Alameda 1

  • 20/03/2014
  • 9

Breve escrito a mi padre Teodoro Garcia ´El chiquito de la Esperanzita´´ Lameato

                                            ALAMEDA

Zorroza

11 de noviembre de 2003

 

A mi padre                                                                                             

 

Mancheño -Acedo

Capitulo 1º

Os voy a contar la historia de una infancia muy feliz.

Transcurrida a caballo —y digo caballo porque el que yo utilizaba en mis transportes era muy especial; se trataba de un caballo de hierro que iba por raíles: Red Nacional de Ferrocarriles Españoles  se llamaba, RENFE, por más señas—, caballo que  brillaba reluciente; lleno de vida y colorido, tomando velocidad, inquieto; deseoso de adelantarse a los acontecimientos y al mismo tiempo cadente como una mecedora, con calma saboreando cada instante tomándose su tiempo. Desde su punto de partida, la gran estación de Abando, en Bilbao. Estación del Norte, le dicen, magnífica de dos plantas que a mis pequeños ojos aparecía siempre mágica, con su puerta giratoria, que daba paso a una gran estancia de suelos embaldosados en  negro y banco en hilera haciendo rombos cada una de ellas, un fino hilillo dorado las separaba y unía al mismo tiempo entre sí; de frente las taquillas expendedoras de billetes, rematadas con un mostrador de mármol veteado al que, por supuesto, no llegaba ni de puntillas, pero que a cierta distancia dos o tres metros sí que podía ver a los tres o cuatro empleados de RENFE, hombres y mujeres indistintamente con un listado  blanco redoblado en una mano, un boli bic en la oreja y toda su carga de paciencia y buen humor supongo yo, porque debía de ser muy emocionante ver el brillo en los ojos de los que hacían cola  esperando tener en mano sus preciosísimos billetes.

Tal vez para León, la Ampuria Brava, Elche o Algeciras. Planeando un viaje de trabajo, familiar o de placer pero todo ese movimiento daba vida.  Sobre  las taquillas,  grandes paneles negros con letras blancas anunciando la llegada y salida de cada tren y sus respectivos horarios, todo ello ordenadito, y las de consigna pintadas de verde hoja y cerraduras plata y oro donde el personal guardaba por unas horas sus pertenencias; el estanco en un lateral y un quiosco de revistas al otro; la cafetería al fondo de donde salía un rico olor a café con leche, bollos y tortilla de patata, todo el cuadro iluminadísimo con varias lámparas colgantes de cinco o seis fluorescentes en racimo y lo que más me gustaba: los dibujos de las paredes de viejos trenes en desuso pintados a mano. Debían de ser antiquísimos porque casi todos tenían chimenea y llevaban una estela de humo tras de sí, eso confería un ambiente de neblina muy acogedor a la sala..

Como casi siempre lloviznaba en el exterior, cuando accedías a la estación fría, semi empapada, cerrando el paraguas y con los bajos de los pantalones vaqueros acampanados mojados hasta la rodilla, te relajabas en una profunda inspiración. Con el susurro del parloteo que se perdía en el techo y el calor humano que el personal despedía, tenía aquello un no sé qué delicioso que reconfortaba. Casi siempre la estancia estaba abarrotada de viajeros esperando la hora de su partida, o, escaleras abajo, recién desembarcados; gente formando cola para hacer su reserva de billetes, personal ferroviario con un atuendo muy gracioso con sus botas de suela de tocino, calcetines blancos con dos vueltas en el tobillo, un pantalón bombacho azul Bilbao y unos maravillosos blusones de cuadritos que a veces eran verdes y blancos y otras azules y blancos, y siempre, siempre, la boina bien negra bien azul, muy graciosa, colocada de mil maneras, agraciando las facciones y ellos infatigables,enchidos de energia  empujando loscarros llenos de maletas de aquí para allá, bien camino del montacargas que tenía las puertas verdes, como no, bien camino de cualquiera de las salidas de facturación. Lo mejor venía después al subir al segundo piso por una amplia escalinata de mármol blanco. Según íbamos subiendo, el aire frío llegaba al rostro a través de varios arcos que daban al exterior y ante la vista una gran bóveda, ocho o más vías casi todas ocupadas por aquellos alucinantes trenes azules y blancos, grises y marrones, sus carteles a la cabecera y escritos a tiza sus itinerarios Madrid-Chamartín, La Coruña, Barcelona, Irún, Algeciras con sus máquinas eléctricas y media docena de vagones a la cola, rematados por los que llevaban los coches facturados de los viajeros. Otro puesto de revistas a la derecha y otra pequeña cafetería, a la izquierda; las ventanas pintadas de granate muy oscuro, estrechas y altas, dejaban ver lo que ocurría en el interior; somnolientos viajeros de pelos tiesos dando vueltas con su cucharilla a una taza  humeante de café, grupillos de tres o cuatro soldados militares uniformados de verde caqui conversando apacibles; los codos apoyados en la barra y su petate a los pies de unos zapatos lustrosísimos por las capas de betún untado, frotado y cepillado mil y una vez.

