Precarios equilibrios

El flaco tenía sus particularidades y nadie le iba a discutir. Era leche hervida, enseguida se subía a la moto y te mandaba a la mierda. Años después uno se pregunta, ¿y por qué bancábamos a un tipo así entre nosotros? ¿Y qué se yo? Porque era parte del grupo. Nadie mandaba y éramos un rejunte sin fundador conocido.

Empezamos con un asado en lo de Cacho por la final del cuadrangular y alguno propuso repetirlo el miércoles, que era el cumpleaños de Ricardo. Eso debió bastarnos como aviso; juntarse un miércoles a la noche presagiaba de lejos un club de borrachos. Después se estableció sin necesidad de excusas. Al principio eran imprescindibles, como para disimular la mutua dependencia. Que el partido de principio de temporada, que Aníbal tenía un televisor a todo culo, que al pelado le regalaron una caja de Fernet, que Juan se recibía, que por fin había terminado la primaria.

Después quedaron establecidas pautas inconmovibles. Estatutos implícitos, pactos silenciosos, lealtades supuestas. Nos juntábamos los martes, los jueves y los sábados, como se visitaba a las novias antes. Pastas, pollo al disco y asado completo, en ese orden. Los domingos a la tarde empezábamos escabiando con el primer partido tipo dos de la tarde y duraba hasta que nos saludaba el lunes, en la forma de una esposa puteando, del jefe llamando o del sol encandilando.

Eso de los domingos complicaba la fraternidad alcohólica que íbamos formando. Porque a las seis de la tarde estábamos todos en pedo y cualquier diferencia podía dar paso al desconocimiento. Que Ernesto proponía cenar asado de tira; de ninguna manera decía el colorado, si anoche comimos carne. ¿Y qué?, ¡te va a hacer mal al colesterol, borracho hijo de una gran puta! Y así la cosa se ponía jodida, al pedo, de aburridos nomás. Pero es verdad, mirá que preocuparse por el acido úrico, cuando era capaz de chuparse con vinagre sino había otra cosa.

Entonces había como un amago de piñas, rápidamente sofocado por todos y no faltaba quién se pusiera en esa vena sentimental, en esa mirada propia del tinto berreta, que te hace decir cosas como -no nos peliemos al pedo che, que somos todos machos o no jodan que se van a lastimar, si nos queremos mucho todos, ¿no e cierto?- y a veces Rubén después de semejantes enunciaciones, lloraba un ratito recostado en mi hombro que lo aceptaba condescendiente.

Pero el asunto era comentar del flaco y sus peculiaridades, que las tenía y se fueron agigantando. Estaba siempre hiperactivo, pudimos haber sospechado, ¿pero con qué autoridad uno se iba a poner a investigar los vicios del otro? El lapso de lucidez relativa duraba cerca de hora, hora y media y transcurría al principio de las juntadas. Ahí sí, los primeros, nos íbamos preguntando, a que se debería tanta cantidad de energía y, sin decirlo, pensábamos en los estupefacientes.

No se confundan, el borracho nunca se verá como drogadicto, el alcohol es otra cosa, por más que lo quieran igualar con las drogas y lo metan dentro de las lacras sociales. Es legal antes que nada y eso le da una legitimidad que lo distancia de cualquier objeción. Además lo toma todo el mundo, el abuelo en las comidas, la doña en navidad, el cura en la misa, los pendex cuando salen y no hay quién no tenga una cerveza en la heladera.

Por eso, como no nos incluíamos entre los adictos a narcóticos y estimulantes, nos escandalizaba un poco lo que nos olíamos del flaco. No se podía explicar de otra manera. ¿Cómo se entiende sino, que después de cenar con nosotros, de chupar como descosido, de discutir durante horas sobre lo que se te ocurra, cerquita del amanecer; chapara la escalera y se pusiera a limpiar el tanque de agua, por dentro y por fuera con lavandina? ¿O que le pidiera el baño al ocasional dueño de casa y volviera bañadito y perfumado a los diez minutos?

Porque íbamos alternando entre las distintas casas, para que no se hartaran de más las mujeres, que ya estaban hasta el cogote pero por otras cosas; y el flaco empezó a comportarse como en la propia. Pedía ir al baño, se hacía el respetuoso, pero uno se supone que el tipo va a mear o a cagar sino le queda otra, incluso a vomitar sería admisible en nuestra intoxicada condición, pero eso de bañarse era rarísimo. Usaba el toallón que estaba a mano, medio frasco de champú llego a vaciarle a Ernesto para disgusto de su mujer y de su hija que lo atesoraban y ni al dueño de casa se lo dejaban usar.

Después en lo del Pipa lo encontró la hija una noche vistiéndose en el dormitorio matrimonial; decí que la mujer no estaba y quedó como un desubique con las reglas de urbanidad, que sino no sé en que hubiera terminado la cosa. Así que para no alargar, resumiendo, lo empezamos a esquivar al flaco, pero no era posible. Ya nos tenía caladas las costumbres, siendo como era parte íntima del conjunto. Entonces la alternativa era disolver el grupo o hacer algo para moderarlo al muchacho, o al menos, ver que se podía hacer.

