Desde Zhar Ptitsa

Carta desde el más allá

Hay un desierto inmenso. Color naranja, a veces amarillo fuerte, pocas veces muta al blanco, pero cuando lo hace no hay ojo que le resista. Agazapado a la sombra imaginaria de una duna, permanece Darek; encogido, temiendo respirar, creyéndose al acecho. La serpiente calva adapta su color a la arena y se la percibe sólo cuando el oído está muy aguzado y ya prevenido. Si no se está alerta de antemano, nada puede librar al caminante.

Pero Darek lo ha sabido por la tenue modificación de uno de los soles, el ambarino y más pequeño, casi siempre en el horizonte. Cuando vira levemente al carmesí salen las calvas en pos de tejidos frescos o de órganos dulces y cómo aquí los hay pocos, se sabe blanco desde médanos distantes. Toma su aljaba con cuidado y extrae una de las puntas ponzoñosas, la junta con el mango y estira la pértiga, afina la pupila abierta y trata de quedar muerto, para que se le hagan vivos los movimientos mínimos. Soportando espera.

El tiempo se ha interrumpido hace pocos instantes, literalmente. Es el momento preciso en el que los astros cercanos, satélites de Zhar-Ptitsa, se detienen y vuelven sus órbitas en sentido contrario, una vez cada jornada. En este intervalo, que algunos usan para recomenzar las cosas y otros para hacer conjuros de juvencia, la sustancia de las cosas se congela. El latido que provoca el transcurrir cesa y solo permanece la conciencia atenta y obligada a estarse suspendida, entretanto se restablece el balance de las esferas anilladas. Aquí la vida no es como la conoces y, en ciertos aspectos, me resulta indescriptible.

Darek aprovecha el discurrir de esa nada breve que tan bien sabe medir y otea en torno sin mover los ojos, que por ser materia quedan tiesos como todo. Lo que hace es mover la mirada que percibe, usando la pupila como ventana diminuta y eso le amplifica el horizonte periférico, se hace vigía detrás del iris. Ha visto una pequeña protuberancia asimétrica que desentona en la suavidad tornasolada de la arena y adivina la peligrosa presencia que allí se manifiesta. Y apenas se desencadena el nuevo devenir del día naciente, lanza la punta venenosa hacia la figura que ya se agita ensartada y al punto muerta para siempre.

Ha triunfado aunque precariamente; el hedor de la muerte espanta a las colegas que se alejan presurosas pero no por mucho tiempo. Volverán pronto sin memoria como si se tratara de la primera vez. Aprovecha para despellejar y partir, desmenuza la urdimbre que sangra y se la come sin deleite, sin temor ni fervor, hace lo que debe para sobrevivir mientras persiste en su camino al mar.

En la costa, bien distante de la batalla que se libra en el desierto, aguarda Minna. Espera moderando la expectativa, trata de apagar el fuego de la pasión que la encadena. Sabe que las chances de Darek son escasas y hace las tareas con diligencia, buscando congraciarse con los dioses. Pesca violáceos peces sin mancharse, arroja los desechos en el afluente, quita las espinas y se las deja a las aves. Llama a los niños, los hinca en la playa y les hace alzar las manos en muda alabanza. Luego comen silenciosos a la luz del fuego, que ha servido de cocina y de abrigo contra la brisa helada del océano. Después los deja ponerse junto a ella y les cuenta algo de la Díada original, de esa intimidad majestuosa de los creadores, cuando los soles aún no estaban alineados y cuando no existía el momento sin tiempo. Era la época de las ausencias, no estaba el desierto, ni el mar ni el centro luminoso poblado de ciudades.

Los críos escuchan a sus anchas y en sus pieles curtidas y rojizas, en sus miradas vivas, ya se adivina la misma estirpe que en sus padres; esa callada certeza que los alienta a vivir. No importa para que, ni hasta cuando, solo vivir y seguir viviendo milenios sin fin, en pos de la calma prometida unos segundos brevísimos cada uno de los días. En este mundo de tres abismos, las distancias te resultarían ingratas. Está el mar, vasto por doquier donde alcanza la vista. El desierto rutilante y espeso, lóbrego por lo cruel y majestuoso en la variedad infinita de tonalidades, cada una con su particular amenaza en ciernes. Finalmente la ciudad, el centro de luz áurea que se impuso al planeta.

En ese trípode descansa la vida de Zhar-Ptitsa, fulguroso vértice del sistema local, abigarrado núcleo de la inteligencia allende las estrellas del segundo punto de Lagrange.

