Esa chica es mía

Escrito originalmente para http://iholdthepower.blogspot.com.ar/

Loretta James es la chica más fea de todo el Bronx.

O al menos eso es lo que dicen los amigos de Johnny Palladino. A Johnny vamos a llamarlo Johnny, porque es más corto y él dice que estamos en 1933 y ya nadie debería llamarse por los apellidos.

Los amigos de Johnny dicen que Loretta es fea. El padre de Johnny lo llama John y también piensa que Loretta es fea. Se lo dice a su hijo. La mamá de Johnny le acaricia el pelo cada vez que pasa por su lado y prefiere callar.

Loretta camina por el mundo como si nada importara, medita Johnny mientras la ve pasar por la esquina de su casa. Como si no pensara en el infortunio que le causa a la gente al salir a la calle así, tan esperpéntica como es. Siempre viste de rojo, cintura ceñida, medias naturales y zapatos de tacón. Siempre un sombrero sobre los rulos rizados con ruleros. El pelo corto, que no le sienta bien ni un poquito a su rostro anguloso, brutal, de exacerbado maquillaje y textura grasosa. Tiene la boca muy ancha, se ve a lo lejos. Los labios gruesos y los dientes torcidos. ¡Torcidos! Las paletas están manchadas de rouge y cada vez que se detiene a conversar con alguien la mirada del otro se dirige, inexorablemente, a la dentadura maltrecha de Loretta.

Camina balanceándose sobre los tacos con la gracia de un chimpancé. Sus piernas son demasiado voluminosas y desproporcionadas para el resto de su cuerpo. La piel de sus manos está toda agrietada por  la lejía, a pesar de que sólo tiene diecisiete años.Y eso ni siquiera alcanza para representar la fealdad de la pobre chica.  

Johnny no conoce muchos adjetivos. Horrible, espantosa. Fea, fea, fea mujercita si las hay.Johnny cumple diecisiete en dos semanas y su mamá organizó una fiesta en el patio trasero de su casa, sobre el pasto quemado por el sol del verano. Sus amigos están invitados. Loretta no. A Loretta no la invitan a los cumpleaños, por fea.

Los muchachos ven transcurrir la tarde al calor del asfalto. Cuando baja el sol y los autos ya no pasan tan seguido, juegan al béisbol en la calle. En las horas más crudas, se limitan a vegetar en las escaleras que conducen al humilde hogar de Johnny, mascando chicle y jugueteando con sus gorras sudadas de los Mets y los Dodgers.

Loretta pasa por el portal de Johnny todos los días a las tres y media, religiosamente.Y sus amigos no pierden oportunidad de ofenderla. La mayoría de las veces -digamos, un noventa y cinco por ciento-, Johnny se les une.La persiguen, hacen ruidos obscenos, coquetean con el límite de la decencia al rozar "por accidente" zonas prohibidas. El más ensañado de ellos, al que vamos a llamar Morandi dado que no cree que porque estemos en 1933 haya que dejar de respetar la memoria de los antepasados, rodea su cintura con un brazo y camina a su lado un par de metros, hablándole venenosamente al oído; luego la suelta, se queda unos segundos con un rizo emperifollado en su mano y le dedica un silbido despectivo antes de volver a su trono en las escalinatas de la calle Victor.

 

Siempre es más o menos lo mismo, todos los días sin falta. Una voz en la mente de Johnny determina que ya se ha vuelto un ritual de la pandilla, así como lo son los partidos del domingo a la tarde y las cervezas a escondidas que consigue el primo del hermano de un amigo metido hasta el cuello en el contrabando.

 

Y Loretta parece caminar por Júpiter. Ignora todas y cada una de las palabrotas que le dedican los amigos de Johnny. Ignora la mano en la cintura de Morandi, y esquiva el veneno. Su semblante es de una apatía pasmosa. A veces, pero sólo a veces, altera un poco la posición del sombrero como única reacción.La vista al frente. Los hombros derechos. El orgullo brilla en la mirada de Loretta, que se siente más linda que nunca, y el desprecio invade los rostros bronceados de los muchachos, que nunca la habían visto tan pagada de sí misma, tan consciente de su fealdad.

 

Loretta no tiene amigas, ni novio. Sus padres rara vez abandonan el edificio.Johnny ruega que el padre de Loretta, si es que tiene, sea muy celoso. Johnny ruega a los cielos que Loretta siga así de fea por los siglos de los siglos, porque el cien por ciento de las veces que la ve pasar siente unas ganas locas de ir corriendo hacia ella y romperle la boca de un beso.

