Alameda

  • 23/03/2014
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los rayos del sol se colaban por el ventanuco que teníamos enfrente: la cámara era amplia, gigantesca a mis ojos, muy bien ventilada gruesas vigas sujetaban el tejado y cómo no, entre ellas, otra vez ese blanco inmaculado de la cal que hacía resaltar el marrón teja casi rojizo con que las vigas estaban pintadas; había tres camas de hierro forjado y adornos bien dorados o plateados según su ubicación; las sabanas con el embozo bordado, de un blanco impoluto. Tenía la tía colchas de ganchillo verde botella y granate, una gran cómoda y un espejo oval; en los laterales del espejo sobre dos brazos de madera,  dos grandes toallas de felpa gordísima con una jofaina de loza llena de agua fresquita dentro de una palangana decorada con un racimo de lilas, aunque nosotros nos aseábamos a nuestra manera. En el gran patio usando el agua de un gran barreño de zinc que dejábamos de noche al relente para que la luna lo bañara con sus rayos y así adquirir nosotros ese resplandor; tengo que decir que soy una mujer muy creativa y mi imaginación una vez suelta no tiene limites así que por favor no me tengáis por mentirosa, os aseguro que todo lo que cuento es rigurosamente cierto, solo soñadora y un poquito exagerada; al fin y al cabo soy una buena andaluza, quizá un poquito mora también con una pizca de judía y hoy en día tengo también algo de vasca por el respeto y cariño que he cogido a esta tierra, porque he nacido en ella y se deja querer. Algo de cántabra, porque el hombre que adoro y del que estoy enamorada hasta el tuétano de mis huesos lo es, y me ha mostrado cómo querer a la suya me ha llevado al fondo de su alma. Alma cántabra me ha desvelado el misterio de su tierra contándome recuerdos de su infancia, costumbres de su gente, sus códigos de honor, su forma de ver la vida, de sentir y de hacer las cosas, en fin una norteña-sureña de cabo a rabo, aunque ni yo misma sé cómo se come eso, pero así es: fruto y producto de mil amores, con lo cual soy inocente y tengo indulgencia plenaria.

Sé que en el fondo soy el resultado cultural de las circunstancias  sociales de este país maravilloso donde nací, que es España, y de sus gentes, que no cambiaría por nada, por eso yo que he conseguido saber quién soy, que sé de dónde vengo y que he trabajado con todo mi esfuerzo para contribuir a que mi tierra sea mejor no comprendo ciertos conflictos políticos, ideas malsanas, ni dicotomías; esas se las dejo para quienes gusten de crearlas, a mí se me enseñó a amar y respetar, a crear y no a destruir, a buscar la paz y luchar para mantenerla, y a disfrutar de la felicidad que a ratos nos brinda la vida.

En fin vamos a lo nuestro, en la primera de las camas al lado de las escaleras de caracol dormía el Juan, el mayor de los muchachos, un niño rubio como el sol,  cuatro años mayor que yo, de ojos pequeños y rasgados, como casi todos sus hermanos siempre me pareció un nipón; de esos que aparecían en los libros de ciencias sociales, tostada la piel por el sol y los ojillos semicerrados de tanta claridad que el campo y el sol implacable imprimía. Esbelto y fibroso, ciertamente hermoso cuando lo observaba a contraluz  recostado en el quicio de cualquier puerta haciendo alguna observación; de delicada barbilla y fina mandíbula, de una hermosa sonrisa; dientes pequeñines pero perfectamente enfilados; yo siempre lo vi así, y así lo amé también siempre,- en silencio, no se me hubise ocurrido ni por un instante  decirle lo mucho que lo amaba y temia sus reacciones a la vez.  Por cierto él nuca llegó a comprender la relación de complicidad  que teníamos mi Fran y yo, el segundo de los chicos, lo demás son niñas; tenía cierto grado de pelusa y nos hizo la vida imposible, aprovechaba la más mínima oportunidad para incordiarnos y hacernos sentir mal, le veíamos y temblábamos; era bravucón, engreído, abusador, siempre observando escuchándolo todo para ver cómo podía meter cizaña y abusar de la autoridad que le daba ser unos años mayor y de no poder participar en ese mundo mágico, químico, dulce casi espiritual del que Fran y yo disfrutábamos. Estábamos como sincronizados, como si fuésemos gemelos; él no podía pasar mucho tiempo sin verme y me buscaba con cualquier pretexto, y a mí me pasaba lo mismo: el tiempo del día que pasaba con él, me era el más provechoso y feliz, y si por lo que fuere teníamos que estar tiempo sin vernos, los dos lo pasábamos francamente mal. Esto debió de ser porque cuando éramos bebes compartimos los biberones de pelargón y algún que otro chupete preferido.y así,- se combirtio de alguna manera en mi protector.  Juan, como sabía que cualquier cosa que a Fran le pasara, aunque fuese un poco de brisa en el flequillo, me afectaba de forma personal, se quitaba el cinto de vez en cuando y hacía que le azotaba en la espalda, las nalgas, el cogote, claro que en las contadas ocasiones que logró pescarlo, porque Fran era como un gato montés y se escabullía como nadie.

