Alameda

  • 31/03/2014
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Había muchas cosas que me alucinaban y llenaban de curiosidad, en esos años de mi infancia feliz feliz mi deseo de conocerlo todo, de verlo todo, de inspeccionar cada rincón que estuviese a mi alcance; incluida el alma humana y sus entresijos, cosa que creo que he conseguido, al menos estoy en ello; los sentimientos, las motivaciones de los hombres, sus sueños, metas e ilusiones y el fundamento de la  vida y su finalidad, desde luego ese fue un buen lugar; allí pude forjarme una idea de lo que quería para mí en la vida, de lo que me gustaba y divertía observar, discernir, meditar y reflexionar sentirme libre creo que entonces me fabriqué unos principios sin olvidarme de que el juego y la risa y la diversión es lo primero en esta vida; a esos principios sigo apegada, los que me enseñaron mis mayores.

Ah, se me olvidaba mencionar que a la madre de mi padre, mi abuela paterna, se le atribuye el don de la intuición de la clarividencia; quiere decirse, el de ver claras las cosas, de distinguir lo verdadero de lo falso, lo útil de lo inútil, don que mi padre  heredó, mi Fran y yo creo que también. Me explico. Esto siempre lo han tenido muy en secreto, pero los niños siempre pegamos la oreja. Mi abuela paterna, la madre de mi padre, Esperanza Cárdenas se llamaba, murió con cuarenta y dos años, justo después de dar a luz a la última de mis tías, que murió un par de años después, pero lo que escuchábamos en las conversaciones de los adultos era que ella era intuitiva, que podía leer el pensamiento de la gente que estaba cerca y por supuesto de la que estaba lejos. Comunicarse en la distancia con sólo su pensamiento, recibir información del mundo celeste cuando alguna petición se había concedido. Que el mundo espiritual no le era desconocido, ella era la que ayudaba en el pueblo a nacer, a casi todos sus habitantes a venir a la vida; vamos, cuando alguna mujer se quedaba encinta y la verdad hasta comienzos de siglo no acostumbraban las gentes de este pueblo a tener una natalidad muy elevada, dos o tres niños por casa a lo sumo, pues mi abuela seguía de cerca la evolución del embarazo y llegado el momento acudía a la hora que fuese del día o de la noche. Y no volvía a su casa hasta haber dejado bien lavadito y a gusto un lamento o una lamenta más.

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