Pero si sigue así de fea, va a evitar que cometa una locura y pierda el respeto de sus amigos. Porque si sus amigos supieran que tiene ganas de besar a Loretta, se quedaría sin amigos. Sería un paria.

No recuerda cómo. Intentó millones de veces dejar de hacerlo. Salió con otras chicas (para ser del todo sinceros, fue sólo una y por obra y gracia de su prima). La hostigó. Se rió de ella en su cara. Noches enteras analizó abstraídamente el cielorraso de su habitación, pensando, pensando...Loretta.

Loretta no es como las demás chicas. Sí, no es como las demás porque es fea. Pero su fealdad es... misteriosa. Para empezar, ninguno de los muchachos sabe lo que hace en sus tiempos libres. La repulsa no es motivo para iniciar un seguimiento detectivesco. Apenas si la ven en el colegio, en las pocas clases en las que coinciden. Y la falta de amigos de Loretta se traduce en ausencia de actividades extraescolares, a excepción de sus caminatas por la cuadra que la llevan Dios sabe a dónde. Johnny no puede permitirse el andar indagando por el vecindario sobre Loretta. Si anduviese de preguntón por las tiendas, la chusma del barrio y las niñas de su edad pensarían que un interés romántico se oculta tras el interrogatorio. Y lo último que Johnny desea es que ese cuento llegue a oídos de sus amigos. O peor, de su padre.

Menos que menos, puede seguirla. Siendo torpe como es, lo más factible es que lo descubran. Y eso equivale a escarnio público.Sin embargo, quiere saber a toda costa por qué la piel de sus manos está tan deteriorada. Quiere saber a dónde rayos va todas las tardes. Quiere saber por qué el rojo. Quiere saber si gusta de alguien. Qué opina de él. Si sabe su nombre. Si sabe que existe. Si pasó por su cabeza enrulada la remota posibilidad de que uno de los muchachos que tanto la atormentan esconde un sentimiento oscuro y retorcido que la involucra a ella.

 

Mientras se debate entre miles de alternativas, Johnny sufre en silencio. Si tan sólo Loretta fuese un poquito linda, o un poco menos fea, murmura su conciencia, podría invitarla a salir. Y podría llevarla a pasear, invitarla al cine, comprarle flores. Podría amarla con libertad y a nadie le importaría un comino.Sus manos transpiran cada vez que la ve pasar. Sus manos y el resto de su cuerpo. Siente un calor innombrable que le baja por el cuerpo rápidamente y lo quema todo. En el fondo, pero muy en el fondo, Johnny reconoce que además de amarla, la desea como mujer.(Johnny y la amiga de su prima llegaron a segunda base, pero la amiga de su prima se asustó al ver a Johnny tan transpirado y se fue dejándolo "a medio cocinar", como diría su tercer mejor amigo Harry. Así que bueno, Johnny es virgen. La enorme probabilidad de que Loretta también sea virgen lo llena de una pequeña alegría cada vez que piensa en ello.)

 

Faltan dos días para su cumpleaños y Johnny reflexiona sobre la habilidad del tiempo para escabullirse a la vez que bebe a sorbitos su Coca Cola. Es una tarde calurosa de verano, como las que ya se fueron y la que viene mañana, y está sentado en el portal de su casa. Pero a excepción de las demás tardes, está solo.El reloj marca las tres y media. La hora de Loretta, se dice Johnny. Loretta no es como las otras chicas. Para Johnny, no hay otras chicas. Todas se reducen a ella.

 

Pasa un minuto de las tres y media. Johnny piensa en la brevedad de la vida. El miércoles pasado, el señor O'Reilly fue atropellado por un camión lechero. Había salido de su casa para comprar el pescado para el almuerzo, y a los diez minutos su esposa estaba llorando su cuerpo frío de muerte sobre la mugre de la calle.O'Reilly murió así como así. Sin aviso. Él también puede morir de buenas a primeras.¿Qué tal si se muere mañana? En un accidente de auto, o al caer de la ventana de su habitación. Sus padres, sus amigos... todos estarían desconsolados. Tantas cosas que no pudo hacer en vida y que nunca llegaría a concretar, como comprarse su propio auto, ganar mucho dinero... Se perdería la fiesta de cumpleaños que su madre está preparando con tanto esmero. Johnny frunce los labios en una mueca. Sabe perfectamente qué es lo que más lamentaría, por sobre ninguna otra cosa.

Tres menos veinticinco.¿Y si se muere en diez minutos? ¿O en cinco? ¿Qué tal si muere como su tío Angelo, de un ataque al corazón en el medio de Battery Park? No quiere morirse sin decirle a Loretta... eso.Y como ya va a estar muerto para cuando sus amigos se enteren, no tiene que preocuparse por si dejan de dirigirle la palabra.