No sé como darte mayores referencias. No sé tampoco si esto llega hasta ti, inmersa como estás en lo de todos los días y si advertirás la luminosidad del diodo verde en el conmutador del garaje. No importa, te cuento porque me da sustento y me mantiene ligada la cordura a lo conocido. Si no te recordara, si no supiera que vives en alguno de los puntos luminosos que veo en el breve atardecer, ya me hubiera abandonado.

Si esto te llega no te abrumes por la imposibilidad de responder, sé que lo haces, en tu corazón y a tu manera. Te cuento para que sepas. No creas que estamos solos, aún hay vida luego de la muerte y está más relacionada a la modificación del espacio que a la cuestión del tiempo. Ocurre que estrictamente hablando, la extensión existe pero no el devenir. No sé por ahora como decírtelo, me faltan las palabras. No temas, la Tierra es un buen lugar a pesar de todo.

Me alejo ahora un tanto y para ti serán unos cuantos días. Me sumo a la pesca en un torrente que alimenta el Aquerusia y tengo, aunque te cueste creerlo, algunas responsabilidades. Si, también aquí rige el oprobio del trabajo, por lo que he averiguado, constante universal. Sabes que te quiero y que no te olvido nunca, si lo hiciera dejaría de ser y aunque cueste vivir, no lo pretendo todavía.

Son tan diferentes y animadas aquí las noches. El día es uno, porque se mide de acuerdo a Clovis, en tanto las noches son cuatro según las elipses Albireas. Breves y gélidas las tres primeras, más extensa la cuarta, son todas muy oscuras; sin embargo en nada alteran la marcha de las cosas. Los habitantes duermen cuando quieren y no llevan esa rutina tan familiar a la que nos hemos acostumbrado. Aquí hace mucho que han descreído del tiempo y como todo acontecer les resulta un espejismo, ignoran las variaciones que presenta el horizonte y las rotaciones de los astros cercanos con sus ciclos previsibles.

Darek, a veces, reniega de su suerte. No lo hace habitualmente sino solo cuando le faltan mucho las fuerzas. Lo más frecuente es que confíe en su tarea, que no se amilane ante la inmensidad que le falta. No es la primera vez que cruza el desierto y eso le sirve, aunque no tanto. Era muy joven la última vez y no iba solo, sino en el convoy que lideraba su padre. Sabe, de todos modos, que es decisivo atender a cada paso ignorando lo que se imagina por venir. Ha de atender en torno y dejar sin combustible a la mente. Los miembros se le hunden en la arena y el sílice, tanto más cuanto más se queja; eso le hace pesado el paso y la superficie parece saberlo y aunque seca se asimila al barro, succionando los talones y enterrando las falanges.

Lo peor es recordar a Minna, ese traerla de vuelta al corazón; saberla tan lejana y pese a ello saborearla en la memoria. Eso lo quiebra, le desguaza las vísceras y resulta aniquilado. No se lo permite y persiste. Aprendió a no sentir miedo o por lo menos a no dejar que se exude y con ello evita mejor a las serpientes calvas. Ha matado dos, tres, cinco, deja de contarlas porque la acumulación le deja entrar una inquietud ansiosa. Sólo actúa. Aprovecha las noches para correr despavorido, se lanza en dirección al mar con toda la velocidad que le dan los miembros. Parecería loco pero en realidad trota con tino, levantando mucho las articulaciones  y adelanta a las fieras que no se atreven ante la total tiniebla. En estas marismas de los eclipses extremos es rey. Sabe que el desierto es nada y que la noche parece algo que no es, una apariencia de sustancia. La sangre le hierve de antepasados que gritan: ¡La luz Es, lo demás nada! Transpira y cada amanecer lo encuentra más cerca del océano y por ello fortalecido.

Minna vela a sus niños. Duermen a horas dispares y ella casi nunca descansa. No le preocupa, se regocija con el sonido de las hojas de los Micles, perpetua armonía a tenor de la corriente que sopla en la playa. Es alimentada por la brisa del mar y enraizada en los contrastes de los riscos Adenosos. Ese aliento salino, fresco sin falta, la sume en leves trances místicos; le habla de un algo que puja, de una fuerza que sabe, de un trayecto que no es acaso. Presiente un orden y no lo explica, busca emparejarse, quedar en la zona de su gracia difusa e imborrable. Alterna lo que observa; aquí los niños, allá el cenit del firmamento, más abajo el latido del amor que se le hace uno con el corazón. Ella vive no ya por sí, sino atravesada por esos otros que se le funden dentro. Darek y sus frutos, la playa y el propósito, ella traduce en los comportamientos lo que siente este rincón del cosmos.

