Alameda

  • 23/03/2014
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quién era el primero que optaba por llegar a la salida y correr escaleras abajo; a veces nos reíamos tanto entre tirones del camisón y tropezones, zancadillas y empujones que nos teníamos que parar doblados por la cintura para tomar resuello. Hasta el estómago nos dolía, oye. Cuando llegábamos a la cocina, el sol entraba de plano por la gran puerta y la inundaba en su totalidad resplandeciente; la mesa en el centro con un cobertor de hilo, tejido a ganchillo, la cafetera de porcelana roja y un jarrillo de aluminio de medio litro con su leche. El botijo sobre un plato de cristal, en el pitorrillo, un palito tallado de madera de olivo trepanado en un extremo atravesado por un cordel de fino esparto y anudado a la base del pitorro con la finalidad de que ni el polvo ni las moscas lo ensuciasen, y otro trocito de hilo trabajado a ganchillo en la boca para conseguir el mismo efecto; un pan de hogaza, varios molletes,  una aceitera de cristal llena hasta el comienzo del cuello y todos los platos con las demás delicias; cuatro sillas de aneja bastante usadas en la esquina derecha; dos cántaros de buen tamaño que los niños rellenábamos todos los días con cántaros más pequeños, traídos desde la fuente de la salía estepa porque la casa no tenía agua corriente; en una de las paredes había una alacena con la loza encima de ella. Tenía la tita un garrafón con guindas en anís para cuando nos dolía la tripa, eran deliciosas empapadas en el licor, prietas al morderlas estallaban en la boca; a veces mi Fran y yo simulábamos dolor de tripas y la tita nos miraba con un brillito especial en sus ojos bajaba el garrafón y sacaba dos o tres guindas que depositaba en un plato solo para vernos felices. También tenía caballitos de mar; nunca comprendí qué hacía media docena de caballitos de mar en un pueblo remoto, perdido, encima de la alacena de mi tía y muy lejos de cualquier costa… gran misterio.

De todo lo que me rodeaba en aquella cocina aparte de Francisco Reina García, que era un niño menudo, espigado, rubio, con el pelo pincho, gracioso en todos sus ademanes, despreocupado,  risueño, de ojos fulgurantemente brillantes y al que me unía una sincronía total y una pasión fuera de lo común al extremo de que si él entraba canturreando desde la calle y dando zancadas con sus largas patas casi bailando aquellas canciones de la época, como la de la Felicidad ah, ah, ah, ah, ah, o La playa estaba desierta, María Isabel… yo me sentía feliz y cuando cualquiera le ofendía, me dolía a mí también.. Uno de los momentos más excitantes y ricos del dia para nosotros era la llegada del heladero momento que esperábamos con alborozo; pasaba todos los días dos veces -a eso de las doce del mediodía y otra vez a las seis de la tarde, nosotros teníamos controlada la situación - un ratito antes pedíamos un duro al primero de los adultos con quien nos topásemos a veces era el abuelo otras mi padre o la tita ;- ellos no tardaban mucho en rebuscar en sus bolsillos y alargarnos unos cuantos duros; anda tomar y traerme uno a mi, de lo que tocase ese dia , de turron , mantecao, nata fresa o sandia,y saliamos corriendo detrás de el;- era muy gracioso verlo;- empujando con parsimonia bien por el calor o porque las ruedas se hundían un palmo en el polvo del camino, su carrito  blanco, adornado en el centro por unos cucuruchos de galleta rematados con bolas de helados colores  muy llamativos y vistosos , a su vez el también entero de blanco pantalones  camisa y alpargatas un delantal hasta los tobillos que yo no sé como no se la metía;- porque le daba tres vueltas a la cintura y no le dejaba casi andar, y una gorrilla calada hasta las orejas;- muy negrillo y chicuelo pero gracioso gritando ¡ el helaero….. el helaero…..nosotros saliamos corrindo tras de el;- bien por la calle graná  o la calle en medio;- Oiga …. Oiga… al llegar a su altura siempre nos decía ollo…. Ollo…y se paraba en seco;- abría entonces una compuerta de madera , cogía un artilugio de aluminio redondo y nos preguntaba,con una amplia sonrisa, ¿de qué los quereis hoy ¿. El encargado de la compra generalmente solía ser mi  Juan uno de limón otro de mantecao dos de fresa y uno de naranja , cuando alargaba la mano para repartirlos nos arremolinábamos a su alrededor nerviositos ´´eran grandes´los extraíamos de sus suaves embolturas de colores chillones  e `` Bouala´´ al morder esa maravilla se podía encontrar trocitos de fruta mezclados con leche, super edulcorados; en fin deliciosos. Volvíamos luego a la casa para merodear por la cocina a ver que se guisaba esperando la hora de comer.Digo que además de mi Fran en la cocina una figura que lo llenaba casi todo era mi tía; cuando la miraba de reojillo, sentada en una de esas sillas viejas, la veía envuelta en un halo de luz blanca ; imaginaciones mías supongo, y es que tenía una paciencia infinita para mediar y bregar con tanta gente y dar gusto a cada uno de ellos en la medida de sus posibilidades: ¿que la Fáti quería un gatillo que había visto  abandonado cerca del lavadero?, se las apañaba para trajinarse al tito Frasco hasta que accedía a que entrase en la casa; que el Juan entraba de mal humor porque no había conseguido que le pagasen el jornal quel consideraba justo a su trabajo intentaba consolarlo y darle ánimos. Que el tito que no paraba de maquinar la manera de hacerle la vida más confortable, se le ocurría construirle un nuevo colgadero para la ropa, ella lo animaba. Que el abuelito quería boquerones para cenar, ella a por los boquerones; que observaba que la Lola tenía el pelo poco brillante o lustroso, hala, a preparar una decocción de aloe vera y un enjuague de vinagre; si a la Isabel le gustaba un chico que la rondaba por la placeta a interesarse de cuáles eran las intenciones del fulanito. Yo me preguntaba entre las tareas de la casa que estaba como los chorros del oro y la atención y cuidado de los suyos, ¿cuándo le quedaba tiempo para sí misma?, y es que ellos se habían convertido en parte de sí misma y al atenderlos y cuidarlos atendía y cuidaba parte de sí misma; entonces llegaba a comprender la queja que mi padre siempre tenía. Me explico: él  siempre decía y lo sigue diciendo “una madre es lo más grande”. “Quien tiene una madre lo tiene to”; “como yo no la tuve, que se me murió siendo yo muy chicuelo, así me siento de desvalido y de huerfanito”; entonces nosotras, digo mis hermanas (somos cuatro chicas y un chico) siempre que decía eso nos abalanzábamos sobre él y lo llenábamos de besos; solíamos hacerlo entonces y lo seguimos haciendo ahora. En defecto de la madre que no tuvo todas las mujeres que estamos a su alrededor hemos adoptado un poco al chiquito de la Esperancita, la treta siempre le ha dado resultado; su hermana hizo lo que pudo, mis hermanas, incluida mi madre y mi abuela materna y a cualquier mujer que se encuentra al paso le pide maternidad; él casi siempre ve en una mujer una madre creo que  ese vacío debe de ser muy grande, en fin, pobrecito mi papá.