Se oye el rumor de los tacones de Loretta a lo lejos. Hoy va tarde, y con prisa.Johnny tiene que decírselo. Esta es su oportunidad, sea hombre muerto o al borde de la muerte. Ninguno de los muchachos anda por ahí. Su padre no está controlándolo. Y sospecha que su madre se alegraría mucho si viese lo que está a punto de hacer.

 

Allá viene. El sombrero sigue en donde siempre.¿Cómo se lo dice? ¿Qué demonios va a decir?

La silueta de la chica se hace más grande a medida que se acerca. ¿Qué tal un "Hola, Loretta"? No, no. Johnny menea la cabeza en señal de auto desaprobación. Eso es de idiotas. Además, apuesta los cinco dólares que lleva en el bolsillo a que Loretta puede identificarlo en un segundo como parte de la banda de rufianes que se mofa de ella. No puede soportar la idea de que lo desprecie.

Haberlo pensado antes, imbécil, lo reprende la voz de su subconsciente.¿Y si solamente le dice hola? Eso no puede salir tan mal. Después de todo, no es nada más que un saludo inofensivo y formal. Sí, para empezar un hola está bien. Luego, a medida que pasen los días y la confianza aumente, va a poder incluir más palabras en la conversación y ...Y nada. ¿Y los muchachos?Johnny traga saliva con dificultad. Si los muchachos se enteran de lo que está a punto de hacer... la mera idea lo aterra.Pero sólo es un hola. ¿qué tiene de malo un hola? Pero los muchachos van a matarlo. Van a burlarse de él  con una ferocidad mayor a la que utilizan con Loretta. Lo van a desterrar de los partidos de béisbol, de las cervezas, de las aventuras. Nadie va a ir a su fiesta de cumpleaños. Va a quedarse solo por el resto de su vida, solos él y Loretta. 

 

Loretta ya está a pocos pasos de donde él está sentado. Lleva puesto un vestido violeta.Sólo es un hola.

¿Violeta? Loretta jamás usa ese color. Su color es el rojo. La apreciación le inyecta una dosis de valentía.

Hola.

Hola.

- ¡Hola!

La palabra sale a borbotones de su boca, como un gruñido. Johnny está seguro de que va a desmayarse en cualquier momento. No puede creer lo que hizo. Loretta aminora el paso. Le echa un vistazo sobre el hombro, en una actitud cuidadosamente descuidada que indica que de haber estado acompañado nunca habría hecho lo que va a hacer, y le sonríe.

Le muestra sus dientes torcidos y manchados con rouge.

Loretta sonríe. Y es para él. Johnny corresponde su sonrisa con otra. Loretta sigue caminando, la vista vuelve al frente.

Y Johnny se derrite de amor ahí en su sitio, sobre las escalinatas grises que conducen a su porche gris y a su casa gris y a su dormitorio gris, en su vida gris que sólo la sonrisa de Loretta puede llenar de color.

 

Cuando toma real dimensión de los acontecimientos, Johnny descubre que Loretta acaba de desaparecer en la esquina. Envalentonado por su éxito repentino y olvidándose completamente de los amigos -en lenguaje romántico, los "obstáculos"- echa a correr tras ella. Loretta le ha sonreído. Johnny sonríe al recordarlo, aunque hayan pasado sólo cinco minutos.

Cuando vuelva a verla, y le grite su nombre para que ella se detenga y voltee a mirarlo y le sonría otra vez, él le va a declarar todo el amor que tiene guardado por ella desde que descubrió que pasa por su casa todas las tardes a la misma hora. Y ella va a olvidar que él se rió de ella en su cara. Y van a ser muy felices.

Johnny dobla la esquina.

Y entiende muchas cosas de repente.

Entiende por qué Loretta presta cero atención a las burlas.

Por qué camina tan pagada de sí misma, incitando a sus amigos a mofarse aún peor.

Entiende por qué Loretta siempre va tan arreglada. 

Entiende que fue un completo estúpido. Y que por más muerto que pueda estar en cinco, diez o veinticinco minutos, va a ser inútil.

No entiende lo de la lejía. Pero supone que esa duda quedará por siempre flotando en su mente.

No entiende cómo pudo confundir una sonrisa amable, de cortesía, con una invitación a algo más.

Se dice que de haber actuado más temprano, no hubiese llegado tan tarde ahora.

