Taxi

Viajar en taxi y estados alterados de conciencia

Viajar en taxi puede llevar rápidamente a estados alterados de conciencia o producirte adicciones repentinas, por caso a la adrenalina. El abandono, la ausencia de temor, una entrega des-posesiva, soltura confiada en alguna voluntad superior que rige el universo, fe en el destino de cada quién… son formas de ubicarse asociadas en general al camino religioso o a vertientes esotéricas de cierto relieve. Derviches sufíes, monjes errantes, meditadores varios, anacoretas de toda laya; gente que sabe de estas cosas en la práctica.

A mí me sucedió arriba de un taxi y en una etapa de mi vida por completo ajena de toda metafísica. A poco de subir, habrán sido dos cuadras que hicimos bajo la llovizna, noté una especie de tic nervioso en el conductor. Al toque me apercibí. Levantaba la mano izquierda hacia la nariz, como si fuera a sonársela, pero detenía el movimiento antes de llegar y el brazo volvía a su posición original.

Si hubiera llevado cronómetro hubiera podido probar que la acción se ejecutaba a intervalos precisos y regulares, con toda exactitud. Era un tachero al estilo de esos pulsares inter-galácticos, que irradian algún tipo de onda a la millonésima de segundo y que sirven para que miles de civilizaciones ajusten los relojes. Subía el brazo, la mano se detenía a unos diez centímetros del naso, se movían uno o dos dedos algo espasmódicamente y listo, el brazo se le caía sobre la gamba izquierda. Tal tipo de conducta no tranquiliza, máxime cuando el que maneja acelera a fondo cada vez que encuentra libre la vía.

A tientas, con la mano izquierda busqué el encastre para el cinturón de seguridad, mientras con la derecha me sostenía del asiento delantero. Inexistente. En mi ciudad esos detalles son quimera. Pensé en hablarle, pedirle que me baje; no se ofenda, pero quiero seguir viviendo, un tiempo más al menos, hasta encontrar algún sentido; en todo caso despedirme de algunas personas, no vale la pena así, de improviso, mutilarnos bajo algún camión porque usted está un poquito alterado. Loco de mierda.

No me atreví. Capaz que por decirle algo precipitaba el desastre. Suele pasar, es parte de la mala leche de la vida, que precisamente se encamina hacia lo que evitamos, cuanto más hacemos para alejarnos. Recordarán la anécdota sobre la muerte en Samarcanda, el criado del Príncipe y todo eso. Sino por favor acudan a lo dicho por Cortazar en la universidad de Berkeley en el otoño de 1980; no tengo ganas de contarla ahora. La cosa es que parecíamos un bólido de esos que bajan del espacio y queman materia cuando atraviesan la atmósfera. Yo quemaba grasas, transpiraba y recapitulaba biografía saldando cuentas; el alma hacía balance, estaba programada para estos casos, no estaba en ella evitarlo.

Creo que es por la prohibición de fumar. La normativa preserva al pasajero de la nicotina y lo expone a los deportes extremos, a la fórmula uno en hora pico, a la transgresión de las leyes del tiempo y del espacio. Si los dejaran fumar los tipos descargarían la leche. Incluso que pudieran manejar con algún grado de ebriedad; hasta ahí, no demasiado, pero que pudieran relajarse. En todo caso debería haber un adminiculo, una silla eyectora de emergencia, para el pasajero o para el chofer si excede ciertos patrones de manejo. Habría que estudiar bien lo que conviene. De todos modos sería al pedo porque cuando quisieras usarla no funcionaría.

Zigzagueantes esquivamos autos rezagados, dejamos atrás a la gente lenta que ignora la llegada del apocalipsis, pisamos alguna paloma dormilona que no nos creyó capaces. No lo puedo negar, el tipo era un as del volante. Me trajo a la memoria las pericia de Niki Lauda, antes de que se quemara vivo y quedara desfigurado, con esa sonrisa extraña que da que pensar. A los semáforos todavía los respetaba, eran un vínculo a la cordura.

Pisaba los frenos y el estómago se me apelotonaba en el esófago, los pulmones largaban el aire fuera de ciclo y costaba reiniciar. Aprovechando las luces rojas o los embotellamientos, se me ocurrió lanzarme sin avisar. Pero si lo hacía sin pagarle el tipo me perseguiría y si le pagaba e interrumpía el viaje me interrogaría, se sentiría juzgado en su manera de conducir. Para colmo, advertí que estaba activado el seguro electrónico cuyo manejo exclusivo pertenecía al conductor.

