Probabilidades

Fragmento del libro "Los hijos de Josefina y 40 relatos breves"

Podría decirse que una vejez apacible vive la pareja. Sus cuerpos, no demasiado dañados, padecen ese lento proceso de oxidación que los vuelve, de a poco, ineficaces y dependientes. Todo se les hace lento y pesado, más que nada el sueño, del cual salen dificultosamente en las tardes de invierno.

Están conformes, como suelen decir a sus cercanos, no han hecho nada malo. Tampoco han hecho mucho. Son un ejemplo de lo bien que puede resultar el un egoísmo moderado como modelo conductual. No dan nada, pero tampoco lo quitan. Cotidianamente se apegan a la rutina, haciendo todo con previsión. Concentran sus esfuerzos en conseguir lo necesario no inmiscuyéndose en nada. La vida los ha premiado con una ancianidad ociosa y anodina, libre de grandes dolores.

De manera especial, se cuidan de no ejercitar la facultad del pensamiento; rechazando perspectivas globales o cuestionamientos existenciales. Hacen de la mediocridad excelencia; pasan desapercibidos, evitando lo que pudiera acarrearles el hacerse notar y hasta serían felices de no ser por el temor, que como callado enemigo, vive afincado en sus células.

Este miedo visceral es el motivo de su secreta crispación y los impulsa a permanecer quietos, como si dinamizarse pudiera, de algún modo, llamar la atención de la tragedia. Por eso es que los detalles, para otros nimios, son para ellos, siempre importantes.

Las pantuflas deben estar al lado de la cama en la posición correcta, para no enfriarse los pies de madrugada, al ir al baño. La posición de las almohadas; el reloj a la vista, la bata pendiendo de la silla, el teléfono cerca para emergencias que pudieran suscitarse. Poner en su justo punto la temperatura del agua del baño o la variación en los precios de las frutas y verduras, son temas habituales de sus charlas, de su modo de estarse cobijados, mientras el tiempo pasa.

Radicalmente distinta es la situación que vive Atilio. De cuerpo en extremo delgado, piel curtida por la intemperie, dejó atrás hace rato la barrera de la cautela apremiado por el hambre. A veces es un hambre física, real. En otras es sicológica, virtual. En ocasiones su cuerpo necesita nutrientes, minerales básicos; cuando se halla saciado, anhela sentirse importante, respetado, querido. Habita un clima de enrarecida violencia, no comprendiendo el porqué de las diferencias entre el destino de unos y de otros.

Coloca la ganzúa en la cerradura de la puerta del patio de los viejos. Los conoce bien, a su modo, los ha estudiado. Los sabe solos, desamparados, con algo de dinero en algún estúpido escondrijo.

Irrumpe en la cocina y los amenaza de frente, con la pistola inservible, a la luz cálida que emana del televisor. Ellos no reaccionan de inmediato, como si se negaran a aceptar la presencia contundente de lo más temido. Cuando lo hacen, se muestran colapsados, inánimes, al borde del desmayo.

Atilio debe orientarlos y ubicarlos. Con violencia en el tono pero modulando claramente, les anoticia de que entregar el dinero, sería lo más conveniente. El viejo se dirige temblorosamente hacia lo que parece una pequeña habitación almacén.

La vieja llora quedamente entre largos suspiros, provenientes de la arritmia, ahora agudizada. Atilio debe presionar el cañón en la nuca del anciano para que este se avenga a abrir la caja de herramientas, que pese al pánico, parece querer defender.

En lugar de pinzas, martillo y destornilladores, aparecen muchos dólares, cuidadosamente ordenados y enfajados. Se miran, ambos en shock. El uno, por ver  como escapan todas sus garantías contra el temor, el premio de las privaciones, la suma de todos los esfuerzos. El otro por encontrarse ante una providencia inesperada. Mientras Atilio empieza a llenarse los bolsillos de la campera con los fajos verdes, el gato que dormía en el estante de abajo, se sobresalta y huye apresurado. Esto desestabiliza al ladrón, que luchando por el equilibrio cae de espaldas, dando su nuca contra el filo del tarro de pintura. Ahora se lo ve inanimado con un hilo de sangre brotándole  del cráneo lastimado.

Don Páez, toma el arma y la tira lejos del agresor. Acude a la cocina a calmar a su mujer que solloza y lanza pequeños gritos. Juntos se acercan al caído, que respira y sangra. No se atreven a llamar a la policía, ¿que dirían sobre los billetes? ¿Y los aspectos impositivos? Temen que el remedio sea peor que la enfermedad. Tiemblan ante la posibilidad del comisario corrupto o de que los retengan como evidencia. ¿Quién les creería que semejante fortuna se amasó guardando pequeñas sumas durante cincuenta años?

El anciano busca una soga y ata al malhechor en las muñecas, una contra otra, bien fuerte. Mercedes se sobrepone y le detiene la hemorragia con agua oxigenada y mucho algodón. Le aplica un apósito, rudimentario pero eficaz; con delicadeza le pone una almohada bajo la cabeza.

Cuando Atilio despierta ya es de día, es prisionero, y pide agua. Los Páez que desfallecen por la falta de sueño le acercan un módico refrigerio. Les da algo de vigor la decisión tomada luego de discutir casi toda la noche. Han resuelto  no denunciar nunca la situación vivida y están determinados a no dejar escapar al muchacho. Lo han atado también en los tobillos y no temen que pida auxilio, dada su condición de invasor. Tampoco lo matarán, incapaces de semejante acción.

Suponen que con el tiempo se avendrá a reconocer lo malo de su vida y que reformado, será como el hijo que no han tenido. Los primeros tiempos lo han sedado quizá demasiado, para evitar que se desespere, pero ahora que van seis meses en este hogar,  se lo ve dócil, extrañamente tranquilo. Hace algunos días le  liberaron las manos y lo han acomodado en un confortable sillón.

Atilio mira mucha televisión y aunque casi no conversa, suele bromear con Don Páez a propósito del Racing Club, casi siempre en el infortunio económico y deportivo.

 

 Mario Rovetto

© Derechos reservados

 

 

Denunciar contenido

¿Tienes algo que decir? Este es tu momento.

Si quieres recibir notificaciones de todos los nuevos comentarios, debes acceder a Beevoz con tu usuario. Para ello debes estar registrado.
He leído y acepto el Aviso Legal, la Política de Confidencialidad, y la Política de Cookies de Universia