La megafonía de fondo… «El tren con destino Madrid-Málaga situado en vía dos va a efectuar su salida "din don dan", "din don dan"», de golpe, vuelta a la realidad, seguidamente un gran silbido, el chirriar de ruedas, un estrincón, puesta en marcha y los nervios. Dios mío, el gusanillo en la boca del estómago, la mano de mi padre extendida hacia atrás para tocarme, acelerando el paso y el pulso, elevando la tensión, llevada a su máxima expresión al extender yo la mía; su calor, su protección, su seguridad, su energía, su paz, su ser infinito y un profundo respiro al asir la barra de hierro y poner el pie derecho en el pequeño escalón de hierro forjado de la puerta, al girar la cabeza para subir al vagón n.º 52, las sorpresas no cesaban. Ante la vista, una gigantesca vidriera de colores caramelo y azulina con un reloj negro en el centro los motivos de minería, industria, ganadería, deportes; en fin, de la cultura de este precioso país. A última hora de la tarde generalmente o a primerísima de la mañana, ¡ea!, ya estábamos en marcha, lanzando de un certeroderechazo los bultos, justito, justito, a la entrada de la puerta de los retretes: coño, qué olor, qué mal huele aquí… Risas. No te quejes, anda, y tira palante, buah, qué asco, por Dios, más risillas de desahogo.

La estación comenzaba poco a poco a alejarse, aquello era inenarrable. Mi padre, nervioso, entre pasillos y entre los dientes  unas pequeñas tiras de papel blanco que indicaban los números de los asientos tirando de varias maletas y bultos la boina, no sabía el pobre dónde metérsela; yo con la bolsa de la comida y una revista a lo sumo y una carga de expectativa y de gran felicidad por el mundo que dejaba atrás y el que se abría ante mis ojos y mi mente. Gente nueva, nuevas caras ,vida nueva….nuevas experiencias y  contrastes para incluir en la mochila de mis recuerdos. Casi, casi siempre, año tras año, desde que tengo eso que dicen que es uso de razón.

