosocomio, la saludó cortésmente bajando la cabeza y levantando su brazo.

 

“Buen día” – contestó la señora, un poco avergonzada de esa visita. La incomodaba estar ahí, simplemente de pie, frente a su héroe. Así que agregó: “¿Podría ayudarlo en algo?”

 

Roberto señaló sus pantalones, colgados en la silla. La señora se los acercó. Él llevó la mano de ella hasta el bolsillo exterior, le hizo sacar la carta que aún estaba allí, aún algo humedecida y le señaló los ojos, la carta y sus oídos, cerrando sus ojos lentamente.

 

La señora desplegó su carta ante sí. Estaba extrañamente dirigida a su nombre:

 

“Mariana B”. Así que comenzó a leerla con doble interés a ese señor al que su voz adomercía.

 

Cuando un círculo encuentra sus extremos, otros dos, más profundos, se abre en cada uno de ellos.

 

 

Desde entonces su vigilia se reducía a dos o tres minutos de agradable despertar, en los que recibía visitas de rostros amables, sin continuidad. Entre un despertar y otro podían transcurrir dos segundos o nueve horas. Para él no había diferencia. Alguien le acomodaba la almohada. Alguien le masajeaba el pecho. Alguien le dedicaba oraciones. Alguien dormía al lado suyo. Alguien le aplicaba alguna dosis de algo, que le haría bien. Alguien retiraba sus excrementos. Alguien sonreía cuando levantaba la vista.

 

Al poco tiempo, el Otro ingresó también al hospital. Una extraña sequedad le invadía las mucosas de la faringe. Empujó las puertas de la entrada con esfuerzo y pesantez. Caminaba con un afán melancólico.

 

La muchacha de la recepción sólo alcanzó a verle unos ojos ausentes, y la brutal imposibilidad de hablar. Así que llamó de inmediato a los médicos de guardia.

 

Un grito profundo, confuso, penetrante, poblaba todos los pasillos del hospital, desovillándose como un eco arrastrado por el cuello roto.

 

Nadie supuso que lenta pero inevitablemente, esa noche calurosa sentiría un frío insoportable, se poblaría su piel de escamas doradas, verdes, negras y rojas. Los síntomas de cualquier cuadro clínico, la semiótica periférica de un padecimiento, las señales pueriles de una patología domesticada, tranquila, obediente de las descripciones en los tratados de anatomía, se revelaban con un afán monstruoso aunque pausado. Se alzarían sobre sus espaldas, como un desprendimiento de los pulmones, dos enormes y nudosas alas azules, y echaría fuego por la garganta, convertido en dragón.

 

 

Afuera, los bomberos mantenían controladas las llamas, dentro de los márgenes del hospital. Algunos acudían a prestar ayuda a los enfermeros, a fin de sacar a tiempo las camillas, algunas chamuscadas, que buscaban la calle, la claridad, el agua y el aire, todo junto.

 

Los gritos se perdían apenas eran disparados. Arreciaban nubes de perdón y vientos poderosos de arrepentimientos. El humo había puesto lágrimas en los ojos de todos, pero todos salían a la calle con el esbozo de una sonrisa.

 

No llovía, pero la persistente labor de las mangueras mantenía fresca la puerta de emergencia.

 

Era de noche, pero las luces de la autobomba, el clamor de las ambulancias y la blancura de los guardapolvos, daban la impresión de una temprana bienvenida.

 

El lento acarreo de agua por el Otro, la lenta parsimonia de una banda de niños apasionados por el boxeo, el limpio abandono de unos blandos jirones de sábanas blancas, habían tejido un refugio en la intemperie.

 

En la calle había tiempo. La frontera de la urgencia. En el tiempo se podía respirar. A muchos se les harían inolvidables los tres o cuatro rostros de desconocidos con los que se encontraron apenas transpuestas las puertas del incendio.

 

Las llamas comenzaban a rodearlo cuando un grupo de enfermeros lo alzaron en una camilla y lo trasladaron por las rampas del hospital. Roberto tenía la extraña sensación del esfuerzo en sus brazos. A través del fuego, las imágenes se le volvían poderosamente transparentes, sin secretos. Afuera y adentro eran entonces la misma cosa. El mal, si hay un mal, es la falta de abrazo.

 

 

Entonces apareció. Nuevamente Ella, caminando hacia él. El vestido de jirones ahora era tomado por las llamas. Ella que avanzaba como sostenida por su hálito. Roberto contenía la respiración y Ella se detenía. En la distracción, cometió la torpeza de enganchar sus vendas entre las raíces levantadas de un árbol. Roberto aspiró todo el aire confuso, seco y envenenado que le rodeaba. Ella pudo flotar con más soltura. Roberto tosió, inevitablemente, al tiempo que se desvanecía, cayendo y fluyendo suavemente hacia sus brazos. Se despojaba de los jirones de su sábana. Luego de su túnica. Entonces, una a una las vendas se le despegaron, desenrollándose de a poco por el aire. Las heridas abiertas, desnudas, quedaban esperando solamente una mirada. Su cuerpo se escapaba de sus manos y dudaba entre sus piernas. Ablandándose. Licuificándose. Ella cayó junto a él, para besarlo, en el momento en que él ya era todo agua.

 

 

El fuego se volvió azul, como el de las hornallas en invierno.

 

Afuera parecía sumergido. En un mar cálido, repleto de navíos blandos como voces. Después sólo quedó una fosforescencia.

 

Un niño sintió que alguien levantaba su mirada y la llevó hasta una niña que lo estaba observando. Había encontrado tiempo para sonrojarse en medio de la lucha contra el fuego.

 

Alguien escuchó un crujido en medio de los trasgos, truenos y temblores, y recogió un muñeco por el que un niño lloraba,

 

Un enfermero dejó caer sobre sus labios una gota de lluvia, que luego llevó con un beso a la señora de la camilla, que abrió los ojos sorprendida.

 

Alguien rescataba de las cenizas una carta única, sencilla e irrepetible y la entregaba a su destinataria, sin conocerla.

 

Un perro, detenido en la esquina, miraba la escena con ojos de agua, que aliviaban la mirada de los transeúntes.

 

La niña vio a la madre mirar a Roberto. Y la puerta de la casa de la esquina se abrió como una fuente.

 

Roberto fluía, disperso, arrojado y demorado al mismo tiempo. Arrojado y demorado desde los deshechos de una voluntad, ahora convertida en gesto puro y bello.

 

Los ojos de Roberto se despegaron y desplegaron, como si pudieran abarcarlo todo…Y pudo ver cómo de la boca del dragón se desprendía un hálito suave, pero firme. Que comenzaba a levantar las hojas del piso.

 

 

“Al final, el héroe (el poder) será un gesto, un consuelo, una rima, llama, lluvia o melodía que simplemente sane y tranquilice.”

 

 

Con una tranquila rapidez podía ver los gritos y susurros. Y notar el espacio entre el cansancio y la espera, la espera y el perdón, el deseo y la caricia.

 

Suavemente podía deslizarse en cada uno de esos intersticios y llenar el lugar con su presencia. Apenas un nexo, pero un nexo corpóreo, que ocupa espacio. Un instante en la piel, o un lugar en el silencio.

 

A su alrededor nadie abría la boca, pero todos cantaban. Cantaban mientras tejían. Tejían alrededor de él sus antiguos jirones de sábanas sucias.

 

A través de la ventana, todo parecía oscuro, pero era evidente que aún no había bajado el Sol. La luz que se guardaba dentro de la casa era tan abrumadoramente blanca, que apenas permitía vislumbrar los gestos, no los rostros. Sólo por los movimientos inteligía la presencia de los otros.

 

Ella se le acercó. Le tomó las manos. Le sonrió.

 

Como un ímpetu agradecido, desde el extremo de sus fuerzas, abriéndose camino entre los pulmones, el esternón y la garganta, después de varios días sin hablar, Roberto explotó:

 

“Vuelvo” – asombrado de su propia voz, y del involuntario término que le sobrevino a la garganta, la cerró de golpe. Los otros se detuvieron en el tejido. Algunos se lo llevaban a la boca y comenzaban a masticarlo, tragándolo con cierto doloroso placer.

 

Una sola voz lo sostenía despierto. Una pequeña voz humana le daba su tono a la noche. Como si la noche vibrara toda a través de él.

 

Avanzó por cada una de las notas reverberadas por sus huesos sonoros.

 

Roberto se levantó. Ella lo acompañó hasta la puerta, que apenas vislumbraba ruidos secos.

 

 

Comenzaba el regreso del héroe. Adonde ya nadie lo esperaba, excepto la mecánica del trámite contable de expensas, alquileres y servicios, acumulados en el fondo de un buzón. La sonrisa ajena de un vecino que apenas notó su falta en todos esos días, y la puerta de su casa, abierta para adentro, aguardándolo con dos o tres cebadas de mate frío. La mirada llorosa de Mercedes. La caricia que devuelve el brillo de las lágrimas. El viento de la ventana. El abrazo de sus compañeros.

 

La victoria, la verdadera, la genuina victoria, es anónima.

 

 

 

Todo puede sanarte. El portero inescrutable que limpiando la vereda, silba un tango que cantabas. Una brisa que desordene las hojas que acabas de pisar. Una gota de lluvia en la nariz. La palmada en el hombro de quien no te conoce. El niño pequeño que te pide su pelota. El

 

transeúnte que te pregunta por una calle, en la que fuiste bueno. Alguien que toca un piano en la noche inescrutable. Alguien que enciende una luz, lejos, muy lejos, haciendo fácil la inmensidad. Alguien que te mira sin sombra. Un curioso resplandor que te devuelve las ganas de mirar. La voz de alguien que te escucha y recupera. Los versos que atraviesan tu boca. Los besos que quedaron en los labios de los otros. El gesto de quien no puede ver, y levanta su mirada hacia donde está la Luna. Todos los brazos que no permiten tu caída. Todos los verbos de las manos abiertas. Semillas de tiempo arrojadas de unos en otros. Semillas arrojadas en la tierra húmeda, tibia y abierta de los otros.

CÍRCULO DE FUEGO

 

 

 

Nadie te reconoce cuando estás solo. Nadie te reconoce cuando tu nombre no existe. Nadie sabe quién o cómo eres en el silencio. En el interior de tus ojos. En el párpado de tus sueños. Nadie te reconoce cuando sólo estás contigo. Eres una suerte de monstruo en la intimidad. Un misterioso animal, replegado y temible.

 

Nadie te reconoce cuando no te exhibes. Nadie sabe cómo eres cuando no saben dónde estás. Nadie te ha visto en el secreto de tu llanto. Nadie te reconoce cuando no estás en tu lugar. Nadie te reconoce cuando sólo estás en ti. Nadie te reconoce cuando eres francamente un cuerpo, y tu alma no lo esconde todavía en laberintos de palabras. Nadie te reconoce cuando estás rotundamente suelto, una raíz en el aire,

 

un deseo

 

en el lugar de la herida.

 

 

 

La comunicación en Léjanor era ostensible. No hacía falta medio alguno de escritura o difusión. Los dioses se manifestaban espontáneamente en el color del aire, el movimiento de las montañas, el número de estrellas, los nudos del viento...