Empezaron a seguirlo, Rubén que podía usar distintos coches de la empresa y Carlitos, que estaba al pedo todo el día y tenía una econopauer que no gastaba un carajo. Por teléfono nos fueron contando. Que salía a trotar, que después chapaba la bici y se iba hasta el aeropuerto. Que tipo once de la mañana se iba al taller y puteaba a los empleados y que salía cagando en un Torino azul que le había rectificado al mono (el mono era un amigo de todos, no tan cercano, que estaba preso por lo menos hasta fin de año) y hacía solitarias picadas cerca de Avenida del Japón, levantando tierra a cagarse y haciendo derrapes suicidas.

Descubrieron que cuando no se juntaba con nosotros, algunas noches, iba al casino de Carlos Paz. Y que se encontraba con unos tipos a la salida y que se metía en un auto y que salía al ratito con aire de santito. El flaco estaba chau, se daba hasta con dentífrico como se comprobó tiempo después. La cocaína lo enloqueció, no era un tipo para estar eufórico o frenético, la cosa se le iba de las manos. Para colmo es cara y cuando no le alcanzaba buscaba el mismo efecto probando cualquier sustancia. Valentía no le faltaba, lo reconozco.

No sé si realmente, como cuenta Aníbal, llegó a probar el betún de los zapatos; que no entenderé porque razón había semejante cosa en lo del flaco, que estaba todo el día en ojotas o a lo sumo en invierno con unas toper hecha pija. Hubiera tomado creolina aseguran, si siguiera siendo habitual ese desinfectante en las casas; en su defecto le dio con la kaotrina que suavizó con un poco de café para que no tuviera tanto gusto a hormiga. La cuestión que el problema se nos fue resolviendo solo, no hubo necesidad de tomar medidas.

Intentar intentamos, se hizo un amago de eso que los yanquis en las series llaman “intervención”. Lo rodeamos una tarde antes que llegara el pelado con el Fernet y medio que le entramos a preguntar como andaba, con cara de circunstancia y pusimos ese tono raro que se le pone a uno cuando se siente en lo cierto y que el otro está en la mala. Le brotan a cualquiera aires de santo padre y parece que a través de uno hablaran en realidad los padres o los abuelos, cosas de antaño que ni uno se cree, acerca de la dignidad de la vida y de lo que significa ser un hombre y boludeces así.

El flaco lo cazó al vuelo y nos mandó a la mierda. Esa tarde se fue, pero volvió a eso de las diez, antes del pitazo inicial del River-Boca, como si nada, contento y enérgico como últimamente. Y nos abandonamos, dejamos que la cosa siguiera a ver que pasaba. Acondicionamos los baños, eso sí. Toallas viejas y limpias dejábamos, para que las use el flaco y sacábamos la pasta de dientes y los cepillos y no quedaba nada en el botiquín. Cuando tocaba en casa, mi señora se iba al carajo con las chicas, dormían en lo su hermana o que se yo y con eso cada quién en su casa se las arreglaba.

Pero como decía, el problema se arregló solo, como casi todo en la vida en realidad si uno tiene paciencia. Las cosas se solucionan o uno se acostumbra, que es una de las formas más comunes de resolver los problemas. Cuestión que el flaco se hizo tan vicioso que no había guita que le alcanzara y entonces se metió de choro con el gordo Albarenga, “el cara e naipe”, como le decíamos cuando éramos pibes en el nacional.

Y así fue, en vez de hacer mierda nuestro grupo, reventó a la banda del gordo, construida laboriosamente durante años y años. Tipos fieles, confiables, tranquilos, profesionales. Esos ladrones que dan gusto, que jamás una piña innecesaria, ni un grito al pedo, ni tocar las mujeres de los desvalijados, ni mear en el living o cosas así. Chorros que en fin, si así fueran todos, la sociedad sería mucho mejor. Los hizo mierda, cometía imprudencias y cuando quisieron acordar ya estaban hasta el ojete. Catorce tiros le metieron los canas, no lo podían parar de tan colocado que estaba. De tan puesto ni sangraba, comentan exagerados.

Todo debería haber ido a mejor entre nosotros ¿o no? Nada que ver. El grupo se desilachó como engualichado. Nos juntamos unos pocos a la semana, otros pocos menos a los quince días y al mes ni nos llamábamos por teléfono. Vos explícame porque. Ni la menor idea. Resultó ser el flaco el factor aglutinante, qué se yo, no creo. Son esas cosas viste, de los equilibrios en la vida, que se altera un factor y se te va la suma a la bosta. En la semana uno se acomoda, se extraña menos, si está la tele prendida y hay un tinto en la heladera no pasa nada. Jodido el domingo, cuando anochece, ahí te quiero ver Mendietta, diría don Inodoro.

Mario Rovetto

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