La experiencia variaba bien poco, para mi regocijo. Aquellos trenes fueron  cuna incesante de mil vivencias, de historias de personajes de lo más variopinto humano y conmovedor que personalmente me enriquecieron al acercarme cada año a dos puntos muy distantes entre sí de esto que llamamos España. Uno de estos puntos situado en el norte como digo. En Vizcaya, para ser más exactos, a las afueras de Bilbao. Zorroza es uno de los muchos barrios obreros; lugar lleno de industria, de minería, de comercio, de pesca también, porque está abierto al mar. Al Cantábrico, mar límpido, pequeño, pero bravo, con personalidad, como los pueblos que viven de él en sus orillas. Tierras verdes llenas de prados y frondosos bosques de millares de manantiales que brotan espontaneos por todos lado confiriendo al paisaje un verdor jugoso y fresco. Otro de los puntos a los que me refiero en el sur, La Alameda, un pequeño pueblecito andaluz blanco como un copito de nieve enclavado en las faldas de la Camorra de Antequera, un peñasco que lo mima y lo protege desde quién sabe cuántos cientos de años. Perteneciente al marquesado de Estepa. Tierra adentro, está el pueblo de mis antepasados en la linde de las provincias de Sevilla y Málaga, encalado con ternura, amor y creatividad por sus mujeres, que son alegres, sensuales y juguetonas como niñas a las que sus hombres, rectos, de corazón puro y dulce, miman como a diosas solo por verlas felices, alegres y canturreando en las traseras de los patios en sus muchos quehaceres. Llenito de olivares, melonares, tierras sembradas de trigo, centeno, legumbres, con muchos huertos frutales y de hortalizas; con ganado también de reses bravas criadas en las dehesas, cortijos con parrales en la puerta, ganado caballar con increíbles yeguadas, pastoreo de cabras, ovejas y guarros (por cierto, mi bisabuelo en Sierra de Yeguas [rp1] criaba caballos y era tratante, y su hijo, mi abuelo materno, era pastor de ovejas y se pasó media vida pastoreando por las sierras cercanas. Más adelante os contaré algo de su apasionante vida). Sigo: sobre todo tiene esta bellísima tierra grandes extensiones sembradas de anís, que al atardecer, junto con los aromas de manzanilla, tomillo, orégano, ahúzema y romero traídas por el viento "Terrá" —viento sofocante que todo lo seca, procedente del desierto del Sahara, que está bastante cerca, según dicen los míos y así debe de ser por pura lógica. Sin más, desde las sierras cercanas, Camarolos, El Torcal  con sus bellas formas la Serranía de Ronda, cuajaditas ellas de pino mediterráneo, que exhala un increíble y penetrante aroma; se cuelan en el pueblo los olores, todos entremezcladitos, incluso huele a agua, para que vean, a agua cristalina de manantial de sus fuentes serranas ¡digo!, y embriagadores, dulzones y traslúcidos sumergen a la población en el sosiego, la armonía se adueña de todo, una paz infinita reclama para sí cada átomo de cada ser vivo. Mi tierra tiene Alma pero Alma con mayúsculas y posee silencio, que transfiere a los suyos y a cualquiera que la visite. Tiene genio y don, el don de ponerte en contacto con la vida con quien eres, con una exuberante alegría de vivir y con Dios. Esto sumerge a los míos en un estado “mediumnístico” que los caracteriza. Estar perfectamente despierto y vivo, sereno y relajado a la vez. No estaré nunca suficientemente agradecida por haber disfrutado de ser consciente de esto.

Capitulo 2º

Yo nací en Deusto (Bilbao- en la clínica Dieciocho de edificio de piedra solariego de tres  plantas con una gran balconada que da a la calle principal, Avenida del Lehendakari Aguirre se llama ahora. Restaurado hace apenas tres años y utilizado actualmente por el ayuntamiento para el esparcimiento juvenil,  enlosadas de azulejos salmón todas las fachadas, una cúpula en el tejado y las escalinatas de mármol blanco en la entrada principal. Tengo que hacer un inciso para decir que en Bilbao los edificios principales en su tiempo debieron de trabajarse con parecidos materiales aunque hay aún hoy día una variedad de magníficos edificios todos preciosos en su conjunto y bien distintos en sus formas; por ejemplo el de correos, el ayuntamiento, el viejo edificio de hacienda y un sinfín el que nos ocupa, o sea, mi clínica, lo he dicho, tenía las escaleras en forma de caracol con su barandilla cromada en oro. Rodeada toda ella de jardines repletos de sauces llorones, castaños de indias, nísperos, pinos piñoneros y una gran palmera en uno de sus laterales, la adornaban como si fuese el pequeño castillo de una postal.

En su interior los suelos son también de mármol blanco. A la planta superior se accede por otra pequeña escalera de caracol con su pasamanos dorado; el ambiente era en su día de claroscuros por la luz que entra a raudales por los grandes ventanales y balcones, las camas de los enfermos, el olor a comida que se colaba desde la cocina, que estaba en los bajos, sumamente agradable, amén de que por sus pasillos caminaban monjitas con bandejas ya de utensilios para atender a los pacientes (esto en el sesenta y uno) ya con las manos juntas debajo de su sotana, ensimismadas en alguna oración.

Los quirófanos nunca llegué a verlos y si los vi no los recuerdo; dicen que fue emblemático en Bilbao supongo que por ser uno de los primeros destinado a hospital, pero eso no lo puedo asegurar.

En ese ambiente nací yo, de madrugada, debo suponer que la luna estaba llena o muy a punto de llenarse del todo como hoy, porque era Jueves Santo, un 6 de abril de mil novecientos sesenta y uno a las doce y pocos minutos de la noche. En realidad me cuentan mis padres que no nací en el taxi que nos llevaba desde el Peñascal, barrio que está en las afueras de Bilbao o, mejor dicho, por encima, porque Bilbao, os lo cuento, está metidito en un bocho, o sea, en un hoyo y asentado en las orillas de su ría; ría que entra desde Santurce, un pueblecito pesquero, bajo el monte Serantes, por eso aquello de «desde Santurce a Bilbao vengo por toda la orilla con las faldas remangadas luciendo la pantorrilla», porque eso era lo que pregonaban las sardineras, que eran las mujeres de los pescadores o simplemente mujeres del pueblo que con una cesta de mimbre llena de sardinas sobre helechos hacían el trayecto a diario desde Santurce a Bilbao vendiendo su mercadería. Hoy día la Sardinera de Santurce tiene una estatua en el parque pero ellas siguen vendiendo lo que los barcos traen a puerto;  en sus puestecitos por las calles del pueblo.