No sé si puedes imaginarte lo que implica que las poblaciones no se reglamenten por los horarios, que no se tenga en cuenta al sol, o en este caso, a ninguno de los cuatro para ello. Es un cambio radical y eso basta para trastocar lo que nos parece base firme de lo real. Aquí no importan las estaciones, porque aunque las hay son complejas y alternan ciclos discontinuos que no se pueden seguir con naturalidad. No concierne a nadie el día o la noche también enigmáticos en sus límites; en este sitio del espacio prima un ritmo endógeno que no es fácil de entender para mí y supongo menos para ti. Cada quién sigue su norma y contrariamente a lo que supondríamos, no rige la anarquía.

En las ciudades gana lo gregario. Si allí se vive es porque allí se quiere vivir. Son caracteres muy diferentes de los otros, que han elegido como hogar el océano o la playa. Olvidé decirte que al desierto solo te lleva la necesidad, nunca es consecuencia del deseo. Opuestamente a lo que podríamos suponer, las urbes son contemplativas. Uno más de los misterios raíces de Zhar-Ptitsa. Ellos examinan, admiran, gustan lo que ven y, en los conglomerados urbanos, no tan hacinados como los nuestros, decantan las oportunidades para organizar la belleza original. Puedes verlos azorados y extáticos mirando la unión de un muro con el cielo; viendo, bien digo, el sonido de un ave rebotar contra los árboles; reciben en los poros el aroma del viento que les trae noticias de las comarcas lejanas. Es hora de que lo sepas, en los poblados no hay prisa, manda la ventura.

El desierto es para el tránsito, el inevitable derrotero de la búsqueda, es el territorio de los inasibles, esos que aún desesperan. En cambio el océano sirve a los que saben, prueba a quienes atesoran, enseña un poco a los que todavía temen. No pretendo que me entiendas, aunque si me escuchas yo sé que comulgamos. ¡Te conozco tanto! Y lo mismo puedes tu decir de mí. ¿Existe alguna variante en la cascada de mis pensamientos que no puedas anticipar? Supongo que aquí te desconcertarías; pero claro, es porque sé que estás afincada de aquel lado de las cosas. ¿Cómo podrías?

Es tan liberadora la experiencia de la muerte… ni siquiera constituye estrictamente una experiencia. Si fuera riguroso te diría que se trata de una in-sistencia, de posicionarse dentro. Vuelvo a ausentarme, pero estaré de nuevo pronto, antes de que extrañes estos sentimientos, de todos modos por ti de sobra conocidos.

Seguimos detenidos. Estamos al borde de la carretera muy apretados. Se nos vino encima un viento repentino que nos dejó cegados y sin fuerzas; es una tromba que aliviana demasiado la atmósfera y luego cuesta respirar por un buen rato. Nos dirigimos a Kutmal en busca de hierbas frescas; sirven para curar un sinfín de dolencias y queremos repartirlas entre los inmigrantes recién llegados a la capital. El bien de uno es el bienestar de todos y la salud es muy valorada.

Pasa el sofoco y volvemos al camino montando Quelbas de color pardo. Son mansas y se viaja cómodo sobre el lomo que parece cubierto de alto y suave terciopelo. El aspecto te impresionaría, parecen arañas enormes. Luego de unos días me he acostumbrado y me ayudó saber que se alimentan sólo del aire y de la luz de los soles. El temperamento te recordaría a Maisha, nuestra gata de las épocas estudiantiles. Las hierbas aromáticas decoran el camino con perfumes que no podrás imaginar, son fuertes y muy diferenciados, no encuentro parentesco con las especies que recuerdo de la Tierra.

Darek se acerca ya al linde del desierto, en dos o tres jornadas verá el mar y si los augurios le sonríen se estrechará con Minna y platicará con los niños haciendo crónica del viaje. Cualquier dato les servirá para cuando les toque la misma travesía. Encontró un grupo de colegas que también van hacia el océano; son dos familias completas muy amistosas que vivirán en alta mar. A Darek le agradan pero no los entiende, le parece incomprensible vivir a la deriva presa del oleaje tornasol; pero es sabido que miles lo hacen y que son felices tanto como los de la playa o la ciudad, cada uno a su manera.

Han formado un círculo y se desplazan respetando la figura, eso les permite mirar en todas direcciones y los ha convertido en un ser extraño que asusta más de lo que teme. Las calvas se mantienen a distancia segura; estarías aterrada si vieras sus siluetas emergiendo de la arena, vigilando y persistiendo.