 

Era imposible no saber el estado de ánimo de Sínear, ya que un sonido agudo y persistente, te cruzaba el cuerpo cuando sonreía; y un susurro lodoso te empapaba durante sus extensas depresiones.

 

Tampoco podías ignorar el aprecio que Plétor sintiera hacia ti, ya que si era alto, una llamarada roja como de campanario, salía a recibirte en su presencia; y si era apenas una pobre consideración, desprendíase una lluvia lastimosa, como de telas duras y raídas, al acercarte.

 

La hermosa Radaez pensaba en una nube y la nube se formaba. No había palabras, ya que eran, entonces, las cosas mismas. Rocas y rompientes manifestaban desconsuelo. Nieblas y desiertos proclamaban alegría.

 

Hasta Aruz, un soldado raso, de inferiores condiciones, sin mayores atributos especiales, más allá de su condición divina, tejía nubes sonrojadas, cada vez que veía

 

pasar a Radaez, cada vez que el aroma de los dedos, los cabellos o las manos de Radaez persistía en los vaivenes de la hierba.

 

Ninguno de los habitantes de Léjanor sufría por la efusiva declaración de sus sinceridades, la intemperie de sus consideraciones, su recíproca desnudez. Muy por el contrario, la suponían parte de sí. Inevitable y compañera. Mas, al llegar los ruegos de la peste, todas las seguridades se volvieron turbias.

 

Los primeros síntomas aparecieron en el rostro de la hermosa Radaez. La peste se arraigaba en los pequeños gestos. Hacía cicatrices en la risa y penetraba todos los orgullos. Enferma, comenzó a poblarse de vacíos. El silencio, que entre los dioses de Léjanor era una delicadeza, pronto se volvió necesidad.

 

Radaez conoció la Vergüenza una mañana deslumbrante. Un amarillo de trompetas acusaba una celebración eufórica. Pero pronto el tono fue atacado por un tinte de violácea opacidad, velo de una incertidumbre. Una angustia le sangraba, incontenible, por los párpados. Veía cómo sus corceles, antes firmes y diestros, se doblaban; cómo los tallos firmes se desvanecían. Y tuvo que disfrutar de la fiesta manteniéndose apartada y excluida, ya que atemperaba con sus ojos todo el brillo, y envolvía los sonidos en acordes disminuidos, con ambigüedades de temible solidez.

 

Todas las cosas cambiaban ante su presencia. Hasta el gusto del licor empeoraba ante su paso: Tornábase amargo y delicioso, de un sabor que causaba ciertas culpas.

 

Ella sabía de un lugar, cuya mención sólo se enunciaba, sin énfasis de ubicación ni detalles de tránsito, donde eran enviados los secretos silenciosos. No había otro destino para ella, ya que su enfermedad, declarada, le aliviaba las distancias, que caían sobre huellas blandas, melancólicas, al tiempo que la urgía para irse.

 

Largas, firmes, delicadas grietas azules, anunciaron su partida. La nube rajada en trazos celestes, un veteado turquesa sobre las plantas verdes, las algas oscuras dibujadas en las sienes, señalaron su inminente alejamiento.

 

Lanzándose entonces contra un azul intenso, se apartó de la ciudadela de Léjanor. Ante la aparición de la Gran Duda, la peste que sacudió todo el Círculo de Fuego, se ordenó la custodia y resguardo de los secretos silenciosos, a los hielos continentales.

 

Extensas y sinuosas estelas lechosas se abandonaron en la superficie de los lagos circundantes, acompañadas por un breve ejército que llevaba la responsabilidad de su

 

delicada custodia, comandado por Drupoy, un guerrero triste y descalzo, del que se recordaban proezas como el rescate de una sombra sobre el agua, el retorno sin mácula de los cabellos de una reina, y el forzoso peregrinaje aguas arriba del río de las espadas.

 

Aruz se fugó de la custodia y caminó tras Radaez, apenas vio los signos de su marcha en la corteza de un árbol. Imperceptible, escondido en las huellas que ella iba dejando tras de sí, avanzó con intriga y esperanza. A veces no se busca un lugar, sino un camino.

 

La hermosa Radaez no lamentó su partida, más bien la consideró como una promesa. Se despedía de alguien, allí, lejos, que era ella misma hasta hacía poco. Llevaba consigo los brotes de una alegría humilde.

 

Después de la tercera jornada sin reposo, se detuvo en una cueva horadada en la montaña, a la que entró sin cuidado, saludo o sortilegio.

 

Una pequeña descarga eléctrica, sólo el sonido de un rasguño, emitió con su suspiro de alimento. Una debilísima onda hertziana que algún desprevenido habría podido captar con una pequeña radio a transistores.

 

 

La cueva estaba habitada por silencios oscuros, sombras de anacoretas, vestigios de prófugos y detalles de arrepentimientos, así que les dio la espalda y tuvo que arrullarse con el eco de una vieja tristeza que aún se desprendía de unos líquenes del techo. Apartó del suelo los entierros burdos de lágrimas secas y se acostó en el interior. Tuvo un sueño muy confuso, donde se mezclaba la tierra verde con la roja, los hálitos de mariposa con las espinas del desierto, las algas de verano con las nieves permanentes, los frutos y los insectos de los frutos, la verdad con la ceguera.

 

La humedad de tanta espera solitaria, la hizo despertarse varias veces. La primera de ellas, le pareció ver a un luchador clavando en la entrada una espada en la que descargaba todo su peso. La segunda, un viejo, envuelto de miradas, se desprendía un ojo y lo enterraba entre las sombras. La tercera, una voz dormía junto a ella una epopeya en versos.

 

Las raíces que comió durante la mañana, amargas hasta el beso, dejaron escapar el secreto de unos amantes. Cómplice ahora de otra huida, huía a su vez, hasta el sitio en el que la vergüenza se disipe en abierta franqueza.

 

Unas luces sinuosas, más parecidas a unas sombras coloreadas, atravesaron las cortinas de musgo y líquenes e irrumpieron en el interior de la cueva. Esa viscosa iluminación se fue depositando como capas de témperas pesadas, sobre el cuerpo tendido de Radaez.

 

Una vez que el peso de esas miradas silenciosas le agobiaron todos los silencios, ella despertó.

 

Casi podían tocarse los viscosos desplazamientos de las sombras en la cueva. Lentos, oscuros, reptantes, parecían transpirar por sus paredes.

 

Cuando Radaez se incorporó, rozó con sus hombros algún extremo somnoliento de esos mantos alargados, y todas las luces detuvieron su arrastrarse indefinido. Entonces, una de ellas habló:

 

"La Gran Duda ha traído a muchos por aquí. En otro tiempo generaciones enteras de penumbras permanecieron sin haber visto un sólo rostro divino. Muchos llegaron a dudar de su existencia, y por ende, también de su necesidad.”

 

“¿Qué hacen aquí?” – se atrevió a farfullar Radaez, con la boca entredormida.

 

“Custodiamos la Frontera entre ambos reinos, el mortal y el inmortal. En un principio fuimos contrabandistas de pequeños dones y secretos milagros. Vivíamos bien… Hasta que alguien nos refirió nuestro pasado."

 

“¿No lo sabían?” – sorprendida, si es posible, en medio de ese oscuro sopor magnífico.

 

“¿Cómo puede uno saber algo en lo que no ha tenido participación?. Podemos decidir y elegir algunas cosas atinentes a nuestro futuro… Pero el pasado… Sólo puede llegarnos por vía de otro.”

 

Un silencio intenso, aunque breve, perseguía cada una de sus entonaciones. Radaez se vio obligada a preguntar:

 

“¿Y qué supieron entonces?” – intentando dirigirse hacia la sombra que hablaba (si es que era sólo una), entre las sombras, que parecía necesitar de estos empujones para soltar el hilo de su voz, que con cierto retardo, respondió:

 

“Que precisamente aquello que pretendíamos nuestro negocio, bendición y hallazgo, era nuestro castigo.”

 

“Sin embargo, descubrimos por aquí algunas cosas…” – ahora sí se distinguía otra voz, más suelta y fluida, más despegada del aire: “… Habían dones que los dioses despreciaban y que eran necesarios para la vida entre mortales.”

 

“La humildad…” – inquirió Radaez, pretenciosa.

 

“Sí, sí…” – despachó el alarde como si lo arrojara al cenicero, y luego afirmó, con un tono seguro y triste: “Pero sobre todo, la Misericordia. “Entre los dioses no resulta necesaria, y entre los hombres es peligrosa. Pero entre los dioses y los hombres, resulta muy útil…”

 

La voz se entrecortaba, como si fuera emitida desde lejos, y tuviera que atravesar sucesivas repeticiones hasta llegar allí. El silencio, cada vez que se verificaba una pausa, era total, terrible, abrumador. Después de un instante, agregó:

 

“… muy útil, y compañera.”

 

 

 

Radaez comenzó a sangrar por entre las piernas. Pudo notarlo cuando manchó sus lánguidas piedras con una calurosa humedad, y percibió el aroma fuerte y viscoso de sus entrañas.

 

Una voz de mujer vieja habló:

 

"Es para evitar que concibas. Al mismo tiempo, te mantendrá alejada de hombres y dioses. No sabemos cómo pueda ser la cruza entre dioses y mortales..."

 

Radaez tocó con los dedos la sangre espesa y despaciosa, como su primera sensación de mortalidad.

 

"Estarás menstruando en forma permanente. Tendrás que procurar estar bien alimentada."

 

Radaez ya empezaba a sentirse ahogada, entre las miradas que no veía y que una tras otra le iban imponiendo nuevas limitaciones.

 

"¿Comer?. ¿Será que es necesario comer?. Nos sabemos inmortales. ¿Por qué esa imposición?"

 

La voz de mujer anciana apagó una risa apenas triste. Luego dijo:

 

"No podrás morir. Pero te debilitarás enormemente. Cuando prefieras volver, nosotros te estaremos esperando."

 

"¿Han vuelto ya otros?" - Radaez ya se mostraba temerosa de incomodar el aire con el aliento de sus palabras.

 

"No tantos. Llegan hasta aquí cansados, deshechos, desanimados... Hasta los primeros dos o tres años podemos hacerles olvidar todo. Más tiempo aquí en la tierra y sólo podemos mitigar o consolar alguna de las vivencias..."

 

Después, el silencio pesado, nuevamente, aunque aliviado por bocanadas de brisa, que separaba la densidad de las sombras.

 

Otra voz, más ágil y cercana, agregó: "Contra lo que podría pensarse, las heridas que no pueden cauterizarse son las de la felicidad".

 

La brisa se abría paso entre los intersticios de las palabras, como si estuviera dispersando un lodo acumulado durante siglos.

 

“Suerte…” – se escuchó en la lejanía. El deseo más paradójico para una diosa.

 

El viento soplaba más generosamente, aunque siempre tímido. Los penumbra se iban dispersando a medida que el aire se filtraba.

 

Radaez sintió en su cara el soplo del aire. Luego, sintió vibrar en torno a ella una tela suave y lánguida.

 

Fue cuando se dio cuenta de que ya no estaba desnuda.