En este pueblo vivían mis abuelos maternos, por eso conozco a casi todas las sardineras, por jugar a las puertas de sus casas de niña  con alguno de sus hijos cuando tendían las redes desde los balcones para secarlas al sol  para remendar los boquetes del trasiego de la pesca y no he pasado yo pocas horas con mis tíos en el rompeolas cogiendo erizos de mar, carramarros, zapateros, pescando verdeles y chicharrillos de bote, que son los alevines del chicharro, un pez que es pura plata cuando sale a contraluz atraído por el hilo del carrete de la caña de pescar. Recuerdo perfectamente cómo hacían sonar las sirenas los barcos a las siete de la tarde  cuando entraban a puerto casi toda la flotilla roja y al descargar  ellos siempre tenían una reverencia; un saludo, un beso tirado al aire con la mano desde lejos para su otra Ama, la que los guía en la mar y los protege bajo su manto, la Virgen del Carmen, que los esperaba inmóvil en el espigón. No os extrañe que me guste un "puñao" la vida, porque sin querer se cuela dentro, sonaban los pitos y las sirenas, a veces me acercaba al embarcadero porque solían estar los chicos de las traineras practicando casi siempre para la competición;  muchachos recios de fuertes espaldas con la cara morena,  guapísimos casi todos, amigos de mis tíos, la tía Ana, el tío Paco, la tía Usilia y el tío Ignacio. Me llevan todos más de diez años pero siempre estaba con ellos y sus amigos; en este caso con los remeros del puerto de Santurce y sus ciabogas bien cuidadas tenían ellos todo lo largo y ancho del Nervión para ir haciendo prácticas  desde donde podían observar: hasta llegar a Bilbao, Portugalete, Sestao, Baracaldo, pueblos pegados a su ría… todo lo demás en sus faldas y laderas por encima del Casco Viejo, las Siete Calles, el Ayuntamiento, la Gran Vía y El Corazón de Jesús. Antes de vivir en Santurce mis tíos y mis abuelos también vivieron unos años en Iturri-Gorri, en una casita al lado de la de mis padres. Me cuentan  que ese barrio Iturri –Gorri, que creo que quiere decir en cristiano fuente roja por lo ferroso de sus aguas, digo yo, como muchos otros  se construyó de prisa y corriendo a trompicones para albergar a la miríada de inmigrantes que se le echó encima a este país allá por los cincuenta. Casitas más bien pobres mandadas a construir por los dueños de las fábricas y cederlas a los obreros a renta pero que cada cual acondicionaba a su manera para hacer de ellas un hogar, situadas en la falda del monte Erraitz, ¿ os lo podéis imaginar?  Para acceder teníamos que subir trescientas escaleras por encima del barrio de Recalde.

A todo correr bajaban los dos la noche en que nací y eso debió de acelerar bastante el parto, porque el taxista le suplicaba a mi madre por la gran vía de Bilbao que por favor aguantase un poco, ella que no se calla ni debajo de agua replicando: «Como que se cree usted que esto es algo que yo puedo controlar, pues no es plato de gusto, no», risas de mi padre que es un guasas de cuidao y un cagón también, todo hay que decirlo. Mi madre debía de llevar una de esas fajas que tanto le gustan enterizas y de patita, creo que eso me salvó de no nacer como un gato en la calle. Mi padre aguantó el tirón como Dios le dio a entender.

