Alameda

  • 22/03/2014
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; campo en plena faena a mediodía, echar un trago, oía yo entonces por anticipado el sonido de los cascos de Carmela sobre el empedrado porque cada día esa era mi musiquilla preferida, claro que como estaba literalmente metía de cabeza dentro del serón medio ahogá, porque eso era lo que me gustaba, no veía nada, menos que Pepe Leches. Bueno sí, el polvillo suspendido en el aire, mil partículas cada una de un color como el arcoíris azul, rosa, rojo, verde, violeta, todas metalizadas alrededor del halo del candil.

 

 

Pero podía escuchar perfectamente aquellas pequeñas pezuñitas sobre las hileras de piedras ovales del pavimento de la casa pasar por el patio de las flores; entonces se colaban entre la trama de la urdimbre de las alforjas sutiles aromas de las Damas de noche, los Don Pedros, claveles reventones, jazmines, hierbabuena, narcisos, verbena, gardenias, lavanda y rosas; creo que entonces aprendí a colocarme y desde entonces sé cuál ha sido siempre mi droga favorita, la forma de extasiarme y no quiero otra, creo que no existe droga más sutil que la fragancia de las flores de mi tierra, estoy convencida de que así es cómo verdaderamente se alcanza el éxtasis, lo demás es cuento.

A lo que íbamos. Del patio de las flores pasábamos por un segundo patio mucho más grande hasta llegar al zaguán, entonces mi abuelo descabalgaba para abrir los portones que estaban cerrados con una gruesa traviesa y al hacerlo una bocanada de aire fresco se colaba entre el entretejido de la alforja que me alojaba y me refrescaba las mejillas, que las tenía como tomates; la mulilla entonces daba un respingo, resoplaba un poco y salvaba el escalón que nos separaba de la calle. Era entonces cuando yo sacaba la cabeza y os aseguro que el espectáculo era grandioso. De la salía estepa numero 51 y hasta el ventorro unos quinientos metros. A todo lo largo y lo ancho que alcanzaba mi vista: la bóveda celeste  aparecía cuajadita toda ella de estrellas, no cabían más y cuanto más mirabas y apretabas la vista en la lejanía del cielo, detrás de lo que parecía que estaba repleto a más no poder de ellas, aparecían muchas más; entonces, preguntona como siempre, decía: “abuelito qué es aquello”, y él, con su santa paciencia, me explicaba: “eso es la vía láctea, parece como si hubieran derramado un celemín de leche por el cielo”, me decía: “mira, chiquita, y apuntaba su dedo índice hacia arriba, ¿ves?, esa la estrella polar, allí está Venus, el lucero de alba; ¿ves la Osa Mayor y la menor?, las Pléyades, el gran cúmulo de Hércules, la nebulosa de Andrómeda, la galaxia del Torbellino, la del sombrero y la planetaria, y esa junto a la cabeza de caballo no muy lejos de la nube grande de Magallanes”. “La tierra, me decía, tiene a la luna como satélite, ¿la ves? y elevaba el mentón señalando al astro que desde nuestra posición se podía ver como si lo tuviéramos en la palma de la mano, gigantesco, brillante todo él; veíamos sus cráteres, sus llanuras, desfiladeros, elevaciones montañosas… era perfecta, bañada toda ella en resplandor y tan cercana que casi podíamos tocarla con las puntitas de los dedos. “La luna, me decía, tiene rostro de mujer y alma gitana  porque embruja otros astros”, decía: “tienen sus satélites”, alumbraba la luna de paso toda la salida estepa hasta casi el ventorrillo; que era el fin y la terminación del pueblo; por uno de sus extremos había sido viejo molino y lo que quedaba de él eran unas paredes donde se sujetaba la caballería al abrigo del viento, no en vano se le llamaba y se le sigue llamando ventorro; algunos sacos de trigo mal cosidos dos muelas circulares de granito con un boquete en medio y una hornacina chiquita que cobijaba la imagen de un san Antonio guapísimo al que iban las mujeres solteras del pueblo iban a llevar pequeños ramilletes de flores para que les buscase un buen novio y no quedarse solteras. Para ellas eso era lo peor, y seguíamos con nuestra lección de astronomía: “Urano tiene  a Oberón, Neptuno, a las Nereidas, Saturno a Febes y Júpiter a Hades y todos están a cientos de miles de kilómetros”. Siempre pensé que mi abuelo era muy culto porque sabía tantas cosas.

Sabía que cuando los polluelos que las gallinas cluecas se encargaban de sacar con su mimo y constancia de aquellos nidos artificiales que Francisco y yo fabricábamos con ramitas secas y plumón de los patos en las prostreras de la casa, casi en los cortinales, en el último de los patios traseros nacían con poca fuerza; o energía si se les metía un grano de pimienta negra en el buche, enseguida despabilaban como que se despertaban del letargo y comenzaban a corretear juguetones, y sus madres, orgullosas, sacudían sus plumas, aliviadas.