Me imaginé acosado durante días, casi pude verlo asomado a las ventanas de mi casa, amenazando a mis hijas con el pito en la mano, siguiendo a mi mujer hasta el gym y robándole las zapatillas. Nunca podría estar tranquilo suponiéndolo al acecho, irrumpiendo con el taxi a través de las ventanas de la sala de estar, justo ahora que compramos el Smart TV. Me sentí secuestrado y empecé a sentir los primeros síntomas del Síndrome de Estocolmo. ¿Y si le daba un beso? ¿Porqué no?

Decidí esperar y llegar a destino, fuera este la oficina o el más allá, lo mismo me daba. Allí fue cuando alcancé ese estado de abandono, de cierta mística relajada. Es una forma de trance. Se lo dijo Urdapilleta a Majul en una entrevista hace varios años:

- “¡¿Sabés que Majuuul?! ¡A mí, ya no me importa naadaaa!”

Exacto. Ahí me planté, un desapego del carajo. De pronto era libre. Es lo que dijo el maestro Nissargadatta desde un miserable cuartucho en Bombay:

“No necesitando nada, Yo soy sin temor”.

Pero claro que sí, tal cual, estaba claro. Como decía Fernandito en lo de Tinelli, cuando se tomaba un Agaromba, que entonces, todo le chupaba un huevo.

De allí en adelante, el resto de calle Maipú, por Humberto Primo y hasta Puente Avellaneda, permanecí ecuánime, con onda oriental, esperando el sablazo de la muerte. Me sentí un samurai, casi veía  volar los pétalos de las flores del almendro, herido por todos lados y viendo la belleza de la batalla. ¡Que actorazo ese!, no Tom Cruise, el otro, medio chino, que en esa película termina muerto.

Llegamos al fin del viaje. Cuarenta y uno con cincuenta… me dice sin mirarme mientras aceleraba un poco el tic nervioso y me imaginé cientos de planetas con problemas de horarios y descompaginando sus actividades. Saqué cien pesos y se los dí, lo único que tenía. ¿No tiene más chico??!, dijo, moderando la ira ostensiblemente. Cuantas cosas que se pueden decir con una inflexión de voz, con una carraspera leve antes de la palabra final. Todo sin mirarlo a uno, porque no me lo he merecido al viajar sin cambio.

Siempre que me piden cambio me viene a la mente la palabra calderilla, que asocio con la palabra sencillo. ¿No es raro? ¿Tiene sencillo jefe se decía antes. Y eso me sonaba a calderilla y me llevaba a la  Londres del siglo XIX. Como habrán pensado, la palabra calderilla me llevó al término escudilla, de uso frecuente en oriente, en la mano de los monjes budistas mendicantes. Pero lo reconozco, me voy del tema.

Yo no tenía cambio y aparentemente él tampoco. Quedamos quietos, esperando. Librábamos una batalla. Él confiaba en que yo sacara sencillo de algún lado y yo contaba con su calderilla, sino no hubiera salido a trabajar, me dije. El tráfico rugía al costado nuestro; del otro lado, la vereda parecía un remanso yermo. Se había nublado y hacía un poco de frío. No sé cuanto pasó, fue un bucle en el tiempo. No estoy seguro, incluso el tic me pareció detenido.  Bueno, -me dijo de pronto- otra vez me paga, cuando nos encontremos de nuevo, no es cuestión de hacerse mala sangre por cuarenta pesos.

Es cierto le dije y esperé la devolución del billete. Después de otro lapso temporal extenso, me bajé del auto sin decir palabra y sin mi billete de cien pesos. Mientras daba los primeros pasos pensaba acerca de cual sería el límite para hacerse mala sangre. Cuarenta pesos no eran suficientes, el taxista lo había certificado. ¿Cien pesos? No demasiada, putear un ratito en todo caso, yo lo certifico. De todos modos me habían llevado a una experiencia cercana a la muerte, había recorrido mi vida en un instante y por ello, encontraba reorganizadas mis prioridades, veía las cosas con nueva perspectiva. Todo eso por cien miserables mangos…

 Mario Rovetto

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