Esa tarde de Jueves Santo había estado en el entierro de la hijita de un matrimonio vecino que había muerto con dos años. Pedrito, se llamaba el padre, y Concha, la madre. Había fallecido la niña por un problema de crecimiento, me explico, que crecía la criatura a un ritmo acelerado; crecía  más de la cuenta, con dos años parecía tener más de siete y no aguantó el ritmo, y se murió. Mi padre la verdad que es un hombre más bien sensible, que digo yo, extremadamente sensible, aquello le llegó al alma y después del sepelio de la niña se metió en el bar. Del tropezón justo trescientas escaleras debajo de nuestra casa y se cogió tremenda borrachera; habría que haberlo visto subir a gatas las susodichas escaleras para lavarse la cara en la roseta, la fuente de la que subían el agua para cocinar y beber, y la cara que le puso a la Lola (mi madre se llama Dolores y se la llevan los demonios cuando la llamamos Lola pero como es muy difícil que esta criatura se enfade de verdad a veces nos vacilamos). Bueno, a lo que íbamos, la cara que Teodorín el chiquito de la Esperancita, así le llaman los pocos ancianos que quedan ya en la Alameda de su quinta, pues a día de hoy Teodoro García Rodríguez. Tiene la friolera de 73 años encima (el quince de mayo los cumple), Dios me lo conserve muchos más aún con sus achaques porque ese hombre endulza, agrada y estimula mis días que  tampoco son pocos, pues camino de los 43 voy yo. Y la verdad no sé de dónde saca tanta gracia y puntilla con lo pequeño que es pero me mondo. Tengo que ser sincera: escribo esto más que nada porque tengo miedo de olvidar quién soy y de dónde vengo y cuáles son mis raíces, y porque temo que el paso del tiempo emborrone mi memoria y mis recuerdos y porque el único que podría ayudarme a refrescarla es él porque estas vivencias son compartidas el chiquito de la Esperancita francamente creo que empieza a perder la razón, que es incapaz de discernir entre pasado y presente, y que solo por breves lapsos de tiempo se centra al cabo del día. Demencia senil, lo llaman, y creo que no se puede hacer otra cosa que escuchar, darle la razón y llevar a duras penas una conversación incoherente en la que me lío, temiendo a veces perder yo con él la razón; enseguida me repongo y me digo que un poquitín de locura no le hace mal a nadie y que nuestros recuerdos juntos, los de él y los míos, son una fuente de inspiración cuando estoy chunga y lo veo todo negro.

Tengo que decir que ese es solo uno de los problemas que mi padre ha ido sumando en los últimos seis años, el primero fue varias varices esofágicas, es decir del esófago, que los cirujanos taponaron con unas grapas como Dios les dio a entender, siempre he pensado que las úlceras de estómago las padecían los hombres de negocios, siempre en tensión, no vaya a ser que pierdan sus dineros, pero no mi padre que nada tiene, ahora ya sé que son por otros motivos; con todo mi padre las padece. Bueno, con ello se le desencadenó una insulino-dependencia que yo creo que es hereditaria porque sus hermanos la han padecido todos menos el tío Domingo, que murió muy joven de un accidente en la obra (era encofrador). Y el azúcar en sangre creo que fue la causa de que su madre muriese al dar a luz a su hermana la más chica, Esperancita se llamaba también. El siguiente problema: cirrosis hepática, como consecuencia de todo lo anterior; es lo que quiero creer yo aunque sé a ciencia cierta que eso no es del todo cierto porque parte de la causa de este último problema era debido a la Santa Costumbre que hay en este país de alternar los hombres en sociedad. Chiquitear consiste en ir en cuadrilla un par de horas a mediodía y un par de horas a media tarde. Se reúnen unos cuantos, diez o doce, a veces más o se unen dos cuadrillas y cada una paga una ronda de vinos o chiquitos porque se sirven en gruesos vasos de vidrio con un gran culo pesado y poco espacio para el vino y así se llaman, chiquitos (aclaro que el apodo de mi padre no tiene nada que ver con esto; que chiquito se lo llamaba su tía Juanica, hermana mayor de su madre, cuando lo cogía en brazos y veía lo frágil que era y por ser el menor de los varones). Bueno, seguimos con el chiquiteo: cuando la ronda termina han ingerido veinte tintos cada uno y han pagado otros veinte, que eso aquí se lleva muy a rajatabla, con todo ello si sumamos son cuarenta al día y dejémoslo ahí a lo largo de cuarenta años de la puta costumbre acaban casi todos del higadito, nunca mejor dicho. Bueno pues este estado de cosas, la facilidad de dejarse llevar por las circunstancias, una flagrante falta de voluntad y autodisciplina, y una vida muy poco regalada, le han  pasado factura y llevado poco a poco a un deterioro físico importante y a una dependencia muy aguda de todos nosotros, sus hijos, mi madre y sus nietos, dependencia más anímica y sentimental que otra cosa; vamos, de cariño, ternura y caricias; palabras de ánimo y de estímulo hasta el punto de que fingimos enfado y le ordenamos hacer esto u lo otro para que sienta que no está solo y que vamos a luchar cada día con uñas y con dientes para arrancarlo cuando haga falta de las garras del abandono. Y como al mismo tiempo él siempre ha sido muy independiente, muy liberal y muy hombre, y tiene mucho amor propio y dignidad, la  treta da resultado y aun en los momentos más críticos aflora imperturbable su dignidad y su grandeza porque es humilde pero no miserable. Y sigue queriendo luchar por esta vida con los arrestos que le quedan. Perdón, ya me he perdido; estos lapsus supongo que se deben a mi deseo de contarlo todo y me aturrullo; ha vivido tan intensamente y con tanta pasión, que escribo para que quede constancia de que yo lo he visto  amar, para él todas las personas son buenas y dignas, quizá por eso lo quiere todo el mundo también; es el único hombre que yo conozca sin enemigos: donde va, lo quieren y se hace respetar,  brinda su alma; un alma fresca, lozana,  sabia a quien se tope con él. Su mirada restaura, puedes ver en ella la esperanza, la misericordia, el perdón, la aceptación, la integración, porque también he visto que lo humano lo integra en su corazón. A lo que íbamos; la cara, digo,  que debió de poner cuando supo que su primogénito venía de camino. Tuvo que ser la leche, con perdón, porque estaba convencido de que yo era un niño. La verdad es que entre tanto barullo yo iba muy a la mía como siempre; tenía prisa por nacer, ya ves tú, y empujé y apremié todo lo que pude hasta salirme con la mía, no en vano soy una Aries muy correúda; el lugar se me estaba quedando pequeño, necesitaba espacio como siempre, oxígeno, respirar, ver gente, salir al mundo, correr, no fuese que por mano del diablo pudiera pasar algo, no quiero ni pensarlo, que me impidiera a mí sacar la cabeza al mundo fuera para lo que fuese y olisquear cualquier cosa, mirar, fisgar, ver, degustar, reírme, todo, todo y todo, yo lo quería todo y aí lo hice.

