Alameda

  • 29/03/2014
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Capitúlo 11

 

La cama central era la nuestra, de Fan y mía en exclusiva, y la siguiente estaba ocupada  por la Fáti la segunda de las niñas de mi edad, rubia también, con una mata de pelo que le llegaba a la cintura, liso y brillante esbelta, y con un fuerte carácter, reservada pero no obstante correcta y justa; y la Dolores, la benjamina, blanquita como la leche, chaparra, de contornos suaves, redondos, graciosa, ojos negrísimos, bien rellenita, de pelo endrino y con un carácter dulce, alegre y comprensivo. Por último mi Isabel, así la llamaba mi padre, Isabel, que era la mayor de los cinco, dormía en la cámara siguiente; la Fáti y ella, dos gotas de agua, y la tita y el tío Frasquito en la cámara anterior a la nuestra. En la más grande, justo debajo de aquellas cámaras, estaba la habitación del abuelo. Cada mañana, por las escaleras ascendía un penetrante aroma de café con leche; de molletes tostados en las ascuas debajo de las estreves; de chorizo en pringue y morcilla lustre; de chicharrones, y el aceite  hojiblanca de primera prensá en frío porque se prensaba allí mismo entre esteras de esparto.

Desde las cámaras no lo olíamos pero nos lo imaginábamos caer sobre el pan a cierta altura, verdoso, brillante y espeso en un delicioso hoyito de aceite, saltábamos de nuestros acomodos con más hambre que un preso y entre risas nerviosas pujábamos por ver quién era el primero que optaba por llegar a la salida y correr escaleras abajo; a veces nos reíamos tanto entre tirones del camisón y tropezones, zancadillas y empujones que nos teníamos que parar doblados por la cintura para tomar resuello. Hasta el estómago nos dolía, oye. Cuando llegábamos a la cocina, el sol entraba de plano por la gran puerta y la inundaba en su totalidad resplandeciente; la mesa en el centro con un cobertor de hilo, tejido a ganchillo, la cafetera de porcelana roja y un jarrillo de aluminio de medio litro con su leche. El botijo sobre un plato de cristal, en el pitorrillo, un palito tallado de madera de olivo trepanado en un extremo atravesado por un cordel de fino esparto y anudado a la base del pitorro con la finalidad de que ni el polvo ni las moscas lo ensuciasen, y otro trocito de hilo trabajado a ganchillo en la boca para conseguir el mismo efecto; un pan de hogaza, varios molletes,  una aceitera de cristal llena hasta el comienzo del cuello y todos los platos con las demás delicias; cuatro sillas de aneja bastante usadas en la esquina derecha; dos cántaros de buen tamaño que los niños rellenábamos todos los días con cántaros más pequeños, traídos desde la fuente de la salía estepa porque la casa no tenía agua corriente; en una de las paredes había una alacena con la loza encima de ella. Tenía la tita un garrafón con guindas en anís para cuando nos dolía la tripa, eran deliciosas empapadas en el licor, prietas al morderlas estallaban en la boca; a veces mi Fran y yo simulábamos dolor de tripas y la tita nos miraba con un brillito especial en sus ojos bajaba el garrafón y sacaba dos o tres guindas que depositaba en un plato solo para vernos felices. También tenía caballitos de mar; nunca comprendí qué hacía media docena de caballitos de mar en un pueblo remoto, perdido, encima de la alacena de mi tía y muy lejos de cualquier costa… gran misterio.

De todo lo que me rodeaba en aquella cocina aparte de Francisco Reina García, que era un niño menudo, espigado, rubio, con el pelo pincho, gracioso en todos sus ademanes, despreocupado,  risueño, de ojos fulgurantemente brillantes y al que me unía una sincronía total y una pasión fuera de lo común  , ya lo he dicho…..al extremo de que si él entraba canturreando desde la calle y dando zancadas con sus largas patas casi bailando aquellas canciones de la época, como la de la Felicidad ah, ah, ah, ah, ah, o La playa estaba desierta, María Isabel… yo me sentía feliz y cuando cualquiera le ofendía, me dolía a mí también.. Ya lo he dicho.......

