Sin compasión

Fragmento de "Los hijos de Josefina y 40 relatos breves"

-Al parecer, el perro se ha enfermado -dijo mi padre con una expresión que lo mismo podía ser desdeñosa o compasiva-.

-¿Será grave? -dije-.

-Casi siempre mortal -respondió-. Rompí a llorar mientras él buscaba algo en la caja de herramientas.

-Así es la vida -dijo-.

-Así será la muerte -argumenté entre sollozos-.

-De todos modos ya no es joven -afirmó-.

-Pero si nació después que yo -le recordé-.

-En los perros el tiempo corre siete veces más rápido -dijo como para sí-. Me imaginé a Toby como en una vieja película muda; alterado, histérico, ridículo, andando a mil.

Papá encontró lo que buscaba.

-Esta alambre va a servir -comentó, mientras miraba el horizonte que prometía tormenta.

-¿Para qué es? -pregunté-.

-Lo voy a ahorcar -dijo-.

-¡¿Qué?! -grité en articulado espasmo-.

-Es lo mejor para que no sufra -dijo, mientras me miraba fijo-.

-Si no se va a hinchar hasta reventar y va a ser peor -continuó inmutable-.

Enfiló hacia Toby que nos miraba moviendo la cola levemente, abotagado por los ganglios. Me agarré al pantalón de Papá dispuesto a no dejarlo mover.

-¡No seas tonto! -exclamó-. -Es solo un perro -remató-.

 

Continuó caminado hacia el perro enfermo, lento, conmigo prendido a su pantorrilla, recuerdo el rastro que mi cuerpo dejaba sobre la tierra. Ya juntos los tres, mi padre se quedó quieto y en silencio.

Caían las primeras gotas. Los truenos golpeaban la tierra suavemente, zumbando sordo. Fue un momento raro, como épico, fuerzas pugnando; la vida y la muerte observando tiesas sin saber cual ganaría.

-Avísale a tu mamá que levante la ropa de la soga -me dijo sin darme lugar por el tono que usó, a la menor réplica-.

Miré a Toby saludándolo y me alejé con un nudo en la garganta que todavía me acuerdo, como si me hubiera tragado un pedazo de cemento. Ya llegaba hasta la casa cuando vi una piedra bola, grandecita, de dos veces el tamaño de mi mano. La agarré, principié una carrera rápida de regreso y se la arrojé a Papá.

Vino a darle justito en el centro de la nuca. Tuvo tiempo de girar un poco para mirar, buscando incrédulo el origen del golpe, pero cayó estirado, manso.

Arrojé el alambre lejos y me senté acariciando a Toby, que seguía moviendo la cola, aunque cada vez mas débilmente.

 

 Mario Rovetto

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