. Dicen que nací cercana la medianoche y mi padre me escuchó llorar por primera vez desde un viejo sofá  de piel marrón de la sala de espera del Hospital, sofá que una monjita apiadada le dejó utilizar para pasar la noche envuelto en su gabardina recién estrenada, comprada en Muro, unos grandes almacenes de tejidos de los de entonces, que hacían rebajas dos veces al año; supongo yo que dormiría la mona aliviado. No se rían de mí pero estoy casi segura de que llegado el momento, el del parto, claro; todo en el exterior era bullicio, actividad, pero en mi interior a veces creo recordar que fue todo lo contrario; en ese momento yo, como “buena chica”, me relajé, quise que de alguna manera ese momento fuera sagrado ,-espiritual mistico o algo así  e hice lo que pude con lo que tenia ;-para tener un último recuerdo ´´por si acaso´´ a lo largo de la vida me hacia falta recordar algo bonito, después lo he hecho varias veces aun inconcientemente  pegué la barbilla al pecho; crucé sobre él mis brazos como el buen Jesús, conecté con mi Fuente de poder, mi Dios interior, mi energía, puro Amor y Gozo me envolví en un halo de luz blanca y me dejé caer; húmeda, cálida y suavemente  llena en un profundo Amor; no me costó nada llegar a este mundo; sí que es cierto que cuando tomé el primer aliento rompí en profundos sollozos, desconsolada, pero no se confundan, ni fue por el azote del médico en el culo, que no lo recuerdo, ni porque tuviera miedo de nada, sólo fue porque lo había conseguido, había triunfado y me parecía imposible que la ilusión de nacer se hacía realidad y hasta que no sentí esa realidad no me lo pude creer. Comprendan ustedes que podía no haber sido. Eso sí que hubiera sido una faena. Todo bien; era perfecto el amor de mi madre al tocarme, médicos y enfermeras diciendo qué preciosidad y yo agradecida. Para quien quiera recrear esto hay una técnica hoy día que se llama “Rebirthig” (Renacimiento) es muy divertida e instructiva, soy maestra “renacedora” por si a alguien le interesa. .

