Alameda 2

  • 22/03/2014
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no salgo de casa sin estar impecablemente limpia, maquillada, bien vestida; odio las manchas en la ropa sobre todo si son de comida. Los puños y los cuellos de las camisas renegridos y sobre todo las cucarachas, más que por lo repugnantes que son de aspecto porque sé y me constan que van asociadas a la falta de higiene y a la ausencia de limpieza. Adoro cualquier tipo de perfume, tener un montón de cremas, fulares de gasa, zapatos de tacón de aguja y faldas tubo (que a veces son excesivamente cortas) y vestidos vaporosos de colores delicados, los jerséis de angora y los trajes de punto inglés y sandalias multicolores, bolsos de ante y pequeños pendientes brillantísimos que pesen poco. Así que creo que soy muy agradable a la vista y amable al trato; me consta que seduzco más por mi energía irrefrenable que por todo lo demás aunque como todo el mundo "creo yo" he tenido mis malas épocas y mis bajones que son de cuidado porque bajar casi nunca bajo y menos aún me mantengo mucho tiempo abajo; me repongo enseguida, siempre me reequilibro; pero cuando lo hago, señores, "es a lo grande" es cuestión de intensidad; generalmente para cargarme unas cuantas cosas y dar cambios a mi vida radicales, tan radicales que a veces me tengo mied

Pero vamos a lo que importa.  La tía Ana durante los tres días que mi madre estuvo ingresada conmigo fue la que se encargó de ponerle comida y agua a nuestro gato; un gran gato rubio como el oro, recogido un día de lluvia de esos que aquí llamamos sirimiri, al salir de la obra por Teodorin; caladito hasta los huesos, encogidito de frío y muerto de hambre, en la caseta de zinc que usaban los obreros para cambiarse de ropa y pegar algún trago que otro de vino tinto oscuro y pellejón de alguna de las botas que colgaban de los percheros. Pilló al bicho pobrecito, lo metió dentro de la cazadora para darle calor y de engordarlo y ponerlo lustroso se encargó la Lola; después se acostumbró a dormir dentro de mi cuna con su pequeña nariz negrita casi como de terciopelo pegada a la mía y su manezuela sobre mí; protector. A veces se pegaba todo estirado espalda con espalda y nos dormíamos juntos. Arquímedes se llamaba, se apostaba delante de la cuna haciendo guardia y algún que otro cartero despistado o cobrador de la luz se llevó de Arquímedes un no muy grato recuerdo grabado en sus nalgas o en su pescuezo por las garras poderosas; de quien se creía en realidad en la obligación de salvaguardarme de todo mal. Al cabo de unos meses la situación se complicó porque Arquímedes cazaba para mí; me traía ratoncillos a la hora de la merienda y palomillas de la polilla para cenar. a cambio se bebía mi leche y se comía mis galletas; eso pilló a todos de sorpresa y decidieron regalarlo, no fuera que me contagiara alguna enfermedad. Se lo regalaron a un matrimonio vecino, Nieves y Julián, ella una prostituta de mediana edad y de muy buen ver, y él, el hombre que la retiró de la calle. Por cierto tampoco estaba Julián de mal ver; años después nos visitaron en Zorroza, nuestro nuevo domicilio, se llevaron una anguila que teníamos en un garrafón de cristal verde y cuello estrecho traída de la terraza de Flex, la fábrica de colchones donde trabajaba Teo en esa época y que  Loli cambiaba de agua todos los días. Un día se escurrió al cambiarla y no podíamos cogerla; impulsiva como siempre, cogí una cáscara de plátano que estaba encima de la mesa de haber merendado y con ella la trinqué de la cola; el bicho se revolvió enseñando los dientes, mi madre, que vio la jugada, echó mano de su cabeza para evitar el seguro mordisco que me iba a llevar y se lo llevó ella, la pobre, en su muñeca; yo la golpeé , a la angila digo- no sé muy bien cómo  conta el suelo con un derechazo de muñeca y conseguí meterla de nuevo al sitio, anda que no mordía nada la   para cambiaba;  me ponía guantes de goma de los de fregar los platos de esos verdes y amarillos, bueno, pues casi todos los días aparecian los guantes mordisqueados con dos agujerillos simétricos, casi fue un alivio; el que se la llevasen, en la puerta de la calle al despedirse creo yo que por cargo de conciencia nos confesaron que se habían comido a Arquímedes porque en su tierra era costumbre comer gato, adiós anguila, pensé, a estos no les gustan los animales de compañía. Si lo sé, dijo mi madre, no le doy mi gato ni leche. Y entonces se hizo la luz en mi mente, recordé que cuando sacábamos las tarteras en el tren para reponer un poco las fuerzas, cuando ofrecíamos el conejo con tomate a algún moro como símbolo de cortesía y porque la costumbre de mi gente es la de no comer nada sin antes ofrecerlo aunque te quedes sin ello, la mayoría de las veces los moros se llevaban las manos a la cabeza con los ojos como platos y en un lenguaje ininteligible salían gritando del vagón garduño, garduño "pensaban que era gato". O a lo peor cerdo. Ahora tengo un persa gris, tiene ocho años, gordo y grande de ojos amarillos, juguetón, curioso y controlador que duerme a los pies de mi cama de vez en cuando; dormimos costado con costado, nos gusta el calor que desprendemos y a veces cuando me despierto tengo su nariz pegada a la mía y su pata encima de mí. Os aseguro que soy feliz y os prometo que nadie se va a comer a mi gato de nuevo, doy palabra.