En tanto, la Asamblea sigue reunida en lo alto de la torre más alta, de la ciudad más digna y ese atributo no es arbitrario sino hijo del consenso. Es el acuerdo general que la sitúa como respaldo y rescate de cualquiera que viva en el planeta, sin importar el hábitat elegido. Así, tanto los que pululan en la playa como los perpetuos navegantes, acuden a Homa en tiempos de necesidad o desventura. Nada se les cobra, nada se les pide, se sabe que el bienestar de cualquiera beneficia a todos. Lo reconozco, cuesta acostumbrarse a esta solidaridad sin vanagloria. Aquí se conoce que las acciones benefician al que las hace y si no mejoran no se ejecutan. Son naturales, les falta la malicia y no especulan, tienen un algo contundente que los hace firmes y muy propios en cada estilo.

Los reunidos representan diversos pueblos y aldeas que se nutren del centro, algunos playeros y oceánicos también han venido para dar voz a esas visiones peculiares de este mundo. Se turnan para hablar sin rispideces, van rotando de acuerdo a la tonalidad con que vibra cada pecho y eso basta. Tercian argumentos respecto de la colonia en Cedras. ¿Corresponde el gasto? ¿Vale la pena el esfuerzo de todos por algo tan incierto? Postulantes hay, no solo eso, sobran. Aquí no se vota, sin acuerdo no se hace nada. Lo unánime es la regla para el avance; entretanto se delibera, aceptando que la duda es una de las formas de expresarse la negativa.

Pero tú, dime… ¿cómo están las cosas? ¡Ah si pudieras contestarme! Me basta la posibilidad de que escuches. ¿Que ha sido de los niños? Han crecido y tendrán sus cosas como todos, ya sé como es la vida… ¿qué es lo que pregunto? No son los detalles, ni siquiera la dirección de vuestras vidas, que ya conozco por experiencia clara. En la curiosidad yace mi apego, ese lazo placentero del que no me aparto. Pero desde aquí es más fácil, hay tanto y todo es tan nuevo. Descanso en la certeza del encuentro; más tarde o más temprano, me encontrarás al alba en este lugar extraño y maravilloso ¡Ya verás!

Cuando se estira el plenilunio de Nímede todos danzan, en eso convergen sin falta. Alzan las extremidades e hincan los miembros, oscilan, alternan variantes, se curvan y organizan deliciosas geometrías. Los niños surgen de esos bailes comunitarios, no sé si te lo dije. Son necesarios tres miembros para la concepción y lo mejor por supuesto, es cuando los tres abismos se encuentran representados en cada unión. Dicen que quisieron regularlo, pero después lo dejaron, prefirieron lo que marcaran las cosas. Estas cópulas también nacen de lo químico como en nuestro caso, pero derivan en romance sin alternancia con la hostilidad y luego se hacen épicos y terminan en gestas y epopeyas amorosas, todos abrumados por el lance. De puro gozo cambian de color, al igual que los luceros que guían al planeta y lo mantienen adherido a la órbita.

Un fuego esférico se aproxima a Zhar-Ptitsa, los que medran en su seno no lo saben. Es grande, caliente y su velocidad extrema para el sector. Si colapsa en las cercanías o si fuera el caso que impacte contra este mundo, la hecatombe sería total. ¿Qué pasará con los muertos que ya han muerto? Me lo pregunto y el silencio que sigue me colisiona el ánimo. Si yo lo sé otros lo saben también; ¿tratará el tema la Asamblea? ¿Serán proclives a la acción? Presiento que llegado el caso ganaría el abandono, esa confianza en la sincronía universal de las partículas de la que hacen gala. 

Búscame en tu corazón. Si no vas nunca al garage o si desconfías del conmutador o si recibiendo esto no logras decodificarlo, indaga adentro. Tantea en el sentimiento que precede a los latidos, investiga las réplicas mudas que efectúas con lo que acontece, vigila lo que antecede a la palabra. Me verás en cada gesto, yo vivo en tus sensaciones. Aunque no puedas todavía comprenderlo, percibirás que nunca hemos sido dos y que cuando dices ser, de mí también hablas. Antes y ahora, incluso después. Si me quedara sólo una corta frase para decirte, te diría: No te creas el asunto ese del tiempo y no temas nada, el dolor carece de sustancia.

Mario Rovetto
© Derechos reservados

 

  •  En el folclore ruso, el pájaro de fuego (жар-птица, zhar-ptitsa, literalmente zhar-ptitsa pájaro-ascua de жар, fuego sin flama) es un pájaro mágico que brilla intensamente de una tierra lejana, y es bendición y condena a la vez para su captor.
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