Un día le pedí agua a Fran; el botijo era demasiado grande y pesado para mí, las cántaras que la tita tenía en la cocina ni soñar en poderlas mover, ni siquiera quitarles el corcho que las tapaba, pero yo tenía sed, y el bueno de mi Fran se subió a una silla de aneja, cogió un vaso de cristal de la alacena más chica, vertió en él agua del botijo hasta llenarlo y justo cuando tendió su mano para dármelo entró Juan en la cocina para qué... yo vi la expresión de Fran, tendí mi mano, para coger el vaso pero volví la cabeza para mirar, con lo cual, el vaso cayó al suelo, se estrelló en el suelo, rotito en mil pedazos,  ¡uy, uy!, gran drama; Juan trincó a Fran por el pescuezo agachándole la cabeza casi hasta el suelo, lo giró como pudo y le endiñó una patada en el culo en el forcejeo. Como mi Fran pesaba menos se escapó; dio con la cabeza en el tabique y rebotó hacia atrás cayendo de espalda. Eso enfureció aún más a Juan, que se quitó el cinto, le levantó la camisa de cuadritos roja y le propinó varios cintazos en la espalda; a rastras lo llevó hasta la higuera y allí lo ató. La escena era todo un poema, dos serenas lágrimas brotadas de lo más profundo de mi corazón rodaban por mis mejillas, igual que Fran había rodado por el suelo, y dos lágrimas doradas chisporreteantes se agolpaban en los ojos de Francisco, estas de rabia, coraje e impotencia.

¿Por qué tan difícil la paz? Ea, para que aprendáis con esas palabras salió a grandes zancadas por las traseras sin mirar atrás; yo me senté al lado de Francisco, lo desaté y pasé mi mano por su espalda, cruzada a cintazos, roja todavía; juntamos nuestras frentes y una gran sonrisa cómplice afloró. Nos sentíamos bien, aún más unidos, no había pasado na..

 

Capitulo 6

 

Casi todos los días saliamos al rebate , era costumbre reuinrse un rato al mediodía y al atrardecer para charlar de los acontecimientos del día. Se hablaba de salud;- recetas de cocina , el cuidado especial de alguna planta en fín , la vida misma.Los niños silenciosos escuchando sin perder detalle todo lo que los mayores decían,y dando su sincera opinión  cuando tocaba, -que sí se tenia en cuenta ,-bueno pues ese día después de que se fueron uniendo unos poc

los rayos del sol se colaban por el ventanuco que teníamos enfrente: la cámara era amplia, gigantesca a mis ojos, muy bien ventilada gruesas vigas sujetaban el tejado y cómo no, entre ellas, otra vez ese blanco inmaculado de la cal que hacía resaltar el marrón teja casi rojizo con que las vigas estaban pintadas; había tres camas de hierro forjado y adornos bien dorados o plateados según su ubicación; las sabanas con el embozo bordado, de un blanco impoluto. Tenía la tía colchas de ganchillo verde botella y granate, una gran cómoda y un espejo oval; en los laterales del espejo sobre dos brazos de madera,  dos grandes toallas de felpa gordísima con una jofaina de loza llena de agua fresquita dentro de una palangana decorada con un racimo de lilas, aunque nosotros nos aseábamos a nuestra manera. En el gran patio usando el agua de un gran barreño de zinc que dejábamos de noche al relente para que la luna lo bañara con sus rayos y así adquirir nosotros ese resplandor; tengo que decir que soy una mujer muy creativa y mi imaginación una vez suelta no tiene limites así que por favor no me tengáis por mentirosa, os aseguro que todo lo que cuento es rigurosamente cierto, solo soñadora y un poquito exagerada; al fin y al cabo soy una buena andaluza, quizá un poquito mora también con una pizca de judía y hoy en día tengo también algo de vasca por el respeto y cariño que he cogido a esta tierra, porque he nacido en ella y se deja querer. Algo de cántabra, porque el hombre que adoro y del que estoy enamorada hasta el tuétano de mis huesos lo es, y me ha mostrado cómo querer a la suya me ha llevado al fondo de su alma. Alma cántabra me ha desvelado el misterio de su tierra contándome recuerdos de su infancia, costumbres de su gente, sus códigos de honor, su forma de ver la vida, de sentir y de hacer las cosas, en fin una norteña-sureña de cabo a rabo, aunque ni yo misma sé cómo se come eso, pero así es: fruto y producto de mil amores, con lo cual soy inocente y tengo indulgencia plenaria.

Sé que en el fondo soy el resultado cultural de las circunstancias  sociales de este país maravilloso donde nací, que es España, y de sus gentes, que no cambiaría por nada, por eso yo que he conseguido saber quién soy, que sé de dónde vengo y que he trabajado con todo mi esfuerzo para contribuir a que mi tierra sea mejor no comprendo ciertos conflictos políticos, ideas malsanas, ni dicotomías; esas se las dejo para quienes gusten de crearlas, a mí se me enseñó a amar y respetar, a crear y no a destruir, a buscar la paz y luchar para mantenerla, y a disfrutar de la felicidad que a ratos nos brinda la vida.