 

Aruz perdió el rastro de Radaez apenas ingresó ella en la frontera. Antes, cuando aún estaba en Léjanor, podía convocar a todos los vientos para que le trajeran su aliento, o el fantasma de su tez latente. Podía leer hasta la última hierba para enterarse de sus pasos. Podía beber todas las arenas, y lamer el barro de todos los paisajes, para ubicarla por el sabor de sus huellas. Pero sus sentidos, en otro tiempo o lugar dichosos de luces y vociferaciones, de signos, de señales, verbos y certezas, habían enmudecido.

 

Una sensación de soledad lo envolvió completamente. Estaba aislado, recortado de los gritos del mundo. Era, allí, de pie, frente a los caminos de montaña que lo separaban del valle de los hombres, una redundancia, una reverberación, un eco.

 

Apenas puso el pie en el desfiladero a través del que ingresó a la tierra de los hombres, se sintió mareado. Profundamente mareado, ya que las cosas, antes libres y movedizas, potentes o suaves, nítidas y frescas, comenzaron a tener una sola dirección.

 

Los objetos se le separaban de la memoria, como arrancados a un paulatino abandono.

 

Él mismo parecía deshacerse en fragmentos de situaciones, oportunidades y vivencias, a medida que el tiempo lo desenrollaba.

 

A partir de allí, dejo de percibir la completa red habitual de pasado, presente y futuro. El tejido de la eternidad se desprendía de las cosas, de los pasos y las consideraciones.

 

Las cosas sucedían en secuencia. Unas tras otra. Y todo le pareció una amalgama inconexa de causas y efectos, un vértigo de sucesiones de imágenes, texturas y palabras. De este modo le nacieron la ansiedad y la culpa. La ignorancia irremediable del futuro, la certeza irreductible del pasado.

 

 

Radaez, parte del espacio, luz del espacio, expresión del espacio, notó que el aire brumoso de la ciudad no permitía despejar su mente, cuando siempre había ocurrido a la inversa.

 

Había elegido la ciudad, para disiparse entre la gente. Si bien los penumbra le aconsejaron una aldea remota, no le parecía redimible su Vergüenza en otra geografía que la de las confusiones. No hay revelación en el desierto. Los profetas, cuando acuden a él, es para limpiarse del exceso de revelaciones.

 

Radaez, brillo del espacio, expansión del espacio, silencio del espacio, notó que la distancia tenía la unidad de medida del cansancio.

 

Había elegido ser joven, para poder escuchar con todo el cuerpo. En esto también había faltado al consejo de los penumbra, quienes aseguraban respeto y atención con el velo de la ancianidad. Ella sabía que no se puede conocer el árbol sino desde la flor, ni la boca sino desde el beso.

 

Radaez, verbo del espacio, piel del espacio, secreto del espacio, comenzó a buscar un lugar entre los hombres. Ella, que había sido sólo inmensidad, ahora quedaba recogida en un lugar, ubicable, detenible.

 

La inmensidad es inhabitable. Ella comenzó a tener sentido de la habitación cuando sentada en el umbral de una puerta, la empujaron para abrirla.

 

 

Aruz desconfiaba de su andar. Apenas podía separar el ruido de sus pasos de otros ruidos, movimientos, sensaciones. Perdido en una multitud de pasos, todos ajenos, no había ecos que le devolvieran la seguridad de seguir siendo él mismo.

 

Caminar, sin anticiparse al camino. El cuerpo se mueve por encima de sus huellas, y de a poco va sintiendo la angustia de no llegar.

 

Cuando la meta se convirtió en cualquier reposo, Aruz acomodó unas cobijas apiladas en la calle y se acostó sobre ellas. Entonces, con el rostro mirando hacia las nubes, adivinadas más bien por la falta de estrellas en la noche, sintió por primera vez el desamparo. Unas bolsas de basura rotas, le permitieron cubrirse. A pesar de su humedad maloliente, se estrechaban al cuerpo y lo apretaban. Como en un abrazo. Fue una de sus primeras impresiones del contacto.

 

Ni gritos ni miradas. Sólo pasos. Nadie arrojaba sus lanzas ni las partía contra la acera o las paredes. Nadie se arrojaba contra un destino declarado, ni quebraba su espalda para sostener un golpe descargado.

 

Un reblandecimiento todo lo teñía. Como flores mustias, los hombres avanzaban como al regreso de una derrota.

 

¿Dónde estaban los héroes a los que impartir vigor, fortaleza, energía?. Sin batallas de sangre y acero, un dios menor no tiene forma de actuar.

 

“Al principio el tiempo la confundirá. Vivirá en una línea de tiempo inestable, visitando personas o lugares que ya no están o que aún no han estado. Para más tarde, una vez asentada en la aceptación de toda incertidumbre, avanzar junto con el tiempo. El tiempo de los latidos, los sueños, los ojos y las manos” – Un pequeño lodo borboteante pronunciaba esta sentencia, exhalando pequeñas burbujas de aire envejecido.

 

“Estar en el tiempo es entender por fin la necesidad” – un musgo se desprendió de la pared dejando su sombra adherida a los ladrillos.

 

 

Comer.

 

Ahora Radaez sentía por primera vez la sensación del hambre. Comer, como un grito desde el centro del abrazo. Un vacío pretencioso y soberbio.

 

Se sentó un rato en la calle vacía. En silencio. A pesar de que el clamor del hambre era estridente.

 

Se sacó los zapatos con alguna destreza. Olfateó sus medias, tibias todavía por el uso, y a medida que las iba estirando, las acercó a su boca. Así aprendió que podía saciar su hambre con algodón.

 

Algunas personas de la calle la miraron con asco, repulsión y curiosidad. Las medias no estaban sucias. Apenas un poco humedecidas por la caminata. A ella todos los humanos le daban la impresión de centinelas. Como si estuvieran custodiando un cuidadoso equipaje.

 

 

Una enorme sed le apretaba la garganta. Aruz gritaba a través de los brazos y la boca. Como si después de todos los despojos de eternidades, que hacía apenas un día había dejado atrás (las sensaciones de causa en el efecto, de efecto en la causa, del silencio en el sonido, del sonido en las cosas detenidas, la mirada escrutadora detrás de todos los posibles horizontes, el verbo permanente del cielo entre las manos) sólo se hubiera quedado con la torpeza de su cuerpo. Nada más que su cuerpo, retirado, despegado de la luz y de la sombra. Con un peso inútil que le pesaba en el cuello.

 

“Sed” – le dijo derrotadamente a un grupo de muchachos que bromeaba por la

 

calle.

 

Uno de ellos, le contestó, con una mezcla de sorna e inocencia:

 

“Tomá el agua de la alcantarilla”. A lo que siguió una serie de obligadas risas internas, sin diversión.

 

El grupo de muchachos siguió andando, dirigiendo alguna mirada a Aruz, que había quedado inmovilizado en medio de la calle, haciéndose muecas e indicaciones un poco asustados por las dimensiones físicas de aquel hombre quieto, y un poco sorprendidos por su corta inteligencia.

 

Aruz no sabía si le habían contestado, ya que quien habló no lo había echo a él sino a los otros. Sin embargo, dirigió su mirada a la alcantarilla, que circulaba con una viscosa lentitud por los costados de la calle, ó su mirada a la alcantarilla, que circulaba con una viscosa lentitud por los costados de la calle, ó su mirada a la alcantarilla, que circulaba con una viscosa lentitud por los costados de la calle, se agachó hasta tocarla con los labios y abrió lo más grande que pudo su boca para tragar el agua que se vertía por allí. Tenía un gusto horrible y espeso, pero le calmaba la sed.

 

Después se sentó en el umbral de una puerta, apoyando su espalda a todo su ancho. Entonces fue sacudido internamente por una conmoción desconocida hasta entonces para él. Se vio obligado a curvar su estómago, colocar la cabeza entre las piernas y vomitar. Casi al mismo momento, alguien abrió la puerta en la que estaba recostado, y le pateó dos veces la espalda:

 

“Fuera, borracho” – fue lo que le escuchó. No pudo evitar una segunda descarga de vómito y fue pateado de nuevo, más violentamente. Se sostuvo con una mano apoyada en esa sucia secreción que había salido de su boca, se levantó y se fue.

 

Así, Aruz, dios soldado de los ejércitos de Léjanor, conoció la desconfianza.

 

Una noche, especialmente, la molestia comenzó a desordenar el sueño de los penumbra. Una persistente inquietud, como una áspera adherencia, les ajaba la piel y escaldaba la carne.

 

“Probablemente sea el contagio de la Duda” – una voz lejana, apenas si puso alguna seguridad en su conjetura.

 

“¿O de la Esperanza?”

 

Habitar a orillas de dos mundos, los hacía proclives a las preguntas dobles, a la humildad y a la ironía. Poseían las intuiciones de los dioses, pero el recelo de los hombres, la fe del que conoce los secretos, y la ciencia del que los ha palpado; así que cuando los primeros grises se fueron deshaciendo de esa doble, triple, cuádruple capa de sombra que poblaban con sus signos, se lamentaron de su suerte, envidiándoles la osadía.

 

 

El lenguaje, una vez salvadas las dificultades de la diacronía, de no poder pronunciar más de una palabra a la vez, fue lo más sencillo de aprender. Una vez que dominaron el paso, tejieron la analogía con el discurrir de los sonidos en la boca articulada. Orientarse les sería más difícil. Reconocer los criterios de “aquí” y “allá”, como si todo no fuera una tremenda lejanía. Establecer los “afuera” y “adentro”, ya que ahora habían dejado de ser parte del paisaje, para por fin habitarlo. Especialmente

 

“adentro” era una noción nueva, ya que por primera vez sentían la desesperación del límite, identificado con el trazo de su propia piel, y la insatisfacción de sus deseos, asimilada a la espera del otro.

 

La voz de Radaez era frágil, delicada. Parecía quebrarse y ofrecerse, como una hoja fresca y crepitante. La boca feliz hacía sonar el badajo de su lengua, y los labios se reunían celebrantes, para dar lugar a todos los verbos.

 

Una leve insinuación de sus mejillas, un imperceptible temblor de sus tiernos maxilares, hacían que pareciera cantar cada vez que hablaba.

 

Aruz, por su parte, ensayó su voz contra una roca, lanzándola como pedradas, como cuchillas, como puños duros, secos y distantes. Todas las palabras parecían brotarle del pecho. Y quedaba vacío después de cada detonación de un puñado de ellas.

 

Aún a Radaez la palabra hablada le parecía de una tosquedad irreductible. Una palabra tras otra, ordenadas por el mero paso del tiempo, estructuradas por una lógica ajena a su sentido, sin la contundencia ni la amplitud de sus divinas intuiciones.

 

La primera vez que mantuvo una conversación, fue acerca de algodones, a la puerta de un sanatorio:

 

“¿Qué hará con esas bolsas?” – la pregunta le parecía, aún así formulada, excesivamente larga.

 

“Las estoy tirando. Es basura orgánica. Tenga cuidado.”

 

Esperó que el cadete se retirara, rasgó las bolsas y se dio un atracón de algodones. Algo salados y turbios, era cierto. Pero sabrosos. Así conoció la desesperación, la ansiedad, y posteriormente los dolores, de forma tal que en lo sucesivo trataría de evitar ese encadenamiento de causas.

