Mi amigo Roland

El día que Del Potro le ganó a Nadal

Mi amigo Roland es una persona bastante discreta. O lo era hasta hace poco. Sus maneras moderadas, sutiles, proclives al silencio; convivían con una acusada tendencia al anonimato.

Esta forma de ser tenía su modo de expresión característico según el ámbito en que se desenvolviera. En el trabajo era diligente, en la casa con la familia, se mostraba correcto y levemente afectuoso. Con los amigos escuchaba y condescendía. Su opacidad no resultaba extrema como les sucede a los obsesivamente tímidos y tampoco era impostada como la del culpable.

A Roland la mediocridad le fluía como a otro la veta artística, el color político o la libido. Sin esfuerzo alguno vivía situado en el justo medio, pero no el que proclamaba Buda, resultado de ecuánime meditación, sino en aquella actitud mas bien hija de la tibieza y hermana del temor, que algunos confunden a veces con prudencia. Si me hubieran dicho que un hecho trivial iba a significar para él tamaño cambio, no lo hubiera creído.

Amber, su esposa, dice que nada anormal podía notarse en su conducta hasta que promedió el primer set. Allí, le empezó a temblar el ojo derecho, principió cierto movimiento repetitivo de las piernas y mascullaba invectivas como para sí.

Cuando llegué , alertado telefónicamente por ella, que estaba ya bastante preocupada, me encontré a un Roland desconocido. Gesticulaba con frenesí y se desplazaba velozmente entre un extremo y otro del salón comedor, donde estaba el televisor. Se agitaba lívido cuando los comerciales interrumpían la transmisión del partido, en directo desde La Florida.

Me saludó como al acaso, como sino fuera extraño que me presentara en su casa, sin aviso y en día laborable. Me empezó a comentar las incidencias del partido, los detalles de cada golpe, los errores en el drive de uno, los aciertos en las voleas del otro, lo imperdonable de aquella doble falta y sobre las ventajas que un revés cruzado con efecto y angulado tenía sobre uno con slice lanzado en paralelo.

Yo lo escuchaba asintiendo a todo mientras una parte de mi mente trazaba planes de contingencia para evacuarlo, llegado el caso al hospital, al manicomio o a la policía, según la progresión de su lenguaje gestual, por entonces errático y convulso.

En los últimos games del set definitivo, Roland imprecaba a todos los santos y conminaba al creador de los cielos y la tierra a presentarse en la sala para discutir con él mirándose a los ojos. Me pregunté al pasar como serían los ojos de Dios.

Pensé entonces convocar algún clérigo en lugar de las opciones antes consideradas, mientras él, dirigiéndose hacia el armario donde descansaba la cristalería, extrajo una pistola de respetable tamaño. La sostuvo en indeciso bamboleo, al parecer dubitativo entre apuntarse a si mismo o a Nadal a través de la pantalla. Finalmente alzó la vista me miró y dijo:

-¿Te das cuenta lo que está en juego?

-No del todo -le contesté-.

-Si gana Nadal, se confirma que Dios no existe o que existiendo prescinde de cualquier intervención en este plano de existencia miserable. En cambio, si gana Del Potro, significa que lo imprevisible puede rasgar esta absurda capa de rutina en la que estamos inmersos, significa que los Dioses pueden intervenir a favor de los débiles y los oprimidos, ¿te das cuenta?

Debí seguirle el juego como se hace con los que desvarían pero mi tendencia a la dialéctica pudo más y respondí:

-Se me dificulta Roland, poner a un pibe de veinte años que ha ganado mas de dos millones de dólares y con casi dos metros de estatura del lado de los débiles y oprimidos, se me hace difícil, insistí, refiriéndome a Juan Martín.

-¡No entendés nada! -me dijo y volvió a concentrarse en el partido que se arrimaba al final-. Por mi parte fui acercándome despacio preparando una posición adecuada para arrebatarle el arma en caso de que ganara el mallorquín como daba por descontado. En medio del tie-break mi amigo se puso muy colorado y saltaba y le pegaba a las paredes con alegría o con bronca, desesperaba siempre blandiendo el arma, como si fuera una raqueta, esbozaba efectos y cerraba golpes imaginarios.

Cuando finalmente lo imprevisto aconteció, mostrando el triunfo del argentino, Roland dejó el arma y me abrazó fuerte. Después, alborozado se arrodilló en el suelo y abriendo los brazos, entonó bajito una oración de agradecimiento. Estaba conturbado, como un niño emocionado, parecía enamorado.

Finalmente con precipitación, se quitó la ropa como si esta le quemara la piel y colgándose una vieja Wilson del cuello, salió corriendo desnudo, agitando los brazos en dirección al Lawn.

Fragmento de "Los hijos de Josefina y 40 relatos breves"

 

 Mario Rovetto

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1 comentario

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papá - Joven
Juan Ramón Cabrera Amat25 d septiembre d 2014 a las 18:05 (UTC)
Querido amigo: Me has tenido en ascuas: Solo empezar a leerte me he dado cuenta de que eras un fuera de serie. Conforme iba avanzando, iba imaginando el panegírico que iba a colocar en tu casilla de comentarios, sintiendo una gran inquietud al considerar que iba a quedarme corto en mis alabanzas.
Cuando estaba a la mitad del relato me ha parecido imposible que una pluma tan exquisita dedicase parte de su tiempo, tratando de endulzar las tristes horas de los que aquí acudimos con la pretensión de hacer un hallazgo como el que estaba saboreando y de paso dejar nuestra humilde huella a través de los relatos que nos depara la imaginación o nuestras propias experiencias; pero como en nuestro ego, siempre queda agazapada la esperanza semidormida de que alguien encuentre en nosotros lo que yo estaba encontrando en tan excelsa lectura, he sonreído satisfecho al ver que mi mayor anhelo se materializaba en ti, y era precisamente yo el que acudiria presuroso para comunicarte mi admiración y mi respeto, precisamente cuando he visto que el relato era un fragmento de "Los Hijos de Josefina y 40 relatos breves", sintiéndome estafado al creer que se trataba de una mera transposición.
No sabes lo bien que me he sentido al comprobar, indagando en Google, que el autor de la obra que tanto me había impresionado, no era otro que el que la hace pública en esta plataforma, por lo que me reitero en lo que se refiere a mis elogios, pido perdón por haber dudado de su autoría y me siento orgulloso de escribir en Beevoz sabiendo que usted también aquí lo hace.

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