Además de mi Fran en la cocina una figura que lo llenaba casi todo era mi tía; cuando la miraba de reojillo, sentada en una de esas sillas viejas, la veía envuelta en un halo de luz blanca ; imaginaciones mías supongo, y es que tenía una paciencia infinita para mediar y bregar con tanta gente y dar gusto a cada uno de ellos en la medida de sus posibilidades: ¿que la Fáti quería un gatillo que había visto  abandonado cerca del lavadero?, se las apañaba para trajinarse al tito Frasco hasta que accedía a que entrase en la casa; que el Juan entraba de mal humor porque no había conseguido que le pagasen el jornal quel consideraba justo a su trabajo intentaba consolarlo y darle ánimos. Que el tito que no paraba de maquinar la manera de hacerle la vida más confortable, se le ocurría construirle un nuevo colgadero para la ropa, ella lo animaba. Que el abuelito quería boquerones para cenar, ella a por los boquerones; que observaba que la Lola tenía el pelo poco brillante o lustroso, hala, a preparar una decocción de aloe vera y un enjuague de vinagre; si a la Isabel le gustaba un chico que la rondaba por la placeta a interesarse de cuáles eran las intenciones del fulanito. Yo me preguntaba entre las tareas de la casa que estaba como los chorros del oro y la atención y cuidado de los suyos, ¿cuándo le quedaba tiempo para sí misma?, y es que ellos se habían convertido en parte de sí misma y al atenderlos y cuidarlos atendía y cuidaba parte de sí misma; entonces llegaba a comprender la queja que mi padre siempre tenía. Me explico: él  siempre decía y lo sigue diciendo “una madre es lo más grande”. “Quien tiene una madre lo tiene to”; “como yo no la tuve, que se me murió siendo yo muy chicuelo, así me siento de desvalido y de huerfanito”; entonces nosotras, digo mis hermanas (somos cuatro chicas y un chico) siempre que decía eso nos abalanzábamos sobre él y lo llenábamos de besos; solíamos hacerlo entonces y lo seguimos haciendo ahora. En defecto de la madre que no tuvo todas las mujeres que estamos a su alrededor hemos adoptado un poco al chiquito de la Esperancita, la treta siempre le ha dado resultado; su hermana hizo lo que pudo, mis hermanas, incluida mi madre y mi abuela materna y a cualquier mujer que se encuentra al paso le pide maternidad; él casi siempre ve en una mujer una madre creo que  ese vacío debe de ser muy grande, en fin, pobrecito

Aquella mañana despúes de la tienta

Aquella mañana despúes de la tienta bajamos a desallunar como siempre entre risas y atropellos; pero al llegar a la cocina algo había en el ambiente, la tita en jarras osea con las manos en las caderas y dando golpecitos nerviosos con el pié izquierdo en el suelo el Juan sentado en una silla mirando al techo,nuestros temores cobraron vida – tú le dijo mi tia a Fran ahora mismito en cuanto desayunes te vas ancá Celipito y le dices de mi parte que te dé trabajo; sí omaita contesto Fran sin atreverse a preguntar,y tú por mi desayuna y te vienes conmigo.

Toma y me extendió una talega , la abrí y al mirar había un bastidor unas tijeras un trozo de cañamazo y varias madejas de hilos de colores , después del desayuno salimos las dos tomamos la calle en medio y casi al final llegamos a una casa por la ventana enrrejada se podía ver a varias chicas y mujeres de mediana edad con sus bastidores bordando  entre ellas la Isabel nos abrió la puerta una anciana altísima con un delantal azul el pelo mal recojido en un moño y cierto olor a pis, la casa era grande al mirar a la izquierda había un patio que escena ….. cientos de gatos de todos los colores y tamaños estaban por todos lados con escudillas de leche y restos de pescado en el medio del patio había una fuente seca; también llena de gatos a un lateral una gran mesa con una pata rota ;también llena de gatos y varias sillas llenitas de polvo de la misma guisa ,cai en la cuenta a lo que olia la señora era a gato, a la derecha una gran estancia donde bordaban las mujeres en las paredes anudados con lazos colgaban los papeles de calco blanco con los motivos a estampar en las telas, eso llamó poderosamente mie atención, eran maravillosos unos representaban ramos de mimosas que después visto en realidad era impresionante  el palo marrón las ramitas verdes y las mimosillas amarillas todo a realze  tenían ellas las muestras sobre silllas otros de rosas pajaros.

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