 

 

El peso del tiempo, frugal e inexorable, se desplomaba sobre el cuerpo de Aruz. Todo el tiempo caía sobre él en cada uno de sus respiros, intervalos de sueño, pasos, voces, campanadas… Hasta que lograra acostumbrarse, arqueó su espalda, para darle un lugar al menos confortable a esa permanencia.

 

La lucha en los ejércitos es constante, esforzada, peregrina. Extiende su manto por sobre todos los agudos movimientos, detiene los rostros en pulsiones de bravura, y arroja los brazos en livianas descargas de una espada sobre el cuerpo.

 

Aquí la constancia, el esfuerzo, la peregrinación eran la lucha. Sólo habitaba la permanencia. Y había que trasladarla de un lado a otro como una piedra aletargada.

 

En batalla, todo está en su sitio. Sólo hay avance y retroceso. Riesgo y acción. Sin tiempo, por lo tanto sin dudas. Sin culpa, por lo tanto sin miedo.

 

En la calle, donde ahora Aruz llevaba a cabo su desierto, nada era más extenso que él mismo. Sus extremos se tocaban, se chocaban, se topaban con las cosas. Nada era más lento ni perdido. No había descarga posible del cuerpo en una rápida estocada, en una decisión, en un brioso lanzamiento.

 

La épica no acepta conclusiones, por eso se escribe en versos, en sagas de periplos y aventuras inagotables.

 

Los extremos de una batalla coinciden con los de la Historia, se adhieren pormenorizadamente a las orillas de la eternidad. Los de Aruz, ahora, estaban ante él. Por primera vez el final era real.

 

Deslizándose como líquenes entre rocas húmedas descubiertas, los penumbra notaron que Aruz había pasado del lado de los hombres, por una hendidura entre los dos mundos.

 

“Sólo podemos acercarnos a él por una noche. Tendrá mucha sed para entonces”

 

Una reunión de vientos paradójicos, apenas perceptible, hizo vibrar por un momento las paredes de la gruta. Unos sutiles escarceos derramaban en todas direcciones unas sombras líquidas. Deslizándose por los contornos de sus bocas estiradas, al mismo tiempo eran la acción y la palabra. La piel sola, descarnada y móvil. Como raíces del mismo barro que las contuviera.

 

Avanzaron hasta un callejón, en el que Aruz dormía. Sin darse cuenta que multiplicaban su frío.

 

 

Radaez se acostó entre los algodones. Ocultándose en el sótano del hospital, oscuro y seco, más abajo del piso de hemoterapia, donde se acumulaban las sábanas sucias y el instrumental utilizado, dejó escapar una suavísima queja. Alguien olió su herida, delatando su presencia:

 

“Quédese quieta”. Permítame renovarle las vendas”. “¿Me puede ver?”

 

“Mi nombre es Claudio. Era enfermero cuando perdí la vista. Y aún lo sigo siendo, a pesar de las normas del hospital. Téngase aquí con el dedo.” Ese “aquí” del ciego era un lugar preciso de dolor y de angustia. Así que ella le hizo caso y él retiró con el menor coste de sangre la venda que tenía adherida a su estómago, la limpió y puso otras, nuevas, blancas, que apenas le apretaban el alivio.

 

Era un largo peregrinaje, para asistir a un cónclave respecto del cual no conocían partes, temas ni pareceres.

 

“¿Llegarán todos esta noche?” – uno de los penumbra más pequeños, estaba algo confundido.

 

“Los que lleguemos seremos todos” – respondió alguien para darse confianza a sí

 

mismo.

 

“¿Cómo nos presentaremos?” – otro penumbra terció, más práctico.

 

“Debemos al principio limitarnos a escuchar. Por supuesto que ellos querrán hacer lo mismo. Así que habrá primero un largo silencio en el que estudiarse las sombras, los modos y las procedencias”. – Era una respuesta como cualquier otra. Sólo que cumplía con el velo y la cadencia apropiados a la incertidumbre, por lo que nadie hizo una nueva pregunta.

 

Avanzaban bastante espaciados unos de otros. A kilómetros de distancia. Comunicándose por los dibujos que sus sombras transmitían a través de otras sombras hasta alcanzarse. Sutiles movimientos codificados por milenios en las grutas. Atravesando planicies enteras con las sombras que prestaba el fuego o el día, hasta la garganta de otras grutas, como voces alargadas.

 

 

Aruz, con los brazos en alto, ni siquiera era capaz de desviar el curso de una nube. Con las manos abiertas, no era capaz de retener un hilo de voz. Se apoyó en la pared, recostándose sobre su sombra, pero la sombra del árbol añoso de la cuadra lo cubría.

 

El buen soldado del ejército de los dioses se preguntaba por el poder. ¿Cuánto poder hacía falta?. ¿Cómo se mide? ¿Cómo se demuestra, cómo se ostenta, como se exhibe? ¿Es una descarga o una propiedad?. Había visto lo poderoso que era un pedazo de carne envuelto en la basura. Al menos tres personas habían peleado por él. Finalmente, terminó en las fauces de un perro. El poder era inmediato, ostensible, contingente. No preguntaba, no debatía, se afirmaba en el hecho que afirmaba.

 

Aruz sencillamente tomó al perro por sus fauces y le quitó la comida de su boca. Recibió una mordida, que el mismo animal lamió con sumisión.

 

De a poco se fueron acercando unos niños hambrientos, que surgieron como desprendidos de las sombras, vestidos con colores oscuros y mugrientos. Con mezcla de admiración y temor, alargaron sus brazos con las palmas extendidas.

 

Aruz les dio de comer los míseros mendrugos abandonados.

 

 

Estar dentro es no tener destino, sino perplejidades.

 

Cada conducta de los dioses es un mito. Así, Aruz sentaba el mito de beber el agua. O de doler el estómago. O de buscar una palabra de acogimiento.

 

Una larga caminata para hallar un solo abrazo.

 

Estar dentro es deber elegir. La insegura, falible voluntad tomando decisiones, siempre apresuradas. Sin un instante de consulta a la eternidad.

 

Estar dentro es generar milagros contingentes. Avanzar hacia las vísceras.

 

La plaza era un buen lugar. Sólo acariciado por la brisa de los juegos. En las plazas, el aire parecía más ligero y respirable. Allí Radaez se quedaba dormida, entre el descanso de los toboganes y el arrullo de las hamacas. Reparó involuntariamente, en una nena que se subía por los caños de las hamacas, con una mezcla feliz de torpeza y osadía. Trepaba por un caño azul apenas inclinado, y luego se colgaba del travesaño verde. Desde allí, llamó su atención un anillo de fantasía con forma de mariposa, semienterrado en la arena. Distraída por ese objeto, no acertó al travesaño.

 

Una caída inocente, pequeña, abrió unos centímetros la piel de la frente de la niña. Fue levantarse de la arena y llorar un solo movimiento.

 

A Radaez apenas le bastó colocar su mano sobre la herida de la niña, para que la sangría cesara.

 

Radaez sonrió.

 

“Gracias” le dijo la niña. Fue como escuchar el sonido de sus cabellos.

 

La madre de la niña, primero desesperada, después agradecida, abrazó a su hija y poniendo sus manos en el hombro de Radaez, la invitó a su casa.

 

Caminaron juntas unos pocos metros, en silenciosa felicidad. La casa de la niña estaba muy cerca. Vivían en un hotel familiar, habitado desde lejos, a pocos pasos.

 

“¿Todo es todo?”

 

 

 

Apenas iluminada por el mortecino alumbrado de la calle, la pequeña habitación de la niña guardaba el secreto de la diosa, que recibía un paquetito de ropa que la señora preparó para ella.

 

“Su talle es el mío. Llévese estas. Están limpias. Le quedarán bien.”

 

Como viera que Radaez se quedaba quieta y en silencio, agregó:

 

“¿Tiene dónde ir?.”

 

“Tengo dónde ir. Pero no dónde quedarme.” – le contestó pronunciando cada palabra como si estuviera recortada de las otras, como si cada palabra no supiera de las otras, de su lugar en la oración o en el sentido.

 

“No puedo invitarla a dormir. Va contra las normas del hotel”.

 

Radaez aceptó el impedimento bajando la cabeza. Algo la avergonzaba y disminuía frente a las manos abiertas de la señora. La diosa de Léjanor, cuyos deseos se

 

inscribían en cada uno de los siete cielos, se sintió humilde. Apretó las ropas que le habían regalado contra el pecho. Las brisas que en ese momento se filtraron por todos los resquicios de las puertas y ventanas parecieron encontrarse en su boca y por sus labios dejaron deslizar un suave y dulce “gracias”.

 

 

“En medio de la luz llegará el silencio” – el agua estancada parecía moverse.

 

“Y en medio del silencio se agitará la noche” – el residuo de un movimiento tuvo lugar entre las sombras.

 

“Entonces el héroe regresará”. “A su propia casa”.

 

“Adonde no estuvo nunca”. – las voces se retardaban y parecían completarse con los ruidos de la calle.

 

“Una casa es una mujer”.

 

 

 

En toda campaña bélica hay que tomar posiciones. Y las posiciones deben ser estratégicas. Aruz no estaba en campaña, pero se encontraba en territorio enemigo. Avanzando en retirada, y a ciegas. De modo tal que se instaló en una esquina. Desde donde podía dominar cuatro direcciones, para defenderse o salir al ataque. Un equivalente callejero a la colina de una montaña.

 

Alrededor de él se ubicaron los penumbra, más por curiosidad que por custodia. Solo, en una tiendade campaña, era su propia trinchera, su propio pozo, su puesto de avanzada y su última retaguardia. Desde esa esquina salía a recibir noticias de Ella, sus bidones de agua y algún dato sobre el desvelo de ese mundo.

 

“Aruz busca a Radaez” – una voz se deslizó entre los líquenes de acceso al cementerio. Los penumbra solían encontrarse en los umbrales. En las grutas, a medio camino entre el afuera y adentro, entre el arriba y debajo de la tierra. En los pasajes, a medio camino entre un lado y el otro. En los tránsitos anímicos Allí donde la mezcla de sentidos, lugares, sabores, indicios y posibilidades vuelven confusa la percepción, diluida en manchas y sonidos agolpados. A medio camino entre la pasividad y la violencia, entre la impotencia y la euforia, entre el silencio y el grito. De modo tal que en los accesos a los cementerios, allí donde naturalmente la mirada se desvía o desentiende, donde la percepción admite verdaderos puntos ciegos de la continuidad de tiempo y espacio, tenían lugar algunos de los encuentros más concurridos de penumbra.

 

“A ella, le hemos dado la misericordia.” – repuso otra voz, enunciada desde el mismo lugar que la primera.

 

“Aruz no lo sabe” – agregó una más, pronunciada desde una distancia equidistante entre las anteriores.

 

Una densidad mayor impedía reconocer las voces y las distancias. A partir de cierto momento cada palabra, y aún cada sílaba o fonema parecía surgir no sólo de una voz distinta, sino desde otro lugar de emisión.

 

Los penumbra no podían mantenerse quietos. Siempre oscilando entre un mundo y el otro, entre una y otra sensación, entre uno y otro pensamiento. De ahí su rehuida a los sectores de máquinas, industriosos o lineales, a los espacios abiertos y a todas las asepsias.