Capitulo 3º

A los tres días de vuelta en Iturrigorri, creo que ya he dicho que así se llamaba la barriada ubicada en el cerro donde dabanparar con sus huesos los inmigrantes recién  llegados a Bilbao y que de alguna manera querían establecerse para, con un poco de suerte, ir ganándole a la vida un poquito más de prosperidad, en  Iturrigorri mis padres tuvieron su primera vivienda; no era un adosado exactamente, veinte mil de las antiguas pesetas les costó pero a ellos que se vinieron con lo puesto les parecía de cine.

Tenían toda su ilusión en su nuevo hogar; una casita de una sola planta con dos habitaciones, una pequeña cocina con fogón de hierro que Loli tenia pulido como un espejo  el cuarto de baño en el exterior justo debajo; me cuentan que al llegar, el techo de mi habitación estaba lleno de globos de colores con sus cordeles colgando; tres de mis tíos, los hermanos más pequeños de mi madre, trabajaban en la fábrica de chocolates Chovil. Y esa marca de chocolate regalaba globos a sus clientes menudos, con lo cual tuve una inmensa suerte porque además de globos, en los pies de mi cuna, que era azul, con los bajos acabados en un balancín, tenía una muñeca de pasta, cortesía de la chocolatera, por aquel entonces las muñecas de goma eran muy escasas; la mía tenia trenzas castañas con un traje de cuadros escoceses y sus botas. Me habían pintado la habitación de azul cielo pero en cuanto se enteraron de que era chica alguien se apresuró a poner la muñeca a los pies de la cuna. Me imagino que fue el tío Domingo, hermano pequeño de mi padre, que entonces estaba soltero y vivía con mis padres, creo yo que desde entonces arrastro esa dualidad: por un lado soy todo un chicazo, que tengo un lado viril muy fuerte, no crean que eso me beneficia en muchas ocasiones porque a nivel de personalidad dicen que resulta muy atractivo. Solo para hacer honor a la ilusión que tenían los míos por un chico. Desde siempre me siento en el suelo estilo yoga, me subo a cualquier árbol o altura que se me cruza en el camino, hago el pino y acostumbro a chutar a cualquier balón que se me cruza por delante, grande o chico, salgo a la carrera por coger cualquier autobús y entro al trapo de cualquier reto que me pongan por delante los muchachos de mi barrio subiéndome a una ventana o a un árbol y tirando en las casetas de las feria; tiros con las chimberas, el tributo pagado por todo ello son  las cicatrices de piernas, rodillas y codos; tengo más mataduras que un borrico viejo, pero yo, como mi papá, he vivido intensamente. Cuando compré mi casa el papel vinilo que estaba de moda en mi habitación era azul; cuando lo levanté para dar el famoso picado, la pinté de azul y aún hoy día sigo pintándola de maravilloso azul cielo, tengo que decir  que el lado rosa de mi habitación también surtió su efecto porque soy tremendamente femenina apegada a tener mis uñas perfectamente afiladas y pintadas como me enseñó mi tía Ana; mi pelo, brillante, absolutamente cuidado en fin dar imagen

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9 comentarios

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papá - Joven
Juan Ramón Cabrera Amat27 d diciembre d 2014 a las 17:31 (UTC)
Te deseo toda la felicidad para el 2015 y sucesivos.
_beevo
Esperanza Mancheño23 d octubre d 2014 a las 16:46 (UTC)
Gracias a ti.
MªJose(tu hermana pequeña) lamari.mjg@gmail.com22 d octubre d 2014 a las 21:19 (UTC)
gracias hermana. me ha encantado.
_beevo
Esperanza Mancheño21 d octubre d 2014 a las 20:43 (UTC)
Gracias.Para leer el resto te puedes dirigir a mi perfil ..... picar y ahí están todos. un beso
Marga Margaritgarciam@gmail.com21 d octubre d 2014 a las 19:51 (UTC)
Solo tres capítulos? Y el resto? Me a conmovido!!!!
papá - Joven
Juan Ramón Cabrera Amat20 d octubre d 2014 a las 23:23 (UTC)
No me canso de leer esta narración.
alicia 2
Alicia torres7 d agosto d 2014 a las 22:47 (UTC)
Muy buena tu historia
_beevo
Esperanza Mancheño1 d julio d 2014 a las 13:46 (UTC)
Gracias Juan Ramón me alegra que te guste.
papá - Joven
Juan Ramón Cabrera Amat29 d junio d 2014 a las 23:44 (UTC)
Tienes una prosa muy descriptiva y muy entrañable.

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