 

Al doblar la esquina, Johnny ve un flamante DeSoto estacionado enfrente de la carnicería de los Prizzi. Ve a Loretta caminando presurosa hacia el auto. Un tipo alto, moreno, como de veintitantos, se baja del auto y va caminando hacia ella. Loretta rodea el cuello del tipo con los brazos, y se besan. Loretta y el tipo intercambian unas palabras. Loretta sonríe todo el tiempo. El tipo señala el auto, impaciente, y Loretta se dirige hacia la puerta del auto, del lado del acompañante. Él le dice algo, algo gracioso, a juzgar por la manera en que Loretta ríe, tan auténtica que Johnny siente como si estuviese frente a una desconocida.

 

La verdad es, que Johnny en efecto no conoce a Loretta. Conoce a Loretta la fea, de la que sus amigos se burlan y a la que no invitan a los cumpleaños. Conoce a la de los vestidos rojos, los rulos y los tacones.Pero esa Loretta le resulta una novedad. Una novedad desagradable.

 

Puesto que la verdad absoluta, la que a Johnny le acaba de caer como una tonelada de ladrillos sobre su cobarde cabeza, es que Loretta no es, en absoluto, fea. Es hermosa. En la manera en que brillan sus ojos, cómo su risa se deja oír por sobre el tránsito, la suavidad con el que acaricia el vello de la nuca del tipo mientras lo besa, es hermosa.

Tan hermosa, que no puede ser suya.

 

Johnny descubre paradójicamente al escuchar el ronroneo del motor que se acaba de poner en marcha que le importa un bledo lo que piensen los demás. Pero ya es tarde para eso también, ¿verdad?

Johnny tiene ganas de llorar. No como las que le vienen cuando una pelota de béisbol le golpea en la cabeza. Peor. Como si la pelota le hubiera dado de lleno en el corazón y se lo hubiese dejado hecho añicos.

Como si su tristeza le hubiese llamado la atención un momento, Loretta lo ve observándola a unos pocos metros. Por unos instantes, no entiende qué es lo que Johnny está haciendo ahí parado, el gesto en su cara tan... extraño. Le devuelve la mirada, interrogándolo silenciosamente. Johnny permite que una lágrima descienda por su mejilla. Sólo una. No quiere que Loretta lo vea llorar y piense que es por ella, y se dé cuenta de su amor y de que le rompió el corazón y lo haga sentir aún más estúpido. El tipo le toca la bocina. Tiene prisa. Loretta se muerde el labio. Johnny está actuando tan extraño...

- ¡Adiós, John!

Cree que si lo saluda, lo sacará del trance. ¿Qué otra cosa podría querer de ella? Sube al auto y mira por última vez a Johnny desde la ventanilla. El chico sigue allí parado, como una estatua. Johnny se seca la única lágrima que derramó. Las demás están atoradas en su garganta. Extrañamente, piensa en jugar al béisbol. O mejor dicho, en que una pelota le pegue muy fuerte en la cabeza y lo deje inconsciente durante unas cuantas horas, para que pueda olvidarse de lo sucedido.

Así que esto es lo que se siente.

El amor. Qué asco más grande.

El violeta del vestido de la muchacha se queda impreso en la retina de Johnny durante un tiempo considerable. Él se queda mirando un largo rato, sin saber bien qué hacer. ¿Loretta se habrá dado cuenta de algo? Qué más da. Al menos, puede morirse ya con la agridulce certeza de que Loretta sabe que existe. Y que se llama John. No Johnny. John, como un adulto.Le queda soñar con ella (está seguro de que esta noche lo va a hacer). Lamentarse por ser un gallina. Verla pasar todas las tardes, y que sus amigos se burlen, y que ella los ignore. Quizás ella se dé vuelta y le sonría, como hoy.A Johnny no le molestaría para nada. Quizás, sólo quizás, se digan hola.Y Johnny se vuelva John, Y los dos sean cómplices del secreto de Loretta, de la belleza escondida en su sonrisa.

Ante los ojos de los demás, sigue siendo la chica más fea de todo el Bronx. La otra Loretta es suya. (Casi.)

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2 comentarios

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245r2r4
Luciana Varas25 d octubre d 2014 a las 23:32 (UTC)
¡Muchas gracias por leerlo! Y me alegra mucho que te haya gustado. Sí, es de mi autoría: lo publiqué primero en mi blog y luego aquí. Gracias nuevamente por la felicitación, saludos
papá - Joven
Juan Ramón Cabrera Amat25 d octubre d 2014 a las 13:27 (UTC)
Después de leer este cuento tan singular y tan hermoso, no comprendo como no tenia ni un solo comentario. Explicas que fue publicado en otra plataforma, pero no me queda muy claro que sea tuyo. Si así fuera, te felicito de corazón porque está escrito de forma tan impecable que me ha impresionado y si no lo fuera, te doy las gracias por haberlo traído hasta mi.
Un saludo.

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