 

Capitulo4º

La primera vez que realicé mi gran viaje de este no tengo memoria gráfica porque solo tenía nueve meses; fue por Navidad de ese mismo año 61, mis padres acordaron que mi madre saliera primero con el tío Domingo y un matrimonio amigo de la familia también alamedano, inmigrados a Vizcaya por las mismas fechas que mi familia, Manolito y Pepita Chacón se llamaban;  supuestamente no debería tener recuerdos pero creo recordar el frío, el ambiente navideño y el olor inconfundible del tren a personas  comida en tartera y ácaros de las cortinas; los paisajes deslizándose ante nuestra vista acompasadamente cambiando de colores y formas a medida que cruzábamos la piel de toro y si me apuro, incluso ese toro de madera que Osborne se había encargado de acuñar por toda la geografía, para anunciar sus caldos. Y que después cada vez que repetía el viaje, porque lo repetí durante muchos años, yo miraba embelesada, casi enamorada diría yo, esa figura cuando se recortaba al anochecer contra un cielo intensamente índigo comenzando a cuajarse de estrellas y sobre sus cuartos traseros una coqueta luna en cuarto menguante. Las veces que imaginé historias de bellas princesas árabes con sus velos de colores, su larga mata de pelo endrino  moviendo sus caderas seductoras en una danza apasionada para expresar a su hombre la verdadera naturaleza de sus sentimientos y el  morito halagado y complacido montaba su corcel haciendo que este elevara sus patas delanteras y emprendiendo una loca carrera a campo traviesa para después volver junto a su amada y en un estrecho y cálido abrazo consumar despacio una muestra mucho más íntima, vigorosa y dulce que calmase la sed de ambos. Claro que la historia que se vivió aquel primer viaje fue un tanto diferente y aún superior a mis más extravagantes sueños.

Al llegar a Venta de Baños, el tío Domingo conoció a una viuda de Segovia en el vagón de la cafetería del tren, de metro ochenta y grandes pechos, y tuvo la brillante idea de bajarse de él con la señora para pasar la noche con ella en un hostal o pensión, con lo cual mi pobre madre se quedó tirada sola y buscando alguna excusa para explicar la situación a la gran matriarca  de la casa, o sea, mi tía Esperanza que en realidad se llamaba también Dolores pero que adoptó el nombre de Esperanza cuando su madre murió porque todos los vecinos amigos y familiares optaron por llamarla así; el tío Domingo se llevó los billetes del tren con él y la pobre Lola tuvo que iniciar mi gran entrada triunfante al solar de mis mayores sin su cuñado pequeño. Y pagando un suplemento en ruta al interventor; desde Despeñaperros hasta La Roda de Andalucia,  apeadero donde soliamos bajar para después de un rico desayuno de pan y aceite con cafelito con leche- coger un taxi hasta nuestro pueblo que dista unos doce kilometros sembrado todo el trayecto de preciosos olivares

 

Fue mi primera Navidad en la Alameda como después pasé otras más de las que sí tengo recuerdos con pelos y señales de olores, sabores y sensaciones de exquisita dulzura, imagino que sería muy parecida a la de años posteriores, el barreño de zinc en el patio grande lleno de agua helada con una caña en el medio inhiesta; el gélido aire invernal colándose por nuestras fosas nasales dejándonos la nariz como un pimiento morrón y la puntita de los dedos dolorida, casi insensibles para coger cualquier cosa. Todo helado; en el patio, la higuera; el limón, el aguacate, cualquier brizna de hierba vestida de cristalitos trasparentes, todos muertos de frío. Pero con esa sensación de deberle algo a Dios por tanta belleza, por tanta vida manifiesta, por milímetro cuadrado de esa tierra que revienta en ganas de expresar pasión por la vida.

Sigo. Debajo de la higuera que mi padre y sus hermanos plantaron de chicuelos, alta, frondosa, majestuosa, cobijo de cientos

de animalitos en primavera desde tórtolas a chicharras pasando por ser la guardiana de los huevos de las tortugas y los grillos. Hasta alondras y tordos anidando también en invierno. Un espejo pequeño con los bordes verdes colgado de una de sus ramas inferiores; al lado una pequeña mesa semi desvencijada, sobre ella una palangana y una jofaina. Un par de mecedoras debajo de la higuera para que cualquiera que necesitase unos minutos para sí mismo pudiera arrullar en ellas sus cuitas… estaba todo muy bien pensado para satisfacer las necesidades humanas, las físicas, las espirituales (me refiero a las que atañen a la recuperación del espíritu). La casa de mis mayores por aquel tiempo me consta que era bien diferente a mis recuerdos posteriores, sobre todo porque por aquel tiempo era una casa de labranza, con lo cual estaba acondicionada para aquel menester; después la obraron varias veces para introducir el agua corriente la electricidad y la antena del televisor, el cuarto de baño, etc.

