Lo que encaja

A mi amiga Ana le gustan las cajas. Tiene cajas para todo lo que quiera meter en ellas: agujas de ganchillo, lanas, alambres, arcilla, fimo, pinturas, rotuladores, rotuladores permanentes, hilos, piedras, cuentas, limas, lijas, pinturas de uña, maquillajes, blocks de notas, notas de blocks, su orden, su desorden y su vida. Es capaz de conseguirte cualquier cosa en cualquier situación. Si fuera un personaje cinematográfico sin duda sería Red; (Morgan Freeman) el recluso que todo lo consigue en la prisión de máxima seguridad de Cadena Perpetua.

Ana, amontona las cosas porque dice que así parecen más ordenadas. Yo sé que lo hace con la idea de poder meterlas también en una caja.

Yo, en cambio, lo tengo todo patas arriba salvo las cosas importantes. Aprendí de pequeña que las cosas importantes se guardaban en cajas: el pendiente impar cuyo gemelo desapareció en alguna piscina de algún apartamento del sur, la bailarina de la cajita de música que no dejaba de dar vueltas con el "Para Elisa" (no se rompió, se cansó), una pulsera de hilo prueba de la amistad más profunda durante las vacaciones de verano, el teléfono (fijo) de mi primera profesora de lengua...

Guardo en cajas lo que me remueve, lo que no puede estar a la vista por exceso de emoción, lo que puedo destapar, oler, saborear, palpar, rememorar, revivir: las notas que encontraba bajo mi puerta por las mañanas cuando compartía aquel viejo piso enmoquetado del centro de Madrid, el marcapáginas que marcó mis lecturas y mi punto de vista, las entradas de su concierto, la cuartilla publicitaria en blanco y negro donde apunté aquel ensayo imprescindible en cualquier estantería, los post it del espejo (y tu pecho y tu lunar), las fotos que una vez habitaron mi cuarto menguante, los billetes de idas y venidas, la pulsera de plata del viaje a Egipto que aguardaba en el bolsillo de la maleta de piel gris de mi padre, las pesetas que algún día valdrían más que la nostalgia...

Las cajas siguen guardando lo importante, sólo que lo importante ha cambiado y las cajas tienen nombre: facturas, seguros, contratos, médicos, bancos...y ya no me resulta tan divertido abrirlas.

Quizás, desoyendo a Mario, me haya salvado.

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5 comentarios

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Layla Abokhriss28 d diciembre d 2014 a las 22:44 (UTC)
Muchas Gracias, Silvia! Acabo de leerte. Tengo este espacio un poco olvidado. Un abrazo!

Feliz año para ti también, Juan Ramón!
papá - Joven
Juan Ramón Cabrera Amat28 d diciembre d 2014 a las 17:04 (UTC)
Te deseo toda la felicidad para el 2015.
Silvia silvia@hotmail.com22 d octubre d 2014 a las 20:15 (UTC)
Encontré esta pestaña entre la veintena que flota en mi navegador. No sé cómo llegué a ella pero gracias. Me ha encantado tu relato.
Layla Abokhriss ensayosobrelaceguera@gmail.com22 d octubre d 2014 a las 18:01 (UTC)
Muchas gracias por tu lectura y por hacerme llegar tu alentador comentario. No suelo escribir mucho y esto me anima sobremanera. Un abrazo, Juan Ramón!
papá - Joven
Juan Ramón Cabrera Amat22 d octubre d 2014 a las 14:34 (UTC)
Magnifico texto.
Es curioso que a partir de algo que parecía intrascendente hayas logrado una prosa tan excelsa.
Con los años, te darás cuenta de que las cosas que has rememorado en este escrito, seguirán siendo por siempre importantes para ti.
Un saludo.

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