El Mesías está demorado

Novela por entregas

Prefacio

Joaquín no era como las demás personas. Eso lo supo pronto, desde chico. Le llevó muchos años darse cuenta que su diferencia era radical y definitiva. No era algo que pudiera verse, al menos al principio. Muy de a poco los poderes se le fueron revelando. Cuando se dio cuenta no tenía muchas opciones y tuvo que aceptarlo. Era el Mesías, el nuevo redentor del mundo.

En ocasiones veía signos y mensajes donde nosotros hechos banales. Pero se confundía y no acertaba a interpretarlos. En la calle, de pronto, se formaba una jauría. En el patio, las hojas, se agitaban antes de que llegara el viento. Observando los pájaros, entendía sus rudimentos. Traducía sin dificultad los epigramas entre flores cercanas. Cuando miraba a las personas, veía a las ánimas informando los cuerpos y le impresionaba la desnudez de las esencias.

Algunos días el tiempo fluía más rápido y la gente lo comentaba atribuyéndolo a una ilusión perceptiva. Joaquín en cambio, percibía las variaciones en el flujo de lo manifestado. Sentía la aceleración que impactaba en las noticias y tomaba nota de los hechos recurrentes. Iba descubriendo triadas y secuencias, sospechaba e infería, rastreaba los vínculos no aparentes.

Incapaz de creerse a fondo las situaciones, por dentro vivía distante. Intuía que nada importaba demasiado; a la vez, un cierto compromiso lo ligaba al planeta y a las cosas.

“Ello” se hacía presente sin aviso y se ausentaba también de pronto. La angustia se le emparejaba con estos vaivenes y llegó a la adolescencia crispado, presa del desconcierto. ¿Cómo no confundirse? Poco le hizo falta para guardarse los asombros y esconderse detrás de las pupilas. Nadie notaba lo que el descubría.

Cuando le nació la sexualidad se trastornó. Supo de pronto que era prenda de cambio. Botín de guerra. ¿Cómo hacían para controlarse? ¿Porqué postergaban ellas lo que más deseaban? Innumerables complicaciones rituales. Se abrumó de soledad. Lo corría el espanto. Se creyó loco al verse inadaptado.

Joaquín maduraba despacio, como todos los de su especie. Era seguido por el asombro. No podía entender. Nos veía trastornados por enredos incesantes, hundidos en la desdicha. Sufriendo de continuo, le parecíamos drogados, viviendo en broma, como si ensayáramos hasta que apareciera lo real.

Hacía sus veinte se sentía por completo ajeno. Un visitante, un exiliado, un explorador, un enviado. Durante su juventud resumía y ordenaba la información que acumulada .Simuló normalidad, unos pocos gestos le fueron suficientes para cumplir con las normas. Tardó años en invertir las cargas, aceptarse sabio. Quizá el único cuerdo.

Descubrir su verdadera naturaleza le resultaba importante, pero podía postergarlo. Sin embargo vacilaba; ¿podría acometer el cambio sin saber el origen de su impulso?, ¿de donde provenía su rareza? ¿Era uno de los semidioses mencionados en tantos relatos míticos?¿Acaso lo había olvidado?

Siempre lo intrigó el versículo cuatro del capítulo seis del Génesis: -Había gigantes en la tierra en aquellos días,y también después que se llegaron los hijos de Dios a las hijas de los hombres, y les engendraron hijos. Estos fueron los valientes que desde la antigüedad fueron varones de renombre-. 

Mucho después fui su discípulo. Él ya estaba grande y claro. Me contó que así como un sembrador esparce las semillas, también el precursor arroja redentores al exilio. Intenta que crezcan y prosperen como función del cosmos.

Ser Mesías es uno de los infrecuentes modos en que se manifiesta el ser. No es una vida fácil.

La mayoría aborta su luz antes del alumbramiento al calor de las convenciones. Se resignan y olvidan. Mueren mucho antes que sus cuerpos. Otros se debaten entre el sí y el no de la misión descubierta. Aquellos que por fin aceptan la labor, suelen fracasar sin perder la alegría. Son escasos los que completan la tarea y muy pocos los que presencian el éxito.

Me dijo una vez: “Ustedes hacen todo a partir de la desesperación. Viven una locura sorda y escondida. Parecen hechos de miedo. Enajenados de sí mismos se alimentan voraces de sensaciones oscilantes. Están solos, incapaces de hacer algo que no termine muriendo”.

Conforme se daba cuenta de la originalidad de su mirada, de su exclusiva isla de conciencia en un mar de sueño, le nacía el sentimiento de responsabilidad. No era pesada sino cierta. Podía y debía dar una respuesta. Se propuso delimitar con claridad el problema. ¿Qué es lo que pasa aquí? ¿Cuál es el conflicto de esta gente? Una raza noble si no padeciera tanto.

Un buen día, concluyó que la humanidad se debatiría en vano mientras siguiera apoyada en las tres mentiras. Las consideraba errores gruesos y evidentes. En uno de los manuscritos, de su puño y letra, había sintetizado:

“Al placer lo extraen de fuera; de los otros, de las cosas, de lo que hacen. Muy pronto terminan esclavos. Responden a lo no deseado con sufrimiento, una acción tan ineficaz que no acabo de comprender. Creen que la muerte es inevitable; con lo cual aniquilan cualquier significado”.

Por fin, el porvenir se le hizo claro. Necesitaría la ayuda de otros como él, si los hubiera, o de algunos humanos que pudiera sacar del letargo. Bosquejó un plan de largo plazo. Un siglo o dos, cuando menos, le insumiría al proyecto concretarse. Entretanto no estaría nada mal –pensó– conectar con aquello que lo había lanzado. Vincularse con Eso que,sin consulta alguna, lo había desterrado.

 Prefacio de la novela

"Dile a los nuestros que el Mesías está demorado"

Fuente: Perplejo.net

 

Mario Rovetto

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1 comentario

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papá - Joven
Juan Ramón Cabrera Amat21 d octubre d 2014 a las 15:57 (UTC)
Magnifico.

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