Que si una cabra no daba suficiente leche o no era de muy buena calidad, bastaba agregarle a su dieta diaria un puñadito de habas secas y la calidad y cantidad de su leche mejoraba. Que el clavo de comer introducido en el fondo de las macetas contribuía a que las flores que nacían de ellas tuvieran un aroma embriagador, que un trocito de queso manchego muy curado introducido en la boca, apretadito aliviaba los dolores de muelas. Que la tela que las arañas tejían por todas las esquinas sin permiso alguno, si se aplicaba a una hemorragia la detenía, y que el mismo efecto se conseguía con el jugo de la decocción de los membrillos pero que este efecto era mejorado porque era desinfectante y contribuía a reponer la piel en la cicatrización; que los pichones nacidos de su palomar si se los llevaba por ejemplo a Coín y se los soltaba sin duda alguna a los pocos días estaban de vuelta en el tejado de su casa; que el zumo de un limón era un poderoso depurativo orgánico además de refrescante, que dos granos de sal puestos en las boqueras, las heridas de la boca, humedecidos con la propia saliva un poco y después succionados no solo hacían desaparecer las heridas de la boca sino que curaban la infección del estómago que la provocaban; que no hay nada mejor para la infección de anginas que un papel de estraza empapado en un buen aceite de oliva, a ser posible hojiblanca, como gran parte de sus olivos lo eran aplicado con un pañuelo de algodón al cuello de noche: remedio de santo, para la picadura de los alacranes, que es muy dolorosa, si estás en tus campos y no tienes más remedio, rajar un pelín la herida succionar lo que se pueda el veneno y mezclar un poco de orín con tierra y aplicarlo sobre ella por lo menos hasta llegar a tu casa y visitar al médico… esos y muchos otros trucos sabios más¡¡.Que sabio era mi abuelo!.´- Pobre ignorante de mí que casi nada útil sé. Pero sobre todo la mejor enseñanza que yo pude obtener de él fue

que cualquier persona se podía curar a sí misma con un simple paseo. Quedándose a solas para reflexionar, que no hay nada que no se resuelva felizmente tarde o temprano, que los miedos que nos creamos con nuestras dudas, nuestra ansiedad, no tienen más remedio que resolverse por sí mismos ante cualquier ilusión, y que ser feliz es el mejor de los antídotos para la enfermedad; que reírse a carcajada limpia aleja todos los males; para reírse si el tema es muy severo basta recordar cualquier situación estúpida, “anda que no hay pocas“, y que siempre puede uno encontrar algo hermoso a su alrededor o dentro de sí con solo tomarse la molestia de mirar, que la acción de remangarse y hacer algo en la dirección  que fuere, todo lo resuelve porque desde que nacemos no hacemos nada más que descubrir  y que aún hoy todo o casi todo está por ver y por hacer. Nuestro sino es recrear la creación, mejorarla, y nuestro destino es estar bien siempre, hemos sido creados para ello, aunque no lo parezca, y que funcionamos siempre en ese sentido. Que cada  hombre lleva en sí mismo todo el conocimiento; la sabiduría, la inteligencia y el amor  del universo entero basta pararse mirar hacia dentro y respirar. Pero hay que ir muy despacio, tomarse uno su tiempo sin prisa para comprender. En el momento que uno hace eso, que se deja llevar por lo que en realidad es, desaparece la angustia, se disuelve la tensión, el miedo se resuelve a sí mismo; todo uno vuelve al orden dentro del gran orden, recobra la vida porque uno es solo vida fluyendo de continuo, creándose y recreándose constantemente; mi gente creo yo que tiene ese conocimiento.

Capitulo5º

Creo que por eso la gente de este pequeño y remoto pueblo y de casi todos a su alrededor viven tantos años, son tan longevos y además son personas activas, alegres y divertidas casi hasta el final de sus días. Mi abuela Margarita cumplirá noventa y cuatro años el ocho de enero, a ellos no les queda tiempo en una vida pequeñita para el desaliento, las tinieblas, la autocompasión, ni para poder ver todo lo que hay.

Después de explicarme todo aquello solía acariciarme el pelo suavemente y deslizar su mano sobre mi mejilla yo me subía en el escalón del portón y estampaba un sonoro beso en su cara arrugadita por el paso del tiempo y por las miles de horas que había estado expuesta al sol, la sensación de su barba pinchosita, los pliegues suaves de su piel rozándome apenas al despedirme, y sin duda las semillas de ahuzema  y café tostado que llevaba en los bolsillos me indicaban que mi ritual preferido se había consumado y llegado a su fin al menos ese día mañana, de madrugá me decía yo, volveré a preguntarle muchas cosas al abuelo, pensaba entonces: “cuánto quiero a este hombre, Dios mío”. O mejor aún lo esperaré a la tarde.

Me daba la vuelta y la emprendía a la carrera escaleras arriba hacia las cámaras donde estaba mi Francisco, envuelto en una manta marrón de rayas rojas esperándome a los pies de mi cama porque aunque era un niño de solo nueve años yo tenía seis; ya desde muy pequeño le gustaba el suelo para dormir y para sentarse y para comer, aunque yo sé que si se tiraba al suelo en aquella manta era para dejarme a mí la cama, y para que la tía Esperanza no le  preparara un colchón en el pajar solo por estar cerca de mí.

Eso puede explicar que yo hoy día  me siente en el suelo sin permiso y sin dar explicaciones y no duermo en el suelo de churro. En la empresa, cuando un jefe me quiere dar una explicación o cuando cualquier vecino o amigo me da conversación,  cuando voy a la casa de mis padres a ver cómo están es la postura más cómoda para mí, el suelo. Bueno, decía que mi Fran estaba a los pies de la cama pero en cuanto me oía entrar se apostaba en un lateral yo me metía en ella y me arropaba con la sabana, alargaba mi mano entonces  hasta el bulto que tenía debajo y enseguida encontraba la suya calentita, grande y rugosa con cientos de pequeños callos y durezas porque ese niño trabajaba más que muchos hombres muy bragados, eso decían todos los que le conocían; entonces la sensación de paz y de calor era infinita y un profundo y regenerador  sueño nos embargaba a los dos.

Al despertar ya entrada la mañana a eso de las nueve los rayos del sol se colaban por el ventanuco que teníamos enfrente: la

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