En fin vamos a lo nuestro, en la primera de las camas al lado de las escaleras de caracol dormía el Juan, el mayor de los muchachos, un niño rubio como el sol,  cuatro años mayor que yo, de ojos pequeños y rasgados, como casi todos sus hermanos siempre me pareció un nipón; de esos que aparecían en los libros de ciencias sociales, tostada la piel por el sol y los ojillos semicerrados de tanta claridad que el campo y el sol implacable imprimía. Esbelto y fibroso, ciertamente hermoso cuando lo observaba a contraluz  recostado en el quicio de cualquier puerta haciendo alguna observación; de delicada barbilla y fina mandíbula, de una hermosa sonrisa; dientes pequeñines pero perfectamente enfilados; yo siempre lo vi así, y así lo amé también siempre,- en silencio, no se me hubise ocurrido ni por un instante  decirle lo mucho que lo amaba y temia sus reacciones a la vez.  Por cierto él nuca llegó a comprender la relación de complicidad  que teníamos mi Fran y yo, el segundo de los chicos, lo demás son niñas; tenía cierto grado de pelusa y nos hizo la vida imposible, aprovechaba la más mínima oportunidad para incordiarnos y hacernos sentir mal, le veíamos y temblábamos; era bravucón, engreído, abusador, siempre observando escuchándolo todo para ver cómo podía meter cizaña y abusar de la autoridad que le daba ser unos años mayor y de no poder participar en ese mundo mágico, químico, dulce casi espiritual del que Fran y yo disfrutábamos. Estábamos como sincronizados, como si fuésemos gemelos; él no podía pasar mucho tiempo sin verme y me buscaba con cualquier pretexto, y a mí me pasaba lo mismo: el tiempo del día que pasaba con él, me era el más provechoso y feliz, y si por lo que fuere teníamos que estar tiempo sin vernos, los dos lo pasábamos francamente mal. Esto debió de ser porque cuando éramos bebes compartimos los biberones de pelargón y algún que otro chupete preferido.y así,- se combirtio de alguna manera en mi protector.  Juan, como sabía que cualquier cosa que a Fran le pasara, aunque fuese un poco de brisa en el flequillo, me afectaba de forma personal, se quitaba el cinto de vez en cuando y hacía que le azotaba en la espalda, las nalgas, el cogote, claro que en las contadas ocasiones que logró pescarlo, porque Fran era como un gato montés y se escabullía como nadie.

Un día le pedí agua a Fran; el botijo era demasiado grande y pesado para mí, las cántaras que la tita tenía en la cocina ni soñar en poderlas mover, ni siquiera quitarles el corcho que las tapaba, pero yo tenía sed, y el bueno de mi Fran se subió a una silla de aneja, cogió un vaso de cristal de la alacena más chica, vertió en él agua del botijo hasta llenarlo y justo cuando tendió su mano para dármelo entró Juan en la cocina para qué... yo vi la expresión de Fran, tendí mi mano, para coger el vaso pero volví la cabeza para mirar, con lo cual, el vaso cayó al suelo, se estrelló en el suelo, rotito en mil pedazos,  ¡uy, uy!, gran drama; Juan trincó a Fran por el pescuezo agachándole la cabeza casi hasta el suelo, lo giró como pudo y le endiñó una patada en el culo en el forcejeo. Como mi Fran pesaba menos se escapó; dio con la cabeza en el tabique y rebotó hacia atrás cayendo de espalda. Eso enfureció aún más a Juan, que se quitó el cinto, le levantó la camisa de cuadritos roja y le propinó varios cintazos en la espalda; a rastras lo llevó hasta la higuera y allí lo ató. La escena era todo un poema, dos serenas lágrimas brotadas de lo más profundo de mi corazón rodaban por mis mejillas, igual que Fran había rodado por el suelo, y dos lágrimas doradas chisporreteantes se agolpaban en los ojos de Francisco, estas de rabia, coraje e impotencia.

¿Por qué tan difícil la paz? Ea, para que aprendáis con esas palabras salió a grandes zancadas por las traseras sin mirar atrás; yo me senté al lado de Francisco, lo desaté y pasé mi mano por su espalda, cruzada a cintazos, roja todavía; juntamos nuestras frentes y una gran sonrisa cómplice afloró. Nos sentíamos bien, aún más unidos, no había pasado na..

 

Capitulo 6

 

Casi todos los días saliamos al rebate , era costumbre reuinrse un rato al mediodía y al atrardecer para charlar de los acontecimientos del día. Se hablaba de salud;- recetas de cocina , el cuidado especial de alguna planta en fín , la vida misma.Los niños silenciosos escuchando sin perder detalle todo lo que los mayores decían,y dando su sincera opinión  cuando tocaba, -que sí se tenia en cuenta ,-bueno pues ese día después de que se fueron uniendo unos poc

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