Lo imprevisto

fragmento de “Los avatares de Bruno”

 

   En aquella oportunidad, siesta sofocante si las hubo, Bruno se dirigía al supermercado. Obligado por la necesidad de combustible, debía acudir por fuerza al sitio donde era más barato el whisky. Allí se vendía en botella de litro y exhibiéndose varias marcas solían competir con ofertas.

   Apenas se encontró en la vereda tropezó con una de sus propias chancletas, elemento que detestaba en todas las formas posibles y que usaba solo como contramedida sanitaria, apremiado por los hongos en los pies, que en épocas descuidadas se acercaron peligrosamente al hueso. -Ya empezando por el nombre… ¿cómo se va a llamar ojota? ¿Ojota? ¿No es horrible? -interpeló una vez al ocasional transeúnte que aun hoy trata de descifrar a que se refería aquel extraño inquisidor-.

   -Enseguida traspira la planta del pie y el sudor mezclado con la tierra que obligadamente se acumula por caminar, forma una pátina barrosa que hace un pequeño ruido a deslizamiento, ¿lo has notado?, y esa tira plástica que tienes que llevar entre dos dedos que te va lastimando y ese chapoteo que se hace al golpear la chancleta contra el piso. Chancleta es de viejas ¿no es cierto? y ojota suena a ojete. ¡Es detestable tener que usar esto! -le comentaba a la dependiente, en ocasión de su última compra, que solo atinaba a mostrarle más modelos de diferentes colores-.

   Pero decíamos que a poco de andar rumbo al autoservicio, Bruno había trastabillado al doblarse la punta de una de sus ojotas. Mientras maldecía observó a su mascota que venía, en actitud diligente, tras él. Era un hecho muy extraordinario; no sólo porque el perro era fóbico social sino también porque tenía estrictas órdenes de no seguir a su amo fuera de la casa. Esto último a raíz de que, cuando salía con la mascota, Bruno terminaba en medio de jaurías que mordisqueaban y vejaban al animal, obligándose ante la compasión que sentía, a defenderlo literalmente con uñas y dientes.

   ¿Qué hacés acá? le dijo al perro con violencia contenida. Te juro por el dios de los perros que no te voy a defender aunque te descuarticen al lado mío. El perrito esmirriado, vaya a saber de qué espíritu poseído, siguió adelante lo más campante, moviendo la cola con cierta alegría. Te vas a cagar de miedo pensó Bruno, dispuesto a que el destino aleccionara al can que se las daba de atrevido.

   Al doblar la esquina, una señora claramente obesa en todas sus líneas, cortaba el paso. Se desplazaba muy lento, con la dificultad inherente a su condición, llevando las diversas partes de su cuerpo como si de pesados bolsos se tratara; abría los brazos como si formara una campana y los sometía a un balanceo, que de forma evidente, le servía para darse impulso. Bruno inmisericorde, la repudió en silencio. No había forma de adelantarla. Hacia un lado las rejas y frentes de las casas, hacia el otro la avenida, por la cual se desplazaban afiebrados unos bólidos con sombras dentro, convencidas de que iban hacia algún lugar distinto de sí mismos.

   -¿Qué hago? -se preguntó el dueño del canino que ahora titubeaba ante la incertidumbre del amo-. -Qué lástima no me traje algún libro para leer mientras paseamos, -ironizó para sus adentros-.

   -Disculpe -dijo Bruno a la señora y apuró el paso por el lado izquierdo, el que da a las casas y no a la calle, chocando con el brazo que además de gordo resultó macizo. La mujer lo miró tiesa y cogió con fuerza su cartera creyendo encontrarse ante un ratero. -¿Qué hace?, medio gritó. -Nada, solo quiero pasar. La mujer enojada lo aporreó con una bolsa rejilla que llevaba algunos envases, abriéndole un pequeño y limpio tajo en la piel del cráneo. Bruno quiso correr pero no se atrevió, temeroso de que esa actitud lo hiciera parecer culpable de fechoría. Permaneció agachado apretándose la herida, mientras un taxista que observó la escena, no tuvo mejor idea que hacerse el héroe; se imaginó en una entrevista televisiva y a Teresa enamorándose nuevamente gracias a su arrojo, y aplicando el freno ruidosamente, baja del auto y patea a Bruno en el mentón, desmayándolo por completo.

   El regreso a la conciencia es generalmente un hecho desgraciado, sabido es que no ser brinda descanso; pero no hay palabras para describir el pavor que atenazó a Bruno, cuando en el doliente despertar, se encontró en una pequeña celda, habitada también por otros varios sujetos de poco ilustre condición. El ambiente no resultaba acogedor y lo peor era que dos o tres sonreían cordialmente, como si fueran naturalmente afectuosos y muy dados a la amistad y la camaradería.

   Allí tirado, sobre orines viejos, muy cerca de pies inmundos que sostenían cuerpos hediondos, a punto de sucederle cualquier cosa, dentro del amplio abanico de la calamidad; súbitamente consideró: -singular contrapunto este, entre la sonrisa y la brutalidad, ya que esta, en vez de mermar el salvajismo lo potencia, mutando lo malo en horroroso, desdibujando los confines del terror.

Instintivamente, se hizo el nuevamente desvanecido, intuyendo que esa condición postergaría las vejaciones por venir. Mientras, tanto pensaba. -Acaso he muerto y viene a ser cierta la existencia del infierno. O tal vez sueño y ya me despertaré de una pesadilla a la otra.

En eso se encontraba diletante, cuando recordó a su perro. Con estupor descubrió que hubiera valorado mucho su presencia, que ahora en medio de este desquicio, se le mostraba cálida y cargada de ternura. La culpa comenzó a clavarle un puñal cada vez más hondo, entretanto desesperaba por saber algo de su fiel compañero, a quién si veía de nuevo, se prometió, trataría con más cariño y atención constante.

   -¡Ah, que valiosa la familiaridad en tiempos de extrema desgracia y soledad! Como oro fino reluce ahora cualquier gesto antes trivializado por la rutina y la seguridad. ¿Podrá ser que mueras aquí, brutalmente masacrado por estos infelices, mientras te haces el filósofo? -terció el cínico dentro de él en el que normalmente se emplazaba-.

   ¡Eh querido, querido! Escuchó mientras le golpeaban con relativa ferocidad en la mejilla; no tuvo más remedio que abandonar la fingida inconsciencia y responder al llamado...

Mario Rovetto

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