 

 

Cómo disuadir a la intemperie. Si precisamente en la noche más basta, no hay lugar para dormir. Aruz venía de los hielos permanentes. Pero sentado en la puerta de una casa en una esquina (el afuera del afuera, la punta de lanza de la punta de lanza), con los labios morados, conoció el frío.

 

Apenas divisó el movimiento de una rata por debajo de sus piernas, cuando en un acto reflejó la atoró contra el cordón de la vereda. Estaba caliente, así que primero la estrechó contra su pecho y después la sostuvo un rato sobre la garganta. Cuando la soltó, estaba muy mareada del apretón de su mano, así que cayó de costado en la canaleta.

 

“Son del hotel de aquí a la vuelta” – le indicó una voz arrinconada, metida en el hueco del callejón, que lo miraba turbiamente.

Aruz atrapó de nuevo la rata y giró su cuello hacia la voz que había hablado.

 

“Las ratas… Vienen del hotel de aquí a la vuelta. Hay cualquier cantidad de papel desparramado en las habitaciones. Yo vivo allí”

 

Antes, el tiempo era denso. Estaba poblado de lugares y sucesos en todas direcciones. Ahora el tiempo había que ocuparlo. Estaba allí, menesteroso, pidiéndole un gesto cada vez. Suelto. Desandado. Como el despojo de una larga cavilación.

 

Un niño descalzo, que venía de robar, pasó delante suyo.

 

 

“¿Quién necesita protección?”. “¿De qué necesita protegerse?.

 

Radaez volvió a la sala de Claudio. Tenía sueño a pesar de que había dormido durante doce horas corridas.

 

Una sirena sonó fuerte y obstinada. Las sirenas son campanas. Nos llaman la atención sobre las cosas, detrás de las cosas, por encima de las cosas. Nos devuelven a nuestro punto central, Nuestra debilidad. Nuestra existencia temporal. Nuestro apuro.

 

Inquieta por el sonido agudo de la sirena, comenzó a palpitarle el corazón. No tenía idea que el tiempo podía ser maleable. Que el corazón podía salírsele del pecho. Buscó a Claudio con el rostro confundido. Él se le acercó y colocó sus manos en los hombros.

 

“Todo el tiempo están pasando. Estamos a pocos metros de la guardia del hospital. Podrás acostumbrarte.”

 

El sobresalto la había hecho temblar. Pero él pudo acallar esa vibración con un beso, que ella aprendió a beberse por primera vez, acercándolo a su boca. Pero él se alejó, confuso y alertado. Ella tomó unos algodones que había sueltos sobre la cama y se los llevó a la boca, para saciarse y adormecerse.

 

Pudo conciliar el sueño, mientras Claudio daba de comer a una rata doméstica.

 

Descubrieron al mismo tiempo sus cuerpos y la luz. Como partes de una misma presencia derramada. Gritaban de amarillo y contento, mostrándose, iluminándose unos a otros. La luz los recorría a todos, sin tener que atravesarlos espesor por espesor. La notaron casi como un alimento. La saborearon con todo el cuerpo. Entonces los colores brotaban como ferocidades de las cosas y de ellos mismos, como semillas de luz, en las que ellos también se derramaban.

 

…y tuvieron que descargar su éxtasis en una pintura monumental, uno de cuyos pedazos quedó en el taller de Algodonera Textil.

 

 

Radaez volvió al sótano de Claudio. Se encerró en el baño y comenzó a desnudarse. A medida que las telas se iban deslizando de su cuerpo, dejándolo frío y húmedo, los olores mezclados y agudos, fue interiorizándose de su cuerpo. Antes, era sólo luz y aire. Ahora era materia orgánica, hecha de tiempo, poblada de tiempo, asestada por el tiempo.

 

Radaez estaba desnuda, y sus ropas viejas, arrinconadas sobre el inodoro, la acusaban de mortalidad. Entonces tuvo el impulso de lanzarse sobre ellas y comerlas, masticarlas, tragarse sus ropas con olor a carne y a sudor, curiosidades que nunca había poseído para ella.

 

Estaba llevándose a la boca un amasijo de sus pantalones, cuando sintió la voz de Claudio, del otro lado de la puerta:

 

“¿Ocupado?”.

 

Entonces Radaez, esfinge de los hielos eternos e inmutables, conoció la vergüenza.

 

Los penumbra se deslizaban raudamente entre los colores, con una extraña fascinación por el fuego. Así que se apoderaban de los sótanos (algunos aún no soportaban mucho tiempo la luz del día) y juntaban largos retazos de lienzo que arrumbaban en las paredes, para pintarlos de colores, iluminados por una íntima fogata que los hacía moverse y acunarse. Así, ahuyentaban a los bichos que podían enfermarlos. Con fuego y con color, lavaban sus sombras.

 

“Más bien amarillo. Un amarillo amarronado.” – Los penumbra intentaban definir el color del miedo: - “Pero siempre en un margen, en el sitio en que sólo pueda ser visto con el rabillo del ojo.”

 

Se arrastraban torpemente por la calle, siendo atravesados por automóviles veloces y transeúntes distraídos o urgentes.

 

Les atraían las fogatas, alrededor de las cuales podían pasar desapercibidos, moverse, desentumecerse entre las sombras ondulantes de las llamas.

 

Se mezclaban entre los hombres aprovechando las ondulaciones de las llamas, alrededor de las cuales parecen reconocerse en sus respectivas vulnerabilidades. La historia de la humanidad para los penumbra podía ser contada como el sucesivo avance en el control del fuego. Sin haber podido eliminarlo de sus vidas, pudieron prescindir de él para numerosas actividades. Primero fue la iluminación nocturna, sustituida por unos haces difusos o dirigidos que fijaban, mantenían en su lugar preasignado a todas las formas posibles. Luego fue la cocción de los alimentos, sustituido por el roce de partículas anónimas, imposibles. Que les permitan sentirse más allá de los vaivenes del mundo, algo menos débiles o mutables.

 

Antes habituados a los debates por el feudo, la mano de la reina o el furor de los príncipes, ahora los penumbra debían restringirse a las esquinas de los indigentes, a las calles del Bajo, a los susurros de alguna pareja en un bar nocturno, a ciertos ritos religiosos o mágicos, a los incendios y a los cortes de suministro eléctrico.

 

 

El chico descalzo abrió una bolsa de basura con un golpe de trincheta. De su interior extrajo un pedazo de pan del que mordió un pedazo, entregando el resto a otro chico, sentado contra la pared, que apenas lo examinó con tristeza, tomó el pan y se

 

levantó tras de él. Otro más los siguió, desde una esquina. Y un cuarto se les sumó desde la calle perpendicular. Avanzaban sin verse. Pero sabiendo que dependían uno del otro.

 

Aruz observaba una barra de chicos, escuchando a quien parecía ser su líder:

 

“¿Quién conserva el poder entre los débiles?. Aquel que sufra el mayor miedo”. Y aquel que sufre el mayor miedo se acerca a Aruz. Lo increpa, en voz subida.

 

“No sos de acá”

 

Aruz se limitó a mirarlo. Sin dejar de mirarlo, el pibe llevó su trincheta a la altura de su pierna derecha. Sin dejar de mirarlo, el pibe le clavó la punta de su trincheta en la pierna, que se deslizó con excesiva facilidad hasta un centímetro dentro. Sin dejar de mirarlo, Aruz llevó su mano a la pierna, que empezaba a sangrar. Sin dejar de mirarlo, levantó la sangre entre sus dedos. Sin dejar de mirarlo, llevó la sangre a la boca, y la probó con su lengua. Sin dejar de mirarlo, contestó, con una tremenda dificultar para articular los sonidos en su boca:

 

“No… soy… acá”.

 

Entonces Aruz bajó la mirada, llevó su mano abierta hasta la trincheta presionando su palma hasta hacerla sangrar. La sangre excesivamente caliente de Aruz le hizo arder la mano al muchacho, por lo que tuvo que soltar la trincheta. Luego, Aruz colocó su mano sobre el cuello del pibe, produciéndole una pequeña quemadura, ante lo cual el pibe retrocedió reprimiendo un grito.

 

 

“Comenzará a sentir dolor. Lo que le será muy extraño” – unas voces se arremolinaban alrededor de los restos de una bolsa de basura.

 

“Aruz puede dañar con su dolor” – escurría una garganta somnolienta.

 

“Se huele” - una voz se retorcía en el desagüe pluvial de la cuadra.

 

“Es sangre de Aruz – se escurría una sombra por el barro amontonado de la noche.

 

“Al árbol más cercano” – dos o tres voces ascendían y descendían de las grietas en las paredes.

 

Más lejos, se disipaba el eco en las alcantarillas:

 

“Sólo puede enfriarse dentro de un árbol, donde quede convertida en resina.”

 

 

“¿esto es todo?”

 

 

Radaez aún permanecía sus tardes en la plaza. En el lugar más abierto de la ciudad se pasa más desapercibido. Se es más anónimo. Y al mismo tiempo se está más despierto. En otro tiempo, los dioses debían enterarse de los asuntos humanos desde el aire. Necesitaban la altura suficiente para abarcar mayor espacio. Ahora, Ella buscaba el aire, el descanso y la intemperie necesarias para penetrar mayores emociones.

 

Desde allí, escuchaba las voces, fingiendo estar dormida. Escuchaba para orientarse. Las horas del día, los climas del año, los puntos cardinales… ó algunas conversaciones. Exploró algunos mapas comerciales de la ciudad, raídos, extraídos y completados entre varios ejemplares de diarios viejos: Ubicó un barrio que se deshacía de algodones coloridos, y los agrupaba en jirones, en pequeños montículos por las esquinas.

 

“No me contestó…” – un señor le habló, mirando hacia el centro de la plaza.

 

“…Tampoco espero que conteste”.

 

“¿Para qué le escribe, entonces?” – Con la pregunta, Radaez logró que lo mirara. Lentamente giró su cuello hasta alcanzar sus ojos, y respondió:

 

“Para esperar. Sólo quiero esperar. Es una forma de alargar mi vida”

 

 

 

“¿Nos enseña a pelear, señor?” – uno de los pibes se acercó a Aruz con un respeto repleto de desconfianza.

 

“Como Finnegan” – se apresuró otro, lanzando un golpe de zurda en el aire.

 

“O como Jason, mejor” – dijo otro, más reservado, pero cerrando los puños esperanzadamente.

 

“¿Por… qué?”.

 

“Usted es fuerte” – aclaró el reservado.

 

“Tiene el rostro de cualquiera de los héroes. Pero el suyo no es de plástico” – dijo otro, como para el grupo, sabiendo que llegaría a oídos de Aquel.

 

“¿Quiénes… Jason y… Finnegan?”

 

“Antiguos boxeadores. Esta noche pasarán de nuevo su última pelea. Fue hace quince o veinte años. Pero nunca recordamos quién ganó aquella vez.”

 

“En canal 2. Apenas si llega la señal hasta acá. En algunos bares llega.” – un muchacho que aún no había hablado hizo su intervención técnica.

 

“No peleo. Sí enseñar.” – Aún llevaba en su memoria y en sus sentidos, algunos toques y trucos de las grandes epopeyas.

 

“Muchas gracias señor”.

 

Habían encontrado un líder.