Voy a contar mis referencias personales en lo que de ellas tengo memoria; recuerdo a mi abuelo Juanico Cárdenas. Ensillar la mula casi de madrugá con ese olor a viejecito, que a mí me gustaba tanto, con su traje de pana negro y su camisa blanca sus botas camperas que se las mandaba hacer en Valverde del Camino y su mascota negra, algo encorvado ya por el paso de los años pero con una hidalguía enternecedora; era muy alto, altísimo, y tenía una parsimonia que a mí se me revolucionaba algo en la boca del estómago.  Era enternecedor verlo llegar a la casa alzar la pierna para salvar el escalon del zaguán pesado incluso por el calor y derrumbarse en su mecedora favorita se quitaba entonces la mascota y exclamava ¨niña que calor¨  sacaba gran pañuelo blanco y se secaba el sudor .- iban apareciendo entonces los niños la Lola la fati Juan la Isabel echandose sobre el y besándolo, bueno vale ya decía la tita ¨opaito a comer¨ venga usté y le serbia a él el primero para que pudiera echaese la siesta  pero lo más impactante yo sabia que venia   después de de madrugá, porque  que el ritual que más me gustaba casi de amanecía estaba a punto de comenzar; para poder ver lo que hacía y cómo yo me subía a reculas por una pequeña pared de la cuadra y gateaba por los pesebres llenos de paja con ese olor  límpido y suave  del heno hasta que me encaramaba en uno de los mas altos para fisgar mejor, desde allí podía yo ver el techo del mular; una hilera de vigas de madera barnizadas lo atravesaba ordenadamente; entre las vigas el blanco era inmaculado, todo encaladito, y la pared lo imitaba. El zócalo todo alrededor pintadito de granate os aseguro que ni el Greco ni Velázquez ni Miguel Ángel en su más exquisita creatividad, pensaba yo, claro, habrían concebido en un instante tanta armonía, tanto orden y tanta luz como en aquel cuadro que cada día se presentaba ante mi inocente vista, colgada de la pared en clavos grandotes de madera; había de to, desde pequeñas gavillas de esparto esperando ser remojadas para después hacer pleita, cuerdas que servirían para las esteras, las capachas y alguna que otra suela de alpargata trabajada a ratos por no tener las manos ociosas ni la mente tampoco, hasta hoces pequeñas y cedazos, sacos de mies y todo tipo de aperos: azadas, hoces, horquillas de tres pinchos hechos de espino, guadañas, el abuelo, tranquilo, colocaba las cinchas primero por la boca de aquella mulita blanca de pelillo pelín áspero pero con un hocico peludito y sonrosado, los ojos grandotes, ovales, castaños y brillantes, madre mía, eran como espejos, al asomarme a ellos podía ver mi cara reflejada. Y sus enormes orejas que movía remolona una por una porque le encantaba que los niños le hiciéramos zalamerías y le cuchicheáramos al oído lo bonita que era.

Es extraño, el abuelo siempre aborreció las monturas albinas; de hecho una vez me contaron que le nació un rucho blanco como la nieve y en agosto, Albino y agostizo pensó lo llevó al Torcal de Antequera y allí lo abandonó y  así lo hizo. Al principio pensó en despeñarlo pero se dio la vuelta con desprecio y lo dejó a su suerte, que Dios te ampare, le dijo. Se volvió al pueblo con la esperanza de haberse desembarazado de él pero cuál no fue su sorpresa, pasados cuatro o cinco días, cuando un puñado de niños vociferantes traían al rucho de Juanico Cárdenas atado con una soga al cuello, ensangrentadas un poquito las patitas, digo yo que sería de bajar peñas y riscos en el Torcal y por bajar la Subida de las Liebres, con un aire de huerfanito que ablandó el corazón del andaluz. Se dio cuenta, recordo  sus pensamientos cuando lo abandonó y  pensó que en verdad Dios le había amparado ; y si Dios lo había hecho porque no yo pensó y le dijo a los muchachos meteclo en la casa. desde entonces todas sus monturas eran albinas y con un aire de muñeco de peluche gigante, casi como el platero de Juan Ramón Jiménez, con la diferencia que la mula de mi abuelo se llamaba Carmela  estábamos convencidos de que tenía entendimiento, raciocinio y sentimientos casi humanos, yo miraba como la ensillaba él; le pasaba el brocal por la boca, después otras tiras de cuero se las hacía pasar con cuidado por detrás, debajo del rabo al animal, seguida de  una pequeña manta de rayas y luego el serón dorado como el oro;   siempre esperaba yo ese momento porque bajaba a todo correr excitada de cualquier pesebre y me colaba dentro de uno de ellos antes de que los cargara con los aperos, el saquito de mies,  la talega de la comida y el botijo de agua fresquita para cuando apretara la calor en el; campo en plena faena

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