Horror

El oficial a cargo del caso, pudo advertir la intención suicida del joven, cuando este poniéndose una soga al cuello, procedió a subirse a la silla dispuesta en las cercanías.

-¿Qué hace? le dijo rudamente y mirándolo con atención.

-¡Me voy a matar! el caso resuélvalo usted.

-¡No sea infeliz! -avanzó admonitorio Benítez, dispuesto a frustrar las intenciones de García-.  -Ya le vamos a encontrar una solución, -prosiguió luego como alentándolo-.

-¡No, de ninguna manera! No trate de impedirme esta acción, que creo, me dignifica…

-¡Déjese de solemnidades García! -espetó el teniente, mientras quitaba la soga del cuello al aprensivo cabo, quién no se resistió en demasía.

-A ver… -le decía, mientras subían al auto patrulla-, ¿porqué se quiere matar? porque no le encontramos explicación… -se contestaba a sí mismo-. No es para tanto, hay muchas cosas que no se entienden en la vida y no por eso la gente se anda matando… ¿Dónde se ha visto un suicidio por incomprensión?

-Usted tiene otro temple, otras expectativas -contestó García modulando lento las palabras, como adormilado por el shock-.  Yo he leído a Doyle, a Chandler, a Simenon, conozco al dedillo cada historia de Poirot, converso mentalmente con Maigret y Miss Marple, diríase que camino en la presencia de Marlowe y a veces comparto un hot dog con Sam Spade;  sin embargo, presiento que pasaré el resto de la vida torturado sin poder comprender. Es algo que me supera. Divagaré en vano, haré conjeturas, trazaré líneas especulativas inverosímiles, hipotizaré de la mañana a la noche, solo para ir perdiendo de a poco todo rastro de cordura. Se lo ruego Benítez… ¡Déjeme ya terminar con esto! -arremetió al final con más vigor el suboficial, concluyendo así su dramática declaración-.

-¡Déjese de joder! -le dijo casi descuidadamente el oficial Abel Benitez, mientras hacía girar el volante del Falcon, tomando Rivadavia, acercándose al barrio de Caballito-.

Ya en el precinto, pasaron silenciosos a la oficina que compartían, procurando no llamar demasiado la atención, evitando molestas preguntas que algún enterado pudiera efectuarles. El Teniente acomodó sobre el escritorio el bloc de notas, llenó un vaso usado de café frío, según su poco saludable costumbre; sacó una lapicera del bolsillo y se recostó hacia atrás en el sillón, que lanzó un suave soplido por alguna parte descosida del tapizado. Se quedó mirando el techo, como si hubiera en él algo que ver.

Inmóvil esperaba, pensando cómo hacer para mantener la estabilidad sicológica del subalterno; a quién para colmo, él había recomendado, debido a lo que en un tiempo creyó sutil perspicacia.

Mientras tanto, García se contraía espasmódicamente echado en  una butaca vieja y dura, arrinconado en un extremo del habitáculo, escondido un tanto detrás del fichero abierto y de algunos planos de catastro que nunca se ocuparon de enrollar y devolver. Este alienado, era un tipo flaco, que hubo superado la treintena sin darse cuenta y cuya única ambición era la comprensión; entendiendo por esta, al encaje articulado y armónico de los distintos sucesos, dentro de un acontecimiento mayor.

La pasión por el encastre le empezó de niño, con los primeros “Rasti”, continuó después con los "Legos", creció con esos rompecabezas de mil piezas que en un tiempo estuvieron baratos y terminó de enraizarse con la lectura obsesiva de cada policial que encontraba. Ya a los 14 tenía más de 80 libros de Agatha Christie, odiaba a Moriarty y soñaba con una esposa que lo recibiera con un té, aunque no le gustaba el té, solo por admiración hacia el Inspector Maigret.

Un aparente sosiego descendió sobre la seccional mientras oscurecía, todo aguardaba. Sabían lo que esperaban: la impresión de las fotografías de la escena del crimen.

Este conocimiento, de que volverían a ver lo que no había sido hecho para que el hombre viera, ese tener que volver a recibir dentro de sí mismos la impresión visual de lo que jamás podrían olvidar, en cierto modo los rebelaba y fugazmente los hermanaba.

El jefe era alguien más curtido, no por la experiencia sino por el desinterés; eran años los que llevaba cultivando en secreto un rancio cinismo. Cuando el cadete entró con el sobre y lo dejó sobre el escritorio, haciendo un ademán de saludo, tocándose una visera inexistente; Benítez había traspuesto el límite del temor, desplazándose más allá, cerca del origen de lo impasible.

Con movimientos rápidos espanta la estela de humo de humo a cigarrillo muy barato; dejada por el mensajero, requisado a contrabandistas e ilegalmente repartido entre los que presenciaron el procedimiento.

Benítez mira a García solo para descubrir que este juega nerviosamente  con el nudo de la corbata, lo ajusta levemente. Dentro del pálido policía se libra una batalla sin pronóstico claro. Una parte de él quiere ajustar el nudo y asfixiándose, olvidar. La otra, alienta la utopía de revelarse como un genio de la deducción y el acertijo.

El oficial saca las fotos y comienza a mirarlas con los ojos medio cerrados, de costado, haciéndose el desentendido, esperando el impacto de la impresión en el alma. Primero se le pone blanquecino el rostro, medio amarillo después; de pronto gesticula una contorsión y vomita, dejando el contenido del estómago en un cajón del escritorio. Se limpia algo y un poco tieso devuelve las fotos al sobre.

No dice nada asumiendo lo sucedido, sin necesidad de justificarse. Mira hacia donde estaba García y no lo ve. Recorre la oficina con la vista, escrutándolo todo  y lo descubre parapetado en un anaquel, con la pistola desenfundada y oscilante.

-¡No haga locuras! -le dice al subordinado-, lo cajoneamos y listo García… lo dejemos así… nadie se va a molestar por nuestra actitud. No vale la pena; hay pastillas que lo pueden calmar y con el tiempo ya va a ver que nos olvidamos -dijo, pero sin convicción-.

El cabo Eusebio García, oriundo de Ensenada, como si un gélido espíritu de apatía lo hubiera poseído, desiste de su cobarde actitud. Guarda el arma, se acomoda un poco la ropa y el cabello, adopta compostura. Va hacia la vitrina y toma una botella de whisky, la coloca en el bolsillo del sobretodo y mira a su jefe inmediato superior. Los ojos fijos, sin humedad, extraños. Sin decir ni hacer más, se retira.

Al rato, solo, en medio de la noche cerrada, estando el precinto con la guardia mínima; puede verse al teniente Armando Benítez que prende fuego a las fotos; como si al hacerlo se borrara en algo la herida infligida a su mente.

Ya en el Falcon, trata de sintonizar FM tango, lográndolo después de cierta dificultad.

 

Mario Rovetto

© Derechos reservados

 

Denunciar contenido

¿Tienes algo que decir? Este es tu momento.

Si quieres recibir notificaciones de todos los nuevos comentarios, debes acceder a Beevoz con tu usuario. Para ello debes estar registrado.
He leído y acepto el Aviso Legal, la Política de Confidencialidad, y la Política de Cookies de Universia