 

El tiempo aún la confundía a Radaez. Algunas continuidades le seguían generando cierta perplejidad.

 

Inversamente, un señor de boina escocesa sobre la pelada, le preguntó por una dirección. Exactamente la dirección en donde estaban parados.

 

“Aquí vivo – le explicó – La puerta siempre es igual. Pero una vez abierta, la casa siempre es distinta.”

 

Ella no acostumbraba a preguntar. Es un lento ejercicio el de la pregunta. Sólo lo escuchaba, más o menos atentamente.

 

“Quédese. Hoy especialmente tengo temor de lo que pueda haber.”

 

Puso sus llaves en la cerradura, como una de las operaciones más rutinarias, y deslizó suavemente los goznes hasta que la puerta se abrió. Dentro, no había más que una mesa redonda de madera oscura, cuatro sillas, y unos muebles viejos con diarios y papeles amontonados. Al ver el mobiliario, resopló molesto:

 

“Hoy es hoy” – señaló con la mano abierta el living comedor: – “Eso…, todo eso estaba ahí esta mañana…” – sacó una servilleta arrugada del bolsillo y la puso frente a Ella. Allí estaban dibujados, esquemáticamente, los muebles de la casa en sus posiciones relativas: “¿Lo vé?. Antes de salir tracé este croquis. ¿Lo vé?”. Daba la impresión de que iba a ponerse a llorar.

 

Ella puso su mano izquierda en el hombro de él, y con la derecha cerró la puerta lentamente.

 

Cuando volvió a abrirla, una señora estaba allí, de pie, mirando. Entonces él sonrió, agradeció a Radaez acariciándole el brazo, y entró a su casa.

 

 

Antes de salir de la habitación, la chica miró la medalla. Estaba en el piso. Tirada. Se la había dado a él, antes de que todo terminara. Precisamente porque sabía que todo terminaba. Así que cerró la puerta y la dejó adentro. Como a su recuerdo. Fijado en algún sitio al que ya no volvería.

 

Su rechazo le había sido incomprensible. No el rechazo de ella, ni de la posibilidad que podían volver a darse, sino el rechazo de una medalla, muda y bienintencionada. Si hubiera levantado esa medalla, la llevaría como una marca, como una tacha de infamia.

“Que alguien se la lleve” – pensó.

 

Había hecho grabar sus iniciales. Las de él y las de ella. Había hecho grabar en oro las iniciales del nombre que ahora quería olvidar. No por rencor, ni por abandono. Ambas, expresiones del dolor, no olvidan. Sólo quiere olvidarse el desprecio.

 

Se la llevó el muchacho de ordenanza del turno noche, cuyas iniciales coincidían con las de ella. Y se veía ahora obligado a encontrar a alguien con las de él.

 

 

“Espero no te moleste. Voy a escuchar la televisión. Hoy repiten una pelea que yo ví. Hace algunos años. Jason vs. Finnegan. Quizás te parezca un deporte rudo, molesto… o sucio. Pero ya no tiene para mí sino el valor de hacerme recordar los colores, las sombras, las superficies, los movimientos.” – Claudio encendió la televisión.

 

“No hay problema. Es tu casa”.

 

No se habita en una casa. Sino en un sitio donde se anuden los rituales cotidianos. Cada objeto en una casa es un signo de estos ritos. Se mantienen allí para preservar los espacios de reconocimiento. De allí que las mudanzas resulten en tantas perplejidades. Y que los caminos no puedan habitarse.

 

Radaez se quedó mirando a Claudio, que dirigía sus ojos hacia el televisor. Sentado en su silla, todavía tuvo tiempo de acercarse el vaso casi al borde de la mesa, para reiterar un sorbo cada tanto.

 

Ir y venir del baño a horarios regulares. Posar los platos sobre la mesa. Limpiar la mesada. Hacer la cama. Son todos ritos de constancia. Que logra que las cosas continúen allí. Se afirmen allí. No puedan escaparse.

 

Como Claudio era parte de esas previsiones, podía conocer el lugar de cada cosa, sin necesidad de verla. No sin asombró se apercibió que Radaez no modificó ninguna cosa de lugar. No importó desorden. De allí que ya se resignara a que no podía pasar nada entre ellos.

 

En la Eternidad no hay rituales. Todo es un continuo. En el que tampoco hay avances ni retrocesos. Sólo continuo. Desde todas partes hacia todas partes. Donde era imposible saberse solo.

 

 

“¿Todo es todo?”

 

 

Esa noche. La noche en que transmitieran en vivo la pelea entre Jason y Finnegan, Domingo huía de la policía con la seguridad de que no podría escaparse. Se abrazó fervientemente a un árbol, frente al cual los amplios ventanales de un bar dejaban ver a dos personas y el televisor machacando los sonidos y las luces de esa pelea. Cuando supo que le empezaban a disparar, se guardó largamente esa escena. Se abstrajo permanentemente en esa escena. Sintió el ruido de las servilletas más que el estruendo de los tiros. Sintió el relato del enfrentamiento más que el traqueteo de las corridas.

 

El tiempo es una sustancia bastante complicada para los dioses. Necesitan sacerdotes para entenderla.

 

La última mirada de Domingo cristalizó el bar a una hora exacta del mediodía, frente al árbol que abrazó antes del último balazo. Sólo quien pasara por allí sin ningún asidero con las cosas del mundo, o desprendiéndose de los últimos extremos deshilachados que lo unen con ellas, podía entrar allí. Donde estar ya no fuera más estar sino volver. Donde volver fuera para siempre un dónde.

 

 

“Necesito que escriba” – le pidió Claudio, apagando la tele y sabiéndola despierta.

 

“¿Qué escriba?” – Entre los dioses la escritura era un medio ocioso de detallar un costado del mundo, que de todos modos estaba a la vista, De modo tal que aún conociendo los signos de escritura de todos los idiomas posibles, rara vez se dedicaban a esa tarea repetitiva y efímera. Mucho menos concebían la idea de escribir una carta. Las cartas, las novelas, cualquier registro escrito o grabado, pintado o dibujado, eran puentes tendidos entre dos o más inconsistencias, entre dos o más cortes, vacíos o limitaciones.

 

“Sí. Yo lo puedo hacer, pero sería mejor si usted lo hace. Es una carta. Sólo una carta. Pero quiero mandar cien veces esa carta”.

 

 

Lo primero que Aruz les solicitó fue un ejercicio de lentitud. Debían hacer todo con suma parsimonia. Dejando que el tiempo suceda sin envilecerlo.

 

El tiempo era necesario para la lucha. Lo había aprendido en casi todas las batallas. En todas había triunfado el más lento. Porque en cada uno de sus movimientos

 

podían también observar, medir, concentrar. La energía no era simplemente liberada, sino dirigida.

 

Los jóvenes aprendían voluntariosamente. Se esforzaban en aprender nuevas técnicas y posibilidades. A cambio, le traían a diario un enorme bidón de agua, que Aruz tragaba desesperadamente, como único alimento de su cuerpo.

 

El poder radicaba en la administración del tiempo. Quien tuviera ocupado a otro era dueño del otro. Durante todo el trayecto de un golpe se lograba un dominio mucho más prolongado que con la sola fuerza de su impacto.

 

La Gran Duda había amanecido en el pensamiento colectivo de algunos dioses próximos a la Lluvia.

 

Con cada gota se fue gestando, madurando, encadenando, hasta formar una serie de preguntas, formuladas todas al mismo tiempo, y cuya traducción en símbolos temporales daría algo así:

 

 

“¿No hay más que Eternidad,

 

Inmensidad,

 

Omnipotencia?

 

“¿Esto es todo?

 

¿Todo es todo?” “¿No hay otros hechos que los reales,

 

Otra realidad que la verdadera,

 

Otra verdad que la inefable?”

 

“¿No hay otras voluntades que las necesarias,

 

Otros Universos que la Infinitud,

 

Otro momento que la perpetuidad,

 

Otra necesidad que la absoluta?” “esto es todo?

 

¿Todo es todo?”.

 

 

 

Esta Duda había movilizado a muchos tras los límites de Léjanor. Mas, hasta entonces, todos habían vuelto, un poco más o menos cargados con un recuerdo pernicioso. Por eso la huida de Radaez era importante. Había que garantizarse su regreso. Un regreso en el que pudiera hacérsele olvidar algunas cosas.

 

Aruz tenía esa misión. Y a ella encomendó su furia.

 

El cementerio era un buen lugar para el cónclave de los penumbras. Un sitio oscuro y ausente, sobre todo por las noches. Apenas iluminado por la luz de las linternas y las velas de los altares.

 

Se instalaron en los pasillos de la Galería 14, donde se habían llevado las inscripciones y los adornos de bronce y por ende ni siquiera había el brillo pálido de la debilísima luz de la Luna que entraba por algunas rejas.

 

Enfrente, hacia el Este, la bóveda de los Stregga les aliviaba las proximidades del amanecer.

 

Nada más aturdidor que el silencio, para envolver sus palabras, siseos y rozamientos. Frotándose contra los rincones más viscosos, apegados al silencio, murmuraban en diálogo:

 

“Quienes no están no son.” “Nosotros hemos llegado”.

 

“Aruz desprenderá su poder poco a poco” – algo pronunció desde la derecha.

 

“Aruz ocupará su dolor en una fuerza irrefrenable” – algo pronunció desde atrás del corredor.

 

“¿De quién es el poder entre los humanos?” – preguntó una sinuosa garganta desde izquierda a derecha.

 

“De aquellos cuyo dolor no puede explicarse… – comenzó uno.

 

“… O explicado no pueda entenderse…” – continuó otro.

 

“…O entendido no pueda explicarse.” – culminó otro más.

 

Una pequeña abertura dejaron al salir en la bóveda de los Stregga.

 

 

Compartían un mate amargo, que él acababa de preparar y que Ella cebaba,

 

“El dolor de los débiles es fácil” – le explicaba Claudio a la diosa – “Cualquiera puede entenderlo. La pobreza, la ignorancia, la adicción a cualquier cosa, la avaricia, el rencor, las necesidades…” – Radaez lo observaba como si él tuviera que enseñarle.

 

“El dolor de los débiles tiene una causa. Sin embargo, sus faltas son injustificables.” – Acomodó la yerba con la bombilla y continuó: – “ A la inversa de los fuertes, cuyo dolor siempre es gratuito, incausado, sorprendente. Y cuyas faltas tienen una larga lista de posibles explicaciones.”

 

Radaez sorbía el mate con una curiosidad un poco malsana. Le parecía estar probando el sabor de su cuerpo. El sabor de un cuerpo amargo. Como el que ahora tenía. Como el que él tenía.

 

Ahora que Ella había insertado un rito en el mundo, a partir de un solo gesto repetido (escribir la misma carta una y otra vez, con una firma falsa pero que el destinatario reconocería) él era su primer y supremo sacerdote. Y debía guardar el papel en el sobre una y otra vez, antes de su envío. Antes de que comenzara a enviarse, una y otra vez, sola. La carta sola, regresando todo el tiempo de un hotel deshabitado.

 

 

“¿Esto es todo? ¿Todo es todo?”

 

 

“Aún es un edificio lleno de huecos parcelados. Pero no de habitaciones. Este era un edificio lleno de habitaciones. Este era un hotel. Los huéspedes llegaban, se instalaban y se iban.” – recorrían las escaleras desde cada una de las grietas de sus sucios escalones.

