Del Día de los enamorados

Nostalgia del fracaso

Iba a verla cada viernes por la tarde y recién me volvía los domingos, cuando anochecía. Dormía en la habitación de huéspedes, con el permiso de la madre y la mirada amistosa de Rubén, el hermano.

Llegar hasta donde vivía me llevaba una hora y cuarto en el ómnibus de la empresa Cadol; increíble como viene el nombre desde el fondo de la memoria, hoy me suena a jabón, a mentol, cualquier cosa menos a línea de transporte interurbano.

Su ausencia durante la semana me resultaba insoportable. No me importaba nada, apenas juntar el dinero necesario para que pudiéramos tomar un helado, ir al cine, pagar algunas tonteras; verla, olerla, tocarla, besarla, estar cerca y mirarla como ebrio mientras escuchábamos a Neil Diamond en un armatoste que hoy no se puede creer.  Era un Crown y el casette se enredaba a cada rato, al que por supuesto arreglábamos dando vuelta el carrete con una Bic.

Ahora me digo: ¿Qué hacíamos todo el fin de semana? La verdad, nos calentábamos. Literalmente. De tanto frotarnos se nos paspaba la piel; sobre todo alrededor de los labios. ¡Que manera de besarse por Dios! Ahora en frío me parece extraño… ¿cómo podía ser que nos pasáramos tanto tiempo enroscando las lenguas? Suena raro, rarísimo. Y si volviera a verla y estuviéramos un rato juntos, capaz que aquello volvería a suceder.

Digo boludeces, es imposible. Nada vuelve nunca del carajo adonde se van las cosas. No importa, de este modo las traigo un poco, aunque no es lo mismo. Durante el viaje me miraba mucho los antebrazos, que quedaban al descubierto al doblar la manga de la camisa celeste, que era parte del uniforme del colegio. Que iba a hacer, era lo mejorcito que tenía; en mi casa eran más amarretes que pobres y comprar ropa para hacer pinta era inadmisible; no como un problema moral sino como no concebible, como si dijeras elefante que vuela y que habla y que orina en baños públicos.

Me miraba los antebrazos y puteaba porque eran flacos y para encontrar un músculo había que llevarlos a un taxidermista o a un entomólogo. Hacía un poco de gimnasia durante el viaje; si, es ridículo y ya por entonces me lo parecía. Me ponía a cerrar y abrir los puños con fuerza, tratando de que se engrosaran un poco, imaginate. En fin, cuando me dio bola me volví un creyente de lo imposible. Ya en el baile de egresados hubo onda, que venía de cuando actuamos juntos en el teatro inter-colegial.

“Los árboles mueren de pie” de Casona. Yo Hank, de su personaje no me acuerdo. A ella si la recuerdo, con sus gestos dulces y esa suavidad tan particular y graciosa; la vida se me hacía agua a la boca si la tenía cerca. Cuando empezamos a salir -que antigua forma de definir lo que ocurría, pero así se decía- esa tarde en el comedor de su casa, era invierno y llevaba puestos unos zapatos de gamuza muy a la moda; eran espantosos. Me encantaban en ella, de color amarronado suave, media caña, le salían por encima unas medias gruesas amarillas; pollera corta, polera ocre, pelo corto castaño claro, blanca y sonrosada por el café con leche que nos estábamos tomando. Pequeñita, hermosa, se me quedó junto al aroma del pan blanco caliente. ¿Podía ser que la vida en realidad fuera buena y que hubiera estado equivocado hasta ese momento?

Que mierda, ni de cerca. La vida era mucho peor de lo que me imaginaba en aquel tiempo y parte de su horror se empezaba a construir en ese tipo de tardes; en esos momentos de gracia, belleza y calidez inigualable. ¡Avisen, no hay derecho!, te meten en el tren, no te preguntan y a mamarla. Una muestra empecé a tener cuando me dí cuenta que iba en serio con eso de no acostarse hasta el matrimonio. ¡Qué! ¿En serio me decís?, gritaba por dentro; aunque afuera claro, dije que me parecía bien, que me iba a costar pero que era lo mejor. No me cuentes que ella también mentía para que yo no pensara que era fácil porque me mato.

Que cosas que se recuerdan, detalles, cuestiones laterales, ¿nimiedades? Tenía una nariz… era narigona, lo es aún según dicen, porque vive claro. Bien italiana como el origen de su padres, el naso le hacía juego con la ascendencia. No hubiera sido hermosa sin la napia; la hacía plena de singularidad, de belleza individual, propia no prestada. ¡Qué manera de hablar pelotudeces!

Nos sentábamos en el balcón, que daba a una calle sin tránsito y eso era un poco aburrido; uno no puede verse todos los fines de semana, las cuarenta y ocho horas quiero decir, durante un año y siete meses y solo chapar y chapar. Por supuesto luego de algún tiempo pasamos a ciertos aprietes claramente obscenos y yo le había empezado a reprochar. Al final que te decís tan católica si lo que hacemos es todo lo que se puede hacer menos ponerla. “No es lo mismo me decía” y yo la odiaba callado como se odia lo que amas con locura.

La gente cuando se aburre se deja o se casa y tiene hijos. Al menos en ese tiempo me parece. Eramos muy jóvenes para casarnos y no nos pareció posible; o quizás ella se negó, yo hubiera hecho cualquier cosa con tal de hacérselo.  Así que como la relación no crecía empezó a morir. No sé, digo, que se yo. No sé si fue por eso y no le importa a nadie. Conclusiones al pedo, cosas que se dice uno para meter los hechos en algún lugar asimilable. De todos modos, cuando me dejó, me convertí en nihilista. Hecho increíble si los hubo en la historia humana. Sencillamente no me parecía posible.

Esa noción de ser especiales que nos agarra en algún momento entre la cuna y la adolescencia nos hace creer que nuestras relaciones también lo serán. Mentira doble; ni somos especiales ni nuestras relaciones lo son. Bien del montón. ¡No me digas! ¿Cómo me vas a dejar después de lo que nos hemos dicho? ¿No era que me amabas? ¿Cómo se puede ser tan pelotudo? Y claro, te ama hasta que deja de amarte.

Se puede comer hasta cierto punto, hay un límite; se puede beber cierta cantidad, no más allá, hay un limite; decíme algo en la vida que no tenga un puto límite. Te digo: la profundidad de la pelotudez que uno puede alcanzar, eso es un abismo insondable, allí reposa un pavor inarticulado, la plenitud de la vergüenza. Así es amigo, las cosas vienen, pero sobre todo se van.

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