Capitulo 6º

Aquella mañana despúes de la tienta la tita me pidió que la acompañara al lavadero la verdad es que me hacia ilusión, y a ella más porque así podía presumir de lo bien que estaba situado su chiquito; la verdad es que pocas veces se veían en el pueblo zapatos de charol calcetines de hilo u lazos de mil; colores vestidos de satén y el aroma de la colonia nenuco se volvían locas las vecinas digo- me olian el pelo me levantaban las faldas para ver como dos lacitos rosa colgaban de la patita de mis bragas de hilo yo las dejaba hacer hasta que me cansaba sacudia mi falda y me enganchaba al brazo de la tita ,íbamos camino del lavadero con un gran barreño de zinc lleno de ropa blanca y un gran pedazo de jabón verde casi traslucido

Había muchas cosas que me alucinaban y llenaban de curiosidad, mi deseo de conocerlo todo, de verlo todo, de inspeccionar cada rincón que estuviese a mi alcance; incluida el alma humana y sus entresijos, cosa que creo que he conseguido, al menos estoy en ello; los sentimientos, las motivaciones de los hombres, sus sueños, metas e ilusiones y el fundamento de la  vida y su finalidad, desde luego ese fue un buen lugar; allí pude forjarme una idea de lo que quería para mí en la vida, de lo que me gustaba y divertía observar, discernir, meditar y reflexionar sentirme libre creo que entonces me fabriqué unos principios sin olvidarme de que el juego y la risa y la diversión es lo primero en esta vida; a esos principios sigo apegada, los que me enseñaron mis mayores.

Ah, se me olvidaba mencionar que a la madre de mi padre, mi abuela paterna, se le atribuye el don de la intuición de la clarividencia; quiere decirse, el de ver claras las cosas, de distinguir lo verdadero de lo falso, lo útil de lo inútil, don que mi padre  heredó, mi Fran y yo creo que también. Me explico. Esto siempre lo han tenido muy en secreto, pero los niños siempre pegamos la oreja. Mi abuela paterna, la madre de mi padre, Esperanza Cárdenas se llamaba, murió con cuarenta y dos años, justo después de dar a luz a la última de mis tías, que murió un par de años después, pero lo que escuchábamos en las conversaciones de los adultos era que ella era intuitiva, que podía leer el pensamiento de la gente que estaba cerca y por supuesto de la que estaba lejos. Comunicarse en la distancia con sólo su pensamiento, recibir información del mundo celeste cuando alguna petición se había concedido. Que el mundo espiritual no le era desconocido, ella era la que ayudaba en el pueblo a nacer, a casi todos sus habitantes a venir a la vida; vamos, cuando alguna mujer se quedaba encinta y la verdad hasta comienzos de siglo no acostumbraban las gentes de este pueblo a tener una natalidad muy elevada, dos o tres niños por casa a lo sumo, pues mi abuela seguía de cerca la evolución del embarazo y llegado el momento acudía a la hora que fuese del día o de la noche. Y no volvía a su casa hasta haber dejado bien lavadito y a gusto un lamento o una lamenta más. Es todo lo que sé de ella; amen de que tenía hermanas, solo hay un retrato está en mi casa cuidado como oro en paño, porque en su dia no devia ser fácil hacerse muchas fotos.

 

Muy señores míos, retomo este escrito después de varios meses de obligada pausa, hoy día veinticuatro de agosto de 2004, y es para comunicarles que Teodoro Gracia Rodríguez, el chiquito de la Esperancita y de Juanico Cárdenas falleció el miércoles día 4 de agosto de este mismo año a las dos de la tarde en el Santo Hospital de Basurto, que es así como se llama, fundado en 1868 para dar reposo y curación a las gentes de Bilbao y a quien se terciase venido el caso como una gran villa compuesta por una docena  de palacetes preciosos, rematados todos en azulejo de caravista rojo, y decorados en rombos azules y blancos, envuelta en magníficos jardines llenos de rosales palmeras y robles con varias fuentecillas de niños meones y alguna que otra pequeña estatua de la Purísima del Sagrado Corazón y creo que a la entrada un busto de su fundador, don Diego de Haro, ese lugar le dio el ultimo adiós a mi padre, ese lugar y mi madre, sus hijas y sus maridos todos menos el mío, yo no tengo, me divorcié hace catorce años y la verdad esos

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