 

“Cada uno dejaba su pequeña marca, su pequeño paso, sus notas originales de placer y de agonía” – un murmullo entre goteras oscuras.

 

“Cuerpos entre cuerpos. Más que conciencias sobre conciencias. Cuerpos entre cuerpos, oliendo, mirando, sintiendo, escuchando.” – la línea escurridiza de esta voz se perdía entre los caños de agua de la instalación maestra.

 

 

Iban a comer carne roja. Apenas cocida. Sacada del fuego por las urgencias del estómago y de la policía.

 

“El alma es viscosa, maleable, resentida… El cuerpo, el cuerpo es sano.” – uno de los pibes le hablaba a Aruz: “Adentro, adentro está el cuerpo. El que recibe los golpes y se carga de angustia.”

 

“¿Por eso entrenás?” – dijo Aruz sin mirarlo.

 

“Entreno para que no me golpeen”.

 

“Te golpean igual” – terció otro, arrancando un trozo de carne con los dientes, al mismo tiempo que mostraba una sonrisa de hiena.

 

Estuvieron a punto de exteriorizar una demostración, pero la mirada de tremenda soledad de Aruz los detuvo un poco antes.

 

“Es como cuando trabajás. Hacés las cosas bien, te esforzás…– Ricardo comenzó a hablar en voz muy baja, como para sí mismo: “… Y después de todo te dan una patada y te rajan. Es igual.”

 

Ricardo había trabajado en la Algodonera. Siempre que pasaban por la fábrica, solía echarle una mirada de soslayo, como si pudiera moverse. Como si se estuviera escapando todavía de alguna tarea pendiente. Como si debiera aún justificar su falta.

 

 

“¿Qué cosas requieren todavía del papel? – preguntó Radaez, aún repitiendo la escritura.

 

“Cosas muy viejas y formales. O cosas necesarias. No urgentes. Necesarias” –

 

Claudio creía ser lo más transparente posible en esta respuesta, por lo que la completó con una pequeña enumeración: – “Largos y tediosos expedientes, demandas de justicia, escrituras públicas, avisos de despido, testamentos y cartas de amor.”

 

“¿Se puede exagerar en el perdón?. No lo creo. Tampoco en el abrazo” – El pelado con boina dejó el cigarrillo en el cenicero y miró tangencialmente al de camisa a rayas verdes, que sin desprender sus ojos de la mesa de estaño, suspiró, resignado:

 

“¿Y el desprecio, la desconsideración? ¿Pueden exagerarse?”

 

Hacían el repaso de los límites, mientras deletreaban en las servilletas del bar los dibujos de lugares que permanecían para siempre en las ventanas.

 

“Es cierto. Son límites. También son límites. Pero no son finales. A no ser que nunca más vuelvan a verse o a comunicarse.”

 

El hombre de la camisa tomó el cigarrillo del otro, le dio una pitada suave y continuó:

 

“Hay mucho dolor en los finales contingentes. Aquellos en los que nadie decide. En los que nadie expresó su voluntad. En los que sólo el tiempo…”

 

 

Radaez repasaba los caracteres de la carta permanente, iluminada por la luz de un intermitente velador. Claudio le había pedido que esa noche, especialmente calurosa, estuviera desnuda. Él no podía verla, pero sus vapores le permitirían envolverse de Ella. Impregnarse de Ella.

 

Buscando qué ponerse encontró que algunas de las prendas que la señora le había regalado tenían un nombre estampado: “Mariana B.” Podría llamarse de cualquier modo.

 

Un cuerpo, finalmente. Un cuerpo que sude, tiemble, ame, ruja. Un cuerpo junto a otros cuerpos, Reconocibles en sus sudores, temblores, amores, trabajos.

 

El cuerpo es el gérmen de lo público. El cuerpo es el lugar de los deseos. El cuerpo es la raíz acérrima, el vínculo real, el ligamento.

 

 

Aruz le ordenó que no aceptase. No podía permitirse el error ni la vergüenza. El luchador debía mantener su guardia en alto, el golpe inminente, la mirada vacía.

 

Así que cuando esa noche ella le ofreció esa medalla con las iniciales de los dos, con una hermosa sonrisa culpable, después de considerarla brevemente, la dejó sobre la mesa.

 

La voz de Aruz, con sus pocas, muy pocas palabras, daba cuenta de una horrible tensión. Como si sus cuerdas vocales debieran desanudarse cada vez que pronunciaban una letra.

 

Había dicho “dignidad”, “traición”; “integridad”, y finalmente, “no”.

 

Los valores son excusas, abstracciones, desprendimientos.

 

Los valores se desbordan errantes, inasibles, insolentes. Y muchas veces después la emprenden contra el cuerpo. Lo restringen, aprisionan y amilanan.

 

Está por escribirse la historia de los cuerpos. De la lucha, no de la conquista. En la que sudar, temblar, amar, rugir, sean los verbos de la proeza.

 

En la que el héroe huela.

 

 

“¿Esto es todo?”

 

 

 

“Duele cuando no” – breve, ausente, como el vuelo ininteligible del hollín, sonaron las palabras.

 

“Ni siquiera una grieta.” – un revoltijo de hojas oscuras y podridas contestaba.

 

“O un grito.” – el eco se desplomó en la calle oscura, entre cacharros de nadie y el eco apelmazado de los pasos retenidos.

 

“Entre Aruz y Radaez se levanta un muro.

 

“Un muro que sólo el ala más ingrávida de una mariposa puede romper.”

 

Las palabras desnudaban el aire, humedeciéndolo, haciéndolo perezoso y deslizante.

 

 

“¿Todo es todo?”

 

 

 

En el sótano, revuelto de memorias, una noche, Claudio no volvió. Sencillamente no volvió. Cuando ella despertó de uno de sus sopores del atardecer, ya no estaba.

 

Lo esperó hasta el día siguiente. No existe la ausencia hasta que alguien no te espera. De forma tal que Claudio se ausentó, Ella se sintió usurpando la vida de otro. Su cáscara, su caparazón, sus intimidades. Estaba en su casa, había sido invitada a su casa, y él ya no estaba allí.

 

Ahora era la dueña de otro. De los olores y rincones de otro. Por lo que acomodó las cosas, como él lo hubiera hecho, y salió de allí, mareada, confundida.

 

No existe la soledad hasta que aparece algún otro. Hasta que somos algún otro. Y se desdobla en nosotros la otredad, dejándonos el espejo de una mirada.

 

Adentro, más adentro, a través de la rotura Radaez se sentía cada vez más dentro de sí misma.

 

No existe el cuerpo antes que el desgarro.

 

Radaez vagaba entre la madrugada y el amanecer, por las esquinas que rodeaban a la plaza. No podría orientarse por las calles. Sin embargo, había aprendido a transitar por las esquinas. Extremos abiertos, extendidos, arrojados, a cualquier encrucijada.

 

Los pocos transeúntes que aún permanecían por allí tenían un sitio al que llegar o al que volver. Ella era el sitio que no regresa. Hasta que hallara al Perdido.

 

Entonces le presentaron la foto.

 

Un muchacho, estudiante de Derecho y Mercedes, la hermana de Roberto, habían encontrado el sobre de su indemnización tirado en esa calle.

 

El joven decía algo de una acción denominada en términos latinos “habeas corpus”, traducido como “hallar el cuerpo”. Mercedes asentía, preocupada por su hermano, pero al mismo tiempo embelesada por los ojos de él. Estaban buscando referencias por el barrio, con una de sus últimas fotos, curiosamente sacada en la fábrica sin producción.

 

Los muchachos vieron la foto y ni siquiera recordaron que le habían robado el día anterior.

 

Radaez huía entre distancias acabadas y vacías. Sólo alguien que estuviera perdido, podría darle un lugar a los desbordes de sus ansiedades.

 

 

“¿Esto es todo?”

 

 

“Necesita tiempo” – indicó una pequeña raíz lastimada.

 

“Dejar las luces encendidas de una esquina” – aseguró otra voz, más femenina y

 

ausente

 

“Para que se detenga,” – una puerta se cerraba sobre esta afirmación.

 

“Sembrar una memoria para cuando calle”. – el aullido de un perro ocultó estas palabras.

 

“La luz que derrame los colores…” – un viento débil derritió estos sonidos sobre la pared rajada.

 

Aruz tenía furia. Furia de no entender, ni de abarcar. La mirada no le alcanzaba. El rostro no le alcanzaba. Y la espalda le impedía.

 

Para Aruz, entender no podía ser distinto de controlar. Ni abarcar distinto de tener a la mano, o a la vista.

 

Era su furia una furia en bloque, lógica, compacta, por lo que buscaba deshacerse de ella bebiendo grandes cantidades de agua. Bidones de agua, que primero compartía y luego reservaba sólo para sí.

 

“Cerveza tenés que traer” – lo cargaban los pibes, ignorantemente,

 

Así que empezó a salir a tomar afuera. Llegaba al mismo bar de todos los días y sin necesidad de expresarse (hablar aún le costaba demasiado, las palabras debían atravesar tanta eternidad para salirse en el ahora) le acercaban el bidón que lo salvaba de una sed, un calor y una sequedad que lo agobiaban.

 

 

De un lugar abandonado a otro. Como parte de otro mundo, de otro círculo, estaban más cómodos en el vacío, que les recordara al menos por su íntima vastedad, las sombras de lo eterno.

 

Los dioses van poblando los intersticios y despojos de la civilización. Personas perdidas o cuyos dolores habían arrastrado fuera de sí. Sótanos, hoteles abandonados, lugares con apenas la memoria de albergar a alguien.

 

Finalmente coincidieron Aruz y Radaez en el galpón de una fábrica quebrada. Donde ella observó que había acopio de tela de algodón. Y donde él vio que había máquinas para ejercitarse.

 

La gimnasia era uno de los pocos medios de comunicación que tenía con aquellos muchachos que se habían recogido en él. Su fuerza, su seguridad, les facilitaba un sitio a partir del cual poder partir, pensar, hacer.

 

La disciplina, la parquedad, el hermetismo, le conferían a Aruz un aura sagrado y respetable, misterioso y solemne, que los pibes acataban como un ejemplo. Y siguiendo su ejemplo, no mostraban piedad, ni afecto ni atención por las mujeres.

 

Sin embargo, no tardaron en reparar en Ella. Pero ocupaban diferentes lugares en la amplitud de la fábrica. Y aquel gigantón parecía no dormirse nunca.

 

“Tiene olor, pero está buena” – vaticinaban,

 

“Me pareció verla comer su ropa” – alimentaban su fantasía con una especie de mujer salvaje, que tuviera garras y colmillos y una cola larga y sinuosa como de pez.

 

 

“Las primeras escamas saldrán de su boca” – entre el chirrido del metal y el aullido de un perro se proclamó esta advertencia.

 

“Cuando no logre calmar su sed”.

 

“Cuando lo desobedezcan” – terciaron borbotones de agua sobre el tejado del

 

galpón.

 

.

 

Aruz se sintió observado por un hombre que hacía grafismos con un lápiz. Mandó a uno de sus pibes a amedrentarlo, con un rápido movimiento de cejas.

 

”Ya me iba.” – aclaró, enrollando el papel en que acababa de dibujarlo.

 

“¿Qué tiene ahí?” – el pibe se sintió obligado a preguntar.

 

“Nada, un dibujo. No es nada.” – se lo guardó en el bolsillo de la camisa.

 

“Si no es nada, lo puede tirar” – dijo otro pibe, acercándose al efecto. Como había hecho la maniobra bravucona para hacer mérito frente al líder, después de hablar no miró al intruso sino a Aruz.

 

El intruso tuvo tiempo de cambiar un papel por otro, arrojando uno sin apenas inscripciones.

 

“Puede irse” – le dijo el pibe advenedizo. Y tocándole la espalda al otro, volvieron con aquel, que iba a servir de modelo de varios héroes de plástico o madera.

 

 

Ella se sabía dueña de un don que no entendía. Que no sabía ni sabría manejar. Un don que la sobrepasaba, la excedía, buscaba un modo de salirse de ella.

 

Él recordó sus facciones, sus colores, su energía. Y sin embargo no podía reconocerla.

 

El recuerdo era algo novedoso y extraño. Tener recuerdos para quien ostenta la eternidad es una absurda molestia, un agregado, una imposición.

 

Sobre todo los recuerdos de Léjanor, aparecían confusos y triviales, incompletos e inverosímiles en este mundo de los olores humanos.

 

Aruz notó su presencia pero ya no sabía qué hacer ni cómo dirigirse. Ahora era responsable de una nueva, frágil y pequeña tropa, y se daba cuenta de que apenas era obedecido, sin entenderlo. Como corresponde en las batallas, pensaba, pero le dolía.

 

Fue aglutinando sobre él la carga de una sucia perplejidad. Capa sobre capa lo arrinconaba, lo encorvaba y reducía.

 

 

Cuando los muchachos volvieron con todo ese dinero robado a una sola persona en una sola noche, decidieron hacer una fiesta en la fábrica recientemente abandonada. Les parecía apropiado el lugar, ya que el dinero venía en un sobre con el rótulo de la empresa.

 

“Estos garcas tienen sueldos del carajo” – dijo uno. Como si no le hubieran robado a un desempleado la mitad de su indemnización.

 

Pero cuando llegaron con seis mujeres del brazo, Aruz los esperaba detrás de la columna, furiosamente asustado.

 

Una de las jóvenes se acercaba a la columna.

 

“Maru…” – Uno de los muchachos la llamaba. Ella se volvió. Aruz asomó su cabeza y pudo ver su espalda, tierna como un tallo de algas.

 

“Vamos a comprar algo de cerveza” – dijo otro de los pibes.

 

Aruz rompió un trozo de la columna con su mano derecha y se mostró de una sola pieza. Alargó su mano hacia Maru, quien comenzó a sonreírle de forma nerviosa. Todos vieron cómo una las vértebras del cuello se hundía para perplejidad de uno y dolor de ella. Él la soltó y el hueso volvió a su lugar.

 

“No vuelvan” – les dijo señalándoles la puerta de salida.

 

Los chicos se miraron entre sí, miraron a las chicas, y se fueron yendo, confusamente aterrados.

 

Una de las amigas de Maru se le acercó.

 

“Estoy bien… Estoy bien. Una sensación aguda en la nuca. Ya pasó.”

 

Aruz quedó tendido sobre el piso, mirando hacia arriba sin buscar a nadie

 

 

“Tiene una mano fría y ansiosa” – indicó una penumbra.

 

“No puede recostarse en una caricia” – culminó otra desde un rincón oscuro de la fábrica.

 

“Ahora sólo quedan ellos solos.” – terció una voz sentenciosa desde el centro de todas partes.

 

 

“¿Esto es todo?”

 

 

“¿Radaez?…” - murmuró, apenas levantado sobre los nudillos

 

Aruz sabía que Ella estaba allí, Y sabía que ocultaba un secreto que podía al fin hacerlos regresar a Léjanor.

 

Buscando ese secreto, burlado por los pibes que esa noche decidieron salir de su aura protectiva, comenzó primero a golpearle el corazón contra su pecho, Luego el echo contra las manos. Y más tarde, las manos contra las máquinas.

 

 

Entonces ingresó un hombre a la fábrica. El hombre buscado. El Perdido. El ser sin referencias, que había perdido palabra, casa y camino. Un hombre donde ocultarse sin ser vista. Un hombre al que entregarle aquello que ya la hería en ese cuerpo ajeno, precioso y caliente.

 

Para ocultarse de Aruz. Para no volver al sueño eterno, Ella lo llamó, dulce y placenteramente.

 

Él fue dulce. Fuerte, pero dulce. Para que Ella descubriera todas sus carencias, sus limitaciones, sus debilidades.

 

 

Entonces fue que uno y el otro fueron un solo animal, reptando, sangrando, sonriendo, .. Abundando de carne y de algodones, de algas y suspiros, de humedades envolventes y erráticas. Hasta que ella se desprendió de su don, envuelto en el olor de su piel, desarmándose en un grito resbaloso.

 

 

“La misericordia.” - Entre los sudores, el surco del cuerpo sobre las sábanas, se pronunciaba.

 

“Será un héroe. Por exasperación de la misericordia.” – respondían como ahogados quejidos caídos sobre los repliegues de la piel.

 

 

Uno en el otro, Roberto y Radaez, descansando en sus silencios, atraparon la liviandad de la noche entre sus pechos.

 

Así, Roberto se quedó dormido. Y Ella partió, otra vez de al lado de un hombre, por la madrugada.

 

 

“¿Todo es todo?”

 

La mañana siguiente, generosa en aromas, en susurros y recuerdos, parecía mentirle. Ella no estaba y no ya la noche anterior, sino sobre todo esa mañana era inverosimil,

 

Roberto alzó la sábana a fin de marcar el sitio donde alcanzara Su regreso. La sábana, tejida con hebras de la noche, a los ojos de él se desplegaba como la piel descubierta de todas las mañanas.

 

Un fuerte viento competía con él, arrebatándole las sábanas que él ondeaba y sostenía. La tela, rescatada del rezago de un hotel, estaba rotundamente desgastada, por los cuerpos, el roce, el tiempo y las heridas, así que en esa lucha se fue rasgando. Roberto retuvo con fuerza esa sábana, que desgarrada en ondulante frenesí, Hasta que sólo quedaron unos lánguidos retazos, blancos y fluidos. Jirones salvajes, plumones mudos, a los que pacientemente anudó, para al fin, atarlos a su espalda, como la capa raída de un fantasma vivo:

 

 

“Ella no está aquí. El aroma de una persona no es la persona. El recuerdo de un lugar no es un lugar. Lo que hayas hecho ya no sos. Sos Ahora. Materiales del olvido. Nada permanece. Nadie permanece. De forma tal que nadie debe ser juzgado. Lo que fuiste hace un instante ya ha sido. Sólo se puede abrazar a quien se tiene enfrente.”

 

Radaez había tomado conciencia de su estómago, apenas habitó entre los mortales. Entonces, aparecieron los sonidos y entonces las palabras, articuladas en el tiempo, apenas aire, entibiado por el hueco de su boca. Luego, aparecieron en ella las entrañas de la angustia y la intimidad de la vergüenza. Más tarde, adquirió conciencia de sí, en la soledad de su presencia. Y al fin, había alcanzado la conciencia de su piel.

 

De adentro hacia fuera había descubierto su cuerpo. Su cuerpo entre otros cuerpos, antes desdeñado entre los despojos del ánima.

 

Ahora, que sentía el recorrido de sus nervaduras, podía convertirse suavemente en hojarasca, con sólo la necesidad de dormir.

 

 

Otros soldados de Léjanor fueron llegando. Las fronteras entre Tierra y Léjanor habían estado descuidadas todos esos días. Cantaban y soplaban fuertes y arrogantes. Tuvieron algún enfrentamiento con los muchachos de Aruz, bastante menor e indigno de mencionar en sus detalles.

 

Sínear, uno de los más altos y encumbrados, sin respetar el protocolo de presentaciones, se dirigió a Aruz con estas palabras:

 

“Somos una misión de búsqueda y rescate. Entiendo que su misión era ubicar a Radaez. Tenemos indicios de que…”

 

Aruz dibujó una sonrisa con un esfuerzo dolorido:

 

“Tengo seguridad de que no está muy lejos”. “¿Puede decirnos? ¿Puede acompañarnos?

 

“Hay un problema. Me estoy… escamando. Convirtiendo en dragón. Un dragón horrible y vengativo.”

 

“¿Los penumbra?” – preguntó entre curioso e inquisidor el lugarteniente.

 

“Ellos están, sí, por todas partes. Pero no te dirán nada. Por lo menos nada que les preguntes. Ellos ahora… Están buscando la luz. Una luz permanente, que adoran en una esquina”.

 

 

Los soldados escoltaron a Azur no en su viaje, sino en su transformación. Día tras día montaban guardia alrededor de él, cuidando que lo peor no fuera inminente. Cortaban de raíz la piel que endurecida se iba haciendo calcárea. Disolvían con caldos especiales

 

las escamas que se le formaban en la garganta, los cuernos que sedimentaban sobre su frente, las extremidades que se solidificaban.

 

Pero el proceso no hacía más que acelerarse. Como los pelos de la barba, las garras, las espinas, las escamas, crecían más fuertes y rápidas cuanto más se los cortaba.

 

Así que un día, sencillamente lo dejaron, a la puerta de un hospital, como si lo que la magia no podía, pudiera intentarse con los precarios artilugios de la ciencia humana.

 

 

Los muchachos de Aruz se dispersaron, no bien comenzaron los serios disturbios en la fábrica, después de los destrozos.

 

Ante la perplejidad de las instituciones judiciales que en el fuero penal calificaban los hechos de daños, emitiendo una orden de clausura y sindicando a los trabajadores como imputados; en el fuero comercial ordnaban medidas de inmediato remate del stock en depósito; y en el foro laboral estudiaban la manera en la cual asignar algunos bienes al crédito indemnizatorio, algunos trabajadores comenzaron a ocupar la fábrica en custodia, y fueron regresando, uno a uno a su lugar habitual, volviendo a dar forma a ese rito habitual, que había quedado suspendido.

 

Uno de aquellos muchachos, sin embargo, se quedó a acompañar a los obreros, después de haber sido bendecido por alguien, en medio de la calle, después de confesarle, no ya sus pecados, sino sus arrepentimientos.

 

 

La algodonera volvería a funcionar. Volvería a producir guardapolvos, sábanas, telas para bastidor y ropita de muñecos.

 

Una hoja suave de laurel se desprendía del último hueso de Radaez, que le habían dado forma. Y su aroma se contagió por el rocío de la noche, ocupando los silencios en el patio de la fábrica.

 

 

Paradójicamente, sólo el aliento de un dragón podía devolverla a Léjanor.

 

 

 

Todo tiene tu nombre ahora. Desde el granizo que cae sobre las calles, hasta la escoba que barre las esquinas. Desde el silencio hasta el grito. Desde el diluvio hasta el desierto. Y todo tiene tu nombre porque todo te está llamando. Todo te nombra desde el instante que das cuenta de tu absoluta pluralidad.

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